DISCLAIMER: Los personajes pertenecen en su totalidad a J.K Rowling y la idea original no es mía.
Párrafos de "Harry Potter y el príncipe mestizo" incluidos en la historia. Agradezco su infinita paciencia y su amor al fanfic.
*REEDICIÓN*
Mayo, 25. 1996
Castillo Nott.
Luna llena.
20:03 p.m.
No sabía qué esperar, ni siquiera sabía qué ocurriría a continuación con exactitud. Se había bebido la última dosis de la pócima "Matalobos" solo cinco minutos atrás, y el frasco de vidrio vacío cambiaba de una mano a otra mientras el castaño miraba fijamente el globo blanco en el cielo oscuro. Siempre consideró que la luna era hermosa, pero nunca le había temido como lo hacía ahora. El profesor Snape había tenido una seria conversación con él la primera vez que se apareció en su casa para darle lo que sería el primero de siete frascos con la poción "Matalobos". La cual, si era sincero, sabía repugnante.
Su mentor le aseguró que la poción le ayudaría a mantener su mente humana después de la transformación, pero no le quitaría el dolor. Y él no tuvo el valor de preguntarle si podía quedarse con él hasta después de su metamorfosis. No quería que nadie lo viera convertirse en una bestia, y el profesor Snape lo entendía.
Ninguno dijo palabra alguna cuando su mentor lo dejó dentro de los jardines del castillo con la promesa de que pasaría a recogerlo la mañana siguiente para llevarlo de vuelta con Hermione.
La ansiedad fue lo primero que atacó al muchacho, y luego casi tuvo un ataque de pánico mientras intentaba tranquilizarse. Después, una inmensa ola de calor lo golpeo con fuerza, haciéndolo sudar a chorros. El golpe térmico era tan fuerte que se vio en la necesidad de arrancarse la ropa hasta que quedó completamente desnudo, pero el alivio nunca llegó.
No, lo que siguió a continuación fue lo peor. El dolor. Empezando con pequeñas punzadas en sus pies y subiendo poco a poco hasta que tuvo que sostenerse la cabeza con fuerza, el suelo se movía bajo sus pies. Sus gritos rompieron la calma de la noche, y algunos pájaros salieron volando de los árboles para escapar de Theodore Nott… de lo que se convertiría.
Los huesos de sus manos empezaron a alargarse hasta aumentar la longitud de sus palmas, sus uñas se extendieron hasta tomar la forma de afiladas garras. Su pecho empezó a cubrirse rápidamente de vello castaño y espeso y cuando los huesos de sus piernas empezaron a tomar el mismo camino que el de sus manos, Theo se tiró al suelo. Llorando de dolor.
-No, ya basta, no puedo… -sollozó, su rostro frotándose con fuerza contra la hierba y la tierra del suelo. El dolor era insoportable, sus huesos se rompían uno a uno para tratar de moldearse en una nueva forma, para dejarlo en un conjunto de gruñidos y lamentos mientras sus colmillos se triplicaban en tamaño. Su quijada se proyectó hacia el exterior hasta convertirse en un hocico, sus orejas estirándose hacia arriba rematadas en punta. Sus ojos fueron los últimos en transformarse.
Cambiaron de forma, se volvieron redondos y con una expresión fiera en ellos, el color tomó una tonalidad amarilla y desconocida entre los hombres.
Theodore Nott tardó varios minutos en entender que su transformación había terminado, pero no se atrevió a moverse. Era una maraña de temblores, gimoteos y sollozos.
Era un monstruo.
Junio, 01. 1996
Londres muggle.
Rawstorne Street, #256.
15:34 p.m.
-Se te da de maravilla, Vincent -se rio Hermione, revolviendo el espagueti en la cacerola. Sus risos castaños estaban recogidos en un moño alto y tenía puesto un bonito jumper de mezclilla sobre una blusa negra de manga larga. Iba descalza.
-¿Estás segura? ¿No lo estoy haciendo mal? -preguntó el chico, su voz temblando con nerviosismo mientras se mecía lentamente de un lado a otro. La pequeña Tatum Nott envuelta en sus brazos.
La bebé apenas tenía dos meses de nacida, y era por mucho la cosa más pequeña que Vincent había cargado nunca. Sus ojos azules estaban puestos en el chico, como si realmente lo estuviese viendo, y sus pequeñas manos se enroscaban en puños alrededor de la manta rosa, su boca bebiendo del biberón que el Slytherin sostenía.
-Me has hecho esas mismas dos preguntas durante las últimas tres horas -se burló la castaña, poniendo los ojos en blanco. Colocando la cacerola sobre la mesa, su mirada se desvió brevemente al enorme chico que parecía acaparar su pequeña cocina. Estaba vestido a la manera muggle, con una simple playera negra y unos pantalones de mezclilla que colgaban de sus caderas. Ni siquiera parecía un adolescente que acababa de cumplir los dieciséis años tan solo una semana atrás-. Venga, dámela para que puedas comer -instó, estirando los brazos hacia su amigo. Fue un complicado movimiento, ya que cada dos por tres el chico insistía en que él o ella estaban haciendo algo mal, con temor a que se les cayera la niña de los brazos-. ¡Por Salazar, Vincent! ¡He estado cuidado de ella desde que volvimos a casa! -le recordó, una vez tuvo a la bebé en brazos mientras fulminaba al Slytherin con la mirada.
El chico se sonrojó.
-Lo siento, lo siento -se disculpó, tomando asiento a un lado de Hermione-. Es que es tan pequeña -dijo con voz suave, sirviéndose una gran cantidad de espagueti en el plato. Había vuelto a comer la misma cantidad que se zambullía de niño, o inclusive más. Siempre estaba hambriento, una consecuencia de la rutina de ejercicios que llevaba rigurosamente.
-No quiero ni imaginarme cómo te pondrás con tus bebés -murmuró Hermione, sonriendo mientras Vincent comía. La ayuda del Slytherin había sido bien recibida.
Había arribado al día siguiente de la transformación de Theo, pero mucho antes de la llegada del castaño. Y cuando por fin el profesor Snape apareció cargando a un debilísimo Theo, Vincent fue quien ayudó a subirlo a su habitación, de donde no había vuelto a salir. Hermione, como un reloj, llevaba tres platos de comida a la habitación de su hermano, como lo hacía con Jane.
Un suspiro tembloroso se escapó de los labios de la castaña, con los ojos fijos en los de su pequeña hermana.
Su madre había sido un manojo de nervios cuando los vio llegar, muy confundida por su aparición repentina, pero agradecida porque creyó que traían noticias de Nicholas, quien no se había comunicado en bastante tiempo. Grande fue su sorpresa cuando Theo le entregó la edición de "El Profeta" donde anunciaban la captura de su padre.
Podía recordar con sumo detalle el momento en que la luz desapareció del rostro de Jane cuando le explicaron que Nicholas se había borrado la memoria. La devastación total y la mirada vacía que les dedicó después de eso, dejándoles una bebé recién nacida en brazos antes de encerrarse en su habitación, negándose a salir de ahí.
Así que sí, Vincent había sido su pilar en los días consiguientes a la transformación de Theo, quien estaba demasiado débil para hacer otra cosa que dormir y comer. Hermione sabía que la principal razón por la que Vincent se había aparecido en su casa era porque se sentía solo, y probablemente ya había superado su cuota de discusiones con Uxia Crabbe, a quien probablemente no le agradó la rapidez con que Vincent se había presentado ese verano.
-Por cierto, Blaise escribió en el diario -anunció Vincent, que ya iba por su segundo plato-. Dice que planea visitarnos mañana.
-¿De verdad? -preguntó Hermione, agradecida por la distracción. Tatum empezaba a dormirse en sus brazos-. No creí que… -se mordió el labio.
-¿Se recuperara tan rápido? -balbuceo Vincent, la boca llena de espagueti. Tragó y dio un gran sorbo a su vaso lleno de aquella bebida azucarada que Hermione llamaba soda-. No creo que lo haya hecho, sabes que a Blaise le gusta…
-¿Fingir que nada ocurrió realmente?
-Exacto -asintió el chico.
-Supongo que no importa -dijo Hermione, soltando un largo suspiró-. Con que venga para mí es suficiente.
Vincent volvió a asentir en acuerdo.
Junio, 20. 1996
Malfoy Manor.
17:09 p.m.
Estaba a punto de desmayarse, y probablemente vomitaría antes de perder el sentido, eso era seguro. Sus músculos le ardían, y el dolor eran tan profundo que sintió morir. Su cerebro punzaba con fuerza y su visión empezaba a mostrar manchas negras, sus pulmones no absorbían oxígeno y su corazón latía muchísimo más rápido de lo que debería ir.
Le iba a dar un ataque al corazón, ¿podía tener un ataque de corazón a los dieciséis años?
Negó con la cabeza, pero su frente seguía pegada al suelo de mármol, así que de seguro solo se lo imaginó. Como el dolor que sentía; no le dolía de verdad, no estaba muriendo. Estaba en su cabeza, todo estaba en su cabeza.
No estaba pasando realmente.
Inhaló con fuerza, sus dientes enterrándose con fuerza en sus labios, la sangre siendo saboreada por su lengua. Mientras intentaba levantarse, sintió a alguien tratando de pasar sus barreras mentales y eso casi lo hizo reír. Casi.
Su cuerpo se retorcía por el dolor, pero aun así levantó su brazo, tentativamente, y apuntó con la varita mágica de su madre hacia la figura que estaba parada a unos metros de él:
-¡Diffindo!
La bruja saltó para esquivar el hechizo, liberándolo de la maldición Cruciatus que lo mantenía pegado al suelo. Se levantó hasta quedar arrodillado, su pecho subiendo y bajando con la varita aún en dirección de su atacante.
-Ni siquiera vuelvas a intentarlo, tía Bella -jadeo, su voz ronca de tanto gritar-. Deja de perder el tiempo. Mis barreras son inquebrantables.
Bellatrix Lestrange, vestida con un horrible vestido negro de época, sonrió.
-Solo quería asegurarme.
-Seguro que sí -resopló Draco, sus piernas temblorosas mientras se levantaba. De reojo alcanzó a ver como Narcissa avanzaba unos pasos en su dirección, pero la mirada que Bellatrix le envió fue suficiente para detenerla.
-Estas mejorando, Draco -le sonrió Bellatrix, mostrando sus dientes amarillentos. El rubio se estremeció-. Estas avanzando más rápido de lo que creí que harías.
-Soy un mago poderoso -se burló el rubio, tratando de sonreír mientras Bellatrix se reía encantada.
-Eso veo, eso veo -rio Bellatrix, mirando desquiciadamente a su hermana-. Deberíamos agradecerle al decrepito de Dumbledore por suspender a tu retoño dos meses antes de que terminaran las clases. Así tendremos más tiempo para moldear al niño -dijo, asintiendo para sí misma-. Puedes retirarte -hizo un ademán despectivo a Draco.
El Slytherin hizo una pronunciada reverencia, sin perder su sonrisa, antes de darse la vuelta y salir del vestíbulo. Caminó con la cabeza en alto hasta que llegó a su habitación, donde rápidamente corrió hacia su baño personal y vómito dentro del retrete.
Su cuerpo se sacudió en espasmos hasta que sintió la garganta al rojo vivo, con las lágrimas de furia y dolor resbalándose por sus mejillas. Se arrastró por el baño hasta que llegó junto a la tina, donde se acostó en posición fetal y lloró.
Los días se repetían como si hubiera entrado en un bucle del tiempo. Despertaba, desayunaba y luego era torturado por Bellatrix hasta que lograba soltarse de la maldición, justo después de que su tía intentara entrar en su mente. La primera vez que lo intentó, Draco casi la golpeó a la manera muggle.
Esa loca, tratando de contaminar con su horrible presencia los hermosos recuerdos que tenía de Hermione. Si de él dependiera, Bellatrix ni siquiera sabría que Hermione existía, pero todos en Londres mágico estaban enterados de la nacida de muggles seleccionada en Slytherin. Y era algo de lo que su tía se negó a dejar pasar.
Había estado incordiándolo los primeros días para que le contara algo sobre "la asquerosa sangre sucia que se atreve a manchar la buena casa de Salazar Slytherin". Su curiosidad no había hecho más que aumentar con el pasar de los días, después de saber que Draco no caería en sus juegos. Inclusive intentó provocarlo diciéndole lo bien que, juntos, podrían hacer pagar a la sangre sucia por vestir el escudo de la serpiente.
La mataría, juró. Mataría a Bellatrix con sus propias manos si siquiera se atrevía a respirar en la misma dirección que Hermione. La torturaría y la mataría.
Draco lloró por demasiado tiempo, sus lágrimas de dolor entrelazadas a las de la ira. Tenía que aferrarse a esa ira si planeaba salir vivo de esta maldita mansión. Sólo cuando estuvo seguro de que las lágrimas se habían acabado, se levantó.
Sus músculos estaban agarrotados y entumecidos. Así que rápidamente se despojó de sus sucias, costosas y destrozadas ropas sin un segundo vistazo. Abrió el grifo de agua caliente y fue en busca de algunas pociones a su habitación mientras la tina se llenaba.
Las pócimas las había preparado él mismo después de la primera semana que pasó en Malfoy Manor, y todas eran para reparar el daño que su cuerpo sufría día tras día. Regresando al baño, cerró la llave y vertió las pócimas. Se adentró en la tina, el alivio inmediato inundando sus sentidos.
Exhaló con fuerza, dejando que las pociones hicieran efecto mientras todo el baño se llenaba de vapor. Divagó durante un largo rato en una manera de librarse de Narcissa y Bellatrix para poder visitar a Hermione… y tal vez al resto de sus amigos, recordó tardíamente. Los chicos seguían comunicándose mediante los diarios de sangre casi todos los días, pero no era lo mismo ver unas líneas escritas sobre páginas de plata que ver el rostro de chica de quién estaba enamorado.
-Joder -murmuró en voz alta, tallándose el rostro-. Me casaré con ella -se recordó, sumergiéndose en la tina hasta que no quedó nada de él fuera del agua.
Casi una hora después, el joven Malfoy caminaba por su enorme habitación con solo una toalla blanca envuelta alrededor de las caderas. Las cortinas blancas de lino estaban cerradas, bloqueando la luz que entraba por el ventanal que daba a un hermoso palco de piedra.
Su habitación en Malfoy Manor era, como mínimo, tres veces el dormitorio de Slytherin que compartía con sus amigos. Unas gruesas columnas de mármol blanco se alzaban en cada esquina, sosteniendo un alto techo de donde colgaba una lampara de cristales. Además de su baño personal, tenía un armario de gran tamaño.
Su cama reposaba contra la pared, al centro del dormitorio, sobre una tarima de mármol negro. Tenía posters de las Avispas de Wimbourne pegados a la pared, junto a un cuadro pintado a mano que su padre había mandado hacer cuando él tenía cinco años. Era de su familia, pero Draco había colocado un hechizo sobre el retrato, para que la réplica de su padre, o la de su madre, no pudieran ver u oír lo que hacía dentro de aquella habitación.
Dejó caer la toalla al suelo cuando entró en su armario, colocándose rápidamente los pantalones de un traje gris y una camisa blanca. Se enrolló las mangas, dejando a la vista sus pálidos antebrazos sin marcas tenebrosas en ellos.
Se calzó unos lustrosos zapatos negros y cuando estaba terminando de colocarse el anillo familiar, con la gran "M" al centro de él, la puerta de su dormitorio se abrió de golpe. Con el ceño fruncido, salió del armario mientras se sacudía algunas gotas que caían de su cabello.
El profesor de Pociones y el jefe de la casa de Slytherin, Severus Snape, quien por cierto era su padrino, acababa de irrumpir en su habitación.
-¿Señor? -preguntó
El mago alzó su varita mágica y lanzó un par de maldiciones para poder darles la privacidad que necesitaban. Sus orbes negros, puestos en Draco, estaban teñidos de censura.
-¿Se puede saber qué has estado haciendo? -preguntó, arrastrando la voz con lo que podría confundirse con aburrimiento.
Draco tragó con nerviosismo, frunciendo el ceño mientras miraba por sobre su hombro hacía el baño antes de regresar la vista a su padrino.
-¿Ba… ñándome? -respondió a modo de pregunta, y por seguridad, retrocedió un paso. Algunas gotas aún se escurrían por su cuello.
-Tenías que presentarte ante el Señor Oscuro hace más de treinta minutos -espetó el profesor Snape, el enojo a penas contenido.
-¿Qué? -Draco palideció-. Nadie me dijo nada sobre presentarme ante el Señor Oscuro -se defendió, un escalofrío subiendo por su columna vertebral.
El profesor Snape lo escrudiñó con la mirada, buscando la mentira, pero al no encontrar ninguna relajó un poco su tensa postura.
-Bellatrix -escupió, como si de una maldición se tratase-. Debería haberte mencionado que tenías una reunión con Lord Tenebroso.
-¿Reunión? -tragó con fuerza-. ¿Reunión para qué? -preguntó Draco, su estómago dando una voltereta de miedo.
Un musculo se trabó en la mandíbula de su mentor.
-Quiere castigar a Lucius -respondió-. Está muy furioso por el fiasco del Departamento de Misterios, y culpa a tu padre por eso -un destello de preocupación pasó por sus orbes negros-. Quería darte la marca.
-Oh, mierda -jadeo Draco, tambaleándose hacía atrás. Su espalda chocó con la pared y se llevó las manos a las rodillas mientras respiraba con dificultad. No podía respirar, definitivamente no podía llevar oxígeno a sus pulmones.
No podía, no podía…
-Tranquilízate -ordenó el profesor Snape con voz suave, su mano sobando la espalda del rubio, quien intentaba aspirar aire con grandes bocanadas-. Ya, ya… -murmuró cuando Draco por fin empezó a calmarse, ignorando el hecho de que la mano del rubio estaba envuelta alrededor de su túnica, como si buscara de su fuerza.
-Voy… ¿él?... -el rubio se lamió los labios, que estaban muy secos-. ¿Seré…?
-No.
-¿No? -Draco levantó la cabeza, mirando el rostro serio de su padrino-. Dijo que…
-Dije que Lord Tenebroso quería marcarte, pero logré hacerlo… reconsiderar la idea por un tiempo más…
-¿Cuánto tiempo?
-Un año.
-Mierda -volvió a jadear Draco, otro ataque de pánico pulsando sus nervios.
-Aunque… -el profesor Snape dudó unos segundos-… hay algo que quiere que hagas a cambio de la vida de tu padre y de tu madre.
Draco parpadeo repetidas veces, confundido.
-¿Por qué debería…? ¡Auch! -el rubio se tambaleo una vez más, apartándose de su mentor mientras se llevaba una mano a la cabeza, justo donde había recibido el golpe-. ¿Por qué fue eso, señor?
-Sé que en este punto no te interesa la vida de tus progenitores, Draco -siseo su padrino-. Pero tienes que mantener las apariencias.
-¿Apariencias? -escupió Draco-. ¿Qué apariencias? Lucius está encerrado en Azkaban y Narcissa está jugando a las muñecas con su hermana la loca. En lo que a mí respecta, señor, el apellido de los Malfoy está compitiendo con el de los Weasley en el barro.
El profesor Snape puso los ojos en blanco.
-El linaje de los Malfoy siempre ha sido la principal razón por la que tu padre…
-¡No me importa el linaje! -siseo el rubio-. ¡Herm…! -la mano del profesor Snape se estrelló contra sus labios, sellando sus siguientes palabras.
-Ni se te ocurra continuar aquella palabra -le dijo, entrecerrando los ojos hacia su ahijado. Su cabellera negra ocultando una parte de su rostro-. ¿Quieres qué alguien dentro del lado oscuro se enteré realmente de tu pequeño secreto? ¿El de tus amigos?
Draco se mordió la lengua, respirando con dificultad. Negó con la cabeza, aun preso de la mano de su mentor.
-Bien -dijo el profesor Snape, retirando su mano del rostro del chico.
-¿Qué se supone que debo hacer para salvar la vida de Lucius? -siseo el rubio, mirando con petulancia a su mentor. El mago solo se dedicó a poner los ojos en blanco ante la actitud de rebeldía del Slytherin, pero rápidamente se recompuso.
-Quiere que encuentres la manera de hacer entrar a los mortífagos a Hogwarts…
Draco se tensó, pensando una y mil cosas sobre lo que podría salir mal si Bellatrix era invitada a esa excursión. La bruja no paraba de hablar sobre lo que le encantaría hacerle a Hermione, y si él la dejaba entrar al castillo…
-… y a cambio de la vida de tu padre -continuó el profesor, ajeno a los pensamientos erráticos del chico-. Quiere la de Albus Dumbledore.
El hombre no pudo apartarse lo suficientemente rápido antes de que Draco vomitara sobre sus zapatos.
Julio, 07. 1996
Chateau Zabini.
05:00 a.m.
Sus pies corrían por sobre la tierra húmeda, sus caros zapatos llenos de lodo y hojas secas. Podía escuchar su propia respiración con demasiada fuerza y el corazón le latía bastante rápido. Algunas ramas le arañaron el rostro y mancharon su camisa blanca del uniforme. El frío viento nocturno le golpeaba el rostro, congelándole las orejas.
La luz que salía de la punta de su varita era su única guía en el oscuro bosque, e inclusive tropezó un par de veces con las raíces salientes de algunos enormes robles, pero ya estaba llegando. Podía escuchar, como eco, las voces de sus amigos más adelante.
Se detuvo a menos de dos metros, respirando con dificultad mientras se recargaba contra el tronco de un robusto roble, el sudor escurriéndose por su cuello. Estaba pensando en lo divertido que sería dibujar en el rostro de Potter por hacerlos salir a esa hora de la noche cuando un grito que erizó toda su piel rompió la calma de la noche.
Volvió a arrancar, el miedo recorriendo sus venas.
Ni siquiera reparó en las otras personas que estaban en la escena, sus ojos se habían fijado rápidamente en el monstruo que estaba a punto de matar a Theo. Aquella… cosa que se atrevía a amenazar a uno de sus mejores amigos.
Que se atrevió a lastimarlo.
El odio lo recorrió, y antes de saber lo que estaba haciendo, alzó su varita y aulló-:
-¡AVADA KEDAVRA!
El grito desgarró su garganta, y el monstruo se esfumó. Las lágrimas le quemaron los ojos, sus manos rápidamente se lanzaron a su garganta mientras el moreno trataba de respirar. Su pecho subía y bajaba con fuerza. Los oídos le pitaban, pero estaba seguro de que alguien…
-¡Amo Blaise! ¡Amo Blaise! -las delgadas manos de su elfina doméstica, Mirthy, frotaban círculos en su espalda sudorosa. Podía sentir las largas uñas de la criatura mágica debido a su falta de camisa-. ¡Shh! ¡Shh! -arrulló la elfina, y con una fuerza mayor, obligó al joven a recostarse contra su diminuto hombro, ocultando su rostro en su cuello.
Las enormes orejas le cubrían parte de sus mejillas, y rápidamente se humedecieron por las lágrimas del chico.
Se había vuelto una rutina: Blaise despertaba gritando por las pesadillas, ya fuera por el día en que Theo lo atacó, o por la noche en que mató al monstruo. Por una o por otra, Mirthy siempre estaba allí para reconfortarlo.
Carry my soul into the night
May the stars light my way
I glory in the sight
As darkness takes the day
Ferte in noctem animam meam
Illustrent stellae viam meam
Aspectu illo glorior
Dum capit nox diem
Cantate vitae canticum
Sine dolore actae
Dicite eis quos amabam
Me nunquam obliturum
Sing a song, a song of life
Lived without regret
Tell the ones, the ones I loved
I never will forget.
Never will forget.
El joven Slytherin, con forme la chillona voz de Mirthy cantaba la canción, fue tranquilizándose. Los espasmos que recorrían su cuerpo empezaron a desaparecer, y las lágrimas se secaron en su rostro, sus manos empezaron a soltar poco a poco la tela que fungía como vestido para la elfina.
Sorbió sin elegancia alguna un par de veces, sus ojos fuertemente cerrados mientras escuchaba a Mirthy cantar el final de la canción, antes de que la elfina le besara tiernamente la frente, sus enormes orejas y su larga nariz haciéndole cosquillas.
No hubo más que silencio por un larguísimo tiempo.
-¿Al amo Blaise le gustaría que le preparara un baño? -preguntó la elfina con voz suave.
-Sí, por favor -murmuró Blaise con voz ronca, apartándose del abrazo de la elfina. La pequeña criatura le sonrió con preocupación antes de saltar de la cama y dirigirse al baño privado del moreno.
Su mirada no se apartó de la elfina hasta que la perdió de vista, antes de mirar el desastre que eran sus cobijas. La mitad de ellas, tiradas en el suelo.
Se levantó, adolorido, y caminó descalzo hacía el baño. Esperó hasta que Mirthy terminó de preparar el agua, y se retiró la única prenda que vestía (el pantalón del pijama) cuando la elfina se marchó prometiéndole que le traería un desayuno sencillo. No salió de la bañera hasta que sintió los dedos arrugados y el agua provocándole ligeros escalofríos.
Salió desnudo del baño, con el agua escurriéndose por su perfecta musculatura y dejando pequeños charcos en el suelo mientras se acercaba a la mesita de noche junto a su cama. Tomó, con manos temblorosas el paquete rojo de sobre la madera y sacó un cigarrillo. Tiró la caja sobre la cama ya tendida y tomo el encendedor muggle de metal, con un sonido de chasqueo una pequeña llama salió de él. Se lo acercó al rostro, prendiendo el cigarrillo entre sus labios.
Inhaló con fuerza, permitiendo que la nicotina se introdujera en sus sentidos. La primera vez que había probado de aquel pequeño tuvo de papel, tuvo un ataque de tos repentino. Su garganta se había cerrado y sus fosas nasales le habían ardido, pero rápidamente se había acostumbrado a él.
¿Quién pensaría que Nicholas Nott realmente disfrutaba los ingenios muggles?
Lo difícil había sido conseguir unos por cuenta propia, pero con la ayuda de la enorme musculatura de Vincent -quien no parecía un adolescente en lo absoluto- lo logró al final. Aunque, ni en mil años, le admitiría a Hermione que había estado sumamente asustado cuando lo llevó por primera vez al supermercado.
Los muggles estaban locos.
Expulsó el humo, sacudiendo el cigarrillo sobre el cenicero de plata (cortesía de Mirthy), y caminó a su armario para buscar su ropa de ese día. Su nueva colección de ropa muggle estaba oculta entre las túnicas de gala que su madre atentamente le había mandado a diseñar con alguna famosa modista francesa, la misma a la que todos los magos sangre pura de alta sociedad acudían.
El "plop" sonó detrás suyo mientras Blaise pasaba las manos entre los pantalones de mezclilla.
-El amo Blaise debería desayunar antes de llevarse esa extraña paleta a la boca -regañó Mirthy detrás suyo. El moreno puso los ojos en blanco, pero logró darle tres caladas más al cigarrillo antes de que la elfina se lo quitara de la boca.
Mientras Mirthy colocaba el desayuno en la mesita de cristal que reposaba en una esquina, Blaise se dedicó a vestirse. Se colocó unos bóxeres negros -muggles- y se puso unos pantalones de mezclilla oscuros junto a una camisa gris. Se arremangó la camisa hasta los codos y desabrochó los primeros tres botones. Para terminar el conjunto, se calzó unas botas negras y dejó las agujetas a medio atar.
