DISCLAIMER: Los personajes pertenecen en su totalidad a J.K Rowling y la idea original no es mía.

Párrafos de "Harry Potter y la Orden del Fénix" incluidos en la historia.

Agradezco su infinita paciencia y su amor por el fanfic.


*REEDICIÓN*

Julio, 11. 1995

Londres muggle.

Neal´s Yard, #16.

16:07 p.m.

Conocía aquella sala de pies a cabeza, no había rincón que no se supiera de memoria o silla en la que no se hubiera sentado durante las interminables horas que sus padres le hacían pasar en la clínica mientras los esperaba para la cena. Tan blanca y prístina como la recordaba: la palma areca en la esquina bajo una pintura de algún artista local que su padre compró hacía muchísimos años; las incómodas sillas de plástico gris con cojines blancos y las mesitas de madera descoloridas donde solía hacer sus deberes escolares.

Los libros acumulados por los años en aquellos altos libreros, libros que se sabía de memoria por que sus padres insistían que aprendiera conforme a su edad en vez de leer libros que nada tenían que ver con su temario escolar.

No había espacio en aquella sala donde no se sintiera en casa, aún ante la hermosa recepcionista que había sido la principal razón en el divorcio de sus padres. ¿Estaría ahí sentada si esa mujer no hubiera intercedido en el matrimonio de sus padres? ¿Estaría ahí sentada acompañada por Nicholas Nott en la espera de un triste final si su padre no hubiera sido tan débil? ¿Lo estaría?

La única otra puerta dentro de la sala de espera se abrió, sacándola de sus pensamientos. Un pequeño niño de siete años con las mejillas manchadas de lágrimas se aferraba a la mano de su padre mientras que su madre iba unos pasos atrás, escuchando las instrucciones del dentista para el posterior cuidado dental.

Su padre era tal como lo recordaba a pesar de llevar un año sin verlo. El mismo cabello castaño con risos e hilos de plata, sus orbes marrones ocultos por un grueso armazón negro mientras que el resto de su cara estaba cubierta por un cubrebocas azul. Solo un botón de su bata blanca estaba abrochado, revelando vagamente su camisa de vestir azul y una corbata negra.

Durante unos segundos la mirada de su padre cayó en Hermione, y sus ojos se arrugaron en lo que suponía era una sonrisa. La joven Slytherin le regresó el gesto, esperando pacientemente sobre la incómoda silla a que los padres del niño adjuntaran la siguiente cita con la recepcionista.

Cuando la campana sobre la puerta principal anunció la salida de la familia, Hermione se levantó de su asiento y se lanzó a los brazos de su padre, apretando con fuerza su rostro contra su pecho y llevándose su familiar aroma a la nariz.

-¡Papi! -sollozó contra la tela azul, abrazándolo con fuerza para nunca olvidar el sentimiento de paz que la invadía. Sintió a su padre reírse mientras se retiraba el cubrebocas y lo guardaba en el bolsillo de su bata para posteriormente abrazarla con el mismo fervor.

-¡Mione! -rio, colocando su mejilla contra los rizos de su hija, siempre tan alborotados.

El señor Nott pareció darles un momento de padre e hija antes de extender su mano hacia el señor Granger y estrecharla con firmeza.

-Ethan.

-Nicholas -dijo Ethan Granger, apartándose ligeramente de su hija y regalándole una sonrisa sincera al señor Nott-. Felicidades, por cierto. Jane me contó sobre su matrimonio.

-Gracias -dijo Nicholas.

-¿Pensé que sería Jane quién traería a Hermione? -preguntó Ethan, antes de darse cuenta que Hermione no llevaba equipaje alguno-. ¿Qué ocurre? ¿No pasarás las vacaciones conmigo? -su ceño se frunció con cierta molestia antes de mirar a Nicholas-. No he visto a mi hija en un año entero, creo que tengo derecho a ella unas cuantas semanas antes de que regrese a ese… internado -dijo con desagrado, recordando la terrible discusión que tuvo con Jane cuando insistió en que Hermione tenía que ir a aquel colegio en medio de la nada.

-Por supuesto -dijo Nicholas, haciendo un asentimiento de cabeza hacia la puerta principal-. Hermione trae mucho equipaje; está en el auto.

Ethan Granger enarcó sus cejas con sorpresa.

-¿Mucho equipaje?

-Mis libros de la escuela y mi ropa… -dijo Hermione, regalándole una tímida sonrisa a su padre-. Pensé que este año podrías llevarme tú al tren.

Su padre sonrió, sus ojos brillando con felicidad y provocando que Hermione se sintiera más culpable de lo que ya se sentía.

-Estaré encantado -dijo-. Emily canceló mis citas del día, así que podemos irnos de una vez. Hay una feria de libros a unas calles de aquí, pensé que te gustaría.

-Sí, mucho -asintió Hermione, tragando con fuerza.

-Bien -sonrió Ethan, mirando una vez más a Nicholas-. Mi auto está estacionado en la esquina, ¿dónde…?

-Te guío -dijo Nicholas, haciendo un ademán con la mano para que el padre de Hermione liderara el camino.

-Te veo para la cena -dijo Ethan a Emily, quitándose la bata y dándosela. La mujer la aceptó en seguida y se despidieron con un beso antes de que Ethan se dirigiera a la salida.

-Papá… -llamó Hermione. Ethan frenó su andar, girándose hacia Hermione-. Yo… me gustaría hablar unos minutos con Emily en lo que ayudas al señor Nott a guardar las cosas.

-De acuerdo… ¡Uff! -se quejó cuando Hermione volvió a lanzarse a él para otro abrazo, más fuerte de lo que había sido el primero-. ¿Mione…?

-Te quiero mucho, papi… -dijo Hermione, tratando de abrazarlo con todas sus fuerzas, pero sus manos temblaban demasiado para mantener el agarre.

-Yo también te quiero, Hermione… -dijo Ethan, mirando ligeramente confundido a Nicholas que se encogió de hombros como respuesta, pero que aún así desvió la mirada durante lo que duró el abrazo.

La castaña vio fijamente la espalda de su padre salir por la puerta principal, el terrible nudo que se acumulaba en su garganta al pensar que sería la última vez que lo vería en mucho tiempo. Cuando el tintineo de la campana que anunció la salida de ambos hombres se desvaneció, se giró para confrontar a Emily.

-¿Qué habrá para la cena? -preguntó, avanzando los pasos que la apartaban del mostrador y colocando sus antebrazos sobre él-. ¿Pizza y espagueti? -dijeron las dos al mismo tiempo, riéndose en respuesta.

-Es la cena de bienvenida -dijo Emily, sonriendo y con la bata de Ethan aún entre sus brazos-. Tu padre se puso muy feliz cuando Jane le dijo que pasarías todas las vacaciones con nosotros.

-Ya… yo igual -murmuró Hermione, pasándose una mano por su cabello-. Lo extrañé mucho, y mamá… a ella la veré para Navidades así que… -dijo, encogiéndose de hombros.

-¿Me dijo que fuiste a un baile de Navidad? -preguntó Emily, con una sonrisa despampanante-. Fuiste con aquel chico…. ¿Draco se llama?

Hermione hizo una mueca.

-No… -negó, ligeramente avergonzada al recordar lo que su decisión por molestar al rubio provocó-. Fui con… otro chico, Viktor.

-¡Viktor! -dijo Emily, confundida-. ¿Ya no nos gusta Draco?

Las mejillas de Hermione enrojecieron.

-No… no es eso… es solo… -soltó un suspiro tembloroso-. Es complicado… ¿tal vez para la cena? -probó.

-Para la cena -aceptó Emily volviendo a sonreír-. Aunque no sé si a Ethan le guste escuchar que su hija no solo tiene un pretendiente, sino dos.

Hermione rio.

-No hay dos -dijo-. Solo… fue un malentendido.

-Mhmm… un malentendido -se rio Emily, levantándose de su silla para ir a dejar la bata dentro del consultorio de Ethan-. Ya me explicaras por qué fue un malentendido… -dijo justo cuando la campanilla volvía a sonar, pero no se giró para encarar a la persona creyendo que tal vez Ethan había olvidado algo-. ¿Draco y tú tuvieron una pelea? ¿Por eso no fuiste con él? -quiso saber, abriendo la puerta de madera blanca-. No me digas que él…

-¡Obliviate!

Emily nunca pudo terminar la oración. Nicholas Nott había vuelto a entrar al consultorio dental, con su varita mágica en la mano.

Hermione vio como los recuerdos de Emily le eran arrebatados, los vio deslizarse mediante unos hilos blancos -plateados- hacia la punta de la varita de Nicholas. A Hermione siempre le recordarían el humo de un cigarrillo, débiles franjas que al tocarlas podrían desaparecer, pero Hermione no se atrevió a intentarlo. No pudo moverse mientras las lágrimas se deslizaban silenciosamente por sus mejillas, temerosa de que, si se movía, el hechizo se rompiera y los recuerdos se perdieran para siempre.

Lord Oscuro había regresado de entre los muertos, Harry Potter no había mentido sobre haber visto a Nicholas Nott en el cementerio. Tal vez su padre no estuviera en peligro por el momento, pero lo estaría… estaba segura. Si Lord Oscuro lograra romper las barreras mentales de Nicholas por alguna razón y se encontrara con su madre… Hermione no quería ni imaginarlo.

Así que se convenció de que esto era necesario… de que algún día podría disculparse con su padre por haberle mentido. Por haberlo engañado.

Algún día, cuando Lord Oscuro fuera derrotado, ella le diría a su papá la verdad. Le diría sobre Hogwarts y la magia. Le hablaría sobre Draco y su constante coqueteo. Le hablaría sobre Blaise y sus locuras, sobre Theo y su inteligencia… le hablaría de Vincent y su fuerza, de Gregory y su corazón de oro. Le contaría de Slytherin y sus amigos, de Marcus y del profesor Snape… y tal vez, si la perdonaba, se los presentaría. Sí, eso haría.


Julio, 20. 1995

Chateau Zabini.

09:12 a.m.

-… Le han picado los ojos… -repitió Blaise, como si no pudiera creerlo. Frunció demasiado el ceño, preguntándose dónde quedaba aquel libro infantil que Hermione le había contado cuando iban en primer año-. Estas… ¿estas segura de qué ese libro es "La Cenicienta"?

-Sí, amo Blaise -asintió la elfina repetidas veces-. Es el libro muggle que el amo Blaise le pidió a Mirthy -continuó, cerrando el delgado libro y mostrándole la portada entre sus huesudas manos-. La Cenicienta, por los hermanos Grimm -dijo la elfina, sus grandes orejas sacudiéndose.

Blaise se cruzó de brazos.

-Pues no me gusta -dijo, enfurruñado-. Eso no tiene nada de divertido… ¡sacarle los ojos! ¡Es un asco!

-Mirthy lo siente, amo Blaise -se disculpó la elfina, su ceño fruncido competía con el de su amo-. Mirthy no volverá a fallarle, amo Blaise -prometió, chasqueando los dedos. El libro se quemó hasta reducirse a cenizas para después desaparecer de la fina colcha.

Blaise resopló, la diversión había quedado ahí.

Mirthy lo había levantado temprano esa mañana, anunciándole que había encontrado el libro muggle que pidió. Nunca espero que fuera un fiasco total de libro, ¡no había nada de divertido ahí! ¡Nada!

Se tiró sobre la cama, arrastrándose debajo de las colchas para continuar con el sueño que Mirthy había interrumpido con la estúpida lectura de ese estúpido libro. Esas definitivamente no eran sus vacaciones favoritas; no había recibido ninguna carta por parte de alguno de sus amigos. ¡Ni siquiera para felicitarlo por su cumpleaños! ¡Nada de nada!

¡Ni una señal de vida!

Tal vez… tal vez Potter tenía razón y Lord Oscuro regresó y ahora sus amigos estaban viviendo horribles pesadillas con sus padres mortífagos.

-¡No, no! ¡El amo Blaise debe levantarse! -dijo la chillona voz de la elfina, chasqueando los dedos una vez más para hacer desaparecer, esta vez, las colchas de Blaise-. El joven amo debe de desayunar. El desayuno es el alimento más importante del día.

-¡No tengo hambre! -se quejó Blaise, cruzándose de brazos y mirando hacia el enorme ventanal cubierto por finas cortinas de lino que llegaban hasta el suelo. El sol que proyectaba la ventana las hacía ver blancas, aunque su color real era gris cenizo.

-¡El amo Blaise…!

-¡Que no! -cortó Blaise, tomando una de sus almohadas de plumas de ganso y lanzándola en dirección de la elfina. Era un vago intento, ya que la elfina domestica la desvió con facilidad-. ¡Vamos, Mirthy! ¡Son vacaciones!

-¡Amo Blaise! -regañó Mirthy-. Mirthy no puede permitir que el amo Blaise se salté el desayuno. ¡No cenó ayer!

-¡Sí cené!

-¡No como debería! -negó la elfina doméstica, reprimiendo un escalofrío al recordar la escasa cena que se llevó su joven amo a la boca-. Mirthy irá a preparar el desayuno y cuando vuelva espero que el amo Blaise ya se haya cambiado.

Blaise hizo un ruido evasivo mientras la elfina domestica desaparecía con un "plop" de su recamara. No importaba cuánto se quejará, Mirthy nunca le dejaría tomar la comida en el dormitorio.

Se permitió estar acostado unos instantes más antes de levantarse con un exagerado quejido de la enorme cama. Sus pies descalzos se deslizaron sobre el frío piso de mármol de color marfil. La delgada capa de seda negra del pijama era como una segunda piel para el moreno mientras se movía por la enorme habitación.

Abrió la primera puerta de su armario, revelando el cajón donde guardaba su ropa interior, preguntándose si debería darse una ducha rápida primero cuando Mirthy volvió a aparecer con un "plop". La miró de reojo, dándose cuenta rápidamente de que traía un sobre rojo entre sus delgadas manos.

-¿¡Es de los chicos!? -preguntó con entusiasmo, corriendo hacia ella y arrebatándosela de entre las manos antes de que la elfina pudiera responder. El sello dorado con la letra "W" en él rápidamente le reveló que no era de sus amigos.

Chateau Zabini.

La Madriguera.

Querido Blaise Zabini:

Ha de ser una grata sorpresa para ti saber que estas en nuestros pensamientos estas vacaciones, pero consideramos necesario comunicarnos contigo. Planeamos dar a conocer a nuestra familia el inicio de "Sortilegios Weasley" y necesitamos apoyo moral de nuestros socios, pero consideramos que sería estúpido escribir a Malfoy o Nott por su ayuda.

Por lo tanto, eres el elegido.

Le hemos hablado a nuestra madre de tu visita, así que te espera para el desayuno. Esperamos puedas venir.

Atentamente: Gred y Feorge Weasley.

El joven Slytherin miró entre sorprendido y divertido la carta en su mano. ¿En serio lo estaban invitando a desayunar a su casa? No es como si su madre fuera una seguidora de Lord Oscuro, pero anunciaba públicamente sus ideales elitistas. Además, si los Weasley confiaban plenamente en Potter (que estaba cien por ciento seguro que hacían), también debían creer que Lord Oscuro regresó y, por lo tanto, él como Slytherin y amigo de hijos de mortífagos, no era material para un desayuno con miembros de la luz.

-¿El amo Blaise se encuentra bien? -la voz de Mirthy lo sacó de su ensimismamiento-. ¿Mirthy se equivocó al traer la carta al amo Blaise?

-No, en lo absoluto, Mirthy -respondió Blaise, entregándole la carta a Mirthy para que la leyera-. ¿Debería ir? -preguntó cuando la elfina terminó de leerla.

-Sí -asintió efusivamente la elfina, una enorme sonrisa abriéndose paso entre sus feos rasgos-. El joven amo debería salir unas horas para tomar aire. Y un sano desayuno. El amo Blaise desayunará, ¿cierto? -los enormes ojos de la elfina se estrecharon.

-Sí, lo haré -dijo Blaise, rodando los ojos.

-¿El amo Blaise quiere que Mirthy le prepare un baño?

Blaise negó.

-No, me daré una ducha rápida -dijo, volviendo a su mueble para buscar ropa-. Cuando salga de bañarme, ¿podrías aparecerme en la casa de los Weasley?

-Sería un honor para Mirthy, amo Blaise.


La Madriguera.

09:40 a.m.

Blaise admiró la enorme colina mientras Mirthy volvía a desaparecer, rápidamente encontrando la "famosa" casa de Arthur Weasley en la pradera. Una casa de cinco pisos, que se reclinaba mortalmente en el aire, lista para ceder en cualquier momento.

Temeroso, caminó entre el espeso follaje con cuidado, sus ojos fijos en la hierba por si algún gnomo de jardín salía de entre ellas y le mordía el pie. Agradeció mentalmente su elección de ropa muggle: una camisa negra, jeans de mezclilla y unas botas negras de textil que Theo le regaló las Navidades pasadas.

