7. LA VARIEDAD MÁS EXCEPCIONAL

Los dos metales de mayor relevancia son el zinc y el latón, que permiten controlar la potencia de expresión. Unos alambres de zinc en contacto con la gema harán que el spren de su interior se manifieste con más intensidad, y el latón provocará que el spren se retraiga y que su poder mengüe.

Recordemos que una gema debe estar adecuadamente infusa después de la captura del spren. Taladrar agujeros en la gema resulta ideal para el empleo correcto de los alambres de la jaula, siempre que no agrietemos su estructura y nos arriesguemos con ello a liberar al spren.

Lección sobre mecánica de fabriales impartida por Echo Griffin a la coalición de monarcas, Urithiru, jesevan de 1175

Velo se acercó a Ialai Sadeas. Había oído hablar de lo astuta y competente que era esa mujer. Por eso se sorprendió de encontrarla tan… envejecida. Ialai Sadeas era una mujer de altura moderada. Aunque nunca había tenido una belleza digna de renombre, parecía haberse marchitado desde la última vez que la había visto Lexa. Llevaba un vestido a la ultimísima moda, bordado por los costados, pero parecía colgar de ella como una capa en el perchero de una taberna. Tenía las mejillas hundidas y vacías, y sostenía una copa de vino vacía en la mano.

—Así que por fin vienes a mí —dijo.

Velo titubeó. ¿Qué quería decir con eso?

«Ataca ya —pensó Velo—. Invoca la hoja esquirlada y quémale esos ojos presuntuosos en el cráneo.»

Pero no quería actuar obedeciendo solo su propia voluntad. Tenían un equilibrio, y eso era importante. Las tres no hacían nunca lo que solo una de ellas quería, no en lo relativo a decisiones tan importantes como aquella. De modo que Velo se contuvo. Radiante no quería matar a Ialai. Era demasiado honorable. Pero ¿qué había de Lexa?

Aún no, pensó Lexa. Habla con ella antes. Averigua qué sabe.

En consecuencia, Velo hizo una inclinación, sin salirse del personaje.

—Mi reina.

Ialai hizo chasquear los dedos y el guardia se retiró con el último sectario y cerró la puerta al salir. Ialai Sadeas no era de las que se asustaban, aunque Velo reparó en que había una puerta al fondo de la sala, detrás de Ialai, por la que podría huir. Ialai se reclinó en su silla y dejó que Velo prolongara la inclinación.

—No pretendo ser reina —dijo al cabo de un tiempo—. Eso es una mentira que hasta mis seguidores más… acérrimos perpetúan.

—¿A qué aspirante al trono apoyáis, pues? Sin duda no será al usurpador Bellamy ni a la sobrina a quien ha designado sin la menor legitimidad.

Ialai observó a Velo, que fue enderezando la espalda muy despacio.

—En el pasado —dijo Ialai—, he apoyado al heredero, al hijo de Finn, al nieto de Gavilar, al verdadero rey.

—Es solo un niño que aún no ha cumplido los seis años.

—En ese caso, debemos actuar con celeridad —repuso Ialai— para rescatarlo de las garras de su tía y su tío abuelo, las alimañas que lo han destronado. Apoyarme a mí no es alterar el linaje, sino trabajar en pos de una unión alezi mejor, estable y correcta.

Muy inteligente. Bajo esa pretensión, Ialai podía hacerse pasar por una humilde patriota. Pero… ¿por qué se la veía tan atribulada? ¿Por qué parecía los despojos de su yo anterior? Había acusado mucho la muerte de Sadeas y la traición del ejército de Amaram.

¿Esos acontecimientos la habrían hundido en una espiral descendente? Y sobre todo, ¿quién era el espía que esa mujer tenía cerca de Bellamy?

Ialai se levantó y dejó que su copa de vino rodara de la mesa y se hiciera añicos contra el suelo. Pasó por delante de Velo hacia el aparador y levantó la cubierta, revelando más de una docena de botellas de vino, cada una de un color distinto. Mientras Ialai las estudiaba, Velo extendió el brazo a un lado y empezó a invocar su hoja esquirlada. No para atacar, sino porque Patrón estaba con Clarke. El acto de invocarlo debería indicar a Patrón en qué dirección se encontraba. Paró casi al instante, impidiendo que la espada cobrara forma. Clarke querría ir a buscarla. Por desgracia, atacar la fortaleza de Ialai sería más peligroso que caer sobre un grupo de conspiradores en el abismo. Bellamy no tenía ninguna autoridad allí y, aunque el tejido de luz que Lexa había aplicado a Clarke impediría que la reconocieran, Velo no estaba segura de que pudiera arriesgarse a salir a campo abierto.

