Los personajes no me pertenecen, son creación de la asombrosa J.K Rowling.
La idea no es mía pero la trama sí.
Gracias a todos aquellos que siguen está travesía conmigo.
"Este capítulo está dedicado a Schlechrigkeit que me ayudó (como muchos de ustedes) con esta sequía mental.
Espero que te guste lo que mi hermana y yo hemos hecho con tu idea.
Muchas gracias"
La Madriguera.
5:40 p.m
Hermione se sentía en un limbo, como si estuviera flotando sobre el agua aunque supiera que en cualquier momento podría hundirse. Sus pulmones empezaron a contraerse como si pidieran aire... había dejado de respirar o eso creía porque su corazón aún latía...
*Tum Tum Tum Tum Tum tum*
Sí, latía...
Con prisa... ¿O esa era su cabeza pulsando? Porque estaba empezando a dolerle.
Algo se escurrió por su mejilla... una lagrima... ¿Estaba llorando?
Su mano temblaba mientras la llevaba a su mejilla, sintiendo la humedad de la misma... sí, estaba llorando...
Se sentía mal.
Muy mal.
No... mal no era la palabra... estaba... estaba devastada...
-Van a matarlos... -repitió Vanity en un sollozo, ¿en qué momento había llegado?
... Matarlos... iban a matarlos, a ellos... su familia...
-No... -soltó Hermione en voz baja aunque se pudo escuchar en toda la estancia pues nadie hablaba- Hay que advertirles -dijo antes de apresurarse hacia la puerta por donde había entrado pero unos fuertes brazos la detuvieron- Suéltame.
-No -susurró Gregory a su oído.
-¿Has dicho no? -preguntó Hermione apuntó de perderse en la histeria... no perdería a nadie más, no lo haría...
Lucian...
Peregrine...
Adrian...
Marcus...
Blaise...
La poca familia que le quedaba...
Él no iba a arrebatárselas.
Se negaba.
-Se lo prometí, Mione... -no hizo falta preguntar a quien se lo prometió, pero Draco no estaba aquí para oponerse- No dejaré que nada te pase.
-¡Suéltame, Gregory! -chilló Hermione sin importarle su orgullo, sin importarle demostrar su debilidad ante sus enemigos- ¡No pienso abandonarlos! ¡Me niego! ¡Suéltame! -empezó a soltar manotazos en los antebrazos de Gregory, pero él ni se inmutó.
-Nadie dijo nada sobre abandonarlos... -el entendimiento golpeó a Hermione un poco tarde.
-¡No! ¡No te atrevas! -antes de que pudiera tomar su varita de su bolsillo, un indoloro golpe la noqueó.
Quedó sumida la oscuridad.
Ahora no sólo perdería a Blaise... sino también a Gregory.
Callejón Diagon.
Blaise miró atento como Adrian, Marcus y Peregrine tomaban la poción. Sus ojos parecieron brumosos por unos segundos antes de aclararse.
-¿Y bien? -preguntó Lucian, mirando a sus tres amigos.
-Me siento un poco confuso -admitió Adrian- Recuerdo que acabamos de acompañar a una familia de magos a escapar de Londres pero no recuerdo a donde... -frunció el ceño- Por más que lo intente.
-Perfecto, a funcionado -dijo Peregrine con incertidumbre, no le gustaba sentirse... perdido.
Blaise suspiró aliviado, sabía que la pócima de Hermione era perfecta porque Snape les había enseñado cómo prepararla a la perfección pero el pequeño presentimiento que se instaló en su pecho no lo dejaba tranquilizarse.
Habían dejado a la familia Clearwater hace media hora atrás en el Auropuerto junto con las pócimas que debían entregarle a los padres de Marcus cuando llegaran allá así que sabía que estarían seguros. Llegaron poco después al Caldero Chorreante y de ahí pasaron al Callejón Diagon donde se supone que se encontrarían con Hermione y Greg una vez terminaran de hablar con el ministro.
