Había algo que le inquietaba de aquella persona fuera del tugurio. Desde el hecho de que los ataques de los ebrios no le hicieran nada. Ni un rasguño, nada. Eso implicaba que se trataba de una persona entrenada. En segundo que poseía alguna especie de cualidad que evitaba que su cuerpo sufriera daños físicos. Ellos, los dioses guerreros, por ejemplo, aunque estaban bien entrenados, sus cuerpos eran humanos y algún ataque intempestivo sin ningún tipo de defensa, por lo menos habría hecho que se movieran para evitar el golpe o bien alguna rasgadura les causaría. Tal cosa a ese individuo no le sucedió. La silla de madera se había destrozado justo en su cabeza y él no se inmutó. Tenía que investigar mejor quién era ese hombre, además de continuar escrutando sobre las personas desaparecidas.
Mime observó el panorama resolutivo, se dio la vuelta nuevamente a la cantina y abrió la puerta:
-Debemos llevar a estos hombres heridos a que alguien los atienda. -Dijo el arpista cuando entró nuevamente al antro. El cantinero sólo añadió que él no podía hacerse cargo de los disturbios de los ebrios, mucho más cuando habían sucedido fuera de su local. Mime torció la boca en señal de desaprobación.
La chica de cabello púrpura se acercó y le dijo:
-Nosotros podemos ayudarte ¿verdad Sie? - añadió volteando a ver al muchacho que la acompañaba. -¿Después de todo, tú nos ayudaste a nosotros?
-¡Eh!, sí claro, nosotros podemos. Sin duda. – respondió nervioso el acompañante.
Mime los vio de reojo, por fin pudo distinguir las facciones del joven de cabellera castaña, también era de Oriente. No mencionó nada sobre ello. Sólo asintió y les respondió:
-Gracias, podemos llevar a algunos con algún curandero en la aldea, el de los brazos rotos seguro necesitará un mejor tratamiento. Lo llevaré a casa y ahí enviaré a alguien por el médico de la corte en Valhalla. – Se refería indudablemente a Andreas Rise.
El guerrero divino de Eta cargó al hombre de los brazos rotos para llevarlo a un sitió un poco más alejado de la taberna. La mujer se quedaría a cuidarlo ahí por unos minutos, en lo que Mime y Sie irían a dejar a los otros con el curandero que estaba a unas cuantas calles del lugar.
- ¿Qué sucederá con el viejo que viene con ustedes? – Preguntó Benetnasch mientras caminaba junto con el muchacho de nombre Sie, con los borrachos a cuestas. Por un momento había olvidado que venían con un tercero que aún estaba embriagado.
-¿El maestro? – Levantó una ceja. – Él está seguro ahí, dormirá hasta el amanecer y entonces volveremos por él. Se sabe cuidar sólo, no habrá problemas por ese lado.
-Ok.- dijo Mime algo confundido por la respuesta. -Se detuvo y tocó una puerta. Esperaron unos instantes afuera, hasta que la puerta se abrió.
Tras la entrada se encontraba un hombre completamente cubierto con una capucha de manta oscura que caía hasta sus pies, éste los vio fijamente. Sus manos raquíticas con uñas largas y quebradizas aún sostenían el borde de la puerta de madera.
-Mime de Benetnasch Eta. - Dijo con voz cavernosa. - ¿Qué trae a un famoso dios guerrero hasta mi morada?
-Disculpa que venga a molestarte tan tarde. Es sólo que presenciamos un altercado y estos hombres resultaron heridos. Quiero pedirte por favor que los ayudes a recuperarse.
El tipo bajo la capucha lo vio a los ojos. - ¿Un favor? – dijo en un tono un tanto tétrico. -Eso va a costarte.
-No hay problema por el costo, pagaré lo que cueste. – Señaló sacando otro saquito de monedas del bolsillo de su pantalón.
-Eso no será suficiente. Tienes que darme el echarpe rojo que usas como cinturón.
-¿Esto? – apuntó Mime incrédulo. No dijo nada, desanudó la prenda, se la quitó y lo entregó junto a la bolsita de dinero. – Todo suyo.
-Bien, pasen a dejarlos a las camas que están hasta el fondo.
