¡MIS ENORMES DISCULPAS!

Fue un mes intenso, ¡super intenso!

Fue cumple de mi madre y mi hermana y yo tuvimos que prepararle una sorpresa. Además, salió el último libro de unas de mis sagas favoritas: Summer de Joss Stirling... Cuatro años de mi vida y ¡puf! Terminaron... Y bueno, tuve exámenes así que...

Los personajes no me pertenecen.

La idea tampoco, pero la historia sí.

Gracias a todos aquellos que empiezan esta historia.

Siento no responder sus Review (de nuevo) pero se me acaba la pila de la lap.

¡Espero les guste!


Julio, 15. 1997

Westminster, Londres muggle.

9:23 a.m

Un fuerte resoplido salió de los labios de Susan Bones mientras fregaba con fuerza los platos que habían sido usados para su desayuno. Miró de reojo como la cafetera, con un ruido casi monstruoso, iba vaciando parte de su contenido en la taza color blanco. Un lastimoso lloriqueo se propagó en la cocina, su tía le había negado tomar una taza más de café mientras ella podía tomar las que quisiera, que injusta era la vida... y sobre todo no cumplir hasta Diciembre la mayoría de edad y tener que hacerlo todo al modo muggle.

No la mal entiendan, su padre es un muggle y con su madre trabajando en la MACUSA (causa real de la separación de ambos) intercambiaba vacaciones entre ellos. Los veranos, con su madre en Estados Unidos y las vacaciones de invierno con su padre (ahí, en Reino Unido) pero su madre no había podido cuidarla ese verano ya que con el mundo patas arriba, el trabajo de Auror en la MACUSA era más pesado que nunca. Con todos los Ministerios de Magia intentando ponerse de acuerdo para esta nueva época de oscuridad, su madre y el resto de los aurores tenían más trabajo con que le había sido imposible cuidarla.

Y con su padre que era detective había sido casi lo mismo, todos los asesinatos ocurridos en ese transcurso de tiempo eran demasiados, lo que le había resultado imposible (al igual que su madre) cuidarla. Ahora estaba ahí, lavando los platos mientras su tía Amelia se arreglaba para salir al Ministerio de Magia, ya que era la jefa del Departamento de Seguridad Mágica.

Se restregó el dorso de la mano contra la frente, disparandole otra mirada acusadora a la maquina de café y terminó de enjuagar los platos. Lo único malo de quedarse con su tía (ya que la mayor parte del día estaba sola) es que ese era el único aparato muggle que poseía, ni una t.v y mucho menos una computadora... que cruel era el destino.

Se secó las manos con el trapo justo cuando su tía Amelia cruzaba la puerta de la cocina; vestía sus túnicas habituales y su cabello marrón estaba atado en una coleta. Caminó hasta la encimera y tomó la taza blanca entre sus manos, un suspiro como ronroneo salió de sus labios mientras daba un pequeño sorbo al café americano (cortesía de su madre). Susan volvió a resoplar, ganándose un guiño divertido de su tía.

-Eres muy joven para tomar más de una taza de café al día -le recordó. Susan hizo un mohín.

-Tengo dieciséis, en Diciembre cumplo diecisiete... ¡no soy una niña! -se quejó. Sus mejillas enrojecieron al darse cuenta de la forma tan infantil en como había hablado. Su tía Amelia soltó una carcajada mientras caminaba hacia ella y le daba un beso en la coronilla.

-Eres idéntica a tu padre, a excepción de tu altura, eres igual de pequeña que tu madre -su tía Amelia rió mientras ella abría la boca, indignada.

-No soy tan enana, deberías ver a Hannah, ella inclusive es más baja que yo... -se quejó. Su tía se disponía a reír una vez más, siempre tan risueña delante de su familia y tan estricta delante del resto de magos, cuando una lechuza entró por la ventana. Su semblante se volvió serio al leer la carta que traía el ave. Susan admiró a su tía, era realmente hermosa... no entendía porque nunca se había casado- ¿Pasa algo? -preguntó cuando su tía frunció el ceño, antes de sacar su varita para que unas palabras aparecieran en el pergamino y se lo tendiera a la lechuza, que salió por la ventana mientras ululaba.

-Nada demasiado grabe... -hizo una mueca, posando sus ojos azules sobre los de su sobrina antes de soltar un largo suspiro y dejar la taza sobre la encimera- Sé que últimamente he tenido más trabajo que nunca...

-Como todos... -recordó a su madre. Su tía asintió.

-Hace dos días, te conté sobre lo ocurrido en Azkaban -a Susan le recorrió un escalofrío. Mientras una de las más famosas mortífagas hacía estragos en un valle muggle, un grupo de mortífagos se había encargado de liberar a los presos (únicamente mortífagos) de Azkaban- Lo que no te dije, es que ese día no solo fueron mortífagos quienes huyeron de Azkaban -Susan frunció el ceño, confundida- ¿Conoces a Blaise Zabini? -indagó. Susan asintió, recordando a aquel extraño chico, quien la había amenazado sobre su elfina... el chico que estaba enamorado de una de sus mejores amigas, Ginny Weasley...

-Es un chico de Slytherin, va en mi año -dijo. Su tía asintió.

-Su madre también escapó de Azkaban -Susan sabía que la madre del Slytherin estaba presa debido a que había intentado envenenarlo, después de culparlo de la muerte de su padrastro. Ginny se los había contado el año pasado y su tía se lo había confirmado poco después- Ayer por la mañana... encontraron su cuerpo cuando los aurores registraron Zabini Manor en su búsqueda... -Susan ahogo un grito- Aún vestía la vestimenta de Azkaban...

-¿Tú crees que él haya...? -preguntó, temerosa. Su tía negó.

-Dudo que un chico albergue tanto odio contra su madre, uno ama incondicionalmente a la persona que le dio la vida... -soltó un largo suspiro- Buscamos a Blaise Zabini, pero resultó que el chico no sabia nada, púes en esos momentos se encontraba viviendo con un ex compañero de Slytherin: Marcus Flint. Él confirma su coartada -Susan asintió, recordaba que aquel Slytherin era muy amigo de Hermione Granger, la nacida de muggles en la casa de las serpientes...

-Espera -pidió- ¿Por qué me cuentas esto? -preguntó, frunciendo el ceño con confusión.

-Registramos las debidas mansiones y casas de cada mortífago que escapó, pero ninguna albergaba a los prófugos... Ni a los chicos que me dijiste que estuvieron involucrados en la muerte de Dumbledore -su tía parpadeo un par de veces, alejando las lágrimas. Todo el mundo respetaba y quería a Albus Dumbledore- ... La carta decía que un elfo doméstico llegó histérico al Ministerio... El elfo pertenece a Malfoy Manor... encontró a Narcissa Malfoy muerta esta mañana, la maldición asesina...

-¡Por Merlín! -exclamó Susan, más aterrorizada que nunca.

-Los aurores fueron por su cuerpo, pero resulta que como última propietaria de Malfoy Manor, ya que Lucius Malfoy y su hijo Draco son prófugos, la mansión se cerró por completo. Los antiguos hechizos prohibieron la entrada a la mansión, el elfo tuvo que sacar el cuerpo de Narcissa Malfoy para que los aurores pudieran llevársela... -la miró con seriedad- Algo raro esta pasando con las más poderosas familias de los sangre pura... el último punto del pergamino decía que esta mañana los Greengrass dejaron Inglaterra... esa ya es la familia número treinta y dos que deja Reino unido en el último mes... todas familias reconocidas porque sus hijos estudian en Hogwarts...

-Todos sabemos que muchas familias muggles y mestizas están dejando Inglaterra para alejarse de la guerra y...

-No -interrumpió su tía- Ese número no es de familias muggles... son sangre puras y mestizos... para más precisión... -inhaló- familias con hijos en Slytherin. Si contamos bien... -hizo una mueca- es posible que muy pocos Slytherin entren este año a Hogwarts... Como van las cosas, para el primero de Septiembre sólo poco más de tres alumnos por grado irán al colegio... a comparación del resto de las casas... -se llevó las manos el cuello, con gesto abstraído- ... Esto es realmente extraño, Susan. Es como si todas esas familias estuvieran huyendo de algo, escondiéndose... Los pocos que quedan son familias que tienen lazos con Quien-tu-sabes y aquellos que parecen aún no tomar bando en la guerra... Todos simplemente se marchan sin mirar atrás, como si fueran... -poso sus ojos sobre su sobrina-... obligados a irse...

-Pero... ¿quién los obligaría? -preguntó Susan, confundida- Los Greengrass tienen dos hijas en Slytherin: Daphne y Astoria, ambas eran amigas cercanas a Draco Malfoy y... -soltó un gritito- ¡Eran amigas de Hermione! La chica de padres muggles -recordó Susan- Sólo en quinto año fue cuando su amistad se rompió... ¿qué otras familias se ha marchado? -preguntó, con los ojos brillando de entusiasmo. Su tía hizo una mueca, sopeando si contarle o no, suspiro, ¿qué más daba?

-Los Graham, King, los Flint el año pasado, la familia Pucey, los Higgs, Bole, Derrick, los Montague, los Malcom, Statham, Branstone, Cauldwell, Craggy, Talkalot, Jacknife, Winickus, los Lament... -frunció el ceño- Los Murton, Farley, Bulstrode... Hestia Carrow junto a su esposo muggle y su hija Flora...