Abrió un cajón que quedaba justo al lado de sus túnicas, donde varios relojes muggles relucieron ante sus ojos. Tomó un Rolex submariner de ese año, con una franja azul alrededor de las manecillas.
No pudo evitar admirarse ante el espejo cuando salía del armario. Tenía unas grandes ojeras maquillando sus ojos y su rostro estaba un poco más delgado. Sus orbes verdes parecían haber adquirido más vida de la que tenía. Las cicatrices que recorrían sus brazos y pecho parecían brillar más que nunca… ¿acaso quedaba algo de su antiguo yo? ¿Dónde había ido esa petulancia que lo caracterizaba tanto?
No pudo evitar sentirse cansado.
-¿Amo Blaise? -llamó Mirthy.
El joven Slytherin suspiró y se dirigió a su elfina, sentándose en la otra silla. Blaise, posiblemente, era el único sangre pura de alta sociedad que permitía que su elfina comiera de la misma comida que él. O, simplemente, que se sentara en la misma mesa.
Compartieron un cómodo y tranquilo desayuno, mientras la elfina le contaba -escandalizada- del elfo domestico Dobby. Por lo visto, el antiguo elfo doméstico de los Malfoy se había vuelto muy popular entre las pequeñas criaturas, pero para mal. La escuchó divagar durante demasiado tiempo, hasta que Cassiopea mandó a llamarla. La elfina se despidió con una enorme reverencia y Blaise, antes de que ella pudiera retirarse, le contó sus planes del día. Mirthy le pidió que se cuidara.
Así que cuando el joven Slytherin estuvo seguro de que su madre había terminado con su desayuno, salió de sus aposentos. Recorrió los inmensos pasillos de la enorme mansión, completamente vacíos de retratos mágicos. Ni un solo Zabini que le diera los buenos días.
Sus pasos trastabillaron un poco cuando llegó al recodo que lo llevaría al ala este de la mansión, que se mantenía sellada por encantamientos mágicos. El lugar donde Alessio Zabini había agonizado en sus últimos días de vida.
Si era totalmente sincero consigo mismo, no recordaba a su padre. Había pequeños destellos de cuando era un niño, y de los cuentos que solía contarle el hombre, pero no había manera de rescatar el rostro de su padre en su memoria. No sabía si tenían el mismo tipo de cabello, o si tenían la misma nariz.
Nada.
Su madre se había encargado de borrar todo rastro del hombre de la vida de Blaise, y ni siquiera Mirthy había sido capaz de encontrar alguna fotografía para mostrarle. Pero la elfina constantemente le aseguraba que Blaise era el vivo recuerdo de su padre. Y suponía, por el momento, que con eso bastaba.
Bajó corriendo las escaleras, sus pasos retumbando con un poco de fuerza contra el brilloso suelo, pero el moreno no detuvo su carrera. Lo único que quería en ese momento era salir de esa maldita casa. Rápidamente se adentró en la cocina, el único lugar que no tenía un solo retoque hecho por Cassiopea Zabini. La mujer nunca había pisado el lugar y probablemente no supiera, con seguridad, dónde quedaba exactamente.
Al llegar a la pequeña chimenea de la cocina, tomó un puñado de polvos flu del tarro de plata sobre la chimenea, se metió en ella y dijo con fuerza:
-¡Callejón Diagon!
Callejón Diagon.
09:53 a.m.
El joven Slytherin se encontró caminando fuera del banco de Gringotts después de haber cambiado una inmensa cantidad de dinero mágico a muggle. Tenía planeado visitar a la familia Nott ese día ya que, según lo acordado, Vincent regresaría a su casa pasando las seis de la tarde. Tal vez incluso podían convencer a Gregory (vía diario de sangre) para que los acompañara, el chico últimamente había estado un poco ausente de sus "reuniones" y, según Blaise, Draco era el único que tenía derecho a extraviarse.
Si contamos el hecho de que Bellatrix Lestrange dormía bajo el mismo techo.
Sufriendo un escalofrío, el moreno desechó ese hilo de pensamientos justo cuando sus pasos se detenían frente a la nueva y gloriosa tienda mágica: Sortilegios Weasley, número 93.
No puedo evitar que un silbido impresionado se escapara de sus labios mientras entraba por la puerta de cristal. Las cajas llenas de dulces llegaban hasta el techo, y los anaqueles estaban tan repletos de bromas ingeniosas que no había espacio entre una sección y otra, había varios barriles al centro de la tienda con Slytherin-sabe-qué-cosas e, inclusive, encontró una mesa a reventar de libros mordedores.
La tienda, en sí, estaba vacía, pero todos los productos daban un aire claustrofóbico. Blaise ni siquiera quería imaginarse lo que era la tienda cuando estaba en hora pico.
-¡Mira quién nos ha honrado con su presencia! -gritó George Weasley, saliendo detrás del mostrador cargando una caja de cartón. La dejó sin miramientos encima de un barril lleno de turrones sangra narices antes de atraer a Blaise en un caluroso abrazo.
El moreno se tensó durante unos segundos, pero rápidamente soltó un par de palmadas a la delgada espalda del gemelo Weasley antes de que éste lo soltara. Su sonrisa rivalizaba con la de Blaise.
George soltó un silbido mientras admiraba a Blaise de arriba hacia abajo.
-¡Pero si has crecido! -se burló, soltando una gran palmada contra el hombro del moreno, provocándole una mueca por el ardor.
-¡Por supuesto que he crecido, fratello! –se burló el Slytherin, poniendo los ojos en blanco-. ¿A qué esperabas? ¿Qué me quedara como el imbécil de Ronald? -escupió.
George soltó una carcajada.
-No te confíes, Zabini -rio-. Que Ron ha dado el estirón, y bien podría rivalizar contigo.
Blaise se encogió de hombros con indiferencia.
-Pero te apuesto a que sigue estando igual de feo -se mofó.
-¡Esa es una apuesta que no tomaremos! -gritó Fred, entrando en escena. El joven pelirrojo se había encontrado en el pequeño laboratorio que tenían en la trastienda cuando escuchó el griterío que se armaba fuera, así que decidió salir a investigar-. Feorge y yo somos las únicas bellezas en nuestra familia -se señaló con el pulgar.
-Y Ginny -agregó George.
-Y Ginny -concordó Fred, sonriendo con malicia al moreno, pero cuando el joven Slytherin solo les regresó una mirada de aburrimiento total, las sonrisas en los rostros de los gemelos se transformaron en ceños fruncidos. Fred le dedicó una mirada a su hermano gemelo, quien se encogió de hombros antes de mirar de nuevo hacía Blaise, quien volvía a recorrer la tienda con la mirada-. Oímos… que Ginny y tú tuvieron un altercado en Hogwarts… -empezó Fred.
-Dice… ya sabes, que tú la hechizaste -continuó George.
Blaise resopló.
-Seh… algo así -murmuró lo suficientemente alto para ser escuchado-. ¿Qué tal va todo? ¿Han tenido muchos clientes? -preguntó, cambiando de tema-. Leí su anuncio en el periódico de hace dos días.
Dedicándose una mirada más entre ellos, precedieron a dejar pasar el tema -por el momento- para explicarle a su joven amigo el inicio de su aventura en el Callejón Diagon. Empezando por los gritos que pegó su madre cuando los vio entrando por la puerta de la casa aquel día cuando abandonaron Hogwarts.
Tuvieron que esperar por más de diez minutos a que el Slytherin dejara de reírse en el suelo.
Llegado un momento, los gemelos Weasley terminaron cerrando la tienda para mostrarle a Blaise un par de nuevos productos que tenían guardado. Usando en él, más bien, como en los viejos tiempos. Estuvieron encerrados hasta que cayó la tarde y rápidamente invitaron a Blaise a la Madriguera para la comida. El moreno estuvo tentado a negarse, pero checando la hora en su reloj reparó que aún había bastante tiempo antes de que tuviera que marcharse con los Nott, así que aceptó.
Luego, tuvo otro duro momento cuando los gemelos Weasley lo tomaron de ambos brazos y lo aparecieron fuera del edificio que llamaban hogar. Estuvo sobre sus rodillas un par de minutos mientras trataba de controlar su respiración y el mareo que lo sacudió gracias al viaje.
-Venga, vamos. No es para tanto -se burló Fred cuando Blaise por fin se levantó, guiándolo hacia la casa.
-Sentí como si hubiera pasado por un tubo extremadamente pequeño -se quejó el moreno, sus fosas nasales captando un exquisito aroma cuando George abrió la puerta de la casa, que justo llevaba a la cocina.
-¡Familia! -saludó Fred Weasley, llamando la atención de los Weasley presentes.
Molly Weasley, que se movía de un lado a otro con un cucharon en la mano, miró a los gemelos con una sonrisa en el rostro antes de que su gesto se tambaleara un poco al ver quién los acompañaba. Arthur Weasley, levantando la mirada de "El Profeta", rápidamente aplanó sus labios en tensión.
Al otro lado de la mesa, la conversación que mantenían Harry Potter, Ronald Weasley, Neville Longbottom y Ginny fue silenciada de golpe. Frente a ellos, Bill Weasley miró a Blaise con seriedad, pero la hermosa rubia que se sentaba a su lado fue quien provocó una mirada de sorpresa en el rostro del Slytherin.
-¡Blaise! -saludó la francesa, levantándose con suma elegancia y caminando hacia el moreno.
-Fleur -saludó Blaise, tomando la mano extendida y besando suavemente los delgados nudillos de la ex campeona de Beauxbatons-. Siempre un placer.
La sonrisa de la rubia se ensanchó antes de regresar a su lugar junto a Bill Weasley.
-Sí, bueno… ¿qué acaba de pasar? -preguntó Fred frunciendo el ceño con confusión.
-Nuestras familias tienen intereses en común -respondió Blaise, sonriendo hacia los gemelos-. Mi padre y el padre de Fleur fueron muy buenos socios.
-Muy… eh… cegggcanos -asintió Fleur, aunque ellos dos no lo fueran. Claro, se veían de vez en cuando gracias a estos negocios, pero difícilmente podían llamarse amigos.
-De acuerdo… -soltó George, rascándose la nuca.
-Señores Weasley -saludó Blaise, recordándose dónde estaba. La mirada de ambos adultos estaba puesta en él-. Es un gusto verlos… otra vez -tragó incomodo, recordando su último encuentro dentro de la enfermería de Hogwarts con él llorando sobre las túnicas del profesor Snape.
-Igualmente -dijo el patriarca de los Weasley con la misma incomodidad en su voz.
Blaise asintió sin que su sonrisa menguara, sus ojos fijos en el trío de oro y cierta pelirroja.
-Potter, Longbottom… Weasley y Weasley -saludó con otro asentimiento de cabeza antes de mirar al último pelirrojo-… y Weasley.
-Muchos Weasley -se burló Fred con un resoplido. Tomó a Blaise del hombro y lo forzó a sentarse a un lado de Fleur para después tomar el asiento a su lado izquierdo-. ¿Qué tal tus TIMOS?
-Cierto, ya no te preguntamos por ellos -aportó George, también sentándose.
-Me fue excelente -sonrió Blaise-. Saqué Extraordinario en todas mis asignaturas, a excepción de Trasformaciones e Historia de la Magia donde me gané un Supera las Expectativas -admitió para sorpresa de los gemelos y del trío dorado, donde pudo escuchar un jadeo ahogado.
-Así que tienes derecho a cursar todas las materas -dijo Fred.
Blaise asintió.
-Sí, pero dejaré Cuidado De Criaturas Mágicas e Historia de la Magia, para poder tomar Aritmancia y Estudios Muggles.
-Espera, ¿estás planeando tomar más asignaturas? -se burló George-. Cuando nos dieron la opción de dejar clases, nos retiramos de las que más pudimos.
-Tuvimos suerte de que Snape…
-.. el profesor Snape…
-.. el profesor Snape -continuo Fred, poniendo los ojos en blanco-… pidiera para Pociones un Supera las Expectativas.
-Debes entender, Weasley, que Pociones es una de las asignaturas que más te beneficiara en un futuro -dijo Blaise-. Lo que me supera, totalmente, ya que lograron crear todas esas bromas.
-Concuerdo con Zabini -dijo Bill Weasley, para sorpresa del Slytherin- ¿Cómo es que lograron crear todas esas bromas y nunca pasar con un Aceptable en Pociones? -la diversión destilaba por sus palabras.
-¿Por qué Estudios Muggles? -preguntó Arthur Weasley, uniéndose a la conversación.
-Quiero explorar todas mis opciones -respondió Blaise, haciendo una mueca. ¡Slytherin! ¡Sonaba como Hermione! Sacudió la cabeza-. La mayoría de mis amigos ya tienen planeada su vida. Su carrera -continuó-. Theodore Nott está yendo totalmente a la rama de Criaturas Mágicas, posiblemente lo vea pronto en el Ministerio abogando por los derechos de los dragones -se burló, provocando la risa de los gemelos-. Draco Malfoy quiere ser Pocionista, como el profesor Snape, y Hermione Granger probablemente sea Medimaga -continuo con una sonrisa-. Vincent Crabbe quiere jugar al quidditch profesional y Gregory Goyle quiere estudiar leyes mágicas -concluyó el moreno.
-Eso último me lo suponía -admitió George con un asentimiento de cabeza.
-Soy el único que aún no ha escogido -dijo Blaise con un suspiro-. Así que tome el concejo de Hermione sobre abrir mis horizontes -se burló- y tomar todas las materias que pudiera.
Arthur Weasley se vio algo decepcionado con la respuesta.
-Pues vaya… -murmuró. Los gemelos volvieron a reírse.
-Papá tiene una fascinación por los muggles -dijo Fred.
-Es un gran amante de ellos -prosiguió George.
-¡Oh! ¿¡En serio!? -el moreno se fingió sorprendió-. ¿Nunca ha visitado el mundo muggle, señor Weasley?
-No -negó el mago.
-Bueno, es magnífico -admitió Blaise con una gran sonrisa-. Prácticamente me he mudado a él estas vacaciones. Visitando a Hermione muy seguido -dijo, viendo el brillo de interés en los ojos del pelirrojo mayor-. Sus tiendas son espléndidas, y venden cada cosa… -negó, con asombro-. Lamentablemente no he podido visitar todas las tiendas que me he propuesto, carezco de tiempo y…
-¿De verdad? -se burló Ronald Weasley, lanzando un resoplido de desprecio-. ¿Con todo el tiempo que te han dado estas vacaciones?
-No ha sido tanto -Blaise se encogió de hombros con desinterés.
-Te suspendieron los últimos dos meses de clases -reprochó Weasley-. Por practicar magia oscura, si lo recuerdo bien -escupió.
-Lo recuerdas a la perfección -aportó el moreno con una sonrisa, sonrisa que no llegó a sus ojos-. Pero dos meses es un corto periodo de tiempo para recorrer todo el mundo muggle. Si contamos el hecho de que me castigaron por este… pequeño incidente -mintió.
-¿Pequeño? -preguntó Potter, frunciendo el ceño-. Tengo entendido que casi matan a Nott.
-¡Harry! -regañó la señora Weasley, pero no hubo calor en sus palabras. Era obvio que tampoco aceptaba el "comportamiento" del Slytherin.
-Casi -negó Blaise-. Tu palabra clave es "casi". Por no mencionar que fue un accidente.
-Siempre es un accidente, ¿no? -masculló Ginny, cruzándose de brazos y lanzándole una mirada de furia al moreno-. Nunca es intencional.
-Algunas cosas lo son -respondió Blaise, su mirada carente de diversión.
-¡Ah! -jadeo Ginny-. Como lo fue atacarme por la espalda -acusó.
-No sé a qué te refieres -dijo Blaise, el enojo empezando a teñir sus perfectas facciones.
-Supongo que tampoco sabrás sobre el incidente en el bosque prohibido dónde atacaron a Harry -dijo, entrecerrando los ojos con desconfianza. El Slytherin ni se inmutó.
-Es suficiente -dijo la señora Weasley, colocando sus manos en sus rechonchas caderas.
-No, por supuesto que no -dijo Blaise, ignorando a la mujer-. En ese momento estaba matando a Theo, ¿no lo recuerdas? -siseo con veneno, el destello verde brillando en su memoria. Se levantó de golpe, la silla rechinando sus patas contra el suelo. Su nariz ensanchándose por el enojo-. Siento haberlos incordiado, señores Weasley -dijo el moreno, dirigiéndose hacia el matrimonio-. Pero debo retirarme.
-Blaise… -intentó detenerlo Fred, pero la mirada que recibió del moreno lo silenció.
-Con su permiso -dijo, girándose y mirando a Bill Weasley y Fleur, quien tenía el ceño fruncido por el disgusto-. Disculpa las molestias, Fleur -murmuró como despedida, saliendo con paso airoso de la pequeña cocina.
Estúpido. La palabra correcta era estúpido. ¿En qué estaba pensando? La respuesta era que no lo estaba.
Caminó con grandes zancadas hacía el límite de la Madriguera, por que todo mago debía tener una barrera protectora, y una vez estuvo lo suficientemente lejos (o así lo creyó) tomó el Estado Niebla y se marchó del lugar. Su cabeza brincando por distintos escenarios.
Desde el incidente con el libro de Pociones, hasta la reciente "comida", pasando por el asesinato de Fenrir Greyback. El monstruo.
Podía verlo, podía verlo nítidamente en ese momento. Su mitad inferior cubierta por unos pantalones negros, rotos de los tobillos… su pecho, una combinación de hombre lobo y humano. Su rostro… su rostro lo seguiría hasta su muerte, de eso estaba seguro.
El ataque de pánico lo golpeó antes de tomar su cuerpo de nuevo, haciéndolo caer de rodillas cuando llegó a su mansión. Las respiraciones empezaron a convertirse en jadeos y la sensación de no poder respirar lo hizo trastabillar en su camino hacia la mansión. Se arrancó los botones de la camisa con desesperación, sus ojos recorriendo con desquicio la cocina en busca de su pequeña elfa doméstica.
La necesitaba.
Necesitaba a Mirthy, pero las palabras no salían de su boca. Las lágrimas se escurrían por sus mejillas.
Todo a su alrededor era un torbellino de imágenes y ya ni siquiera estaba seguro de si seguía en la cocina, de si se estaba moviendo de verdad. Intentó controlarse, pero sus jadeos retumbaban contra sus oídos como los de un hombre que se ahogaba, o se salvaba de ahogarse… los pensamientos no tenían sentido.
Cerró los ojos con fuerza, intentando concentrarse en su alrededor. Sentía algo frío contra su frente, y sus rodillas definitivamente se presionaban contra el suelo… o eso creía. Una mano empezó a golpear suavemente su espalda y algo fue empujado entre sus manos. Un vaso, era un vaso…
-Toma algo de agua, vamos… -pidió la voz, mientras lo obligaba a beber del vaso. Algo del frío líquido se derramó por las comisuras de su boca y el agua cayó al suelo-. Más, solo un poco más -incitó la voz, y Blaise no pudo negarse mientras bebía más del vaso.
Una vez terminada la bebida, se acurrucó contra la pared donde estaba desparramado y se llevó el vaso, vacío, al pecho arrullándolo como si fuera alguna clase de bebé. Se meció de adelante hacia atrás, tratando de tranquilizarse mientras la mano seguía palpando su espalda. Inhaló y exhaló con fuerza.
-Andrà tutto bene, piccolo mio -susurraron contra su oído, y Blaise no pudo evitar erizarse cuando por fin, entre todo el caos en su cabeza, identificó la voz. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, girando el cuello con velocidad para poder mirar a la mujer que estaba sentada, igualmente de rodillas, a su lado.
-Mamma! -jadeo Blaise, mirando frenéticamente a su alrededor. Aún estaba en la cocina-. ¿Qué…? -volvió a mirar a la mujer-. ¿Qué haces aquí?
-Te he estado esperando -respondió Cassiopea, pasando sus cuidadas y relucientes uñas entre los rizos de Blaise-. Antonio ha despertado.
El Slytherin tardó unos momentos en procesar sus palabras, antes de que una sonrisa maliciosa se deslizara por sus labios.
-Estas en problemas, mamma -se rio, con voz ronca.
-Me temo que no es así, mio caro -dijo Cassiopea, su rostro teñido de tristeza. Había tenido la sospecha de que su hijo sabía sobre sus actividades, pero nunca creyó que lo supiera con seguridad.
-¿Ah, no? -murmuró Blaise, intentando levantarse. Sus piernas se sentían como gelatinas, pero gracias a la ayuda de la isla de mármol contra la que se recargaba, pudo mantenerse parado-. Va a delatarte.
-No lo hará -negó la mujer, levantándose para poder mirarlo, aunque el joven la superó por una cabeza-. Te delatará a ti, il mio amore.
-¿Qué? -espetó Blaise, frunciendo el ceño con verdadera confusión. La cabeza estaba empezando a dolerle-. ¿De qué hablas?
-Lo he hechizado con un Imperius -respondió Cassiopea, viéndose realmente afligida-. Podría haberle hecho decir cualquier cosa, pero con todos estos ataques y mala prensa que está dando El-que-no-debe-ser-nombrado, necesitan un culpable. Algo. Alguien -sus hermosos orbes violetas lo miraron con adoración-. Y me temo que tendrás que ser tú.
-¿Qué? -repitió Blaise.
-Ambos sabemos que odias a Antonio.
-No… no… -negó Blaise, empezando a ahogarse de nuevo. Un nuevo ataque de pánico saliendo a la superficie. No, todo era tan irreal. No había manera-. Yo ni siquiera… ni siquiera lo cono… conozco... -jadeo, llevándose una mano a la frente para limpiar el sudor que empezaba a escurrirse.
El sonido de una charola al caer y estrellarse con el suelo retumbó en la cocina. Blaise y su madre se giraron al mismo tiempo para ver a Mirthy parada en la entrada de la cocina, la charola de plata a sus pies donde una tetera de porcelana y una taza se habían destrozado. La mirada de la elfina era de autentico terror, mirando a Blaise como si viera al mismismo señor Oscuro.
-¡Amo Blaise! -jadeo horrorizada, sus esqueléticas manos golpeando sus delgadas mejillas.
El Slytherin, sin dejar de jadear, miró a la elfina fijamente, pero ella no lo estaba mirando en sí. Miraba el vaso de vidrio al que aún se aferraba con fuerza. Un jadeo más pronunciado se deslizó por los labios del moreno, mirando entre el vaso y su madre.
-¿Có… cómo? -se ahogó, dejando caer el vaso. Ni siquiera lo escuchó romperse, el terror estaba deslizándose por la sangre.
-Mi dispiace molto… -se lamentó Cassiopea, negando con la cabeza-. Pero no puedo ir a Azkaban, Blaise.
El terror, el miedo, el pánico… todo, todo se junto en un remolino de sentimientos hasta que el odio sobresaltó entre ellos. Se tambaleó hacía su madre, tomando su delgado cuello entre sus manos, provocándole un jadeo de sorpresa a la bruja. Pero Blaise no pudo apretar por más que quisiera, sus rodillas se doblaron y rápidamente vio el suelo frente a sus ojos, ni siquiera había sentido el golpe al caer.
Trató de moverse, trató de levantarse de nuevo, pero ninguno de sus músculos le respondía. Nada ocurría.
Entre jadeos, sintió que unas manos le tomaban la cabeza, recostándola sobre una superficie acolchada. Pudo distinguir los grandes ojos de su elfina llenos de gruesas lágrimas mientras un irritante pitido sonaba en sus oídos, acompañados por los gritos de su madre.
-AIUTO! AIUTO! MIO FIGLIO!
Su visión empezó a tornarse borrosa, y ya no podía sentir más las manos de la elfina que recorrían su rostro, recolectando las lágrimas que no sabía aún seguían cayendo.
¿Qué pasaría con su pequeña elfina después de que él muriera? ¿Su madre la mataría? Seguro que sí, no podía tener testigos…
Bueno, al menos no estaría solo hacía dónde se dirigían los muertos.
Julio, 13. 1996
Goyle Strength.
14:03 p.m.
-¡Ellos vendrán por ti! ¿¡No lo entiendes!?
Los gritos de su madre fueron acompañados por el sonido de la botella de cristal al estrellarse contra la pared.
Gregory Goyle, a diferencia de los años anteriores, miró fijamente el suelo de piedra sin estremecerse. Sin taparse los oídos, sin llorar.
Llevaban horas gritándose, días. Era la misma discusión una y otra vez, día tras día desde antes de que regresara de Hogwarts, estaba seguro.
-¿¡Quieres callarte!? -gruñó la voz de Killian Goyle, la ebriedad obvia en sus palabras-. ¡Me estás dando un puto dolor de cabeza!
Gregory soltó un largo suspiro, recargando su cabeza contra la pared mientras miraba al techo. Se encontraba en la pared contigua a la entrada del vestíbulo, escuchando por centésima vez la misma discusión de siempre.
Tal vez debería tomar la propuesta de Hermione en cuenta y quedarse un par de días con ellos. Estaba seguro de que los únicos gritos que escucharía serían los de la pequeña Tatum, a quién aún no conocía.
-¡Me importa un carajo que te esté dando dolor de cabeza! -gritó Andra Goyle. El grito retumbando con muchísima fuerza-. ¡Estamos jodidos! ¡Nos jodiste! ¡A ti! ¡A mí! ¡A tu hijo! -siseo-. ¿¡Qué será de él cuando el Señor Oscuro venga a por nosotros!?
-¡Que te calles, mujer! -gritó el mago con aún más fuerza, y el sonido de la mesa al caerse acompañó su voz. Lo escuchó tropezar por el vestíbulo antes de que un segundo golpe, parecido al de una bofetada, arrancara a Gregory de su lugar, dándose la vuelta para entrar al impecable lugar. Su padre, borracho como una cuba estaba inclinado sobre la figura de su madre, quién estaba tumbada sobre el piso, tomándose la mejilla magullada con una mano-. ¡No te atrevas a gritarme otra vez! ¡O haré que te arrepientas!
-¡Ya estoy arrepentida, imbécil! -escupió Andra, mirando con furia al hombre.
-¡Calla!
Gregory no pudo evitar estremecerse cuando vio a su padre soltarle una patada a la mujer en el suelo, haciéndola gritar. El hombre, que con dificultad se mantenía de pie, cayó gracias a la fuerza de su golpe. Su trasero se estrelló contra el suelo, su grotesco estómago rebotando por la caída mientras Andra se arrastraba hacía atrás, apartándose de su marido.
Desde dónde estaba parado, Gregory pudo ver la furia en la mirada de su madre ser remplazada por una mezcla de infinita tristeza y retorcido amor.
-Patético -escupió Gregory en voz alta, pero nunca supo con seguridad a quién se lo dijo. Si a su padre, a su madre, o a él mismo.
Sus progenitores se giraron para mirarlo, y un escalofrío se deslizó por el cuerpo de Killian Goyle. Su hijo había crecido y para bien. Con sus estúpidos entrenamientos muggles para formar ese montículo de músculos junto a su imponente altura, lo había superado con creces. Tanto así, que cuando su heredero lo golpeó el año pasado, había tardado tres días enteros en poder levantarse de la cama.
-¡Gregory! -sollozó su madre, levantándose temblorosa. Era una mujer hermosa, aún con esos hematomas que teñían su bello rostro. Delgada, castaña y de tez blanca… su padre había tenido una inmensa suerte gracias a aquel contrato matrimonial que la había obligado a casarse con él.
