UN PROBLEMA TÉCNICO
Flavia salió del dormitorio a grandes zancadas, con el ceño fruncido. Aunque estaba preciosa con su traje gris oscuro, no parecía de muy buen humor. Javiera estaba en la cocina, preparando las bolsas para la comida de las dos. Observó a Flavia con cautela mientras untaba mostaza en su sándwich de pavo.
¿Sería Flavia la que rompiera el hielo, o tendría que hacerlo ella?
Acababan de discutir, después de que Flavia se hubiera puesto furiosa al encontrarse una toalla mojada colgada de la puerta de la ducha que goteaba en el suelo. Odiaba el desorden y, al parecer, tener mojado el suelo del baño era un crimen terrible. Lo primero que le había dicho a Javiera aquella mañana había sido: «¿Qué demonios es esto? ¿Es que vivimos en una pocilga?».
Javiera le había replicado, porque le cabreaba que, en lugar del abrazo y el beso al que estaba acostumbrada, hubiera tenido un reproche de buenos días. «Ya veo que te has levantado de buen humor, pastelito mío.»
Fue lo último que se dijeron antes de que Flavia se metiera en el baño y cerrara de un portazo y Javiera se fuera a la cocina. Habían pasado exactamente diecisiete minutos. Javiera lo sabía, porque los había contado con el estómago encogido por la tensión. Oyó entrar a Flavia, pero mantuvo la mirada baja mientras esta preparaba el café. Flavia no pronunció palabra mientras trabajaba y Javiera tampoco, de manera que sus rutinas matutinas se desarrollaron silenciosa y eficientemente.
Hacía dos semanas que compartían apartamento y, a medida que acababan de desempaquetar, estaban recibiendo un cursillo acelerado en las costumbres mutuas. Flavia era una obsesa del orden y la limpieza, justo como Javiera había imaginado. Ella, por su parte, era más laxa, aunque suponía que su amante la consideraría más «desordenada» que otra cosa. Javiera había intentado cuidar un poco cómo dejaba la casa y, hasta aquella mañana, Flavia parecía estar haciendo un notable esfuerzo por ser paciente con ella cuando dejaba las cosas por medio.
Aprenderse las manías de Flavia no era cosa fácil, y Javiera creía que se merecía más reconocimiento del que le había otorgado por lo del baño.
—¿Dónde está mi maletín? —preguntó Flavia con voz tensa, desde el otro lado del mostrador de la cocina. —Lo dejé al lado de la puerta, pero ya no está ahí.
Javiera levantó la mirada.
—Lo he dejado en el armario de la entrada.
—El armario de la entrada, cómo no.
Flavia farfulló algo entre dientes y se alejó. Javiera contuvo las lágrimas y metió un plátano en una de las bolsas de papel. Flavia regresó justo cuando acababa de cerrarla y Javiera se la ofreció con una media sonrisa triste.
—Aquí tienes tu comida.
La expresión de Flavia se suavizó un poco. Dejó el maletín en el suelo y cogió la bolsa, con cuidado de no tocar los dedos de Javiera.
—Ah, gracias.
—No hay de qué.
Javiera la miró con precaución. Se moría por tocarle la mano, pero se contuvo, porque no estaba segura de que Flavia apreciara el roce en aquellos momentos.
—No es más que un sándwich de pavo.
Flavia dejó escapar un hondo suspiro y dejó la bolsa en el mármol.
—Lo siento, cariño.
Aunque tenía el corazón en un puño por la discusión, Javiera no estaba dispuesta a ceder tan fácilmente.
—¿Por qué?
—Por provocar nuestra primera pelea.
Flavia parecía sinceramente avergonzada y Javiera forzó una sonrisa desvaída.
—Demasiado tarde, ya te habías disculpado por eso.
Flavia inclinó la cabeza, obviamente confusa.
—Ah, ¿sí?
—Esta no es nuestra primera pelea. Ni siquiera estoy segura de que sea nuestra segunda. La primera, por si no te acuerdas, fue en tu despacho y en el pasillo y en el ascensor. Y duró mucho más que esta. Flavia negó con la cabeza.
—Ah, sí. Bueno, entonces supongo que siento haber provocado todas nuestras peleas —murmuró, apesadumbrada, sin poder mirar a Javiera a los ojos.
Javiera rodeó el mostrador de la cocina y le rodeó los hombros con los brazos.
—No nos hemos peleado.
—Ah, ¿no? A mí me lo ha parecido.
—Hemos reñido —la corrigió Javiera. —Es lo que hacen las parejas a veces.
—Eso no es excusa para mi humor de perros. —murmuró Flavia.
—No pasa nada. Ya está olvidado, ¿de acuerdo? Te perdono. —Besó a Flavia en los labios y después en la punta de la nariz—. Estas cosas pasan. Yo también lo siento.
—¿Así que ya está?
Javiera le apoyó la cara en el pecho.
—Sí, ya está. Ahora ya volvemos a ser una pareja joven y locamente enamorada.
—Gracias a Dios. —suspiró Flavia, aliviada.