—¿Te gusta el vino? —le preguntó Ialai.

—No tengo mucha sed, brillante —respondió Velo.

—Tómate una copa conmigo de todos modos.

Velo se situó junto a ella y miró el despliegue de vinos.

—Es una buena colección.

—Sí —convino Ialai, y seleccionó uno claro, que debía de ser alcohol de grano. Si no se le había practicado una infusión, el color no podía considerarse indicativo del sabor ni de la potencia—. Requiso muestras de las variedades que pasan por los campamentos de guerra. Es uno de los pocos lujos que pueden ofrecer estas tierras de tormentas abandonadas por los Heraldos.

Sirvió una copita y Velo supo al instante que se había equivocado. No tenía la potencia nítida e instantáneamente abrumadora de algo como un vino comecuernos. En vez de ello, había un aroma frutal combinado con el tenue hedor del alcohol. Qué curioso. Ialai se lo ofreció primero a Velo, que aceptó la copa y le dio un sorbo. Tenía un fuerte sabor dulce, como un vino para postres.

¿Cómo habían conseguido hacerlo tan claro? Casi todos los vinos frutales presentaban una coloración natural.

—¿No temes que esté envenenado? —preguntó Ialai.

—¿Por qué debería temer el veneno, brillante?

—Esto lo prepararon para mí, y hay muchos que querrían verme muerta. Estar en mi cercanía puede ser peligroso.

—¿Como por el ataque de antes en el abismo?

—No es la primera vez que ocurre —dijo Ialai, aunque Velo no sabía de ningún otro que hubiera ordenado Bellamy—. Es curiosa la facilidad con que mis enemigos me atacan en los silenciosos y oscuros abismos. Y en cambio, que les haya costado tanto tiempo atacarme en mis aposentos. —Clavó la mirada en Velo.

Condenación. Sabía lo que Velo había ido a hacer allí.

Ialai dio un gran sorbo.

—¿Qué te parece el vino?

—Estaba bueno.

—¿Nada más? —Ialai levantó la copa y observó las últimas gotas—. Es dulce, fermentado a partir de una fruta, no de grano. Me recuerda a mis visitas a las bodegas de Gavilar. Diría que es un caldo alezi, rescatado antes de que cayera el reino, hecho de simbaya. La carne de la fruta es clara, y se preocupaban mucho de quitarle toda la piel. De revelar lo que había en realidad en su interior.

Sí, en efecto sospechaba. Tras pasar un momento decidiendo, Lexa emergió. Si hacía falta locuacidad, debía ser ella quien ostentara el control.

Ialai seleccionó otra botella, en esa ocasión de color naranja claro.

—¿Cómo es que tienes acceso a documentos tan importantes como los diagramas de Echo? —prosiguió—. Guarda sus proyectos con gran celo, no porque tema que alguien se los robe, sino porque le encanta hacer revelaciones teatrales.

—No puedo delatar a mis fuentes —dijo Lexa—. Sin duda comprendéis la importancia de proteger las identidades de quienes os sirven. —Fingió pararse a pensar—. Aunque quizá pueda compartir un nombre, si obtuviera otro a cambio, el de alguien a vuestro servicio que esté cerca del rey. Así ambas podríamos tener un acceso mejor al círculo interno Griffin.

Un poco torpe, señaló Velo. ¿Seguro que quieres dirigir tú ahora mismo?

Ialai sonrió y ofreció a Lexa una copita del naranja. Ella la aceptó y la encontró sosa, falta de sabor.

—¿Y bien? —preguntó Ialai, dando un sorbito a su propia copa.

—Es flojo —dijo Lexa—. No tiene pegada. Y aun así, capto un matiz de algo malo. Un toque amargo. Una… molestia que debería purgarse de esta variedad.

—Y sin embargo —repuso Ialai—, tiene un aspecto maravilloso. Un naranja como debe ser, para que lo disfruten los niños… y quienes se comportan como ellos. Sería perfecto para quienes desean mantener las apariencias ante otros. Y luego está la amargura. Porque esa es la verdadera característica de este vino, ¿me equivoco? Espantoso, tenga la apariencia que tenga.

—¿Con qué fin? —preguntó Lexa—. ¿De qué serviría vender un vino tan inferior con una etiqueta tan atractiva?