-Todas familias con hijos que son cercanos o considerados amigos de Hermione Granger -dijo Susan con entusiasmo- ¡Se negaron a pelear junto a El-que-no-debe-ser-nombrado! ¡Han dejado Inglaterra porque no creen en la pureza de la sangre! ¡Tal vez Granger...! -Susan calló de golpe cuando una estridente alarma empezó a sonar por toda la casa. Poso sus orbes marrones en los azules de su tía, que la miraban aterrorizada- ¿Qué...?

-Tu varita -ordenó mientras sacaba la suya.

-Está en mi cuarto y...

-¡Ve por ella! ¡Ahora! -gritó su tía mientras lanzaba encantamientos de protección a la puerta de entrada. Se giró sobre si misma y abrió una cajón con tanta fuerza que lo sacó del mueble, el cajón cayó al suelo y Amelia Bones se arrodillo a su lado, esculcando entre los utensilios de cocina hasta que encontró lo que buscaba: una cuchara de madera con el mango pintado de amarillo.

Al levantarse, comprobó que su sobrina, atemorizada, no se había movido ni un sólo apéndice. Estaba estática, temblando de miedo y con los ojos inyectados de terror puro, completamente horrorizada. La admiró unos segundos, había veces en que le recordaba a su hermana menor, Amanda, aunque tuvieran el pelo y los ojos de color diferente.

Tomo las mejillas de su sobrina entre sus manos y le dio un suave beso en la frente. Se separó y la obligó a tomar la cuchara entre sus temblorosas manos. La miró con toda la ternura que pudo explicar en una sola mirada.

-Esto se activará una vez tengas tu varita en mano... te llevará a un lugar seguro, uno de los cuarteles de la Orden del Fénix...

-¿Qué esta pasando? -preguntó, asustada y sin querer soltar las manos de su tía.

-Mortífagos, seguramente... -explicó.

-¿Por qué no vienes conmigo? -las lágrimas empezaron a deslizarse por sus mejillas. Amelia suspiró.

-Tengo que detenerlos... -le sonrió- Ahora corre y no te detengas... ¿me oíste? -Susan boqueó un par de veces, perdida- ¿¡Me entendiste!? -gritó.

-¡Sí, sí! ¡Te entendí! -gritó de regreso. Su tía le dio una última sonrisa y la empujó hacia las escaleras una vez la puerta de entrada se abría con una fuerte explosión. Susan terminó disparada al suelo, junto a su tía, se golpeo el hombro contra la esquina del primer escalón.

-¡Protego maxima!

-¡Avada Kedavra!

La maldición asesina tambaleo contra la barrera mágica que su tía se esforzaba en mantener.

-¡Corre! -gritó su tía, arrodillada un metro delante de ella y manteniendo la barrera con su varita y mano. Susan, tambaleándose, logró levantarse y miró de reojo al intruso: la sangre se le congeló en las venas.

El Innombrable estaba parado justo del otro lado de la barrera mágica y era mucho más espeluznante de lo que Harry Potter retrataba: Su piel era blanca, como la de un cadáver y esquelética. No tenía cabello y el lugar donde debía estar su nariz habían dos orificios, como los de una serpiente... y sus ojos, sus ojos eran lo más tenebroso en él... eran rojos y sus pupilas ovaladas, como las de un reptil... como las de una serpiente...

-¡Susan! ¡Corre! -el gritó de su tía la sacó de su estupefacción. Temblando y sollozando le dirigió una última mirada a su tía, pero esta no la veía a ella, si no a El-que-no-debe-ser-nombrado.

-No te esfuerces, Amelia... -siseo el Innombrable. Su voz era baja y arrastraba las palabras; no como Malfoy que usualmente hacía sentir a uno inferior a su persona, si no como una amenaza que sería cumplida- Ella estará muerta, igual que tú...

-¡CORRE SUSAN!

-¡Avada Kedavra! -la barrera se rompió. Susan volteó y salió corriendo escaleras arriba, con el corazón palpitandole con fuerza, golpeando sus costillas, queriendo salir de su pecho. Se lanzó sobre la puerta de su cuarto, tropezando y cayendo de bruces contra el suelo, se arrastró hasta llegar a su baúl y abriéndolo con fuerza, posó sus orbes marrones sobre la varita mágica.

Su mano tembló antes de tomarla, mirando de reojo la cuchara de madera (que por suerte no había soltado en ningún momento) y sopeso sus opciones. Tal vez su tía podría hacerle frente al Innombrable, tal vez si ella la ayudaba podían derrotarlo... Un lastimero sollozo se escapó de sus labios cuando escuchó una explosión en el piso de abajo y, haciendo caso a su tía, enrollo sus dedos alrededor de la varita mágica. El traslador se activo y ella desapareció de su cuarto.

Las imágenes borrosas y constantes pasaron delante de sus ojos antes de caer de un senton sobre la hierba. Un pasto sin podar y secó. Alzó la mirada, sintiendo las lágrimas saladas en su paladar y miró la casa que reconoció enseguida:

La Madriguera.


Distrito Hillingdon, muggle.

Aeropuerto de Londres-Heathrow.

Media hora atrás.

Sus orbes verdes recorrían la inmensa estación: los muggles caminaban de un lado a otro, completamente ajenos de la desgracia que caería sobre ellos si el Innombrable ganaba esa guerra. Podía ver como los niños se tomaban de las manos de sus padres, lo enamorados iban abrazados e inclusive a muggles con la vestimenta de pilotos y azafatas; todo aquello que alguna vez escucho en Estudios Muggles... al final si sirvió de algo.

Sus manos, húmedas, recorrieron sus muslos vestidos de mezclilla, tratando de calmar sus nervios. Sentada al lado suyo estaba su hermana, la pequeña Astoria. Llevaba su largo cabello rubio (ahora pintado de negro) atado en una coleta alta, al igual que ella, vestía unos pantalones de mezclilla y un suéter negro, con sus orbes, igualmente verdes, mirando asustados a su alrededor.

Sentados en la fila de asientos del frente estaban sus padres, los ojos de su padre escudriñaban la inmensa estación mientras su madre, si es que podía parecer más chica, se acurrucaba contra él, casi ocultando su rostro. Su padre llevaba un traje gris muggle y su madre un vestido veraniego verde.

Soltó un largo suspiro, mirando de reojo donde estaba sentado Marcus Flint, ex miembro de la casa de Slytherin y antiguo Prefecto, como capitán de su equipo de quidditch. Fingía leer un periódico, a cinco asientos de la familia Greengrass.

Sabía que en la entrada del Aeropuerto estaban Lucian Bole, ex Slytherin y antiguo bateador de equipo de las serpientes junto a Peregrine Derrick, ex guardían. Y, parado cerca de los monitores que anunciaban las salidas de los aviones, estaba Adrian Pucey, recién graduado de Hogwarts.

Un suspiro tembloroso salió de sus labios... todos ellos, arriesgando sus vidas para ayudarlos a huir de Inglaterra.

Una larga exhalación y un ligero viento anunció que alguien acababa de sentarse en el asiento vacío de su lado izquierdo.

-Listo, ya pasamos las maletas... -Daphne asintió, disparandole una mirada al Slytherin. Blaise Zabini, en todo su esplendor, miraba con indiferencia a los muggles que pasaban. Al igual que todos, vestía ropa muggle, camuflajeandose bien a su alrededor aunque si alguien se acercaba lo suficiente vería la mismísima muerte en los ojos del chico.

Parecía mayor de lo que era, con tan solo diecisiete años cargaba en sus hombros la reciente muerte de su madre y la traición de sus mejores amigos, también el riesgo que tomaba ayudarlos a esconderse.

Un inmenso nudo se instaló en la garganta de Daphne al mirar a Gregory Goyle y Hermione Granger entregarles a sus padres los documentos para su nueva vida. Su visión se volvió borrosa y solo pudo atinar a morder su labio para evitar un sollozo.

-Todo va a salir bien... -murmuró Blaise, tomando la delicada mano de Daphne entre las suyas y sonriendole con sinceridad. Daphne parpadeo repetidas veces.

-Tengo miedo... -admitió en un susurro bajo.

-Todos lo tenemos -suspiró el moreno, soltando su mano y enrollando su brazo alrededor de la cintura de Daphne, atrayendola a él. Daphne se dejo consolar, enterrando su rostro en el fuerte pecho del Slytherin- Siempre se ha de conservar el temor, más jamás se debe mostrar... -Daphne alzó la mirada, posando sus orbes verdes en los cálidos de Blaise- Francisco de Quevedo.

-¿Escritores muggles? -preguntó, con una lenta sonrisa surcando sus pálidos labios. Blaise se encogió de hombros, moviendo ligeramente a la rubia, que por el momento era castaña.

-Tú no has tenido que convivir con Hermione los 365 días del año, mucho menos con Theo... -Blaise soltó un pesado suspiro- Aveces se me olvida lo jodido que estamos...

