2. HASTA LA MÉDULA
A continuación, hay que permitir que el spren inspeccione la trampa. La gema no puede estar infusa del todo, pero tampoco debe ser opaca del todo. Los experimentos nos llevan a la conclusión de que un setenta por ciento de la capacidad de luz tormentosa máxima es la que mejor funciona. Si el trabajo se ha realizado correctamente, el spren se quedará fascinado por su futura prisión. Danzará en torno a la gema, la escrutará, flotará a su alrededor.
Lección sobre mecánica de fabriales impartida por Echo Griffin a la coalición de monarcas, Urithiru, jesevan de 1175
—Ya te he dicho que nos habían descubierto —dijo Syl mientras Raven se encendía de refulgente luz tormentosa.
Raven respondió con un gruñido. Extendió la mano y Syl adoptó la forma de una majestuosa lanza plateada, cuya apariencia hizo retroceder a los cantores que la habían estado buscando. Raven se preocupó de no mirar a su padre, para no revelar que existía una relación entre ellos. Además, sabía lo que vería en su cara.
Decepción.
Es decir, nada nuevo.
Los refugiados salieron corriendo en desbandada, presas del pánico, pero al Fusionado ya no le preocupaban. La gigantesca figura se volvió hacia Raven con los brazos cruzados y sonrió.
Te lo he dicho, repitió Syl en la mente de Raven. Y te lo seguiré recordando hasta que reconozcas lo inteligente que soy.
—Este es de una variedad nueva —dijo Raven, manteniendo su lanza nivelada hacia el Fusionado—. ¿Tú habías visto antes a uno de estos?
No. Parece más feo que casi todos los demás, eso sí.
Durante el año anterior había ido apareciendo un goteo de nuevos tipos de Fusionados en los campos de batalla. Raven estaba familiarizada sobre todo con los que volaban como los Corredores del Viento. Habían descubierto que a esos los llamaban los shanayim, que venía a significar «Aquellos de los Cielos».
Otros Fusionados no podían volar: al igual que sucedía con los Radiantes, cada clase tenía su propio conjunto de poderes. Anya postulaba que existirían diez tipos de Fusionados, pero Bellamy, sin dar ninguna explicación de por qué lo sabía, había afirmado que serían solo nueve. La variedad del que Raven tenía delante iba a ser la séptima contra la que combatiera. Y, si los vientos le eran propicios, la séptima a la que mataría. Raven alzó su lanza para desafiar al Fusionado a un combate singular, un acto que siempre funcionaba con los Celestiales. Sin embargo, ese Fusionado hizo un gesto a sus compañeros para que atacaran a Raven desde todos los lados. Raven reaccionó enlazándose hacia arriba. Mientras ascendía al cielo como una flecha, Syl elongó su forma sin que ella tuviera que pedírselo hasta convertirse en una lanza larga, perfecta para atacar desde el aire a objetivos en el suelo. La luz tormentosa se revolvió dentro de Raven, retándola a moverse, a actuar, a luchar. Pero debía tener cuidado. En la zona había civiles, entre ellos varios que le eran muy queridos.
—A ver si podemos alejarlos de aquí —dijo Raven.
Se enlazó hacia abajo en ángulo para retroceder descendiendo en picado. Por desgracia, la niebla impedía a Raven alejarse o elevarse demasiado si no quería perder de vista a sus enemigos.
Ten cuidado, dijo Syl. No sabemos qué clase de poderes puede tener este nuevo Fus…
En la distancia cercana, la neblinosa silueta cayó de repente y algo salió despedido de su cuerpo, una fina línea de luz violeta rojiza, como un spren. Esa línea llegó hasta Raven en un abrir y cerrar de ojos y entonces se expandió hasta adquirir de nuevo la forma del Fusionado con un sonido a medio camino entre el cuero al estirarse y las piedras raspando.
El Fusionado se materializó en el aire justo delante de Raven.
Antes de que este pudiera reaccionar, el Fusionado la había aferrado por el cuello con una mano y por la pechera del uniforme con la otra. Syl dio un gañido y se desvaneció en la niebla, ya que su forma de lanza era demasiado aparatosa para un combate tan próximo. El peso del enorme Fusionado, con su pétreo caparazón y sus gruesos músculos, tiró de Raven hacia abajo y la estampó de espaldas contra el suelo. La presa del Fusionado estaba dejando sin aliento a Raven, pero, con la luz tormentosa bullendo en su interior, no necesitaba respirar. De todos modos, asió las manos del Fusionado para quitárselas del cuello. ¡Por el Padre Tormenta, qué fuerza tenía aquella criatura! Mover sus dedos era como intentar doblar barrotes de acero. Raven pudo imponerse al pánico inicial de que la derribaran del aire, se desembotó e invocó a Syl con forma de daga. Dio un tajo a la mano derecha del Fusionado y luego otro a la izquierda que dejaron muertos sus dedos. Las heridas sanarían, ya que los Fusionados, al igual que los Radiantes, usaban su luz para curarse. Pero como la criatura tenía los dedos insensibles, Raven la apartó de una patada con un gruñido. Se enlazó de nuevo hacia arriba para ascender por los aires. Pero antes de que pudiera recobrar el aliento, una luz violeta rojiza atravesó la niebla de abajo, trazó un bucle y se elevó por detrás de Raven. Un brazo atenazó a Raven en otra presa desde su espalda. Un segundo después, Raven sintió un dolor punzante entre los hombros cuando el Fusionado la apuñaló en el cuello. Raven chilló y notó que se le insensibilizaban las extremidades al cercenarse la médula espinal. Su luz tormentosa llegó en avalancha para sanar la herida, pero estaba claro que aquel Fusionado tenía experiencia en combate contra potenciadores, porque siguió clavando el puñal una y otra vez en el cuello de Raven, impidiendo que se recuperara.