—Podría engañar a según qué gente, por un tiempo —dijo Ialai—. El licorista quizá logre ganar un terreno rápido y fácil a la competencia. Pero llegará un momento en que se revele que es un farsante y su creación se descarte en favor de un caldo auténticamente fuerte o noble.

—Hacéis afirmaciones atrevidas —comentó Lexa—. Ojalá no las oiga el licorista. Podría enfurecerse.

—Que se enfurezca. Las dos sabemos lo que es.

Mientras Ialai se volvía para servir una tercera copa, Lexa empezó a invocar de nuevo su hoja esquirlada, indicando a Patrón la dirección en la que estaba.

Invócala del todo, pensó Velo. Ataca.

¿De verdad es esta persona la que queremos ser con nuestros poderes?, pensó Radiante. Si nos internamos en este camino, ¿adónde nos llevará?

¿Estarían sirviendo de verdad a Bellamy Griffin si actuaban en contra de sus órdenes expresas? Él no quería que Ialai muriera asesinada. Casi seguro que debería quererlo, pero no era así.

—Ah, este es perfecto —dijo Ialai. Sostuvo en alto un líquido azul oscuro. En esa ocasión no se lo ofreció primero a Lexa, sino que dio un sorbito—. Una variedad excelente, pero es la última botella que existe. Se destruyeron todas las demás en un incendio. Después de hoy, incluso esta habrá desaparecido.

—Parecéis resignada —dijo Lexa—. La Ialai Sadeas de la que he oído hablar peinaría reinos enteros en busca de una botella de un caldo que adora. No se rendiría jamás.

—Esa Ialai no estaba ni por asomo tan cansada como yo —respondió la mujer, dejando caer la mano como si el peso de la copa de vino fuese demasiado—. Llevo demasiado tiempo luchando. Y ahora estoy sola… y a veces creo que las mismas sombras conspiran en mi contra. —Ialai escogió una garrafa de un blanco comecuernos, que Lexa pudo oler en el instante en que lo destapó, y lo tendió hacia ella—. Creo que este es de los tuyos. Invisible. Mortífero.

Lexa no aceptó la copa.

—Adelante, haz lo que debas —dijo Ialai—. Matasteis a Thanadal cuando intentó llegar a un acuerdo, así que no me queda esa salida. Disteis caza a Sinclair y lo asesinasteis cuando huyó, y es muy improbable que yo pueda sobrevivir a eso. Creía que quizá estuviera a salvo si me resguardaba durante un tiempo. Pero aquí estás.

«Invisible. Mortífero.» Dulce sabiduría de Battah…

Lexa había afrontado toda la conversación suponiendo que Ialai sospechaba que actuaba en nombre de Bellamy. Pero no era así en absoluto. Ialai la consideraba un efectivo de Dante, de los Sangre Espectral.

—A Thanadal lo mataste tú —le dijo Lexa.

Ialai se echó a reír.

—Eso te dijo él, ¿verdad? ¿Así que mienten a los suyos?

Dante no le había dicho a las claras que Ialai hubiera matado a Thanadal. Pero sí que lo había insinuado sin dejar mucho espacio a las dudas. Velo apretó los dientes, frustrada. Había ido allí por voluntad propia. Sí, Dante siempre estaba dejándole indirectas sobre lo que querían él y los Sangre Espectral. Pero Velo no estaba a su servicio. Había emprendido aquella misión por… por el bien de Alezkar. Y por Clarke. Y…

—Venga —dijo Ialai—, hazlo.

Velo sacó la mano a un lado e invocó su hoja esquirlada. Ialai dejó caer la garrafa de blanco comecuernos y dio un salto sin poder evitarlo. Aunque en el suelo bulleron los miedospren, la mujer se limitó a cerrar los ojos.

¡Oh!, exclamó una voz animada en la mente de Velo. ¡Ya casi habíamos llegado, Velo! ¿Qué estamos haciendo?

—¿Por lo menos te han dicho por qué decidieron que tenemos que morir? —preguntó Ialai—. ¿Por qué odiaban a Gavilar? ¿Y a Amaram? ¿Y a Thanadal y a mí, después de que supiéramos los secretos? ¿Qué es lo que los asusta tanto de los Hijos de Honor?

Velo titubeó.

¡La has encontrado!, exclamó Patrón en su mente. ¿Tienes las pruebas que quería Bellamy?

—Después de esto, te enviarán a por Restares —dijo Ialai—. Pero te vigilarán. Por si acaso asciendes demasiado, por si sabes demasiado y les supones una amenaza. ¿Nunca te has preguntado qué es lo que quieren? ¿Qué esperan obtener del fin del mundo?