Antes de llegar a la morada, piso equivocadamente una superficie blanda y un agudo chillido hizo que pegara un salto. Donde su bota había pisado, se asomaba un gnomo de jardín. Blaise hizo una mueca de desagrado total, apartándose con velocidad de la criatura. Debería haberle pedido a Mirthy que le librara el camino.

La puerta de la casa se abrió, revelando a los gemelos Weasley con grandes sonrisas en sus rostros.

-¡Blaise! ¡Pensamos que no vendrías! -dijo Fred.

Blaise se encogió de hombros.

-Mirthy cree que el desayuno es la comida más importante del día -se burló.

-¿Mirthy? -preguntó George.

-Mi elfina domestica -reveló Blaise.

Fred soltó un chiflido impresionado.

-Tienes una elfina domestica -dijo.

-Todos tienen elfos domésticos -respondió el moreno, rodando los ojos. Los gemelos Weasley alzaron las cejas ante la respuesta del Slytherin-. ¡Joder! Lo siento -se disculpó cuando recordó con quien hablaba.

-Está bien -dijo George, haciendo un ademan desdeñoso con la mano.

-¡FRED! ¡GEORGE! ¿QUÉ ES TODO ESTO?

El grito que provino desde dentro de la casa hizo que todo el cabello de Blaise se erizara, como el de Crookshanks cuando lo sorprenden In Fraganti.

-Fue un placer conocerlos -dijo el Slytherin, sonriendo ampliamente-. Me encargaré de escribir sus epitafios, ¡nos vemos dentro de setenta años en el otro lado! -se despidió, dándose la vuelta.

Los gemelos Weasley lo tomaron por los brazos, arrastrándolo hacia el interior de la casa. Blaise los maldijo por debajo, sacudiéndose para que lo soltaran.

-Mamá -dijo Fred, provocando que Blaise detuviera su rabieta. Ese fue un paseo rápido.

-Papá -dijo George-. Les presentamos a Blaise Zabini -dijo, su voz acompasada con la de su gemelo mientras giraban al moreno para presentarlo a sus padres. Los orbes verdes rápidamente cayeron sobre una mujer pelirroja y regordeta con un delantal parada frente a una estufa, una cuchara de madera en su mano derecha.

El señor Weasley, el mago que golpeo a Lucius Malfoy hacía tres años, lo miraba con atención por encima de un pergamino blanco, con la leyenda "Sortilegios Weasley" brillando en escarlata. Tenía inicios de calvicie en su rostro flaco, pelirrojo y con pecas. Ginny estaba sentada al lado de su padre, viéndolo sorprendida. Al frente de Ginny, al otro lado de la mesa, estaba el pelirrojo que había ido a la prueba final del Torneo de los tres magos, su cabello apenas lo suficientemente largo para atarlo en una coleta; de rostro duro y ojos astutos. Y, al final de la mesa, los enojados ojos de Ronald Weasley lo veían de pies a cabeza.

-Buenos días -dijo Blaise, recomponiéndose en seguida. Una gran y falsa sonrisa en su rostro mientras se acercaba a la señora Weasley, tomaba su mano (aquella donde no sostenía una cuchara de madera) en la suya y dejaba caer un casto beso contra el dorso-. E´un piacere conoscerla, signora Weasley.

-¡Oh! -las regordetas mejillas tiñéndose ligeramente de rosa- Puedes llamarme Molly, hijo.

-Alguien quiere caerle bien a mamá -cantó Ginny, su confusión cambiando a burla.

-¡Ginevra Weasley! -riñó la señora Weasley-. No hay que ser grosera con nuestros invitados.

-Yo no…

-Siempre es un placer para la vista encontrarte, Weasley -dijo Blaise, muy divertido ante la vergüenza de la pelirroja por ser regañada frente a él.

-¿Qué hace ese Slytherin aquí? -escupió Weasley-weasel mirando con desconfianza a Blaise.

-¡Ronald! -regañó la señora Weasley-. ¿Qué acabo de decir sobre ser grosero con nuestros invitados?

-¡Pero mamá! -se quejó el pelirrojo-. ¡Zabini es amigo de Malfoy!

El semblante de la señora Weasley se ensombreció al igual que el de su esposo y su hijo mayor.

-¿Qué se le puede hacer? -preguntó Blaise, fingiendo ligereza ante el tema-. Saco lo mejor de Malfoy.

-¡Pff! A Malfoy solo le agrada Hermione -se burló Fred, también tratando de desviar la atención.

-Draco me adora -se defendió Blaise, mirándolo con reproche.

-¿Has hablado con él? -preguntó George, sacando una silla e indicándole a Blaise que tomara asiento-. Nosotros intentamos escribirle…

-¿¡Le has escrito a Draco!? -los ojos de Blaise se ensancharon, la pregunta lanzada en un grito mientras todo su cuerpo se volvía duro por la tensión. Estaba a medio camino entre estar sentado y estar parado.

George parpadeo repetidas veces.

-No -dijo Fred, tratando de sonreír al moreno-. Íbamos a hacerlo, pero no creo que el señor Malfoy le agrade saber que su hijo tiene negocios con nosotros. Te lo escribimos en la carta, ¿recuerdas?

Blaise soltó un largo suspiro de alivio mientras asentía, olvidándose momentáneamente que Theo también estaba en el contrato.

-¿El hijo de Lucius tiene negocios con ustedes? -preguntó Arthur Weasley, frunciendo el ceño.

-¿Por qué no desayunamos primero y luego hablamos de… aquel asunto? -dijo George, tragando saliva nerviosamente. Esto no iba como pensaban.

-Bill Weasley -se presentó el pelirrojo mientras sus padres se dedicaban una mirada; su mano extendida al moreno. Blaise la estrechó en seguida.

-Un placer -dijo Blaise.

-Conozco a tu madre -dijo Bill Weasley para sorpresa de Blaise-. La he visto varias veces, de hecho.

-¿Qué…?

-Lo siento -se disculpó aquel extraño pelirrojo-. Trabajo en el Banco de Gringotts.

La nariz del moreno se ensanchó casi imperceptiblemente, pero supo que el pelirrojo estaba atento a su reacción.

-Una fortuna como la nuestra debe ser supervisada con frecuencia, para ver que nada esté fuera de lugar -respondió el moreno, desviando su mirada al último Weasley que quería saludar-. Ronald… -dijo, y aún así se las arregló para que sonara como un insulto.

-Zabini -siseo el pelirrojo, la punta de sus orejas pintadas de rojo.

Fred y George se sentaron a cada lado del Slytherin, justo cuando los platos sobrevolaban la mesa y se colocaban delante de cada persona. Huevos revueltos, tocino grasiento colocado sobre dos rebanadas de pan tostado y algunas gruesas salchichas ligeramente quemadas arrumbadas en una esquina, todo acompañado por un gran vaso con jugo de naranja y una taza de café negro.

Miró de reojo a Fred, dándose cuenta de que tomaba el grasiento tocino entre sus delgados dedos para darles una buena mordida. Reprimiendo cualquier gesto de asco que la acción le provocó, tomó el cuchillo dejado al lado de su plato junto al tenedor y se dispuso a cortar una de las salchichas antes de continuar con el tocino. Cuando ya no tuvo más que cortar, revolvió ligeramente los huevos y volvió a mirar a la familia Weasley, rápidamente topándose con la fría mirada que Weasel le enviaba.

Desvió la mirada en seguida, tomando un trozo de tocino cortado con el tenedor y se recordó a sí mismo que no había razón alguna para que los Weasley quisieran envenenarlo. Se llevó el tocino elegido a la boca, saboreando la grasa mientras se preguntaba si Mirthy consideraba aquello como un buen desayuno. ¿Le preguntaría…? Que estúpida pregunta, claro que lo haría. La pregunta es si le haría meterse más comida a la boca cuando llegara ella, o si lo dejaría morir de miseria por toda la grasa que había ingerido.

Se forzó a terminar todo el plato, solo tomando el jugo de naranja al final al ver que la señora Weasley ya se había tomado el suyo. Dejó los cubiertos entrecruzados sobre el plato, dándose cuenta de que era el último en terminar mientras, disimuladamente, se limpiaba las comisuras de la boca.

Blaise no mencionó palabra alguna cuando la señora Weasley encantó los platos para que se recogieran por sí mismos y posteriormente se lavaran sobre la tarja. Dejó que sus ojos se posaran más tiempo de lo debido sobre Ginny que estaba llevándose un pan tostado con mermelada a la boca cuando Fred decidió hablar.

-Como les habíamos dicho antes, planeamos abrir una tienda de bromas en el callejón Diagon cuando terminemos Hogwarts -dijo, atrayendo la atención de sus dos padres.

-¿El hijo de Lucius? ¿De ahí sacaran el dinero? -preguntó Arthur Weasley, desviando la mirada al pergamino que sus hijos le habían mostrado esa mañana.

Weasel resopló, cruzándose de brazos y mirando a sus hermanos con las cejas levantadas, invitándolos a responder la pregunta.

-Le hemos vendido el treinta porciento de Sortilegios Weasley a Draco Malfoy, si eso es lo que preguntas, papá -dijo George, sin dejar que la actitud pretenciosa de su hermano menor le molestara.

-No pueden estar aceptando dinero de la gente…

-No estamos aceptando su dinero -se defendió Fred-. El contrato tiene una fecha límite para el pago, que es dentro de cuatro años. Para ese entonces, Sortilegios Weasley ya habrá cubierto el gasto de producción con creces.

-¿También estas en esto, muchacho? -preguntó el señor Weasley mirando a Blaise.

El joven Slytherin sonrió.

-Por supuesto -admitió-. Aunque me temo que mi parte del trato no es lo que deseaba.

-El diez porciento era todo lo que te íbamos a dar -dijo George.

-Me hubieran dado al menos el quince si después iban a venderle a Nott -masculló en voz muy baja al pelirrojo, evitando que el resto de la familia lo escuchara.

-¡Están haciendo tratos con los Slytherin! -se quejó Weasel, mirando con una nueva luz a sus hermanos-. Ellos no son…

-¿… de fiar? -preguntó Blaise, enarcando una ceja.

-Exacto -desafió Weasel.

-Hice un contrato vinculante, Ronald… -espetó el moreno-. Estoy cumpliendo con mi parte del negocio, son tus hermanos los que tienen que cumplir con la suya.

-¿Cuánto dinero les ha dado el hijo de Lucius? -preguntó el señor Weasley, su rostro un tono más blanco.

-¿Por el momento? -preguntó Blaise antes de que alguno de los gemelos pudiera hablar-. Nada.

-Pero…

-Draco les ha facilitado el negocio de las apuestas…

-¡Apuestas! -jadeo la señora Weasley.

-… entre los Slytherin -continuo Blaise, como si la señora Weasley no hubiera hablado-. Les encanta gastar dinero, ¿a quién no? -lanzó-. Y, lamentablemente, ninguno acertó nunca a los resultados del Torneo. La mayoría apostaba por Viktor Krum… y, como sabrán, nunca logró ganar una sola prueba.

-Entonces… -dijo el señor Weasley.

-Treinta y siete galeones, quince sickles y tres Knuts -recitó Blaise-. Ese es el dinero que Draco puso, y el que sus hijos pagaron el día anterior al regreso a casa.

-¿Treinta y…? ¿No fue el dinero que apostaron a Ludo Bagman? -preguntó Ginny, la tostada a medio comer en su mano-. ¿El que les robó?

-Exactamente -asintió Blaise, sin dejar hablar a los gemelos-. Es una pequeña jugarreta entre nosotros. Algo simbólico…

-Pero…

-Creo que sus hijos querían hablar con ustedes antes de aceptar algo más de Draco -respondió Blaise a la señora Weasley-. El contrato se puede deshacer si las dos partes están de acuerdo.

-¿Y cómo sabemos que el hijo del señor Malfoy renunciará a este… negocio si mis padres no quieren continuar con esto? -preguntó Bill, mirando con seriedad a Blaise.

-Lo hará.

-¿Cómo…?

-Les doy mi palabra, señores Weasley -cortó Blaise, regalándoles su sonrisa más radiante.

Los señores Weasley se miraron entre ellos, y como Blaise supuso que harían, Arthur Weasley negó.

-Pero papá…

-Entiendo, señor Weasley -aceptó Blaise, dándole un rodillazo por debajo de la mesa a Fred para que no interviniera-. Aunque, si me permite, debería escuchar a sus hijos. La idea de Sortilegios Weasley es bastante buena -aduló-. En Slytherin no hay chicos de la edad de sus hijos con un negocio propio. La mayoría dependemos económicamente de nuestros padres, esperando la mayoría de edad para recibir nuestras herencias… o un matrimonio, como el caso de muchos.

-Ya lo creo… -el prejuicio tiñendo la frase del patriarca Weasley. La sonrisa de Blaise no tambaleo en ningún momento.

-Si me disculpan -dijo, poniéndose en pie-. Mi madre tiene una comida en la tarde, y le gusta tomarse un tiempo para saludar a sus invitados antes de tomar el alimento.

-Gracias por haber venido -dijo la señora Weasley, su sonrisa igual de cariñosa que cuando se presentó.

-Gracias por la invitación -dijo Blaise haciendo una ligera reverencia-. Nos vemos en Hogwarts, Ginny.

-Nos vemos… -dijo Ginny, apenas sonriendo.

-Te acompañamos -dijo George, guiando a Blaise fuera de la cocina y, por consiguiente, fuera de La Madriguera. Caminaron en silencio hasta que estuvieron más allá de dónde Mirthy lo había dejado antes-. ¿Qué fue eso? -espetó.

Blaise le sonrió con malicia.

-A eso se le llama: mentir -respondió el Slytherin con burla-. Deberían practicarlo más.

-¡Les mentiste en todo! -se quejó Fred.

-Les mentí sobre el patrocinio de Draco, no sobre que Sortilegios Weasley tenía futuro -corrigió Blaise-. Ustedes querían el apoyo de sus padres. Y creo que lo tienen.

-No queríamos mentirles -dijo George.

Blaise se encogió de hombros con simpleza.

-Ustedes no les mintieron, fui yo -dijo-. Además, dudo que alguna vez vayan a aceptar la ayuda de Draco en todo esto -la mirada de Blaise se perdió en el prado, volviendo a preguntarse por sus amigos.

-Harry dice que vio a sus padres en…

-Ya lo sé -siseo Blaise, fulminando con la mirada a los gemelos-. Nos lo restregó en la cara durante el viaje de vuelta -espetó-. Y lamento mucho la muerte de Diggory, pero Draco no es su padre. Vincent no es su padre. Theo no es su padre. Y Gregory… definitivamente no es su padre. Si lo fueran, no serían amigos de Hermione. No… -se mordió la lengua-… no les ayudarían con su pequeño proyecto.

Los gemelos guardaron silencio.

-Miren… -Blaise suspiró-. Siento lo que pasó con Bagman, y que el señor Crabbe no lograra encontrarlo.

-Está bien -dijo Fred.

-Harry nos dio el premio del Torneo -reveló George.

Blaise enarcó las cejas, la sorpresa grabada en su rostro.

-¿Cómo…?

-Intentamos negarnos, pero insistió -respondió Fred-. Creo que… se sentía muy mal por lo de Cedric.

-Todos… -murmuró Blaise, suprimiendo un escalofrío.

-¿Entonces Draco…? -dijo George

-No lo sé -cortó el moreno-. No han enviado una sola carta, ninguno de ellos… -ni Hermione, se mordió la lengua-. Supongo que lo sabré cuando regrese a Hogwarts.

-¿Sabrás qué? -preguntó Fred.

-Sí estamos jodidos o no -murmuró, pero antes de que los gemelos pudieran decir nada, llamó-: ¡Mirthy!

Un "plop" resonó en seguida. La elfina domestica hizo una exagerada reverencia antes de que Blaise la tomara de la mano.

-Nos vemos en Hogwarts -anunció antes de desaparecer acompañado por su elfina.


Agosto, 12. 1995

Cotswolds, Inglaterra.

Crabbe Ville.

-¡Reducto!

El hechizo golpe el lugar donde Vincent había estado segundos antes. El joven Slytherin se había lanzado detrás de la estatua de algún dios griego del cual el nombre había olvidado hacía mucho tiempo.

Su respiración era acelerada y el movimiento le provocaba un ardor intenso sobre las costillas rostas. Su rostro estaba descompuesto en una mueca de dolor, pero sus ojos revelaban una intensidad que no era usual en él, ajeno a la sangre que se escurría por su nariz y barbilla o a la tierra que manchaba su mejilla derecha y su frente.

Antes de que el chico tuviera tiempo de pensar en su próximo movimiento, su atacante lanzó tal ¡Bombarda! que no solo provocó la destrucción de la estatua, si no que también lo sacó volando. Trató de proteger su rostro lo más que pudo, colocando sus antebrazos frente a él; cayó con un golpe secó sobre el pasto húmedo y dio varias vueltas, lastimándose aún más las rodillas y el hombro en el proceso.