-Lo siento... -se disculpó Daphne, queriendo borrar la tristeza que amenazaba con apoderarse del moreno. Muchos decían que los Slytherin eran crueles, sin sentimientos... sin corazón... el problema caía en que todas aquellas personas que decían eso, nunca habían experimentado una verdadera sonrisa de un Slytherin. Entre las serpientes era fácil admirarse unos a otros, tanto... que aunque una persona ajena a ellos viera una mirada indiferente... un Slytherin podía ver la verdad en los ojos de otros. Los ojos eran las ventanas del alma y Daphne podía ver la de Blaise, como aquel muchacho, podía ver la suya.

Blaise tenía miedo, sus orbes verdes mostraban una inmensa tristeza, cansancio y una pequeña gota de esperanza... si ella veía eso en él, ¿qué veía él en ella? Daphne sonrió ambigua, nunca le preguntes a un Slytherin qué es lo qué ve si no quieres que desnude tu alma...

-Yo también, realmente lo siento -se disculpó, dejando un casto beso en la frente de la chica- Todo lo que paso en cuarto... fui un imbécil, te usé... -Daphne negó, derrotada.

-Yo quería ser usada... -admitió- Sabía qué lo que sentías por Weasley era... abrasador... Yo quería cambiarte, quería que me miraras como la mirabas a ella -sus palabras estaban teñidas de vergüenza- Soy una pésima amiga, usé tus sentimientos a mi favor...

-Cómo yo use los tuyos al mío... -Blaise sonrió de lado- Creo que estamos a mano...

"Pasajeros del vuelo 342 con destino a Berlín, Alemina. Favor de pasar a la puerta de abordaje número siete"

El sonido monótono irrumpió en la estación. Varios muggles sentados empezaron a levantarse, algunos tomando sus maletas de mano y otros a sus hijos para empezar a formarse en la fila.

Daphne se separó de Blaise, limpiando la lágrima que se le había escapado. Sus padres, nerviosos, se acercaron a ella mientras Astoria y Blaise se levantaban a la par de la rubia. Su padre parecía impertérrito pero podía ver el pequeño brillo nervioso en sus orbes azules.

-Bueno, es hora de irnos...-anunció.

-Usen esto solo cuando sea absolutamente necesario -ordenó Hermione, pasando una varita algo torcida a Antoine Greengrass, que en seguida se la dio a su mujer para que la guardara en su bolsa de mano.

-El Ministerio no podrá rastrearlos -dijo Marcus, que acababa de pararse al lado de ellos- Y esa varita no tiene identificación, la hemos tomado cuando Ollivander fue secuestrado...

-Pero Astoria... -empezó Gissell Grengrass, atemorizada.

-Tampoco pueden rastrearla -dijo Gregory, rascándose la mandíbula- Jafar Montauge trabajaba en el Ministerio, en el Departamento de Seguridad Mágica... Antes de su partida a Sudáfrica con su familia, le pedimos el favor de desconectar los localizadores de los menores de edad en Slytherin...

-¿Cómo es qué...? -empezó Antoine.

-El Ministerio está más ocupado buscando a Voldemort, cuidando a Potter y ahora con la reciente muerte de Albus Dumbledore, un fuerte golpe para la sociedad Mágica, tardaran en enterarse...

-Y cuando Voldemort tome el control del Ministerio -interrumpió Marcus a Hermione.

-Que lo hará... -murmuró Gregory para tormento de todos.

-Será demasiado tarde, no quedará ninguna de las familias de Slytherin a quienes pueda manipular... -terminó Marcus.

-Y ninguno de nosotros abrirá la boca sobre donde se encuentran -apoyo Hermione- Cuando la última de las familias de Slytherin salgan de Inglaterra, los relacionados con sus traslados, nos hemos comprometido a borrar nuestras memorias sobre su paradero.

-Nadie va a encontrarlos -sentenció Blaise- Ténganlo por seguro.

Los Greengrass parecieron más aliviados con aquella explicación. Antione y Gissell se giraron a Marcus, quien les contaría lo que sucedería una vez llegaran a Alemania: quienes los esperarían, palabras de seguridad, y traslados muggles...

-Cuando les hayan dado todas las instrucciones sobre su hospedaje -murmuró Blaise a Daphne- Asegúrate de recordarle a tus padres de borrar la memoria de quien los ayudó, ellos están al tanto de todo y aceptaron las condiciones...

-Mis padres no son buenos en hechizos memorizantes -interrumpió Astoria, algo apenada.

-Por eso hemos preparado esto -dijo Hermione, tendiéndole un frasco a Astoria. Un liquido azul burbujeaba dentro- Es una poción desmemorizante, la preparamos nosotros mismos. Sólo asegúrense que la tome...

-No olvidemos la historia de Peter Petigrew y los Potter -bufo Gregory, cruzándose de brazos- El miedo puede cortar amistades, por más leal que un Slytherin sea, siempre se fijara primero en quienes les importa sobre desconocidos...

-Si alguien les pidiera información sobre su paradero a comparación de dejar a su familia intacta, lo harán... Yo lo haría -murmuró Hermione con un brillo peligroso en los ojos- Por eso todos hemos tomado la condición de borrar nuestros recuerdos...

-Eso podría provocar una muerte segura -dijo Daphne, aterrada.

-Mejor muerto por haber hecho una acción valerosa que vivir siendo un cobarde chivato -dijo Adrian, quien acababa de llegar hasta ellos. Los Slytherin guardaron silencio.

-Espero que cuando nos volvamos a ver, seamos tan amigos como una vez fuimos -pidió Daphne, mirando de reojo como Astoria hablaba en voz baja con Hermione y como Adrian y Gregory miraban a su alrededor.

-Yo espero lo mismo -Blaise sonrió.

-¿Puedo pedirte una última cosa? -preguntó.

-La que sea, principessa...

-No te rindas, porque me sentiría humillada al saber que deje de lado lo que siento por ti para que al final no hayas conseguido lo que más anhelas -dicho esto, Daphne deslizo ambas manos por el duro pecho de Blaise, enterrándolas en sus rizos y jalándolo hacia ella. Los fríos labios de Daphne se mezclaron con los helados de Blaise, con un beso que dejaba libre sus sentimientos: amistad, amor, rechazo, arrepentimiento, perdón.

Daphne suspiró sobre los labios de Blaise una vez se separaron por la falta de oxigeno. Blaise junto sus frentes mientras le sonreía con tristeza.

-No me olvides... -pidió Daphne.

-Jamás lo haré... -prometió el moreno.

Daphne sonrió, temerosa. Dio un último suspiro, dejando un suave beso en la mejilla de Blaise antes de apartarse. Se despidió de lejos de Gregory, Adrian y Hermione antes de tomar la mano de su hermana y dirigirse hacia la entrada de abordaje.

Espero atenta mientras sus padres mostraban sus boletos y pasaportes.

-Siento lo de Blaise -dijo su hermana, dándole un ligero apretón.

-Y yo siento lo de Malfoy -dijo, regresandole el apretón.

-El primer amor apesta... -rió sin gracia Astoria. Daphne se giró, mirando por última vez a su primer amor.

-La verdad no lo hace -dio un ligero sollozo, viendo a Blaise como si quisiera grabarlo a fuego en su memoria- Lo que apesta es que no sea correspondido... -admitió, sintiendo la lágrima bajar por su mejilla antes de seguir a sus padres por el túnel que los llevaría al avión, que la llevaría lejos de Blaise... lejos del peligro.


Kennington, Londres muggle.

Al sur del río Támesis.

10:00 a.m

Blaise soltó un enorme bostezo, restregándose con fuerza los ojos mientras caminaba a la par de Hermione. En su brazo derecho cargaba tres bolsas con comida para que Hermione cargara solo una. Ambos iban sumidos en sus propios pensamientos, recorriendo la calle que parecía un suburbio muggle, ya que los departamentos eran todos iguales, mismo color, misma altura, misma distancia.

Era una zona adinerada, a pesar de que Marcus se había mudado al mundo muggle, su necesidad de vivir en un lugar acomodado no paso desapercibido. El departamento que compró (bajo otro nombre, claro) estaba ambientado con lo último de la tecnología muggle.

-¿Qué harás con el cuerpo de Casiopea? -preguntó Hermione después de un momento. Blaise frunció el ceño, confundido.

-¿El cuerpo de...? ¡Ah! -exclamó. Se le había olvidado que su madre ya no estaba más en Azkaban, si no muerta, gracias a Mirthy. Blaise sabía que nunca podría perdonar a su madre y Mirthy se negaba a dejarlo cometer tal atrocidad ya que podía ser descubierto por los Aurores. Mirthy, siempre protegiéndolo- Creo que podría enterrarla en algún cementerio muggle, ya no era una Zabini y la mansión la repelara si se intenta enterrar en su cementerio... una lastima -se burló. Hermione frunció la nariz, con disgusto.

-Aún me es un poco complicado entender que las mansiones piensan por si mismas -rió. Blaise negó con la cabeza, divertido. Caminaron un par de metros más antes de llegar al departamento de Marcus, que consistía en cinco pisos.

Era blanco (como todos) con una enorme puerta negra donde posaba el número 15, dos pequeñas ventanas, una a cada lado de la puerta, con su propia maceta de rosales. Tres escalones de ladrillos rojos para subir y un barandal negro.

