3. EL CUARTO PUENTE

El último paso para capturar a un spren es el más delicado, ya que debe retirarse la luz tormentosa de la gema. Las técnicas específicas que emplea cada gremio de artifabrianos son secretos guardados con gran celo, confiados solo a sus miembros de mayor rango.

El método más sencillo consiste en emplear un larkin, un tipo de cremlino que devora luz tormentosa. Sería un proceso maravilloso y conveniente, de no ser porque esas criaturas se encuentran al borde de la extinción absoluta. Las guerras de Aimia estuvieron provocadas en parte por la obtención de esas pequeñas criaturas en apariencia inocentes.

Lección sobre mecánica de fabriales impartida por Echo Griffin a la coalición de monarcas, Urithiru, jesevan de 1175

Echo Griffin se asomó por la borda de la plataforma voladora y miró decenas de metros hacia abajo, a las piedras del suelo. Decía mucho del lugar donde había estado residiendo que no dejara de impresionarla lo fértil que era Alezkar. Había acumulaciones de rocabrotes en todas las superficies, excepto allí donde los habían despejado para las viviendas o los cultivos. Había campos enteros de hierbas silvestres que se mecían verdes al viento, vibrantes de vidaspren. Había árboles formando baluartes contra las tormentas, con las ramas entrelazadas tan ceñidas como falanges. Allí, al contrario que en las Llanuras Quebradas o en Urithiru, las cosas crecían. Era su hogar de la infancia, pero en esos momentos le resultaba casi ajeno del todo.

—Me quedaría mucho más tranquila si no te asomaras tanto, brillante —dijo Velat.

La erudita de mediana edad llevaba el pelo recogido en apretadas trenzas para que no se lo revolviera el viento. Siempre intentaba hacer de madre a todo el mundo. Echo, por supuesto, se inclinó más hacia fuera. Lo normal sería que, durante sus más de cinco décadas de vida, hubiera encontrado la forma de imponerse a la vena impetuosa que le salía por naturaleza. Pero en vez de eso, lo más alarmante era que había llegado a obtener el poder suficiente para limitarse a hacer lo que le venía en gana. Por debajo, su plataforma voladora dejaba una satisfactoria sombra geométrica en las piedras. Los lugareños se habían apiñado y miraban embobados hacia arriba mientras Raven y los demás Corredores del Viento empezaban a apartarlos de la zona de aterrizaje.

—Brillante señor Bellamy —dijo Velat—, ¿puedes convencerla tú, por favor? Juraría que va a caerse sin remedio.

—Es el barco de Echo, Velat —repuso Bellamy desde detrás, con una voz firme como el acero, inmutable como las matemáticas. Echo adoraba su voz—. Creo que ordenaría que me arrojaran a mí al vacío si intentase impedirle disfrutar de este momento.

—¿No puede disfrutarlo desde el centro de la plataforma? ¿O quizá amarrada a la cubierta? ¿Con dos cuerdas?

Echo sonrió de oreja a oreja mientras el viento le tiraba del cabello suelto. Estaba agarrada a la borda con la mano libre.

—La zona ya está despejada de gente. Escribid la orden: descenso constante hasta el suelo.

Echo había basado el diseño en los puentes que utilizaban para superar los abismos. A fin de cuentas, aquello no era un barco de guerra, sino un transporte cuyo objetivo era desplazar a grandes grupos de personas. La construcción final era poco más que un gran rectángulo de madera de más de treinta metros de largo, veinte de ancho y unos doce metros de grosor para dar cabida a tres cubiertas. Habían levantado unas paredes altas y techado la parte trasera de la cubierta superior. El tercio frontal estaba descubierto, aunque lo rodeaba un parapeto. Durante casi todo el trayecto, los ingenieros de Echo habían mantenido su puesto de mando en la parte resguardada. Pero ese día iban a llevar a cabo maniobras delicadas, por lo que habían sacado las mesas y las habían clavado al suelo en la esquina frontal derecha de la plataforma.