Ambos jóvenes pasaron. La casa a pesar de estar en el centro de la aldea era pequeña, olía mucho a plantas y aceites. También tenía uno que otro quinqué de aceite encendido. Dejaron a los hombres en las camas y volvieron a la puerta para salir. El arpista se giró vio directamente al hombre de la capucha y añadió:
-¿Quisiera preguntarte si sabes algo acerca de las personas que han desaparecido?
-¿Saber?, hoy son desaparecidos, años antes eran gente "diferente", mañana tal vez sea un Asgard más próspero. ¿cómo saber con exactitud lo que los dioses nos mostrarán?
Nada de lo que había dicho tenía sentido para el dios guerrero de Eta. Además, sabía que este hombre siempre hablaba poco y en clave, no iba a poder sacar más información por este medio, mejor era irse y volver con la chica y el otro herido cuanto antes. Le agradeció al curandero con un gesto y se acercó nuevamente a la entrada.
-Una última cosa Mime de Benetnasch, hijo del mejor guerrero de Asgard. -Mime volteó nuevamente para verlo. – Ambos deben permitirme ver su mano izquierda.
Mime volteó con recelo y finalmente le extendió la mano izquierda. Sie se quedó mirando extrañado. Qué podía querer de él ese extraño hombre. Al final, de todos modos, con algo de miedo, hizo el mismo movimiento que el dios guerrero. El curandero examinó de cerca la mano del dios guerrero de Eta, sacó ampliamente su lengua y la lamió.
-Interesante, muy interesante. – Dijo alzando la vista a hacia los ojos rojizos de Eta. Después asió la mano del muchacho castaño e hizo lo mismo. Sie lo miró con repugnancia.
-Incierta es tu estadía aquí. – Retiró entonces la mano de inmediato mientras el muchacho lo observaba haciendo una mueca de repulsión. -Ahora váyanse.
Ambos terminaron de salir de la casa del curandero y emprendieron su camino de vuelta.
-Fue asqueroso- dijo Mime limpiándose la mano con algo de nieve que tomó del piso.
- ¿Qué fue eso? - preguntó su acompañante.
-Queda claro que no eres de aquí. – Dijo Benetnesch mirando fijamente al joven de melena castaña. - Esos personajes, aunque no son comunes, son propios de nuestras costumbres vikingas. – hizo una breve pausa y continuó: -Aunque uses nuestras ropas habituales, tu desconocimiento, además de tu físico, te delatan.
Sie se quedó helado, no había pensado para nada en lo que podía resultar de preguntar sobre ello. Se había evidenciado él sólo. Por sus facciones quedaba claro que no era un asgardiano. Sin embargo, tenía la esperanza de que el joven que le acompañaba no reparara en su aspecto. Eso no sucedió. Mime lo vio con su amable semblante y le explicó:
-Este tipo, además de ser un curandero, dice ser adivino. A veces las personas que se dedican a curar con plantas creen tener cualidades para predecir el futuro. Eso que nos hizo, suele ser la forma en la que consideran pueden leer nuestro destino. Una suerte de quiromancia por así decirlo, también usan runas en ocasiones. No siempre es bien visto, pero es lo que hay. – Recordó que su padre nunca creyó en la adivinación. Según Folker el destino era un hado dado por los dioses, no algo que pudiera leerse como una carta descifrada por un personaje en particular, sobre todo si se trataba del camino de un buen guerrero. – Seguramente en tu país también hay alguna tradición al respecto de la adivinación.
Su interlocutor asintió. En tanto, llegaron a donde se encontraba la doncella de cabellera púrpura, con el hombre recostado junto a ella. Mime se echó a la espalda el pesado cuerpo del herido.
-Entonces, tu nombre es Sie y el tuyo es…
La chica se dio por aludida y contestó titubeando un poco:
-Ausl ög.
-Pueden venir conmigo, o ¿acaso ya tienen alguna habitación donde alojarse?
-Pues aún no. - confesó ella desviando la mirada.
-Entonces, andando, ya es tarde. Debemos atender a este hombre y también descansar, mañana vendremos en mejores condiciones por su maestro.
Concluyó y emprendió el camino directo a casa. No estaba muy lejos, aunque debía ir lento por dos razones. La primera era no lastimar de más los brazos del herido, ya que algún movimiento brusco podía empeorarle y la segunda era que debía mostrarles el camino a sus nuevos invitados ya que, era bien sabido, que los escarpados caminos de Asgard eran complicados, aún para los naturales del lugar, mucho más sería para cualquier extranjero. Aunado a la tormenta que parecía nunca iba a parar.