Hermione introdujo la llave en la manija y entró en el apartamento, seguida de cerca por Blaise. El Slytherin cerró la puerta detrás suyo y siguió a Hermione hasta la cocina, pasando sin más miramiento la sala. La entrada de la cocina quedaba justo enfrente de las escaleras que llevarían a los demás pisos; cada uno con una habitación propia, un baño completo, una pequeña sala, un mini bar y un balcón, así que era extremadamente necesario regresar al primer piso para desayunar, comer y cenar.

Dejó las cosas sobre la isla de mármol y se sentó sobre uno de los taburetes, mirando como Hermione sacaba los paquetes de pastas, los de cereal, las botellas de agua y demás alimentos de las bolsas para acomodarlas en sus respectivos lugares; ya sea en el refrigerador o en la alacena.

-¿Cuanto tardaran Marcus y Greg en regresar? -preguntó el moreno.

-Tienen que hacer creíble la huida de los Greengrass, nadie puede sospechar que se esconderán en el mundo muggle -musitó distraída. Blaise asintió- Además, deben borrarles la memora a Adrian, Lucias y Peregrine... por cierto, ¿quién falta? -preguntó al momento que encendía la estufa.

Blaise sacó un pequeño pergamino de su bolsillo y conjuró una pluma. Tachó el nombre: Greengrass de la lista y se fijo en los siguientes-: Winickus, Burke, Davies, Clearwater, Fancourt, Dawlish, Burrow, Wildsmith... son todos -dijo- La verdad es que no faltan muchos, cuando salimos de Hogwarts unos ya se habían marchado y el resto no fue difícil de convencer... a excepción de los hijos de mortífagos -hizo una mueca- y de los que decidieron quedarse a luchar... -escuchó el resoplido de Hermione.

-Están locos -espetó.

-Nah... -negó Blaise, logrando taparse los ojos con su cabello. Sopló, logrando una apertura para mirar a Hermione, que lo miraba con una mueca- Se quedaron porque piensan que necesitas protección... nadie se creyó la ruptura de Draco y tuya, así que están seguros de que ganaremos la guerra; ya sabes, por tener tantos espías...

-No estamos seguros de que ganaremos la guerra -le reprochó. Blaise se encogió de hombros.

-Tomaron su decisión, Hermione... no puedes obligarlos a irse a pesar de que eso quieres que hagan...

-Alexander ha decidió quedarse...

-Chico valiente...

-Es estúpido -escupió Hermione- Solo tiene trece años... es un niño... -suspiró- Todos lo somos... -negó y movió la mano. Blaise pudo ver como su cabello empezaba a reducirse hasta mirar bien a Hermione.

-Gracias -sonrió. Hermione rodó los ojos.

-Así puedo verte los ojos -sonrió, dándose la vuelta y continuando con el desayuno- Ve a decirle a Mirthy que ya llegamos, de seguro se habrá quedado dormida...

-¿Cómo no? -se burló Blaise- Estuvo toda la noche viendo la televisión -dijo, bajándose del taburete y escuchando la carcajada de Hermione aún después de salir de la cocina. Siguió removiendo el huevo sobre el sartén hasta soltar un suspiro pesado.

-Ahora solo queda un problema...


Julio, 17. 1997.

Luna llena.

La Madriguera.

Era una noche hermosa, nadie podía negarlo. El suave resplandor que emitía la luna completamente envuelta por las nubes hacía que el ambiente fuera incluso más nostálgico.

El único sonido que escuchaba era el de Susan Bones discutiendo con su madre, acompañando de los murmullos que provenían de Ron y Ginny en una acolorada discusión.

Podía sentir la fría hierba bajo sus pies desnudos y el helado aire de la noche golpear sus delgados brazos hasta provocarle un escalofrío. Su caída coleta revolotear de vez en cuando y el negro vestido que portaba, sacudirse con el viento.

Pero no podía ver ni una sola criatura, no había... ni siquiera Heliopatas que siempre bailaban a la luz de la luna... todo era tan extraño, es como si las criaturas tuvieran miedo de aparecerse delante de ella... parecía que... huían... ¿de qué? ¿A qué le podían temer tanto?

El corazón de Luna dio un revuelco.

¿Y si era...?

Negó, los Snorkack de cuerno arrugado no temían a las hombres lobo, tampoco lo hacían los Torposoplos... entonces, ¿qué era tan poderoso como para asustarlos?

-¡Luna! -la Ravenclaw pego un bote, se giro sobre sus talones. Neville Longbottom, con su túnica negra, la llamaba desde la entrada de La Madriguera- Molly está preparando té, ¿quieres?

-Sí, muchas gracias, Neville Longbottom -agradeció Luna con una linda sonrisa, sacando un sonrojo al Gryffindor, que regreso dentro de la inestable morada.

Todos los amigos cercanos de la familia Bones aún se encontraban allí, suponía que para dar fuerzas a la familia aunque la rubia no lo entendía. El alma de Amelia Bones ya no se encontraba con ellos, había partido en paz a pesar de haber sido asesinada por El-que-no debe-ser-nombrado.

Luna dio un último vistazo a la enorme y desolada pradera antes de regresar al interior de La Madriguera cuando otro tirón en su pecho la hizo detenerse... no de su pecho, de su alma. Una extraña necesidad y excitación corrió por el torrente sanguíneo de la Ravenclaw, guiándola fuera de la protección de La Madriguera, dentro de la hierba alta y seca que rodeaba su alrededor.

Alguien la llamaba, un grito desesperado.

Los pies de Luna se deslizaron por la hierba podada, con su corazón palpitando con fuerza... quería ir pero tenía miedo de hacerlo.

-¿Luna? -la susodicha se giro, mirando entre aterrada y fascinada a Ginny que salía de La Madriguera. Sus mejillas estaban más pálidas de lo usual, sus labios cortados y los ojos rojos como estuviera aguantando las lágrimas.

Pudo ver, por sobre el hombro de la pelirroja, que Ron Weasley caminaba con zancadas hacia su hermana, con el rostro rojo de furia.

-Lo siento... -se disculpo con la pelirroja. No podía ayudarla, alguien más la necesitaba.

Se giro y salió corriendo hacia el enorme pastizal.

-¡LUNA! -aulló Ginny, desesperada.

La hierba seca la golpeo en el rostro, entre una suave caricia y un fuerte castigo. Luna corrió descalza por las pequeñas lagunas, con el corazón galopando con fuerza.

Necesitaba llegar.

Lo necesitaba.

No sabía si Ginny la seguiría, pero estaba casi segura de que así era. Apresuró el paso, corriendo como en aquel partido de quidditch, cuando había tenido que pasar de la tribuna de los Slytherin hacia la de los Ravenclaw para antes que empezara el partido. Corrió sin detenerse, adentrándose cada vez más en el pastizal, alejándose de la seguridad de La Madriguera.

No importaba, era luna llena.

Nadie podía hacerle daño en luna llena.

Después de correr un rato, encontró un pequeño circulo donde sólo reinaba una pequeña laguna, rodeada de hierba alta y seca.

Ahí estaba.

Theodore Nott, mirándola... esperando. Tenía su camisa arremangada hasta los codos, pero no estaba abrochada, le faltaban botones como pedazos de tela. Su pecho subía y bajaba con cada respiración, su cabello le cubría toda la frente, tapándole las cejas, dejando a salvo sus ojos... que ahora eran amarillos.

Como los de un animal.

Como los de un hombre lobo.

-No te acerques... -Luna ahogo un grito ante aquella voz silbante. Hasta ese momento no se había dado cuenta que Theo no estaba solo. A unos diez pasos detrás de él, casi oculto por la hierba alta, Vincent Crabble lo apuntaba con su varita.

Del lado derecho de Theo, también a la misma distancia, Pansy Parkinson imitaba los movimientos de Vincent. Por último, la voz que la había detenido de lanzarse a los brazos de Theodore, estaba parado al lado suyo, casi rozando su brazo... ¿cómo es que no lo noto?

Draco Malfoy, con la mirada gélida y los hombros tensos, apuntaba a Theo con su propia varita.

-¿Pero qué...?

-No está en sus cabales... -siseo Vincent.

-¡Cállate, Vincent! -aulló Theo, mostrando sus enormes colmillos en una sonrisa macabra.

-¡Cállate tú, Theo! -escupió de vuelta Vincent, apretando con más fuerza su varita.

-No quieres hacer esto -rogó Pansy, sin importarle que Luna la escuchara.

-Tú no sabes lo que quiero... -jadeo Theo.

-Lo que quieres no lo obtendrás -murmuro Draco, arrastrando las palabras con petulancia- Primero tendrás que pasar sobre mí, y después tendrás que enfrentar a Pansy y Vincent... Podrás estar en pleno apogeo y control de tu magia, Theo... pero no puedes contra tres expertos en magia oscura.

-¿Quieres apostar? -probó el castaño.

-Theo... -habló Luna, tomando por sorpresa a los Slytherin. Theo, con una mirada casi demencial, poso sus orbes en la pequeña figura de Luna. Su deseo se incremento aún más; dio un paso hacia ella.

Un circulo de fuego negro se alzo alrededor de él, con las llamas flameando con poca fuerza... con advertencia. Era magia oscura, y sabía que con un solo toque a las llamaradas, podría quemarse toda esa extremidad.