El peso de la poción que sostenía en su mano se hizo presente cuando los ojos de Lucian cayeron sobre los suyos, ambos debían tomar la pócima al mismo tiempo para asegurarse de que funcionara.
Soltó un suspiro al saber que no había vuelta atrás, se olvidaría de Ginevra Weasley en ese momento y el arrepentimiento estaba empezando a hacer mella en él... ¿estaba haciendo lo correcto al olvidarla para ser feliz? ¿O solo estaba huyendo?
Un sospechoso movimiento en la esquina de su ojo hizo que Blaise girara la cabeza hacia aquel lugar al mismo tiempo que Lucian.
Un segundo tarde.
Un segundo que cobraría una vida.
Los mortífagos fueron inconfundibles en el Callejón Diagon.
-¡Avada Kedavra! -el destello verde salió con premura de la varita de su atacante. Un fuerte golpe hizo que Blaise cayera al suelo, golpeándose la quijada y sin querer soltando el frasco, que se estrelló en el piso y derrochó toda la poción.
Los gritos no se hicieron de esperar mientras las personas salían corriendo a diferentes lados. Blaise soltó un gruñido de dolor antes de que sus ojos cayeran en el cuerpo que estaba tirado al lado suyo.
Los ojos de Lucian Bole, ex bateador del equipo de Slytherin, lo veían sin ver. Sus párpados estaban abiertos de par en par, sus labios estaban preparados para soltar una advertencia que nunca podría dar. Lucian Bole, sangre pura y ex miembro de la casa de Slytherin había caído sin vida... yacía muerto sobre el sucio suelo del Callejón Diagon.
-Lucian... -soltó Blaise, atónito- No...
-¡Blaise, corre! -el grito de Marcus hizo que alzara la mirada, viendo como el ex Slytherin se batía en duelo contra los mortífagos que salían de diferentes callejones, con destellos verdes volando por todos lados.
Blaise se impulsó con las palmas de sus manos abiertas y corrió todo lo que pudo hacia Flourish & Blotts, no quería llevarse a ningún mortífago con él. Un destello verde pasó volando delante de él haciendo que girara su mirada a un lado me viendo que tres mortífagos corrían hacia él.
-¡Confringo! -gritó Blaise al sacar su varita y apuntar hacia ellos. Uno de los tres mortífagos voló en mil pedazos, provocando una lluvia de sangre que hizo que el estomago del moreno se revolviera.
-¡Bombarda! -la explosión hizo a Blaise saltar por los aires, uno de los mortífagos había destruido la entrada a la tienda. Se golpeó con fuerza la cabeza haciendo que perdiera momentáneamente la orientación, soltando un gruñido bajo vio como el duo de mortífagos se acercaba a él pero varios destellos verdes los golpearon en la espalda.
Se levanto con dificultad, tratando de mantenerse recto... un callejón desolado... su única salida. Sabiendo que estar parado no era la mejor opción pues el fuerte golpe lo había dejado mareado, Blaise volvió a tirarse al piso y se arrastró por él, siendo ignorado por la multitud que corría a todos lados en diferentes direcciones.
Cuando por fin pudo llegar al callejón se tambaleó hasta levantarse, agarrandose con fuerza de la pared y echando una última mirada a su alrededor. El corazón se le cayó al piso y las lágrimas explotaron en su rostro.
Varios cuerpos tirados en el piso, la mayoría de brujas y magos ajenos a la verdadera misión de los mortífagos de los cuales solo unos pocos estaban sobre el suelo. Pero ninguno de esos cuerpos, ni siquiera el ver por segunda vez a Lucian en el suelo, fue lo que hizo que la poca esperanza que Blaise mantenía se perdiera.
Pudo distinguir la figura sin dificultad, estaba tirado en el piso, recargado en sus antebrazos y miraba con fría indiferencia al mortífago que lo apuntaba al rostro. Pudo ver sus labios moverse y darle una sonrisa de superioridad al mortio.
Un destello verde lo golpeó de repente... cayó hacia atrás, con sus ojos mirando al cielo...