-¿No te había advertido lo que pasaría si volvías a tocar a mi madre? -encaró, cruzándose de brazos, lo que provocó que los músculos de los mismos se hicieran más potentes. El hombre, desparramado sobre el suelo, empezó a temblar.
-Gregory, no -pidió su madre, prácticamente corriendo hacia él y colgándose de su grueso bíceps-. No importa, que ha sido culpa mía.
-¿Culpa tuya? -escupió Gregory, mirándola con enfado-. Te golpeó. ¿Cómo eso ha sido culpa tuya, madre?
-Lo provoque.
-Tú no provocaste nada -siseo el Slytherin, mirando con furia a su padre-. El único culpable aquí es él -dijo, dando un paso hacia delante, pero su madre trató de detenerlo.
-Basta, Gregory -sollozó, mirándolo con inquietud-. Tu padre no ha hecho nada malo.
-Escúchala, pequeño bastardo -escupió su padre, arrastrándose en un intento de levantarse. Pero de lo borracho que estaba, ni siquiera podía separar las manos de la alfombra.
-Killian, por favor -rogó su mujer, mirándolo con reproche-. No lo hagas enojar.
-¿Yo? -escupió con la mirada en el suelo-. Es él quién me está provocando a mí.
-Gregory…
-¡A la mierda, viejo! -escupió Gregory, sacudiéndose el brazo de su madre mientras caminaba hacía el mago en el suelo. Rápidamente un pequeño y ceñido cuerpo se posó delante suyo-. Mamá.
-No, basta -ordenó la mujer, mirándolo suplicante-. No quieres hacerlo, Gregory.
-¡Claro que quiero hacerlo! -espetó el muchacho-. No tienes ni idea de cuanto quiero hacerlo.
-Es tu padre.
-Y aún así me daba tal golpiza cuando era niño que ni siquiera podía levantarme por semanas.
-Gregory.
-Y tú nunca hiciste nada para impedirlo -escupió con veneno.
-¡Necesitabas que te educaran! -gruñó Killian, sosteniéndose del reposabrazos de un sillón para poder levantarse.
-¿¡Lo estás escuchando!? -gritó Gregory señalando hacia su padre, que no había medido bien su fuerza y estaba de nuevo en el suelo, con su rostro estampado en la alfombra.
-Tu padre te quiere, Gregory.
-No lo hace.
-No lo hago -balbuceo el hombre, volviendo a colocarse sobre sus rodillas. El mundo daba vueltas a su alrededor.
-Todos los niños deben ser educados -dijo su madre, llevándose las manos al pecho.
Gregory la miró con incredulidad.
-¡No a golpes! -siseo con dientes apretados.
-Gregory…
-Estás tan mal como él si así lo defiendes -escupió el Slytherin, mirándola con desprecio-. Me das asco.
La mujer inhaló con brusquedad, sacudiendo la cabeza y haciendo que su coleta se moviera de un lado a otro.
-No lo dices en serio, cariño -negó la mujer, estirando la mano para tomarlo del brazo, pero Gregory retrocedió un paso-. Estás enojado y…
-Deja de rogarle, mujer -gruñó Killian, dándose por vencido en su intento de levantarse del suelo. Sus piernas estaban desparramadas frente a él y de su frente se escurría el sudor por la dificultad de su intento de enderezarse.
-¡Vete a la mierda, viejo!
-¡Basta, Gregory!
-¡Tú también puedes irte a la mierda! -escupió el muchacho, mirando con furia a su madre. Estaba harto de esta situación, cansado a más no poder-. ¿¡Qué clase de mujer soporta este maltrato!? ¿¡Qué clase de madre deja que golpeen a su hijo!?
-Gregory…
-Te odio -siseo el Slytherin, girando sobre sus talones para salir del vestíbulo. Escuchó la voz de su madre llamarle, pero no detuvo sus pasos. Caminó con enfado hacía la biblioteca, dónde sabía había otra chimenea disponible.
Necesitaba salir de ahí.
Y rápido.
No fue un trascurso tardado, así que en menos de cinco minutos ya se encontraba dentro de la chimenea, con un puñado de polvos flu en la mano mientras gritaba:
-¡San Mungo!
Las llamas verdes lo devoraron para hacerlo aparecer en la sala principal del hospital mágico. El hedor de las pociones relajantes, los gritos y las túnicas verdes de los medimagos le dieron la bienvenida. Gregory se sacudió las cenizas y caminó por entre los pacientes y medimagos para ir a la habitación donde Hermione le comunicó tenían hospitalizado a Blaise que aún no despertaba.
-¡Gregory!
El Slytherin frunció el ceño, girándose en su gran altura para buscar a la dueña de la voz: Susan Bones. Llevaba un extraño jumper de falda estampado de flores rojas, junto a unas sandalias con listones hasta las rodillas y el cabello pelirrojo atado en un moño caído. Caminaba hacia él con una gran sonrisa en su rostro.
-Susan -titubeo el Slytherin, preguntándose si debía llamarla así. Sus dudas rápidamente quedaron olvidadas cuando las mejillas de la pelirroja se tornaron rosadas provocando que su corazón diera un vuelco y un extraño sentimiento de orgullo lo golpeara con fuerza al reparar en cómo los ojos de Susan lo recorrían de pies a cabeza, deteniéndose con más atención en sus bíceps. Con fingido desinterés se cruzó de brazos haciendo que los músculos de estos se abultaran-. ¿Cómo estás? -preguntó educadamente, reprimiendo una sonrisita cuando Susan pegó un bote, poniéndose aún más roja al sentirse descubierta.
-Estoy bien, perfectamente bien. Maravillosamente bien -dijo con una voz demasiado chillona que le recordó por un momento a sus elfos domésticos-. ¿Y tú? -titubeo.
-Bien.
Un incómodo silencio se instauró entre ambos, ninguno de los dos seguros de qué decir a continuación para evitar que el otro marchara.
-¿¡Qué tal los TIMOS!? -soltó de golpe Susan, agarrándose a ese hilo de conversación. Gregory le sonrió, internamente agradecido de que la pelirroja encontrara algo de lo que ambos pudieran hablar sin hacerlo más incómodo de lo que ya era.
-Bien, me fue bien -admitió el castaño-. Saqué Extraordinario en casi todas mis asignaturas, a excepción de Transformaciones, Pociones y Herbología donde me gane Supera las expectativas -dijo, con una pizca de altivez en su tono-. ¿Y a ti qué tal te fue?
-Ah… normal -murmuró Susan con cierta vergüenza-. Tuve Aceptable en casi todo, a excepción de Herbología dónde tuve un Extraordinario… y un maravilloso Insatisfactorio en Pociones -dijo esto último con una mueca en sus labios.
Gregory soltó una risa ronca, alejando la vergüenza de la mente de Susan para hacerle sentir las piernas como gelatinas.
-Sí, el profesor Snape es bastante exigente -respondió, rascándose la mandíbula con la diversión brillando en sus ojos-. Por cierto, ¿qué haces aquí? -preguntó-. Claro, si se puede saber -añadió.
Susan soltó una sonrisa boba.
-Soy voluntaria -respondió-. Cuando termine Hogwarts iré a la escuela de medimagos en Newcastle. O al menos eso espero -dijo, una vez más haciendo una mueca con sus labios-. Tengo que subir mis calificaciones para poder ganarme un puesto.
-Te aconsejaría que te juntaras con Hermione -dijo Gregory con una gran sonrisa en sus labios-. Ella también piensa estudiar para medimaga.
-Oh -soltó Susan, con una pizca de celos al reparar en el brillo en la mirada del Slytherin-. ¿Y qué planeas estudiar tú? -preguntó, queriendo evitar el tema de Granger, pero rápidamente tuvo que suprimir un escalofrío cuando el brillo en los ojos del castaño desapareció para dejar ver una frialdad pura-. Lo siento -se disculpó, retrocediendo un paso. Hasta ese momento, la altura de Gregory no la había intimidado-. No tienes por qué decírmelo si no…
-No, no. Esta bien -cortó el Slytherin, inhalando con brusquedad mientras se llevaba las manos a los bolsillos y desviaba la mirada, dejándola vagar por los medimagos y pacientes que corrían de un lado a otro-. Quiero estudiar leyes mágicas -respondió-. La mayoría de las familias de sangre pura, sobre todo las más antiguas, entre ellas los sagrados veintiocho, tienen un dominio casi absoluto en las decisiones de sus vástagos -explicó Gregory, empezando a caminar hacia el cuarto de Blaise, haciéndole una seña a Susan para que lo siguiera-. El Ministerio no tiene ninguna clase de jurisdicción en ello debido a que son tradiciones que datan de siglos…
-Vaya… -murmuró Susan, ignorante de aquello.
-La mayoría de los Slytherin, si no es que todos, tienen su vida planeada desde antes de nacer -continuó Gregory, un musculo en su mandíbula saltó-. Con contratos mágicos de enlaces matrimoniales entre familias de sangre pura para mantener la pureza en sus linajes.
-Tú… -Susan carraspeo-. ¿Estás prometido a alguien? -preguntó con voz muy baja, un nudo en la garganta empezando a formarse.
Gregory, ajeno a su reacción, negó con demasiada facilidad.
-No -respondió-. Aunque solo es cuestión de tiempo -continuó-… Estoy muy seguro de que cuando salga de Hogwarts, si no me comprometo antes con alguna bruja de linaje puro, mis padres me comprometerán con Millicent Bulstrode -sonrió-. Mi padre ha querido hacerlo desde que los Bulstrode anunciaron el nacimiento de su hija, pero mi madre quería que me lo tomara con calma. Ya sabes, que conociera a alguien y me enamorara profundamente de ella -dijo, poniendo los ojos en blanco. Ni siquiera quería imaginar el castigo colosal que se llevó su madre para poder tomar aquella decisión-. Lamentablemente, no hay muchas estudiantes de sangre pura en Slytherin que no estén comprometidas en este momento.
-¿A fuerza tiene que ser de Slytherin? -preguntó Susan, poniendo su expresión mas alegre a pesar de sentir como le estrujaban el corazón. Era bastante obvio que el chico no estaba interesado en ella, y si además le añadimos a la mezcla que ella era una mestiza… bueno, no había oportunidad alguna.
-Bueno, no hay muchas alumnas de sangre pura fuera de Slytherin…
-¿Qué hay de Ginny Weasley? -dijo, mirando hacia al frente cuando sintió al chico voltear a verla-. Ella es de sangre pura -continuo, lamentándose internamente por su primer gran enamoramiento perdido. La oportunidad se fue antes de tenerla, suspiró.
La carcajada que soltó Gregory no solo le provocó un sobresalto a ella, pero fue la única en el pasillo que se sonrojo por el arrebato. Ella le estaba hablando totalmente en serio y ¿él se reía de ella?
-Weasley -jadeo Gregory, intentando retomar la calma-. Digamos que la niña Weasley no está en la categoría para ser una buena esposa -dijo sin tapujo alguno-. Para empezar, su familia es considerada como traidores a la sangre por su afición a los… muggles…
-Hermione Granger es de padres muggles -soltó Susan, con veneno. Gregory se giró a verla, sus cejas alzadas con cierta incredulidad.
¿La pequeña tejona estaba siendo maliciosa?
-Bueno, para empezar, no es como que me vaya a casar con Hermione -respondió Gregory con lentitud-. Ni siquiera me atrevería a verla de esa manera; aprecio demasiado mi vida para que Draco me la quite en un arrebato de celos.
-¡Me refería a que, como eres su amigo, ante los magos de sangre pura tú también eres un traidor! -dijo de sopetón, sus mejillas enrojeciéndose con más fuerza.
Gregory carraspeo, tratando de ocultar su diversión con el pequeño arrebato de furia de la Hufflepuff.
-Lo soy -admitió, su sonrisa esfumándose-. Y entendí a qué te referías al sacar a Hermione a la conversación -explicó-. La diferencia es que mis padres creen que como Draco se junta con Hermione, me vi en la obligación de hacerlo también. Ellos realmente no creen que yo la aprecie como una amiga cercana -dijo, justo cuando llegaban a la puerta del cuarto privado-. Lo que trataba de explicarte diciendo que la niña Weasley no era material para ser buena esposa, no es solo por el hecho de que se le considere como amante de lo impuro. Si no que también, a diferencia de chicas como Pansy, Millicent o las hermanas Greengrass, ella no ha sido educada de esa manera. Y estoy bastante seguro de que Weasley no está en el camino de "perfecta y obediente esposa".
-Lo dudo -resopló la Hufflepuff.
-A esto es a lo que quería llegar -dijo Gregory, recargando un poderoso hombro contra la puerta de madera blanca-. Quiero estudiar leyes para poder darle la oportunidad a las siguientes generaciones de tener el control de su futuro. De sus vidas. Y que las chicas no se vean en la obligación de tomar treinta clases distintas de etiqueta para complacer a sus maridos.
-Y yo creyendo que los contratos matrimoniales y las clases de etiqueta se habían extinguido el siglo pasado -masculló, negando con la cabeza y provocando que varios mechones se soltaran de su moño flojo. Gregory sonrió de lado, estirando la mano para tomar uno de los mechones pelirrojos y colocarlo detrás de la oreja de Susan, el aroma de café americano inundando sus fosas nasales.
Las mejillas de Susan, que ya habían retornado a su color natural, volvieron a sonrojarse por el gesto haciendo que Gregory se sacudiera con una risa silenciosa.
-¡ME ESTAS JODIENDO! ¿¡POTTER EL PUTO ELEGIDO!?
El grito proveniente de la habitación privada hizo que Susan pegara un bote y Gregory pusiera los ojos en blanco.
-Despertó -anunció el Slytherin, suspirando con fingido fastidio para hacer reír a Susan-. Y yo que creí que me libraría de él este año.
-Eres malo -negó Susan, divertida.
Gregory sonrió con más fuerza.
-Soy un Slytherin -dijo como toda explicación, enderezándose y tomando la perilla en una de sus grandes manos-. ¿Vienes o tienes algo que hacer? -preguntó, sin querer dejarla ir.
Susan dudó un poco, pero al final asintió.
El Slytherin abrió la puerta, haciendo una reverencia para que Susan pasara primero. La Hufflepuff, sin poder calmar su corazón acelerado, se llevó las manos al rostro en un intento de ocultar las enrojecidas mejillas por el gesto caballeroso del castaño. Gregory entró detrás suyo, dejando la puerta abierta.
Blaise Zabini, integrante de la casa de las serpientes y buscador del equipo de quidditch de Slytherin, se encontraba acostado en una cama de sabanas blancas. Totalmente despierto mientras sostenía una copia de "El Profeta" en sus manos, con Mirthy -su elfina domestica- sentada en una silla con cojines a su lado.
Había un gran ventanal al otro lado de la estancia, con las cortinas cerradas para mantener la privacidad del paciente. Un candelabro colgaba al centro del techo, alumbrando sin lastimar la vista. Además de la cama y de la silla donde Mirthy estaba sentada, solo otros dos muebles decoraban la sala: una mesita de noche repleta de ejemplares de "El Profeta" y otra silla del mismo modelo que la primera.
-Has despertado -dijo Gregory en modo de saludo, tomando la silla libre para Susan. La Hufflepuff le sonrió agradecida, mirando brevemente a la elfina domestica al otro lado de la cama y a Blaise Zabini.
El moreno resopló de mala gana, colocando los ojos en blanco.
-Sí, feliz cumpleaños para mí -escupió con enojo-. Despierto por fin después de cinco días y lo que me encuentro es con el malnacido de Harry Potter en primera plana, ¿qué mierda, fratello? -gruñó, lanzando el periódico a Gregory que lo atrapó en el aire-. Espero que al menos me hayas traído unas flores, cattivo amico -se enfurruñó, cruzándose de brazos.
Gregory rodó los ojos por el chantaje, pero rápidamente leyó la edición de "El Profeta" de ese día que aún no había tenido el gusto de encontrar.
HARRY POTTER: ¿EL ELEGIDO?
Siguen circulando rumores acerca del misterioso altercado ocurrido hace dos meses en el Ministerio de Magia, durante el cual El-que-no-debe-ser-nombrado fue visto de nuevo.
"No estamos autorizados a hablar de ello, no me pregunten nada", manifestó ayer por la noche, al salir del Ministerio, un nervioso desmemorizador que se negó a dar su nombre.
No obstante, fuentes contrastadas del Ministerio de Magia han confirmado que dicho altercado se produjo en la legendaria Sala de las Profecías.
Aunque por ahora los magos portavoces han negado a confirmar la existencia de dicho lugar, cada vez mayor número de miembros de la comunidad mágica cree que los mortífagos, que en la actualidad cumplen condena en Azkaban por entrada ilegal, y tentativa de robo, pretendían robar una profecía. Se desconoce la naturaleza de ésta, pero especula con la posibilidad de que está relacionada con Harry Potter, la única persona que ha sobrevivido a una maldición asesina e hijo de James Potter, que estuvo en el Ministerio la noche en cuestión. Hay quienes llegan al extremo de llamar a Potter "el Elegido", pues creen que la profecía lo señala como el único que conseguirá liberarnos de El-que-no-debe-ser-nombrado.
Se desconoce el paradero actual de la profecía, si es que existe, aunque (continúa en la página 2, columna 5).
Gregory bajó el periódico, dejándolo caer sobre la mesita al lado de la cabecera de la cama. La cara de Potter rápidamente suplantó a la de Rufus Scrimgeour, el actual ministro de magia que no llevaba más de tres días en el poder.
-Supongo que por fin nos enteramos de la razón por la que el Señor Oscuro buscó a Potter hace tantos años -dijo Gregory con aire distraído.
Blaise lo fulminó con la mirada.
-No des mas municiones a la estúpida teoría -masculló, desviando la mirada hacia Susan Bones que se removía incomoda en su asiento. Una sonrisa de maldad pura se deslizo por los labios de Blaise haciendo que Gregory se tensara-. No has venido solo -anunció, aunque eso era bastante obvio-. Si no que has traído a la pequeña y dulce tejona -dijo-. Nunca terminamos nuestra conversación de aquel día en Las Tres Escobas.
-Déjala en paz, Blaise -advirtió Gregory. Blaise soltó una risa divertida.
-No estoy tratando de molestarla -se defendió, sin haber apartado ni un momento su atención de la pelirroja-. Solo recordaba nuestro anterior encuentro protagonizado por Luna Lovegood -explicó, inclinando la cabeza ligeramente-. Mirthy, te presento a Susan Bones, de Hufflepuff. -anunció Blaise, cambiando totalmente el tema de la conversación.
-Es un placer conocerla, señorita Bones -dijo la elfina doméstica, alejando por primera vez la vista de su amo para posar sus grandes, redondos y brillosos ojos en Susan. Antes de que la pelirroja pudiera responder, la elfina saltó de la silla y procedió a hacer una reverencia. Reverencia que no pudo ver ya que la cama obstaculizó su vista.
-Bones, te presento a mi magnífica elfina, Mirthy -siguió presentando el moreno.
-También es un placer conocerte… Mirthy -dijo Susan, sin saber si debía hacer ella una reverencia también. Solo había conocido un elfo domestico en persona, Dobby. Y aquel elfo era -según Harry- muy distinto al resto de su raza.
-Verás, Bones -dijo Blaise, que parecía haber captado la mirada de angustia que Susan le envió a la criatura mágica-. Mirthy es mi fiel elfina -explicó-. Ha estado con mi familia desde antes de que yo naciera. Es linda, leal y maravillosa… -continuo, el orgullo destilando por su voz-… Y es la única familia que me queda. Oféndela y será lo último que harás en tu vida, capisci?
Susan tragó con fuerza, girando el cuello para mirar a Gregory parado detrás de ella, pero él la veía con la misma seriedad que Zabini. La Hufflepuff inhaló con fuerza y volvió a mirar a Blaise, asintiendo.
-A la perfección -respondió Susan, mirando a la elfina que volvió a sentarse en la silla al otro lado de la cama.
-¿Sabes qué pasó con mi madre? -preguntó Blaise, desviando la atención hacía a Gregory.
-El profesor Snape nos mandó una carta -dijo el Slytherin, asintiendo-. Está en Azkaban. Le dieron sentencia perpetua.
Susan jadeo, abriendo los ojos con sorpresa. Blaise le sonrió, sin una pizca de diversión burbujeando en sus ojos.
-Me envenenó -explicó el moreno a la pregunta no formulada-. Además del hecho de que intentó culparme por el intento de homicidio de Antonio Malpica, quién lamentablemente, sí falleció -dijo- Tuve muchísima suerte de que Mirthy me apareciera en San Mungo antes de que los Aurores pudieran… arrestarme.
-¿Disculpa? -preguntó Susan, confundida.
-Mi madre intentó asesinar a Antonio Malpica, su esposo desde hace un año, lanzándolo contra una extraña criatura mágica -respondió Blaise-. No me preguntes cuál, porque no lo sé -admitió-. En fin, no funcionó su brillante plan y Antonio agonizó durante medio año hasta que pudo despertar y mi madre, aprovechando que no se había separado en ningún momento de él, lo maldijo con un Imperius para inculparme del ataque… Lo que no tiene nada de sentido porque, para empezar, yo estaba en Hogwarts cuando ocurrió el intento de homicidio.
-Vaya… -murmuró Susan.
-No funcionó, obviamente -prosiguió Blaise-. Ya que el medimago a cargo de Antonio identificó la maldición y mandó a llamar a los aurores. Lamentablemente, el hombre murió después de explicarles a los aurores sobre las acciones de mi madre. Por lo visto, la presión que conllevó librarse de la maldición fue demasiado para su pobre y dañado corazón -dijo con falso lamento-. Para no hacerte el cuento largo, los aurores fueron a mi mansión para arrestar a mi madre, no a mí como creyó Mirthy en un principio, y se encontraron conmigo muriendo en el regazo de mi elfina. Mirthy huyó y ellos detuvieron a mi madre.
-Después de ello, Mirthy se apareció en casa del profesor Snape para convencerlo de defender a Blaise -dijo Gregory, continuando con la explicación-. Por suerte, no fue necesario darte una defensa, pero al menos pudieron culpar a Cassiopea por el asesinato de tu padrastro y de tu envenenamiento.
-Lástima que no pudieran culparla por las otras once muertes -dijo Blaise, encogiéndose de hombros-. Femme fatale.
-¿Once? -chilló Susan, abriendo los ojos desmesuradamente.
-Tuve once padrastros distintos, sin contar a Antonio -respondió Blaise-. Claro, y tampoco estoy tomando en cuenta a mi padre, tejona.
-A la señora mala tuvieron que haberla condenado al beso del dementor -dijo Mirthy, cruzándose de brazos y con una mirada de enojo en el rostro-. Y luego haber tirado su cuerpo al impetuoso mar que rodea la prisión de los magos malos.
Gregory, detrás de Susan, se rio con diversión por la explosión de la elfina, pero Susan solo pudo tragar saliva con dificultad.
-Se supone que el profesor Snape debería estar aquí pronto -dijo Blaise, asintiendo ante las palabras de Mirthy-. El medimago a cargo de mi caso me dijo que tenía la orden de contactarlo si yo despertaba.
Gregory asintió.
-Tengo entendido, según Hermione, que quedaras bajo la custodia del profesor Snape -explicó Gregory para sorpresa de Susan y Blaise-. Al igual que Theo, ahora que sus padres están encerrados en Azkaban y siendo ustedes menores de edad, necesitaban un tutor. El director Dumbledore se ofreció…
-¡Ni de coña! -espetó el moreno.
-… pero el profesor Snape dijo que estarían más a gusto con él como tutor -terminó de explicar Gregory, haciendo como si Blaise no lo hubiera interrumpido, pero tenía una sonrisa maliciosa en el rostro.
-¿Por qué nada de esto salió en "El Profeta"? -preguntó Susan, que no recordaba haber visto ningún ataque contra alguno de sus compañeros de Hogwarts.
-Porque a "El Profeta" no le conviene una demanda por invasión de la privacidad por parte de un mago de sangre pura, sobre todo de alguien con tanto dinero como yo -respondió Blaise, aun molesto por la implicación de que el viejo de Dumbledore lo cuidase-. Y estoy seguro de que están más al pendiente de los próximos pasos del Señor Tenebroso ya que me acabo de leer todo un articulo de los pasos a seguir en caso de un ataque de mortífagos.
-Se dice que el Señor Oscuro por fin se está moviendo -dijo Gregory, asintiendo-. Ha habido más ataques a muggles en esta semana que en los últimos dos meses.
-El Señor Oscuro está yendo por todo -bufó Blaise, cruzándose de brazos.
-¿Por qué le llaman "Señor Oscuro"? -preguntó Susan, curiosa.
-Estás hablando con Slytherin´s, mia cara -sonrió Blaise-. La mayoría de nosotros fuimos criados bajo creencias puristas, dónde se veía a el Señor Tenebroso como aquel que nos libraría de los de sangre sucia.
-Lord Tenebroso, Señor Oscuro, mi Lord, amo… tú escoge -se burló Gregory con desprecio, pero antes de que Susan pudiera anunciar su incomodidad por el giro oscuro de la conversación, una bola de luz plateada atravesó la ventana tapada por cortinas.
No, no era una bola de luz. Era un patronus, un patronus corpóreo.
El mapache de luz corría a cuatro patas, saltando hasta que se acomodó a un lado de los pies envueltos por sábanas blancas de Blaise. Su mirada blanquecina puesta en la figura que se alzaba detrás de Susan, quien se encogió en su asiento cuando una voz familiar salió de los labios de la criatura-:
"Mortífagos, ahora en Goyle Strength."
Gregory se tambaleo, retrocediendo dos pasos mientras sentía su mundo caer a sus pies. Había estado esperando esto desde hace meses, sabía que ocurriría. Sabía que Lord Oscuro no se tomaría bien el desplante de Killian Goyle; pero saberlo no significaba que estuviera listo.
El hilo de eventos que continuaría después del anuncio de Vincent nunca podría describirlos con seguridad. Todo ocurrió demasiado rápido, y las voces de Blaise y Susan quedaron amortiguadas por algún tipo de pitido en sus oídos, como si se encontrara sumergido en un estanque de agua y viera todo suceder frente a él en un borrón de imágenes sin sentido.
En un momento estaba dentro de aquella habitación privada en San Mungo, y al momento siguiente estaba frente a su mansión envuelta en llamas. Llamas furiosas que destrozaban todo a su paso, provocando olas de calor que golpearon el rostro de Gregory, que se encontraba a varios metros.
La magnífica construcción victoriana que databa del siglo quince estaba cediendo bajo el fuego. Las paredes, antes blancas, tenían un horrible color negro y el olor a madera quemada llegó hasta él. La mansión parecía haber estado bajo las llamas desde hacía horas, pero él no llevaba más de media hora fuera de casa.
No, aquel no era un fuego normal. Era fuego maligno. Fuego mágico que quemaba cada rincón de la imponente estructura, con la Marca Tenebrosa alumbrando con destellos verdes las figuras de los aurores que intentaban controlar el fuego.
No podían hacerlo, era magia negra. El fuego maligno era una de las más peligrosas maldiciones… no había manera de apagarlo, no hasta quedar todo reducido en cenizas.