-Ni lo intentes... -masculló Vincent.

-No, esta bien -pidió Luna, dejando caer su mano sobre el antebrazo de Draco, quien recibió una mirada furibunda de Theo- No me hará daño...

-Discúlpame si discrepo -murmuró Pansy- Pero Theo podría hacerte daño con tal de conseguir lo que quiere...

-¿Y qué quiere?

-Eres su pareja, Luna... -dijo Draco, sin apartar la mirada de Theo- Como ya sabes, él no es un hombre lobo común... ¡mierda! -maldijo- Ni siquiera nosotros sabemos bien como funciona todo esto... pero tú eres la única que lo altera, en todos los sentidos.

-¿Es cierto eso, Theo? -preguntó Luna, con curiosidad. Theo la miro entre apenado y excitado- ¿Soy tu pareja?

-Sólo tú, Luna... -soltó en un gruñido- Necesito... yo, necesito...

-¡LUNA! -Pansy, Vincent y Draco giraron sus varitas, apuntando hacia la hierba alta- ¡LUNA! -el grito se escuchaba lejano aún, pero no tardarían en llegar.

-Yo necesito que te vayas, Theo -pidió la Lovegood, ganándose una mirada dolida del Slytherin- Si te atrapan, no podrás veme nunca más... -hablo con tacto. Draco logró evitar alzar las cejas con asombro, ¡vaya con los Ravenclaw! También podían manipular sin sudar.

-Luna... -gruñó Theo, lastimero.

-Prométeme que te irás... no puedes volver por mí, Theo -murmuró- Tienes que irte...

-Por ahora... -cedió.

-Por ahora... -apoyo Luna.

-Luna...

-Lo sé, Theo... -una lágrima cayó por su mejilla- Yo también lo siento, aquí -señaló justo donde estaba su corazón. Theo pareció reticente a irse, pero había logrado darle a entender que ella era la que mandaba... como cuando acorralas a un animal peligroso.

Theo asintió hacia sus amigos antes de que siete destellos rojos lo golpearan en el pecho cuando las llamas de fuego negro desaparecían. Antes de que el cuerpo inconsciente de Theo cayera al suelo, Vincent lo sostuvo.

-¡LUNA!

-Tengan cuidado -pidió Luna, corriendo hacia donde Theo y Vincent. Su mano se deslizo por su mejillas.

-Tú igual -dijo Draco, sabiendo lo que podría ocurrirle a Theo si algo le pasaba a Luna. La Ravenclaw asintió antes de dejar un beso suave como una pluma sobre los labios de Theo, ante la incomodidad de los tres mortífagos, que sólo lograron desviar la mirada, avergonzados. Se alejó unos pasos y vio como los tres Slytherin se transformaban en humo negro antes de hacerse invisibles y surcar los cielos.

Era imposible transportarse con Theo en ese estado.

-¡LUNA! -la Lovegood giro sobre sus talones, haciendo que el lodo sumergiera aún más sus pies. Ginny, Ron, Arthur, Charlie y Bill Weasley salían de los alta hierba. Nymphadora Tonks junto a Remus Lupin apuntaban sus varitas hacia su alrededor. Neville Longbottom y el padre de Luna, Xenophillus, parecían a punto de sufrir un ataque cardíaco.

-¿Uh? -inclinó el rostro, sorprendida- ¿Sucede algo?

-¡Saliste corriendo sin más! -gritó Ron, rojo de enojo- ¡Maldita Lunática!

-¡Ron! -gritó su padre, reprochandolo.

-¡Oh! Los he asustado -habló Luna, entendiendo la situación- Lo siento, vi un Snorkack de cuerno arrugado revolotear por aquí cerca y lo seguí... -se disculpo, avergonzada- No volverá a suceder -prometió, sonriendo agradecida por su preocupación. Tarareo una pequeña canción antes de dar brinquitos de vuelta a La Madriguera, con una sensación de paz que no sentía desde el ataque a Hogwarts.

Podía respirar de nuevo.

Había visto a Theodore.


Julio 18, 1997.

Callejón Diagon.

-Fred, apura el paso -pidió Geogre detrás suyo mientras su gemelo cerraba la puerta de Sortilegios Weasley. Ginny, parada a dos pasos de él, miraba sin ver la espalda de su hermano.

Desde que Ron le había retirado la palabra, el hecho de que su madre planeara la boda de Bill y Fleur, Fred y George eran los únicos con quienes hablaba en su hogar y eso, ni tanto.

Sortilegios Weasley tenía un cómodo departamento sobre la tienda, donde vivían los gemelos, pero como Ginny había insistido en ayudarlos con la tienda, los gemelos no tenían otra opción que llevarla de vuelta a la Madriguera.

Ginny suspiro, tallando el suelo con la punta de su zapato, se sentía como la mierda. Había cortado con Harry por una carta, una estúpida carta, pero no tenía el suficiente valor como para decírselo de frente: ya no lo amaba más.

Pensó, después de todos esos años de amarlo, que podría hacer funcionar lo suyo cuando se dio cuenta que sus sentimientos ya no involucraban el amor, al menos no como pareja. Pero estaba tan empeñada en hacer funcionar su primer amor que lo único que hizo fue lastimar a Harry, a ella... e inclusive a Blaise.

Se aferró como pudo al chico de oro, pero conforme más tiempo pasaba con Harry, más extrañaba a Blaise... a sus verdaderos amigos. Lo había echado todo a perder por tratar de demostrar que Harry sí la podía amar, el problema fue que ese amor tardo mucho en llegar... ya cuando se había dado por vencida, ya cuando había caído enamorada del Slytherin.

Se había esforzado tanto por demostrar que vivía en un cuento de hadas que se olvido por completo de sentir. Su corazón no se aceleraba cuando estaba con Harry, pero siempre lo hacía cuando discutía con Blaise o se lo encontraba en un pasillo... inclusive cuando tomo sus sentimientos y se los lanzo en el rostro, después de haberlos pisoteado.

Él tenía el completo derecho de odiarla, ¡mortifagos! Inclusive ella se odiaba, por no contar las miradas que Pansy y Hermione le enviaba siempre que la veían: odio, rencor y lástima. Aún podía recordar las palabras que Hermione le había dicho una vez que la encontró sola en uno de los pasillos de Hogwarts.

-"Espero que estés contenta. Ya tienes a Potter, ¡felicidades, lo lograste! -sus ojos lanzaban dagas- Ahora, te pido con todo el orgullo con que puedo hacerlo, que sueltes a Blaise. Él también se merece tener a alguien que lo aprecie como es: único -caminó hasta llegar a ella, mirándola desde su altura, que era solo un poco más baja que Ginny- Aléjate de él si realmente no quieres conocer la ira de un Slytherin."

Ella no lo había entendido en un inicio, ¿dejarlo ir? Ella no hacía nada para retenerlo, desde que Blaise y ella se habían insultado en el pasillo... mejor dicho, desde aquel día en que la ataco por la espalda, no había hablado con él. Pero siempre encontraba la manera de verlo por los pasillos, competir con él en los partidos e inclusive verlo cuando llegaban a entrenar los Slytherin... a veces, cuando lo veía debajo de "Richard"... Una sonrisa triste cruzó el rostro de Ginny, aún recordaba el estúpido apodo que le había puesto al árbol donde los Slytherin se reunían... Como los extrañaba.

-Ya esta -hablo Fred, terminando de colocar los encantamientos de protección. Guardo la varita dentro del bolsillo de su pantalón antes de colocarse junto a su hermano gemelo, ambos detrás de una taciturna Ginny Weasley. Los gemelos se dedicaron una profunda mirada antes de volver a posarla sobre su hermana menor.

-¿Crees que este...? -preguntó George en voz baja. Fred se encogió de hombros.

-¿Pueden apurarse? -pidió Ginny, ajena de los pensamientos de sus hermanos. Un viento inesperado hizo que cubriera sus ojos. La ráfaga termino inclusive antes de empezar. Soltó un largo suspiro y se adentro en el callejón para poder Aparecerse.

A pesar de que el Callejón Diagon se encontraba casi vacío debido al reciente ataque y secuestro de Ollivander, aún no era recomendado Aparecerse en el callejón principal debido a que podría ocurrir un incidente.

-¡Ginny! -hablo Fred detrás suyo una vez estuvieron todos dentro del callejón- ¿Podemos hablar?

-¿De...? -inquirió la pelirroja, girándose y cruzando sus brazos, viendo de frente a sus hermanos. Enarcó una ceja.

-Ron nos contó lo de Harry... -dijo George.

-Los has cortado... -continuo Fred.

-Lo que haya hecho con mi relación con Harry, solo nos incumbe a él y a mi -espeto Ginny- No tengo por que...

-¡Ginny! ¡Cuidado! -aulló George demasiado tarde. Dos destellos azules pasaron sobre los hombros de la pelirroja, impactando en los gemelos antes de que siquiera pudieran sacar sus respectivas varitas.

Un tercer destello impacto contra ella, sus extremidades, a una velocidad asombrosa, empezaron a congelarse.

Una figura femenina salió por detrás de los gemelos Weasley, mientras movía su varita y mano, caminando de espaldas y colocando una barrera mágica. Por detrás de Ginny Weasley, dos hombres imitaban las acciones de la castaña.