La cabeza le palpitaba intensamente, y le costó unos segundos darse cuenta de que alguien trataba de adentrarse en su mente. La pared estaba puesta, protegiendo sus pensamientos: una capa de cemento, una de ladrillos, y una de titanio puro. Irrompible.

Nada entraba ni nada salía sin su permiso.

-¡Ese es mi muchacho! -el rugido de su padre perforó su cabeza, aún cuando el hombre en cuestión estaba parado a varios metros. Su risa era una combinación entre un gruñido rasposo y una cierra eléctrica descompuesta, esas que venían en los libros de Pansy de Estudios Muggles.

Vincent se enfocó en la nube que sobrevolaba, arriba, en el cielo. Casi negra, y no era la única en el cielo: llovería en cualquier momento.

Escuchó los pasos amortiguados sobre la tierra húmeda sin despegar la vista del cielo, esperando pacientemente a que su padre se acercara lo suficiente para mantener una conversación tranquila sin que los elfos domésticos que informaban a Uxia Crabbe, su madre, pudieran escucharlos. Vio de reojo a su padre sentarse a la altura de sus hombros.

Su padre era el hombre más fornido (fuera de alguna cruza con algún gigante) que había conocido nunca. A pesar de que Vicent superaba con creces a todos los chicos de su edad, incluido Gregory (aunque solo fuera por unos insignificantes centímetros), su padre le sacaba una cabeza como mínimo. Tenía casi el triple de músculos que los de él en todos los lugares correctos, y una gruesa y fea cicatriz le cruzaba el ojo derecho, dejándoselo sin color alguno.

Su cabello negro estaba rapado al ras, como el de su hijo, y su dura mandíbula estaba cubierta -apenas- por un rastro de bello facial, lo que significaba que no se había afeitado en días.

Aquel era su padre: Lionel Crabbe. Quien le contaba cuentos -aterradores- antes de dormir, quien le había enseñado a combatir en duelos mágicos, quien le había dado amor y atención cuando su propia madre se negaba a hacerlo, a quien Vincent adoraba con el alma… sí, aquel era su padre.

Aún cuando la marca tenebrosa que se reflejaba con crueldad sobre su antebrazo izquierdo hacía que a Vincent se le pusiera el bello de punta y un nudo inmenso difícil de tragar se asentara en su garganta. Aún cuando le daban ganas de salir corriendo como desaforado sin mirar atrás por el terrible miedo que le provocaba.

-Y yo pensando que lo único que hacía Severus en Hogwarts era jugar con sus pociones de mierda -se burló Lionel, su ojo (tan azul como el suyo) fijo en Vincent-. Al menos, ha servido de algo -y con su grueso dedo, dejó caer dos golpes sobre la frente de su hijo-. ¿Te trata bien?

El Slytherin le sonrió, probando el sabor metálico de la sangre.

-No me quejo -bufó Vincent, restregándose la palma de su mano derecha (aquella donde contenía una fina cicatriz) contra el rostro para tratar de limpiarse la sangre.

Un destello, algo parecido a la burla y el cariño, pasó por la mirada de su padre. Lo apuntó con la varita mágica, provocando una imperceptible tensión sobre Vincent, antes de limpiarle la sangre y arreglarle la nariz.

-También podría ayudarme con las costillas -dijo Vincent, señalando vagamente a la parte afectada.

-No presiones -bufó su padre-. Esas se curan solas.

-Por supuesto que sí -dijo Vincent, colocando los ojos en blanco mientras le mostraba la varita-. Se ha roto -dijo, viendo el único pedazo que sobrevivió a la explosión.

Lionel volvió a reír.

-Uxia estará tan molesta.

-Sólo cómprele una nueva y lo olvidará -soltó Vincent con veneno-. ¿Vas a decirme por fin qué tal le fue a Potter? -preguntó, cambiando la conversación.

No era algo que se hubiera anunciado en "El Profeta" que de lo único que hablaba era sobre que Albus Dumbledore, el director de Hogwarts, había perdido por fin la cordura. Soltando desvaríos sobre el regreso de El-que-no-debe-ser-nombrado y su participación en la muerte de Cedric Diggory, un terrible accidente ocurrido durante la prueba final del Torneo de los tres magos.

No, Vincent se había enterado por parte de su padre que el chico dorado había conjurado magia fuera de Hogwarts, y que por consiguiente había provocado su expulsión de Hogwarts y una próxima visita para destruir su varita. Al final, Dumbledore intercedió como siempre y se le dio la oportunidad de una vista disciplinaria que tuvo lugar esa mañana.

Su padre se rascó la barbilla.

-El viejo de Dumbledore apareció en el último segundo -resopló con desdén-. Al mestizo se le dio la oportunidad de regresar a Hogwarts y dejar todo el asunto como un terrible incidente.

-¿En serio? -Vincent enarcó una ceja-. Un patronus… ¡esa es magia muy avanzada, papá! -espetó, con un poco de envidia-. ¡Dementores! ¿El Ministerio de verdad se creyó eso? Ellos piensan que los tienen bajo control.

Lionel chasqueo la lengua.

-Por lo visto, el viejo de Dumbledore tenía una squib vigilando la casa de la tía muggle del mestizo -siseo, cruzándose de brazos-. Lucius creyó que era más inteligente mandar al Dementor en terreno muggle, pero parece que está más vigilado con esa… basura que con su padre -se burló.

Vincent hizo una mueca.

-El señor Potter…

-No es alguien del que debamos preocuparnos –dijo su padre antes de que Vincent pudiera mencionar algo-. El amante de lo impuro está más jodido que Killian en su peor día.

-¿Y Black? -preguntó Vincent-. Draco… él dijo que Black era inocente.

-Lo es -concedió Lionel con un encogimiento de hombros despectivo-. Pero el hombre está loco, no lo dudes. Tantos años en Azkaban, me sorprendería que fuera capaz de mantenerse de pie durante un vuelo.

Vincent se incorporó con dificultad, una mueca de dolor en sus rasgos por las costillas rotas.

-Papá…

-No te preocupes, Vincent -dijo su padre, poniendo una gran mano sobre su hombro-. Tu padre tiene esto. Tú lo único de lo que debes preocuparte es sacar todos tus TIMOS. Así que sigue juntándote con esa sangre sucia. -se burló- Ha resultado ser de utilidad.


Septiembre, 01. 1995

Plataforma nueve y tres cuartos.

12:00 p.m.

Draco masculló por debajo, los músculos tan tensos que hasta caminar le dolía. Odiaba con el alma pasar más de tres minutos en todo ese bullicio, con los olores de la locomotora y los ruidos de las mascotas, por no mencionar a los niños impertinentes y los gritos de entusiasmo que soltaban los renacuajos de nuevo ingreso. Las lágrimas de tristeza de las madres y las miradas de orgullo de sus padres.

Todo era demasiado para el joven Slytherin, y aun así se vio en la necesidad de pasar una segunda vez por todo eso. Había visto a Blaise desde la ventanilla de su compartimento, y lo que encontró no le gustó. En lo absoluto.

-¿No deberíamos mejor esperarlo adentro? -preguntó Gregory, mirando a Draco desde toda su altura. Sus dos amigos habían crecido durante las vacaciones, por no mencionar que ya no había un solo kilogramo de grasa en ellos.

Si no fueran sus amigos, sería difícil admitir que se sentía un poco… intimidado.

-No -dijo el platinado. Su voz siendo arrastrada con desdén y frialdad. Su furiosa mirada grisácea hizo que más de uno se apartara, sin necesidad de la interferencia de sus dos amigos-. Blaise no puede… no este año. Ninguno, ¿me han entendido? -advirtió.

Vincent se encogió de hombros mientras Gregory asentía.

-¡Blaise! -llamó Draco cuando estaban a la distancia suficiente para que el moreno los escuchara por encima del bullicio. El rubio no tardó en darse cuenta de que no solo estaba acompañado por los Weasley, sino también por el trio entrometido, el señor Potter, Lupin, Ojoloco y un gran perro negro.

-¡Draco! -dijo Blaise, sonriendo tan ampliamente como podía. Era un alivio por fin ver a sus amigos, pero antes de que un comentario sarcástico saliera de entre sus labios, la mirada que recibió de Draco hizo que lo pensara dos veces.

-Llegas tarde -dijo, ignorando teatralmente la mirada de furia que San Potty le enviaba. Sus ojos deteniéndose ligeramente sobre el verdadero Moody.

-Uhm… me quedé dormido… -respondió Blaise, sintiéndose repentinamente más joven de lo que era, casi como un niño regañado-… ¿dónde…? -carraspeo-. ¿Theo y Hermione todavía no llegan?

-No.

-Yo… hablaba con Fred y George -explicó Blaise-… Los señores Weasley creen que es una excelente idea todo el asunto de Sortilegios Weasley. De hecho, los estaba felicitando.

-Bien -cortó Draco, con la voz fría antes de que un movimiento por detrás de Blaise llamara su atención-. Deberías subir al tren -ordenó-. Y date una vuelta entre los de segundo año -dijo-. Lleva a Goyle contigo.

-Sí, por supuesto -asintió Blaise con seriedad.

-Vamos -le dijo Draco a Vincent y los dos se apartaron con velocidad de la familia Weasley y sus acompañantes. Ni siquiera reprimió su sonrisa cuando sus orbes grises chocaron con los marrones, haciendo una reverencia teatral antes de tomar la delicada mano femenina entre la suya y dejar caer un casto beso sobre la cicatriz pálida en la palma-. Mi señora…

-Malfoy… -suspiró Hermione, sonriendo mientras se dejaba envolver entre los brazos del rubio. Sus brazos rápidamente serpentearon hasta enredarse alrededor del cuello del rubio, mientras las manos de Draco se posaban en las curvas de su cintura. El Slytherin la besó en la mejilla, dejando que sus labios rozaran la comisura de la boca femenina.

-¿Qué tal tus vacaciones? -preguntó el rubio, dejando que su sonrisa se ensanchara mientras admiraba el rubor en las mejillas de la castaña.

-Decentes… -respondió Hermione, un triste recuerdo tiñendo sus ojos antes de posar la mirada en la figura detrás de Draco-. Vincent… -dijo, como en un pensamiento tardío.

El susodicho se rio.

-Herms… -murmuró, tomando el baúl de Hermione de sobre el carrito. Crookshanks, que había estado encima de él, saltó con un bufido y se perdió entre la multitud-. Deberíamos ir al compartimento -anunció, sus ojos azules inspeccionando a su alrededor.

-Draco y yo debemos ir al vagón de los prefectos -dijo Hermione, negando con la cabeza y sacudiendo su coleta alta-. Y Theo debería estar por llegar -murmuró en voz muy baja, pero ambos chicos la escucharon-. Deberían darse una vuelta por el vagón de Slytherin, ya sabes vigilar…

-Ya envíe a Blaise.

Hermione frunció el ceño.

-¿Se te ha soltado un tornillo? -jadeo, provocando que el chico enarcara una ceja sin entender su arrebato-. Blaise hará que los chicos lloren o lo hechicen antes de que siquiera parta el tren.

-Hermione tiene un punto –resopló Vincent, muy divertido.

-Fue con Gregory.

-¡Peor! -Hermione le soltó un manazo en el pecho-. Si Gregory ha crecido tanto como Vincent en verano, solo harás que entre ambos asusten a los de segundo.

-¡Oye!

-Es la verdad, cariño -dijo la castaña, rodando los ojos hacia él-. Tienen la sutileza de un trol.

-¡Auch! -Vincent retrocedió un paso, la mano libre sobre su pecho en un gesto de dolor.

-¿Puedes asegurarte de que no hagan más daño del que ya hicieron? -preguntó Hermione mientras se apartaba del agarre de Draco-. Solo hasta que llegue Theo, y después él podrá darse una vuelta.

-Ya que… -asintió Vincent, siguiéndolos dos pasos por detrás mientras caminaban de vuelta al tren. Hermione y Draco, como siempre, iban tomados de las manos y murmuraban cosas por lo bajo mientras señalaban con la mirada una y otra cosa.

Cuando subieron al tren, se fueron por lados distintos: Draco y Hermione al primer vagón y Vincent al último.

No había nada distinto en el vagón de prefectos, el único detalle es que era un poco más grande. Dentro ya estaban sentados dos chicos de Ravenclaw de su mismo año: Anthony Goldstein y Padma Patil. Ambos ya portaban sus túnicas de Hogwarts y sus uniformes, a diferencia de Draco que llevaba puesto un fino y caro traje negro.

-Buenas tardes -saludó Hermione, sentándose frente a los dos mientras Draco cerraba la puerta.

-Buenas tardes -dijo Goldstein, sonriendo afable a los dos Slytherin. Patil, en cambio, solo asintió sin apartar la mirada del libro de Encantamientos que leía mientras Draco se sentaba al lado de Hermione.

Pasados unos cinco minutos, la puerta volvió a abrirse para revelar a Ernie Macmillan y Hannah Abbott, de Hufflepuff. Ambos saludaron alegremente, mirando con curiosidad al enorme compartimento y murmurando asombrados para la completa diversión de Draco, a quien sintió sacudirse por la risa muda que soltó.

El problema llegó cuando Ronald Weasley y Lavender Patil, de Gryffindor, entraron al compartimento cargando sus baúles. Estaban charlando animadamente hasta que sus miradas se posaron sobre los Slytherin: Weasley inmediatamente miró con desconfianza a Draco mientras Brown le lanzó una mirada altiva a la castaña.

Rápidamente tomaron los asientos los más lejos posible de Draco y Hermione.

-Todos somos de quinto año -anunció Brown, quitándose la túnica al mirar cada rostro, evitando deliberadamente a los dos Slytherin.

-No me digas -se burló Draco, cruzándose de brazos-. Y yo creyendo que estaban los de séptimo frente a mis ojos.

-No hay necesidad de ser un imbécil, Malfoy -espetó Weasley, mirando con enojo al rubio.

-Cuida tus palabras, Weasley -siseo Draco con altanería-. Ahora eres un prefecto, si tú no enseñas respeto en tu casa. ¿Quién lo hará?

-Entonces, ¿cómo organizamos las rondas? -preguntó Hermione, ignorando a Draco mientras cruzaba una pierna por encima de la otra-. Creo que deberíamos…

-¿Rondas? -preguntó Macmillan, sus cejas claras arrugándose con confusión-. ¿Qué rondas?

Hermione enarcó las cejas.

-Las rondas que debemos hacer -respondió-. Cuando los maestros no estén de guardia… ¿los prefectos del año anterior no se los explicaron? -preguntó cuando solo recibió rostros confundidos como respuesta.

-¿Por qué nos explicarían? -bufó Brown, sacudiendo exageradamente su larga cabellera rubia-. Hasta este verano, no sabíamos quiénes serían los próximos prefectos de nuestras casas.

-¿No?

-No. Solo nos llegó la carta -dijo Patil, encogiéndose de hombros y cerrando su libro de Encantamientos para escuchar con atención.

-¿Cuál carta? -siseo Draco, entrecerrando los ojos hacia la Ravenclaw.

-La carta dónde te anuncian que serás prefecto… -respondió Goldstein-. ¿A ustedes no les llegó una carta? -ambos Slytherin negaron-. Entonces, ¿cómo consiguieron las insignias? -señaló a los broches de plata con una "P" esmeralda al centro sobre las solapas de la túnica de Hermione y del saco del rubio.

-Nos las dieron Eleanor y Owen antes de tomar el tren de regreso a nuestras casas al final del curso pasado -explicó Hermione.

-¿Qué? -Abbott los veía completamente confundida.

-En Slytherin los prefectos los escoge el profesor Snape -concedió Draco-. A menos de que los prefectos escojan a un sucesor.

-Como lo hicieron Eleanor y Owen con nosotros, a quienes a su vez escogió Marcus Flint -continuo Hermione.

Solo recibieron silencio como respuesta.

-¿Las rondas decías? -preguntó Patil después de unos segundos.

-Yo no haré lo que un par de serpientes me digan que haga -espetó Weasel-. Especialmente del hijo de un mortífago.

Brown y Abbott soltaron sendos jadeos mientras Macmillan y Goldstein se tensaban en sus asientos, mirando entre un chico y otro. Patil rodó los ojos ante la actitud infantil del pelirrojo antes de que una risa por parte del rubio hiciera que la tensión en el ambiente alcanzara niveles peligrosos.

-¡Vamos, Weasley! -se mofó Draco, cruzándose de brazos y mirando con diversión al pelirrojo-. No creerás en serio en todos los disparates que soltó Potter cuando ganó el Torneo de los tres magos -el rubio rodo los ojos con burla, pero al ver la mirada enojada del Gryffindor se fingió sorprendido-. ¡Espera! ¡Lo haces! -dijo, con incredulidad.

-Draco… -murmuró Hermione, con la voz lo suficientemente temblorosa para llamar la atención de Abbott y Patil.

-Lo siento, Hermione… -dijo Draco, sacudiendo la cabeza con decepción-. Pero no puedes esperar a que me quede callado ante tal estupidez -chasqueo la lengua con suficiente desdén-. Deberías aprender a escoger mejor tus amistades, Weasley.