Marcus Flint acababa de ser asesinado ante los ojos de sus propios amigos... su líder... el pilar de la mayoría...
El padrino de Hermione...
-¡Nooo! -el aullido de Adrian se escuchó por todo el Callejón Diagon, sus mejillas, al igual que las de Blaise estaban empapadas y tenía varios cortes en las mismas. Un mortífago lo tenía apresado por el cuello, clavándole la varita en la cien- ¡Noooo! -volvió a aullar, perdiendo el brillo de valentía que inundaba sus orbes para transformarlo en una horrorizado.
El mortífago disparo un destello rojo hacia la cabeza de Adrian, noqueando lo en seguida.
Los piernas de Blaise ya no pudieron sostenerlo más. Se llevó las manos a la cabeza y jaló con fuerza varios mechones de cabello, las lágrimas caían sin parar...
Marcus estaba muerto al igual que Lucian... La realidad de aquello lo golpeó en el rostro con fuerza, los sollozos se escaparon de sus labios y se perdieron entre los gritos de histeria que aún inundaban el callejón... Posiblemente alguno de esos gritos fueran los de Peregrine... si no es que estaba muertos también... como lo estaba él...
Habían sacado a sus amigos de Londres para que nada les pasara... ¿Y qué habían ganado? ¿La muerte misma? ¿Ser abandonados en un frío y sucio piso?
¿Había valido la pena ayudar a todos aquellos Slytherin? ¿Realmente lo hacía?
Ya no había gritos, solo ecos de los mismos... Blaise había dejado de llorar en algún momento... la tristeza, el miedo y la impotencia quedaron opacados por una fría indiferencia... Su cuerpo quedó entumecido, ajeno a la miseria que se propagaba en el aire...
Podía escuchar a los mortífagos organizarse.
Pronto lo encontrarían.
Posiblemente ya habían alzando una barrera para que nadie más pudiera Aparecerse.
Eso significaba que sabían que aún estaba ahí.
Se restregó el rostro con fuerza y sacó su varita del bolsillo. Miro aquel artefacto como si fuera un extraño para él... tal vez lo fuera, ¿qué sentido tenía ya? Él solo no podría contra una veintena de mortífagos...
Se apuntó así mismo con la punta de su varita... su fiel compañera.
-¡Avada...! -se tragó el resto de la maldición asesina pues un recuerdo lo había golpeado con fuerza:
La hermosa sonrisa de Ginevra Weasley, ¡joder! Ni en sus últimos momentos de vida lo dejaría en paz.
Los pasos empezaron a acercarse hacia el callejón donde se ocultaba.
¿Qué haría? ¿Dejarse ir o quedarse?
Una última lagrima se deslizó por su mejilla.
-Lo siento... -se disculpó con nadie en particular... o tal vez sí, tal vez se disculpaba con Marcus y Lucian... Adrian y Peregrine... Por qué con su sacrificio le habían dado una oportunidad para ver a su familia una última vez... Pero ¿y si lo atrapaban?
Trago el nudo de su garganta.
Tuvo que haber tomado aquella poción... Qué cruel era el destino, una parte de él se había sentido aliviada cuando el frasco se estrelló en el piso y ahora era lo único que necesitaba para proteger a su familia.
Una ronca risa se escapó de sus labios al entender lo que tenía que hacer.
Se arremangó su camisa negra hasta los codos, apuntó con su varita a su antebrazo y unas gruesas letras negras se marcaron en él.
"Mi nombre es Blaise Zabini".
-Lo siento, Draco... -murmuro mientras volvía a apuntarse con la varita- No pude cumplir la promesa que te hice, fratello -recargo la cabeza contra la fría pared de ladrillos y cerró los ojos- Pero no puedo dejar que me atrapen sabiendo todo lo que sé... Sería tu fin, el de Hermione... el de Snape, posiblemente el de todo Slytherin.-La punta de su varita se hundió contra su garganta- ¡Obliviate! -una milésima de segundo después dejó caer su varita, se deslizó por el sucio suelo... su bota la piso con fuerza.