—¡Raven! —exclamó Syl, revoloteando a su alrededor—. ¡Raven! ¿Qué hago?
Se transformó en un escudo en su mano, pero los dedos inertes de Raven lo dejaron caer y Syl recobró su forma de spren. Los movimientos del Fusionado eran expertos, precisos mientras pendía de la espalda de Raven. No parecía capaz de volar cuando estaba en forma humanoide, solo como cinta de luz. Raven sintió su cálido aliento en la mejilla mientras la criatura le propinaba una puñalada tras otra. La parte de Raven que había recibido formación de su padre consideró la herida con mente analítica. Columna vertebral partida. Parálisis total infligida repetidas veces. Una forma inteligente de ocuparse de un enemigo capaz de sanar. A ese ritmo, la luz tormentosa de Raven no tardaría en agotarse. El soldado que había en Raven funcionaba más por instinto que por pensamiento deliberado, y se dio cuenta, a pesar de estar dando vueltas en el aire y aferrada por un rival temible, de que recuperaba un breve instante de movilidad justo antes de cada nueva puñalada. Así que, cuando ese cosquilleo le recorrió el cuerpo, Raven se dobló y lanzó un cabezazo hacia atrás contra la cara del Fusionado. Un fogonazo de dolor y luz blanca le desdibujó la visión. Se retorció al notar que el Fusionado aflojaba su presa y se liberó, dejándola caer. La criatura agarró a Raven por la casaca y se quedó colganda de ella, una mera sombra en la visión borrosa de Raven. Pero fue suficiente. Raven descargó el brazo hacia el cuello de aquel ser mientras Syl adoptaba la forma de una espada ropera. Si le atravesaba la gema corazón, la cabeza o el cuello con una hoja esquirlada, el Fusionado moriría por muchos poderes que tuviera. La visión de Raven se recobró lo suficiente para dejarle entrever una luz violeta rojiza que emergía del pecho del Fusionado. La criatura dejaba atrás un cuerpo cada vez que su alma, o lo que fuera, se transformaba en una cinta de luz roja. La hoja esquirlada de Raven decapitó limpiamente el cuerpo, pero la luz ya había huido. Vientos tormentosos. Aquel ser parecía más un spren que un cantor. El cuerpo descartado cayó entre la niebla y Raven lo siguió hacia abajo mientras sus heridas sanaban del todo. Inhaló un segundo saquito de esferas mientras aterrizaba al lado del cadáver caído. ¿Era posible matar a aquel ser? Una hoja esquirlada podía cortar a los spren, pero eso no los mataba. Terminaban recuperando su forma en algún momento.
El sudor caía a chorro por la cara de Raven y el corazón le atronaba en el pecho. Aunque la luz tormentosa la impulsaba a moverse, optó por tranquilizarse y escrutó la niebla en busca de rastros del Fusionado. Se habían alejado lo suficiente del pueblo como para que no hubiera nadie más a la vista. Solo colinas sombrías. Desiertas.
«Tormentas, qué poco ha faltado.» Era lo más cerca de morir que había llegado a estar en mucho mucho tiempo. Y lo más alarmante de todo era lo deprisa e inesperadamente que lo había vencido aquel Fusionado. Sentir que era dueño de los vientos y el cielo y saber que podía sanar rápido conllevaba sus peligros.
Raven giró despacio, sintiendo el suave viento en la piel. Con mucha cautela, regresó hacia los restos que había dejado el Fusionado. El cadáver, o lo que quiera que fuese, parecía seco y frágil, sus colores deslucidos, como la concha de un caracol muerto mucho tiempo atrás. La carne se había transformado en una especie de piedra, porosa y ligera. Raven recogió la cabeza cercenada y apretó el pulgar contra la cara, que se deshizo como ceniza. El resto del cuerpo la imitó por sí mismo al poco tiempo, y luego hasta el caparazón se desintegró. Una línea de luz violeta rojiza llegó como una exhalación desde un lado. Raven se lanzó hacia arriba de inmediato, evitando por los pelos la presa del Fusionado que había cobrado forma a partir de la luz por debajo de él. Al instante, sin embargo, el ser dejó caer su nuevo cuerpo y salió disparado hacia arriba, persiguiendo a Raven como una luz. En esa ocasión Raven tardó un poco demasiado en esquivar y la criatura se materializó de la luz y le aferró una pierna. El Fusionado se izó, usando su enorme fuerza para trepar por el uniforme de Raven. Para cuando la hoja-Syl se hubo formado en la mano de Raven, el Fusionado ya lo tenía atenazada en una poderosa presa, con las piernas envolviéndole el torso y la mano izquierda reteniendo a un lado la mano de la espada de Raven mientras alzaba el antebrazo derecho y lo apretaba contra el cuello de Raven. Eso le echó hacia arriba la cabeza y le dificultó mucho ver al Fusionado, no digamos ya obtener alguna ventaja sobre él. Pero en realidad no necesitaba ninguna ventaja. Forcejear contra una Corredora del Viento era una empresa arriesgada, porque cualquier cosa que Raven alcanzara a tocar, podía enlazarla. Derramó luz tormentosa hacia el interior de su enemigo para enlazar a la criatura y apartarla de ella. La luz se resistió, como siempre cuando la aplicaba a Fusionados, pero Raven tenía la suficiente para superar esa resistencia. Raven se enlazó a sí misma en la dirección opuesta y al cabo de un momento fue como si dos manos gigantescas estuvieran separándolos. El Fusionado gruñó y dijo algo en su propio idioma. Raven soltó la hoja-Syl y se concentró en intentar apartar a su enemigo. El Fusionado brillaba con luz tormentosa, que se elevaba de su cuerpo como un vaho luminiscente. Por fin, la mano de su adversario resbaló y el Fusionado salió despedido lejos de Raven como una flecha disparada por un arco esquirlado. Una fracción de segundo más tarde, aquella incansable luz violeta rojiza salió despedida del pecho y voló de nuevo directa hacia ella. Raven logró esquivarla por poco enlazándose hacia abajo al mismo tiempo que el Fusionado cobraba forma e intentaba agarrarla. Después de fracasar, el Fusionado se dejó caer entre la niebla y se perdió de vista. Raven se encontró de nuevo escasa de luz tormentosa y con el corazón atronando. Absorbió su tercer saquito de esferas de los cuatro que tenía. Se habían acostumbrado a llevarlos cosidos en el interior de sus uniformes, porque los Fusionados sabían que debían intentar robar la reserva de esferas de un Radiante.