-Que divertido... -la voz salió baja justo cuando la barrera termino de alzarse alrededor de ellos- ... dos miembros de la Orden abatidos en menos de tres minutos...

-¿Qué esperabas? -se burló Hermione Granger, guardando su varita dentro de sus jeans negros- Potter los entrenó -sacudió levemente sus risos castaños. Un fuerte trueno partió el cielo, nubes negras empezaron a moverse debajo del cálido sol, empezando a oscurecer el callejón.

-Lindo ambiente -comentó Blaise, dejándose caer sobre la pared de ladrillos, pasando sus orbes verdes de Ginny a los gemelos, Fred y Geogre- Tch... -chasqueo la lengua- Realmente quería un poco de diversión.

-No te preocupes, si quieres al rato vamos a molestar a los muggles -se burló Gregory, ganando una mirada fulminante de Hermione.

-Déjense de estúpideses -siseo la Slytherin- Tenemos que terminar esto pronto, fue una suerte total encontrarnos a los Weasley, todos juntos, en el callejón Diagon.

-¡Feliz cumpleaños a mi! -canto Blaise, frotándose las manos y sonriendo con malicia- ¿Cómo empezamos esto? -Camino hacia los gemelos- veamos, veamos... -canturreo- ¿Desde qué punto debo retirar las memorias?

-Borren desde cuarto año -apoyo Gregory- Haz que la relación que llevaban con Draco sólo sea de pura cooperación. Dinero por dinero, hazlos... ¿indiferentes a nosotros? -preguntó. Hermione asintió.

-Eso suena bien, ya que sus padres saben de la relación que tenían con Draco... -murmuró- Implantemos una pelea entre ellos antes de que dejaran Hogwarts cuando íbamos en quinto... No son muchos recuerdos... -Hermione soltó un suspiro- Blaise, bajaré mis barreras y leerás mi mente. Tenemos que hacer esto lo más detallado posible...

-Pero... -Blaise hizo una mueca- No soy bueno con Legeremancia...

-Eres mejor que yo -admitió la castaña- Pero ya que Gregory no es bueno con los hechizos de memoria, tendrás de que hacerlo tú. Los Obliviate son tu fuerte...

-Esta bien... -frunció un poco el ceño, girándose y apuntando con su varita a Hermione- ¡Legeremants! -su mente voló como aquellas veces cuando tomaba el Estado Niebla y entró en la mente de Hermione sin ninguna dificultad, encontrando casi de inmediato las imágenes que implementarían en las cabezas de los gemelos Weasley.

Una gota de sudor escurrió por su frente cuando terminó de recabar toda la información de la cabeza de Hermione. Se alejó con premura de ella y se tocó la cabeza, tratando de alejar el dolor que empezaba a pulsar.

-¿Blaise? -preguntó Hermione sin poder ocultar su preocupación.

-Estoy bien -contestó el moreno casi con dolor- No entiendo como es que Draco puede hacerlo sin dudar... -se quejó, ahora apuntando con su varita a Fred- ¿Lista?

-Sí.

-Apuren -pidió Gregory, echando miradas a su alrededor. No le gustaban los callejones oscuros, menos en esos tiempos.

-Una...

-Dos...

-¡Tres!

-¡Obliviate! -el destello blanco golpeo a los gemelos Weasley en el rostro. Un pequeño hilillo de plata se escurrió por su sien, siendo llamados por las varitas de Blaise y Hermione. El hilo de plata tomaba de vez en cuando ciertos destellos de colores, significado de que ambos Slytherin empezaban a implantar recuerdos en ambos Weasley. Tardaron más de lo planeado en terminar el proceso, tal vez se debía a que Hermione tenía que ir con más lentitud debido a que la mente de Blaise estaba débil debido a su reciente escrutinio con la suya.

Cuando terminaron, Blaise jadeaba por debajo.

-Yo haré la de Ginny -anunció Hermione. Blaise negó.

-No, yo lo haré -se dispararon una mirada. Hermione lo veía con desconfianza pero Blaise se negaba a echarse para atrás. Al final, la castaña soltó un suspiro y dejo que el chico caminara hacia la menor de los Weasley. Al llegar al frente de ella, inclinó un poco la cabeza, analizándola.

Se veía igual de hermosa que la última vez que la vio. Su lacio cabello rojo cayendo sobre su espalda, pero ahora unas ligeras ojeras resaltaban en su pálido rostro... si ella se veía así, ¿cómo se veían ellos? ¿Casi como Inferis? Un segundo estruendo resonó en el cielo, con unas ligeras gotas de lluvia cayendo de las nubes.

-Blaise... -susurró Hermione- ... tenemos que irnos...

-Mione tiene razón, tenemos que...

-¡Obliviate! -el hechizo golpeo el rostro de Ginny Weasley. El hilo, idéntico al de sus hermanos, empezó a deslizarse por su sien hasta la punta de la varita de Blaise, que la miraba con cierta ternura y tristeza... con amor. Que, al igual que el hilo blanquecino, empezaron a desaparecer de su rostro hasta dejarlo en una frívola indiferencia.

Los recuerdos de Ginny Weasley sobre Draco Malfoy, Pansy Parkinson, Theodore Nott, Vincent Crabble, Hermione Granger, Gregory Goyle y Blaise Zabini fueron borrados de su memoria. Todas aquellas risas, bromas, secretos, lagrimas, rencor y resentimiento fueron arrebatados de ella sin que pudiera hacer nada por detenerlos, se escurrían como las gotas por sus mejillas. El cálido tacto de una mano tocó su mejilla...

Parpadeo un par de veces, confundida. Podía jurar que acababa de ver los ojos de Blaise Zabini mirándola con tristeza, se restregó el rostro con fuerza, tratando de detener las gotas de lluvia que caían sobre su rostro.

-¿Entonces tú y Harry...? -empezó de nuevo Fred. Ginny frunció el ceño, alejando la mirada de Zabini.

-Sólo... lo nuestro no funciono, es todo -espeto de nuevo, con la inseguridad empezando a calar. ¿Por qué había terminado con Harry? ... Ya ni ella recordaba, pero sabia que no se sentía a gusto con él- ¡Tenemos que irnos!

-Sí, sí... -dijo George, llegando a su lado y tomándola de un codo, al igual que Fred.

-Sólo espero el día de cumplir mi mayoría para poder Aparecerme yo sola -se quejó la menor de los Weasley, sacandole una sonrisa a sus hermanos.

-Pobrecita... -se burló Fred.

-... no puede hacer magia fuera de Hogwarts... -rió George. Ginny rodó los ojos, exasperada.

-¡Ya...! -su gritó fue cortado a la mitad antes de Aparecer junto a sus hermanos lejos de aquel callejón y de los tres pares de ojos que los miraban desde las penumbras, ocultos por las sombras.


Julio, 19, 1997.

Malfoy Manor.

En un estrecho sendero bañado por la luna, dos hombres aparecieron de la nada a escasos metros de distancia. Permanecieron inmóviles un instante, apuntándose mutuamente al pecho con sus respectivas varitas mágicas, hasta reconocerse. Entonces las guardaron bajo las capas y echaron a andar a buen paso en la misma dirección.

-Llegas tarde -reprochó Vincent.

-Tú igual -sonrió Theo.

El lado izquierdo del sendero estaba bordeado por unas zarzas silvestres no muy crecidas, y el derecho, por un seto alto y muy bien cortado. Al caminar, los dos chicos hacían ondear las largas capas alrededor de los tobillos.

Torcieron a la derecha y tomaron un ancho camino que partía del sendero. El seto alto describía también una curva y se prolongaba al otro lado de la impresionante verja de hierro forjado que cerraba el paso. Ninguno de de los dos individuos se detuvo; sin mediar palabra, ambos alzaron el brazo izquierdo, como si saludaran, y atravesaron la verja igual que si las oscuras barreras metálicas fueran de humo.

El seto de tejo amortiguaba el sonido de los pasos. De pronto, se oyó un susurro a la derecha; ambos muchachos miraron de soslayo el origen del ruido, que no resultó ser otra cosa que un pavo real blanco.

-Joder, Malfoy y sus pavos reales -se mofó Vincent.

Una magnifica mansión surgió de la oscuridad al final del camino; había una luz en las ventanas de cristales emplomados de la planta baja. En algún punto del oscuro jardín que se extendía más allá del seto borboteaba una fuente. Vincent y Theo, cuyos pasos hacían crujir la grava, se acercaron presurosos a la puerta de entrada, que abrió hacia adentro, aunque no se vio que nadie la abriera.

El amplio vestíbulo, débilmente iluminado, estaba decorado con suntuosidad y una espléndida alfombra cubría la mayor parte del suelo de piedra. La mirada de los pálidos personajes de los retratos que colgaban en las paredes siguió a los dos muchachos, que andaban a grandes zancadas. Por fin, se detuvieron antes de una maciza puerta de madera, titubearon un instante y, acto seguido, Theo hizo girar la manija de bronce.