«Frontal derecha —pensó—. ¿Deberíamos referirnos a estas cosas con términos náuticos? Pero es que esto no es el océano. Estamos volando.»

Volaban. Había funcionado. No solo en las maniobras y las pruebas de las Llanuras Quebradas, sino también en una misión real, recorriendo centenares de kilómetros. Detrás de ella, más de una docena de ingenieros fervorosos ocupaban el puesto de mando abierto al cielo. Ka, la escriba de un pelotón de Corredores del Viento, envió la orden por vinculacaña a Urithiru. No podían escribir instrucciones detalladas estando en movimiento, porque las vinculacañas daban problemas. Pero sí podían enviar destellos de luz, que a su vez podían interpretarse. En Urithiru otro grupo de ingenieros manipulaba los complejos mecanismos que mantenían aquella nave en el aire. De hecho, empleaba la misma tecnología en la que se basaban las vinculacañas. Cuando se movía una mitad, la otra se desplazaba en sintonía. Y el caso era que las dos mitades de una gema también podían emparejarse para que cuando se hiciera descender una, la otra mitad se elevara por los aires, estuviera donde estuviese. La fuerza se transfería: si la mitad alejada estaba debajo de algo pesado, costaría esfuerzo hacer bajar la mitad cercana. Por desgracia, había cierto deterioro adicional: cuanto más alejadas estuvieran las dos mitades, más resistencia ofrecían al movimiento. Pero si se podía mover una caña, ¿por qué no una atalaya? ¿Por qué no un carruaje? ¿Por qué no un barco entero?

Y así, en Urithiru había centenares de personas y chulls operando un sistema de poleas conectado a un amplio entramado de gemas. Cuando soltaban dicho entramado por la pendiente del altiplano sobre el que se alzaba la torre, el barco de Echo se elevaba hacia el cielo. Tenían otro entramado, bien protegido en las Llanuras Quebradas y atado a chulls para que tiraran de él, que podía usarse entonces para que la nave avanzara o retrocediera. El verdadero avance había sido el descubrimiento de que podían utilizar el aluminio para aislar el movimiento en un solo plano, e incluso para cambiar los vectores de fuerza. El resultado era que podían hacer que los chulls tiraran durante un rato y luego desemparejar un momento las gemas y girar a los animales para regresaran en sentido opuesto, mientras la plataforma seguía avanzando en línea recta. Alternar entre esos dos entramados, uno para regular la altitud y el otro para controlar el desplazamiento horizontal, permitía que el barco de Echo volara. Su barco. Su barco. Ojalá pudiera compartir la emoción con Finn. Aunque la mayoría de la gente recordaba a su hijo solo como el hombre que había tenido que esforzarse mucho para reemplazar a Gavilar como rey, Echo lo había conocido como el muchacho inquisitivo que adoraba los dibujos de su madre. A Finn siempre le habían encantado las alturas. ¡Cómo habría disfrutado de las vistas que tenían desde la cubierta!