—Poder —respondió Velo.

—Ah, el nebuloso «poder». No, es algo más concreto que eso. La mayoría de los Hijos de Honor solo querían que volvieran sus dioses, pero Gavilar veía algo más. Vio mundos enteros…

—Cuéntame más —pidió Velo.

Sonaron gritos fuera de la sala. Velo miró hacia la puerta a tiempo de ver una brillante hoja esquirlada atravesando la cerradura. Un momento después Clarke abrió la puerta de una patada, llevando el rostro falso que ella le había proporcionado. Entró más gente rodeándola, soldados y cinco agentes Tejedores de Luz de Lexa.

—Cuando yo esté muerta —siseó Ialai—, no dejes que registren mis aposentos antes de hacerlo tú. Busca la variedad más excepcional. Es… exótica.

—No me vengas con acertijos —dijeron las tres—. Dame respuestas. ¿Qué pretenden los Sangre Espectral?

Ialai cerró los ojos.

—Hazlo ya.

Pero las tres descartaron su hoja esquirlada. Voto en contra de matarla, pensó Velo. Matarla significaría que se había dejado manipular por Dante, y aborrecía esa idea.

—No morirás hoy —dijeron las tres—. Tengo más preguntas para ti.

Ialai mantuvo los ojos cerrados.

—No llegaré a responderlas. No me lo permitirán.

Lexa emergió, tranquilizándose mientras llegaban varios soldados para rodear a Ialai. Velo y Radiante se retiraron, ambas satisfechas con aquel resultado. Eran dueñas de sí mismas. No pertenecían a Dante. Lexa sacudió con la cabeza y se acercó trotando a Clarke para retirarle la cara ilusoria con un toque de sus dedos. Necesitaba verla llevando su propio rostro.

—¿Cuál eres? —preguntó ella en voz baja mientras le entregaba un saquito de esferas infusas.

—Lexa —respondió ella.

Guardó el saquito en su cartera, que un soldado le había traído de donde la había dejado junto a la pared. Echó un vistazo atrás mientras los soldados ataban a Ialai, y de nuevo se quedó impresionada por lo marchita que parecía la mujer.

Clarke tiró de Lexa para acercarla a ella.

—¿Ha confesado?

—Daba rodeos —respondió Lexa—, pero creo que podré argumentar a Bellamy que lo que me ha dicho constituye traición. Quiere derrocar a Anya y poner en el trono al hijo de Finn.

—Gavinor es demasiado pequeño.

—Y sería ella quien lo guiara —dijo Lexa—, que es por lo que es una traidora: quiere el poder para sí misma.

Pero… Ialai había hablado como si ese plan perteneciera al pasado, como si en tiempos más recientes luchara solo por la supervivencia. ¿Sería cierto que los Sangre Espectral habían matado a los altos príncipes Thanadal y a Sinclair?

—Bueno —dijo Clarke—, con ella en nuestro poder, quizá consigamos que sus ejércitos se retiren. Ahora mismo no podemos permitirnos una guerra contra los nuestros.

—Ishnah —llamó Lexa a su agente.

La menuda mujer alezi correteó hasta Lexa. Llevaba más de un año con ella y era, junto con Vathah, el líder de los desertores a los que Lexa había reclutado, de las personas en quienes más confiaba.

—¿Sí, brillante? —dijo Ishnah.

—Llévate a Vathah y a Berila. Acompañad a esos soldados y aseguraos de que no permiten hablar con nadie a Ialai. Amordazadla si es necesario. Esa mujer sabe cómo meterse en la cabeza de la gente.

—Dalo por hecho —respondió Ishnah—. ¿Quieres que le pongamos la ilusión primero?

El plan de emergencia para la extracción era sencillo: emplearían el tejido de luz para simular ser guardias de la casa Sadeas y que Ialai pareciera alguien de baja cuna. La sacarían por las puertas sin problemas y se llevarían a la alta princesa capturada ante las mismas narices vigilantes de sus soldados.

—Sí —respondió Lexa, indicando con un gesto a los soldados que acercaran a la mujer.

Ialai anduvo con los ojos cerrados, manteniendo aún su aire fatalista. Lexa la cogió del brazo, exhaló y dejó que el tejido de luz la envolviera, transformando a la mujer para asemejarla a un boceto que había hecho Lexa poco tiempo antes, el de una cocinera de mejillas sonrosadas y amplia sonrisa. Ialai no se merecía un rostro tan amable, ni tampoco un trato tan suave. Lexa sintió una inesperada punzada de repugnancia al tocarla: aquella criatura y su marido habían urdido y ejecutado un plan terrible para traicionar a Bellamy. Incluso después del traslado a Urithiru, Ialai había procurado socavar a Bellamy a cada oportunidad que había tenido. Si aquella mujer se hubiera salido con la suya, Clarke habría muerto antes de que Lexa la conociera. ¿Y pensaban llevársela detenida sin más, para que pudiera seguir con sus jueguecitos?