-No… no… no… -recitó Gregory-. ¡MAMÁ! ¡MAMÁ! -rugió, pero ninguno de los magos y brujas que se encontraban rodeando la mansión en llamas era de aquella a quien buscaba. No, ella no podía estar ahí. No podía-. ¡MAMÁ! -gritó, girando en redondo, llevándose las manos a la cabeza, jalando mechones castaños de su cabello mientras miraba frenéticamente a su alrededor, pero ella no estaba por ningún lado-. ¡No, no, no! ¡NO! ¡MAMÁ! -su voz se rompió, sus pies moviéndose por voluntad propia hacia el fuego-. ¡MAMÁ! -rugió, siendo detenido rápidamente por unos gruesos brazos. Rodeado por un abrazo de acero-. ¡Suéltame! ¡NO! ¡NO! ¡TENGO QUE SALVARLA! ¡ELLA ESTÁ ADENTRO! ¡AÚN ESTÁ ADENTRO! ¡NECESITA MI AYUDA! ¡NECESITA MI AYUDA!
-No puedes hacer nada, Greg… -la voz de Vincent llegó detrás suyo, anunciándole que era él quien lo detenía.
-¿¡QUÉ DEMONIOS HACES!? ¡TENGO QUE ENTRAR! ¡DÉJAME IR! ¡NECESITO SACARLA!
-Es fuego maligno, Gregory… sabes que ya no hay nada que hacer -intentó hacerlo razonar-. Ya no hay nada dentro que puedas salvar.
-¡No me jodas, Vincent! ¡Suéltame, carajo! ¡Suéltame! -lloró, sacudiéndose con violencia, pero su amigo solo se dedicó a apretar el abrazo.
-Fratello… -dijo Blaise, apareciendo en su visión periférica mientras colocaba una mano sobre su hombro. Su rostro estaba mortalmente pálido, y Gregory ni siquiera pudo recordar que estaba recuperándose de un envenenamiento-. Vincent tiene razón… Mira la Marca Tenebrosa… sabes lo que significa…
-No, no… -negó Gregory, las lágrimas cayendo con asombrosa velocidad por sus mejillas-… No puede… ella no puede… No, no… ¡NOOOO! -echó la cabeza hacia atrás, tratando de golpear a Vincent, pero el chico evitó el ataque con agilidad. Blaise retrocedió un paso-. ¡Suéltame! ¡MALDICIÓN! ¡SUÉLTAME! ¡ELLA SIGUE ALLÁ ADENTRO! ¡NECESITA MI AYUDA! ¡NECESITO SALVARLA!
Un cuerpo vestido de negro apareció ante él, bloqueando su vista de la mansión en llamas. Los oscuros ojos del profesor Snape lo miraron con seriedad, sus manos tomando los gruesos hombros de Gregory.
-Gregory, mírame -murmuró la voz de su mentor, y Gregory no pudo desobedecerlo-. No puedes salvarla… Murió.
Gregory lloró, su cuerpo sacudiéndose por terribles sollozos, horribles lamentos escapándose por sus labios. Se dobló a la mitad, el dolor recorriéndolo de pies a cabeza. Sus rodillas colapsaron y terminó arrodillado en el pasto verde, envolviendo las piernas del profesor Snape con los brazos, llorando contra su túnica.
-Le dije que la odiaba… yo le dije que la odiaba -lloró-… Le dije que la odiaba y ahora está muerta… Está muerta…
No supo cuánto tiempo estuvo llorando, ni siquiera supo con seguridad cuánto tiempo le tomo a la mansión ceder bajo las llamas. Lo único que supo es que se quedó ahí, aferrándose a las piernas de su profesor hasta que no quedó más que cenizas. Estuvo ahí, hasta que los aurores lograron borrar la Marca Tenebrosa, hasta que le confirmaron al profesor Snape que sus padres habían muerto.
Hasta que reparó en el hecho de que no tenía un cuerpo que enterrar.
Esos bastardos le habían quitado todo.
Absolutamente todo.
Julio, 20. 1996
Castillo Nott.
Pradera.
16:08 p.m.
El hermoso ataúd de madera negra -Ebony Wood- en memoria de Andra Goyle descendió con ayuda de la magia dentro del hoyo que se había cavado para ella, frente a la lápida de mármol blanco con las palabras "Andra Goyle, amada madre" talladas sobre la piedra. Cuando el ataúd llegó al fondo, la tierra empezó a removerse hasta taparlo, y con otro movimiento de varita una corona de rosas blancas reposo sobre ella.
Soltando un suspiro tembloroso, Hermione Granger volteo el rostro para contemplar el perfil de Gregory, que con una mirada vacía admiraba la lápida. El muchacho se había negado a conmemorar la vida de su padre, pero había insistido en que se hiciera un pequeño funeral en nombre de la mujer que le dio la vida.
La mayoría de los magos y brujas que acudieron a la conmemoración de Andra Goyle eran antiguos miembros de la casa de Slytherin, todos aquellos con los que Hermione había compartido Sala Común desde que entró a Hogwarts, aunque no muchos fueron acompañados por sus padres. El director Albus Dumbledore había llevado acabo la ceremonia, y varios profesores de Hogwarts habían acudido a la misma, entre ellos Minerva McGonagall para sorpresa de Hermione.
Inclusive Amelia Bones, jefa del Departamento de Aplicación de la Ley Mágica le presentó su pésame a Gregory, acompañada por su sobrina, Susan Bones, de Hufflepuff. Hermione no recordaba haber pronunciado más de cinco palabras a la Hufflepuff en todo su trayecto en Hogwarts, pero la pelirroja tuvo la osadía de abrazar a Gregory.
-¿Quieres entrar al castillo? -preguntó Blaise, parado detrás de Hermione y Gregory. Su pequeña elfina doméstica se aferraba con una huesuda mano a la túnica del moreno.
El castaño asintió, ignorando a las pocas personas que aún se encontraban en el prado. Hermione se dedicó a despedirse con la mirada del profesor Snape, que asintió hacía ella sin dejar de hablar con Marcus Flint, que los miraba con preocupación. Los tres adolescentes y la criatura mágica caminaron en silencio por el sendero que los llevaría al gran castillo de la familia Nott.
Habían sido terribles días para Gregory, quién, como sus otros dos amigos, había quedado bajo la tutela del profesor Snape durante su último año como menor de edad. La casa de infancia del chico había sido reducida a cenizas, así que había tenido que quedarse en Chateau Zabini junto a Blaise, quién se había negado a regresar a San Mungo sin querer dejar solo a su amigo. Hermione había arribado con una mochila llena de ropa ni diez minutos después de que Vincent le diera la noticia del ataque. Así que el trío había estado viviendo juntos, bajo la estricta vigilancia de Mirthy ya que el profesor Snape le había dado ordenes de no dejarlos salir hasta que él lo creyera correcto.
Al llegar a la entrada del majestuoso castillo se encontraron con un grupo de aurores platicando alrededor de la fuente de piedra. Al acercarse a ellos, pudieron divisar que no eran aurores en sí, si no miembros de la Orden del Fénix, entre ellos Emma Vanity. Blaise se tensó, titubeando un poco en su andar mientras Gregory procedía a ignorarlos, aunque Hermione lo escuchó inhalar con fuerza.
-Señores -saludó Blaise, asintiendo hacia James Potter que estaba acompañado por Sirius Black, reciente miembro reivindicado a la sociedad mágica, la única acción decente que pudo llevar a cabo Cornelius Fudge antes de ser despedido como ministro.
Alastor -Ojoloco- Moody se arrastró con su pesada pierna mágica hasta quedar delante de ellos, fingiendo no ver el escalofrío que recorrió a los tres Slytherin.
-Señor Goyle -dijo con voz ronca.
Gregory inhaló con fuerza, su mandíbula apretándose mientras sus molares chirriaban unos contra otros.
-¿Qué hacen aquí? -siseo con un silbido de furia. Lo que menos necesitaba en ese momento era mirar cara a cara a aquellos que arrestaron a los padres de sus amigos.
-Hemos venido a ofrecerte la protección de la Orden del fénix. -respondió James Potter, sentándose con fingida tranquilidad sobre las piedras que rodeaban la fuente.
-Creo que han llegado tarde, señores -escupió, su pecho sacudiéndose por una brusca inhalación.
-¿Realmente crees que Voldemort no tomara cartas contra ti también? -preguntó Potter, cruzándose de brazos.
-Joder -chilló Blaise, retrocediendo un paso junto a su elfina que jadeo audiblemente. Hermione se tensó y Gregory miró al hombre con ojos alucinados.
-Sabía que los Gryffindor carecían de modales, pero estoy bastante seguro de que tanto magos como muggles saben que no es buena idea incordiar a alguien que acaba de quedar huérfano –murmuró Draco Malfoy, llegando por la derecha de los miembros de la luz. Vestía una túnica negra que lo hacía ver más pálido de lo que era, con su cabello peinado con pulcritud hacia atrás como cuando iban en primer año.
Hermione dejó salir un suspiro, y soltó un poco el agarre mortal que mantenía en Gregory.
-Joven Malfoy -gruñó Moody, su ojo mágico girándose en dirección del recién llegado, pero sin apartar su ojo bueno del trío de Slytherin plantados delante suyo.
-Señor Malfoy -corrigió Draco con altanería, alzando su mano derecha donde portaba con orgullo el anillo de los Malfoy-. Debería saberlo, ya que usted se encargó de encerrar a mi padre en Azkaban -dijo sin una pizca de rencor.
-Tu padre es un mortífago que estaba trabajando bajo las órdenes del Innombrable para robar una profecía -espetó Nymphadora Tonks, a quien Draco pudo identificar gracias a una pequeña anécdota que su tía Bellatrix le contó ese verano. ¿Quién diría que tenía una prima mestiza? Por no mencionar a la tía que se casó con un nacido de muggles.
Draco soltó un suspiro, encogiéndose de hombros con indiferencia.
-Yo no niego eso -siseo, llevándose ambas manos dentro de los bolsillos de su pantalón-. Ahora, si necesitan algo más con Gregory, pueden hablarlo con sus abogados. O mejor, con el profesor Severus Snape quien es su actual tutor legal -anunció, haciéndole un asentimiento de cabeza a sus amigos, lazando el mentón hacia el castillo. Los tres Slytherin continuaron con su andar, pero Hermione se apartó del brazo de Gregory para tomar el brazo ofrecido de Draco, quien le dedicó una mirada letal a Emma Vanity. La ex Slytherin no se amedrentó, pero fingió no ver el desprecio que Blaise y Gregory le dedicaron.
Los Slytherin no dijeron palabra alguna hasta que se encontraron dentro de la gran sala a la derecha del vestíbulo. Gregory fue el primero en dejarse caer sobre uno de los sillones de terciopelo negro, colocando sus codos sobre sus rodillas mientras enterraba su rostro en sus manos.
-Prepararé una pequeña merienda -anunció Mirthy, chasqueando los dedos para prender unas llamas dentro de la chimenea antes de hacer una gran reverencia y desaparecer con un fuerte crack.
Blaise suspiró, sentándose a un lado de Gregory y pasando su brazo por el respaldo del sillón. Draco tomó asiento en el sillón de una plaza, rodeando con su brazo la cintura de Hermione cuando la castaña se sentó sobre su regazo, su cabeza rápidamente descansando contra el hombro de su novio, su mano sobre el pecho del rubio.
-¿Qué posibilidades hay de que me consigan poción para dormir sin sueños? -preguntó Gregory, su voz amortiguada por sus manos. Blaise hizo una mueca mirando a Draco, que le regresó la misma mirada de inquietud.
-Adormecer el dolor por un rato te haría sentirlo luego con mayor intensidad -respondió Hermione sin mirar al chico, su mano subiendo y bajando por el pecho de Draco.
-Por favor -suplicó Gregory, sus gruesos hombros sacudiéndose por el llanto silencioso. Blaise se inclinó hacia su amigo, bajando el brazo del respaldo del sillón para pasarlo por la ancha espalda del castaño.
-Mirthy -llamó y enseguida un sonoro crack resonó en la estancia.
-El amo Blaise ha mandado a llamar a Mirthy -dijo, haciendo una reverencia. Blaise, sin apartar la mirada de su amigo, asintió.
-Búscame un frasco de la pócima para dormir sin sueño -ordenó y con una segunda reverencia, la elfina volvió a desaparecer del lugar con un sonoro crack.
Draco suspiró, mirando a sus amigos mientras pasaba distraídamente su mano por el costado de Hermione. La Slytherin se removió ligeramente en su regazo, alzando la cabeza para mirar al rubio, quien rápidamente le otorgó toda su atención.
-¿Qué ocurre? -preguntó Hermione en un murmullo casi imperceptible. Draco la miró con intensidad, llevando su mano libre al mentón de la castaña, alzándolo mientras él se inclinaba sobre ella. Sus labios se encontraron en un beso breve, pero intenso. Demostrando cuánto la había extrañado.
Se separaron, jadeando en busca de aire. Draco recargó su frente contra la de Hermione, admirando sus hermosos orbes castaños.
-Tenemos un problema -susurró.
-Creo que tenemos más de uno… -respondió Hermione, sin mirar hacia Gregory y Blaise. Draco sonrió, pero su sonrisa no tenía calor alguno.
-Hermione… -dijo, pasando un dedo por la mejilla de la chica-… Lord Oscuro me ha ordenado matar a Dumbledore a cambio de perdonar a mi familia.
Hermione jadeo, echándose hacia atrás para mirar al rubio completamente aterrorizada.
-Siamo fottuti -maldijo Blaise, que rápidamente se giro hacia la pareja.
Esto solo iba de mal en peor.
Julio, 25. 1996
Londres muggle.
Rawstorne Street, #256.
15:09 p.m.
-¿Cómo está Gregory? -preguntó Theodore apenas y Hermione cruzó la puerta de entrada. La castaña soltó un suspiro de cansancio, dejando caer su mochila sobre uno de los sillones, cerrando la puerta detrás de sí.
-Fatal -respondió Hermione con simplicidad, pasando al castaño para dirigirse a la cocina. La estufa estaba prendida con una cacerola llena de leche que se calentaba a fuego lento junto a los otros tres quemadores repletos de cacerolas, platos y sartenes sucios.
La Slytherin gimió ante el desastre, dando un paso hacia ello y pisando sin querer la cola de Crookshanks, que hasta ese momento había estado durmiendo en medio de la cocina. El gato soltó un maullido desgarrador y arañó el tobillo de Hermione con fuerza. La chica gritó, dejándose caer contra la mesa de la cocina, tomando su tobillo mientras le disparaba una mirada de furia total a Crookshanks, que se la regresó antes de salir, triunfante, de la cocina.
-Te dije que deberíamos haberlo regresado -repitió Theo, sus pálidos y secos labios curvándose en una sonrisa. Hermione lo fulminó con la mirada.
-Cállate -ordenó, apartándose de la mesa y cojeando hacia la estufa. Empezó a recoger los trastes sucios, lanzándolos a la tarja mientras rellenaba un bol con agua y jabón para poder lavarlos-. Ya sabes, podrías haber lavado un poco -sugirió, empezando a fregar una taza.
-Lo hice, pero desde que empecé a tomar la poción Matalobos para la transformación de hoy mis fuerzas fueron menguando -admitió Theo, recargando un hombro contra la entrada de la cocina.
Hermione soltó un largo suspiro.
-Lo siento -se disculpó, tomando ahora un sartén en sus manos llenas de jabón-. Gregory se puso muy mal y ha estado tomando poción para dormir sin sueños, Blaise la ha estado consiguiendo para él -dijo, recordando los últimos días-. Vincent se quedará unos días con ellos hasta que puedan mudarse con el profesor Snape.
-Él tiene mi custodia, ¿por qué no puedo mudarme también? -se burló Theo, cruzándose de brazos.
-Por que el profesor Snape no sabe que Jane no está en condiciones de cuidar a nadie -respondió Hermione con desprecio.
-Hermione…
-No, Theo… Solo… no -negó la chica, inspirando con fuerza mientras cerraba los ojos-. No quiero hablar de ella. No ahora.
-Está sufriendo.
-¿Quién no, Theo? ¿¡Dime quién no!? -espetó, dejando caer una cacerola dentro de la tarja para girarse a mirar a su hermano-. Llevarás a cabo tu tercera transformación mientras Nicholas se encuentra en Azkaban con los últimos seis años de su memoria perdidos y no veo a ninguno de los dos llorando en las esquinas quejándose de lo injusta que es la vida -escupió-. Yo… perdí a mi padre, no creí perderla a ella también, pero es obvio que ya lo hice.
Unos sollozos se alzaron mientras ambos adolescentes se miraban. Hermione se secó las manos temblorosas sobre la tela del pantalón, caminando hacia la sala dónde mantenían una cuna. Tomó a Tatum entre sus brazos y se meció de un lado a otro, tratando de calmarla.
-¿Qué pasará con ella? -preguntó Theo, mirando a sus dos hermanas. El dolor escrito en todo su rostro-. No podemos dejarla aquí cuando volvamos a Hogwarts.
-Ya se nos ocurrirá algo -respondió Hermione, evadiendo su mirada mientras lo pasaba una segunda vez para volver a entrar en la cocina. Apagó la llama de la estufa y empezó a buscar un biberón dentro de la vitrina.
-¿Por qué presiento que ya tienes un plan? -dijo Theo, entrecerrando los ojos hacia la chica. Tatum aún sollozaba con fuerza.
-Theo…
-Y no va a gustarme, ¿cierto?
-No, no lo hará -respondió Hermione, encontrándose con la mirada de su hermano. Theo inhaló con fuerza, pero no preguntó nada más.
Agosto, 02. 1996
Callejón Knockturn.
Borgin & Burkes.
17:04 p.m.
La pequeña tienda apenas esta iluminada dándole un aspecto totalmente sombrío. En un estante de cristal cercano había una mano cortada puesta sobre un cojín, una baraja de cartas manchada de sangre y un ojo de cristal que miraba fijamente. Unas máscaras de aspecto diabólico lanzaban miradas malévolas desde lo alto. Sobre el mostrador había una gran variedad de huesos humanos y del techo colgaban instrumentos herrumbrosos, llenos de pinchos. Pero su atención estaba puesta solamente en un rollo grande de cuerda de ahorcado, leyendo la tarjeta que estaba apoyada contra un magnífico collar de ópalos:
Cuidado: no tocar. Collar embrujado.
Hasta la fecha se ha cobrado las vidas de diecinueve muggles que lo poseyeron.
-Eso sería todo, señor Borgin -anunció la voz de su madre, con su característica altanería. Bellatrix, parada detrás de su hermana, sonrió al hombre que temblaba ante su mirada.
El joven Slytherin, sin dejar de mirar el collar, alzó su voz lo suficiente para ser escuchado.
-Quiero este collar -ordenó, girándose mientras metía las manos dentro de los bolsillos de su pantalón. Su rostro, una máscara de frialdad.
-Draco, querido, no creo… -Narcissa dejó escapar un jadeo casi silencioso ante la mirada que Draco le dedicó.
-No estaba hablando contigo, madre -siseo, arrastrando las palabras en una advertencia velada. Narcissa se sacudió, desviando rápidamente la mirada mientras Draco pasaba su atención al mago encorvado de pelo grasiento-. Envíamelo a Malfoy Manor.
-Sí, joven Malfoy.
-Señor Malfoy -corrigió Draco en un instante, sacando las manos de los bolsillos para pasarlas por su túnica, como si buscara alisarla. Les dedicó una última mirada a las hermanas Black antes de salir de la tienda con un andar soberbio, ignorando la sonrisa de maldad pura que Bellatrix le dedicó.
-A Lord Tenebroso le encantará saber que Draco ha concluido su entrenamiento -dijo Bellatrix, pasándose una mano por el desordenado cabello-. No entiendo porque Severus insistió tanto en retrasar su iniciación.
-Es solo un niño, Bella -respondió Narcissa, sus manos temblando casi imperceptiblemente.
Bellatrix puso los ojos en blanco.
-No creí que fueras estúpida, Cissy -dijo Bellatrix-. Tu hijo ya no es más un niño.
Agosto, 15. 1996
Crabbe Ville.
18:02 p.m.
-Estas jodiéndome, Zabini -se burló Vincent, su mano derecha tallando su labio inferior con fuerza. Sus orbes azules brillaban con emoción mientras admiraba el torso desnudo de Blaise.
El moreno rio ante la cara de estupefacción de su amigo y bebió un gran trago del ron muggle que había conseguido esa mañana, justo antes de haberse tatuado el pecho.
Estaban dentro de la biblioteca de la casa de Vincent, sentados en dos sofás de color crema frente a una chimenea dónde crujía la leña y rodeados por varios estantes repletos de libros. En medio de ambos sofás, reposaba una mesita cuadrada de madera con dos vasos de cristal llenos hasta la mitad de alcohol y una botella de ron muggle al centro. Plantación Barbados del 95, rezaba en la etiqueta.
Blaise había arribado en la mansión con un andar pomposo y una sonrisa de superioridad que había crispado los nervios de Vincent, aunque rápidamente la intriga lo invadió cuando Blaise relató su día después de pedirle hablar en un lugar más privado. El moreno no había tardado en mostrarle el extravagante y costoso ron muggle que llevaba consigo.
Habían ido por la mitad de su segundo vaso cuando Vincent le pidió a Blaise la prueba, quien rápidamente se deshizo de su playera muggle para mostrársela: un tatuaje muggle. Eran los ojos de un jaguar, una combinación de tonalidades amarillas y naranjas, haciéndolo ver muy real. Con unas cuantas manchas alrededor de los mismos, el característico estampado que dividía a aquel felino del resto.
Todo justo encima de su corazón.
-¿Cómo lo conseguiste? -le preguntó Vincent, sin dejar de admirar la piel ligeramente irritada y sensible, brillosa por la pomada.
Blaise sonrió como gato, mostrando todos sus blancos dientes mientras miraba al chico con malicia.
-Le pagué una cantidad mórbida al gigantesco hombre antes de borrarle la memoria -respondió Blaise, llevándose las manos detrás de su cuello, haciendo ondular los músculos de sus brazos y pecho.
-¿Borrarle la memoria? -preguntó Vincent, enarcando una ceja-. Sé que has mejorado mucho en tu manejo de los hechizos mentales, ¿pero lograr un Obliviate sin varita?
-¿Quién dijo que fue sin varita? -dijo Blaise, sacando una varita mágica del bolsillo de la chaqueta de mezclilla que colgaba del reposabrazos del sofá. La blandió en el aire, sin dejar de sonreír-. Los aurores le dejaron olvidada cuando se llevaron a Cassiopea.
-Y luego se andan preguntando cómo es que Lord Oscuro lleva tanta ventaja en el campo de batalla -masculló Vincent, poniendo los ojos en blanco.
-Aunque también tuve que aplicar un hechizo para el dolor, ya que casi le suelto una patada a John cuando pasó las primeras agujas…
-¿Qué? -preguntó Vincent, inclinándose hacia atrás-. ¿Agujas…? ¡Espera…! Aun no me has explicado cómo es que lograste salir de la casa del profesor Snape sin que él se diera cuenta.
-Bueno, verás, eso es bastante divertido -explicó Blaise-. Pero primero debo decirte que la idea fue de Mirthy, es un genio para estas cosas…
Las puertas de la biblioteca se abrieron de par en par con un gran estrépito cuando Uxia Crabbe entró por ellas. Vincent soltó un larguísimo suspiro de hastío total mientras Blaise detenía su anécdota, riendo con malicia ante el gesto cómico que puso su amigo.
La bruja, madre de Vincent, caminó dando grandes zancadas con una mirada de ira en el rostro.
-¡Tú, malnacido! -chilló, enardecida.
-¿Se puede saber ahora qué hice? -inquirió Vincent con fingido interés, enarcando una ceja.
Blaise soltó una carcajada ante la cara indignada de Uxia, quien por un momento le recordó a su madre. La risa se detuvo abruptamente cuando la mano de la bruja se estampó con fuerza contra la mejilla de su vástago, girándole el rostro por la violencia de la acción. El sonido de la bofetada resonó contra las paredes.
Ambos adolescentes se impulsaron fuera de sus asientos al mismo tiempo, aunque por razones distintas. Vincent, llevándose una mano al labio partido y Blaise, interponiéndose entre ambos.
-¿Qué mierda fue eso? -escupió el azabache, su mirada fija en la gota de sangre roja que se escurría por su pulgar. Su respiración rápidamente se volvió errática y una mirada de furia total corrompió los rasgos del Slytherin.
Uxia Crabbe sacudió su larga melena negra con vehemencia, cruzándose de brazos mientras entrecerraba los ojos hacia su hijo.
-¿Cómo te atreves a cerrar mi bóveda de Gringotts? -preguntó en un susurro bajo, su voz saliendo en un silbido debido a la fuerza con la que apretaba los dientes.
Vincent frunció el ceño, su mirada ligeramente confundida antes de que una mueca divertida cruzara sus labios.
-¿Por esa razón me has cruzado la cara de un tortazo? –se burló, mirándola con desprecio-. Es mi dinero, mi herencia, ¡joder! Yo decido qué hacer con ella. Ahora soy el cabecilla de la familia Crabbe, quieras o no.
-Tú estas vivo gracias a mí -gruñó Uxia.
-Y tú tienes un techo sobre tu cabeza gracias a mí -le recordó Vincent-. Papá tenía estipulado en un contrato de que, si llegaba a ser encerrado, todo pasaría a mis manos y tú muy bien podrías irte a la calle -le escupió-. Así que la próxima que quieras descargar tus frustraciones conmigo recuerda que aún vives aquí gracias a mi generosidad.
Uxia inhaló con fuerza, mirándolo con odio, pero Vincent no se permitió derrumbarse ante ella. Ya no era aquel niño gordinflón que alguna vez la amo, aquel niño que tanto deseaba ser amado. Se había permitido amar al monstruo que era su padre, no intentaría seguir amando al monstruo que era ella.
La bruja soltó un resoplido de desprecio antes de darse la vuelta y salir airosa de la biblioteca, sus zapatillas retumbando con fuerza.
-Vaya mujer -se quejó Blaise, apartándose de Vincent, quién solo se encogió de hombros.
-Así es ella… -masculló, inclinándose para tomar la botella de ron. La abrió sin dificultad y le dio un largo trago, su labio le ardió un poco, y el líquido le quemó la garganta, pero no dejó de beber hasta haber consumido una tercera parte del ron. Se limpió la barbilla con el puño y miró fijamente a Blaise-. Quiero un tatuaje.
-Va bene, fratello… -respondió Blaise, tomando la varita mágica que había dejado en el sillón y siguió a Vincent hacía la chimenea. ¿Quién era él para negarle algo?
Agosto, 20. 1996
Inglaterra, Gran Bretaña.
La Hilandera, Cokeworth.
23:45 p.m.
El pequeño y regordete hombre los pasó corriendo, su hombro chocó con el de Blaise mientras el chico no apartaba la mirada de la mano derecha, que parecía revestida con un reluciente guante de plata.
-¡Amo Blaise! -regañó Mirthy en voz baja, haciendo aparecer un periódico mágicamente por encima de la cabeza del moreno para que le golpeara dos veces, sin fuerza-. Es de mala educación mirar fijamente.
-Lo siento, lo siento… -se disculpó el moreno en voz baja e hizo un puchero-. Pero no me puedes decir que tú tampoco tienes curiosidad… Es como, muy raro… ¿no? ¿Qué clase de hechizo es ese?
-¡Entonces deberías callarte! -gritó la voz de una mujer, su voz saliendo por la rendija que separaba la puerta del suelo al final de las escaleras-. ¡Sobre todo delante de ciertas personas!
-¿De ciertas personas? -repitió la voz del profesor Snape con ironía-. ¿Qué he de entender con esas palabras, Bellatrix?