Trabajar en aquel transporte había ayudado a Echo a superar los meses posteriores a la muerte de Finn. Por supuesto, no habían sido los cálculos de la propia Echo los que por fin habían convertido la nave en realidad. Habían sabido de las interacciones entre los fabriales parejos y el aluminio durante la expedición a Aimia. La plataforma tampoco era el resultado directo de sus diagramas de ingeniería, y la nave era bastante más prosaica que sus fantasiosos diseños originales. Echo se limitaba a orientar a personas más listas que ella. Así que tal vez no merecía sonreír como una niña al ver que funcionaba. Lo hizo de todos modos. Decidirse por un nombre la había tenido debatiéndose durante meses enteros. No obstante, al final se había basado en los puentes que ya la habían inspirado. En concreto, en el puente que muchos meses antes había rescatado a Bellamy y Clarke de una muerte segura, algo que esperaba que aquella embarcación pudiera hacer por muchos otros en situaciones igualmente apuradas. Y así, el primer transporte aéreo que veía el mundo había recibido el nombre de Cuarto Puente. Con permiso del antiguo equipo de la alta mariscal Raven, Echo había incrustado su viejo puente en el centro de la cubierta a modo de símbolo. Echo se retiró de la barandilla y se dirigió al puesto de mando. Oyó un suspiro de alivio procedente de Velat, la cartógrafa, que se había amarrado a sí misma a la cubierta. Echo habría preferido llevar consigo a Isasik, pero el hombre había salido a una de sus expediciones para trazar mapas, en esa ocasión de la parte oriental de las Llanuras Quebradas. Aun así, Echo disponía de una guarnición completa de científicos e ingenieros. El barbudo y canoso Falilar estaba revisando diagramas con Rushu, mientras toda una hueste de asistentes y escribas correteaba de un lado a otro, comprobando la integridad estructural o midiendo los niveles de luz tormentosa en las gemas. Llegados a ese punto, no había gran cosa que Echo pudiera hacer aparte de pasearse por ahí dándoselas de importante. Sonrió al recordar que Bellamy le había dicho algo parecido sobre los generales en el campo de batalla, una vez el plan se había puesto en acción. El Cuarto Puente se posó en el suelo y las puertas frontales del nivel inferior se abrieron para aceptar pasajeros. Una docena de Danzantes del Filo salieron hacia el pueblo. Refulgentes de luz tormentosa, avanzaban con unos andares extraños, empujándose con pies alternos mientras resbalaban con el otro. Podían deslizarse por la madera o la piedra como si fuesen hielo y daban elegantes saltos para evitar las rocas. La última Danzante del Filo del grupo, una chica desgarbada que parecía haber crecido treinta centímetros el último año, falló el salto y tropezó contra un pedrusco grande que los demás habían esquivado. Echo cubrió su sonrisa con una mano. Ser Radiante, por desgracia, no inmunizaba a nadie contra la torpeza o la pubertad. Los Danzantes del Filo acompañarían a los lugareños al transporte y sanarían a quienes estuvieran heridos o enfermos. Los Corredores del Viento surcaban el cielo para vigilar por si había problemas. Para no molestar a los ingenieros ni a los soldados, Echo se acercó a Kmakl, el príncipe consorte thayleño. El marido de Fen, ya entrado en años, era un hombre de la armada y Echo había pensado que disfrutaría acompañándolos en la primera misión del Cuarto Puente. El príncipe le dedicó una respetuosa inclinación que hizo caer sus cejas y su largo bigote a ambos lados de la cara.

—Debes de pensar que estamos muy mal organizados, almirante —le dijo Echo en thayleño—. No tenemos cabina para el capitán y nuestro puesto de mando es solo un puñado de mesas clavadas al suelo.

—Es una nave extraña, desde luego —respondió el anciano marinero—, pero majestuosa a su propia manera. Estaba oyendo hablar a tus eruditos y calculan que la nave viaja a una velocidad media de cinco nudos.

Echo asintió. La misión había empezado como una prueba de resistencia prolongada, y de hecho ella no había estado a bordo al principio del trayecto. El Cuarto Puente había pasado semanas sobrevolando el océano de las Aguas Hirvientes, refugiándose de las tormentas en ensenadas y cuevas costeras. Durante ese tiempo, la única tripulación de la nave habían sido sus ingenieros y un puñado de marinos. Luego había llegado la petición de Raven. ¿Les gustaría hacer una prueba más rigurosa robando un pueblo entero de Alezkar, y de paso rescatar a un infame general herdaziano? Bellamy había tomado la decisión y el Cuarto Puente había virado en dirección a Alezkar.

Los Corredores del Viento habían trasladado hasta la plataforma al personal de mando, Echo incluida, y a un grupo de Radiantes esa misma mañana.