-¿De qué…?

-Potter ha perdido la cabeza -siseo Draco, cortando la réplica del pelirrojo-. Es obvio que quedó trastornado después de… la muerte de Diggory -murmuró con pena, relajando un poco su postura-. Un poco presuntuoso de su parte, si me permites. No convivió con él, a diferencia de los Hufflepuff -hizo un asentimiento de cabeza a Macmillan y Abbott que se veían abatidos-. Así que no debería estar soltando mentiras sobre lo que ocurrió.

-¡El-que-no-debe-ser-nombrado regresó! ¡Harry no mintió! -escupió Weasley, fulminando a Draco con la mirada.

-Por supuesto -bufó Draco-. Y vas a creerle a alguien que tuvo una vista disciplinaría con el Wizengamot.

-Draco, por favor -pidió Hermione, colocando una mano con delicadeza sobre la pierna del rubio, haciendo que volteara a verla-. No creo que a Potter le guste que alguien… hable sobre el incidente -murmuró, fingiéndose apenada. Draco le había contado, durante su camino al vagón, el incidente con Potter y los dementores-. Estoy segura de que aún se siente afectado por ello. Es personal. No todos los días te mandan a llamar para expulsarte de Hogwarts.

Ahora no solo Abbott y Brown jadearon. Macmillan tenía la boca abierta por la sorpresa y Goldstein miraba a Weasley con una nueva luz mientras Patil hacia una mueca y se removía incomoda en su asiento.

-Joder, claro. Mi error -se disculpó Draco, haciendo una mueca avergonzada.

Hermione se pasó una mano por el cabello recogido, sonriendo secretamente ante el ambiente de desconfianza que Draco había sembrado entre los prefectos y Ron Weasley. Carraspeo ligeramente, tratando de alejar la tensión del ambiente mientras sonreía a sus compañeros.

-Los premios anuales no han de tardar en llegar -dijo Hermione, cruzando las manos sobre su regazo-. Estoy segura de que ellos podrán aclarar las dudas sobre las rondas, los puntos y los castigos que tendremos que llevar a cabo este año.

Justo en ese momento el aullido agudo del tren rompió con más fuerza en el vagón antes de que diera una sacudida y empezara a moverse, primero con lentitud, y luego tomando una marcha continua.

Nadie volvió a pronunciar palabra alguna hasta que los premios anuales, pertenecientes a la casa de las águilas y de los tejones entraron en el vagón.


Vagón de Slytherin.

El silencio era tan pesado que inclusive Theo estaba empezando a sentirse ligeramente incómodo, tratando de ignorar deliberadamente como Derek Sayre -el primo de William- acunaba a Tracey Davies en sus brazos porque no podía parar de llorar.

-Hay que mantener esto… en silencio si es posible -dijo Theo, tragando nerviosamente, sus manos entrecruzadas-. Las cosas empezaran a ponerse difíciles…

-… Y no queremos asustar a los más pequeños -murmuró James Steward, la mirada ensombrecida puesta en los caros zapatos de Malcom Baddok.

-Lo siento… -se disculpó Theo, viendo como Isobel MacDougald acariciaba en círculos la espalda de Brutus Bagshot, su prometido.

-No es culpa tuya -negó Malcom, sus orbes castaños sobre la figura de Theo-. Como no es culpa de Brutus. No pueden evitar quienes son sus padres.

Brutus soltó una risa ronca, echándose hacia atrás y provocando que la caricia de Isobel fuera interrumpida.

-Fácil, ¿no? -se burló, haciendo una mueca de desdén-. Cómo si ser hijos de nuestros padres no fuera más que un inconveniente.

-Brutus… -murmuró Isobel, sus hermosos rasgos descomponiéndose por la tristeza y pena.

-No trataba de insultarte, Brutus -masculló Malcom, frunciendo el ceño-. Solo quería decir…

-¡Maldición! -escupió Brutus, levantándose y golpeando la puerta con el puño. Una marca negra, como de quemadura, fue la única respuesta que recibió a su ataque. No había ser en la tierra que odiara más que a su padre. Las vacaciones habían sido un completo fiasco cuando la verdad le dio una bofetada en la cara, haciéndole abrir los ojos ante el panorama nada atractivo que se avecinaba.

Tracey rompió a llorar con más fuerza.

-Debería retirarme -murmuró Theo, levantándose y sacudiendo pelusas inexistentes de su pulcra túnica. Los de séptimo parecían tener una seria discusión en primer plano, y era obvio que Brutus no estaba cómodo con la honorifico: hijo de mortífagos.

En otras circunstancias, el regreso de Lord Oscuro sería bien recibido, o en el peor de los casos, serían indiferentes. Pero con Hermione en su casa mostrándoles que los nacidos de muggle no eran una escoria del mundo mágico, muchos prejuicios y educaciones elitistas habían sido derrocadas con los años.

-Gracias, Theo -dijo Ambrose Thurkell, tratando de regalarle una sonrisa compasiva. Theo asintió en respuesta y salió del compartimento. Soltó un largo suspiro, sintiéndose más viejo de lo que realmente era.

Miro brevemente el compartimento del frente, donde los de segundo comían dulces y hablaban sobre sus vacaciones con total felicidad. No había un solo hijo de mortífagos entre ellos, la mayoría eran mestizos y había solo dos sangre pura… algo que empezaría a perder sentido si los padres de los niños se negaban al régimen de Lord Oscuro.

Theo sacudió la cabeza, tratando de alejar sus pensamientos pesimistas. Había ido de compartimento en compartimento para tratar de dar ánimos a los más asustados y consolar a los hijos de mortífagos, no era momento de ponerse sentimentalista.

Caminó perdido en sus pensamientos hacia dónde Vincent, Gregory y Blaise lo esperaban, pensando en los entrenamientos que su padre había liderado y en el terrible recuerdo del niño por venir. No, el niño era deseado… pero tal vez no era el mejor momento para que su padre por fin cumpliera, después de nueve años, regalarle un hermanito.

-Que maneras… -murmuró por debajo, abriendo la puerta de su compartimento para revelar a alguien que no esperaba ver, nunca, en el vagón de los Slytherin-. ¡Luna! -dijo, sorprendido.

La rubia, sentada en medio de Vincent y Gregory, levantó la mirada de la revista que estaba leyendo para encontrarse con los ojos de Theo. Le regaló una tímida sonrisa.

-Theodore Nott -saludó.

-¡Ah, ah, ah! –negó Blaise, dejando de acariciar a Crookshanks en su regazo para negarle con el dedo a Luna. Una varita de regaliz saliendo de sus labios-. ¿Qué he dicho sobre los nombres? -preguntó con voz graciosa por el dulce.

Luna se sonrojó.

-Blaise… -dijo Theo en advertencia, entrecerrando los ojos al moreno.

-Theodore -repitió la Ravenclaw. Theo le sonrió amablemente mientras cerraba la puerta detrás de sí y se sentaba a un lado de Blaise.

-¿Todo bien? -preguntó Vincent, apartando la vista del artículo sobre si Sirius Black era un inocente cantante o un asesino despiadado.

-Sí -asintió Theo bajo la mirada de Luna-. Brutus… ya lo conoces.

Vincent hizo una mueca, pero no dijo palabra alguna.

-Se puede saber… ¿por qué leen la revista al revés? -preguntó Theo, viendo un ejemplar de "El Quisquilloso" en el regazo de la rubia.

-El padre de nuestra queridísima amiga Luna es el editor de "El Quisquilloso" -respondió Blaise, sacando el dulce de su boca para poder responder-. Y él, a veces, deja algunos acertijos para Luna en la revista.

-¡Oh! -Theo enarcó las cejas con respetuosa confusión-. Eso es muy… intrigante -murmuró, reparando en las mejillas sonrojadas de la chica-. ¿Ocurre algo?

-Yo… es solo… -se encogió de hombros-… Nunca había sido amiga de nadie -respondió.

Un largo y extraño silencio se interpuso entre ellos.

-Bueno…

-¡No te atrevas! -siseo Theo, entrecerrando los ojos al moreno. Blaise le sonrió como toda respuesta.

-Iba a decirle, a nuestra pequeña Luna aquí, que nosotros con gusto seremos sus amigos -dijo con fingida seriedad.

-Gracias.

-No agradezcas -cortó Blaise con un movimiento desdeñoso de mano-. Ya te retractaras cuando caigas en cuenta de lo raro que es Theodore.

-¡Blaise! -chistó el castaño, fulminándolo con la mirada mientras se sentía enrojecer.

-No hay belleza perfecta que no tenga alguna rareza en sus proporciones -recitó Luna, su mirada fija en Theo-. Francis Bacon.

-Oh, uhm… ¿gracias? -masculló Theo, soltándole un codazo a Blaise cuando sintió que empezó a sacudirse por la risa silenciosa. Estaba bastante seguro de que estaba más rojo que nunca.

La puerta del compartimento se abrió una segunda vez, revelando a Draco y Hermione. La castaña estaba rodando los ojos con fingido fastidio mientras el platinado tenía una mueca de malicia pura en los labios, pero al reparar en le presencia de la Ravenclaw parpadearon con confusión.

-Lovegood -masculló Draco, mirando brevemente a Theo antes de cerrar la puerta. Hermione estaba frunciendo el ceño al tomar asiento a un lado de su hermano.

-¿Quién…?

-Luna Lovegood –respondió Gregory a la confusión de Hermione-. La conocimos el año pasado antes del inicio de la segunda prueba.

-Nos complació con su presencia después de que el tren empezó a moverse-continuó Blaise, tomando una caja de grageas Bertie Bott-. Así que la hemos declarado nuestra nueva mejor amiga, ya sabes. Como la chica Weasley.

Vincent bufó con burla.

-Tú no quieres ser solo el amigo de la niña Weasley.

-¡Eh! ¡Calla! -siseo Blaise, un rubor difícil de ver subiendo por su cuello antes de posar la mirada en Luna-. No le hagas caso, Vincent desvaría.

-Ginny Weasley es amable conmigo -dijo Luna como toda respuesta-. Suele sentarse a mi lado en las clases que comparto con Gryffindor.

-Weasley es decente -dijo Draco, refiriéndose a Ginny-. Como Fred y George. Me parece que aquellos tres son los únicos salvables de las comadrejas.

-¡Draco! -regañó Hermione, frunciendo el ceño-. No puedes seguir llamándolos: comadrejas.

-Claro que puedo -Draco resopló-. Sobre todo, si ellos mismos llaman a su casa "La Madriguera".

-Draco tiene un punto -dijo Blaise, dándole una gragea a Crookshanks, procurando que Hermione no lo notara-. Que, hablando de ello por cierto, visité.

-¿Pero qué? -preguntó Gregory, desviando su atención de la revista que tenía Luna entre sus manos-. ¿Cuándo pasó eso?

-En vacaciones -respondió Blaise.

-No me digas, genio -espetó Gregory poniendo los ojos en blanco.

-Dos días después de mi cumpleaños, amigos mal agradecidos -espetó el moreno.

-Oh, Blaise… -dijo Hermione-. Lo siento mucho.

-Sí, lo que sea -siseo Blaise, cruzándose de brazos y mirando hacia la ventana.

-Ignóralo -le susurró Vincent a Luna-. Blaise es un maestro del drama.

-¡Oye! ¡Un poco de respeto que sigo aquí! -bufó, solo ganándose risas de sus amigos.


Hogsmeade.

Sendero a Hogwarts.

19:18 p.m.

-¡Deberían haberla estado vigilando, par de trols! -siseo Blaise, cruzándose de brazos mientras miraba fijamente a Vincent y Gregory.

-¡No los llames trols, Blaise! -reprendió Hermione mientras Draco la ayudaba a subir al carruaje. Theo se rio en voz baja por la falsa mirada de arrepentimiento en el moreno-. Recuerda, que, entre nosotros eres tú el único con un Insuficiente en sus notas.

-¡Oye! -jadeo el moreno-. ¡No hay necesidad de atacar de esa manera!

-Inclusive Flora nunca ha sacado un Insuficiente -prosiguió la castaña, las manos en la cadera mientras lo miraba con enojo-. Y eso que Herbología y Transformaciones se le da fatal.

-Ya, vale… ya entendí -masculló Blaise, haciendo un puchero.

-Y Luna puede ir a donde quiera sin que Vincent y Gregory la vigilen -añadió Theo.

-Pero alguien podría intentar ofenderla… -y bajando la voz hasta un susurro, dijo con confidencialidad-: Lunática, la llaman…

-Tú también la llamaste así el año pasado -se burló Draco.

-Era una persona distinta en aquel entonces -dijo Blaise, fulminando al rubio con la mirada.

-Sí, por supuesto -dijo Draco, rodando los ojos.

-Llamarla loca en italiano también está fuera de los límites -dijo Hermione cuando el carruaje empezó a moverse.

-Lo que sea -bufó el moreno, rodando los ojos.

-Por cierto… -murmuró Hermione, entrelazando los dedos y dándoles una brillante sonrisa-. Mamá está embarazada.

-¡Oh, por Salazar! -jadeo Gregory.

-¿De verdad? -Draco enarcó una ceja.

-Ni que me lo digas -resopló Theo, pero la sonrisa que trataba de ocultar no pasó desapercibida.

-¡Oh! ¡Oh! ¿Podemos conocerla? -pidió Vincent-. Cuando nazca, por supuesto -murmuró apenado.

-Claro que sí, Vincent -dijo Hermione, sin apagar su sonrisa-. Ya me encantaría verlos cargar un bebé.

-Sí, estos músculos no están de adorno -resopló el chico, mostrándoles el musculo que resaltaba en su brazo derecho.

-¡Oh por Morgana! -espetó Blaise, girando el rostro-. Mi ego acaba de ser pisoteado.

-Y el mío -dijo Theo, la boca abierta por la impresión con la vista fija en los bíceps de Vincent.

-El mío no -dijo Draco, cruzándose de brazos con aire altivo-. Sigo siendo el que mas galeones tiene en su bóveda.

-El dinero no lo compra todo, Malfoy -se burló Vincent, pero el rubio se hizo el desentendido.


Vestíbulo de Hogwarts.

19:40 p.m.

-¿Dónde te metiste? -preguntó Vincent cuando Luna cruzó las enormes puertas de Hogwarts. Se habían detenido a dejar su equipaje mientras Hermione y Draco tomaban unas palabras con cada estudiante de Slytherin que apareció después de ellos.

Luna alzó la mirada de la lectura de su revista, viendo a Vincent por un momento con frialdad antes de relajar un poco sus hombros y regalarle una sonrisa ensoñadora.

-Estaba con Harry Potter y sus amigos -respondió la rubia-. Me los encontré en los carruajes.

-¿Potty Popoti? -masculló Gregory. Luna parpadeo repetidas veces ante el mote.

-¿Ocurrió algo con Potter? -preguntó Hermione, su atención dividida entre la Ravenclaw y la entrada del castillo, en la espera de algún otro Slytherin.

-Le estaba contando que yo también veía a los Thestrals que llevan el carruaje y luego Ronald Weasley dijo que "El Quisquilloso" era pura basura…

-¿Tú también ves a los Thestrals? -jadeo Theo muy sorprendido, ignorando la verdadera razón por la cual la rubia estaba molesta.

Luna abrió los ojos aún más, olvidando su molestia.

-¿Tú igual?

-¡Oh, ternurita! -murmuró Blaise, echando los brazos encima de los hombros de Theo y Luna, llevándolos a una apretado abrazo-. ¡Prométanme que seré el padrino de bodas!

-¡Blaise! -siseo Theo, quitándose el brazo de encima y fulminándolo con la mirada. Luna, aún bajo el paso del brazo del moreno, tenía las mejillas sonrojadas por la vergüenza.

-¿Está todo bien aquí? -llamó Brown, tomando por sorpresa a los Slytherin. El trío entrometido iba detrás de ella, con la gemela Patil que pertenecía a Gryffindor y Ginny Weasley que miraba fijamente a Blaise y Luna.

-Por supuesto, ¿por qué no lo estaría? -preguntó Blaise, confundido.

-Que tus amigos sean los nuevos prefectos de Slytherin no te da un pase directo para molestar a los demás -dijo Patil, cruzándose de brazos al lado de su mejor amiga.

-¿Molestando? -preguntó Theo, frunciendo el ceño-. No estamos molestando a nadie.

-¡Claro que lo hacen! -dijo Patil, enojada-. ¡Zabini tiene sus manos encima de la Lunática!

Los Slytherin se veían como si alguien los hubiera golpeado con una bludger, antes de Vincent y Gregory rugieran y tronaran sus nudillos, avanzando dos pasos. Draco rápidamente los detuvo, colocando sus brazos contra sus musculosos torsos y mirando con frialdad a Patil.

-Patético -siseo el rubio, una mueca de desdén en los labios-. Cinco puntos menos a Gryffindor.

-¿Pero qué…? -jadeo Brown.