Cuando llegó a su hogar los empleados salieron de inmediato, como siempre hacían, a auxiliar en lo que el dios guerrero requiriera. Le inquirieron sobre lo sucedido y rápidamente se llevaron al herido a cuestas a una habitación donde pudiera ser atendido. Las mucamas asearon el lugar y el cuerpo, le colocaron prendas nuevas. Mientras, uno de los empleados llevó consigo una nota que entregaría a Hilda, solicitando la colaboración de Andreas para sanar al ebrio de los brazos rotos.
Los dos que acompañaban a Mime se quedaron estupefactos al ver tal recibimiento. No les quedaba claro con quién habían llegado. Sie recordó que el adivino mencionó que se trataba de un dios guerrero. ¿Sería eso verdad? ¿Por eso tenía servidumbre? Ellos sabían bien que los dioses guerreros eran los combatientes elegidos por el mismo Odín para servir en sus huestes, comandados por Hilda de Polaris, quién era la sacerdotisa de aquel dios nórdico. Ambos callaron, pero la duda era algo que a los dos les embargaba.
El guerrero de Eta por su parte indicó a otra de las mucamas que les designara habitaciones a los recién llegados. Después de eso sólo les dijo que tomaría un descanso y que podían disponer de las amenidades que su casa les ofrecía sin ningún problema. Ambos siguieron a la sirviente y Mime por su parte, se dirigió hacia lo que era aquel estudio, el mismo donde solía tocar su lira.
Al entrar, corrió las pesadas cortinas, habían sido bordadas con hilos dorados en sus esquinas, sobre la fina tela damasco en tonos verdes oscuros. El muchacho las expandió para que cubrieran por completo las ventanas y guarecieran la estancia del frío que podía filtrarse por los ventanales. Después azuzó un poco los maderos de la chimenea para que avivara el fuego y se calentara más el lugar para finalmente, dejarse caer sobre un sofá individual que se encontraba cubierto con una piel aborregada.
Se sentía cansado, había sido un día largo desde el principio. Desde la solicitud de Hagen, la búsqueda de las salchichas, ir al palacio por sus partituras y plantas aromáticas, hasta toda la situación de la taberna. Se llevó las manos a la cara y echó la cabeza hacia atrás soltando un fuerte suspiro. Los cabellos rubios cayeron sobre la piel de borrego, con la luz que el fuego de la fogata provocaba resplandecían las hebras de su cabellera haciendo más intenso ese tono anaranjado característico.
A penas comenzaba a sentir pesados los párpados cuando se escuchó que alguien llamó a la puerta.
-Adelante. - Dijo balanceándose en el asiento para tomar una mejor postura.
Entonces se asomó por la puerta la joven Auslög un tanto nerviosa. Mime abrió ampliamente los ojos para verla.
-Traigo esto que olvidaste en la taberna. – Apuntó extendiendo frente a ambos la lira.
-¿Cómo pude olvidarla? – Dijo Benetnasch sorprendido. - Te agradezco mucho. – Expresó sonriéndole amablemente, como siempre hacía. - ¿Puedo preguntarte algo?
-¿Eh? Claro, sin problemas.
-Me queda claro que ustedes no son de Asgard. Tu amigo y tu maestro son de Oriente, pero tu no luces como ellos. Aunque tampoco creo que seas nórdica. ¿De dónde vienen y qué los ha traído a un país tan inhóspito como éste?
La muchacha se puso un poco más nerviosa, habían sido preguntas muy directas. Además no creía que lo fuera a notar tan fácilmente, por lo menos en su caso. Se sintió hasta cierto punto acorralada, no tenía más opción que contestar, aunque fuera de forma escueta.
-Efectivamente, Sie y mi maestro son de China. Yo crecí en Japón, aunque mi origen no lo conozco con seguridad. – Guardó silencio un momento pensando cómo contestar al segundo cuestionamiento. – Hemos venido aquí a investigar si hay alguna pista sobre mi pasado y también mi amigo ha perdido sus fuerzas, por decirlo así. Mi maestro cree que aquí podemos encontrar algunas respuestas.