—Cinco nudos —dijo Echo—. No es demasiado rápida, comparada con tus mejores barcos.

—Perdón, brillante —replicó él—, pero esto viene a ser una barcaza inmensa, y cinco nudos son una velocidad impresionante para una barcaza, incluso si pasamos por alto que esta vuela. —Negó con la cabeza—. Esta nave es más rápida que cualquier ejército viajando a marchas forzadas, y aun así las tropas llegan frescas y proporciona su propio terreno elevado móvil para los arqueros de apoyo.

Echo no pudo contener una amplia sonrisa de orgullo.

—Aún quedan muchos fallos por resolver —afirmó—. Los ventiladores de atrás apenas mejoran la velocidad. Vamos a necesitar algo mejor. La mano de obra que requiere esto es descomunal.

—Si tú lo dices… —repuso él. El anciano adoptó una expresión distante, se volvió y contempló el horizonte.

—¿Almirante? —dijo Echo—. ¿Te encuentras bien?

—Es solo que estoy visualizando el fin de una era. La forma de vida que siempre he conocido, la de los océanos y la armada…

—Seguiremos necesitando armadas —dijo Echo—. Este transporte aéreo no es más que una herramienta adicional.

—Quizá, quizá. Pero imagina por un momento una flota de barcos normales sufriendo el ataque de una nave como esta desde arriba. No necesitarías arqueros entrenados. Los marineros voladores podrían soltar piedras y hundir una flota en cuestión de minutos. —Lanzó una mirada a Echo—. Querida, si estos trastos se popularizan, no serán solo las armadas lo que quede obsoleto. No sé si me alegro de ser lo bastante viejo para despedirme con cariño de mi mundo o si envidio a los jóvenes, que podrán explorar este otro mundo nuevo.

Echo se descubrió sin palabras. Quería dar ánimos al príncipe consorte, pero el pasado que Kmakl apreciaba tanto era… bueno, era como las olas en el agua. Se había disipado, engullido por el océano del tiempo. Era el futuro lo que la emocionaba a ella. Kmakl pareció notar su titubeo y le sonrió.

—No hagas caso a las divagaciones de viejo marinero gruñón. Mira, el Forjador de Vínculos busca tu atención. Ve y guíanos a todos hacia un nuevo horizonte, brillante. Ahí es donde hallaremos el éxito contra estos invasores.

Echo dio a Kmakl una cariñosa palmadita en el brazo y fue presurosa hacia Bellamy, que estaba por el centro de la parte delantera de cubierta. La alta mariscal Raven caminaba hacia él acompañada de un hombre con anteojos. Debía de ser el padre de la Corredora del Viento, aunque hizo falta cierta imaginación por parte de Echo para verles el parecido. Raven era alto y Lirin bajito. La mujer tenía aquel pelo rebelde cayendo en rizos naturales. Lirin, en cambio, estaba quedándose calvo y llevaba muy corto el pelo que le quedaba. Sin embargo, cuando Echo llegó junto a Bellamy, miró a los ojos a Lirin y la relación paternal se hizo más evidente. Los dos tenían la misma intensidad calmada, la misma mirada un poco sentenciosa que parecía saber demasiado sobre los demás. En ese instante, Echo vio a dos personas con una misma alma, a pesar de todas sus diferencias físicas.

—Señor —dijo Raven a Bellamy—. Mi padre, el cirujano.

Bellamy saludó con la cabeza.

—Lirin Bendito por la Tormenta. Es un honor.

—¿Bendito por la Tormenta? —preguntó Lirin. No se inclinó, cosa que Echo encontró muy poco diplomática teniendo en cuenta con quién hablaba.

—Había supuesto que adoptarías el nombre de la casa de tu hija —dijo Bellamy.