El salón se hallaba repleto de gente sentada alrededor de una larga y ornamentada mesa. Todos guardaron silencio. Los muebles de la estancia estaban arrinconados de cualquier manera contra las paredes, y la única fuente de luz era un gran fuego que ardía en la chimenea, bajo una elegante repisa de mármol coronada con un espejo de marco dorado. Theo y Vincent vacilaron un momento en el umbral. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, alzaron la vista para observar el elemento más extraño de la escena: una figura humana, al parecer inconsciente, colgaba boca abajo sobre la mesa y giraba despacio, como si pendiera de una cuerda invisible. Ninguna de las personas sentadas bajo la singular figura le prestaban atención, excepto Pansy Parkinson, situada casi debajo de ella, que parecía incapaz de dejar de mirarla cada poco.

-Llegan tarde -dijo una voz potente y clara desde la cabecera de la mesa- Han interrumpido una gran charla...

Quien había hablado se sentaba justo enfrente de la chimenea, de modo que al principio los recién llegados sólo aparecieron su silueta. Sin embargo, al acercarse un poco más distinguieron su rostro en la penumbra, un rostro liso y sin pizca de vello, serpentino, con dos rendijas a modo de orificios nasales y ojos rojos y fulgurantes de pupilas verticales; su palidez era tan acusada que parecía emitir un resplandor nacarado.

-Acepte nuestras disculpas, mi señor -dijo Theo, haciendo una pronunciada reverencia- Hemos tenido un incidente con un miembro de la Orden...

-No recuerdo haberles ordenado vigilar a la Orden -dijo Voldemort.

-Yo lo hice -habló Draco, sentado a su lado izquierdo, frente a Severus Snape. Vestía un impoluto traje negro, con camisa blanca y sus primeros botones desabrochados. Parecía bastante cómodo en su situación, a comparación de muchos mortífagos- Creemos... -le echó una mirada a Snape, que asintió imperceptiblemente- ... que alguien en la Orden está ayudando a los traidores de la sangre a salir de Inglaterra...

-Los recuerdo... esos Slytherin traidores -escupió, posando sus orbes rojos en Theo y Vincent- ¿Encontraron algo de importancia?

-No, mi Señor -negó Theo, haciendo una reverencia.

-Mantenganme avisado...

-Sí, mi Señor -dijo Vincent.

-Siéntense... y no vuelvan a llegar tarde... -siseo Voldemort. Draco asintió, dando una gélida mirada a Theo y Vincent, que con pasos presurosos, tomaron asientos en diferentes lugares de la mesa. Theo, ocupando el lugar que le correspondía a su padre y Vincent el de su padre, a lado de Pansy Parkinson.

-Como iba diciendo -prosiguió el Señor Tenebroso, y escudriñó los tensos semblantes de algunos de sus seguidores-, ahora lo entiendo todo mucho mejor. Ahora sé, por ejemplo, que para matar a Potter necesitaré que alguno de ustedes me preste su varita mágica.

Las caras de los reunidos reflejaban sorpresa; era como si acabara de anunciar que deseaba que alguno de ellos le prestara un brazo. Su silla chirrió un poco al levantarse y empezar a caminar alrededor de la mesa.

-¿No hay ningún voluntario? Veamos... Lucius, no sé para que necesitas ya una varita mágica...

Lucius Malfoy levantó la cabeza. Tenía los ojos hundidos y con ojeras, y el resplandor de la chimenea le daba un tono amarillento y aspecto céreo a su cutis. Cuando habló, lo hizo con voz ronca:

-¡Mi señor!

-La varita, Lucius. Quiero tu varita.

-Yo...

Draco hizo una mueca de desprecio, aquel hombre al que tanto había temido y venerado cuando era niño no era ni la sombra de lo que fue. Aún no entendía como es que lo había sacado de Azkaban, sus ojos se desviaron hacia Pansy que estaba tan pálida como un fantasma, tratando de evitar mirar hacia la profesora de Estudios Muggles.

-Dime, Lucius, ¿de qué es?

-De olmo, mi señor -susurró Malfoy.

-¿Y el núcleo central?

-De dragón, mi señor. De fibras de corazón de dragón.

-¡Fantástico! -exclamó Voldemort. Sacó su varita y comparó la longitud de ambas.

Lucius Malfoy hizo un fugaz movimiento involuntario con el que dio la impresión de que esperaba recibir la varita de su amo a cambio de la suya. A Voldemort no le pasó por alto; abrió los ojos con malévola desmesura y cuestionó:

-¿Darte mi varita, Lucius? ¿Mi varita, precisamente? -Algunos rieron por debajo, Draco frunció el ceño- Te he regalado la libertad, Lucius. ¿Acaso no es suficiente con eso? Sí... es cierto, me he fijado en que no pareces feliz... ¿Tal vez les desagrada mi presencia en su casa, Lucius?

-¡No, mi señor! ¡En absoluto!

-Mientes, Padre... -el siseo de Draco tomó por sorpresa hasta al mismísimo Voldemort. Lucius se tensó en su asiento- Pero al final de cuenta, esta ya no es más tu casa... -miraba a Lucius con una pizca de asco.

-El joven Malfoy tiene razón, Lucius... Esta ya no es más tu casa...

La voz de Voldemort siguió emitiendo un suave silbido incluso después de que su cruel boca hubiera acabado de mover los labios. Pero el sonido fue intensificándose poco a poco y uno o dos magos apenas lograron reprimir un escalofrío al notar que una criatura corpulenta se deslizaba por el suelo, bajo la mesa.

Los ojos de Draco, Pansy, Theo y Vincent cayeron en la enorme serpiente que apreció y trepó con lentitud por la silla de Voldemort; continuó subiendo (parecía intimidante) y se acomodó sobre los hombros. El cuello del reptil era tan grueso como un muslo de un hombre, y los ojos, cuyas pupilas semejaban dos rendijas verticales, miraban con fijeza, sin parpadear. El Señor Tenebroso la acarició distraídamente con sus largos y delgados dedos, mientras observaba con persistencia a Lucius Malfoy.

-Parece que tu hijo ya no te respeta en los más mínimo, Lucius... Le has enseñado bien, ahora ha tomado tu lugar sin mirar atrás -sonrió Voldemort al ver como Lucius le dirigía una mirada a su hijo, que lo ignoró por completo.

-Mi señor -dijo con voz emocionada una mujer morena situada a la mitad de la mesa-, es un honor alojarlo aquí, en la casa de nuestra familia -Draco hizo una mueca-. Nada podría complacernos más.

Se sentaba al lado de Lucius, pero su aspecto físico -cabello oscuro y párpados gruesos- eran tan diferente del de su fallecida hermana como su porte y conducta: Narcissa solía adoptar una actitud tensa e impasible, en tanto Bellatrix se inclinaba hacia Voldemort, pues sus palabras no le bastaban para expresar sus ansias de proximidad.

-"Nada podría complacernos más" -repitió Voldemort ladeando un poco la cabeza mientras la miraba-. Eso significa mucho viniendo de ti, Bellatrix.

La mujer se ruborizó y los ojos se le anegaron en lágrimas de gratitud.

-Mi señor sabe que digo la pura verdad.

-"Nada podría complacernos más..." ¿Ni siquiera la compararías con el feliz acontecimiento que, según tengo entendido, se ha producido esta semana en el seno de tu familia?

Bellatrix lo miró con los labios entreabiertos y evidente desconcierto.

-No sé a qué se refiere usted, mi señor.

-Me refiero a tu sobrina, Bellatrix. Y también tuya, Lucius. Acaba de cazarse con Remus Lupin, el hombre lobo. Deben estar muy orgullosos.

Hubo un estallido de risas burlonas. Los seguidores de Voldemort intercambiaron miradas de júbilo y algunos incluso golpearon la mesa con el puño. La enorme serpiente, molesta por tanto alboroto, abrió las fauces y silbo, furiosa; pero los mortífagos (a excepción de Theo, Draco, Pansy y Vincent que se pusieron en guardia) no la oyeron porque se regocijaban con la humillación de Bellatrix y Lucius. El rostro de Bellatrix, que hasta ese momento había mostrado un leve rubor de felicidad, se cubrió de feas manchas rojas.

-¡No es mi sobrina, señor! -gritó para hacerse oir encima de las risas- No he vuelto a frecuentar a mi hermana desde que se casó con el sangre sucia. Esa mocosa no tiene nada que ver conmigo, ni tampoco la bestia con que se ha casado.

-¿Qué dices tú, Draco? -preguntó Voldemort, y aunque no subió la voz, se le oyó con claridad a pesar de las burlas y los abucheos- ¿Te ocuparás de los cachorros?

-Estoy seguro de que hay un par de maldiciones asesinas con sus nombres en mi varita, mi señor -dijo Draco, disparando miradas entre Voldemort y Nagini- Si me lo permite, claro esta...

-¡Basta! -exclamó Voldemort acariciando a la enojada serpiente- ¡Basta, he dicho! -Las risas se apagaron al instante- Muchos de los más antiguos árboles genealógicos enferman un poco con el tiempo...

-Sobre todo la familia Black -se mofó Theo, recibiendo una mirada fulminante de Bellatrix.

-Me aseguraré de cortarla de raíz -siseo Draco, callando a Theo con una mirada- En la primera ocasión.

-La tendrás -aseguró el Señor Tenebroso- Y lo mismo haremos con las restantes familias: cortaremos el cáncer que nos infecta hasta que sólo quedemos los de sangre verdadera... -nadie pareció percibir las miradas que Snape, Draco, Vincent, Theo y Pansy se dirigeron.