—Aunque no estoy muy segura de que hayamos dejado de serlo en ningún momento, la verdad. —musitó Javiera. Podía oír el corazón de Flavia latir contra su oído, continuo y tranquilizador. —Al menos, yo no. Te quiero hasta cuando nos tiramos los platos a la cabeza. Espero que lo sepas.
—Lo sé. Y yo también te quiero —le aseguró. Le puso una mano en la nuca y la acunó cariñosamente. —A veces soy un horror por las mañanas. Supongo que ahora ya te has dado cuenta.
—Podré manejarte.
—Solo hace falta que me mires con esos ojos de cachorro y soy tuya. Ya lo creo que sabes cómo manejarme. —Flavia le besó la coronilla. —¿Cómo he tenido la suerte de encontrar a una chica que me soporte?
Javiera dejó escapar una carcajada y murmuró:
—Lo que tienes es un amigo muy atento que pagó para que una mujer desnuda bailara para ti, ya ves.
—Lo que me recuerda… —empezó Flavia, esbozando una sonrisa. —Tengo que invitar a Killian a cenar por ahí un día. Sigo en deuda con él.
Javiera soltó una risita. De momento, Killian había tenido un regalo de Navidad significativamente caro, un fin de semana en Toronto por su cumpleaños, y varias comidas en sus restaurantes favoritos, por cortesía de Flavia. Casi era embarazoso lo agradecida que estaba su amante por aquel baile tan afortunado.
Lo agradecidas que estaban las dos.
—¿Me cuentas lo que te pasa? —le preguntó Javiera. —¿Por qué te has levantado tan tensa hoy?
—No es nada, de verdad. —Flavia se encogió de hombros y la besó en el cuello. —Me he levantado gruñona, eso es todo. No quiero ir a trabajar.
Javiera se apartó y parpadeó en muestra de perplejidad.
—¿Perdona? Eso no es nada propio de ti.
Flavia frunció los labios, petulante.
—Ha sido una semana muy larga. Acabamos de lanzar un proyecto muy importante y hoy no va a haber mucho que hacer. Además, sinceramente. —Flavia hizo una pausa y desvió la mirada. —Ahora mismo quiero estar contigo; no quiero marcharme.
Javiera tuvo que hacer un esfuerzo para no derretirse allí mismo.
—Te quiero, mi vida. Lo siento.
—Ya, bueno, soy idiota. —Flavia negó con la cabeza, disgustada. —Estoy enfadada porque hoy te voy a echar mucho de menos y para demostrarlo me comporto como una bruja contigo. Brillante.
—Eh, oye, lo consideraremos un defectillo de nada. —le dijo Javiera. —Igual que lo de dejar toallas goteando en el suelo es un defectillo mío.
—Me da igual la toalla. —dijo Flavia. Se liberó del abrazo. Se la veía inquieta. —Siento ser una imbécil.
—Vale ya. —la cortó Javiera. Sin embargo, notaba que había algo que Flavia no le decía. —¿Te preocupa algo más? ¿Son tus padres?
Los Mills venían a cenar el fin de semana. Flavia no había dicho mucho cuando Javiera sugirió invitarlos la primera vez, pero desde entonces había estado de mal humor.
—Bueno, ya sabes que no me hace mucha gracia. —admitió Flavia.
Javiera pensó bien lo que iba a decir. Siempre tenía la sensación de que debía ir con mucho cuidado cuando hablaba con Flavia de su familia.
—¿Qué es exactamente lo que te preocupa?
La mirada de Flavia vaciló, como si se estuviera examinando por dentro y no entendiese lo que veía.
—Las cosas han cambiado. —dijo. —Es como si ya no supiera cómo actuar cuando estoy con ellos. Ellos te adoran y eso es comprensible, pero a veces siento que nos están muy encima. Mi padre no deja de preguntarme sobre el trabajo y de sacar el tema de las hipotecas y los fondos de inversión. Y mi madre, que no deja de soltar indirectas sobre tener hijos. El comentario que hizo la otra noche sobre tu feminidad fue de lo más estrafalario.
Javiera fingió una expresión de agravio.
—¿Insinúas que tengo las caderas demasiado estrechas para parir hijos?
Flavia casi se atragantó de la risa. Antes de que pudiera responder, Javiera continuó.
—Cariño, escúchame. Tus padres han estado al margen de tu vida durante muchos años y ahora que los has dejado entrar un poco están emocionados, eso es todo. Lo único que intentan es relacionarse contigo. —titubeó, porque no estaba segura de que sus siguientes palabras le sentaran del todo bien a Flavia. —Y lo único que hago yo es relacionarme con ellos. Por las dos.
Flavia se quedó en silencio durante tanto rato que Javiera ya se hizo a la idea de que lo siguiente que iba a oír era un portazo y sus pasos alejándose. Sin embargo, su amante permaneció donde estaba, con una expresión indefinida: parecía una mujer que, perdida entre la multitud, de repente reconoce una cara amiga. En el tono más serio que Javiera le había oído nunca, Flavia confesó:
—Hasta que apareciste, no sabía cómo hacerlo. Creía que nunca podría volver a acercarme a ellos. Romper con la costumbre es raro, pero la verdad es que me gusta.
