UN MAL DÍA
Javiera estaba sentada en el sofá con Princesa en brazos cuando Flavia volvió a casa después del trabajo. Tenía los ojos enrojecidos, ya que no había sido capaz de contener el llanto, y al oír a Flavia abrir la puerta con su llave sintió una intensa oleada de alivio. Echó un vistazo al reloj, sorprendida de que ya resultaron las seis de la tarde. Aquello significaba que llevaba llorando casi media hora.
La brillante sonrisa de Flavia se desvaneció en cuanto entró en el apartamento y miró a Javiera a los ojos.
—¿Javiera?
Se acerca al sofá, claramente preocupada.
—¿Cariño?
Casi en contra de su voluntad, Javiera hizo un puchero y los ojos se le llenaron de lágrimas otra vez.
—He tenido un mal día. —musito.
Flavia soltó el maletín enseguida y se sentó en el sofá junto a Javiera.
—¿Qué ha pasado, cariño? —quiso saber. Frunció el ceño y escrutó el rostro de Javiera. —¿Y por qué no me ha llamado?
—Hoy he… perdido a mi primer paciente —murmuró Javiera. Su rostro se contrajo lastimeramente al recordar y apartó la mirada. —No te llame porque estaba trabajando y sabía que vendrías esta noche, así que…
-Oh, no. —exclamó Flavia con simpatía. Javiera se sintió un poco mejor por ello. Flavia le pasó el brazo por los hombros y le dio un fuerte abrazo. —¿Quieres hablar de ello?
Javiera negó con la cabeza, pero, aun así, empezó a hablar.
—Puedo aguantar tener que sacrificar un animal, ¿sabes? Cuando es viejo o está enfermo y sufre, hay una razón para hacerlo y puedo soportarlo. Pero hoy…
Abrazó a Princesa con más fuerza y le hundió el rostro en el sedoso pelaje. —Me han traído una gata toda negra. Tenía tres años.
—¿Qué le pasaba?
Javiera notó que se le ponía un nudo en la garganta.
—No estoy seguro. La habían envenenado. No… no lo sabemos exactamente.
—¿Envenenada? —Flavia miró a Princesa y después volvió a posar los ojos en Javiera. —¿Cómo?
—Los dueños dijeron que se pasaba el día fuera de casa. Pasó la noche por ahí y cuando volvió le costaba respirar. Nos la trajeron, pero no pudimos hacer más que llenarla de medicamentos mientras el veneno la iba matando. —Sollozó Javiera.
Princesa se asustó y saltó al suelo. Tras echar una mirada atrás, la gata se marchó al pasillo. Flavia aprovechó para acercarse más a Javiera y le dio un abrazo que esta correspondió con desesperación.
—¿No pudiste hacer nada?
Javiera negó con la cabeza y le hundió la cara en el hombro.
—Solo verla morir. Nada le hizo efecto. Tuvo un paro respiratorio y sufría unas convulsiones horribles. —Se estremeció por el recuerdo. —Ha sido lo más horrible que he visto nunca.
Flavia le susurró palabras de consuelo y la acunó con delicadeza mientras le acariciaba la espalda cariñosamente.
—Lo siento mucho, cariño.
Javiera sorbió las lágrimas y murmuró.
—Ya sé que soy una profesional y que debería ser capaz de soportarlo, pero…
—¿Soportarlo? —Flavia frunció el ceño. —Has tenido que ver morir a un animal de una manera horrible. ¿Por qué ibas a tener que soportarlo?
—Se parecía mucho a Princesa. —dijo Javiera con voz queda. Las lágrimas le rodaron por las mejillas. —No podía dejar de pensar en eso: en lo mucho que se parecía a Princesa.
Flavia se apoyó en el respaldo del sofá y acomodó a Javiera en su regazo.
—Princesa está bien, cariño. Está aquí y está perfectamente.
Javiera sorbió las lágrimas de nuevo y apoyó la oreja en el pecho de Flavia. Cerró los ojos y se dejó cómodo por el latido de su corazón.
—Me cabrea tanto cuando les pasan cosas malas a los gatos por salir de casa… Ya sé que mucha gente opina que están mejor vagando por las calles a sus anchas, pero no puedo ni imaginarlo…
Echó un vistazo al pasillo, por donde había desaparecido Princesa, y deseó que la gata estuviera donde pudiera verla.
—Es mi niña y no puedo ni imaginármela ahí fuera, a merced de la naturaleza, de la gente o de cualquier otra cosa.
—Lo entiendo. —murmuró Flavia. Le acarició la espalda a Javiera. —Tendrías que haberme llamado, cariño. Aunque estuviera en el trabajo, no había necesidad de que pasaras este mal rato sola. Podría haber intentado salir antes.
—No quería molestarte.
Flavia se sentó a la derecha y se apartó de Javiera.
—¿Molestarme?