Lexa la soltó y empezó a llevar la mano hacia su cartera. Sin embargo, entonces emergió Radiante. Aferró de nuevo a Ialai por el brazo, la llevó con los soldados de Clarke y se la entregó.

—Sacadla con los demás —ordenó Clarke.

—¿Habéis capturado a los otros conspiradores? —preguntó Lexa, regresando hacia ella.

—Han intentado escapar por la puerta lateral mientras entrábamos, pero creo que los tenemos a todos.

Ishnah y los soldados, que eran hombres de Clarke, escogidos uno a uno entre los mejores, sacaron a la disfrazada y maniatada Ialai por la puerta. La alta princesa flojeó en los brazos de sus captores. Clarke los vio marchar, frunciendo los labios.

—Estás pensando que no deberíamos haberla dejado marchar de Urithiru —dijo Lexa—. Que habría sido más fácil acabar con ella, y con el peligro que representaba, antes de que llegara tan lejos.

—Estoy pensando —respondió Clarke— que quizá no queramos tomar ese camino.

—Puede que ya lo hiciéramos. En el momento en que tú…

Los labios de Clarke se convirtieron en una línea.

—No tengo ninguna respuesta ahora mismo —dijo al cabo de un tiempo—. No sé si las he tenido alguna vez. Pero deberíamos registrar este sitio deprisa. Mi padre podría exigir más pruebas que tu palabra, y nos vendría de maravilla poder entregarle diarios o cartas que incriminen a Ialai.

Lexa asintió y llamó con un gesto a Monty y Rojo. Los pondría a registrar el lugar.

¿A qué se había referido Ialai? «Busca la variedad más excepcional.» Lexa miró los vinos expuestos en la repisa del aparador. ¿Por qué le había hablado con acertijos? «Estaban entrando ya Clarke y el resto —pensó Lexa—. No quería que ellos se enteraran.» Tormentas, esa mujer se había vuelto paranoica.

Pero ¿por qué confiar en Lexa?

«No llegaré a responderlas. No me lo permitirán.»

—Clarke —dijo—. Algo está mal en todo esto. En Ialai, en que yo esté aquí, en…

Se interrumpió al oír gritos en la antecámara. Lexa salió corriendo con una sensación de temor. Encontró a Ialai Sadeas tendida en el suelo, con espuma saliéndole de la boca en su rostro falso. Los soldados que la miraban horrorizados.

La alta princesa miraba hacia arriba con unos ojos sin vida. Había muerto.

Raven voló a través de la columna de humo acre que ascendía desde la mansión. Descendió deprisa hacia el lugar donde el extraño Fusionado y sus soldados amenazaban a la gente del pueblo. Allí estaba Waber, el jardinero de la mansión, retenido contra el suelo con una bota en la cara.

Está claro que es una trampa, dijo Syl en la mente de Raven. Ese Fusionado sabe lo que tiene que hacer para llamar la atención de un Corredor del Viento: atacar a inocentes.

Tenía razón. Raven se obligó a bajar con cuidado a cierta distancia. El Fusionado había hecho un agujero en el muro cerca de una entrada lateral de la mansión. Aunque las llamas lamían los pisos superiores de la construcción, la estancia que había al otro lado del agujero estaba a oscuras, todavía sin incendiar. Por lo menos, no del todo. En el momento en que Raven aterrizó, los cantores dejaron marchar a Waber y los demás y se retiraron por el agujero abierto en el muro de piedra. «Cinco soldados —observó Raven—. Tres con espadas, dos con lanzas.»

El Fusionado llevaba a un prisionero cuando entró con paso firme en el edificio. Era flaco, tenía la cara demacrada y sangraba por un tajo horizontal en el abdomen. Godeke, el Danzante del Filo. Parecía que su luz tormentosa se había agotado. Que las tormentas quisieran que siguiese con vida. El Fusionado quería utilizarlo como cebo, de modo que era probable que así fuera.

Raven se acercó al muro derrumbado.

—¿Quieres combatir contra mí, Fusionado? Pues vamos. Cuando quieras.

La criatura, ensombrecida dentro del edificio, gruñó algo en su propio idioma rítmico. Un soldado tradujo.