-Enséñale a tu amiga a no insultar a los demás -interrumpió Draco, mirando con soberbia a la rubia-. Me pregunto, qué dirá McGonagall cuando le tengas que explicar por qué razón han perdido puntos antes de empezar el curso.

-No puedes… -saltó Potter, las manos enroscadas en puños.

-Claro que puedo, Potter -dijo Draco, arrastrando las palabras con altanería-. A diferencia tuya, soy prefecto.

-Nadie está molestando a Luna -dijo Hermione, cruzándose de brazos-. Es amiga nuestra.

-¿Desde cuándo? -espetó Potter.

-Eso no es asunto tuyo -se burló Hermione, rodando los ojos-. Pero como vuelva a ver que alguien de Gryffindor moleste a Luna o la llame Lunática, los enviaré a detención con el profesor Snape. ¿Me has entendido, Potter? -el azabache la fulminó con la mirada como toda respuesta.

-Deberíamos retirarnos -dijo Theo, metiendo las manos dentro de los bolsillos de su pantalón-. Está bastante claro que somos los últimos Slytherin.

Draco asintió, entrelazó su mano con la de Hermione y ambos se dirigieron a la entrada del Gran Comedor. Blaise les sonrió ampliamente a los Gryffindor, sin soltar su agarre en Luna, y la arrastró consigo detrás de ambos Slytherin. Vincent y Gregory no se movieron hasta que Theo pasó por delante de ellos.

Luna se separó de ellos al llegar a la mesa de Ravenclaw. En cuanto los demás llegaron a la de Slytherin, Draco se apartó y se sentó unos momentos con los de séptimo año, su atención rápidamente puesta sobre Brutus Bagshot.

-Bagshot -saludó Draco.

-Malfoy -dijo el chico, mirando con ligera desconfianza al Slytherin-. ¿Qué quieres? Nott ya vino con su charla motivacional.

Draco chasco la lengua con desprecio.

-A Theo se le da mejor -murmuró, dándole una sonrisa ladina-. Necesito revisarte.

-¿Disculpa? -preguntó confundido. Isobel, sentada a un lado suyo, enarcó una ceja.

-Ya sabes… -dijo, sacando su varita de la túnica y colocándola sobre la mesa. Los oscuros ojos de Brutus bajaron a ella.

-No soy mi padre -siseo.

-No lo dudo -dijo Draco.

-¿Cómo sé yo que tú no eres el tuyo? -se cruzó de brazos.

-Estoy con Hermione –continuo Draco, encogiéndose de hombros-. No lo haría si fuera como Lucius.

Brutus pareció dudar unos segundos, mirando ligeramente hacia Isobel que se encogió de hombros. Soltó un suspiro de derrota.

-Adelante.

Draco le sonrió, levantó la varita con discreción mirando de reojo hacia la mesa de los profesores, que discurría a lo largo de la pared del fondo del comedor. Al ver que parecían estar en sus propios asuntos, regresó otra vez a Brutus y conjuró el hechizo sin pronunciarlo.

No encontró bloqueo alguno al invadir la mente del chico, sintiendo mediante el enlace lo expuesto que se sentía. Fácilmente pudo diferenciar entre los recuerdos verdaderos y los falsos, aquellos que ponía como señuelo para hacerle creer que le mostraba todo, pero Draco los conocía demasiado bien gracias a su entrenamiento con el profesor Snape. Era obvio que Brutus, como hijo de mortífago, había tenido que aprender a ocultar sus pensamientos liberales de su padre. Si fuera otra situación, los dejaría pasar, pero la seguridad de Hermione dependía de que Brutus fuera la persona que demostraba ser en Slytherin.

Así que rompió los falsos recuerdos, tomando por sorpresa a Brutus que intentó hacerlo retroceder, pero fue demasiado lento para la mente aguda del rubio. Destello tras destello, sentimientos confusos y pensamientos vergonzosos. Todo un torbellino de recuerdos ocultos sobre él y Malcom, sobre Isobel y su compasión.

Intentó no demostrar sorpresa sobre la conexión que acababa de encontrar entre los tres Slytherin, rápidamente buscando algún desagrado por los nacidos de muggles o alguna conducta despreciativa, pero no encontró nada. Por lo visto, lo único que Brutus consideraba como nefasto, eran sus propios sentimientos a su mejor amigo.

Draco se apartó de la mente del mayor, viendo el brillo momentáneo del miedo en sus ojos antes de que una mirada falsamente tranquila empezara a aplanar sus rasgos.

-¿Y bien? -siseo, sin poder ocultar de Draco la tensión que emanaba de él. Las venas de su cuello demasiado hinchadas.

-Necesitaré unas palabras a solas con los de primer año cuando sean seleccionados, sin que Hermione esté presente. -Mencionó Draco, levantándose y con la mirada fija en Isobel.

-Entiendo -asintió asintió la chica, sintiendo la tensión emanar de Brutus..

-Necesito que vengas conmigo.

-¿Qué? -sus delgadas cejas se elevaron, sus espectaculares ojos verdes brillando en confusión-. ¿Por qué yo?

-Eres una figura de autoridad para ellos -dijo Draco-. Me llevas dos años, una ventaja de edad sobre ellos. Y, además, eres la más amable de todos ellos -hizo un gesto despectivo a sus amigos.

-¡Ey! -se quejó Malcom, frunciendo el ceño ofendido.

-Te llamaré -dijo Draco, ignorando al castaño mientras se alejaba.

El Slytherin de quinto año tomó asiento junto a Hermione cuando las puertas del Gran Comedor se abrieron. Por ellas entró una largo fila de alumnos de primero, con pinta de asustados, guiados por McGonagall, que llevaba en las manos un taburete sobre el que reposaba un viejo sombrero de mago muy remendado y zurcido, con una ancha rasgadura cerca del raído borde.

Los murmullos que llenaban el Gran Comedor fueron apagándose. Los de primer año se pusieron en fila delante de la mesa de los profesores, de cara al resto de los alumnos y McGonagall dejó con cuidado el taburete delante de ellos y después se apartó.

Los rostros de los de primero resplandecían tenuemente a la luz de las velas. Había un muchacho hacia la mitad de la fila que temblaba. El colegio entero permanecía expectante, conteniendo la respiración. Entonces la rasgadura que el sombrero tenía cerca del borde se abrió, como si fuera una boca, y el Sombrero Seleccionador se puso a cantar:

Cuando Hogwarts comenzaba su andadura

y yo no tenía ni una sola arruga,

los fundadores del colegio creían

que jamás se separarían.

Todos tenían el mismo objetivo,

un solo deseo compartían:

crear el mejor colegio mágico del mundo

y transmitir su saber a sus alumnos.

"¡Juntos lo levantaremos y allí enseñaremos!",

decidieron los cuatro amigos

sin pensar que su unión pudiera fracasar.

Porque ¿dónde podía encontrarse

a dos amigos como Slytherin y Gryffindor?

Sólo otra pareja, Hufflepuff y Ravenclaw,

a ellos podía compararse.

¿Cómo fue que todo acabo mal?

¿Cómo pudieron arruinarse

tan buenas amistades?

Verá, yo estaba allí y puedo contarles

toda la triste y lamentable historia.

Dijo Slytherin: "Sólo enseñaremos a aquellos

que tengan pura ascendencia."

Dijo Ravenclaw: "Sólo enseñaremos a aquellos

de probada inteligencia."

Dijo Gryffindor: "Sólo enseñaremos a aquellos

que hayan logrado hazañas."

Dijo Hufflepuff: "Yo les enseñaré a todos

y trataré a todos por igual."

Cada uno de los cuatro fundadores

Acogía en su casa a los que quería.

Slytherin sólo aceptaba

a los magos de sangre limpia

y gran astucia, como él,

mientras que Ravenclaw sólo enseñaba

a los de mente muy despierta.

Los más valientes y audaces

tenían como maestro al temerario Gryffindor.

La buena de Hufflepuff se quedó con el resto

y todo su saber se transmitía.

De este modo las casas y sus fundadores

mantuvieron su firme y sincera amistad.

Y Hogwarts funcionó en armonía

durante largos años de felicidad,

hasta que surgió entre nosotros la discordia,

que de nuestros miedos y errores se nutría.

Las casas que, como cuatro pilares,

habían sostenido nuestra escuela

se pelearon entre ellas

y, divididas, todas querían dominar.

Entonces parecía que el colegio

mucho no podría aguantar,

pues siempre había duelos

y peleas entre amigos.

Hasta que por fin un mañana

el viejo Slytherin partió,

y aunque las peleas cesaron,

el colegio triste quedó.

Y nunca desde que los cuatro fundadores

quedaron reducidos a tres

volvieron a estar unidas las casas

como pensaban estarlo siempre.

Y todos los años el sombrero seleccionador se presenta,

y todos saben para qué:

yo los pongo a cada uno en una casa

porque ésa es mi misión,

pero este año iré más lejos,

escuchen atentamente mi canción:

aunque estoy condenado a separarlos

creo que con eso cometemos un error:

Aunque debo cumplir mi deber

y cada año tengo que dividirlos,

sigo pensando que así no lograremos

eliminar el miedo que tenemos.

Yo conozco los peligros, leo las señales,

las lecciones que la historia nos enseña,

y les digo que nuestro Hogwarts está amenazado

por malignas fuerzas externas,

y que si unidos no permanecemos

por dentro nos desmoronaremos.

Ya les he dicho, ya están prevenidos,

Que comience la selección.

El sombrero se quedó quieto y su discurso fue recibido con un fuerte aplauso, aunque por primera vez, según recordaba Hermione, se escucharon al mismo tiempo murmullos y susurros. Por todo el Gran Comedor los alumnos intercambiaban comentarios con sus vecinos.

-Creen… ¿qué el Sombrero Seleccionador lo sabía? -preguntó Hermione, aplaudiendo.

-¿Saber qué? -preguntó Theo al frente de ella, pero por la mirada que le daba, sabía de qué hablaba.

-Que esto pasaría… -dijo Hermione-. Que los Slytherin tenían que elegir.

-¿Elegir? -preguntó Pansy que la había escuchado, enarcando una ceja.

-Un lado -murmuró Hermione-. Entre la luz y la oscuridad.

Los Slytherin que alcanzaron a escucharla se tensaron en sus asientos, tomándose con seriedad las palabras de Hermione. McGonagall, tras recorrer por última vez las cuatro mesas con el entrecejo fruncido, bajó la vista hacia el largo trozo de pergamino que tenía entre las manos y pronunció el primer nombre:

-Abercrombie, Euan.

El muchacho muerto de miedo en el que Hermione se había fijado antes se adelantó dando trompicones y se puso el sombrero en la cabeza; sus grandes orejas impidieron que éste se le cayera hasta los hombros. El sombrero caviló unos instantes, y luego la rasgadura que tenía cerca del borde volvió a abrirse y gritó:

-¡Gryffindor!

Hermione se limitó a dar un solo aplauso, a diferencia de la mayoría de las serpientes que solo se rieron con malicia mientras la casa de Gryffindor aplaudía. Poco a poco, la larga fila fue disminuyendo hasta que finalmente seleccionaron a "Zeller, Rose" para Hufflepuff, y McGonagall recogió el sombrero y el taburete y se los llevó mientras Dumbledore se ponía de pie.

-A los nuevos -dijo Dumbledore con voz sonora, los brazos abiertos y extendidos y una radiante sonrisa en los labios- les digo: ¡bienvenidos! Y a los que no son nuevos les repito: ¡bienvenidos otra vez! En toda reunión hay un momento adecuado para los discursos, y como éste no lo es, ¡al ataque!

Las palabras de Dumbledore fueron recibidas con bufidos y resoplidos de desdén y burla entre los Slytherin. El viejo director se sentó con sumo cuidado y se echó la larga barba sobre un hombro para que no se le metiera en el plato, pues la comida había aparecido por arte de magia, y las cinco largas mesas estaban llenas a rebosar de trozos de carne asada, pasteles y bandejas de verduras, pan, salsas y jarras de jugo.

-Ya vuelvo -masculló Draco, levantándose y echando una mirada a Isobel que lo imitó en seguida. Entre los alumnos de segundo y tercer año, en la esquina más apartada, habían tomado asiento los de primero. Draco saludó a unos cuantos de tercero y de primero que se inclinaron respetuosamente a él mientras se servían su cena.

-¿Puedo? -preguntó al joven rubio tan parecido a su hermano mayor.

-¡Malfoy! -saludó sonriente Ansel, mostrando sus brillantes dientes blancos-. ¡Graham me habló de ti! ¡Dijo que eras el prefecto y el nuevo capitán del equipo de quidditch!

-En efecto -dijo Draco, esperando hasta que Isobel se sentó en medio de dos chicas para tomar asiento.

-Voy a presentarme a las pruebas, ¿cuándo son? -preguntó el niño, sin dejar de sonreír.

-Los de primer año no pueden…

-¡Pero Harry Potter entró a los once al equipo de Gryffindor! -se quejó el chico.

-Es porque Potter puede romper las reglas y, aun así, ser premiado con la copa de las casas -siseo Draco, arrastrando las palabras en una advertencia implícita-. No interrumpas a tus prefectos, o mayores para el caso… ¿me has entendido?

Las mejillas del chico se sonrojaron, pero asintió tímidamente.

-Draco Malfoy, soy el prefecto de Slytherin -se presentó el heredero de los Malfoy ante los más jóvenes-. Y la hermosa señorita que me acompaña, es Isobel MacDougald, de séptimo año.

-Mucho gusto -sonrió Isobel, provocando que algunos cuantos se sonrojaran-. Usualmente sería la prefecta quien se presentaría primero, pero quería conocerlos.

-¿No eres tú la prefecta? -preguntó Ava Farley. Draco recordaba vagamente a su hermana mayor: Gemma, aunque nunca la trató de cerca.

-No, Hermione Granger es nuestra prefecta -respondió Isobel.

-¿Granger? -preguntó uno de los renacuajos, su rostro descompuesto en una mueca de desprecio total-. ¿No es la nacida de muggles?

-Lo es -asintió Draco, tratando de ser lo más amable posible. Hermione lo reñiría hasta el fin de los tiempos si se enteraba que hechizó a un niño.

-¿Cómo es que la sangre s…?

-No termines esa frase si aprecias tu vida, mocoso -siseo Draco, sus ojos entrecerrándose con advertencia.

-Draco…

-No hablaba contigo, Isobel -masculló, mirándola brevemente antes de regresar su fría mirada sobre el mocoso de primer año-. Las palabras "sangre sucia" están prohibidas en nuestra casa, decirlas amerita un castigo y el repudio entre los nuestros… ¿me has entendido?

El niño tragó con fuerza, asintiendo repetidas veces.

-Planeo cortejar a Hermione, y tengo la intención de que acepte -continuó Draco, sacando jadeos de sorpresa entre los niños-. Más pronto que tarde será una Malfoy, y la trataran con el debido respeto que un descendiente de los sagrados veintiocho se merece. ¿Cuál dijiste que era tu nombre, mocoso?

-Borgin… -tembló el niño, sus ojos brillantes por las lágrimas retenidas-. Alexander Borgin.

-Pues, Borgin y seguidores, aquí las reglas -siseo Draco, su tono burlón-. Los niños tienen prohibido entrar en las habitaciones de las niñas y viceversa. No lleguen nunca tarde a clases, desayunos, comidas o cenas, ni siquiera un fin de semana. Si no están a tiempo, mejor no se presenten. La puntualidad es la regla más preciada en nuestra casa -explicó-. La pérdida de puntos amerita un castigo que tendrán que llevar a cabo bajo la supervisión de los prefectos, así que, por favor, no me hagan perder el tiempo.

Los niños miraron muy asustados a Draco, tan asustados que temblaban en sus asientos sin probar comida alguna.

-Si creen que pueden ir llorando con el jefe de casa, están muy equivocados -continuó Draco, cuando vio los ojos de uno de los niños desviarse a la mesa del profesorado-. Lo harán enojar y, por consiguiente, me harán enojar a mí y ustedes no quieren eso, ¿verdad?

Los niños negaron e Isobel se limitó a suspirar, de nada servía decir algo ahora.

-El toque de queda es a las diez -dijo Draco-. Si alguno de ustedes no está dentro de la sala común a esa hora, acarrearan otro castigo.

-¿Cuántos castigos llevas? -preguntó Hermione, apareciendo detrás de Draco. Su mano reposo ligeramente sobre el tenso hombro del rubio mientras le daba una sonrisa de agradecimiento a Isobel, que se levantó con lentitud y se retiró con una sonrisa. La castaña tomó asiento a un lado de su mejor amigo-. Hermione Granger, soy la prefecta.

Los niños miraron asustados a Draco antes de soltar saludos ante Hermione.

-He de creer que Draco ya abarcó todo el tema de las reglas -dijo Hermione, recibiendo asentimientos temblorosos-. No es tan malo como quiere parecer, créanme.

-¡Ey! -se quejó el rubio, pero Hermione lo ignoró.

-Es como un unicornio -continuó-. Majestuoso y hermoso, pero indefenso.