—Caramba —dijo Syl, ascendiendo para flotar al lado de Raven y adoptando la acostumbrada posición en la que podía vigilar a su espalda—. Es bueno, ¿verdad?
—Es más que eso —respondió Raven, buscando entre la monótona niebla—. Ataca siguiendo una táctica distinta a la de casi todos los demás. No he entrenado mucho los agarres.
No se veían muchos forcejeos en el campo de batalla. O al menos no muchos ejecutados con disciplina. Raven tenía práctica con las formaciones y cada vez estaba más confiada en la esgrima, pero habían pasado años desde la última vez que practicara cómo escapar de una presa en el cuello.
—¿Dónde está? —preguntó Syl.
—No lo sé —dijo Raven—. Pero no nos hace falta derrotarlo. Solo tenemos que seguir impidiendo que nos atrape hasta que lleguen los demás.
Pasaron unos minutos escrutando la niebla antes de que Syl diera el aviso.
—¡Ahí! —exclamó, formando una cinta de luz que apuntaba hacia lo que había visto.
Raven no esperó a recibir más explicaciones. Se enlazó y voló a través de la niebla. El Fusionado apareció, pero solo pudo agarrar el aire vacío mientras Raven esquivaba. El cuerpo de la criatura cayó cuando la línea de luz volvió a salir expulsada, pero Raven adoptó un errático rumbo en zigzag que le permitió evitar al Fusionado otras dos veces. Aquel ser utilizaba luz del vacío para, de algún modo, crear nuevos cuerpos. Eran todos idénticos, con pelo que formaba una especie de ropa. No era que renaciese cada vez: se teleportaba, pero utilizando la cinta de luz para trasladarse de una posición a otra. Se habían enfrentado a Fusionados capaces de volar y a otros que tenían poderes similares a los de los Tejedores de Luz. Quizá aquella fuese la variedad cuyos poderes reflejaban, en cierto modo, las capacidades de desplazamiento de los Nominadores de lo Otro. Después de materializarse por tercera vez, la criatura de nuevo renunció a perseguir a Raven. «Solo puede teleportarse tres veces antes de tener que descansar —supuso Raven—. Cada vez me ha atacado en una ráfaga de tres intentos. ¿Será que después de eso tiene que esperar a que sus poderes se regeneren? O quizá… No, lo más probable es que tenga que ir a algún sitio para recoger más luz del vacío.»
En efecto, al cabo de unos minutos la luz violeta rojiza regresó.
Raven se enlazó en dirección contraria a la luz y fue ganando velocidad. El aire rugió a su alrededor y, con el quinto enlace, Raven volaba lo bastante rápida como para que la luz roja no pudiera seguirle el ritmo y se atenuara tras ella.
«No eres tan peligroso si no logras alcanzarme, ¿verdad?», pensó Raven. Fue evidente que el Fusionado llegaba a la misma conclusión, porque la cinta de luz viró hacia abajo en la niebla.
Por desgracia, lo más probable era que el Fusionado supiera que Raven regresaría a Piedralar. Así que, en vez de seguir hacia delante, Raven descendió también. Se posó en la cima de una colina cubierta de abultados rocabrotes cuyas enredaderas se extendían libres en la humedad. El Fusionado estaba de pie ante la colina, mirando hacia arriba. Sí, aquella franja como de tela marrón oscura era pelo que salía de su coronilla, estirado y tenso en torno a su cuerpo. El Fusionado arrancó de su brazo un espolón, un arma de caparazón afilada y en sierra, y apuntó con ella hacia Raven. Debía de haber usado una como esa a modo de daga cuando lo apuñaló en la espalda. Aquella espuela y el pelo con que se cubría el cuerpo parecían sugerir que el Fusionado no podía llevar objetos consigo al teleportarse, así que nunca tendría esferas de luz del vacío a mano y se vería obligado a retirarse para recargar.
Syl adoptó su forma de lanza.
—Estoy preparada —vociferó Raven—. Atácame.
—¿Para que huyas otra vez? —respondió el Fusionado en alezi, con voz rasposa, como piedras rechinando entre ellas—. Búscame con el rabillo del ojo, Corredora del Viento. Volveremos a encontrarnos pronto.