Javiera se volvió al percibir la nota de pesar en la voz de Flavia. Cuando descubrió su expresión alicaída, se le cayó el alma a los pies.
—No quería decir que…
—¿Crees que me molestaría que me llamaras para contarme que había tenido un mal día?
Aunque Flavia todavía tenía las manos en las caderas de Javiera, era como si se hubiera abierto un abismo entre las dos.
—Quiero ser la persona que te consuele cuando estás triste. Quiero que lo primero que hagas cuando estés disgustada sea coger el teléfono y llamarme. Creo que…
—Flavia. —la interrumpió Javiera. —Cariño, por favor. —Se encogió de hombros, impotente. -Lo siento. No es que pensase que no estarías a mi lado, es que me sentí muy estúpida.
—No es estúpido estar triste. —dijo Flavia. —Sea por la razón que sea.
—Pero…
—Además, no tienes por qué sentirte estúpida conmigo. nunca Te quiero, Javiera. Cuando sufres, yo sufro. Y saber que prefieres sufrir sin mí hace que me entren ganas de llorar.
—Tienes mucha razón. —admitió Javiera al cabo de unos segundos. —Yo querría que me llamaras si te pasara algo, así que entiendo que tú quieras lo mismo.
—Claro que sí.
Flavia la besó largamente y, cuando despegó los labios de los de Javiera, preguntó:
—¿Acaso no te lo digo siempre? ¿Lo que quiero?
—Tú siempre me dices las cosas. Supongo que a veces no te escucho lo suficiente.
—Quizás te lo tengo que decir mejor. —Flavia la abrazó con fuerza y le acarició los costados. —Javiera, eres lo más importante de mi vida. Quiero saberlo todo de ti. Quiero estar a tu lado cuando seas feliz y, sobre todo, quiero estar contigo cuando estés triste. Quiero tener la oportunidad de hacerte sentir mejor.
—Me haces sentir mejor. —musito Javiera.
Y era cierto. Desde que Flavia había entrado por la puerta, su corazón había comenzado a recuperarse de las emociones de aquel día tan duro.
—Créeme, lo haces.
—¿Y cómo puedo hacerte sentir mejor esta noche?
El humor de Javiera cambió casi de inmediato e insinuó una sonrisa, aunque luego se lo pensó mejor. Por una vez, no acababa de apetecerle hacer el amor.
—Podríamos pedir una pizza y ver una película en el sofá. —Tras apartarse unos mechones húmedos de los ojos, agregaron—: ¿Me dejas elegirla a mí? Algo ligero, feliz y romántico.
—Trato hecho.
Flavia se sacó el móvil del bolsillo.
—¿Pedimos la pizza donde siempre?
-Si.
Javiera se sentó con la espalda contra el respaldo y miró a su compañera.
—Me alegro de que hayas venido esta noche.
-Yo también. —le dijo Flavia, mientras marcaba. - ¿Lo mismo? ¿Una pequeña con pimiento verde, cebolla, tomate y sin queso?
Javiera asintió con entusiasmo. Era reconfortante tener a alguien que se supiera su pizza favorita de memoria. Siendo realista, aquella razón era de las menos importantes a la hora de explicar por qué adoraba a Flavia, pero aun así le llenaba el corazón de ternura.
—Sí, espero. —Flavia le sonrió. —Eres muy rara, ¿sabes? ¿Una pizza sin queso? Eso es una blasfemia.
Javiera arrugó la nariz.
—Empecé a comérmela así cuando hacía striptease. Era mi manera de compensar el hecho de comer pizza, puesto que mis ingresos dependían de mi silueta. La verdad es que terminé gustándome mucho.
Flavia recitó su pedido habitual al teléfono y, mientras tanto, Javiera se fue a cambiar a la habitación. Ya que iban a pasar la noche en casa, quería ponerse cómoda. Cuando volvió al salón con el pantalón del pijama y una camiseta de tirantes, encontró a Flavia en el sofá con Princesa acurrucada en el regazo. Desde donde estaba, Javiera vio cómo Princesa estiraba las patas y ronroneaba complacida bajo las caricias de Flavia. Sorprendida, se quedó en el umbral para observarlas en silencio. Era la primera vez que vio a Flavia hacerle carantoñas a su gata.
—Gracias por cuidar de ella hasta que llegara. —le murmuraba Flavia a la mimosa gata. —Y ya te lo digo ahora: tienes completamente prohibido salir afuera. Me da igual cuánto supliques cuando viva contigo, en eso me mantendré firme.
Javiera se tapó la boca con la mano para no sonreír. Ver a Flavia teniendo una conversación en serio con su gata era agradable. Y el hecho de que su amante había mencionado casualmente lo de vivir juntas (delante de Princesa, vaya público) le llenó los ojos de lágrimas de felicidad.
Estaba decidida a seguir el ritmo de Flavia, pero en aquella ocasión no pudo evitar darle un empujoncito. Entró en la sala y carraspeó.