—Combatiré contra ti aquí dentro, donde no puedas huir volando, pequeña Corredora del Viento. Ven, enfréntate a mí.

Esto no me gusta nada, dijo Syl.

—Ni a mí —susurró Raven—. Prepárate para ir a buscar ayuda.

Se enlazó levemente hacia arriba, lo justo para volverse más ligera, y se aproximó con mucha cautela hasta entrar en el edificio en llamas. Aquella estancia grande había sido en otro tiempo el comedor, donde el padre de Raven había cenado con Roshone y hablado sobre ladrones y tratos. El techo tenía partes quemadas, consumidas por el fuego desde arriba. Los llamaspren danzaban por las vigas con frenético deleite. El gigantesco Fusionado estaba justo delante, con dos soldados a cada lado que avanzaron para flanquear a Raven. ¿Dónde estaría el quinto soldado? Allí, cerca de una mesa volcada, trasteando con algo que brillaba en un profundo tono violeta negruzco. ¿Luz del vacío? Un momento, ¿eso era un fabrial? De pronto, las luces perdieron intensidad.

Los poderes de Raven desaparecieron.

Notó una extraña sensación de asfixia, como si le hubieran colocado algo muy voluminoso encima de la mente. Volvió a sentir su peso al completo cuando se anuló su enlace. Syl dio un respingo y la lanza que había formado desapareció en una voluta neblinosa cuando recobró su forma de spren. Raven intentó invocar de nuevo su arma esquirlada, pero no ocurrió nada. Al instante, Raven retrocedió para intentar salir del alcance del extraño fabrial. Pero los soldados se apresuraron a rodearla e impedirle la retirada. Raven había supuesto que podía derrotarlos con facilidad, pero esa suposición se basaba en su lanza esquirlada y sus poderes.

¡Tormentas! Raven se esforzó en crear un enlace. La luz tormentosa aún bullía en su interior y le evitaba tener que respirar el humo acre, pero había algo que inhibía sus otras capacidades.

El Fusionado rio y habló en alezi.

—¡Ay, Radiantes! Confiáis demasiado en vuestros poderes. Sin ellos, ¿qué eres tú? Nada más que una niña campesina sin ningún entrenamiento en las artes de la guerra y de…

Raven embistió contra el soldado que tenía a la derecha.

El súbito ataque hizo que el cantor gritara y cayera hacia atrás. Raven le arrebató la lanza de la mano para, con un movimiento fluido, empuñarla a dos manos y empalar a un segundo soldado. Los dos soldados de su izquierda se recuperaron de la sorpresa y saltaron hacia ella. Raven sintió el viento envolviéndola mientras giraba entre ellos, atrapaba un espadazo bajo con el pie de su lanza y un segundo ataque alto justo por debajo de la copa del arma. El metal dio contra la madera con el acostumbrado sonido sordo y Raven completó su giro y desarmó a la vez a los dos hombres. Rajó la tripa de un soldado y luego le barrió los pies, lo que lo hizo caer al suelo delante de su compañero. Aquellos soldados estaban bien entrenados, pero aún no habían visto mucho combate real, como demostraba que el cantor restante se quedara petrificado al ver morir a sus amigos. Raven siguió moviéndose, casi sin pensar, y clavó la lanza en el cuello del cuarto soldado. «Ahí está —pensó Raven mientras la esperada cinta de luz roja llegaba veloz hacia ella—. Volverá a atacarme por la espalda.»

Soltó su lanza, sacó una daga arrojadiza del cinto y se volvió.

Clavó el puñal en el aire justo antes de que apareciera el Fusionado y la pequeña hoja se hundió en el cuello de la criatura, con ángulo entre dos láminas de caparazón.

El Fusionado dejó escapar un «urj» de sorpresa y dolor, con los ojos muy abiertos.

El fuego quebró la madera de arriba y cayeron cenizas ardientes mientras el enorme Fusionado se derrumbaba como un árbol serrado y hacía temblar los tablones del suelo con el impacto. Por suerte, en esa ocasión no salió de él ninguna cinta de luz roja.

—Pues es un alivio —dijo Syl, posándose en el hombro de Raven—. Supongo que, si lo pillas bien antes de que se teleporte, puedes matarlo de verdad.

—Por lo menos hasta que la tormenta eterna lo haga renacer —respondió Raven, mientras comprobaba los cantores que había matado.