El chasquido de la varita al romperse.
A su vida, como él la conocía, solo le quedaban minutos, tal vez segundos. El pánico fue una tormenta eléctrica que se desató en ardientes estallidos a través de su cuerpo y de su mente.
Sin embargo, no podía moverse.
Pronto, se habrían ido los recuerdos que tanto le atormentaban y entristecían.
No quería que se fueran. Dumbledore lo había engañado, por supuesto que lo había engañado, ¿acaso no había sabido siempre que el viejo era así?
Él se lo había prometido... sus amigos estarían a salvo y ahora ya no los recordaría más.
Dumbledore no había resultado ser más que un monstruo obstinado y manipulador, idéntico al que quería derrotar. Siempre lo supo... no eran más que fichas en el tablero.
Cualquiera era canjeable.
Inclusive él... inclusive Potter.
Si tan solo pudiera ver a sus amigos una vez más. Las últimas palabras que les había dicho -"Nos vemos en un par de horas"-, eran tan dolorosas. Sí, era cierto. Al par de horas, volverían a estar juntos, pero sus recuerdos habrían desaparecido. Ni siquiera los reconocería.
Dumbledore había jugado con ellos hasta el final.
Lo inundó una angustia insoportable.
Luego, el alivio del sueño irrumpió con fuerza y se lo llevó.
Abrió los ojos dentro de lo que él sabía que era un sueño. Estaba tumbado en un campo deslumbrante y sobrenatural de un color intensamente verde, el césped se mecía con la brisa suave que lo rodeaba. Arriba, brillaba un cielo azul y diáfano, interrumpido por nubes dispersas de algodón que parecían estar lo suficientemente cerca como para tocarlas. No había dato alguno sobre la experiencia de borrarse uno solo sus recuerdos... solo dos personas antes que él lo habían hecho.
Uno era un prófugo de Azkaban y el otro estaba en San Mungo.
Ninguno recordaba la experiencia previa a olvidarlo todo, de todas formas, ya no había manera de preguntarles. Y ahí estaba él, los recuerdos aún intactos, inmerso en la belleza.
Una vez más, el pánico estalló en su interior. Pero no podía moverse. No podía gritar. Intentó llamar a Mirthy, pero ahí ella no existía.
Desde la derecha, una enorme burbuja ingreso en su campo visual, a menos de un metro de distancia. Se sacudió y resplandeció con un brillo aceitoso, distorsionando el mundo que tenía detrás mientras se acercaba florando y se detenía justo encima de su cabeza. Dentro de la burbuja, apareció una imagen, una imagen con movimiento. Una imagen compuesta y tridimensional. A pesar de que sus sentidos le decían claramente que la imagen se hallaba dentro de una burbuja, también parecía consumirlo, rodearlo. Se relajó, como si se hubiera tomado un filtro de paz.
Era un niño. Estaba sentado en un sofá junto a su padre, un libro abierto sobre las rodillas de ambos... el olor a tarta de chocolate inundando la estancia. Los labios de su padre se movieron, los ojos se encendieron con la imitación del drama mientras leía la historia de "La fábula de los tres hermanos", que obviamente cautivaban a la versión pequeñita de Blaise. Una chispita de júbilo destellaba en su pecho. No quería que terminase. No, pensó. Por favor, no te vayas. Haré cualquier cosa. Por favor, no me hagas esto.
La burbuja explotó.
Minúsculas gotitas de líquido salpicaron hacia fuera y flotaron mágicamente en el aire, atrapando luz en ligeros destellos que le hicieron entrecerrar los ojos. La confusión lo hizo parpadear, ¿qué acababa de ver? Algo acerca de su papá. Algo acerca de un libro. Era difuso, pero todavía estaba allí. Trató de recordarlo, pero se detuvo cuando apareció otro globo. Flotó otra vez y los colores resplandecieron sobre su superficie y distorsionaron las nubes distantes. Volvió a detenerse justo arriba de su cabeza. Apareció una imagen en movimiento, que era pequeña pero que, al mismo tiempo, llenaba todo su mundo.