-¡Que no me fío de ti, Snape, como bien sabes!
Un sonido parecido al de un sollozo interrumpió la discusión.
-¡Amo Blaise! -volvió a regañar Mirthy, pero esta vez en una voz muy, pero muy baja-. ¡Es de mala educación escuchar conversaciones ajenas! -susurró en un chillido errático, pero Blaise ya había bajado las ultimas escaleras y tenía su oreja pegada contra la puerta, atento.
-Narcisa, creo que deberíamos oír lo que Bellatrix se muere por decir, así nos ahorraremos fastidiosas interrupciones. Continúa, Bellatrix -era de nuevo la voz de su mentor-. ¿Por qué no te fías de mí?
-¡Por un centenar de motivos! –respondió, Bellatrix, a gritos.
-Amo Blaise…
-¡Chist! Déjame escuchar…
-No debería…
-… ¿Por dónde quieres que empiece? A ver, ¿dónde estabas cuándo cayó el Señor Tenebroso? ¿Por qué no lo buscaste cuando desapareció? ¿Qué has hecho todos estos años que has pasado con Dumbledore? ¿Por qué impediste que el Señor Tenebroso se hiciera con la Piedra Filosofal? ¿Por qué no regresaste de inmediato cuando él renació? ¿Dónde estabas hace unos meses, cuando luchábamos por recuperar la profecía para el Señor Tenebroso? ¿Por qué sigue Harry Potter con vida, Snape, si lo has tenido a tu merced durante cinco años?
-Oops, diventa gustoso... -murmuró Blaise, la mitad de su rostro contra la puerta.
-Amo Blaise, el señor Snape va a regañarlo si se entera…
-… Antes de contestarte (sí, Bellatrix, te voy a contestar), te diré que puedes transmitirles mis palabras a los que susurran a mis espaldas y cuentan historias de mi supuesta traición al Señor Tenebroso. Pero también antes de contestarte, respóndeme tú una cosa: ¿de verdad crees que el Señor Tenebroso no me ha hecho ya todas esas preguntas? ¿Y de verdad crees que si no hubiera dado respuestas satisfactorias estaría aquí sentado hablando contigo?
-Ya sé que él te cree, pero…
-¿Crees que se equivoca? ¿O que lo he engañado? ¿Qué he engañado al más grande de los magos, el más diestro en Legeremancia que jamás ha habido?
El profesor Snape no obtuvo respuesta a su pregunta, pero Blaise, oculto por la puerta, sufrió un escalofrío. Ojalá nunca en su vida tuviera que toparse de frente con el Señor Oscuro. No estaría seguro si sería capaz de mantener sus barreras en alto el tiempo suficiente para ocultar sus más grandes secretos.
-… Me preguntas dónde me hallaba cuando cayó el Señor Tenebroso. Pues bien, me hallaba donde él me había ordenado estar, en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, porque quería que espiara a Albus Dumbledore. Supongo que sabrás que fue el Señor Tenebroso quien me mandó a trabajar allí.
Blaise ahogó un jadeo, eso sí que no se lo sabía.
-… Me preguntas por qué no lo busqué cuando desapareció. Pues por la misma razón que no lo hicieron Avery, Yaxley, los Carrow, Crabbe, Nott, Parkinson y Lucius, y también muchos otros. Creí que estaba acabado. Y no me enorgullezco de ello, me equivocaba, lo admito. Pero si él no hubiera perdonado a los que perdimos la fe, ahora conservaría muy pocos adeptos….
-¡Me tendría a mí! -exclamó Bellatrix con fervor-. ¡Yo pasé muchos años en Azkaban por él!
-Sí, eso fue admirable, desde luego -admitió el profesor Snape-. Claro que desde la prisión no podías ayudar mucho, pero el gesto fue sin duda muy considerado.
-¿El gesto? -chilló ella, tan furiosa que parecía desquiciada-. ¡Mientras yo soportaba a los dementores, tú estabas muy cómodo en Hogwarts haciendo de mascota de Dumbledore!
-No exactamente -la corrigió el profesor Snape-. Dumbledore no quería darme el puesto de profesor de Defensa Contra las Artes Oscura, ya lo sabes. Por lo visto, temía que eso podría provocarme una recaída, tentarme a volver a las andadas.
-¿Fue ése tu gran sacrificio por el Señor Tenebroso, no enseñar tu asignatura favorita? -se burló Bellatrix-. ¿Por qué te quedaste allí tanto tiempo, Snape? ¿Seguías espiando a Dumbledore para un amo al que creías muerto?
-No, nada de eso. Y el Señor Tenebroso está muy satisfecho de que no abandonara mi empleo porque, cuando regresó, yo poseía dieciséis años de información sobre Dumbledore, un regalo de bienvenida mucho más útil que un sinfín de recuerdos de lo repugnante que es Azkaban…
-Pero te quedaste…
-Sí, Bellatrix, me quedé allí -afirmó el profesor Snape, y por primera vez reveló un dejo de impaciencia-. Tenía un empleo cómodo y preferible a una temporada en Azkaban. Ya sabes que estaban capturando a los mortífagos. La protección de Dumbledore me mantenía fuera de la cárcel y la utilicé porque me convenía. Y repito: al Señor Tenebroso no le parece mal que me quedara en Hogwarts, de modo que no veo por qué tiene que parecértelo a ti…
-Amo Blaise…
-Mirthy, te adoro con el alma, ma sta' zitto… -ordenó Blaise, mirando por sobre su hombro a su elfina doméstica, que se cruzó de brazos y lo miró con reprimenda, pero procedió a quedarse callada. Acotando sus órdenes.
-… Creo que también querías saber -prosiguió el profesor Snape, elevando un poco la voz- por qué me interpuse entre el Señor Tenebroso y la Piedra Filosofal. La respuesta es muy sencilla: él no sabía si podía confiar en mí. Creía, como tú, que había pasado de leal mortífago a títere de Dumbledore. Su estado era lamentable; había quedado muy débil y compartía el cuerpo de un mago mediocre. Y no se atrevía a mostrarse a un antiguo aliado por temor a que éste lo entregara a Dumbledore o al ministerio. Lamento mucho que no confiara en mí. Si lo hubiera hecho, habría regresado al poder tres años antes. El caso es que yo sólo vi al codicioso e indigno Quirrell intentando robar la Piedra, y reconozco que hice todo lo posible por desbaratar sus planes…
-Oh, merda… -maldijo Blaise, sus manos empezaron a temblar-. ¿El Señor Oscuro estuvo en Hogwarts durante mi primer año?
-… Pero no volviste de inmediato cuando él regresó, ni corriste a su lado cuando notaste arder la Marca Tenebrosa… -volvió a increpar Bellatrix.
-Cierto. Volví dos horas más tarde, obedeciendo las órdenes de Dumbledore.
-¿Las órdenes de…? -repitió ella, indignada.
-¡Piensa! ¡Piensa! ¡Con sólo esperar dos horas, sólo dos horas, me aseguraba de permanecer en Hogwarts en calidad de espía! ¡Por conseguir que Dumbledore creyera que yo regresaba junto al Señor Tenebroso únicamente porque él me lo ordenaba, desde entonces he podido pasar información acerca del director del colegio y la Orden del Fénix! Piénsalo bien, Bellatrix: la Marca Tenebrosa llevaba meses fortaleciéndose, y yo ya sabía que el Señor Tenebroso estaba a punto de aparecer, lo sabían todos los mortífagos. Tuve tiempo de sobra para cavilar qué quería hacer, planear mi siguiente paso y escapar como hizo Karkarov, ¿no te parece?
La pequeña mano de Mirthy se colocó encima del hombro de Blaise, que había resbalado hacía atrás con aquella información. Su rostro desprovisto de color. ¿El profesor Snape sabía que Lord Oscuro regresaría…? ¿Lo sabía el señor Nott? ¿Por qué nunca dijeron nada…? ¿Por qué se quedaron callados…?
-… Te aseguro que el enojo inicial del Señor Tenebroso por mi tardanza desapareció por completo cuando le expliqué que seguía siendo fiel, aunque Dumbledore creyera que estaba en su bando. Sí, el Señor Tenebroso pensó que yo lo había abandonado para siempre, pero se equivocó.
-Pero ¿de qué le has servido? -repuso Bellatrix con desdén-. ¿Qué información útil nos has proporcionado?
-He hecho llegar mi información directamente al Señor Tenebroso. Si él decide no compartirla contigo…
-¡Él lo comparte todo conmigo! Asegura que soy su más leal y fiel…
-¿Ah, sí? -repuso el profesor Snape, modulando la voz para expresar incredulidad-. ¿Incluso después del fracaso en el ministerio?
-¡Eso no fue culpa mía! -se defendió Bellatrix, roja de ira-. En el pasado, el Señor Tenebroso me confió sus más preciosos… Si Lucius no hubiera…
-¡No te atrevas a echarle la culpa a mi marido! -terció Narcisa con voz queda y maléfica. Hablando por primera vez.
-No tiene sentido buscar responsables de lo ocurrido -observó el profesor Snape con indiferencia-. A lo hecho, pecho.
-¡Sí, pero tú no hiciste nada! -le espetó Bellatrix-. Tú estabas otra vez ausente mientras nosotros corríamos todo el riesgo, ¿no es así, Snape?
-Tenía órdenes de quedarme en la retaguardia. Tal vez estés en desacuerdo con el Señor Tenebroso, o tal vez pienses que Dumbledore no se habría dado cuanta si yo me hubiera unido a los mortífagos para combatir a la Orden del Fénix, ¿no?
-Bueno, ya que hablamos de la Orden del Fénix, tú sigues sosteniendo que no puedes revelar la ubicación de su cuartel general, ¿verdad?
-Yo no soy el Guardián de los Secretos, ni debo pronunciar el nombre de ese lugar. Creía que sabías cómo funcionaba ese sortilegio. El Señor Tenebroso está satisfecho con la información que le he proporcionado acerca de la Orden. Esos datos, como quizá hayas deducido, condujeron a la reciente captura y asesinato de Emmeline Vance…
-Eludes mi última pregunta, Snape: Harry Potter. Habrás tenido infinidad de ocasiones para matarlo en estos cinco años. ¿Por qué no lo has hecho?
-¿Has hablado de este tema con el Señor Tenebroso?
-Últimamente él… nosotros… ¡Te lo pregunto a ti, Snape!
-Si hubiera matado a Harry Potter, el Señor Tenebroso no habría podido utilizar la sangre del chico para regenerarse y volverse invencible…
-¡Alegas que previste que él utilizaría al muchacho! -se burló ella.
-No lo alego; yo no tenía ni idea acerca de sus planes, ya he reconocido que creí que el Señor Tenebroso había muerto. Sólo pretendo explicar por qué él no lamenta que Potter haya sobrevivido, al menos hasta hace un año…
-Pero ¿por qué le permitiste vivir?
-¿No me has entendido? ¡Lo único que me mantenía fuera de Azkaban era la protección de Dumbledore! ¿No estás de acuerdo en que, si yo hubiera asesinado a su alumno favorito, se habría puesto contra mí? Pero ése no era el único motivo. Déjame recordarte que cuando Harry Potter llegó a Hogwarts, todavía circulaban historias sobre él, rumores de que también era un gran mago tenebroso y que por eso había sobrevivido al ataque del Señor tenebroso. De hecho, muchos antiguos seguidores de éste consideraban a Potter un estandarte alrededor del cual todos podríamos congregarnos una vez más. Admito que sentía curiosidad y que no era partidario de liquidarlo en cuanto pusiera un pie en el castillo.
-Está empezando a dolerme la cabeza… -se lamentó Blaise, las reconocibles punzadas golpeando dentro de su cráneo.
-… Naturalmente, enseguida comprendí que el muchacho no poseía ningún talento extraordinario. Ha salido airoso de diversos aprietos gracias a la buena suerte y a la colaboración de amigos con más talento que él. Mediocre en grado sumo, aunque tan repelente y engreído como su padre. He hecho lo indecible para que lo expulsaran de Hogwarts, donde creo que no le corresponde estar, pero de eso a matarlo o permitir que lo mataran delante de mí… Habría sido una estupidez por mi parte correr un riesgo semejante, hallándose Dumbledore tan cerca.
-¿Pretendes que nos creamos que en todo este tiempo Dumbledore nunca ha sospechado de ti? -repuso Bellatrix-. ¿Y que ignora a quién eres leal en realidad y que todavía confía en ti sin reservas?
-He interpretado bien mi papel. Y pasas por alto el punto débil de Dumbledore: siempre cree lo mejor de las personas. Cuando empecé a trabajar para él, recién abandonaba mi etapa de mortífago, fingí un profundo arrepentimiento y él me acogió con los brazos abiertos; aunque como sigo, siempre me mantuvo alejado de las artes oscuras. Dumbledore ha sido un gran mago. Sí, un gran mago -Bellatrix emitió un sonido de burla-. Incluso el Señor Tenebroso lo reconoce. Sin embargo, me complace decir que se está haciendo viejo. El duelo con el Señor Tenebroso de hace meses lo ha debilitado. Hace poco sufrió una grave herida porque sus reflejos son más lentos que antes. Pero todos estos años nunca ha dejado de confiar en Severus Snape, y en eso reside mi gran valor para el Señor Tenebroso.
-Ahora voy a vomitar -se lamentó Blaise en un susurro muy bajo, sus ojos fuertemente cerrados y con su frente descansando contra la madera de la oscura puerta. Todo esto parecía un maldito enredo, y ya no estaba tan seguro si debían confiar en el profesor Snape. Es obvio que les había ocultado cosas, como el hecho de que fue, en un principio, un espía para los mortífagos. Pero también estaban los buenos gestos que tenía con Hermione, la nacida de muggles, y a quien parecía querer mucho. El hecho de que los entrenó para defenderse y de su gran amor por Lily Evans, la madre de Harry Potter y otra nacida de muggles.
¿Qué era real y qué no?
-Dime Narcisa, ¿venías a pedirme ayuda? -preguntó el profesor Snape después de un largo silencio.
-Sí, Severus. Creo que eres el único que puede ayudarme, no tengo a nadie más a quien acudir. Lucius está en prisión y… Tú estuviste ahí, sabes lo que el Señor Oscuro ordenó que Draco hiciera…
-Así es, estuve ahí -confirmó el profesor Snape-. Pero ¿qué ayuda necesitas, Narcisa? Si crees que puedo persuadir al Señor Tenebroso de que cambie de idea, me temo que tus esperanzas carecen de fundamento. Hice lo más que pude en negarme a que le pusieran la Marca Tenebrosa.
-Severus -susurró Narcisa-, es mi hijo… mi único hijo…
-Draco debería estar orgulloso -terció Bellatrix con indiferencia-. El Señor Tenebroso está concediéndole un gran favor. Y hay que reconocer que tu hijo no rehúye cumplir con su deber, sino que parece alegrarse de tener una ocasión para demostrar su valía, está entusiasmado con la idea de…
Narcisa rompió a llorar con desconsuelo.
-¡Porque tiene dieciséis años y no sabe lo que le espera! ¿Por qué, Severus? ¿Por qué mi hijo? ¡Es demasiado peligroso! ¡Esto es una venganza por el error de Lucius, estoy segura! Por eso ha escogido a Draco, ¿verdad? Para castigar a Lucius.
-Si Draco logra su objetivo -dijo el profesor Snape-, alcanzará más gloria que nadie.
-¡Pero no lo logrará! -sollozó Narcisa y Blaise sufrió un escalofrío, abriendo los ojos con desmesura ante aquella verdad-. ¿Cómo va a lograrlo si ni siquiera el Señor Tenebroso…?
Bellatrix soltó un grito ahogado y Narcisa perdió el valor para continuar.
-Sólo quería decir que nadie ha conseguido todavía… Por favor, Severus. Tú eres su padrino, su mentor y eres un viejo amigo de Lucius. Eres el favorito del Señor Tenebroso, su consejero de mayor confianza. ¿Hablarás con él? ¿Intentarás convencerlo?
-El Señor Tenebroso no se dejará convencer, y yo no soy tan estúpido para volver a intentarlo -respondió el profesor Snape con rotundidad-. No voy a negar que él esté disgustado con Lucius, a quien le habían asignado una misión, pero se dejó capturar, junto con muchos otros. Y por si fuera poco fracasó en su intento de recuperar la profecía. Sí, el Señor Tenebroso está disgustado, Narcisa, muy disgustado.
-¡Entonces tengo razón, ha escogido a Draco, para vengarse! -profirió ella entre sollozos-. ¡No pretende que mi hijo cumpla su cometido, sólo quiere que muera en el intento!
-Amo Blaise, por favor vayámonos… -volvió a pedir Mirthy, una de sus manos aun aferrándose al hombro del moreno mientras que con su otra mano le sobaba la espalda-… esto solo le está poniendo mal…
-Estoy bien, Mirthy -mintió Blaise, su cuerpo sacudiéndose por los sollozos silenciosos-. Solo… solo dame un momento y…
-… Tú podrías hacerlo. Tú podrías hacerlo en lugar de Draco, Severus -volvió a escucharse la voz de Narcisa al otro lado de la puerta-. Lo conseguirías, claro que lo conseguirías, y él te recompensaría mucho más que a cualquiera de nosotros…
-Creo que quiere que al final lo haga yo. Pero está decidido a que Draco lo intente primero. Verás, en el caso improbable de que tu hijo lo consiguiera, yo podría permanecer en Hogwarts un poco más realizando mi labor de espía.
-¡O sea que no le importa que Draco muera!
-El Señor Tenebroso está muy enfadado -repitió el profesor Snape sin alterarse-. No pudo oír la profecía. Sabes tan bien como yo que él no perdona fácilmente, Narcisa.
Se escuchó el sonido de un golpe seco, como si algo hubiera caído al suelo mientras Narcisa seguía sollozando.
-Mi único hijo… Mi único hijo…
-¡Deberías sentirte orgullosa! -insistió Bellatrix sin piedad-. ¡Si yo tuviera hijos, me alegraría que entregaran la vida por el Señor Tenebroso!
Narcisa soltó un gritito de desesperación.
-¿Amo Blaise…? -murmuró Mirthy, viendo a su amo mecerse de adelante hacia atrás, con sus rodillas pegadas al pecho y el rostro enterrado en ellas.
-No es nada… no es… solo es un… estoy bien -masculló Blaise entre jadeos, el recuerdo del destello verde parpadeando una y otra vez dentro de su cabeza, pero esta vez no era Greyback quien lo recibía, sino Draco. Uno de sus mejores amigos.
-…Quizá yo pueda… ayudar a Draco…
-¡Oh, Severus, Severus! ¿Estás dispuesto a ayudarlo? ¿Lo vigilarás, te encargarás de que no le pase nada?
-Puedo intentarlo.
-Si tú lo proteges, Severus… ¿Lo juras? ¿Pronunciarás el Juramento Inquebrantable?
-¿El Juramento Inquebrantable? -repitió el profesor Snape y Bellatrix soltó una carcajada de triunfo.
-¿No lo has oído, Narcisa? ¡Lo intentará! ¡Seguro! Las clásicas palabras vacías, la clásica ambigüedad… ¡Pero porque lo ordena el Señor Tenebroso, por supuesto!
-Claro Narcisa, pronunciaré el Juramento Inquebrantable -aseguró el profesor Snape con calma, provocando que el inminente ataque de Blaise fuera interrumpido-. Quizá tu hermana se avenga a ser nuestro testigo.
El joven Slytherin estiró sus piernas todo lo que pudo en el reducido espacio de las escaleras, su rostro otra vez puesto contra la puerta.
-… Vas a necesitar tu varita, Bellatrix -dijo el profesor Snape con frialdad-. Y tendrás que acercarte un poco más.
-¿Juras vigilar a mi hijo Draco mientras intenta cumplir los deseos del Señor Tenebroso, Severus? -preguntó Narcisa unos instantes después.
-Sí, juro -respondió el profesor Snape.
Blaise aguantó la respiración, sus manos temblando por la expectación.
-¿Y juras protegerlo lo mejor que puedas de cualquier daño?
-Sí, juro.
-Y si es necesario… si crees que Draco va a fracasar… -susurró Narcisa-, ¿juras realizar tú la tarea que el Señor Tenebroso ha encomendado a mi hijo?
-Sí, juro -repitió el profesor Snape por última vez (sin ningún signo de duda) y en seguida un resplandor rojizo pasó por debajo de la rendija de la puerta. Blaise se giró hacia su elfina, que lo miraba con ojos muy abiertos.
-Es hora de irnos… -susurró en un murmullo casi imperceptible antes de empezar a subir las escaleras sobre sus manos y rodillas, en una retirada muy, pero muy lenta tratando de no realizar ningún ruido.
Cuando llegó al último escalón, aún a cuatro patas, se arrastró hasta la pequeña habitación que compartían Gregory y él. De rodillas, tomó el picaporte y abrió la puerta, cerrándola cuando Mirthy (quién también se arrastraba por el suelo) pasó detrás suyo. Blaise miró fijamente a Mirthy y ella le regresó la misma mirada, como si entendiera el dilema que atravesaba a su amo.
El Slytherin se giró hacia la cama dónde Gregory estaba durmiendo, alumbrado solo por la luz de la luna que entraba por la ventaba que se alzaba justo en medio de las dos camas, ajeno a lo que el moreno acababa de descubrir. Blaise dudó unos instantes sobre si debería decirle a su amigo lo que escuchó, pero no quería tener que ver la mirada de devastación total que se cargaba el castaño desde la muerte de su madre.
Al final negó con la cabeza, decidiendo que no era tan buena idea después de todo.
-Mirthy, necesito mi diario -le susurró a su elfina, sin querer levantar la voz a pesar de que Gregory no se levantaría y el profesor Snape no podía escucharlo.
La pequeña elfina chasqueó sus dedos, haciendo aparecer su diario de sangre de algún lugar del que ni siquiera Blaise sabía dónde quedaba. Le había ordenado a Mirthy ocultar su diario debido a la reciente compañía que habían adquirido hace unos días cuando Colagusano se apareció en la casa del profesor Snape. Sabía que era imposible leer el diario, pero aún así no podía permitir que cayera en manos equivocadas.
-También necesito luz -pidió Blaise, tomando el diario entre sus manos mientras un candelabro aparecía frente a él, alumbrando las páginas de plata. Tomó el bolígrafo muggle y se mordió el labio, preguntándose cómo abordar el tema. El diario solía arrojar un haz de luz cuando algo nuevo se escribía en él, pero aún así ya era bastante noche para que cualquiera de sus amigos le respondiera.
-Tal vez solo debería relatar lo que escuchó, amo Blaise -murmuró Mirthy, sentada a su lado-. Y después les cuenta sus dudas.
El moreno le sonrió a su elfina, mostrando sus blancos dientes.
-Adoro le tue idee -dijo Blaise y procedió a describir el encuentro, sin saltarse ningún detalle.
Agosto, 26. 1996
Londres muggle.
Rawstorne Street, #256.
23:28 p.m.
La pequeña bebé de apenas seis meses de edad se sacudía entre sueños, sus cortas y regordetas piernas se liberaban de la cobija que las envolvía cada pocos minutos y sus manos golpeaban de vez en cuando, sin fuerza alguna, contra sus tiernas mejillas. Su cabello castaño estaba húmedo sobre su frente y la baba se deslizaba por su barbilla.
Era adorable en todos los sentidos, pensó su hermana mayor mientras volvía a colocar las piernas debajo de la cobija verde con las yemas de sus dedos tocando con ternura los pequeños pies. Una lágrima se le escapó, cayendo sobre la nariz de Tatum.
-Cuando todo esto acabe, Theodore y yo iremos a buscarte -susurró Hermione en voz muy baja, inclinada sobre la cuna de madera-. Te lo prometo.
Tatum se sacudió una vez más antes de que Hermione se retirara de su lado, dándole la espalda mientras salía de la habitación. Dejó la puerta entreabierta, permitiendo que los rayos de la luna llena alumbraran su camino por el corto pasillo que la llevaría a su parada final.
La varita mágica de Cassiopea Zabini se sacudía en su mano temblorosa, y los sollozos empezaron a multiplicarse con mayor intensidad. Se detuvo antes de llegar al cuarto, tratando de tranquilizarse para no alertar a su madre, pero cada vez era más difícil controlarse.
No era justo, nada de eso era justo en lo absoluto. Quería tirarse al suelo y llorar hasta que no quedara ni una sola lágrima, pero sabía que si dejaba pasar más tiempo no sería capaz de llevar a cabo su plan.
-No tengo tiempo para esto -se recordó, limpiándose las traicioneras lágrimas con el dorso de la mano. Inhaló y exhaló un par de veces y se adentró en la habitación.
A diferencia de su habitación, la recamara de su madre parecía un lugar abandonado. Los platos con residuos de comida estaban apilados en una columna sobre el tocador y la ropa estaba esparcida por todo el suelo, con las puertas de los armarios abiertas a cal y canto. Las cortinas, en cambio, estaban cerradas completamente sin dejar un solo rastro de luz.
Con cuidado, se acercó hasta la cama dónde dormía su madre y casi soltó un grito cuando una figura -que creyó era más ropa- se sacudió. El cabeza de Crookshanks se giró en su dirección, sus orbes amarillos atravesándole el alma. Parecía que la estaba esperando, como si supiera lo que había venido a hacer.
-Maldita sea, Crookshanks, me asustaste -masculló Hermione en voz baja, llevándose una mano al pecho. El gato parpadeo lentamente, pero no hizo ademán de moverse. Hermione volvió a suspirar largamente, aguantando las ganas de echarse a llorar una vez más cuando divisó el cuerpo de su madre ocultó por las colchas-. Ne… -inhaló-… Necesito que las cuides por mí, Crookshanks. ¿Puedes hacerlo? -su voz se rompió, pero rápidamente fue recompensada por un maullido.
Le regaló una sonrisa acuosa al gato mitad Kneazle; alzó la varita mágica y la apuntó hacia la tercera figura dentro de la habitación. Una lágrima más se resbaló por su mejilla, su mandíbula tembló incontrolablemente.
-O… ¡Obliviate!
Agosto, 27. 1996.
Castillo Nott.
09:12 a.m.
-Gracias, Mirthy -dijo Hermione, admirando a la pequeña elfina doméstica que cuidaba de Blaise. Siendo completamente sinceros, era una criatura horrenda, pero tenía un matiz acogedor en ella-. ¡Oh! Y no se te olvide decirle a Blaise que me quedaré con la varita hasta nuevo aviso -le recordó.
-Al amo Blaise no le gustará eso -respondió la elfina, pero tenía una gran sonrisa en el rostro. No quería ni imaginarse cuantos problemas le causó Blaise gracias a la varita mágica-. ¿Necesita algo más, señorita Hermione?
Hermione miró a su alrededor, el grande y frío vestíbulo dándole la bienvenida. Sabía que Theo no tardaría en aparecer, pero también sabía que sería en su forma humana. No había riesgo alguno.
-No, muchas gracias, Mirthy -volvió a agradecer Hermione. La elfina le regaló una sonrisa aún más grande que la anterior antes de hacer una reverencia para desaparecer con un sonoro crack que retumbó contra las paredes desprovista de vida. Soltó un largo suspiro y se sentó sobre el frío suelo, con los baúles creando una barrera a su alrededor.
Trató de mantener su mente en blanco, pero los recuerdos la asaltaban una y otra vez. No eran agradables y solo provocaban que su corazón se estrujara aún más de lo que ya estaba, pero sabía que había hecho lo correcto. No importaba cuanto doliera.