Acto seguido, levantó la varita mágica de Lucius Malfoy y, apuntando a la figura que giraba lentamente sobre la mesa, le dio una leve sacudida. Entones la figura cobró vida, emitió un quejido y forcejeó como si intentara librarse de unas ataduras invisibles.

-¿Reconoces a nuestra invitada, Severus? -preguntó Voldemort.

Snape dirigió la vista hacia la cautiva colgada cabeza abajo. Los demás mortífagos lo imitaron, como si les hubieran dado permiso para expresar curiosidad. Cuando la mujer quedó de cara a la chimenea, gritó con voz cascada por el terror.

-¡Severus! ¡Ayúdame!

-¡Ah, sí! -replicó Snape mientras la prisionera seguía girando despacio.

-¿Y tú, Draco, sabes quién es? -inquirió Voldemort acariciándole el morro a la serpiente con la mano libre. Draco negó con la cabeza, posando sus ojos en Pansy que evitaba mirar a la mujer- Claro, tú no asistías a sus clases. Para los que no lo sepan, les comunico que esta noche nos acompaña Charity Burbage, quien hasta hace poco enseñaba en el Colegio de Hogwarts de Magia y Hechicería.

Se oyeron murmullos de comprensión. Una mujer encorvada y corpulenta, de dientes puntiagudos, soltó una risa socarrona y comentó:

-Sí, la profesora Burbage enseñaba a los hijos de los magos y brujas todo sobre los muggles, y les explicaba que éstos no son tan diferentes de nosotros...

Pansy cerró con fuerza los ojos, más pálida que nunca. Un mortífago escupió en el suelo. Charity Burbage volvió a quedar de cara a Snape.

-Severus, por favor... por favor...

-Silenció -ordenó Voldemort , y volvió a agitar la varita de Malfoy. Charity calló de golpe, como si la hubieran amordazado- No satisfecha con corromper y contaminar las mentes de los hijos de los magos, la semana pasada la profesora Burbage escribió una apasionada defensa de los sangre sucia en El Profeta. Según ella, los magos debemos aceptar a esos ladrones de nuestro conocimiento y nuestra magia, y sostiene que la progresiva desaparición de los sangre limpia es una circunstancia deseable. Si por ella fuera, nos emparejaríamos todos con muggles o, ¿por qué no?, con hombres lobo.

Esta vez nadie rió: la rabia y el desprecio en la voz de Voldemort imponían silencio. Por tercera vez, Charity Borbage volvió a quedar de cara a Snape, mientras las lágrimas se le escorrían entre los cabellos. Snape la miró de nuevo, impertérrito, mientras ella giraba y le dedicaba su última mirada a Pany Parkinson, que parecía tan aterrada como ella. Una ligera sonrisa brilló en los labios de la profesora.

-¡Avada Kedavra!

Un destello verde iluminó hasta el último rincón de la sala y Charity se derrumbó con resonante estrépito sobre la mesa, que tembló y crujió. Algunos mortífagos se echaron hacia atrás en los asientos y Pansy se atraganto con su propia saliva, casi llevándose una mano a los labios pero Vincent la retuvo con la suya, moviendo imperceptiblemente la cabeza en un gesto negativo.

-A cenar, Nagini -dijo Voldemort en voz baja.

La gran serpiente se meció un poco y, abandonando su posición sobre los hombros del Señor Tenebroso, se deslizó hasta el pulido suelo de madera.

-Eh, Pans... veme a mi, sólo a mi -susurró Vincent, forzando a que Pansy lo viera a los ojos, evitando mirar la escena que montaba Nagini.


Julio, 25. 1997.

Londres Muggle.

11:00 p.m

Sus botas negras sonaban como eco al golpear el suelo, cada paso dado resonaba por toda la estancia. El chico de jeans negros y suéter de algodón ajustado miraba con disimulado interés el lugar al que había entrado por esas enormes puertas metálicas.

Las bancas de madera, apiladas una detrás de otra dejando solo un sendero en medio para pasar reposaban sin nadie que las apreciara, estaban algo desgastadas. Solo por cada cinco bancas una columna de mármol de no más de metro y medio donde reposaban esculturas extrañas para el muchacho, dividían las mismas. Al reparar en las esculturas, vio que de algunas salían unas alas.

Su mirada se fijo en las paredes del lugar, subiendo poco a poco hasta llegar en techo curvo, como el de las bóvedas de Gringotts. En él, un mural de muggles con alas se miraban unos a otros, con espadas en alto y pies descalzos, divididos por nubes y cielo. Bajó la mirada para ver al frente, un atril de madera al lado de una mesa que sostenía varias velas encendidas, intercaladas con las apagadas. Una mujer de avanzada edad prendía una vela con un pequeño palo de madera, más delgado que una varita, para después persignarse, sí, porque él sabía como hacerlo.

Dos puertas de madera en cada esquina, entre abiertas pero él no iba por nada de eso.

Sus orbes cayeron en un pequeño habitáculo de madera de dos puertas, el confesionario. Camino con tranquilidad, con toda la calma del mundo y fue a abrir una de las dos puertas. Dentro, una pequeña banca de madera, que estaba pegada a los dos extremos del pequeño cubículo. Se sentó, descansando su cabeza contra la pared y estirando sus largos pies, chocando con la puerta que hasta hace solo veinte segundos acababa de cerrar; un suspiro angustioso disfrazado de hastío hizo que una pequeña ventanilla de su lado derecho se abriera, dando paso a una cortina morada.

-Ave María purisima -su voz salió suave, sin necesidad de alzarla ya que se escuchaba en todo el espacio con claridad.

-Sin pecado concebida -la voz del otro lado salió gruesa, como alguien que llevaba mucho tiempo usándola para hablar ante una multitud enorme.

-En el nombre del Padre, Hijo y del Espíritu Santo, Amén... -El chico paso su mano por cara y pecho, persignándose con forme decía cada palabra.

-El Señor este en tu corazón para que puedas arrepentirte humildemente de tus pecados... -continuo el sacerdote, al cual no podía verle el rostro.

-Señor tú lo sabes, tú sabes que te quiero... Es la primera vez que vengo a confesarme, padre...

-¿La primera vez? -preguntó la voz gruesa con un tono de asombro.

-Sí, confieso que no creo en la religión católica o cristiana, no creo en ningún Dios, padre... Hace tiempo que se me ha informado sobre este tipo de... creencias, pero hasta hace pocos días decidí ver que tan real era esto...

-Continua, hijo... -pudo percibir que el hombre se sentía indignado.

-Llevo varios días con esta decisión surcando mi cabeza -explicó- He pecado como cualquier otro ser humano, pero nunca pensé en llegar al extremo que muchos llegan... arrepentirme. Nunca lo hice, nunca lo he hecho... He hecho cosas terribles, padre... ¿es cierto que su Dios es capaz de perdonar todo?

-Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad.

-Ese es el problema, padre... -dijo el chico- No creo que por el simple hecho de venir a contarle lo que he hecho, lo que haré... hará que su Dios me perdoné. Tengo miedo, padre... Sueño con lo que viene, tiempos oscuros se acercan... Dígame, padre... ¿cuantos Aves Marías y Padres nuestros tengo que rezar para que su Dios perdone todo lo me he visto obligado a hacer?

-Dios...

-Su Dios... -cortó, casi con burla- ... ¿usted sería capaz de perdonar a un asesino?

-No está en mi perdonar... -dijo el sacerdote después de unos segundos. El chico sonrió con cansancio.

-¿Pero lo haría? ¿Perdonaría a alguien que haya arrebatado la vida a otro sin que le importaran las consecuencias de sus actos?

-... No...

-Si usted no puede perdonarme, entonces su Dios tampoco podrá hacerlo -el muchacho sacó su varita, golpeando la punta contra su rodilla, casi ritmicamente- Y la oscura verdad, es que no quiero su perdón... solo quería comprobar algo que ya sé...

-¿Y qué es lo qué sabes? -preguntó el sacerdote, con su voz mezclada de angustia y miedo.

-Que ya no le temo más al infierno, con gusto iré si con eso protejo a mi familia... -inclinándose; con sus dedos alrededor de la varita, y la frase cicatrizada en el dorso de su mano: No debo, nunca más, interrumpir a mis profesores, movió con la punta de la misma la pequeña cortina morada, poso sus orbes castaños al viejo rostro del padre, que lo miraba asombrado antes de posar sus ojos en la varita, confuso- Lo siento, pero usted no puede recordar esto... ¡Obliviate!


¿Qué les pareció?

No olviden dejar sus Review.

Tome partes de: "Harry Potter y Las Reliqueas de la Muerte".

¡Cuéntenme qué les pareció!

Y una última cosa: ¡Quisiera pedirles un enorme favor!

Me he quedad en un limbo, tengo un enorme problema sobre como continuara el siguiente capítulo... Me gustaría preguntarles algunas ideas.

Si tienen alguna (que les gustara colocara en el fic) no olviden compartirla.

Pueden enviármelo por privado (si no les contesto, es porque aún no sé manejar bien esta página).

¡Nos leemos pronto!

¡No olviden dejar sus Review!