—¿Sabes? Princesa me lo ha estado preguntando.
Flavia dio un salto. Al parecer, la llegada de Javiera la había cogido por sorpresa.
—¿El qué?
—Cuándo ibas a dejar de pasar tanto tiempo fuera de casa.
Javiera atravesó el salón y le dio a Flavia los pantalones de pijama y la camiseta que guardó en su casa para cuando se quedó a dormir. Se sentó a su lado y continuó.
—Yo he intentado explicarle que tienes tu propia casa, pero le ha parecido una tontería. Pasamos juntas casi cada noche, y tener dos casas significa que a veces la dejamos sola.
—Y no le gusta estar sola. —apunto Flavia. —Supongo que sí que es una tontería, si lo piensas así.
—Bueno, es lo que opina Princesa.
Flavia bajó la mirada hacia la gata de negro pelaje y le rascó detrás de las orejas.
—¿De verdad que compartirías a tu mami conmigo?
Princesa no respondió.
—Princesa. —la arrulló Javiera, en el tono que sabía que respondería a la charlatana de su mascota. —¿Qué dices?
Soñolienta, Princesa parpadeó con sus ojos dorados, levantó la cabeza y maulló. Flavia miró al animal y a continuación a la persona sentada a su lado. Arqueó una ceja.
—¿Qué ha dicho?
—Creo que ha dicho «si vais a cenar pizza, yo quiero atún» —respondió Javiera. Se arrimó más a Flavia y le rodeó los hombros con el brazo—. eso o «dejad de hablarme como a una persona».
Flavia echó la cabeza hacia atrás y soltó una sonora carcajada que volvió a ahuyentar a Princesa. Javiera se aprovechó del hueco que había dejado y se le arrimó más.
—Me encanta tu sentido del humor. —le dijo Flavia, entre risitas. —De verdad que te quiero.
—¿Te gustaría vivir conmigo?
A Flavia se le iluminaron los ojos y no lo dudó un instante.
—Sin lugar a dudas. No sé cómo lo hemos retrasado tanto tiempo. ¿Cuánto llevamos? ¿Ocho meses?
—Los mejores ocho meses de mi vida. —afirmó Javiera.
Flavia sonrió, como si acabara de ocurrir un secreto.
—Creo que lo mejor está por llegar.
—si cariño. —coincidió Javiera. —¿En tu casa o en la mía?
—¿Qué tal «la nuestra»? —propuso Flavia. —No me importaría buscar una casa más grande. Las nuestras son pequeñas. Además, supongo que me gustaría empezar desde cero juntas, en un sitio nuevo.
Antes de dejarse llevar por la emoción, Javiera se sintió obligada a hacerle una advertencia.
—Nunca ha vivido en pareja antes. Seguramente tengo alguna que otra mala costumbre.
«Me da la impresión que podría llevarme el Oscar a la mejor lesbiana en estos momentos.»
—Y también tienes muy buenas costumbres. —replicó Flavia. —Como quererme. —Abrazó a Javiera con fuerza y le susurró—: Oh… y chuparme.
- ¿Oh si? —bromeó Javiera. —¿Esas son todas mis buenas costumbres?
—Seguro que no, pero son dos de mis favoritas.
—¿Estás preparado para dar este paso, cielo? Me refiero a que saque el tema sin previo aviso y no quiero que te sientas presionada.
—¿Estás de broma? —sonrió Flavia. —Odio verte marchar o marcharme yo. Odio cuando estamos separados. —Miró a Javiera con gravedad. —Si no hubiéramos tenido pensado que hoy dormiría aquí, ¿me habría llamado para decirme que estabas triste y necesitabas que viniera?
Javiera no pudo mentir.
-No lo se. Supongo que sí.
—Si vivimos juntas, ¿me prometes que me llamarás siempre que te pase algo malo o que te sientes infeliz?
—Viva o no viva contigo, sí —asintió Javiera. —Lo Prometo.
Se acurrucó con la cabeza en el hombro de Flavia y aspiró su aroma.
—Aprendí la lección. Y me encuentro mucho mejor ahora que te tengo aquí.
Flavia la atrajo hacia sí y le acarició el pecho con dulzura.
—¿Quieres que empecemos a mirar apartamentos este fin de semana?
Javiera pestañeó, gratamente sorprendida. El día había dado un giro de 180 grados y estaba acabando a lo grande.
—Perfecto. Y hay otra cosa que querré hacer muy pronto. A lo mejor, cuando nos hayamos mudado, no quiero estar por otras cosas.
—Suena interesante.
Flavia le mordisqueó el lóbulo de la oreja y le hociqueó el cuello.
—¿Qué es lo que quieres, cariño?
—Mi tercera fantasía.
Flavia dejó escapar un sonido ronco y seductor.
—Esperaba que dijeras eso.