Su madre y Tatum estarían a salvo. Su padre estaba a salvo. Inclusive Nicholas estando en Azkaban estaba más a salvo de lo que Theo y ella estaban. Las cosas habían tomado un matiz más peligroso desde el momento en que su hermano fue mordido, y todo parecía ir cuesta abajo desde entonces.
Con Draco como prospecto a mortífago y con la confianza que tenían al profesor Snape destruida. No importaba cuantas veces lo pensara, no podía recordar con seguridad en qué momento empezó a torcerse todo. ¿Fue en el bosque prohibido cuando Blaise mató a Greyback? ¿En la Sala de los Menesteres cuando Theo maldijo a Blaise? ¿En el Torneo de los Tres Magos cuando Diggory murió? Todo parecía un mal juego del destino. No podía dejar de pensar en ello, en las múltiples salidas que tenían de ahora en adelante y ninguna de ellas parecía mejor que la anterior.
Estaban en guerra. Y en la guerra muere gente, ¿moriría alguno de sus amigos? Esa era la pregunta que más la atormentaba. Se suponía que era Potter quien tenía que luchar, no ellos. No ella. Y definitivamente no Draco. Tal vez… tal vez todo habría resultado mejor para ellos si hubieran dejado que Potter se marchara esa noche. Theo no hubiera sido mordido, Nicholas no hubiera sido capturado y Draco… Draco no habría sido castigado.
-¿Hermione?
La susodicha levantó la mirada del suelo, que era donde la mantenía, para ver a su hermano. Theo llevaba puesta una playera muggle ligeramente rasgada y sus jeans de mezclilla estaban manchados de tierra. Una gran cortada partía su ceja derecha, con un poco de sangre deslizándose por su rostro.
La palidez de su piel era difícil de ignorar, como las ojeras y el cansancio que teñía sus ojos. Había perdido muchísimo peso en esos meses, haciéndolo ver enfermizo en todos los sentidos.
A pesar de que no lo sentía, le sonrió y estiró su mano hacia él. Theo la miró con el ceño fruncido unos segundos, pero caminó los últimos pasos que los separaban -con una lentitud alarmante- y se dejó caer a su lado. Enroscó sus dedos con los de ella y recostó su cabeza en su hombro.
-Déjame curar ese corte -pidió Hermione, sacando la varita mágica del bolsillo delantero de su sudadera. La mirada cansada de Theo reparó en el palo de madera.
-¿Qué haces aquí? -preguntó Theo, su agarre haciéndose un poco más fuerte en el de Hermione. Solo duró unos segundos, demostrando la poca fuerza que tenía en ese momento.
-Decidí que podíamos pasar nuestros últimos días en tu castillo -respondió la castaña con fingida indiferencia-. O si lo prefieres, podríamos pedirle a Marcus que nos aloje unos días. Me envió una carta ayer donde mencionó que se había comprado un lindo departamento en una zona muggle muy costosa.
-¿Dejaste a Tatum sola con Jane? -preguntó el Slytherin, su mirada vagando por los baúles a su alrededor.
-Sí.
-¿Por qué?
-Era lo mejor…
-¿Qué hiciste, Hermione? -dijo, tratando de acallar el terrible presentimiento que lo invadió. Hermione suspiró con fuerza, su pie empezó a temblar con nerviosismo.
-Creo… -tragó-… creo que sabes lo que hice, Theo.
-Lo sé -admitió el castaño y una lágrima se deslizó por su mejilla-. Pero necesito escucharte decirlo.
-Estarán mejor sin nosotros, lo sabes….
-Hermione…
-Las envié a Australia… -la voz de Hermione tembló-… No va a recordarnos, pero estará a salvo… Es lo que hubiera querido Nicholas…
Los sollozos de Theo retumbaron en el vestíbulo desierto, las gotas saladas cayeron en el pantalón de Hermione. Theo empezó a sacudirse, haciéndose un ovillo contra el costado de su hermana.
-Quiero a mi padre devuelta… -lloró, tratando de aferrarse con la poca fuerza que tenía a la mano de Hermione. La castaña soltó un jadeo roto, el dolor sacudiéndola con fuerza.
-Lo siento…. Lo siento mucho, Theo -se lamentó-. Lo siento tanto…
Deshizo el agarre que mantenía en la mano de Theo para poder envolverlo en sus brazos. La cabeza de Theo rápidamente reposó sobre su pecho, y sus manos, temblorosas, se aferraron a sus caderas. El cuerpo del Slytherin se sacudió por la fuerza de sus sollozos, soltando todo lo que se había guardado desde que fue mordido.
-Shh… shh… Todo estará bien, te lo prometo -murmuró Hermione contra los mechones castaños.
-No me mientas -lloró Theo.
-No te estoy mintiendo -negó Hermione, abrazándolo con más fuerza-. Solo hay que pensar bien en nuestros próximos pasos y…
-Deja de mentir, Hermione -masculló Theo, su voz salió amortiguada-. Estamos jodidos, lo jodimos en grande. Y lo sabes… solo… no me mientas. No lo hagas, por favor…
Hermione se tragó el nudo que se alojó en su garganta mientras cerraba con fuerza los labios, apretando aún más el frágil cuerpo de su hermano. Recostó su mejilla contra la cabeza de Theo y cerró los ojos.
Septiembre, 01. 1996.
Expreso de Hogwarts.
10:30 a.m.
-Te extrañé tanto -el susurro de Draco en su oído le provocó un escalofrío placentero, provocando que se aferrara con aún más fuerza a la cintura de su novio. Estar dentro de sus brazos la hacía sentir un poco más segura, un poco más como ella.
-¿Por qué demonios nunca nadie me recibe así? -se quejó Blaise, haciendo un exagerado puchero. Vincent, sentado al lado suyo, rodó los ojos con fastidio.
-¿Quién demonios querría recibirte así? -se burló con malicia.
-¡Oye! -jadeo el moreno, indignado-. Hay muchísimas chicas que estarían encantadas de recibirme así.
-¿Y por qué no veo a ninguna de esas "muchísimas" chicas aquí? -preguntó Vincent con una sonrisita burlesca en los labios.
Blaise abrió la boca, ofendido, pero no pudo hacer otra cosa más que lanzarle una mirada de molestia.
-Jódete, fratello -escupió.
-Y yo extrañé esto -añadió Theo, dejándose caer en medio de Gregory y la ventana, su rostro teñido de cansancio-. Por unos segundos creí que llegar con vida a nuestro penúltimo año de estudios les haría madurar un poco, pero agradezco estar equivocado.
Gregory sonrió ligeramente ante los rostros malhumorados de Blaise y Vincent, aunque no dijo nada.
-Nosotros solo hemos venido a dejar nuestros baúles -anunció Hermione, sin apartarse del abrazo de Draco, pero girando su rostro en dirección de los otros cuatro chicos-. No queremos quedarnos mucho tiempo con los otros prefectos. Así que iremos y volveremos en seguida.
-Si es que Weasel no empieza una batalla campal en medio de la reunión -resopló Draco con desprecio, bajando los brazos y tomando la mano de Hermione-. Estoy bastante seguro de que querrá restregarme en la cara que Lucius está encerrado en Azkaban.
-Razón de más para no alargar la reunión -dijo Hermione.
-Algo me dice que no tendremos el mejor inicio de año -resopló Blaise una vez ambos prefectos salieron del compartimento.
-Hermione dijo que traerías a Mirthy a Hogwarts este año -dijo Theo, soltando un largo bostezo. Blaise asintió.
-Sí -dijo-. El profesor Snape fue de mucha ayuda; ya que por lo visto Dumbledore entiende que necesito a Mirthy cerca.
-Necesitas a Mirthy cerca –intervino Vincent.
-Bueno, sí, pero no necesitaba decirlo de esa manera -se quejó Blaise-. Me hizo sentir como un niño pequeño que no puede ser separado de su madre.
-Bueno… a veces te comportas como un crío -se mofó Theo, sus labios apenas conjurando una sonrisa.
-Lo que sea -rodó los ojos.
-Iré a buscar a Pans -dijo Vincent después de unos segundos, levantándose en toda su altura y estirando sus brazos- Estará bastante furiosa por haberla dejado sola las últimas semanas de clase.
-Entonces no lo traigas hasta que se tranquilice -pidió Blaise, justo cuando Vincent abría la puerta del compartimento una vez más, revelando el rostro de una niña de tercero con el uniforme de Hufflepuff.
Los ojos de la niña recorrieron la musculatura del Slytherin parado frente a ella, sus mejillas ruborizándose poco a poco. Cuando llegó al rostro de Vincent, dándose cuenta de que éste la miraba a su vez, rápidamente apartó la mirada hacia los otros tres Slytherin.
-Traigo esto para Blaise Zabini -dijo entrecortadamente, el sonrojo profundizándose al reparar en el moreno. Llevaba un rollo de pergamino atado con una cinta violeta.
-Gracias, linda –dijo Blaise, tomando el pergamino mientras le guiñaba un ojo. La niña tartamudeo repetidas veces y se marchó en seguida, tropezando con sus propios pies.
-Creo que la has hechizado -se burló Theo, recargando su cabeza contra la ventana mientras sonreía casi imperceptiblemente.
Blaise se giró hacia Vincent, sonriendo ampliamente mientras levantaba las cejas con exageración.
-Es una niña, no cuenta -resopló el azabache, rodando los ojos antes de salir al pasillo del vagón y cerrar la puerta detrás suyo. Blaise se rio por debajo, abriendo el pergamino.
Blaise Zabini:
Me complacería mucho que viniera al compartimento C a comer algo conmigo.
Atentamente: Prof. H.E.F. Slughorn.
-¿Qué es? -preguntó Theo, ya con los parpados caídos y un bostezo atrapado en los labios.
-Una invitación -respondió, parpadeando hacia Gregory-. Del profesor Slughorn.
-¿El nuevo profesor de Defensa? -inquirió Theo, pero no se dignó a abrir los ojos.
-El profesor Snape es el nuevo profesor de Defensa -respondió Gregory, hablando por primera vez.
-Creo que se ha quedado dormido -dijo Blaise cuando Theo ya no dijo nada más-. ¿Vienes? -le preguntó al castaño. Gregory negó en seguida.
-No, es de mala educación llegar a un sitio sin ser invitado.
-¡Vaya! -silbó Blaise en un susurro ronco-. Es la primera vez que te escucho hablar de modales.
-Ya vete de aquí, fratello -murmuró Gregory, rodando los ojos con fastidio. Blaise le sonrió con burla y se levantó, saliendo del compartimento.
Caminó por el pasillo vacío del vagón, sus ojos recorriendo las persianas bajadas de los compartimentos de los Slytherin. En un principio había esperado que Draco y Hermione mandaran a Theo con su charla motivacional, como la que dio el año pasado, pero rápidamente se dio cuenta que su amigo no estaba en las mejores condiciones para fungir como vocero de los prefectos.
Por no mencionar que, a diferencia del año pasado, el tren no era el mejor lugar para hablar sobre el futuro que le deparaba a los Slytherin. Sería mejor esperar a que todos estuvieran dentro de la sala común, dónde ningún oído indiscreto pudiera escucharlos. Las cosas no tardarían en escalar rápidamente entre las serpientes y el resto de las casas, así que debían tener cuidado de no caer en provocaciones.
Cuando llegó al compartimento C, enseguida advirtió que no era el único invitado del profesor Slughorn.
-¡Joven Zabini! -exclamó el profesor Slughorn, y se puso de pie de un brinco, su prominente barriga, forrada de terciopelo, se proyectó hacia delante. La calva reluciente y el gran bigote plateado brillaron a la luz del sol, al igual que los botones dorados del chaleco-. Es un placer conocer por fin al heredero de Alessio.
-¿Conoció a mi padre? -preguntó Blaise, sorprendido con aquella declaración.
-Eh… vagamente -admitió el mago-. Nicholas Nott, quien fue alumno mío, me lo presentó en una ocasión -explicó-. Y, por cierto, hablando de Nicholas ¿qué tal está? Escuché que eres amigo de su hijo, ¿Theodore?
-Oh, vaya… -murmuró Blaise, la sorpresa aún grabada en sus facciones-. La verdad no he sabido nada del señor Nott desde que fue encarcelado.
-¿Encarcelado? -jadeo el profesor Slughorn, el horror puro iluminando sus rasgos-. ¿Cómo…?
-¿No lee "el Profeta", señor? -preguntó el moreno, tratando de ocultar su incomodidad-. El señor Nott fue arrestado en la batalla del Departamento de Misterios hace cuatro meses, junto a otros… mortífagos…
-Mortífagos -jadeo el mago-. Qué horror, que horror… -masculló, negando con la cabeza-. Pero bueno, toma asiento, por favor…
Blaise le frunció el ceño al viejo mago, pero su rostro rápidamente adoptó una expresión en blanco cuando reparó en una de los "invitados" del profesor Slughorn… en la única invitada femenina, exactamente: Ginny Weasley. La chica de quien estaba enamorado, y a quien había salvado aquella terrible noche bajo un costo terrible.
Rápidamente desvió la mirada y procedió a sentarse en una esquina, justo a un lado de la ventana y la conversación que había interrumpido rápidamente volvió a entablarse hasta qué, ni cinco minutos después, Harry Potter irrumpió en el compartimento acompañado por Neville Longbottom.
-¡Harry, amigo mío! -exclamó Slughorn, y se puso en pie con entusiasmo- ¡Cuánto me alegro de verte! ¡Y tú debes ser Longbottom!
Longbottom, que miraba con cierta desconfianza al nuevo profesor, asintió quedamente. Siguiendo las indicaciones de Slughorn, los dos Gryffindor se sentaron en los únicos asientos que quedaban libres, junto a la puerta.
-Bueno, ¿ya los conoces a todos? -preguntó el profesor Slughorn a Potter-. Blaise Zabini asiste a su curso, claro…
Blaise no los saludó ni dio muestra de reconocerlos, y tampoco lo hicieron Potter o Longbottom: los alumnos de Gryffindor y los de Slytherin se odiaban por principio. Y tampoco podían olvidar el hecho de que Harry Potter era el interés romántico del interés romántico de Blaise quien, a su vez, era uno de los mejores amigos del enemigo número uno de Harry Potter (claro, si no contamos a Lord Voldemort).
-Este es Cormac McLaggen, quizá hayan coincidido ya en… ¿No?
McLaggen, un joven corpulento de cabello crespó, levantó una mano a Potter y a Longbottom que saludaron con la cabeza.
-Y éste es Marcus Belby, no sé si…
Belby, que era delgado y parecía una persona nerviosa, forzó una sonrisa.
-¡Y esta encantadora jovencita asegura que los conoce! -terminó el profesor Slughorn.
Ginny asomó la cabeza por detrás del profesor e hizo una mueca.
-¡Qué contento estoy! -prosiguió afablemente Slughorn- Ésta es una gran oportunidad para conocerlos un poco mejor a todos. Aquí, tomen una servilleta. He traído comida, porque, si no recuerdo mal, el carrito está lleno de varitas de regaliz, y el aparato digestivo de un pobre anciano como yo no está para esas cosas... ¿Faisán, Belby?
El chico dio un respingo y aceptó una generosa ración de faisán frío.
-Estaba contándole al joven Marcus que tuve el placer de enseñar a su tío Damocles -informó el profesor Slughorn a Potter mientras ofrecía un cesto lleno de panecillos a sus invitados-. Un mago excepcional, con una Orden de Merlín bien merecida. ¿Ves mucho a tu tío, Marcus?
Por desgracia, Belby acababa de llevarse a la boca un gran bocado de faisán y, con las prisas por contestar a Slughorn, intentó tragárselo entero. Se puso morado y empezó a asfixiarse.
Blaise enarcó una ceja, nada impresionado. ¿Aquel chico era el sobrino del famoso mago Damocles?
-¡Anapneo! -dijo Slughorn sin perder la calma, apuntando con su varita a Belby, que pudo tragar y sus vías respiratorias se despejaron al instante.
-No... mu… mucho -balbuceó Belby con ojos llorosos.
-Sí, claro, ya me figuro que andará muy ocupado -opinó Slughorn, escrutándolo- ¡Debió de emplear muchas horas de trabajo para inventar la poción matalobos!
-Sí, supongo... Mi padre y él no se llevan muy bien, por eso no sé exactamente -murmuró Belby, y no se atrevió a zamparse otro bocado por temor a que Slughorn le preguntara algo más.
Slughorn le dedicó una gélida sonrisa y luego miró a McLaggen.
-¿Y tú, Cormac? -le dijo- Me consta que ves mucho a tu tío Tiberius. Tiene una espléndida fotografía en la que ambos aparecen cazando nogtails… en Norfolk, ¿verdad?
-¡Ah, sí, ya me acuerdo! Fue divertidísimo -confirmó McLaggen-. Fuimos con Bertie Higgs y Rufus Scrimgeour, antes de que a éste lo nombraran ministro, por supuesto.
-Ah, ¿también conoces a Berite y a Rufus? -preguntó Slughorn, radiante, mientras ofrecía a sus invitados una bandejita de tartaletas; curiosamente, se olvidó de Belby- A ver, cuéntame...
Los siguientes veinte minutos Blaise se vio obligado a escuchar la "divertidísima" experiencia de McLaggen junto a su tío y los amigos de éste. Bueno, la verdad es que solo fueron cinco, los siguientes quince fantaseó con los cientos de embrujos que Theo le lanzaría al Gryffindor si llegase a enterarse que aquel chico cazó nogtails por diversión, junto al hecho de que realmente se tomó una foto llevando a cabo semejante masacre.
¡Oh! ¡Las cosas que podría hacerle!
-¡Blaise! -el susodicho rápidamente salió de su fantasía, parpadeando con fingido interés al profesor, quien aún se reía por la anécdota de McLaggen-. ¿Cómo está tu madre, querido?
-Ella está perfecta, señor -respondió Blaise, sonriendo resplandecientemente-. Ahora mismo se encuentra en Estados Unidos, probablemente conociendo a su nuevo marido -mintió a la perfección.
El profesor Slughorn soltó una risa de picardía y el joven Slytherin se vio obligado a imitarlo, continuando con la farsa.
-¿Cuál es este? -preguntó con malicia-. ¿El número ocho?
-De hecho, es el número doce –respondió Blaise, tomando una de las tartaletas de sobre la bandeja sin desviar la mirada del nuevo profesor-. Siempre es una lástima que sus esposos no duren lo suficiente.
El profesor Slughorn soltó una carcajada, que rápidamente se convirtió en una tos mientras fingía tranquilizarse.
-Bueno, tu madre ciertamente es una mujer hermosa y tanta belleza puede conmocionar a alguien hasta la muerte.
Blaise soltó una risita ronca y le dio un mordisco a su tartaleta, fingiéndose ocupado en masticar el alimento, así que el profesor Slughorn se vio obligado a desviar su atención a otra víctima.
Los próximos diez minutos fueron, posiblemente, los más incomodos de su vida. Cuando Longbottom se vio obligado a hablar de sus padres, unos famosos aurores que habían sido torturados hasta la locura por Bellatrix Lestrange y otros dos mortífagos. Al final de la entrevista, Blaise tuvo la impresión de que el profesor Slughorn lo pensaría dos veces antes de volver a preguntar por los padres de alguien.
-Y ahora... -continuo el profesor, cambiando aparatosamente de postura como un presentador que anuncia su número estrella- ¡Harry Potter! ¿Por dónde empezar? ¡Intuyo que, cuando nos conocimos este verano, apenas arañé la superficie!
Contempló unos instantes a Potter como si fuera un trozo de faisán singularmente grande y suculento, y dijo:
-¡Lo llaman "el Elegido"!
Potter no abrió la boca. Belby y McLaggen lo miraban fijamente. Blaise, en cambio, solo se limitó a escuchar. ¿La gente realmente creía que San Potty podía ser aquel que los librará de Lord Oscuro? Sí, buena suerte con eso.
-Hace años que circulan rumores, desde luego -prosiguió Slughorn, escudriñando el rostro de Potter- Recuerdo la noche en que... Bueno, después de aquella terrible noche en que Lily... Tú sobreviviste, y la gente comentaba que tenías poderes extraordinarios...
Blaise emitió una tosecilla para expresar su escepticismo burlón. Una voz furibunda surgió detrás de Slughorn:
-Sí, Zabini, tú también tienes poderes extraordinarios... para atacar a traición.
-¡Cielos! ¡Ten cuidado, Blaise! ¡Cuando pasaba por el vagón de está jovencita la vi realizar un maravilloso maleficio de moco murciélagos! ¡Yo en tu lugar no la provocaría! -dijo el profesor Slughorn y Blaise hizo un gesto despectivo con la mano, Ginny no volvería a agarrarlo con la guardia baja. El Slytherin distaba mucho de aquel niño de catorce años… tantas cosas habían pasado desde entonces. Tantos errores, tantas muertes…-. En fin -dijo el profesor Slughorn, retomando el hilo- ¡Menudos rumores han circulado este verano! Uno no sabe qué creer, desde luego, no sería la primera vez que El Profeta publica noticias inexactas o comete errores. No obstante, dada la cantidad de testigos que hay, parece que se produjo un alboroto en el ministerio y que tu padre estaba involucrado.
Potter asintió con la cabeza, como si recordara los acontecimientos de aquella noche, aunque el chico nunca salió de Hogwarts. Blaise y sus amigos se aseguraron de ello.
-¡Qué modesto, qué modesto! No me extraña que Dumbledore te tenga tanto aprecio. Entonces, ¿es cierto que también estuviste involucrado? Porque las otras historias, la verdad, son tan descabelladas que lo confunden a uno... Por ejemplo, esa legendaria profecía...
-Nosotros no oímos ninguna profecía -terció Longbottom, provocando una risa en Blaise.
-Por supuesto que no -se mofó-. Ni siquiera estuvieron ahí.
-¿Cómo sabes eso, Blaise? -inquirió el profesor Slughorn mirándolo con interés.
-Digamos que aquella noche tuve un ataque de pánico -respondió el moreno con un encogimiento de hombros forzado-. Me vi obligado a… presentarme en la enfermería…
-¿No dirás más bien que fue por el hecho de que casi matan a Nott? -escupió Potter-. Por practicar magia oscura, si no recuerdo mal. ¿No fue eso lo que dijo Snape?
-Profesor -siseo Blaise con desprecio-. Aunque te cueste, Potter. Es tu profesor… y no es asunto tuyo. Lo que sea que haya pasado esa noche, no es tu maldito asunto. No estuviste ahí, no sabes lo que pasó.
-No, pero como dices estuve en la enfermería -respondió Potter-. Y nadie se comporta de la forma en la que tú lo hiciste si no hicieron algo verdaderamente malo.
El Slytherin inhaló con fuerza, los recuerdos de esa noche asaltándolo de golpe. El bosque prohibido, la risa de sus amigos, los gritos de Theo, el destello verde… el cuerpo sin vida de Greyback…
-Jódete -siseo Blaise, sus ojos ardiendo de furia junto a un destello de miedo que casi pasó desapercibido. Casi-. Vai all'inferno, famoso prescelto.
-¡Madre mía, pero ya empieza a anochecer! -interrumpió el profesor Slughorn, nervioso- ¡No me había dado cuenta de que han encendido las luces! Será mejor que vayan a ponerse las túnicas. McLaggen, ven a verme cuando quieres y te prestaré ese libro sobre nogtails. Harry, Blaise, vengan también cuando quieran. Y lo mismo te digo a ti, señorita -añadió guiñándole un ojo a Ginny- ¡Dense prisa!
Blaise chasqueo la lengua con desprecio, pero solo pudo dedicarle un fuerte empujón a Potter cuando salieron del compartimento, lanzándole una mirada de burla cuando Longbottom y Ginny se vieron obligados a tomarlo de los brazos para evitar que se cayera.
Caminó por los pasillos mal iluminados del vagón, escuchando vagamente la conversación que mantenían los tres Gryffindor. Ignorando que probablemente lo verían, metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó su cajetilla junto a su encender.
Aquí sí que Mirthy no podía verlo.
Prendió el cigarrillo y le dio una gran calada, dejando que la nicotina invadiera sus sentidos. Los nervios que Potter había alterado empezaron a tranquilizarse poco a poco, provocando que con cada paso que daba la tensión fuera deslizándose por su cuerpo, dejándolo casi como nuevo.
No sabía si realmente era el cigarrillo, o él creyendo que la nicotina tenía ese poder, pero no iba a comprobarlo. Definitivamente, se sentía mucho mejor que en aquella reunión del demonio.
Abrió la puerta de su compartimento justo cuando envolvía la colilla apagada del cigarro con un pañuelo desechable, encontrándose con Pansy fulminando a Theo con la mirada, que sonreía con cansancio hacia la azabache. Draco, sentado a un lado de Hermione, mantenía su brazo en los hombros de la castaña mirando de reojo a Vincent y Gregory que hablaban en voz baja.
Había vuelto a su burbuja de fantasía.
Se giró para cerrar la puerta, pero esta se atascó justo a la mitad. Aplicó más fuerza. No se movió.
-¿Qué le pasa a esta puerta? -se extrañó. Siguió tirando, pero no logró cerrarla. Justo cuando se preparaba para usar su varita como ventaja, la puerta se abrió con fuerza haciéndolo trastabillar de lado y caer en el regazo de Vincent.
-¡Oye! -se quejó el Slytherin, y después de ello no fueron más que extremidades moviéndose penosamente mientras intentaban apartarse del otro. Cuando el moreno logró levantarse de un salto, tomó la manija de la puerta y la azotó con fuerza.
-Porta di merda -se quejó, girándose hacia sus amigos-. ¿Vieron eso?
-Solo fue un fallo, Blaise -se burló Hermione.
-La más prestigiosa escuela de magia y no pueden pagarse un buen tren -espetó el moreno, provocando la risa en Vincent-. ¿Cómo estás, bambola di porcellana? -le preguntó a su amiga de cabellera azabache.
-Confundida -respondió Pansy, dándole un nombre al sentimiento que tenía escrito por toda la cara-. Una punzada de dolor me está perforando el cerebro.
-Estoy seguro de que Draco puede entrenarte -dijo Vincent, echando ambos brazos en el respaldo del sillón-. Lo necesitaras.
-Pensé que el profesor Snape… -la voz de Pansy fue bajando de tono hasta transformarse en un murmullo, percibiendo la tensión que flotaba entre sus amigos al nombrar a su mentor.
-¿Qué quería Slughorn? -preguntó Draco, cambiando el tema de conversación sin sutileza alguna. Theo les había mostrado cuando llegaron la invitación que Blaise había recibido.
-Sólo trataba de ganarse el favor de algunas personas bien intencionadas -contestó Blaise y se dejó caer sobre su asiento con elegancia- Aunque no ha encontrado muchas.
-¿A quién invitó? -preguntó Hermione, que en ese momento tenía envuelta sus dos manos en una de las de Draco, su mirada fija en los largos dedos.
-A McLaggen, de Gryffindor -respondió el moreno.
-Su tío es un pez gordo del ministerio -dijo Vincent, su brazo por encima del respaldo del sillón y sus dedos acariciando el hombro de Pansy. Aún estaba bastante fascinado con el corte de cabello de la azabache, que era inclusive más corto del de Theo.
-... a un tal Belby, de Ravenclaw…
-¿Belby? -preguntó Theo, frunciendo el ceño hacía Blaise-. Pensé que el señor Belby no tenía herederos…
-¿Quién es el señor Belby? -preguntó Pansy.