-Tomaré eso como un cumplido.

-Claro que lo harás -Hermione rodó los ojos-. Espero que Draco también les haya hablado sobre que, si necesitan ayuda con alguna clase o tarea, pueden venir a nosotros. Cualquier estudiante de grado mayor está en la obligación de ayudarlos, aunque preferiría que lo pensaran dos veces con los de quinto y séptimo año. Es el tiempo en que deben presentar los TIMOS y los EXTASIS, y estarán muy ocupados.

-Nosotros somos de quinto -dijo Draco.

-Sí, pero somos los prefectos -le recordó Hermione.

Uno de los niños, a quién Hermione fácilmente reconoció, alzó la mano.

-¿Sí, Ansel? -preguntó, regalándole una sonrisa. El niño se sonrojó furiosamente.

-Yo…uhm…

-No balbucees -cortó Draco-. Los sangre pura no balbucean.

-Draco… -siseo Hermione.

-Quería saber quién es nuestro jefe de casa -dijo Ansel, sentándose aún más recto y mirando con toda la seriedad que podía a Draco y Hermione.

-¡Oh, por supuesto! -dijo Hermione-. Es el profesor de Pociones, Severus Snape. Puede ser un poco intimidante al principio, pero es un gran mentor.

Los niños asintieron entusiasmados, ya queriendo conocerlo.

-Muy bien, los dejamos cenar -se despidió Hermione, tomando del codo a Draco y forzándolo a levantarse-. Cuando termine el discurso final de Dumbledore, espérenos aquí. Nosotros los llevaremos a la sala común.

-¡Sí, sí, sí! -cantó uno de los niños, Ronan Blishwick, perdiendo un poco su miedo y un nuevo brillo en sus ojos-. ¡Las mazmorras de Slytherin!

Hermione sonrió, ella no había tenido esa emoción fluyendo por sus venas cuando la sortearon a Slytherin. Se despidió de los niños con un gesto de mano y regresó a su lugar usual, acompañada por Draco.

-¿Necesitabas ser un imbécil con ellos? -preguntó Hermione al sentarse.

-Cuida tus palabras, Granger -siseo Draco, una sonrisa maliciosa en su rostro-. No deberías llamarle "imbécil" a tu futuro marido.

-Eso ya lo veremos -murmuró Hermione, entrecerrando los ojos hacia el rubio. Draco no se perdió la forma en como perforó con fuerza su corte de carne T-bone.

-Estaba jugando al auror bueno y al auror malo -se burló Draco con nerviosismo, no queriendo ser el próximo apuñalado. Rápidamente se sirvió una porción de Risotto alla milenese, agradecido de que Blaise aún no se lo hubiera acabado.

-Sí, seguro… -espetó Hermione, decidida a ignorarlo el resto del banquete.

-Draco -llamó Pansy, ajena a la discusión entre ambos prefectos-. ¿Sabes cuándo serán las pruebas de quidditch?

-¿Disculpa? -Draco miró a Pansy-. ¿Vas a presentarte a las pruebas? -preguntó, incrédulo.

-Por supuesto -asintió Pansy, sus mejillas sonrojadas.

-¿Juegas al quidditch? -Blaise miró a Pansy ligeramente divertido, provocando la molestia en la chica.

-¿Sabes montar una escoba? -preguntó Vincent, apenas reprimiendo una sonrisita, pero Gregory y Blaise no pudieron detener las suyas. Ni Millicent o Daphne, para al cabo.

Pansy, furiosa y avergonzada, tomó el cuenco con patatas asadas frente a ella y se lo lanzó a Vincent. El chico lo esquivó por poco, pero el contenido de este manchó a algunos Slytherin de sexto, entre ellos a Adrian.

-¡Oigan! -espetó el muchacho-. ¿¡Quién demonios fue!?

-No vi -dijo Vincent con un encogimiento de hombros, fingiendo ignorancia. Blaise carraspeo, casi metiendo el rostro en su plato mientras Theo rodaba los ojos con fastidio.

Cuando los alumnos terminaron de comer y el nivel de ruido del Gran Comedor empezó a subir de nuevo, Dumbledore se puso una vez más de pie.

-¡Ah! -suspiró Gregory, bastante satisfecho con su cena-. Me preguntó cuándo será el día en que Dumbledore nos privé de su interesantísima charla -algunos Slytherin se rieron de las palabras del muchacho.

-Bueno, ahora que estamos digiriendo otro magnífico banquete, les pido un instante de atención para los habituales avisos de curso -anunció Dumbledore-. Los de primer año deben saber que los alumnos tienen prohibido entrar en los bosques de los terrenos del castillo, y algunos de nuestros antiguos alumnos también deberían recordarlo…

-Sí, claro. A menos que te estén castigando y debas compartir aire con el semi gigante -siseo Draco, una mueca furiosa en sus labios.

-… El señor Filch, el conserje, me ha pedido, y según dice ya van cuatrocientos sesenta y dos veces, que les recuerde a todos que no está permitido hacer magia en los pasillos entre clase y clase, así como unas cuantas cosas más que pueden revisar en la larga lista que hay colgada en la puerta de su despacho…

-Oh, cuándo los Weasley empiecen a vender sus productos… -se burló Blaise, un brillo maligno en sus ojos.

-… Este año hay dos cambios en el profesorado. Estamos muy contentos de dar la bienvenida a la profesora Grubbly-Plank, que se encargará de dar la clase de Cuidado de Criaturas Mágicas; también nos complace enormemente presentarles a la profesora Umbridge, la nueva responsable de Defensa Contra las Artes Oscuras.

Los Slytherin aplaudieron fuertemente, su aplauso más entusiasta que el resto de las casas, contentos de que Hagrid estaba fuera del panorama.

-¡Por fin! -suspiró Theo.

-Umbridge trabaja en el Ministerio -dijo Draco, ajeno al entusiasmo de las serpientes-. ¿Qué estará haciendo aquí?

-¿Tu padre no te lo contó? -Hermione frunció el ceño. Draco negó, su mirada fija en la bruja como si pudiera revelar sus secretos…-. ¡Oh, no! ¡Ni lo intentes, Draco! ¡Te meterás en problemas!

-No estoy haciendo lo que crees que hago -se defendió el Slytherin.

-Claro que estás haciendo lo que creo que haces -contraatacó Hermione.

-Por supuesto que no estoy haciendo lo que crees que estoy haciendo -continuó el rubio, solo para darse cuenta de que Dumbledore se había callado, interrogando con la mirada a Dolores Umbridge.

Como no era mucho más alta de pie que sentada, se produjo un momento de confusión ya que nadie entendía por qué Dumbledore había dejado de hablar; pero entonces Umbridge se aclaró la garganta, "Ejem, ejem", y los alumnos se dieron cuenta de que se había levantado y de que pretendía pronunciar un discurso.

Dumbledore sólo vaciló unos segundos; luego se sentó con elegancia y miró con interés a Umbridge, como si lo que más deseara fuera oírla hablar. Otros miembros del profesorado no fueron tan hábiles disimulando su sorpresa. Las cejas de la profesora Sprout habían subido hasta la raíz de su airosa melena, y McGonagall tenía la boca más delgada que nunca. Era la primera vez que un profesor nuevo interrumpía a Dumbledore. Muchos alumnos sonrieron; era evidente que aquella mujer no tenía ni idea de cómo funcionaban las cosas en Hogwarts.

-Gracias, señor director -empezó Umbridge con una sonrisa tonta-, por esas amables palabras de bienvenida.

Tenía una voz muy chillona y entrecortada, de niña pequeña, y Hermione de repente sintió una aversión hacia ella que no podía explicar; lo único que sabía era que todo en ella le resultaba repugnante, desde su estúpida voz hasta su esponjosa chaqueta de punto de color rosa. Umbridge volvió a carraspear ("Ejem, ejem") y continuó su discurso.

-¡Bueno, en primer lugar quiero decir que me alegro de haber vuelto a Hogwarts! -Sonrió, enseñando unos dientes muy puntiagudos.

-Por favor, alguien dígame que no fue seleccionada en Slytherin -rogó Gregory, un claro gesto de asco e incredulidad en su rostro.

-Claro que lo estuvo -dijo Flora, igual de asqueada que Gregory.

-¡Y de ver tantas caritas felices que me miran! -continuó.

Hermione, Theo y Draco se movieron en su banco, inclinando el cuerpo hacía atrás con sorpresa. Nadie en el Gran Comedor tenía un rostro feliz. Más bien al contrario, todos parecían muy sorprendidos de que se dirigieran a ellos como si tuvieran cinco años.

-¡Estoy impaciente por conocerlos a todos y estoy segura de que seremos muy buenos amigos!

Al oír aquello, Hermione miró a Draco con incredulidad. Draco se tapó la boca con una mano, intentando ocultar una sonrisa burlona. Blaise tuvo el descaro de reír por lo bajo, inclusive Theo Vincent y Gregory parecían sentir algo de pena ajena.

-Estoy dispuesta a ser amiga suya mientras no tenga que ponerme nunca esa chaqueta -le susurró Daphne a Flora, y ambas rieron por lo bajo.

La profesora Umbridge se aclaró la garganta una vez más ("Ejem, ejem"), pero cuando habló de nuevo su voz ya no sonaba entre cortada como antes. Sonaba mucho más seria, y ahora sus palabras tenían un tono monótono, como si se las hubiera aprendido de memoria.

-El Ministro de Magia siempre ha considerado de vital importancia la educación de los jóvenes magos y de las jóvenes brujas. Los excepcionales dones con los que nacieron podrían quedar reducidos a nada si no se cultivaran y desarrollaran mediante una cuidadosa instrucción. Las ancestrales habilidades de la comunidad mágica deben ser transmitidas de generación en generación para que no se pierdan para siempre. El tesoro escondido del saber mágico acumulado por nuestros antepasados debe ser conservado, reabastecido y pulido por aquellos que han sido llamados a la noble profesión de la docencia.

Al llegar a ese punto la profesora Umbridge hizo una pausa y saludó con una pequeña inclinación de cabeza al resto de los profesores, pero ninguno le devolvió el saludo. Las oscuras cejas de McGonagall se habían contraído hasta tal punto que parecía un halcón, y a Hermione no se le escapó la mirada de complicidad que intercambió con la profesora Sprout, mientras Umbridge carraspeaba otra vez y seguía con su perorata.

-Cada nuevo director o directora de Hogwarts ha aportado algo a la gran tarea de gobernar este histórico colegio, y así es como se debe ser; pues si no hubiera progreso se llegaría al estancamiento y a la desintegración. Sin embargo, hay que poner freno al progreso por el progreso, pues muchas veces nuestras probadas tradiciones no aceptan retoques. Un equilibrio, por lo tanto, entre lo viejo y lo nuevo, entre la permanencia y el cambio, entre la tradición y la innovación...

-Tomaré una siesta -dijo Blaise, fingiendo un bostezo-. No se molesten en resumirme el inútil discurso.

Hermione sonrió en simpatía mientras daba una mirada al Gran Comedor. El silencio que siempre se apoderaba de este cuando Dumbledore hablaba estaba rompiéndose, pues los alumnos se acercaban unos a otros y juntaban las cabezas para cuchichear. En la mesa de Ravenclaw, Luna leía amenamente "El Quisquilloso", en la de Hufflepuff, Ernie Macmillan era uno de los pocos que seguían mirando fijamente a Umbridge, aunque con los ojos vidriosos. En la de Gryffindor, los gemelos Weasley hablaban con unos chiquillos, seguro mostrándoles los productos de "Sortilegios Weasley". Ginny, entre los de cuarto, estaba recargada en su mano, bostezando cada tanto.

Hubo un momento en que los ojos de Hermione chocaron con los de Potter, que también parecían evaluar las expresiones a su alrededor. La miraba con intensidad, como si estuviera midiéndola de alguna manera.

-Llamando la atención de Potter, lindo -se mofó Draco, sus labios rozando el oído de Hermione.

-¿Qué acabo de decirte sobre invadir la mente de los demás? -cuestionó Hermione, sin apartar la mirada de Potter, que ahora miraba a Draco con furia.

-No estoy invadiendo la mente de Potter -se burló Draco-. Para eso tendría que mirarlo a los ojos y…

-Draco…

-… por lo visto, Potter es incapaz de entender cómo es que eres amiga nuestra -murmuró el rubio, su brazo serpenteando por la cintura de Hermione para acercarla más él. Tenía la vista fija en Potter, pero el rostro estaba ligeramente inclinado sobre la castaña, sin dejar espacio alguno entre sus cuerpos-. Tal vez la maldición Imperius… o solo eres demasiado estúpida para caer en mis falsos encantos.

Hermione puso los ojos en blanco, girando su rostro unas pulgadas para mirar al rubio a los ojos, aunque por primera vez tuvo que levantar un poco la barbilla para encontrarse con ellos. Siempre le habían fascinado sus orbes grises. Cada vez que se posaban en ella, la hacían sentir como si fuera la única chica en el mundo entero.

-Tal vez soy demasiado estúpida para mi propio bien -murmuró con voz ronca, sus labios a un suspiro de los de Draco.

-Tal vez… -los parpados del Slytherin estaban medio caídos, su intensa mirada puesta sobre los tentadores labios de su mejor amiga. Antes de que si quiera pudiera pensar en eliminar la distancia entre ellos, una patada en su espinilla hizo que Draco soltara un gruñido de dolor y desviara la mirada hacia el infractor.

-No has pedido permiso -dijo Theo, las comisuras de su boca ligeramente alzadas.

-Ella no es tu hermana de sangre -masculló Draco en voz muy pero muy baja-. No es una Nott. Así que metete en tus jodidos asuntos, idiota.

-Oh, no lo sé -Theo suspiró exageradamente-. Esto -hizo un ademán de mano que abarcaba de Draco a Hermione- me parece totalmente mi asunto. No me hagas retarte a un duelo -amenazó y, sin esperar respuesta del rubio, se giró para prestar atención al final del discurso.

-... porque algunos cambios serán para mejor, y otros, con el tiempo, se demostrará que fueron errores de juicio. Entre tantos que se conservarán algunas viejas costumbres, y estará bien que así se haga, mientras que otras, como desfasadas y anticuadas, deberán ser abandonadas. Sigamos adelante, así pues, hacia una nueva apertura, eficacia y responsabilidad, decididos a conservar lo que haya que conservar, perfeccionar lo que haya que perfeccionar y cortar las prácticas que creamos que han de ser prohibidas.

Y tras pronunciar esa última frase la mujer se sentó. Dumbledore aplaudió y los profesores lo imitaron, aunque Hermione notó en que varios de ellos sólo juntaban las manos una o dos veces y luego paraban. Unos cuantos alumnos aplaudieron también, pero al final del discurso, del que en realidad sólo habían escuchado unas palabras, halló desprevenidos a casi todos, y antes de que pudieran empezar a aplaudir como es debido, Dumbledore ya había dejado de hacerlo.

-Muchas gracias, profesora Umbridge, ha sido un discurso, sumamente esclarecedor -dijo con una inclinación de cabeza- Y ahora, como iba diciendo, las pruebas de quidditch se celebrarán…

-Sí, sí que ha sido esclarecedor -comentó Theo en voz baja.

-¿Si quiera has escuchado lo que dijo? -preguntó Draco enarcando una ceja-. Parecías más interesado eN inmiscuirte en conversaciones ajenas.

Theo sonrió está vez.

-A diferencia de ti, Malfoy -murmuró con malicia-. Yo sí que presté atención. Solo me perdí unos segundos, pero no lo suficiente. Capté la mayoría de las cosas que dijo.

-¿Ah sí? -dijo Vincent con sorpresa-. A mí me ha parecido pura bobada.

-Tú ni siquiera estabas prestando atención -se burló Gregory.

-Escuché el principio -Vincent se encogió de hombros, como si realmente no estuviera interesado en el tema.

-Había cosas escondidas en el discurso -dijo Theo con gravedad.

-¿En serio? -se extrañó Hermione, que la verdad todo le entró por un oído y le salió por el otro.

-Como, por ejemplo, "hay que poner freno al progreso por el progreso". O "recortar las prácticas que creamos que han de ser prohibidas".

-¿Y eso que significa? -preguntó Blaise, impaciente.

-Te voy a decir que significa -respondió Theo con tono amenazador-. Significa que el Ministerio está inmiscuyéndose en Hogwarts.

De pronto se produjo un gran estrépito a su alrededor; era evidente que Dumbledore los había despedido a todos, porque los alumnos se habían puesto de pie y se disponían a salir del Gran Comedor.

-Vamos, pues -dijo Draco en un suspiro abatido.

-La contraseña es "Minimus argentum" -les dijo Hermione mientras se levantaba-. Draco y yo llevaremos a los de primero.

-Nos vemos, prefectos -se burló Blaise, caminando detrás de Theo y prácticamente echándosele a los hombros. El castaño trastabillo un poco, pero pudo frenar su caída mientras le disparaba una mirada envenenada al moreno.