Lirin miró a Raven, que a todas luces no le había hablado de su encumbramiento. Pero en vez de decir nada más, se volvió para hacer un respetuoso asentimiento en dirección a la nave de Echo.

—Es una creación extraordinaria —dijo Lirin—. ¿Con qué velocidad podría llevar un hospital móvil atendido por cirujanos a un campo de batalla? Las vidas que podrían salvarse de esa forma…

—Una aplicación ingeniosa —respondió Bellamy—. Aunque ahora ese trabajo suele recaer en los Danzantes del Filo.

—Oh. Claro. —Lirin se ajustó los anteojos y por fin pareció encontrar un poco de respeto por Bellamy—. Te agradezco lo que estás haciendo, brillante señor Griffin, pero ¿sabes cuánto tiempo pasará mi gente atrapada en este vehículo?

—Serán varias semanas de vuelo hasta que lleguemos a las Llanuras Quebradas —respondió Bellamy—. Pero repartiremos suministros, mantas y otras comodidades durante el trayecto. Desempeñaréis un cometido importante al ayudarnos a aprender cómo equipar mejor estos transportes. Y además, estamos arrebatando al enemigo un centro de población importante y una comunidad granjera.

Lirin asintió, pensativo.

—¿Por qué no vas a inspeccionar los alojamientos? —propuso Bellamy—. Las bodegas no son muy lujosas, pero hay espacio suficiente para centenares de personas.

Lirin aceptó la indicación de retirarse, pero de nuevo no se inclinó ni ofreció muestra alguna de respeto antes de marcharse con paso firme.

Raven se quedó donde estaba.

—Mis disculpas por mi padre, señor. No le sientan bien las sorpresas.

—No pasa nada —dijo Bellamy—. No puedo ni imaginarme por lo que ha pasado esta gente en los últimos tiempos.

—Quizá aún no haya terminado del todo, señor. Me han descubierto mientras exploraba antes. Un Fusionado, de una variedad que no había visto antes, ha venido a Piedralar buscándome. Lo he ahuyentado, pero no me cabe duda de que pronto encontraremos más resistencia.

Bellamy trató de mantenerse estoico, pero Echo percibió su decepción en la curva descendente de sus labios.

—Muy bien —dijo—. Había esperado que la niebla nos ocultara, pero está claro que habría sido demasiada casualidad. Ve a informar a los demás Corredores del Viento y yo avisaré a los Danzantes del Filo para que aceleren la evacuación.

Raven asintió.

—Voy escaso de luz tormentosa, señor.

Echo sacó su cuaderno del bolsillo mientras Bellamy alzaba la mano y la apretaba contra el pecho de Raven. Hubo una tenue… distorsión del aire que los rodeaba y, por un momento, le pareció entrever Shadesmar. Otro reino de la existencia, lleno de cuentas de cristal y llamas de vela que flotaban donde deberían estar las almas de la gente. Le pareció que, por un instante fugaz, oía un tono en la lejanía. Una nota pura que vibraba a través de ella. Desapareció al instante, pero ella apuntó sus impresiones de todos modos. Los poderes de Bellamy estaban relacionados con la composición de la luz tormentosa, con los tres reinos y, en el fondo, con la naturaleza misma de la deidad. Allí había secretos que desentrañar. Al renovarse la luz tormentosa de Raven, emanaron volutas de su piel, visibles incluso a plena luz del día. Las esferas que Raven llevaba en los bolsillos estarían renovadas también. De algún modo, Bellamy extendía su alcance entre reinos para tocar la mismísima energía del Todopoderoso, una capacidad que antes había estado reservada solo a las tormentas y las cosas que vivían en ellas. Con aspecto reavivado, la joven Corredora del Viento cruzó la cubierta. Se arrodilló y apoyó la mano en el sector rectangular de madera que destacaba del resto por no estar recién serrado, sino combado y con marcas de flechazos. El antiguo puente de Raven estaba incrustado y nivelado con el resto de la cubierta. Todos los Corredores del Viento que habían pertenecido al Puente Cuatro llevaban a cabo el mismo ritual silencioso siempre que abandonaban la nave aérea. Duró solo un momento y luego Raven se lanzó al aire. Echo terminó de tomar notas y disimuló una sonrisa al descubrir a Bellamy leyendo por encima de su hombro. Seguía siendo una experiencia decididamente rara, por mucho que ella intentara animarlo.