Aparte del que estaba muriendo despacio por la herida en el abdomen, solo había dejado con vida a dos: al que había empujado y al quinto que estaba al fondo de la sala, el que había activado el fabrial. El primero había salido a gatas por el agujero del muro para huir. El otro había abandonado el fabrial y se desplazaba despacio hacia un lado, espada en mano, ojos como platos. El hombre intentaba llegar hasta Godeke, quizá para utilizarlo como rehén. El Danzante del Filo herido había caído al suelo en la refriega junto al cascarón del Fusionado después de que este se teleportara hacia Raven. Godeke estaba moviéndose, pero no por sus propios medios. Una figura menuda y desgarbada tenía agarrado al Danzante del Filo por una pierna y estaba arrastrándolo despacio para alejarlo de la pelea. Raven no había visto a Madi colarse en la sala, pero lo cierto era que la chica tendía a aparecer donde nadie la esperaba.

—Sácalo por ese agujero, Madi —dijo Raven, acercándose al último cantor—. ¿Tus poderes también están suprimidos?

—Sí —respondió ella—. ¿Qué nos han hecho?

—Yo también tengo muchísima curiosidad —dijo Syl, volando hacia el aparato, que estaba en el suelo y consistía en una gema cubierta de piezas de metal apoyada en un trípode—. Este es un fabrial pero que muy raro.

Raven apuntó con su lanza al último cantor, que soltó la espada con mala gana y levantó las manos. Tenía la piel jaspeada en rojo y negro.

—¿Qué es este fabrial? —le preguntó Raven.

—Eh… esto… —El soldado tragó saliva—. No lo sé. Me dijeron que girara la gema de la base para activarlo.

—Está alimentado por luz del vacío —dijo Syl—. Nunca había visto nada parecido.

Raven alzó la mirada hacia el humo que se acumulaba en el techo.

—¿Madi? —dijo.

—En ello.

La chica corrió hacia el dispositivo mientras Raven mantenía vigilado al cantor. Un momento después, los poderes de Raven regresaron. Suspiró aliviada, aunque se le escapara una voluta de luz tormentosa por la boca. Cerca de ella Godeke dio un respingo, inhalando luz tormentosa inconscientemente, y su herida empezó a sanar. Vigorizado por la luz tormentosa, Raven asió al soldado y lo levantó del suelo mientras le infundía la suficiente luz para que se quedara flotando en el aire.

—Os dije que salierais del pueblo —gruñó Raven sin levantar la voz—. Estoy memorizando tu cara, tus manchas, tu peste. Como vuelva a verte, sea cuando sea, te enviaré disparado hacia arriba con tanta luz tormentosa que tendrás mucho, muchísimo tiempo para pensar mientras vuelves a caer. ¿Comprendido?

El cantor asintió con la cabeza, tarareando un sonido conciliador. Raven le dio un empujón, recuperó la luz tormentosa e hizo que el hombre cayera al suelo. El soldado salió corriendo por el agujero.

—Había otro humano aquí dentro —dijo Madi—. Un viejo ojos claros con ropa de mendigo. Yo estaba mirando desde fuera del edificio y he visto a ese hombre entrar aquí con Godeke. Al poco tiempo, ese Fusionado ha salido a través del muro con Godeke al hombro, pero ya no he vuelto a ver al otro hombre.

Roshone. El antiguo consistor había dicho a Bellamy que iba a buscar en el sótano de la mansión para rescatar a unos lugareños apresados. Raven no se enorgulleció de vacilar como lo hizo, pero cuando Syl la miró, apretó los dientes y asintió.

«Siempre que sea lo correcto…», pensó.

—Lo encontraré —dijo—. Asegúrate de que Godeke se recupera y luego lleva ese fabrial a la brillante Echo. Va a parecerle muy interesante.

Lexa retiró la ilusión y dejó a la vista el rostro de Ialai, con saliva goteándole de los labios. Un hombre de Clarke le buscó el pulso y confirmó su muerte.

De verdad estaba muerta.

—¡Condenación! —exclamó Clarke, de pie con cara de impotencia ante el cadáver—. ¿Qué ha pasado?

Esto no lo hemos hecho nosotras, pensó Velo. Habíamos decidido no matarla, ¿verdad?

Eh… La mente de Lexa empezó a desenfocarse y todo se le emborronó. ¿Había sido ella? Querer, sí que había querido. Pero no lo había hecho, ¿verdad? Tenía… tenía el control suficiente para no hacerlo.

Yo no la he matado, pensó Lexa. Estaba razonablemente convencida.

Entonces, ¿qué ha pasado?, preguntó Radiante.