Se ruborizó, y Javiera dio un paso hacia ella y la estrechó entre sus brazos.
—Te acostumbrarás, te lo prometo.
Flavia la abrazó con fuerza y hasta la levantó en el aire. Javiera rió y se agarró de los hombros de su compañera hasta que volvió a dejarla en el suelo.
—Javiera, me haces tan feliz que a veces me parece increíble que todo esto sea real. Supongo que tenía miedo de enseñárselo a mis padres, por si de repente se evaporaba.
A sabiendas de lo mucho que le había costado admitir su inseguridad, Javiera le puso la mano sobre el corazón y la miró a los ojos con intensidad.
—Yo te quiero y tú me quieres.
Flavia rió y hundió la nariz en el cabello de Javiera para aspirar su aroma.
—Te voy a echar mucho de menos hoy.
—Solo trabajo hasta el medio día. —le recordó Javiera. —Medio turno, ¿te acuerdas?
Era la recompensa por haber doblado turno el día anterior. Flavia suspiró.
—A lo mejor puedo salir de la oficina un poco antes.
—O yo podría ir a comer contigo.
Aquello hizo sonreír a Flavia.
—¿En serio? ¿Quieres que comamos en algún sitio?
—Claro, me encantaría. Puedo ir a buscarte a la oficina… —Javiera se interrumpió y esbozó una amplia sonrisa, genuina y traviesa, cuando le vino la inspiración. —Ohhh…
—Oh, oh —murmuró Flavia, antes de que Javiera tuviera ocasión de compartir su fantástica idea. —Eso no es nada bueno, conozco esa mirada. ¿Qué se le ha ocurrido a mi niña travieza?
Javiera soltó algo a medio camino entre la carcajada y el gemido cuando Flavia la llamó «niña travieza». La verdad es que le resultaba divertido que aquella frase, que ya habían hecho suya, la pusiera tan caliente. Ya notaba que se le humedecían las bragas y supo que iba a ser una mañana muy larga.
—Mi tercera fantasía. —le dijo. —¿Y si la pongo en práctica hoy?
—Ya veo. —le dijo Flavia, mientras le deslizaba la mano bajo la camiseta y le acariciaba la espalda. —Y yo que pensaba que se te había olvidado.
—Créeme, tu repertorio en la cama me ha tenido muy entretenida. Pero ¿por qué conformarse con una noche de sexo fantástico cuando podría hacer realidad la fantasía perfecta con la que sueño desde hace tiempo?
—¿Intentas que me lo crea o que me entre pánico escénico?
Si lo que Flavia intentaba era disimular lo mucho que le gustaba la idea, estaba fallando miserablemente.
—Solo intento recordarte que la última fantasía que me regalaste fue impecable. A veces, cuando tengo un momento de respiro en el trabajo, cierro los ojos y pienso en lo mucho que me gustó la sensación de que me follaras por el culo.
A Flavia le brillaban los ojos.
—Qué gran modo de acabar una semana larga y pesada.
—¿Solo hacía falta eso para alegrarte la mañana?
Javiera le pasó la mano por el pelo y le masajeó el cuero cabelludo con la yema de los dedos. Sonrió cuando Flavia se estremeció. —Eres muy fácil de complacer.
—Nah. —ronroneó Flavia. —Es que tú sabes complacerme muy bien.
—Eso también.
—Bueno, ¿qué tienes en mente? —le preguntó Flavia.
Sus manos hallaron el trasero de Javiera y le acarició las nalgas sobre el pantalón del uniforme. Sonrió, excitada. —Me preguntaba con qué me saldrías, porque, la verdad, no sé si vamos a poder superar las dos primeras.
—Ah, tengo una idea. —le dijo Javiera, mientras le hacía cosquillas en la nuca y frotaba las caderas con las suyas.
—Me muero de curiosidad.
—Ha sido muy cruel por mi parte hacerte esperar hasta que nos mudáramos. —dijo Javiera, aunque no sonaba arrepentida en absoluto. —Lo siento.
—No, no lo sientes.
Javiera echó un vistazo al reloj digital del microondas.
—¿No tienes que irte a trabajar?
No lograba decidir qué parte explicarle a Flavia y qué parte guardarse para poder sorprenderla. Sabía lo que quería hacer, pero no estaba segura de lo que opinaría Flavia.
—¿Confías en mí? —le preguntó.
—Ciegamente.
La respuesta fue rápida, inmediata. Sin pensar. Javiera sonrió ante la emoción en la mirada de Flavia.
—¿Tienes tiempo de hacer una pequeña adición a tu vestuario antes de irte a trabajar?
—Ay, Dios. Vamos a ser malas, ¿verdad?
Javiera le pasó un dedo por el pecho, lentamente, hasta llegar a la cinturilla de sus pantalones.
—Muy.