Se convirtió en una cinta de luz roja, dejando otro cadáver que se desmigajaba, y desapareció entre la niebla. Raven se sentó y dejó escapar una larga bocanada de aire y luz tormentosa que se disolvió entre la bruma. La niebla se disiparía cuando el sol ascendiera más en el cielo, pero de momento seguía cubriendo el terreno y confiriéndole una atmósfera inquietante y desolada. Como si Raven se hubiera internado sin darse cuenta en un sueño. La golpeó una repentina oleada de agotamiento. Se notó como amortiguada por la luz tormentosa al extinguirse y desinflada como siempre después de la batalla. Y también había otra cosa. Algo que le ocurría cada vez con más frecuencia en los últimos tiempos. La lanza se esfumó y Syl cobró forma en el aire, de pie delante de ella. Se había acostumbrado a llevar un vestido elegante que bajaba hasta el tobillo con líneas marcadas, en vez del vaporoso e infantil de antes. Al preguntar Raven, ella había explicado que Clarke había estado dándole consejos. Su cabello largo y azul claro se disipaba en una neblina y no llevaba una manga que le cubriera la mano segura. ¿Por qué iba a llevarla? Ni siquiera era humana, y mucho menos vorin.
—Bueno —dijo Syl con los brazos en jarras—, le hemos dado una lección.
—Ha estado a punto de matarme dos veces.
—No he dicho qué lección era. —Se volvió para montar guardia por si acaso aquello era una trampa—. ¿Estás bien?
—Sí —dijo Raven.
—Pareces cansada.
—Siempre me lo dices.
—Porque siempre pareces cansada, tonta.
Raven se levantó.
—Estaré bien cuando empiece a moverme.
—Pero…
—No vamos a discutir esto otra vez. Estoy bien.
En efecto, se sintió mejor al levantarse y absorber un poco más de luz tormentosa. ¿Qué más daba si habían vuelto sus noches de insomnio? Había sobrevivido en otras ocasiones con menos horas de sueño. La esclava que había sido una vez se habría desternillado de risa si hubiera oído que aquella nueva Raven, la portadora de esquirlada ojos claros, una mujer que gozaba de un alojamiento lujoso y comida caliente, se preocupaba por un poco de sueño perdido.
—Vámonos —dijo—. Si nos han visto llegando hacia aquí…
—¿«Si»?
—Como nos han visto llegar, enviarán a más que un solo Fusionado. Vendrán Celestiales a por mí, y eso significa que la misión está en peligro. Volvamos al pueblo.
Ella esperó expectante, con los brazos cruzados.
—Muy bien —dijo Raven—. Tenías razón.
—Y deberías hacerme más caso.
—Y debería hacerte más caso.
—Y, por tanto, deberías dormir más.
—Ojalá fuese tan fácil —dijo Raven mientras se elevaba en el aire—. Vamos.
Velo estaba cada vez más disgustada de que nadie la hubiera secuestrado.
Paseaba por el mercado del campamento de guerra, disfrazada por completo, entreteniéndose en los tenderetes. Llevaba más de un mes poniéndose una cara falsa allí fuera, haciendo justo los comentarios adecuados a justo las personas adecuadas. Y seguía sin haber secuestro. Ni siquiera la habían atracado. Menudo desastre de mundo.
Puedo atizarnos un puñetazo en la cara, si así te sientes mejor, comentó Radiante.
¿Radiante acababa de hacer un chiste? Velo sonrió mientras fingía interesarse en la mercancía de un puesto de fruta. Si Radiante estaba bromeando, era que estaban desesperadas de verdad. Lo normal era que Radiante fuera tan graciosa como… como…
Lo normal es que Radiante sea tan dicharachera como un abismoide, aportó Lexa, calando hasta el frente de la personalidad que compartían. Uno que se haya comido a su propia madre.
Eso, exacto. Velo agradeció la calidez que emanaba de Lexa, e incluso de Radiante, que empezaba a disfrutar del humor. Durante el último año, las tres habían adoptado un cómodo equilibrio. No estaban tan reñidas como antes y cambiaban con facilidad entre personalidades. Las cosas parecían ir muy bien. Eso preocupaba a Velo, por supuesto. ¿Estarían yendo demasiado bien?
No importaba, por el momento. Velo se apartó del puesto de fruta. Había pasado un mes en los campamentos de guerra llevando la cara de una mujer llamada Chanasha, una mercader ojos claros de baja cuna que gozaba de un modesto éxito alquilando sus tiros de chulls a las caravanas que cruzaban las Llanuras Quebradas. Habían sobornado a la verdadera Chanasha para que prestara su rostro a Velo y la tenían escondida en un lugar seguro. Velo dobló una esquina y caminó a ritmo de paseo por la siguiente calle. El campamento de Sadeas estaba casi igual que lo recordaba del tiempo que había pasado viviendo por allí, aunque quizá se hubiera vuelto incluso un poco más duro. Al camino le hacía falta un buen raspado: los pólipos de rocabrote hacían que los carros se sacudieran y saltaran al pasar. Casi todos los puestos del mercado tenían a un guardia bien visible cerca del género. Aquel no era un lugar donde confiar en que los soldados hicieran cumplir la ley. Pasó por delante de muchos puestos de mercaderes de fortuna, que vendían glifoguardas y otros amuletos en tiempos peligrosos. Los predicetormentas ofrecían listas con las tormentas venideras y sus fechas. Velo no hizo caso a ninguno de ellos y llegó a una tienda en concreto que vendía botas recias y calzado para caminatas. Era lo que más éxito tenía en los campamentos de guerra en los últimos tiempos, ya que muchos clientes eran viajeros que estaban de paso. Un vistazo rápido a los puestos de otros mercaderes le contaría la misma historia. Raciones que podían aguantar trayectos largos. Talleres de reparación para carros o carretas. Y por supuesto, cualquier cosa que no fuese lo bastante respetable para tener cabida en Urithiru. También había numerosos rediles de esclavos. Casi tantos como burdeles. Cuando el grueso de la población civil se desplazó a Urithiru, los diez campamentos de guerra se habían transformado a marchas forzadas en un sórdido apeadero para caravanas. A instancias de Radiante, Velo echó un vistazo disimulado hacia atrás en busca de algún soldado de Clarke. No estaban a la vista.