—Ya dejo que Anya apunte las cosas que hago —dijo Bellamy—. Y aun así, cada vez sigues sacando ese cuaderno. ¿Qué es lo que estás buscando, gema corazón?

—Todavía no estoy segura —respondió ella—. Hay algo extraño en la naturaleza de Urithiru y creo que los Forjadores de Vínculos podrían estar relacionados con la torre, o eso se deduce de lo que hemos leído sobre los Radiantes de antaño.

Pasó a otra página y le enseñó algunos esquemas que había dibujado. La ciudad-torre de Urithiru tenía una gigantesca construcción de gemas en su núcleo, una columna de cristal, un fabrial muy distinto de cualquiera que hubiese visto jamás Echo. Cada vez estaba más convencida de que ese pilar había proporcionado energía a la torre entera, igual que aquel barco volador se movía gracias a las gemas que sus ingenieros habían engarzado dentro del casco. Pero la torre estaba estropeada y apenas funcionaba.

—Ya probé a infundir esa columna —dijo Bellamy—. No funcionó.

Bellamy podía infundir luz tormentosa en las esferas normales y corrientes, pero las gemas de la torre se le habían resistido.

—Seguro que estamos enfocando mal el problema —dijo ella—. No puedo evitar pensar que, si supiera más sobre la luz tormentosa, la solución sería sencilla.

Sacudió la cabeza. El Cuarto Puente era un logro extraordinario, pero Echo temía estar fracasando en una tarea más importante. Urithiru estaba en lo alto de las montañas, donde hacía demasiado frío para cultivar plantas, y aun así la torre tenía numerosos campos. La gente no solo había sobrevivido en aquel entorno hostil, sino que había medrado.

¿Cómo? Echo sabía que la torre había estado ocupada por un poderoso spren llamado el Hermano. Un spren al nivel de la Vigilante Nocturna o el Padre Tormenta, capaz de crear un Forjador de Vínculos. Tenía que dar por sentado que ese spren, o quizá alguna característica de su relación con un ser humano, había permitido que la torre funcionara. Por desgracia, el Hermano había muerto durante la Traición. Echo no estaba segura de en qué medida estaba «muerto». ¿El Hermano estaba muerto como las almas de las hojas esquirladas, que seguían vagando por ahí?

Algunos spren con los que se había entrevistado decían que el Hermano «dormitaba», pero hablaban de ello como si fuese algo definitivo. Las respuestas no eran claras y eso dejaba a Echo en aprietos, intentando comprender. Estudiaba a Bellamy y su vínculo con el Padre Tormenta, confiando en que hacerlo le proporcionaría alguna otra pista.

—Así que los alezi de verdad han aprendido a volar —dijo una voz con acento desde detrás de ellos—. Debería haberme creído las historias. Solo los vuestros son tan tercos como para intimidar a la misma naturaleza.

Echo se sobresaltó, pero su reacción llegó más lenta que la de Bellamy, que dio la vuelta con la mano en el puño de su espada y se situó de inmediato entre ella y la voz desconocida. Echo tuvo que asomarse a un lado para ver quién había hablado. Era un hombre bajito, con un diente de menos, la nariz plana y la expresión jovial. Su capa raída y sus pantalones harapientos lo señalaban como refugiado. Estaba al lado del puesto de ingeniería de Echo, de donde había cogido el mapa que cartografiaba el rumbo del Cuarto Puente. Velat, de pie en el centro de las mesas, aulló al verlo y se apresuró a arrebatar el papel al hombre.