-Damocles Belby, es…
-Un apotecario, el cual inventó la poción "Matalobos" -dijo Hermione, interrumpiendo a Theo-. ¿Cómo es que lo conoces? -le preguntó a su hermano.
-Recuerda que mi padre era el principal exportador de la poción "Matalobos" -respondió Theo, sonriendo ante la ironía-. De esa y muchas otras pociones… Una vez fue al castillo, poco después de la muerte de mi madre…
-También invitó a Longbottom, Potter y a la niña Weasley -terminó Blaise, cruzándose de brazos.
-¿A Longbottom? ¿Por qué mierda invitaría a Longbottom? -se extrañó Draco, su ceño frunciéndose con genuina confusión.
-¿Es Longbottom quien te preocupa? -se quejó Hermione, soltando la mano de Draco y girándose ligeramente hacia él-. ¿Por qué invitaría a aquella traidora?
El compartimento quedó sumergido en un raro silencio.
-¿Cómo acabas de…? -indagó Theo.
-Me refiero al hecho de que nos traicionó -respondió Hermione, rodando los ojos con fastidio-. ¿A qué otra cosa me podría referir?
-Bueno… -Blaise se atragantó con su propia saliva cuando Hermione giró el rostro hacia él, entrecerrando los ojos-… A nada más, por supuesto.
-Por supuesto… -masculló Hermione.
-¿No seríamos nosotros los traidores? -preguntó Gregory con voz ronca, hablando por primera vez-. Nunca le explicamos por qué razón Blaise la atacó esa noche.
-Blaise nunca la hubiera atacado si ella se hubiera mantenido al margen -defendió Hermione, colocando una pierna sobre la otra, su postura digna de una reina.
-De todas formas, ¿qué esperábamos de ella? -se burló Draco con una sonrisa de maldad pura en el rostro-. Todos los Weasley son escoria.
-Los gemelos…
-Defendieron a Weasley-Weasel cuando llamó sangre sucia a Hermione -cortó el platinado, mirando con desprecio a Blaise-. No intercedas por ellos, sobre todo si te llevan del lado incorrecto de la historia. Aquellos que sean amigos de Potter tienen un blanco tatuado en la espalda.
-¿Y cómo es que nosotros no lo tenemos? -preguntó Pansy enarcando una ceja-. Sabes que a él no lo agradan… aquellos que no son de sangre pura -murmuró, mirando con cierta pena a Hermione.
-Ya te lo explicaré en la sala común -respondió Draco, su vista puesta en la ventana-. Estamos llegando a Hogwarts.
Los Slytherin empezaron a ponerse en pie, la mayoría de ellos colocándose sus túnicas mientras Gregory se dedicaba a bajar los baúles de la rejilla. Draco miró hacia el espacio vacío con una mirada de extrañeza.
-¿Qué ocurre? -preguntó Hermione, abrochándose una gruesa capa de viaje nueva sobre la túnica del uniforme.
-Nada -respondió el rubio justo cuando Vincent abría la puerta del compartimento, mostrando la marea de Slytherin caminando por el pasillo del vagón. Algunos miembros de la casa de la serpiente le regalaron grandes sonrisas y sendos saludos mientras el joven Slytherin le abría paso a Theo, a quien también recibieron con cálidas sonrisas.
Gregory salió detrás de Pansy al mismo tiempo en que Adrian y Milton pasaban por el compartimento y rápidamente tomaron al musculoso chico de los hombros, sus miradas llenas de preocupación mientras expresaban su sincero pésame. Blaise no tardó en seguirlos.
Hermione se quedó parada, esperando a que Draco fuera por delante de ella cuando el platinado cerró la puerta del compartimento y bajó las cortinas, ocultándolos del resto de sus compañeros de casa.
-¿Qué ocurre? -preguntó la castaña confundida.
-Nada, solo necesito hacer algo antes -respondió Draco, tomando la barbilla de la castaña con una mano para besarla con ternura. La Slytherin no tardó ni un segundo en echarle los brazos al cuello, sin dejar un solo espacio entre sus cuerpos.
El rubio deslizó sus manos por la cintura de la chica, posando una de sus manos sobre su cadera, mientras la otra se escabullía en el bolsillo de su túnica, sacando su varita mágica con una velocidad alarmante para separarse de Hermione, apuntando con la varita hacia una esquina del compartimento, justo donde las rejillas.
-¡Petrificus totalus!
Una figura humana cayó de la rejilla, golpeando con dureza el suelo y haciéndolo temblar. Encogido y petrificado, Harry Potter los veía tumbado encima de una fea capa.
-¡Salazar! -jadeo Hermione, avanzando unos pasos.
-Ya me lo imaginaba -se burló Draco, guardando su varita mágica-. He oído el golpe que Gregory te dio con su baúl. Y cuando Blaise regresó me pareció ver un destello blanco…
Los dos pares de ojos se detuvieron unos instantes en los zapatos de Potter.
-Demonios -masculló Hermione con molestia, colocando sus manos en sus caderas-. Fuiste tú quien impidió que Blaise cerrara la puerta… -estrechó los ojos-. Estuviste espiándonos.
-No ha oído nada interesante -dijo Draco, mirando al chico en el suelo-. Pero ya que te tengo aquí… -Y le propinó una fuerte patada en el rostro.
-¡Draco! -jadeo Hermione, echándose hacia atrás mientras la sangre salpicaba por todos lados.
-Un pequeño agradecimiento -dijo Draco, ignorando la rabieta de Hermione-. Por mi padre, ya sabes… Y ahora vamos a ver… -Sacó la capa de debajo del cuerpo de Potter y se aseguró de cubrirlo bien-. Ya nos veremos Potter… o quizá no.
Dicho esto, tomó la mano de Hermione y ambos salieron del compartimento, cerrando la puerta detrás de sí.
Hogwarts.
Gran Comedor.
21:06 p.m.
-Me parece que tu plan no ha funcionado, Malfoy -se burló Theo sin gracia alguna, su tenedor de oro removiendo el espagueti a la boloñesa en su plato, su quijada puesta sobre su puño mientras admiraba la conmoción que causaba "el Elegido" al entrar a la mitad del banquete.
-Creo que alcanzo a ver la sangre hasta acá -se rio Blaise con malicia, la copa de oro a medio camino hacia sus labios-. ¿Crees que el profesor Snape le haya quitado algunos puntos? -preguntó al ver a su profesor entrar por las puertas del gran comedor.
-A mi me parece que sí -dijo Pansy, haciendo un gesto con la cabeza hacia los grandes relojes sobre la pared. Gryffindor tenía un recuento de menos setenta puntos.
-Hablando de puntos… -dijo Hermione, echando su larga melena de rizos por sobre su hombro-. ¿Cuántos marcó el de Slytherin el año pasado?
-Cinco -respondió Pansy con una sonrisa-. Los ganó Nomi Mulciber, quien ahora está en cuarto, por un error.
-¿Error? -Vincent enarcó una ceja.
-Brutus dio la orden de que estaba estrictamente prohibido ganar puntos -respondió la azabache-. Como una forma de protesta por haberlos suspendido. Pero Nomi salvó a un Hufflepuff (hijo de muggles) de primer año que se había perdido entre las mazmorras de Slytherin, así que la profesora Sprout le dio cinco puntos por sacarlo de los dominios de las serpientes sin herida alguna.
Dumbledore se puso de pie y las conversaciones y risas fueron cortadas casi de inmediato.
-¡Muy buenas noches a todos! -dijo el director del colegio con una amplia sonrisa y los brazos extendidos como si pretendiera abrazar a los presentes.
-¿Qué le ha pasado en la mano? -preguntó Gregory con un hilo de voz.
No era el único que se había fijado en ese detalle. Dumbledore tenía la mano derecha ennegrecida y marchita. Los susurros recorrieron la sala; Dumbledore, interpretándolos correctamente, se limitó a sonreír y se tapó la herida con la manga de su túnica morada y dorada.
-No es nada que daba preocuparlos -comentó sin darle importancia- Y ahora... A los nuevos alumnos les digo: ¡bienvenidos! Y a los que no son nuevos les repito: ¡bienvenidos otra vez! Les espera un año más de educación mágica...
-Me gustaría tener una reunión con los de quinto y séptimo año -dijo Draco, cruzándose de brazos-. Sobre todo, con los hijos de mortífagos, necesitamos saber dónde están sus lealtades…
-Creo que, principalmente, necesitamos tranquilizar a los más pequeños -murmuró Theo, tapando con su mano el gran bostezo que soltó-. Con todas las malas noticias que publica "El Profeta" estoy bastante seguro de que muchos sufren pesadillas.
-... y el señor Filch, nuestro conserje, me ha pedido que les comunique que quedan prohibidos todos los artículos de broma procedentes de una tienda llamada Sortilegios Weasley…
-¿La han visitado? -preguntó Hermione, aunque solo miró hacia Blaise.
El moreno se encogió de hombros.
-La mañana del día en que Cassiopea me envenenó -respondió-. Después fui invitado a una comida en "La Madriguera", dónde me encontré a Fleur Delacour. No terminó bien.
-… Los que aspiren a jugar en el equipo de quidditch de sus respectivas casas tendrán que notificárselo a los respectivos jefes de éstas, como suele hacerse. Asimismo, estamos buscando nuevos comentaristas de quidditch; rogamos a los interesados que se dirijan a los jefes de sus casas... Este año nos complace dar la bienvenida a un nuevo miembro del profesorado: Horace Slughorn. -Éste se puso de pie; la calva le brillaba a la luz de las velas y su prominente barriga, cubierta por el chaleco, proyectó sombras sobre la mesa-. Es un viejo colega mío que ha accedido a volver a ocupar su antiguo cargo de profesor de Pociones…
-¿De Pociones?
-¿De Pociones?
-Música para mis oídos -se burló Blaise, mirando hacia la mesa de Gryffindor, dónde Harry Potter le dirigía una mirada mortal al director de Hogwarts.
-El profesor Snape, por su parte -prosiguió Dumbledore, elevando la voz para acallar los murmullos-, ocupará el cargo de maestro de Defensa Contra las Artes Oscuras.
Blaise fue el primero en empezar a aplaudir con fuerza, y enseguida el resto de las serpientes lo imitaron. Desde primer año hasta séptimo, algunos inclusive levantaron sus copas hacia el profesor de Pociones. La mesa de Slytherin solo reprimió su entusiasmo cuando los oscuros orbes de su jefe de casa se detuvieron sobre ellos, haciéndolos callar con un simple asentimiento de cabeza.
El gran comedor volvió a sumergirse en silencio, los ecos de los aplausos retumbando un poco.
-Bien. Como todos los presentes sabemos, Lord Voldemort y sus seguidores vuelven a sus andadas y están ganando poder. -Mientras hablaba, el silencio fue volviéndose más tenso y angustioso- No sé qué palabras emplear para enfatizar cuán peligrosa es la actual situación y las grandes precauciones que hemos de tomar en Hogwarts para mantenernos a salvo. Este verano hemos reforzado las fortificaciones mágicas del castillo y estamos protegidos mediante sistemas nuevos y más potentes, pero aun así debemos resguardarnos escrupulosamente contra posibles descuidos por parte de algún alumno o miembro del profesorado. Por lo tanto, pido que se atengan a cualquier restricción de seguridad que les impongan sus profesores, por muy fastidiosa que les resulte, y en particular a la norma de no levantarse de la cama después de la hora establecida. Les suplico que, si advierten algo extraño o sospechoso dentro o fuera del castillo, informen inmediatamente de ello a un profesor. Confío en que se comportarán en todo momento pensando en su propia seguridad y la de los demás -Dumbledore recorrió la sala con la mirada y sonrió otra vez-. Pero ahora les esperan sus camas, cómodas y calentitas, y sé que en este momento su prioridad es estar bien descansados para las clases de mañana. Así pues, digámonos buenas noches. ¡Pip, pip!
Los alumnos retiraron los bancos de las mesas con el estrépito de siempre, y cientos de jóvenes empezaron a salir en fila del Gran Comedor, camino de sus dormitorios.
-No tardo -avisó Theo mientras Draco y Hermione se encaminaban hacia los alumnos de primer año, quienes parecían algo perdidos entre el tumulto de Slytherin de más rango.
Gregory le hizo una señal de reconocimiento y se plantó a un lado de Vincent, que miraba alrededor del gran comedor, buscando algún peligro imaginario.
-Profesor Snape -saludó Theo, parándose frente a la mesa del profesorado.
-¿Todo bien? -preguntó su jefe de casa, su mirada vagó brevemente entre los estudiantes de su casa antes de regresar su atención sobre Theo.
-Sí, señor -asintió el Slytherin-. He venido a… -parpadeo un poco hacía Hagrid, quien veía la mesa con mucho interés. El profesor Snape también reparó en el semi gigante, y una mueca de desprecio iluminó su rostro-… como decía -carraspeó el castaño-… Sobre las clases extras de Pociones, hay una en particular que me gustaría… aprender.
-Comprendo -respondió el mago-. Trae al señor Malfoy y al señor Zabini contigo, estoy seguro de que también les resultara fructífero aprender a realizar esa nueva poción.
-¿A Blaise? -preguntó Theo, frunciendo el ceño.
-La pócima que les enseñaré es la de mayor dificultad aprendida hasta ahora -respondió el profesor Snape-. Así que estoy seguro de que el señor Zabini agradecerá un poco de distracción extra.
-Lo entiendo.
-Y, sobre Gregory, me gustaría que lo vigilasen de cerca -continuó el profesor Snape antes de que Theo pudiera marcharse-. Las cosas van a empezar a complicarse a su alrededor, ahora que no puede ocultarse dentro de su habitación todo el día.
-Sí, yo… lo vigilo –asintió Theo-. Buenas noches, profesor Snape.
-Buenas noches, Theo.
Septiembre, 02. 1996.
09:56 a.m.
Pasillos de Hogwarts.
La tenue sonrisa de Gregory no pasó desapercibida para ninguno de sus amigos, quienes trataron de mirar discretamente hacía dónde el Slytherin lanzaba aquel gesto. No fue sorpresa para ninguno cuando se encontraron a Susan Bones saludando animadamente al muchacho, aquella chica de Hufflepuff que rápidamente se sonrojó al ser el centro de atención de los Slytherin.
-Ya sabes, pudieron haber sido un poco más discretos -murmuró Gregory en voz muy baja, sus pálidas mejillas tomando un ligero tono rosado.
-Vamos, Greg, no te habíamos visto sonreír desde… -la frase fue cortada a la mitad, rápidamente convirtiéndose en un jadeo ahogado cuando Vincent impactó su codo contra las costillas de Blaise, que tuvo que inclinarse sobre sí mismo, aferrándose con una mano al antebrazo de Theo mientras le lanzaba una mirada de furia a su amigo de cabello oscuro-. Bastardo…
-Abstente de hacer comentarios fuera de lugar -le murmuró Vincent con una sonrisa de malicia, echando un grueso brazo por sobre los hombros de Gregory-. Solo provocaras mas tensión.
-Mantengan sus interacciones poco amigables dentro de la sala común -siseo Draco con advertencia. El joven Malfoy estaba recargado contra la pared de ladrillos, con la espalda de Hermione pegada a su pecho y sus brazos enlazados alrededor del estomago de la castaña-. No necesitamos obtener más atención de la que ya tenemos -dijo, lanzando una mirada hacía Harry Potter.
Los estudiantes de sexto año, aquellos que hayan decidido seguir cursando la asignatura de Defensa Contra las Artes Oscuras, tomarían el mismo horario de clases durante todo el año. Lo que significaba que no solo compartirían aula con los Ravenclaw -quienes usualmente eran la casa elegida- sino que también con Hufflepuff y Gryffindor y junto a ellos, el trío dorado.
Con Potter como protagonista, quien por alguna razón había decidido espiar a los Slytherin durante su viaje en tren.
-¿Y qué demonios podría hacernos Potty Popoti? -jadeo Blaise, aun tomando su costado.
-¿Es alguna clase de broma? -preguntó Theo, enarcando una ceja. Su cicatriz haciéndose muy visible para sus amigos-. Potter es el favorito de Dumbledore, por no mencionar que es "el Elegido".
-Estupideces -siseo Blaise, fulminando al castaño con la mirada-. Ese imbécil no podría conmigo en un duelo, y eso que se me da fatal el combate.
Theo se encogió de hombros con desinterés.
-Habrá una razón por la cual el Señor Tenebroso hace tantos años decidió que era una gran idea acabar con la vida de un bebé de tan solo un año -respondió el castaño-. Si lo consideró una amenaza cuando Potter estaba en pañales, entonces no deberías tomar tan a la ligera a "el Elegido".
-Pues a mi no me parece lo suficientemente competente para acabar con las fuerzas del mal -opinó Pansy justo cuando la puerta del aula se abría, mostrando el semblante ensombrecido de su jefe de casa.
-Todos adentro -ordenó, con su característica voz baja y pastosa.
Los alumnos entraron a la estancia, que ya se hallaba impregnada con la personalidad del profesor Snape. Pese a que había velas encendidas, tenía un aspecto de lo más sombrío que de costumbre gracias a las cortinas cerradas. De las paredes colgaban cuadros nuevos, la mayoría de los cuales representaban sujetos que sufrían y exhibían tremendas heridas o partes del cuerpo extrañamente deformadas.
Todos se sentaron en silencio, contemplando aquellos misteriosos y truculentos cuadros.
-¿De dónde habrá sacado del profesor Snape toda este… arte? -preguntó Hermione, mirando hacia Draco.
-Muy bien podría haberlo sacado de Malfoy Manor -se burló el platinado-. He visto una pintura igual a esa en la biblioteca de mi casa -mencionó, haciendo un gesto hacia uno de los cuadros. Hermione miró el arte, sufriendo un escalofrío ante aquel cuadro en particular: una masa ensangrentada tirada en el suelo.
-Asco… -murmuró la castaña, frunciendo la nariz en un gesto que le pareció encantador a su novio, quien rápidamente se inclinó hacia ella y le besó la mejilla.
-No les he dicho que saquen los libros -dijo el profesor Snape al tiempo que cerraba la puerta y se colocaba detrás de su escritorio, de cara a los alumnos.
-En momentos como este, me hubiera encantado que Daphne y sus dos compinches decidieran tomar la clase -murmuró Pansy en voz muy baja, volviendo a guardar su libro como muchos otros-. Sus caras hubieran sido dignas de retratar.
-Quiero hablar con ustedes y quiero que me presten atención -prosiguió el profesor Snape, recorriendo con sus ojos negros las caras de los alumnos-. Si no me equivoco, hasta ahora han tenido cinco profesores en esta asignatura.
-Y todos peor que el anterior -masculló Blaise, provocando la risa entre sus amigos.
-Naturalmente, todos esos maestros habrán tenido sus propios métodos y sus propias propiedades -dijo el profesor Snape, asintiendo hacia el Slytherin de tez morena-. Teniendo en cuenta la confusión que eso les habría creado, me sorprende que tantos de ustedes hayan aprobado el TIMO de esta asignatura. Y aún me sorprendería más que aprobaran el ÉXTASIS, que es mucho más difícil.
Empezó a pasearse por el aula y bajó el tono de voz; los alumnos estiraban el cuello para no perderlo de vista ya que solo rondaba donde estaban los Slytherin.
-Las artes oscuras son numerosas, variadas, cambiantes e ilimitadas. Combatirlas es como luchar contra un monstruo de muchas cabezas al que cada vez que se le corta una, le nace otra aún más fiera e inteligente que la anterior. Están combatiendo algo versátil, mudable e indestructible.
Hermione asintió en acuerdo, un gesto casi inconsciente de su parte. Draco a un lado suyo, estiró las piernas todo lo que pudo, sus fríos ojos no perdían ni un solo instante la figura de su mentor.
-Por lo tanto -continuo el profesor Snape, subiendo un poco la voz-, sus defensas deben ser tan flexibles e ingeniosas como las artes que pretenden anular. Esos cuadros -añadió, señalándolos mientras pasaba por delante de ellos- ofrecen una acertada representación de los poderes de los magos tenebrosos. En éste, por ejemplo, pueden observar la maldición cruciatus -era una bruja que gritaba de dolor- es este otro, un hombre que recibe el beso de un dementor -era un mago con una mirada extraviada-, y aquí vemos el resultado del ataque de un inferius -dijo, y Blaise estiró el cuello para ver mejor. Era una masa ensangrentada tirada en el suelo, la pintura que, sin saberlo, había causado tanta repulsión en su amiga.
-Entonces, ¿es verdad que han vito un inferius? -preguntó Parvati Patil en un tono de voz chillón- ¿Es verdad que los está utilizando?
-El señor Tenebroso utilizó inferi en el pasado -respondió Vincent a la pregunta, pero no se giró a ver a la chica. Su mirada estaba fija en su mentor.
El profesor Snape asintió recordando que, entre los cinco hijos de mortífagos, solo Vincent tenía información contada de primera mano.
-Eso significa que deberán deducir que puede volver a servirse de ellos -respondió el profesor-. Veamos... -Echó a andar por el otro lado del aula hacia su mesa, y una vez más la clase lo observó desplazarse con su negra túnica ondeado-. Creo que casi todos son novatos en el uso de hechizos no verbales. ¿Alguien sabe cuál es la gran ventaja de esos hechizos?
Hermione levantó la mano con decisión y el profesor Snape sonrió complacido.
-Muy bien. ¿Señorita Granger?
-Tu adversario no sabe qué clase de magia vas a realizar, y eso te proporciona una ventaja momentánea -respondió ella.
-Exacto, cinco puntos para Slytherin -dijo, y la castaña sonrió con suficiencia-. Sí, quienes aprenden a hacer magia sin vociferar los conjuros cuentan con un elemento sorpresa en el momento de lanzar un hechizo. No todos los magos pueden hacerlo, por su puesto; es una cuestión de concentración y fuerza mental, de la que algunos... -su mirada se detuvo en Potter y Draco no pudo evitar reír entre dientes- carecen.
Potter miró con odio puro a su nuevo profesor de Defensa, un sentimiento mutuo, ya que el jefe de casa de Slytherin lo miraba de la misma manera.
-Ahora -continuó el profesor Snape- se colocarán por parejas. Uno de ustedes intentará embrujar al otro, pero sin hablar, y el otro tratará de repeler el embrujo, también en silencio. Pueden empezar.
Los Slytherin fueron los primeros en colocarse en pareja, pero Gregory fue el único entre ellos que no se dignó a levantarse. Mirándolos desde su asiento, se cruzó de brazos y se limitó a admirarlos.
Hermione en cambio se había emparejado con Theodore, quien la miraba a dos metros de distancia. Ambos estaban en posición de ataque, con las piernas separadas y las varitas en mano, sus ojos fijos en el otro.
Un destello rojo salió por la punta de la varita de Hermione, hechizo que rápidamente se topó con la barrera invisible frente a Theo. El conjuro Protego bien realizado.
-Veinte puntos a cada uno -dijo el profesor Snape al pasarlos, una sonrisa orgullosa se había deslizado por su rostro.
-¡Bájame, Malfoy! -el grito de Blaise se escuchó por todo el aula. El Slytherin colgaba del tobillo en el aire, su corbata esmeralda con franjas plateadas flotaba delante suyo, y tuvo que soltarle varios manotazos para apartarla, aunque no sirvió de mucho.
Draco estaba parado a unos pasos del moreno, sonriendo con maldad pura mientras sus ojos brillaban de malicia.
-Serán otros veinte puntos más para Slytherin, también por cada uno de los dos -anunció el profesor Snape, poniendo los ojos en blanco ante la rabieta que estaba realizando su estudiante-. Señor Malfoy, haga el favor de bajar a su compañero.
-Por supuesto que sí, señor -siseo el Slytherin, mirando una vez más a su amigo mientras hacía una floritura con su varita mágica, provocando que Blaise cayera al suelo sin gracia alguna. El golpe seco resonó en el aula.
-Jódete -murmuró el moreno desde el suelo.
-Siempre un placer -respondió Draco haciendo una reverencia exagerada.
Pasados más de treinta minutos desde el incidente entre los Slytherin, ni un solo estudiante de otra casa había sido capaz de conjurar un encantamiento no verbal. La mayoría al final había terminado rindiéndose y pronunciando el hechizo en voz baja.
-Patético, Weasley -la voz del profesor Snape se elevó por el aula, había estado mirando el enfrentamiento entre Ronald Weasley y Harry Potter-. Aparta, deja que te enseñen… ¡señorita Parkinson! -llamó.
La azabache se levantó de su asiento, dónde había estado sentada desde que Vincent la derribó con un Confundus no verbal. Se acercó al tumulto y se colocó frente a Potter en posición de duelo. Los dos estudiantes se miraron fijamente antes de que, para sorpresa del Gryffindor, un destello rojo saliera de la varita de la Slytherin directo a él y provocara una reacción inmediata de su parte.
-¡Protego!
El encantamiento escudo fue tan fuerte que Pansy perdió el equilibrio y cayó al suelo, sus mejillas sonrojándose furiosamente cuando las risas estallaron dentro del aula. Apretó las manos en sendos puños sobre el suelo, queriendo esconderse, pero sin poder hacerlo.
-¡Silencio! -ordenó el profesor Snape, callando las risas en un santiamén-. ¿Te suena por casualidad que les haya mandado a practicar hechizos no verbales, Potter? -inquirió mientras se agachaba y ayudaba a Pansy a colocarse de pie.
Vincent y Blaise, que habían corrido desde sus lugares, ya estaban parados detrás de su amiga. Más atrás, Draco sostenía por el codo a Hermione, que fulminaba con la mirada a Potter.
-Sí -contestó fríamente el Gryffindor.
-Sí, "señor" -le corrigió el profesor Snape.
-No hace falta que me llame "señor", profesor -respondió Potter impulsivamente.
Los gritos sorprendidos no se hicieron de esperar, junto a las miradas de sorpresa total entre los Slytherin, quienes rápidamente temblaron de enojo.
-¿Cómo te atreves, Potter? -escupió Vincent, quien tuvo que ser frenado por el mismo profesor, pues el muchacho había sacado su varita y la apuntaba hacia el Gryffindor.
-Castigado -sentenció el profesor Snape, forzando a Vincent a bajar su varita mágica-. Te espero en mi despacho el sábado después de cenar -dictaminó- No acepto insolencias de nadie, Potter. Ni siquiera del "Elegido".
-Voy a atraparlo en un pasillo oscuro y veremos que tan bien se defiende el maldito bastardo -siseo Draco en voz baja, mirando con la misma furia que sus amigos al azabache.
-Cuenta conmigo -masculló Theo, cruzándose de brazos.
Mazmorras.
15:55 p.m.
-Pensé que Potter y Weasley no habían cumplido con lo necesario para cursar Pociones -dijo Pansy mientras entraban al aula que estaba repleta de vapores y extraños olores, para sorpresa de todos.
-Eso fue con el profesor Snape como maestro de la asignatura -dijo Hermione, parándose frente a la mesa más alejada del aula-. El profesor Slughorn habrá sido más asequible referente a la calificación -murmuró, su mirada fija en el regordete maestro.
-Mierda -siseo Blaise, recargando los codos sobre la mesa de madera y tapándose el rostro con las manos-. Es la maldita Amortentia
Los otros Slytherin inhalaron, llevándose el exquisito olor al sistema.
-Nunca nos dijiste qué es lo que hueles -dijo Theo parado a un lado de Hermione. La castaña sonrió hacia Draco, que tenía una sonrisa igual de grande que ella.