Hermione rodó los ojos. Los de primer año, siguiendo sus instrucciones, seguían sentados en sus lugares mientras miraban con admiración a los Slytherin que iban retirándose. Rebotaban en la banca con nerviosismo y los pequeños subgrupos ya se habían formado. Sería interesante ver como sus crianzas prejuiciosas iban rompiéndose a través de los meses, ella se encargaría de hacerlo.

No dejaría que Lord Oscuro pusiera sus garras en ninguno solo de ellos.


Septiembre, 02. 1995

Pasillos de Hogwarts.

07:56 a.m.

-Podemos tomarnos un tiempo entre los estudios para los TIMOS, si tanto quieren aprender -concedió Draco, sus pasos apenas se escuchaban por encima de los de Vincent y Gregory, que caminaban detrás de él.

-La magia negra es complicada -dijo Hermione, mirando a los dos chicos por encima de su hombro.

-¿Me estás diciendo que la gran Hermione Granger, la bruja más inteligente de nuestra generación, no puede con una simple maldición? -se burló Vincent con malicia.

Hermione lo fulminó con la mirada.

-Eso quisieras -bufó la Slytherin, echándose el cabelló hacia atrás con un gesto altivo. Blaise se rio entre dientes. Todos sabían que la mejor manera de convencer a Hermione era retándola a que no podía hacerlo.

El aula ya estaba medio ocupada cuando entraron. Pansy, Daphne, Flora y Millicent murmuraban en voz baja, disparando miradas divertidas a los estudiantes de la otra casa con la que compartirían clase.

-Joder con Potter -chifló Gregory en voz baja, sentándose junto a Vincent.

Los escritorios de Gryffindor dejaban una clara línea de separación. Dejando hasta al frente a Potter y Weasley. Longbottom estaba sentado detrás de ellos, con un incómodo Dean Thomas.

-A Dumbledore lo tildaron de loco en "El Profeta" -explicó Blaise a la mirada confundida de Theo-. Le retiraron la Orden de Merlín y todo eso, diciendo que por fin había perdido la cabeza y, además, había convencido a su frágil chico dorado para que le siguiera el juego.

-Por no mencionar… -dijo Hermione, en voz muy baja, pero aún así siendo escuchada por sus amigos-… que a Draco se le ocurrió soltar que tuvo una audiencia con el Wizengamot.

-Estas de coña -dijo Vincent, una sonrisa de maldad pura en su rostro-. No lo hiciste.

-Claro que lo hice -siseo Draco, cruzándose de brazos-. El mundo mágico se niega a creer en el retorno de Lord Oscuro, prefieren dormir calentitos en vez de tomar en serio las palabras de un chico de quince años. Al menos, la mayoría de ellos -continuó, disparando una mirada discreta a Potter-. Y, al menos hasta que Lord Oscuro salga de su agujero, prefiero que el colegio esté en negación. Habrá muchos problemas para nuestra casa si empiezan a creer en Potter.

-Silencio -ordenó el profesor Snape con voz cortante al cerrar la puerta detrás de él. Nadie lo había escuchado llegar, peor no era necesario que impusiera orden, pues en cuanto los alumnos oyeron que la puerta se cerraba se quedaron quietos y callados. Por lo general, la sola presencia del profesor Snape bastaba para imponer silencio en el aula.

-Antes de empezar la clase de hoy -dijo el profesor desde su mesa, abarcando con la vista a todos los estudiantes y mirándolos fijamente-, creo conveniente recordarles que el próximo mes de junio realizarán un importante examen en el que demostrarán cuánto han aprendido sobre la composición y el uso de las pociones mágicas. Pese a que algunos alumnos de esta clase son indudablemente imbéciles, espero que consigan un "Aceptable" en el TIMO si no quieren... contrariarme. -Esa vez su mirada se detuvo en Longbottom, que tragó saliva-. Después de este curso, muchos de ustedes dejarán de estudiar conmigo, por supuesto -prosiguió el profesor Snape-. Yo sólo preparo a los mejores alumnos para el ÉXTASIS de Pociones, lo cual significa que tendré que despedirme de algunos de los presentes.

Entonces miró a Potter y torció el gesto. Blaise se rio por lo bajo, aunque se escuchó por toda el aula.

-Pero antes de que llegue el feliz momento de la despedida tenemos todo un año por delante -anunció el profesor Snape melodiosamente- Por ese motivo, tanto si piensan presentarse al ÉXTASIS como si no, les recomiendo que concentren sus fuerzas en mantener un alto nivel que espero de mis alumnos de TIMO.

-Agradezco las clases extras de Pociones -le murmuró Gregory a Vincent que asintió en acuerdo.

-Hoy vamos a preparar una poción que suele salir en el examen de Título Indispensable de Magia Ordinaria: el Filtro de Paz -Hermione suspiró por debajo, lo habían aprendido a preparar el año pasado en sus clases extras de Pociones. Hasta podría jurar que sintió a Blaise relajarse, Pociones no era su fuerte-, una poción para calmar la ansiedad y aliviar el nerviosismo. Pero les advierto: si no miden bien los ingredientes, pueden provocar un profundo y a veces irreversible sueño a la persona que lo beba, de modo que tendrán que prestar mucha atención a lo que están haciendo. -Draco se enderezó un poco, atento a pesar de ya conocer el procedimiento-. Los ingredientes y el método -continuó el profesor Snape, y agitó su varita- están en la pizarra. -En ese momento aparecieron escritos-. Encontrarán todo lo que necesitan -volvió a agitar la varita- en el armario del material. -A continuación, la puerta del mueble se abrió sola- Tienen una hora y media. Ya pueden empezar.

Era una poción difícil, la conocían, pero era bastante complicada si no prestabas la atención necesaria. Había que echar los ingredientes en el caldero en el orden y las cantidades precisas; había que remover la mezcla exactamente el número correcto de veces, primero en el sentido de las agujas del reloj y luego en el contrario; y había que bajar el fuego, sobre el que la pócima hervía lentamente, hasta que alcanzara los grados adecuados durante un número determinado de minutos antes de añadir el último ingrediente.

-Ahora un débil vapor plateado debería empezar a salir de su poción -advirtió el profesor Snape cuando miro hacia los calderos de Draco, Hermione, Theo, Gregory, Vincent y, para su sorpresa, Blaise. Faltaban todavía veinte minutos de clase, lo habían terminado en tiempo récord.

El profesor Snape, satisfecho de sus alumnos pródigos, decidió dar una vuelta por el aula.

-¿Cómo es que terminaron tan rápido? -les espetó Pansy, retirándose un mechón húmedo del rostro por enésima vez. Daphne tenía la vista fija en el reloj, esperando para añadir las dos gotas del jarabe de eléboro.

-Tuvimos un poco de práctica extra -dijo Vincent con humildad, aunque la mirada de superioridad que le lanzaba a la azabache demostraba una cosa distinta.

-¿Qué se supone que es esto, Potter? -preguntó el profesor Snape cuando la clase estaba por terminar.

Los estudiantes de Slytherin al otro lado del aula levantaron la cabeza, expectantes. La última vez que compartieron clase de Pociones con los Gryffindor, fue en segundo año, así que habían olvidado lo divertido que era ver al profesor Snape destrozar a Potter verbalmente.

-El filtro de paz -contestó Potter, muy tenso.

-Dime, Potter -repuso el profesor Snape con calma-, ¿sabes leer?

Las risas disimuladas de los Slytherin quedaron opacadas por Blaise que soltó una limpia carcajada, dando codazos a Theo que estaba cruzado de brazos, sus hombros sacudiéndose por la risa.

-Sí, sé leer -respondió Potter sujetando con fuerza su varita, era obvio que no apreciaba la diversión de las serpientes.

-Léame la tercera línea de instrucciones, señorita Granger -dijo el profesor Snape, obviamente no muy convencido de lo dicho por Potter. Hermione, despejando con su varita el vapor formado, leyó lo escrito en la pizarra:

-Añadir polvo de ópalo, remover tres veces en sentido contrario a las agujas del reloj, dejar hervir a fuego lento durante siete minutos y añadir dos gotas de jarabe de eléboro.

Un tenso silencio se propago entre los Gryffindor cuando Hermione terminó de leer.

-¿Has hecho todo lo que especifica en la tercera línea, Potter? -inquirió el profesor Snape.

Potter mascullo algo.

-¿Perdón?

-No -repitió Potter elevando la voz-, me he olvidado del eléboro.

-Ya lo sé, Potter, y eso significa que este brebaje no sirve para nada. ¡Evanesco! -La pócima de Potter desapareció y él se quedó plantado como un idiota junto a un caldero vació- Es bastante obvio que la mitad de ustedes es incapaz de realizar una poción decente aun cuando llevan años tomando clases -dijo el profesor Snape, su mirada puesta en los Gryffindor-. Me negué cuando los nuevos horarios se realizaron; enterarme que ahora mis Slytherin compartirían clase con los Gryffindor en vez de los Ravenclaw fue un duro golpe -la voz del profesor Snape era fría-. No dejaré que el nivel de mis estudiantes baje simplemente por que la casa de Gryffindor es incapaz de seguir el ritmo.

-¡Auch! -se burló Pansy, provocando risas entre sus amigos mientras el profesor Snape dejaba escapar una ligera sonrisa de desprecio.

-Que sea la última vez que algo como… -miró hacia Potter- esto ocurre. Llenen una botella con su nombre y déjenla en mi mesa para que yo la examine -ordenó luego el profesor Snape - Deberes: treinta centímetros de pergamino sobre las propiedades del ópalo y sus usos en la fabricación de pociones, para el jueves.


Aula de Defesa Contra las Artes Oscuras.

13:00 p.m.

Cuando entraron en el aula, la profesora Umbridge ya estaba sentada en su sitio. Llevaba la suave y esponjosa chaqueta de punto de color rosa que había lucido la noche anterior, y el lazo de terciopelo negro en la cabeza. A Hermione volvió a recordarle a una gran mosca posada imprudentemente en la cabeza de un sapo aún más descomunal.

Esperaron a que los alumnos de Gryffindor decidieran hacer aparición, viéndolos por tercera vez en ese día. Parecía como si el universo confabulara a su alrededor para que Slytherin y Gryffindor pasaran casi todas sus clases juntos. Los alumnos de Gryffindor, usualmente ruidosos cuando entraban a un aula, exceptuando Pociones, guardaron silencio en cuanto entraron en ella.

La profesora Umbridge todavía era un elemento desconocido y nadie sabía lo estricta que podía ser a la hora de imponer disciplina.

-¡Buenas tardes a todos! -saludó a los alumnos cuando por fin éstos se sentaron. Unos cuantos respondieron con un tímido "Buenas tardes"- ¡Ay, ay, ay! -exclamó- ¿Así saludan a su profesora? Me gustaría oírlos decir: "Buenas tardes, profesora Umbridge." Volvamos a empezar, por favor. ¡Buenas tardes a todos!

-Buenas tardes, profesora Umbridge -gritaron los alumnos de Gryffindor a la vez que los Slytherin mascullaban el saludo, ofendidos por la orden dada. ¿Quién se creía que era?

-Eso está mucho mejor -los felicitó con dulzura- ¿A que no ha sido tan difícil?

-Si vuelve a hablarme así va a lamentarlo -susurró Pansy, entrecerrando la mirada hacia la profesora.

-Guarden las varitas y saquen las plumas, por favor.

Unos cuantos alumnos intercambiaron miradas lúgubres; hasta entonces la orden de guardar las varitas nunca había sido el preámbulo de una clase que hubieran considerado interesante. La profesora Umbridge abrió su bolso, sacó su varita, que era inusitadamente corta, y dio unos golpecitos en la pizarra con ella; de inmediato, aparecieron las siguientes palabras:

Defensa Contra las Artes Oscuras:

regreso a los principios básicos.

-Muy bien, hasta ahora su estudio de esta asignatura ha sido muy irregular y fragmentado, ¿verdad? -afirmó la profesora Umbridge volviéndose hacia la clase con las manos entrelazadas con esmero frente a su cuerpo- Por desgracia, el constante cambio de profesores, muchos de los cuales no seguían, al parecer, ningún programa de estudio aprobado por el Ministerio ha hecho que estén muy por debajo del nivel que nos gustaría que alcanzaran en el año de TIMO. Sin embargo, les complacerá saber que ahora vamos a rectificar esos errores. Este año seguiremos un curso de magia defensiva cuidadosamente estructurado, basado en la teoría y aprobado por el Ministerio. Copien esto, por favor.

Volvió a golpear la pizarra y el primer mensaje desapareció y fue sustituido por los "Objetivos del curso".

1. Comprender los principios en que se basa la magia defensiva.

2. Aprender a reconocer las situaciones en las que se puede emplear legalmente la magia defensiva.

3. Analizar en qué contextos es oportuno el uso de la magia defensiva.

Durante un par de minutos en el aula sólo se oyó el rasgueo de las plumas sobre el pergamino. Cuando los alumnos copiaron los tres objetivos del curso de la profesora Umbridge, ésta preguntó:

-¿Tienen todos un ejemplar de Teoría de defensa mágica, de Wilbert Slinkhard? -Un sordo murmullo de asentimiento recorrió la clase- Creo que tendremos que volver a intentarlo -dijo la profesora Umbridge- Cuando les haga una pregunta, me gustaría que contestaran "Sí, profesora Umbridge", o "No, profesora Umbridge". Veamos: ¿tienen todos sus ejemplares de Teoría de defensa mágica, de Wilbert Slinkhard?

-Sí, profesora Umbridge -contestaron los alumnos al unísono. El rechinido de los dientes de Pansy se escuchó hasta donde Hermione estaba sentada.

-Estupendo. Quiero que abran el libro por la página cinco y lean el capítulo uno, que se titula "Conceptos elementales para principiantes". En silencio, por favor.

La profesora Umbridge se apartó de la pizarra y se sentó en la silla, detrás de su mesa, observándolos atentamente con aquellos ojos de sapo con bolsas. Hermione abrió su ejemplar de Teoría de defensa mágica por la página cinco y empezó a leer.

Absorbió todo cuanto pudo del capítulo, lo leyó y releyó. No mostraba mucho, no eran más que palabras referentes a cosas que ella ya había aprendido en primero, más bien, antes de entrar a Hogwarts. En el verano donde descubrió todo. ¿De qué serviría eso para poder defenderse? ¡Ni siquiera era un tema completo! ¡Se supone que ese año aprenderían hechizos de defensa contra maleficios como Bombarda o Reducto!

Cerró el libro con fuerza, llamando la atención de unos cuantos, y alzó la mano, esperando que la profesora Umbridge la mirará, pero no recibió ni siquiera una mirada de reojo. Sentía las miradas de casi todo el salón en ella y, cuando estaba a punto de gritar de desesperación, la profesora Umbridge la miró.

-¿Quería hacer alguna pregunta sobre el capítulo, querida? -le dijo a Hermione como si acabara de reparar en ella.

Eso la molesto más.

-No, no es sobre el capítulo.

-Mire, ahora estamos leyendo -repuso la profesora Umbridge mostrando sus pequeños y puntiagudos dientes- Si tiene usted alguna duda podemos solucionarla al final de la clase.

-Tengo una duda sobre los objetivos del curso -aclaró Hermione.

La profesora enarcó sus cejas.

-¿Cómo se llama, por favor?

-Hermione Granger.

Los ojos de la profesora Umbridge se abrieron con sorpresa, mirando entre su rostro, corbata, placa de prefecto y el logo de Slytherin cosido en su camisa blanca. Haciendo una mueca contrariada, se aclaró la garganta: "Ejem, ejem".

-Es usted la primera nacida de muggles en quedar seleccionada para Slytherin, ¿cierto?

Hermione sintió a Draco tensarse a su lado, formando sus manos en puños. Las sillas de Vincent y Gregory se arrastraron como si estuvieran a punto de pararse, pero se lo pensaron mejor. Blaise inhaló bruscamente mientras Theo fulminaba con la mirada a la profesora. Daphne, Flora, Pansy y Millicent tenían miradas conmocionadas en sus rostros.

-Sí, profesora Umbridge -respondió Hermione con tranquilidad, colocando su otra mano sobre la rodilla de Draco. La tensión entre ambas casas era palpable.

-¡Oh! -soltó la profesora Umbridge, parpadeando repetidas veces para despejarse-. Mire, señorita Granger, creo que los objetivos del curso están muy claros si los lee atentamente -dijo con decisión y un dejo de dulzura.

-Pues yo creo que no -soltó Hermione sin miramientos-. Ahí no dice nada sobre la práctica de los hechizos defensivos.

Se produjo un breve silencio durante el cual muchos miembros de la clase giraron la cabeza y se quedaron mirando con el entrecejo fruncido los objetivos del curso, que todavía seguían escritos en la pizarra.

-¿La práctica de los hechizos defensivos? -repitió la profesora Umbridge con una risita- Verá, señorita Granger, no me imagino que en mi aula pueda surgir ninguna situación que requiera la práctica de un hechizo defensivo por parte de los alumnos. Supongo que no espera usted ser atacada en clase, ¿verdad?