—Los refugiados deben congregarse en las cubiertas inferiores —dijo Echo, señalando hacia la escalera.

—Me alegro por ellos —dijo el herdaziano—. Vuestra chica voladora dice que aquí tenéis un sitio para mí. No sé lo que opino de servir a un alezi, la verdad. Llevo toda la vida intentando no acercarme a ninguno. —Miró a Bellamy—. A ti al que menos, Espina Negra. Sin ánimo de ofender.

«Ah», pensó Echo. Ya había oído que el Visón no era lo que la gente esperaba. Ajustó su valoración y luego miró hacia los miembros de la Guardia de Cobalto que, con retraso, habían echado a correr hacia ellos desde los lados de la nave. Parecían disgustados, pero Echo los detuvo con un gesto. Más tarde ya haría preguntas afiladas sobre cómo habían podido relajarse tanto como para permitir que ese hombre subiera inadvertido hasta el puesto de mando.

—Encuentro sabios a quienes decidieron evitar a la persona que fui una vez —dijo Bellamy al Visón—. Pero esta es una nueva era, con nuevos enemigos. Nuestras rencillas pasadas ya no tienen la menor importancia.

—¿Rencillas? —preguntó el hombre—. Conque así lo llamáis los alezi. Claro, claro. Verás, no domino del todo tu idioma. Hasta ahora me equivocaba al referirme a vuestros actos como «violar y quemar a mi pueblo».

Se sacó algo del bolsillo. Otro de los mapas de Velat. Miró hacia atrás para asegurarse de que la cartógrafa no miraba, lo desenrolló y ladeó la cabeza mientras lo inspeccionaba.

—Lo que queda de mi ejército está aislado en cuatro hondonadas distintas entre aquí y Herdaz —dijo—. Solo me quedan unos centenares de hombres. Usa tu máquina voladora para rescatarlos y luego hablaremos. El ansia de sangre alezi me ha costado muchos seres queridos con los años, pero sería idiota si no reconociera el valor que tiene poder apuntarla, como la proverbial punta de espada, hacia otra gente.

—Así se hará —prometió Bellamy.

A ella no le pasó desapercibido que Bellamy, aunque antes hubiera dicho que el Cuarto Puente era «el barco de Echo», estaba aceptando utilizarlo a petición del Visón sin consultarla siquiera. Echo procuraba no molestarse por cosas como esa. No era que su marido no la respetara: había demostrado en numerosas ocasiones que sí. Lo que ocurría era sencillamente que Bellamy Griffin estaba acostumbrado a ser la persona más importante —y casi siempre la más capaz— de las que lo rodeaban. Eso llevaría a cualquiera a embestir hacia delante, como una muralla de tormenta en pleno avance, tomando las decisiones necesarias sobre la marcha. Aun así, la irritaba más de lo que jamás reconocería en voz alta. Empezaron a llegar los primeros refugiados reales a la bodega inferior, dirigidos con delicadeza por los Danzantes del Filo. Echo se centró en el problema que tenían delante: asegurarse de que todas esas personas estuvieran instaladas y cómodas de la manera más económica y ordenada posible. Había trazado un plan. Sin embargo, la bienvenida se interrumpió cuando Lyn, una Corredora del Viento con el pelo largo y oscuro, aterrizó de golpe en la cubierta.

—Vienen Fusionados, señor —informó a Bellamy—. Tres escuadrones al completo.

—Raven tenía razón, entonces —dijo él—. Con un poco de suerte, podremos alejarlos. Que las tormentas nos asistan si deciden acosar la nave a lo largo de todo el trayecto a las Llanuras Quebradas.

Ese era el temor más grave de Echo, que unos enemigos voladores pudieran atacar el transporte e incluso inhabilitarlo. Había establecido medidas al respecto, y por lo visto iba a poder presenciar su prueba inicial en persona.