Bien. Sí que distinguió a Patrón vigilando desde una pared cercana, preparado para informar a Clarke si era necesario. Todo estaba en su sitio, y la información que habían recibido indicaba que el secuestro de Velo debería tener lugar ese mismo día. Tal vez tuviera que apretar un poquito más. Por fin se acercó a ella el zapatero, un tipo corpulento con franjas canosas en la barba. A Lexa le dieron ganas de dibujar ese contraste, así que Velo se retrajo y permitió que Lexa emergiera y tomara una Memoria del hombre para su colección.
—¿Te interesa alguna cosa, brillante? —preguntó él.
Velo recuperó el control.
—¿Cuánto tardarías en conseguirme cien pares como este? —preguntó, dando un golpecito a un zapato con el trozo de caña que Chanasha siempre llevaba en el bolsillo.
—¿Cien pares? —El hombre se animó—. No mucho tiempo, brillante. Cuatro días, si me llega a tiempo el próximo envío.
—Excelente —dijo ella—. Tengo un contrato especial con el viejo Griffin en esa torre ridícula que tiene y puedo moverlos en buenas cantidades si me los proporcionas. Tendrás que hacerme un descuento por comprar al por mayor, por supuesto.
—¿Un descuento?
Velo movió su caña en el aire.
—Claro, cómo no. Si quieres valerte de mis contactos para vender a Urithiru, tendrás que ofrecerme el mejor trato posible.
El mercader se atusó la barba.
—Eres… Chanasha Hasareh, ¿verdad? He oído hablar de ti.
—Bien. Entonces sabes que no me ando con tonterías. —Se inclinó hacia él y le dio un golpecito con la caña en el pecho—. Sé cómo saltarme los aranceles del viejo Griffin, si actuamos deprisa. Cuatro días. ¿Sería posible que estuvieran en tres?
—Podría ser —repuso él—. Pero yo respeto las leyes, brillante. Evitar los aranceles sería ilegal, vaya.
—Solo sería ilegal si aceptamos que Griffin tiene alguna autoridad para exigir esos aranceles. Que yo sepa, no es nuestro rey. Puede afirmar lo que le dé la gana, pero, ahora que las tormentas han cambiado, aparecerán los Heraldos y lo pondrán en su sitio. Lo que yo te diga.
Así me gusta, pensó Radiante. Estás llevándolo bien.
Velo tocó las botas con la caña.
—Cien pares. Tres días. Enviaré a una escriba para negociar los detalles hoy mismo. ¿Trato hecho?
—Trato hecho.
Chanasha no era de las que sonreían, así que Velo no dedicó ninguna expresión amistosa al mercader. Se guardó la caña en la manga e hizo un breve asentimiento antes de retomar su paseo por el mercado.
¿No creéis que me he pasado?, preguntó Velo. Eso último de que Bellamy no es rey me ha parecido un poco descarado.
Radiante no estaba segura, pero a fin de cuentas la sutileza no era su especialidad, y Lexa lo aprobaba. Tenían que apretar más o nunca la secuestrarían. Ni siquiera merodear cerca de un callejón oscuro que sabía que frecuentaban sus objetivos había atraído la menor atención. Velo contuvo un suspiro y se dirigió a una cantina que había cerca del mercado. Llevaba semanas siendo cliente y los propietarios la conocían bien. Según la información de que disponía Velo, tanto ellos como el comerciante de calzado pertenecían a los Hijos de Honor, el grupo al que estaba dando caza. La camarera acompañó a Velo desde el aire fresco de fuera a la mesa de un pequeño rincón apartado. Allí podría beber a solas y repasar su libro de cuentas. Un libro de cuentas. Puaj. Lo sacó de su cartera y lo dejó en la mesa. ¡Cuántas molestias se tomaban para no salirse del personaje!
Tenían que mantener la ilusión sin el menor fallo, ya que la verdadera Chanasha no dejaba pasar un solo día sin cuadrar sus cifras. Al parecer, lo encontraba relajante, nada menos. Por suerte, tenían a Lexa para ocuparse de esa tarea, ya que tenía algo de práctica con las cuentas de Sebarial. Velo se relajó y dejó que Lexa tomara el control. En realidad aquello tampoco estaba tan tan mal. Hizo unos garabatos en los márgenes del libro mientras trabajaba, aunque no encajase del todo con el personaje. Velo se comportaba como si fuese crucial imitar a la mercader absolutamente a todas horas, pero Lexa sabía que les convenía relajarse un poco de vez en cuando.
Podríamos relajarnos visitando las timbas, pensó Velo.
Un motivo de que debieran ser tan diligentes era que aquellos campamentos de guerra eran un patio de juegos muy tentador para Velo. ¿Apostar sin preocuparse del decoro vorin? ¿Tabernas que servían lo que quisieras sin hacer preguntas? Los campamentos de guerra estaban a una maravillosa tormenta de distancia de la sede del perfecto recato de Bellamy Griffin.
Urithiru estaba demasiado llena de Corredores del Viento, hombres y mujeres que se desvivirían para impedir que alguien se magullara el codo contra una mesa mal colocada. Aquel lugar, en cambio… podría acabar gustando a Velo. Así que al fin y al cabo, quizá sí que fuese mejor ceñirse del todo al personaje. Lexa intentó concentrarse en las cuentas. Era capaz de hacerlas. Había aprendido contabilidad llevando los libros de su padre. Eso había sido antes de que ella…
Antes de que ella…
Podría ser buen momento, susurró Velo. Para recordar de una vez por todas. Para recordarlo todo.
No, no lo era.
Pero…
Lexa se retiró inmediatamente.