—Debe de haber tomado veneno —dijo Vathah, agachándose—. Ruinaoscura.

Incluso después de haber pasado muchos meses como escudero y luego agente de Lexa, el estilo del antiguo desertor no encajaba con el de los soldados de Clarke. Vathah era demasiado rudo. No era que fuese desaliñado, sino que, al contrario que los hombres de Clarke, le traía bastante sin cuidado tener un aspecto impecable. Demostraba ese desdén dejándose la casaca desabrochada y el pelo revuelto.

—Ya había visto morir a gente así, brillante —explicó—. Cuando estaba en el ejército de Sadeas, había un oficial que pasaba material de contrabando. Cuando por fin lo pillaron, se envenenó en vez de dejarse capturar.

—No la he visto hacerlo —dijo Ishnah, avergonzada—. Lo siento.

—Por las pelotas de Nale —murmuró un soldado de Clarke—. Esto nos hará quedar mal, ¿verdad? Es justo lo que el Espina Negra no quería que pasara. Otro cadáver de la casa Sadeas en nuestras manos.

Clarke respiró despacio y hondo.

—Tenemos las suficientes pruebas como para que terminara ahorcada de todos modos. Mi padre tendrá que aceptarlo. Desplegaremos tropas en los campamentos de guerra para asegurarnos de que a sus soldados no les dé por alborotarse. Tormentas. Este desastre tendríamos que haberlo arreglado hace meses. —Señaló a varios soldados—. Mirad si los otros conspiradores llevan veneno encima y amordazadlos a todos. Lexa disfrazará el cuerpo de alfombra o lo que sea, para que podamos sacarlo. Gen y Natem, registrad las cosas de Ialai en la sala de al lado, a ver si encontráis alguna prueba útil.

—¡No! —exclamó Lexa.

Clarke se quedó muy quieta y la miró.

—Ya hurgaré yo entre las cosas de Ialai en la sala. Sé lo que puede servirnos, no como tus soldados. Vosotros ocupaos de los presos y registrad el resto del edificio.

—Buena idea —dijo Clarke. Se frotó la frente, pero entonces, quizá al ver el pequeño congojaspren que apareció cerca de ella, como una cruz negra retorcida, sonrió—. No te preocupes. No hay ninguna misión sin contratiempos.

Ella asintió, más para tranquilizar a Clarke que para expresar sus verdaderos sentimientos. Cuando los soldados se movieron para cumplir sus órdenes, Lexa se arrodilló junto al cuerpo de Ialai. Ishnah se acercó a ella.

—¿Brillante? ¿Necesitas algo?

—No ha tomado veneno, ¿verdad? —le preguntó Lexa en voz baja.

—No estoy segura. Pero sí que conozco un poco la ruinaoscura. —Ishnah se sonrojó—. Bueno, la conozco mucho, en realidad. Mi pandilla la usaba contra nuestros rivales. Es difícil de preparar, porque requiere secar bien las hojas y luego hacer una pasta con ellas para que tenga su potencia máxima. De todas formas, no es muy efectiva si se come. En cambio, si llega a la sangre, mata rápido y…

Dejó la frase en el aire y frunció el ceño, quizá reparando en lo mismo que ya había pensado Lexa: que Ialai había muerto muy deprisa. Lexa también sabía cosas sobre la ruinaoscura. En los últimos tiempos había estado estudiando sobre venenos. «¿Sería capaz de distinguir un pinchazo?», pensó, arrodillándose ante el cadáver. En cualquier caso, Lexa sospechaba que Ialai había estado en lo cierto: los Sangre Espectral no habían confiado en que Lexa la matara y habían enviado a un segundo asesino para terminar el trabajo. Eso implicaría que tenían a alguien infiltrado en la guardia de Clarke o entre los agentes de la propia Lexa.

Pensarlo le revolvió el estómago.

Y sería una persona distinta al espía que, supuestamente, Ialai tenía entre los íntimos de Bellamy. ¡Tormentas! La mente de Lexa estaba haciéndose un lío.

—Comprueba bien el cadáver —susurró Lexa a Ishnah—. A ver si encuentras alguna prueba que nos confirme si se lo ha hecho ella misma o la ha matado otra persona.

—Sí, brillante.

Lexa pasó deprisa a la sala del aparador y los vinos. Monty y Rojo ya estaban atareados reuniendo los objetos de Ialai.

Tormentas, ¿podía confiar en esos dos?

Fuera como fuese, la predicción de Ialai había resultado acertada.

Y era posible que aquella estancia contuviera secretos que Dante no quería que Lexa descubriera.