- ¿Respuestas? ¿En Asgard? – dijo Eta con una sonrisita. - Lo dudo, aquí todo es más difícil y confuso de lo que crees. Han sucedido muchas cosas últimamente que afirman lo que te digo. Un ejemplo es justamente lo que nos pasó con el que atacó a los borrachos en aquel establecimiento. – Se quedó meditativo unos momentos y preguntó: - Y tu nombre, ¿en verdad es Auslög?
Ella se sobresaltó un poco, desvió la mirada y después giró la cabeza hacia abajo apenada.
-Lo supuse.
Nuevamente alguien llamó a la puerta, era uno de los sirvientes.
-Joven Mime, el médico de la corte, Andreas Rise ha respondido al llamado que se le ha enviado a través de la orden de la señorita Hilda.
-Iré a atenderle de inmediato, muchas gracias. Tu deberías descansar también, terminaremos nuestra conversación mañana. – Concluyó diciéndole a la chica. Ella por su parte, sólo lo siguió con la mirada hasta que Eta abandonó la habitación.
Andreas estaba sentado esperando en la sala principal, hasta que Mime se presentó ante él. Llevaba una suerte de maletín de cuero negro donde presumiblemente llevaría su instrumental médico. Benetnasch por su parte le observó con detenimiento hasta que decidió iniciar la conversación.
-Buenas noches, Andreas, disculpa que te haya hecho venir hasta acá tan tarde. Es sólo que quería pedirte que atendieras las fracturas de un hombre que rescaté hace unas horas. Ven por favor, te guiaré hasta donde se encuentra.
Ambos caminaron entonces por un pasillo hasta llegar a la habitación donde se encontraba el herido. Mime corrió la chapa de la puerta y le indicó a Andreas que pasara antes que él. El pelirrojo avanzó y comenzó a revisar al paciente sin decir mucho. Los huesos de los brazos crepitaban. El hedor del aliento alcoholizado aún se percibía.
- ¿Qué fue lo que pasó?
-Una riña. Pero la persona que lo atacó le rompió los brazos sólo con sus manos. Algo no muy común.
Andreas le miró por el rabillo del ojo para después continuar la revisión de rutina.
-Necesitaré de tu ayuda Mime. Dijo y continuó explicando: -Deberás sostener cada uno de los brazos cerca del codo, con fuerza. Haremos una reducción de la fractura, esto evitará que se tenga que operar, colocaremos después una férula y después sólo hará falta darle seguimiento, así como medicamentos para paliar el dolor. Por ahora, creo que su estado de ebriedad ayudará a menguar el malestar del procedimiento.
Mime asintió. Enseguida agarró con fuerza el brazo izquierdo primero. Andreas sostuvo el mismo en la zona del radio, en su parte más cercana a la muñeca. Giró con fuerza el hueso de tal modo que la tracción incluso la sintió el dios guerrero que mantenía el resto del hueso en una posición lineal. Repitieron después el procedimiento con el brazo derecho. Posteriormente Andreas sacó de su maletín algunas gasas y tablillas con lo que terminó de colocar la férula que había mencionado.
-Le daremos unas seis semanas hasta que pueda usar nuevamente sus extremidades. Vendré a revisarlo una vez a la semana para garantizar que sane de forma adecuada.
-Está bien, cuánto debo pagarte por haber venido hasta acá a ayudarme, Andreas.
-No es nada, cualquier gasto está cubierto desde Valhalla, por decisión de la señorita Hilda.
-Ya veo, de todas formas… toma esto en agradecimiento a tu disposición de venir tan pronto y tan tarde. – apunto el guerrero de Eta dándole también algunas monedas de oro.
-Agradezco tu gesto Mime. – Andreas las tomó para no hacer un desplante al dios guerrero. Se giró para salir de la habitación seguido por el dueño de la residencia. Al salir Andreas notó a la chica que caminaba rumbo a su habitación. Ella volteó al sentir sus pasos más cerca, los dos cruzaron sus miradas. El pelirrojo la observó con suspicacia, había algo en ella que le daba una vibración diferente. Era una sensación desconocida. Auslög por su parte sintió algo de miedo, sólo gesticuló un saludo y entró definitivamente al cuarto que iba a ocupar.