No, en eso no podemos pensar. Toma el control.
Velo se reclinó en su asiento mientras llegaba el vino. Pues muy bien. Dio un largo sorbo y trató de fingir que estudiaba los libros de cuentas. En realidad no debería enfadarse con Lexa. Así que canalizó esa emoción hacia Ialai Sadeas. Esa mujer no podía contentarse con dirigir allí su pequeño feudo y sacar provecho de las caravanas sin molestar a nadie. No, claro que no. Tenía que planear una tormentosa traición. Velo siguió intentando hacer las cuentas y fingir que le gustaba. Dio otro largo sorbo. Al poco tiempo empezó a notarse confusa y estuvo a punto de absorber luz tormentosa para anular el efecto, pero se detuvo. No había pedido nada demasiado embriagante. Por tanto, si se estaba mareando…
Alzó unos ojos que cada vez se desenfocaban más. ¡Habían drogado el vino! «Ya era hora», pensó antes de desmayarse en su asiento.
—Es que no entiendo cómo puede ser tan difícil —estaba diciendo Syl mientras Raven y ella se aproximaban a Piedralar—. Los humanos dormís literalmente a diario. Lleváis toda la vida practicando.
—Cualquiera pensaría que sí, ¿verdad? —respondió Raven mientras aterrizaba con pies ligeros cerca del pueblo.
—Es evidente que lo pensaría, ya que acabo de decirlo —replicó ella, sentada en el hombro de Raven mirando hacia atrás. Hablaba con ligereza, pero Raven percibió en ella la misma tensión que sentía Raven, como si el propio aire estuviera tirante.
«Búscame con el rabillo del ojo, Corredora del Viento.» Notó un eco de dolor en la nuca, donde el Fusionado le había clavado la daga en la columna vertebral una y otra vez.
—Hasta los bebés se duermen —insistió Syl—. Solo tú podrías convertir algo tan sencillo en casi imposible.
—¿Ah, sí? —dijo Raven—. ¿Y tú puedes hacerlo?
—Te tumbas. Finges que estás muerta un rato. Te levantas. Fácil. Bueno, y tratándose de ti, añadiré un último paso obligatorio: protestar.
Raven echó a caminar a zancadas hacia el pueblo. Syl esperaría que respondiera, pero no le apetecía hacerlo. No era porque estuviera molesto, sino por… bueno, por una especie de fatiga generalizada.
—¿Raven? —dijo ella.
Sentía una desconexión esos últimos meses. Esos últimos años. Era como si la vida siguiera adelante para todo el mundo pero Raven estuviera apartada de ellos, incapaz de relacionarse. Como si fuese un cuadro colgado en un pasillo, viendo pasar la vida.
—Muy bien, ya interpretaré yo tu parte —dijo Syl. Su imagen titiló y se transformó en una réplica perfecta de Raven, sentada en su propio hombro—. Vaya, vaya —gruñó en una voz más grave—. Refunfuño, refunfuño. Venga, alineaos. Esta tormentosa lluvia está arruinando un clima que por lo demás era horrible. Además, voy a prohibir los dedos de los pies.
—¿Los dedos de los pies?
—¡La gente no para de tropezarse! —prosiguió ella—. No consentiré que os hagáis daño todos, así que, de ahora en adelante, nada de dedos de los pies. La semana que viene probaremos a no tener pies. Y ahora, largaos de aquí a cenar algo. Mañana vamos a levantarnos antes de que amanezca para practicar a fruncirnos el ceño unos a otros.
—Venga, no soy tan horrible —dijo Raven, pero no pudo contener una sonrisa—. Además, tu voz de Raven suena más parecida a Marcus.
Syl recobró su aspecto habitual y se sentó con delicadeza, a todas luces satisfecha consigo misma. Y Raven tuvo que reconocer que se notaba más animada. «Tormentas —pensó—, ¿dónde estaría yo si no la hubiera encontrado?»
La respuesta era evidente. Estaría muerta al fondo de un abismo, después de haberse arrojado a la oscuridad.
Al acercarse a Piedralar, encontraron una escena de relativo orden. Los refugiados volvían a estar en fila y los cantores con forma de guerra que habían llegado con el Fusionado esperaban cerca del padre de Raven y la nueva consistora con las armas enfundadas. Todos parecían comprender que sus próximos pasos dependerían en gran medida del resultado del duelo de Raven. Raven llegó con paso firme, aferró el aire por delante de ella y la lanza-Syl se materializó como una majestuosa arma de plata. Los cantores desenfundaron, sobre todo espadas.
—Podéis luchar contra una Radiante vosotros solos si queréis —dijo Raven—. Otra opción, si no tenéis ganas de morir hoy, sería reunir a todos los cantores de este pueblo y retiraros hasta media hora a pie en dirección este. Allí hay un refugio de tormentas para la gente de las granjas más apartadas, seguro que Abiajan puede llevaros. Quedaos dentro hasta el ocaso.
Los seis soldados se abalanzaron hacia ella.