Caminaba por el andén 9 3/4, la mano diminuta de su elfina Mirthy sostenida de la suya. Los magos y brujas se despedían de sus hijos. Era como si estuviera allí. Los niños saludaban desde la ventanilla, era su primer año en Hogwarts. Esperaba con emoción cada momento que pasaría con sus amigos a pesar de la tristeza que sentiría al separarse de Mirthy. Había sido tan feliz en momentos como... la burbuja explotó. Más gotas de líquido quedaron suspendidas en el aire y se unieron a las demás. Eran decenas de chispas al sol. La confusión de Blaise aumentó. Todavía estaba consiente del hechizo que le estaba quitado esos recuerdos. Pero no desaparecieron por completo, si no que se volvieron más débiles. A pesar de la ráfaga de dulce felicidad. Se enfurecía contra lo que él mismo se había hecho, luchaba con su mente. Gritaba silenciosamente, mentalmente.
Más burbujas aparecieron.
Más burbujas explotaron.
Jugando al quidditch. El árbol al lado del lago negro. La selección de casas. Desayunos. Cenas. Buenos momentos. Navidades. Malos momentos. Quinto año. Rostros. Emociones. Cosas que el profesor Snape le había enseñado. Quizo gritar cuando vio a Theo transformándose en hombre lobo por primera vez.
Esa burbuja explotó.
Vinieron más, pero no de a una. Pasaban volando en una ráfaga, una sobrecarga sensorial que paralizaba el ardor de su mente. Partidos. La Casa de los Gritos. Bailes. Sortilegios Weasley. Comida. La que le gustaba (tartaletas, jugo de calabaza, golosinas) y la que odiaba (zanahoria, jugo de pera, papas fritas). Los rostros de los recuerdos empezaron a volverse borrosos, las voces de arrastraron. Las burbujas iban y venían con tanta rapidez que le resultaba muy difícil seguirles el ritmo. Los restos de las explosiones llenaron todo el cielo que tenía encima, eran millones de gotas del desconocido líquido que las formaba.
Había olvidado que era lo que le molestaba tanto.
Vino un viento fuerte.
Un viento brutal y huracanado. Hizo girar las gotas en un gran círculo, un ciclón de rocío se retorció sobre su cabeza. Ahora las burbujas explotaban antes de llegar a alcanzarlo, los remanentes de sus predecesoras se extendían rápidamente, arrasándolas antes de que Blaise pudiera llegar a vivir sus recuerdos. Todo eso se arremolinaba encima de él y giraba cada vez con más velocidad. Pronto, se formó una gran nebulosa, un tornado vertiginoso de neblina grisácea, desprovisto de color.
Sintió como si fuera una flor marchitándose por falta de sol. Nunca había sentido semejante confusión, semejante... vacío. El mundo giraba arriba de él. Y se sintió aún más vacío, como si le succionaran la mente, perdido en ese gigantesco tornado que lo despojaba. Lo despojaba todo aquello que lo hacía ser quien era, que lo hacía ser él.
Borrado.
Todo se había borrado.
Cerró los ojos. Lloró sin llorar. Una negrura profunda le consumió el cuerpo y la mente. El tiempo se extendió delante de él, como un océano interminable, donde el horizonte no aparecería jamás. No había nada por delante; todo había quedado atrás.
Unos minutos más tarde, abrió los ojos.
Estaba despierto.
Sentado.
En medio de un frío callejón y del aire viciado y polvoriento.
Julio, 31. 1997
Ministerio de Magia.
Dos horas atrás.
Un gélido aire golpeó el rostro de la chica, haciendo que sus rizos castaños revolotearan alrededor de su rostro. Dirigió una mirada a la pequeña rendija entre abierta de la pared tratando de deducir cuanto frío hacia afuera. Sus delicados dedos tamborileaban sobre el escritorio de madera y un bufido nada femenino se escapó de entre sus labios justo cuando rodaba los ojos.