-Cuando estoy cerca de ustedes dos, odio mi vida -siseo Pansy, colocando los ojos en blanco ante las miradas de ensoñación que ambos Slytherin se mandaban.
-Sabes perfectamente que solo percibo el aroma de Draco -respondió Hermione, llevándose las manos al cabello para recogerlo en un moño ajustado. El Slytherin de tez pálida sonrió aún más y se inclinó hacia ella, juntando sus labios en un dulce beso.
-Me están dando nauseas -masculló Theo, desviando rápidamente la mirada hacia los calderos sobre su mesa. Lo que menos necesitaba en ese momento era traumatizarse por las muestras de afecto publico que se daban esos dos.
-Muy bien, muy bien -dijo el profesor Slughorn, cuyo colosal contorno oscilaba detrás de las diversas nubes de vapor- Saquen sus balanzas y el material de pociones, y no olviden los ejemplares de Elaboración de pociones avanzadas...
-Señor -dijo Potter levantando la mano.
-¿Qué pasa, Harry?
-No tengo libro, ni balanza, ni nada. Y Ron tampoco. Verá, es que no sabíamos que podríamos cursar el ÉXTASIS de Pociones...
-¡Ah, sí! Ya me lo ha contado la profesora McGonagall. No te preocupes, amigo mío, no pasa nada. Hoy pueden utilizar ingredientes del armario de material, y estoy seguro de que encontramos alguna balanza. Además, aquí hay unos libros de texto de otros años que servirán hasta que puedan escribir a Flourish y Blotts...
Los Slytherin colocaron sus materiales frente a ellos con un conjunto de movimientos que ya tenían tan bien aprendidos. Inclusive Pansy, que había estado tomando muchas clases extra de Pociones cuando sus amigos fueron suspendidos a finales del curso pasado.
-He preparado algunas pociones para que les echen un vistazo. Es de esas cosas que deberán hacer cuando hayan terminado el ÉXTASIS. Seguro que han oído hablar de ellas, aunque nunca las hayan preparado. ¿Alguien puede decirme cuál es ésta?
Señaló el caldero más cercano a las serpientes.
-Es Veritaserum, una poción incolora e inodora que obliga a quien la bebe a decir la verdad -contestó Hermione, viendo como el líquido hervía dentro del caldero. A simple vista, parecía agua común y corriente-. Su uso está estrictamente controlado por el ministerio de magia.
-¡Estupendo, estupendo! -felicitó el profesor Slughorn, muy complacido-. Esta otra -continuó, y señaló el caldero cercano a la mesa de Ravenclaw- es muy conocida y últimamente aparece en unos folletos distribuidos por el ministerio. ¿Alguien sabe...?
-Es poción multijugos, señor -dijo Hermione de inmediato.
-¡Excelente, excelente! Y ahora, esta de aquí...
-Es Amortentia -respondió Hermione, una vez más. Los Slytherin a su alrededor se rieron en voz baja, provocando que las mejillas de la chica se colorearan de un rosado claro-… señor -agregó como pensamiento tardío al darse cuenta de la forma tan descortés de interrumpir al profesor.
-En efecto. Bien, parece innecesario preguntarlo -dijo el profesor Slughorn, impresionado-, pero supongo que sabes qué efecto produce, ¿verdad?
-Es el filtro de amor más potente que existe -respondió Hermione.
-¡Exacto! La has reconocido por su característico brillo nacarado, ¿no?
-Sí, y porque el vapor que asciende formando unas inconfundibles espirales -agregó ella.
-Y se supone que para cada uno tiene un olor diferente, según lo que nos atraiga -terminó Blaise por ella, cruzándose de brazos sobre la mesa. Su rostro flotando prácticamente por encima del caldero-. Por ejemplo, yo huelo tarta de chocolate, limón y tulipanes… -masculló con desprecio, dedicándole una mirada mortal al líquido.
-En efecto, Blaise -dijo el profesor Slughorn, pero su mirada estaba puesta en Hermione-. ¿Puedes decirme tu nombre, querida?
-Me llamo Hermione Granger, señor.
-¿Granger? ¿Granger? ¿Tienes algún parentesco con Héctor Dagworth-Granger, fundador de la Rimbombante Sociedad de Amigos de las Pociones?
-No, señor, en lo absoluto. Yo soy hija de muggles.
Nadie dentro del salón de Pociones se perdió el recorrido de los ojos del profesor Slughorn, que se habían detenido en el emblema en la túnica de Hermione y en el color de su corbata. Sus cejas se dispararon de golpe hacía arriba.
-¿En…?
-Slytherin -cortó Draco Malfoy, lanzando una mirada de advertencia al mago, como si estuviera retándolo a continuar la pregunta.
A pesar de llevar tanto tiempo viviendo en el mismo castillo que los Slytherin, a muchos aun les costaba asimilar la actitud protectora que tenían aquellos herederos de familias ancestrales con la nacida de muggles. Sobre todo, cuando eran totalmente despectivos con otros hijos de muggles que no portaban el mismo escudo que ellos.
-¿Dónde ha estado los últimos seis años, señor? -preguntó Theo con voz cansada y dolida. Las ojeras bajo sus ojos eran demasiado obvias-. La comunidad entre los de sangre pura estuvo muy al pendiente de la decisión del sombrero seleccionador y yo creí que usted era gran amigo de muchos de ellos -la burla no pasó desapercibida-. Ya sabe, como de Barnabas Cuffe, Eldred Worple… Nicholas Nott -escupió.
La tensión se elevó dentro del aula.
-Hermione Jane Granger es la mejor bruja de nuestra generación -dijo Pansy con exagerado tono cantarín y una sonrisa totalmente falsa. Su postura era totalmente tensa-. Solo Draco y Vincent fueron capaces de hacerle competencia en los TIMO, donde los tres sacaron calificaciones perfectas.
-¡Oh! -se sorprendió el profesor Slughorn, mirando solo brevemente a los herederos de Lucius Malfoy y Lionel Crabbe-. Muy bien, muy bien… -sacó un pañuelo de tela de su bolsillo y se lo pasó por la frente, limpiando el sudor frío-. Veinte puntos para… Slytherin, señorita Granger -concedió.
-Van a darle un infarto si siguen mirándolo como si quisieran lanzarle un Avada -murmuró Hermione en voz baja, lanzándoles miradas de advertencia a sus amigos para que se comportaran.
-¿En dónde estábamos…? ¡Ah, sí! -tartamudeo el profesor Slughorn, tratando de ignorar las miradas de odio de sus estudiantes de Slytherin-. Por supuesto, la Amortentia no crea el amor. Es imposible crear o imitar el amor. Sólo produce un intenso encaprichamiento, una obsesión. Probablemente sea la poción más peligrosa y poderosa de todas las que hay en la sala. Sí, ya lo creo -insistió con gesto grave hacia Weasley y Finnigan, que sonreían con escepticismo-. Cuando hayan vivido tanto como yo, no subestimarán el poder del amor obsesivo… Bien, y ahora ha llegado el momento de ponerse a trabajar.
-Señor, todavía no nos ha dicho qué hay en ése -dijo Ernie Macmillan, señalando el pequeño caldero que había en la mesa de los Slytherin, pero sin mirarlos a ellos. Había tenido suficiente dolor por una vida cuando Vincent Crabbe le rompió la nariz.
La poción que contenía el caldero salpicaba alegremente; tenía el color del oro fundido y unas gruesas gotas saltaban como peces dorados por encima de la superficie, aunque no se había derramado ni una partícula.
-¡Ajá! -asintió el profesor Slughorn. Hermione intuyó que al profesor no se le había olvidado esa poción, sino que había esperado a que algún alumno le preguntara para lograr un efecto más impactante-. Sí. Ésa. Bueno, ésa, damas y caballeros, es una poción muy curiosa llamada Felix Felicis. No tengo ninguna duda, señorita Granger -añadió dándose la vuelta, risueño, y mirando a Hermione una vez más- de que sabes qué efecto produce el Felix Felicis.
-Es suerte líquida -respondió Hermione, haciendo una mueca. La tensión aún no desaparecía de entre sus amigos-. Te hace afortunado.
El resto de las casas se enderezaron un poco en los asientos.
-Muy bien. Otros diez puntos para Slytherin. Sí, es Felix Felicis y sí, es una poción muy interesante -prosiguió el profesor Slughorn- Dificilísima de preparar…
-… ya lo veremos… -masculló Draco en voz muy baja y con los ojos entrecerrados.
-… y desastrosos efectos si no se hace bien…
-¿Por qué no la bebe todo el mundo siempre, profesor? -preguntó Terry Boot.
-Porque su consumo excesivo produce atolondramiento, temeridad y un peligroso exceso de confianza -respondió Vincent, su gruesa musculatura resaltaba entre los Slytherin-. Ya sabes, todos los excesos son malos... Consumida en grandes cantidades resulta altamente tóxica, pero ingerida con moderación y sólo de forma ocasional...
-Sí, en efecto… -concordó el profesor Slughorn, enarcando las cejas al joven Slytherin.
-¿Usted la ha probado alguna vez, señor? -preguntó Vincent, cruzándose de brazos. Sus músculos se movieron bajo la camisa blanca.
-Dos veces en la vida -reconoció el profesor Slughorn mirando fijamente a Vincent- Una vez cuando tenía veinticuatro años, y otra a los cincuenta y siete. Dos cucharadas grandes para el desayuno. Dos días perfectos -se quedó con la mirada perdida, con aire soñador-. Y eso- dijo tras regresar a la tierra- es lo que les ofreceré como premio al finalizar la clase de hoy.
Todos guardaron silencio, durante unos instantes el sonido de cada burbuja y cada salpicadura de las pociones bullentes se multiplicó por diez.
-Una botellita de Felix Felicis -añadió el profesor Slughorn, y se sacó del bolsillo una minúscula botella de cristal con tapón de corcho que enseñó a sus alumnos-. Suficiente para disfrutar de doce horas de buena suerte. Desde el amanecer hasta el ocaso, tendrán éxito en cualquier cosa que se propongan. Ahora bien, debo advertirles que el Felix Felicis es una sustancia prohibida en las competiciones organizadas, como por ejemplo eventos deportivos, exámenes o elecciones. De modo que el ganador sólo podrá utilizarla un día normal. ¡Pero verá cómo éste se convierte en un día extraordinario!
-¿Alguien más siente la adrenalina fluir por sus venas? -inquirió Blaise en un susurro, sin apartar la mirada de la minúscula botella de cristal.
-Veamos -continuó el profesor Slughorn, adoptando un tono más enérgico-, ¿cómo pueden ganar mi fabuloso premio? Pues bien, abriendo el libro de Elaboración de pociones avanzadas por la página diez. Nos queda poco más de una hora, tiempo suficiente para que obtengan una muestra decente de Filtro de Muertos en Vida. Ya sé que hasta ahora nunca habían preparado nada tan complicado, y desde luego no espero resultados perfectos, pero el que lo haga mejor se llevará al pequeño Felix. ¡Adelante!
Se oyeron chirridos y golpes metálicos cuando los alumnos arrastraron sus calderos y empezaron a añadir pesas a las balanzas, pero no intercambiaron ni una palabra. La concentración que reinaba en el aula era casi tangible.
A pesar de ya haber realizado aquella pócima un año antes durante sus clases avanzadas de Pociones, los Slytherin se vieron obligados a leer las notas que habían apuntado -bajo insistencia del profesor Snape- para recordar cómo hacerla. Bueno, cinco de ellos, Draco ya estaba cortando sus raíces de valeriana a toda prisa y con una precisión envidiable.
No por nada, era el mejor en Pociones.
A su alrededor, cada alumno echaba vistazos alrededor para ver qué hacía el resto de la clase; eso era la gran ventaja y el gran inconveniente de las clases de Pociones: resultaba difícil que unos no espiaran el trabajo de los otros. Al cabo de diez minutos, el aula se había llenado de un vapor azulado. Como siempre, Draco llevaba la delantera. Su poción ya se había convertido en "un líquido homogéneo de color grosella negra", como el libro describía la etapa intermedia ideal.
Para nadie, absolutamente para nadie, pasó desapercibido cuando los Slytherin -con solo unos segundos de diferencia- tomaron sus dagas de plata y aplastaron el grano de sopóforo, que rápidamente exudó tal cantidad de jugo que parecía mentira que lo hubiera contenido.
-¿Pero qué…? -preguntó Padma Patil, de Ravenclaw, aunque su voz rápidamente perdió fuerza. Miraba fascinada el caldero de Blaise, donde la poción había adquirido al instante el tono exacto de lila descrito en el libro.
-Un pequeño truco -respondió Blaise, apartando brevemente la mirada de su caldero y guiñándole un ojo a Patil.
La Ravenclaw asintió y no tardó en imitar la acción de los Slytherin -junto a muchos otros-, pero cuando su poción adquirió el tono de lila exacto, la poción en los calderos de las serpientes ya era de un color rosa claro.
-¿Cómo lo has conseguido? -preguntó Patil con curiosidad, la boca ligeramente abierta.
Blaise se inclinó entre su caldero y el de Theo, sin dejar de revolver su poción mientras contaba mentalmente.
-Remueve una vez en el sentido de las agujas del reloj después de cada siete en sentido contrario… -susurró con secretismo, disparando miradas envenenadas a aquellos que "discretamente" miraban hacia ellos.
-Pero… -dijo Patil, mordiéndose la lengua al instante al reparar en la poción dentro del caldero de Malfoy, que era un poco más clara que la del resto. Miró hacia Blaise, quien también había mirado el caldero de su amigo, pero cuando regresó su mirada a Padma, le sonrió abiertamente, mostrando todos sus blancos dientes antes de encogerse de hombros y seguir con lo suyo.
Siete vueltas en el sentido contrario a las agujas del reloj, una en el sentido de las agujas del reloj, pausa; siete vueltas en sentido contrario a las agujas del reloj…
-Cierra la boca y déjanos terminar -espetó Hermione cuando reparó en la intención de Draco, que había estado a punto de llamar la atención del profesor. Dentro de su caldero, la poción era tan transparente como el agua.
-Como mi prometida lo ordene -concedió el Slytherin, sonriéndole coqueto.
-No es tu prometida -espetó Theo; su pócima a nada de llegar a la transparencia.
-El anillo…
-Te dije que cerraras la boca -siseo Hermione, frunciendo el ceño mientras palpaba la maraña de risos que se habían encrespado gracias a los vapores que rezumaba su caldero.
-Salazar, eres hermosa -murmuró Draco, girándose hacia la castaña y colocando uno de los risos que se habían escapado del moño detrás de la oreja de la chica. Hermione rodó los ojos, pero había una sonrisa petulante en su rostro.
-¡Tiempo! -anunció el profesor Slughorn-. ¡Dejen de remover, por favor!
A continuación, se paseó despacio entre las mesas mirando en el interior de los calderos. No hacía ningún comentario, pero de vez en cuando agitaba un poco alguna poción, o la olfateaba. Cuando llegó a la mesa de Potter, una expresión de júbilo le iluminó el rostro.
-¡He aquí el ganador, sin duda! -exclamó para que lo oyeran todos-. ¡Excelente, Harry, excelente! ¡Caramba, es evidente que has heredado el talento de tu madre! Lily tenía muy buena mano para las pociones. Así, pues, aquí tienes: una botella de Felix Felicis, ¡y empléala bien!
-¿¡Qué!? -aulló Hermione llamando la atención de todos, rápidamente se cubrió la boca con ambas manos mientras se sonrojaba profusamente. La vergüenza coloreando su rostro.
El profesor de Pociones se giró hacia ellos, probablemente para animar a Hermione, pero la sonrisa en su rostro se transformó en seguida gracias a la sorpresa que lo invadió cuando reparó en los calderos de los seis Slytherin, la última mesa para comprobar.
-Vaya, pero… -murmuró nervioso, acercándose torpemente a los Slytherin. Sus ojos recorrieron los seis calderos. La pócima era tan clara como el agua, a diferencia de la de Potter, que estaba a nada de llegar a esa transparencia.
Los alumnos miraron atentamente al nuevo profesor de Pociones, esperando su siguiente paso.
-Bueno, bueno… esto nunca me había pasado -admitió el profesor Slughorn, soltando una risita cómica. Risa que murió de inmediato al reparar en los rostros sombríos de los Slytherin-. Muy bien, muy bien… -murmuró, caminando hacia su mesa, donde había transportado los calderos para dejar las mesas libres y conjurando seis pequeños frascos de vidrio, procedió a verter una pequeña cantidad de líquido dorado en ellos-. ¡Empléenla bien! -les dijo, pero su voz aun sonaba muy insegura.
Los Slytherin guardaron las botellitas en sus túnicas, todos mirando con distintos grados de confusión y desconfianza a Potter. No había manera de que aquel chico, pésimo para realizar una poción, haya logrado llevar a cabo una de tanta dificultad como lo era la pócima de Muertos en vida.
-Debería haberte dado a ti también una botella -opinó Blaise cuando salieron de las mazmorras, mirando a Padma Patil que se encogió de hombros brevemente.
-El profesor Slughorn dijo: … pero el que lo haga mejor se llevará al pequeño Félix -recitó la Ravenclaw-. Y ustedes fueron los únicos en llegar al tono exacto de transparencia.
-¡Pero San Potter tenía el mismo tono claro que el tuyo y aún así le dio una botellita de Felix Felicis! -se quejó Blaise, frunciendo el ceño con enojo.
-Bueno, es que es el gran Harry Potter -respondió escuetamente la chica, dándole un asentimiento de cabeza al moreno como despedida. Rápidamente se perdió entre el tumulto de estudiantes que se dirigían a su siguiente clase.
-Hay algo que no me cuela con Potter -dijo Gregory, totalmente ajeno a la plática que Blaise había mantenido con Patil-. Siento que deberíamos saberlo, pero por alguna razón no logro encontrar la respuesta a la reciente y extraña habilidad de Potter en el manejo de Pociones.
Theo y Vincent asintieron en acuerdo.
-Greg tiene razón -habló Pansy-. Potter no debería haberse acercado a ese tono de transparencia en el tiempo otorgado…
-Hermione y yo iremos a la biblioteca -anunció Draco, sin darle mucha importancia al tema de Potter. Tenía tomada la mano de la castaña en una de las suyas-. Hay algo que debo buscar…
-Nosotros tenemos clase de Cuidado de Criaturas Mágicas -dijo Theo, refiriéndose a él y a Pansy.
-Pues diviértanse -se burló Blaise con malicia, echando ambos brazos por sobre los hombros de Gregory y Vincent-. Nosotros iremos a por algo de comida a las cocinas. Mirthy hace unos ravioli in salsa di formaggio, squisiti.
-Vayan ustedes, yo regresaré a la sala común -dijo Gregory cuando solo quedaron ellos tres.
-Greg…
-No me apetece -interrumpió a Vincent-. Además, me cargo un sueño infernal -explicó, dándose la vuelta y dejándolos ahí solos.
-No vas a hacerlo cambiar de opinión, créeme -le dijo Blaise a Vincent al verlo dar un paso en dirección de las mazmorras de Slytherin-. Ha sido así toda nuestra estancia en casa del profesor Snape… ¿vienes? -preguntó, empezando a caminar hacia las cocinas y sin darle una segunda mirada.
Vincent suspiró con fuerza, pero se obligó a seguir a Blaise. Gregory ya podría hablarles cuando se sintiera listo.
Septiembre, 05. 1996
Aula de Defensa Contra las Artes Oscuras.
01:00 a.m.
-¿Esto parece humo azul? -preguntó el profeso Snape en un susurro bajo y ronco.
Blaise inspiró con fuerza, miró irritado al mago de cabello oscuro. Llevaban más de tres horas metidos en aquella aula repleta de olores amargos y no habían logrado acercarse en lo más mínimo a la elaboración adecuada de la pócima. Y él estaba a nada de un ataque de histeria.
-¿Le parece a usted? -escupió Blaise con cinismo, dándole una sonrisa tensa.
Draco, parado al otro lado de la mesa frente a su propio caldero, se pasó la mano por el rostro. Tratando de ahuyentar el sueño y el cansancio. Theo, por su parte, parecía más cansado que nunca. Las ojeras estaban más pronunciadas que nunca y la palidez en su piel era solo un tono más oscuro que el de su amigo rubio.
El profesor Snape armó una mueca con sus labios y con un movimiento de varita hizo desaparecer el líquido verduzco dentro del caldero.
-En dos semanas será luna llena -anunció el profesor Snape sin emoción alguna en la voz, como si ellos no estuvieran al tanto de aquel detalle.
El joven moreno gruñó y golpeó con fuerza el caldero, haciéndolo caer al suelo con un ruido estrepitoso. Theo se despabiló por completo, pegando un brinco ante berrinche de Blaise mientras que Draco le disparaba una mirada envenenada al Slytherin.
-Dígame algo que no sepa -siseo Blaise, tomando sus cosas de debajo de la mesa y salió con rapidez del aula. Azotando la puerta con fuerza.
El profesor Snape soltó un largo suspiro mientras Draco miraba fijamente por donde se había marchado el moreno, distintos pensamientos pasando con velocidad dentro de su cabeza.
-Ya se le pasara -murmuró Theo, pero su amigo negó con la cabeza antes de agacharse para recoger el caldero abandonado.
-No, no lo hará -respondió, compartiendo una mirada con el castaño-. Él cree que es culpa suya que estés en esta situación.
-Eso es absurdo -negó Theo.
Draco chasqueo la lengua con desdén.
-Lo dices tú, quien no pudo ver a los ojos a Blaise durante una eternidad debido al -dudó-… incidente de la Sala de los Menesteres.
-Es distinto -Theo frunció el ceño-. Yo lo maldije.
-Y él decidió ir a por la niña Weasley para detenerla, en vez de estar con nosotros en el bosque prohibido.
-¿Lo estás culpando? -espetó Theo, mirando con una pizca de enojo al rubio. Draco resopló, rodando los ojos.
-Por supuesto que no -siseo-. La sucesión de eventos hubiera ocurrido de una manera u otra. No importaba si Blaise estaba ahí o no… Además, yo solo culpo a una persona de llevarnos a aquella situación sin retorno. Y no es Potter, cabe aclarar -murmuró con desprecio.
-Mi padre no…
-Es suficiente –interrumpió el profesor Snape, previniendo que se armara un duelo de varitas frente a él-. Todos tienen opiniones distintas referente al evento en cuestión, pero hay veces en que es necesario mantener nuestras opiniones para nosotros mismos… ¿está claro? -enarcó una ceja y ambos adolescentes asintieron, sus hombros aún tensos por la discusión.
-Sí, profesor -dijeron a la par.
-¿Cómo se está adaptando Gregory? -preguntó después de unos segundos.
-Nada bien -respondió Draco, encogiéndose de hombros-. Va de un lado a otro como fantasma. Adrian y Milton suelen arrastrarlo con ellos y los demás Slytherin de séptimo a la biblioteca con la excusa de ayudarlos a estudiar para sus EXTASIS, pero es bastante obvio que no quieren dejarlo solo.
-¿Los hijos de mortífagos? -continuo indagando.
-Por el momento bien -respondió Theo, las palabras siendo arrastradas por el cansancio-. Tengo entendido que Vincent golpeó a Macmillan de Hufflepuff el año pasado debido a ciertos comentarios sobre su padre… Así que será esa razón, por el momento, por la cual nadie nos ha increpado…
El profesor Snape asintió, sin muchos ánimos de continuar su interrogatorio.
-Vayan a descansar –ordenó-. Tómense el día libre y continuaré instruyéndolos el domingo.
Ambos Slytherin asintieron con aires distraídos antes de recoger sus respectivas cosas y salir del aula, cada uno sumido en sus propios pensamientos.
Septiembre, 07. 1996
Lindero del bosque prohibido.
17:11 p.m.
Sus orbes color esmeralda recorrían el extenso perímetro del inmenso bosque, deteniéndose cada pocos segundos en la entrada del pequeño sendero que había recorrido aquella desastrosa noche.
Soltó un largo suspiro, el humo del cigarrillo bailando contra el frío clima. Sentado, con las piernas extendidas frente a él, y dándole la espalda al castillo, Blaise no podía apartarse de ahí. Había creído que regresar al escenario del crimen podía ayudarlo a terminar con sus pesadillas, pero sus pies no habían querido cooperar cuando llegó a las afueras del bosque.
Negándose a llevarlo dónde quería… donde necesitaba ir.
-Patético -masculló en voz alta, llevándose el cigarrillo una vez más a los labios. ¿Dónde necesitaba ir? Resopló. Tenía muchas pesadillas, producto de muchos lugares donde había sufrido una agresión tras otra.
De niño, era el terrible miedo de que Cassiopea por fin decidiera acabar con él y con Mirthy. Luego vinieron las pesadillas con Theo, con Greyback… con su madre de nuevo. No importaba cuanto creyera que cierta acción era la cúspide de sus mas terribles sueños, poco después vendrían otros para atormentarlo muchísimo más que el anterior.
¿Alguna vez acabaría? ¿O vendría algo peor?
Negó con la cabeza, por supuesto que vendría algo peor. Solo era cuestión de tiempo… y temía que el siguiente monstruo en su larga lista de miedos fuera el mismísimo Lord Oscuro.
-Puedo oírte pensar -murmuró una voz a su lado y antes de que Blaise pudiera levantar la cabeza para mirar a su nueva compañía, ella se dejó caer a su lado con elegancia, le arrebató el cigarrillo de la mano y se lo llevó a los rosados labios, inhalando con fuerza.
En seguida, una terrible tos salió de la boca de Hermione, quien se palmeo el pecho con fuerza para alejar el terrible ardor.
-Joder… -jadeo la castaña, regresándole el cigarrillo a Blaise que sonreía con malicia pura.
-¿No es de su gusto, signorina Malfoy? -se burló el moreno, solo para recibir una mirada furibunda de su amigo.
-Esa cosa va a dañarte los pulmones.
-Acabas de probar de mi cosa.
-Solo fue una calada, y no uses esas palabras conmigo, Blaise, que te conozco -siseo Hermione, provocando una risa en el moreno-. Sigue riéndote y le contaré a Draco sobre tu desafortunado comentario.
-Vamos, Herms, solo bromeaba -negó el muchacho, dejando caer el cigarrillo al suelo antes de aplastarlo con su bota-. ¿Qué haces aquí?
-El profesor Slughorn nos invitó a una pequeña fiesta en sus aposentos esta noche -anunció la Slytherin, frunciendo el ceño-. Potter, McLaggen y Melinda Bobbin estarán presentes.
-¿Una fiesta? -preguntó el moreno, imitando el ceño de la castaña. Hermione se encogió de hombros.
-Iba a rechazar su invitación, sobre todo porque fingió no ver a Draco cuando me invitó, pero…
-Draco cree que sería una buena idea seguirle el rollo al viejo -interrumpió Blaise y Hermione asintió en acuerdo-. Bueno, no podemos desobedecer una orden del príncipe de las serpientes, ¿cierto?
Hermione sonrió, negando con la cabeza.
-Supongo que no -se burló.
-Que Morgana nos ampare -masculló el moreno, mirando una vez más al enorme bosque-. No me gustaría tener que estar en el lado equivocado de "El Elegido".
-Ya estamos del lado equivocado -murmuró Hermione, siguiendo la mirada del Slytherin. El bosque prohibido parecía más tenebroso que nunca y si fuera por decisión suya, quemaría ese lugar hasta no dejar nada más que tierra carbonizada.