Raven suspiró y absorbió la luz tormentosa de unas pocas esferas más. La escaramuza duró unos treinta segundos, y dejó a una cantora muerta con los ojos calcinados mientras los otros se retiraban con las armas segadas por la mitad. Algunas personas habrían visto valentía en aquel ataque. Durante gran parte de la historia alezi, se había animado a la tropa rasa a lanzarse contra portadores de esquirlada. Los generales enseñaban que incluso una mínima posibilidad de obtener una esquirla hacía que mereciera la pena el increíble riesgo. Eso ya era suficiente estupidez, pero es que encima Raven no dejaría atrás una esquirla si la mataban. Era Radiante, y esos soldados lo sabían. Por lo que había visto, la actitud de las tropas cantoras dependía mucho del Fusionado al que servían. Que aquellos estuvieran instruidos para sacrificar sus vidas sin el menor motivo decía muy poco en favor de su amo. Por suerte, los cinco que quedaban hicieron caso a Abiajan y los demás cantores de Piedralar, quienes, con cierto esfuerzo, los convencieron de que por mucho valor que hubieran puesto en la lucha, estaban derrotados. Al poco tiempo, deambularon todos hacia fuera hasta perderse en la niebla que se desvanecía deprisa. Raven volvió a comprobar el cielo. «Ya debería estar cerca», pensó mientras se acercaba a la garita de guardia donde esperaba su madre, con un pañuelo estampado sobre el pelo sin trenzar hasta los hombros. Rodeó con un brazo a Raven y el pequeño Oroden, que ocupaba el otro, extendió las manitas para que Raven lo cogiera.
—¡Cómo estás creciendo! —dijo al chico.
—¡Gaven! —exclamó el niño, y movió los brazos en el aire para intentar atrapar a Syl, que siempre elegía mostrarse a la familia de Raven.
Syl hizo su truco de costumbre, adoptar para el pequeño las formas de distintos animales que hacían cabriolas en el aire.
—Bueno —dijo la madre de Raven—, ¿cómo está Lyn?
—¿Tiene que ser siempre lo primero que me preguntas?
—Privilegio de madre —dijo Hesina—. ¿Cómo está?
—Rompió con ella —intervino Syl, con aspecto de diminuto y resplandeciente sabueso-hacha. Se hacía raro que salieran palabras de sus fauces—. Justo después de nuestra última visita.
—Ay, Raven —suspiró su madre, volviendo a rodearla con un brazo—. ¿Y cómo se lo está tomando ella?
—Estuvo enfurruñada más de dos semanas —respondió Syl—, pero creo que ya lo tiene casi superado.
—«Ella» está aquí mismo —dijo Raven.
—Y ella nunca responde a ninguna pregunta sobre su vida personal —replicó Hesina—, con lo que obliga a su pobre madre a informarse de otras fuentes más divinas.
—¿Lo ves? —dijo Syl, que estaba dando brincos con forma de cremlino—. Ella sí que sabe cómo tratarme. Con la dignidad y el respeto que merezco.
—¿Se ha dedicado a ofenderte otra vez, Syl?
—Lleva por lo menos un día sin mencionar lo impresionante que soy.
—Es indudablemente injusto que tenga que tratar con vosotras dos a la vez —dijo Raven—. ¿Ese general herdaziano consiguió llegar al pueblo?
Hesina señaló un edificio cercano, enclavado entre dos casas, un cobertizo de madera de los que se usaban para guardar los aperos. No parecía muy robusto: algunos tablones estaban combados y sueltos por alguna tormenta reciente.
—Los he escondido dentro cuando ha empezado la lucha —explicó Hesina.
Raven le devolvió a Oroden y echó a andar hacia el cobertizo.
—Trae a Emory y reúne a la gente del pueblo. Hoy va a llegar algo grande y no quiero que monten en pánico.
—¿A qué te refieres cuando dices «grande», hija?
—Ya lo verás —respondió ella.
—¿Vas a ir a hablar con tu padre?
Raven vaciló y luego echó una mirada por el campo neblinoso hacia los refugiados. Los lugareños habían empezado a salir de sus casas para ver a qué venía tanto jaleo. No distinguió a su padre.
—¿Adónde ha ido?
—A comprobar si ese parshmenio al que has cortado está muerto de verdad.
—Pues claro que ha ido a hacer eso —dijo Raven con un suspiro—. Hablaré con Lirin después.
Dentro del cobertizo, unos herdazianos muy quisquillosos desenvainaron dagas al verla abrir la puerta. Raven respondió absorbiendo un poco de luz tormentosa, lo que hizo que emanaran volutas de humo luminiscente de la piel que tenía al aire.
—Por los Tres Dioses —susurró uno de ellos, un hombre alto con coleta—. Era verdad. Habéis regresado.
La reacción perturbó a Raven. Aquel hombre, como revolucionario en Herdaz, ya debería haber visto a Radiantes. En un mundo perfecto, los ejércitos de la coalición de Bellamy llevarían meses colaborando en la liberación herdaziana. Solo que todo el mundo había renunciado a Herdaz. El pequeño país había parecido estar cerca del colapso, y los ejércitos de Bellamy estaban lamiéndose las heridas tras la batalla de la Explanada Thayleña. Luego habían empezado a llegar muy poco a poco informes de una resistencia en Herdaz que contraatacaba. Cada nuevo informe daba la impresión de que los herdazianos estaban casi acabados, por lo que los recursos se destinaban a otros frentes con más posibilidades de victoria. Pero cada vez, Herdaz seguía firme, hostigando sin cesar al enemigo. Los ejércitos de Odium habían perdido a decenas de miles de soldados combatiendo en aquel país pequeño y con poca relevancia estratégica. Y aunque al final Herdaz había caído, el precio en sangre que había pagado el enemigo había sido notablemente alto.
—¿Quién de vosotros es el Visón? —preguntó Raven, y al hablar salió de su boca un vaho de brillante luz tormentosa.
El tipo alto señaló hacia el fondo del cobertizo, donde una figurasombría y embozada en su capa se había sentado contra la pared. Raven no alcanzó a verle la cara bajo la capucha.
—Es un honor conocer en persona a la leyenda —dijo Raven, acercándose—. Me han encargado extenderte una invitación oficial para unirte al ejército de la coalición. Haremos lo que podamos por tu país, pero de momento el brillante señor Bellamy Griffin y la reina Anya Griffin arden en deseos de conocer al hombre que resistió al enemigo durante tanto tiempo.