Se estaba impacientando.
-¿Hasta cuándo planea hacernos esperar Scrimegour? -indagó Blaise mirando alrededor de la oficina que ocupaba el ministro. Las paredes eran de un color crema y tenía varios diplomas y reconocimientos colgados en ellas, al igual que cuatro cuadros de antiguos ministros de Magia.
Un pequeño escritorio de madera, un librero y dos sillas que hacían juego con el color del escritorio, una de cada lado. El escudo del ministerio de Magia británico se alzaba por sobre la silla donde debería estar el ministro.
Gregory se trono el cuello haciéndolo resonar en la oficina. Introdujo las manos en los bolsillos de su pantalón muggle y le dedico una mirada a Blaise, que estaba recargado a un lado de la puerta con una mueca de aburrimiento en su rostro.
-Es el maldito ministro, puede hacernos esperar todo el día -espetó Gregory frunciendo el ceño antes de dirigir una mirada hacia el reloj muggle que portaba Blaise, se les estaba haciendo tarde.
-Se nos está haciendo tarde -expresó Hermione en voz alta lo que pensaban ambos Slytherin. Se enderezó en la silla y recargando la espalda contra el respaldo de la silla se cruzó de brazos- Marcus, Lucian, Peregrine y Adrian ya deberían estar allá -murmuró.
-¿Qué haremos entonces? -preguntó Blaise. Hermione soltó un suspiro.
-Fue a mí a quien citó Scrimegour, así que tengo que quedarme... Ustedes vayan a ayudar a Marcus y...
-¡No!
-En lo absoluto -contestaron Gregory y Blaise respectivamente- Mira, Mione... -continuó Blaise- Ellos pueden arreglárselas sin nosotros además del hecho de que no podemos dejarte sola...
-Mucho menos en estos tiempos -concordó Gregory- Marcus estaría de acuerdo con nosotros...
-Pues alguien tendrá que ir -siseo Hermione, molesta- Soy yo la que trae las pociones y sin estas ellos no podrán ayudar a los Clearwater... -calló. Una de aquellas pociones era la que había preparado para Blaise... no estaba segura de dársela.
-Yo iré -dijo Blaise, como si hubiera leído sus pensamientos- Llevaré las pociones y nos veremos en casa de Marcus -le disparó una mirada a Gregory mientras caminaba hacia Hermione- Tendrás que cuidarla.
-Siempre -asintió el Slytherin.
-Sigo aquí -siseo Hermione sacando los nueve frascos, uno solo de aquellos frascos contenía la petición que Blaise le había pedido. Solo uno de ellos tenía una G. W grabada en la tapa- Ten -le tendió siete de los nueve frascos a Blaise que rápido los guardo en su bolsillo- No necesitarán el mío y el de Gregory...
-Entendido -dijo Blaise, chocando su puño con el de Gregory y dejando un ligero beso en la frente de Hermione. Se giró hacia la puerta, con una sonrisa gatuna en el rostro y una mirada maliciosa- Nos vemos en un par de horas.
-Ten cuidado -pidió Hermione.
-Siempre, Sorellina... -le guiñó un ojo a Hermione y le dio una palmada a Gregory en la espalda- No me extrañes, Fratello.
-Ya quisieras, Zabini -masculló Gregory poniendo los ojos en blanco. Blaise soltó una carcajada que siguió escuchándose en la oficina aún cuando el moreno ya había partido.
Sin saber qué sería la última que les dedicaría.
La descripción del proceso de pérdida de memoria de Blaise no me pertenece, es parte de: Código C.R.U.E.L de James Dashner.
Cuénteme que les ha parecido.
No olviden dejar su Review.
Este capítulo, como ya he dicho antes, no pudo haberse escrito sin ayuda de mi hermana. Quien me presento la descripción del Obliviate de Blaise y quien evitó que le diera un cruel final.
Así que agradescanle por la muerte de Lucian y Marcus.
Nos leemos pronto.