-¿¡Entonces no vamos a usar la magia!? -exclamó Weasley en voz alta.

-Por favor, levante su mano si quiere hacer algún comentario durante mi clase, señor...

-Weasley -dijo Weasley, y levantó la mano.

La profesora Umbridge, con una amplia sonrisa en los labios, dio la espalda. Hermione y Potter levantaron las manos inmediatamente. La profesora Umbridge miró un momento a Harry con ojos saltones antes de dirigirse a Hermione.

-¿Sí, señorita Granger? ¿Quiere preguntar algo más?

-Sí -siseo Hermione- Es evidente que el único propósito de la asignatura de Defensa Contra las Artes Oscuras es practicar los hechizos defensivos, ¿no es así?

-¿Acaso es usted una experta docente preparada en el Ministerio, señorita Granger? -le preguntó la profesora Umbridge con aquella voz falsamente dulce.

-No, pero...

-Pues entonces me temo que no está cualificada para decidir cuál es el "único propósito" de la asignatura que imparto. Magos mucho mayores y más inteligentes que usted han diseñado nuestro nuevo programa de estudio. Aprenderán los hechizos defensivos de forma segura y libre de riesgos...

-¿De qué va a servirnos eso? -inquirió Potter en voz alta- Si nos atacan, no va a ser de forma...

-¡La mano, señor Potter! -canturreó la profesora Umbridge.

Potter levantó el puño. Una vez más, la profesora Umbridge le dio rápidamente la espalda, pero otros alumnos también habían levantado la mano.

-¿Su nombre, por favor? -le preguntó la bruja al Slytherin.

-Vincent Crabbe -la profesora Umbridge parecía gratamente contenta. A excepción de Hermione, la nacida de muggles, parecía estar bien con los Slytherin. Suprimió un escalofrío al recordar que la bruja enviada por el Ministerio pertenecía a su casa.

-¿Y bien, señor Crabbe?

-Bueno... -dijo Vincent rascándose la barbilla con incertidumbre, tratando de formular las palabras adecuadas, pero al final soltó un suspiro derrotado cuando no se le ocurrió otra cosa que la línea principal de pensamiento-. Creo que Potter tiene razón. Si nos atacan, no vamos a estar libres de riesgos.

-Repito -dijo la profesora Umbridge, que miraba a Vincent sonriendo de una forma muy irritante, ya no parecía para nada contenta- ¿espera usted ser atacado durante mis clases?

-Durante su clase no, pero...

La profesora Umbridge no lo dejó acabar.

-No es mi intención criticar el modo en que se han hecho hasta ahora las cosas en este colegio -explicó con una sonrisa poco convincente, estirando aún más su ancha boca-, pero en esta clase han estado ustedes dirigido por algunos magos muy irresponsables, sumamente irresponsables; por no mencionar -soltó una desagradable risita- a algunos híbridos peligrosos en extremo...

-Si se refiere al profesor Lupin -saltó Dean Thomas, enojado-, era el mejor que jamás...

-¡La mano, señor! Como iba diciendo, los han iniciado en hechizos demasiado complejos e inapropiados para su edad, y letales en potencia. Los han asustado y les han hecho creer que podrían ser víctimas de ataque de las fuerzas oscuras en cualquier momento...

-¿Complejos? -la interrumpió Hermione- No nos han enseñado…

-¡No ha levantado la mano, señorita Granger!

Hermione levantó la mano a regañadientes y la profesora Umbridge le dio la espalda.

-Tengo entendido que mi predecesor no sólo realizó maldiciones ilegales delante de ustedes, sino que incluso los realizó con ustedes.

-Bueno, resultó ser un maníaco, ¿no? -terció Daphne, recordando la horrible sensación de estar bajo el encantamiento Imperius-. Y eso claramente fue culpa del Ministerio, si no…

-¡No ha levantado la mano, señorita! -gorjeó la profesora Umbridge- Bueno, el Ministerio opina que un conocimiento teórico será más que suficiente para que aprueben el examen, y al fin y al cabo para eso es para lo que vienen ustedes al colegio. ¿Su nombre? -añadió mirando a Patil, que acababa de levantar la mano.

-Parvati Patil. Pero ¿no hay una parte práctica en el TIMO de Defensa Contra las Artes Oscuras? ¿No se supone que tenemos que demostrar que sabemos hacer las contra maldiciones y esas cosas?

-Si han estudiado bien la teoría, no hay ninguna razón para que no puedan realizar los hechizos en el examen, en una situación controlada -explicó la profesora Umbridge quitándole importancia al asunto.

-¿Sin haberlos practicado de antemano? -preguntó Longbottom con incredulidad- ¿Significa eso que no vamos a hacer hechizos hasta el día del examen?

-Repito, si han estudiado bien la teoría...

-¿Y de que nos va a servir la teoría la vida real? -intervino de pronto Potter, que había vuelto a levantar el puño.

La profesora Umbridge lo miró y dijo:

-Esto es el colegio, señor Potter, no la vida real.

-¿Acaso no se supone que estamos preparándonos para lo que nos espera fuera del colegio?

-No hay nada fuera del colegio, señor Potter.

-¿Ah, no? -insistió Potter que parecía a punto de explotar.

-¿Quién iba a querer atacar a unos niños como ustedes? -preguntó la profesora Umbridge con un exageradísimo tono meloso.

-Humm, a ver... -respondió Potter fingiendo reflexionar- ¿Quizá... lord Voldemort?

Hermione contuvo la respiración, Draco maldijo en voz baja, Blaise gruñó en su lugar al igual que Vincent y Gregory. Theo se encogió en su asiento como si lo hubieran golpeado. Daphne, Flora, Millicent, Brown y Patil soltaron un grito. Pansy casi cae de su asiento, Thomas y Finnigan veían a Potter como si quisieran matarlo. Weasley y Longbottom parecían estupefactos.

La profesora Umbridge, sin embargo, ni siquiera se inmutó: simplemente miró a Potter con un gesto de rotunda satisfacción en la cara.

-Diez puntos menos para Gryffindor, señor Potter -dijo, y los alumnos de Slytherin y Gryffindor se quedaron callados e inmóviles observando tanto a la profesora Umbridge como a Potter- Y ahora, permítanme aclarar algunas cosas. -La profesora Umbridge se puso en pie y se inclinó hacia ellos con las manos de dedos regordetes abiertas y apoyadas en la mesa-. Les han contado que cierto mago tenebroso ha resucitado...

-¡No estaba muerto -la corrigió Potter furioso-, pero sí, ha regresado!

-¿¡Por qué no mejor cierras la boca, Potter!? -espetó Theo desde su lugar. Los alumnos de Gryffindor ahogaron un jadeo como si se detuvieran en el tiempo. El Slytherin veía furibundo a Potter. Había pasado unas vacaciones de mierda pensando en lo que les deparaba el futuro, y lo único que quería era relajarse unos días, pero el chico dorado no parecía querer callarse.

-¿Por qué habría de hacerlo? -le contradijo Potter furioso- ¿¡Es por qué no quieres que se enteren!? -hizo un ademán de mano hacia los estudiantes de Gryffindor-. ¡Que el bastardo de tu padre es un jodido mortífago! ¡Que fue uno de los primeros en llegar cuando Voldemort los mandó a llamar!

Theo se levantó de golpe de su asiento, tirando la silla en el proceso mientras sacaba su varita mágica y apuntaba a Potter con ella. Blaise se quedó quieto en su asiento, había quedado atrapado en medio de la contienda.

-¡Retira lo dicho, Potter! -gruñó Theo. Potter se levantó del asiento, su varita en dirección del Slytherin.

-¡Oblígame!

-Siéntense los dos -ordenó Umbridge con voz dulce, como si el duelo que estaban dispuestos a llevar a cabo no fuera más que una pelea de comida.

-¡Expelliarmus!

-¡Protego!

Blaise se lanzó al suelo, cubriéndose la cabeza con los brazos cuando el hechizo de Theo golpeo la barrera de Potter. Draco se levantó de su asiento con velocidad, tomado a Hermione de la mano y apartándola del duelo mientras Vincent y Gregory empujaban al resto de las Slytherin para llevarlas a una zona segura.

-¡Confundus!

-¡Confringo!

Los encantamientos golpearon entre ellos: el hechizo de Potter cayó en Pansy, tomando por sorpresa a los Slytherin por la velocidad de este. Vincent apenas tuvo tiempo para tomarla en brazos antes de que cayera al suelo, completamente aturdida y con la mirada en blanco.

El hechizo de Theo, por suerte del mismísimo Slytherin, golpeo el escritorio de Umbridge haciéndolo volar en pedazos. La mujer invocó una barrera a su alrededor para defenderse de los escombros.

-¡Diffindo!

-¡Desmaius!

Los encantamientos golpearon entre sí por segunda vez. El encantamiento de Theo alcanzó a Brown, aunque solo logró cortarle una parte considerable del cabello rubio (gracias a Morgana), por debajo de la oreja izquierda. El Desmaius de Potter se dirigió a Draco, que rápidamente invocó un Protego para defenderse, sus ojos saltando de un chico a otro.

-¡HE DICHO BASTA! -gritó Umbridge, ahora verdaderamente enojada. No había rastro alguno de su irritante dulzura.

-¡Everte statum!

-¡Duro!

Vaya que el destino era indómito: por tercera vez en menos de diez minutos los encantamientos chocaron entre sí. Longbottom se convirtió en piedra gracias al hechizo de Theo, un gesto de asombro en su rostro. Blaise, que se aseguraba ileso en su escondite, salió volando por los aires, golpeando duramente el techo antes de caer al suelo inconsciente.

-¡BLAISE!

-¡Desmaius! -las voces de Vincent y Draco se intercalaron entre sí, los destellos azules golpeando los pechos de Theo y Potter.

El aula quedo en silencio unos segundos antes de que los gritos y la histeria estallaran en el aire.


Septiembre, 06. 1995.

Sala de los Menesteres.

19:37 p.m.

-No debería estar aquí, Blaise -regañó Hermione, su ceño ligeramente fruncido por la preocupación-. Acabas de salir de la enfermería.

-Con más razón -el moreno sonrió con todo su esplendor-. ¡Estoy como nuevo! -extendió sus brazos a los lados, dando una vuelta con lentitud para que lo admiraran. Había crecido ese verano, alzándose unos centímetros por encima de Theo y Draco, pero sin llegar a la altura de Vincent o Gregory. El entrenamiento de quidditch endureció los músculos de su abdomen, al igual que los de sus piernas. Su "despertar" era bastante obvio entre la comunidad femenina.

Durante una semana el joven Slytherin estuvo recluido en la enfermería, postrado en la cama bajo las órdenes directas de Madame Pomfrey. Sumiéndose en la soledad y el aburrimiento, a pesar de las continuas visitas que le hacían sus amigos, sus socios de Gryffindor, Luna Lovegood y la chica de la cual estaba enamorado.

Claro que todos tenían noticias que contarle, que eran los únicos momentos de diversión en su día. Las casas de Gryffindor y Slytherin habían perdido setenta puntos cada una, y tanto Theo como Potter recibieron un castigo magistral hasta Navidades. Aunque no habían sido los únicos castigados: el profesor Snape estuvo furioso cuando lo mandaron a llamar, y les cayó tal reprimenda que los tímpanos aún le pitaban. Su jefe de casa le dio una paliza verbal a Draco, regañándolo por no haber evitado el altercado y a Blaise lo atacó por no haberse movido a tiempo.

Vaya fiasco.

Así que los tres estaban castigados, (pero al menos su castigo duraría hasta el próximo sábado, no como el de Theo) para decepción del moreno. Decepción que no duró mucho cuando, dos días después del duelo entre Potter y Theo, Weasley-Weasel entró en la enfermería aullando de dolor mientras expulsaba murciélagos por la nariz, cortesía de Ginny Weasley. Por lo visto, la pequeña pelirroja se había enterado de lo ocurrido (como todos en la escuela) y había derribado a Potter con un golpe en el estómago, tildándolo de irresponsable y abusivo. Su hermano había tratado de intervenir, poniéndose del otro lado de la varita mágica de Ginny y recibiendo el maleficio por metiche.

¡Ah, esos pequeños momentos hacían que el corazón de Blaise brincara con fuerza!

-¿Estás seguro? -preguntó Hermione con una mueca.

-Si el dice que lo está, es porque así es -intervino Draco, con un grueso tomo abierto en su regazo. Por el título del libro, que Blaise alcanzó a ver, pertenecía a la sección prohibida.

-¿Podemos empezar? -pidió Ginny, brincando de un pie a otro. Su largo cabello rojizo estaba recogido en un moño y llevaba unos pantalones viejos junto a un feo suéter color café con una gran "G" amarilla al centro.

-¿Qué tal si empezamos con los encantamientos de defensa que deberíamos ver este año? -preguntó Theo, golpeando la punta de su varita contra su muslo-. Luego Vincent podría enseñarnos a bloquear con el cuerpo.

El Slytherin hizo un asentimiento brusco. Estaba apartado en una esquina, estirando los músculos de sus brazos mientras recorría a Blaise con la mirada.

-¿De qué es el libro que tiene Draco? -dijo Ginny cuando los Slytherin asintieron en acuerdo a las palabras del castaño.

-Un libro de magia oscura -masculló el platinado sin girarse a mirarla-. Hay un maleficio que me gustaría probar…

-No creo que deberíamos…

-Nosotros, no tú Ginny -dijo Draco con desdén-. Solo nos atrasarías.

-Draco -regañó Hermione.

-Es la verdad -dijo el Slytherin alzando la mirada-. El Fuego Maligno es un hechizo peligroso, mortal en el peor de los casos. Solo una mente predispuesta y preparada será capaz de controlar el fuego mágico; si la niña Weasley se desconcentra, podría costarnos la vida.

Blaise hizo una mueca ante el silencio de sus amigos, sabiendo que pensaban lo mismo que Draco, pero no se atrevió a decir nada.

-¡Puedo intentarlo! -se defendió Ginny.

-Claro que no -negó Theo-. Aprendimos a controlar los límites de nuestras mentes gracias a nuestras clases de Oclumancia, tardamos un año en lograrlo. Tú no sabes lo básico, lo siento.

-¿¡Oclumancia!? -jadeo la Gryffindor.

-Sí -asintió Blaise-. Además, Draco y Vincent se defienden en Legeremancia.

-¿Pueden saber lo que pienso? -chilló Ginny, disparando miradas a los dos nombrados.

-Si lo intentamos -admitió Vincent con una sonrisa maliciosa al ver el rostro de Ginny palidecer-. Aunque me parece que Draco, como el profesor Snape, es capaz de tener un destello de tu mente con solo mirarte a los ojos -ante las palabras del Slytherin, Ginny desvió la mirada de ambos y la alzó al techo, su garganta moviéndose por tragar saliva nerviosamente.

-Weasley -siseo Draco con diversión-. Si realmente lo quisiéramos, cualquiera de aquí podría adentrarse en tu mente con solo pronunciar el hechizo. No tienes barreras mentales.

-Tranquila, Ginny -intentó calmar Hermione cuando la chica empezó a hiperventilar-. Draco está bromeando.

-¿No pueden entrar a mi mente? -Hermione hizo una mueca ante la pregunta de la pelirroja-. ¡Oh, por Merlín! ¡Si que pueden!

-Sí, pero nadie quiere hacerlo -la tranquilizó Theo. Los Slytherin esperaron hasta que la chica tomo respiraciones más lentas antes de separarse, con las varitas mágicas en las manos.

-Voy primero -dijo Draco con el libro abierto sobre el suelo frente a él. Inhaló repetidas veces, dejando su mente en blanco total, antes de alzar sus barreras mentales para bloquear sus pensamientos mientras los latidos de su corazón se reducían, sumergiéndose en un tanque de agua fría. Despejándose hasta que no sintió nada-: ¡Fuego Maligno!

Sintió la varita temblar en su mano al expulsar grotescas y gigantescas llamas de la punta, un rugido estrepitoso retumbo en las paredes. El endemoniado fuego parecía no tener forma al inicio, no era más que chorros de fuego alzándose unos sobre otros hasta que una figura empezó a mostrarse, saliendo casi con timidez de las llamas: era un basilisco.

-¡Hijo de perra! -escuchó aullar a Blaise, pero Draco no dejo que la conexión se cortara, no dejó que la euforia lo consumiera.

El basilisco de fuego se elevó por encima de las cabezas de los chicos, hermosos tonos rojizos y anaranjados brillando en los ojos de todos. Era una maravilla.

Draco dio una sacudida violenta, cortando el chorro que salía de su varita. La gran serpiente pareció sisear en advertencia antes de empezar a consumirse a si misma hasta solo dejar un rastro de ceniza sobre el suelo.

-Eso fue… -jadeo Hermione con admiración, las manos temblándole por la adrenalina que el fuego desató en ella. Su corazón palpitaba con fuerza en su pecho-… hermoso.