El Visón no se movió. Se quedó allí sentado, con la cabeza gacha. Al rato, uno de sus hombres fue hasta él y le sacudió el hombro. La capa se movió y el cuerpo cayó inerte, dejando a la vista unos rollos de lona que alguien había colocado para imitar la forma de una persona vestida con la capa. ¿Un maniquí? Por el nombre desconocido del Padre Tormenta, ¿qué pasaba allí?
Los soldados parecían tan sorprendidos como Raven, todos salvo el alto, que se limitó a suspirar y dedicar a Raven una mirada de resignación.
—A veces hace estas cosas, brillante señora.
—¿Hace qué? ¿Convertirse en trapos?
—Escabullirse —explicó el hombre—. Le gusta ver si puede hacerlo sin que nos demos cuenta.
Uno de los otros hombres renegó en herdaziano mientras buscaba detrás de unos toneles, y acabó descubriendo uno de varios tablones sueltos. El hueco daba al ensombrecido callejón que separaba los edificios.
—Seguro que al final lo encontramos por el pueblo —dijo el hombre a Raven—. Déjanos unos minutos para buscarlo.
—Cualquiera pensaría que lo lógico es evitar los jueguecitos, teniendo en cuenta lo peligroso de la situación.
—Tú… no conoces a nuestro gancho, brillante señora —respondió el hombre—. Así es justo como reacciona a las situaciones peligrosas.
—Él no gusta que atrapen —dijo otro, negando con la cabeza—. Cuando peligro, él es desaparece.
—¿Y abandona a sus hombres? —preguntó Raven, horrorizada.
—No se sobrevive como lo ha hecho el Visón sin aprender a escurrir el bulto de situaciones de las que otros no podrían escapar —dijo el herdaziano alto—. Si estuviéramos en peligro, intentaría volver con nosotros. Si no pudiera… en fin, somos sus guardias. Cualquiera de nosotros entregaría su vida para que él pudiera huir.
—No es que necesita mucho nosotros —añadió otro—. ¡Ni la misma Ganlos Riera puedría atraparlo!
—Bueno, pues localizadlo si podéis y transmitidle mi mensaje —pidió Raven—. Tenemos que salir rápido de este pueblo. Tengo motivos para sospechar que se aproxima una fuerza más numerosa de Fusionados.
Los herdazianos le hicieron el saludo militar, aunque no fuese necesario ante un oficial del ejército de otro país. La gente hacía cosas raras cuando había Radiantes cerca.
—¡Así me gusta! —exclamó Syl mientras Raven salía del cobertizo—. Casi no has puesto mala cara cuando te han llamado brillante señora.
—Soy lo que soy —dijo Raven mientras pasaba junto a su madre, que estaba conversando con Emory y el brillante señor Roshone.
Vio a su padre organizando a algunos antiguos soldados de Roshone, que intentaban acorralar a los refugiados. A juzgar por el tamaño reducido de la cola, unos cuantos parecían haber huido. Lirin vio que Raven se acercaba y apretó los labios. El cirujano era un hombre más bajo que Raven, que había heredado la altura de su madre. Lirin se apartó del grupo y se secó con un pañuelo el sudor de la frente y la cabeza, que iba perdiendo pelo, antes de quitarse los anteojos y limpiarlos en silencio mientras Raven llegaba.
—Padre —dijo Raven.
—Había confiado —dijo Lirin con suavidad— en que nuestro mensaje te animara a llegar con disimulo.
—Lo he intentado —respondió Raven—, pero los Fusionados han establecido puestos de vigilancia por toda la zona para escrutar el cielo. La niebla se ha dispersado de pronto cerca de uno de esos y ha revelado mi presencia. Esperaba que no me hubieran visto, pero… —Se encogió de hombros. Lirin volvió a ponerse los anteojos; los dos sabían lo que estaba pensando.
Lirin ya había advertido a Raven de que, si seguía visitándolos, llevaría la muerte a Piedralar. Ese día había llegado al cantor que lo había atacado. Lirin había envuelto el cadáver con una mortaja.
—Soy soldado, padre —dijo Raven—. Lucho por esta gente.
—Cualquier idiota con dos manos puede sostener una lanza. Las tuyas las entrené para que hicieran algo mejor.
—Yo…
Raven se mordió la lengua e inhaló una larga y profunda bocanada de aire. Oyó un característico golpeteo en la lejanía. «Por fin.»
—Luego hablaremos de esto —dijo Raven—. Empaqueta todo el material que quieras llevarte. Y deprisa. Tenemos que marcharnos.
—¿Marcharnos? —preguntó Lirin—. Ya te lo he dicho. La gente del pueblo me necesita. No voy a abandonarlos.
—Lo sé —dijo Raven, señalando hacia el cielo.
—¿De qué estás…?
Lirin dejó la pregunta en el aire mientras de la niebla emergía una gigantesca sombra oscura, un vehículo de un tamaño increíble que volaba despacio por el cielo. Dos docenas de Corredores del Viento, refulgentes de luz tormentosa, surcaban el aire en formación a sus dos lados. No era tanto un barco como una inmensa plataforma flotante. Pero aun así, alrededor de Lirin se formaron asombrospren, como anillos de humo azul. Bueno, la primera vez que Raven había visto a Echo hacer flotar la plataforma, también se había quedado boquiabierta. El vehículo pasó por delante del sol, sumiendo a Raven y su padre en la sombra.
—Me dejaste muy claro —dijo Raven— que mi madre y tú no ibais a abandonar a los habitantes de Piedralar. Así que lo he organizado para que nos los llevemos con nosotros.
