10. UNA SOLA BAJA
Una jaula de estaño hará que el fabrial disminuya atributos cercanos. Un dolorial, por ejemplo, puede amortiguar el dolor. Cabe resaltar que en diseños avanzados de jaulas pueden emplearse también el acero y el hierro para cambiar la polaridad del fabrial según qué metales se empujen para que entren en contacto con la gema.
Lección sobre mecánica de fabriales impartida por Echo Griffin a la coalición de monarcas, Urithiru, jesevan de 1175
Raven se encontraba bastante mejor cuando empezaron a acercarse a las Llanuras Quebradas. Unas horas de vuelo en cielo abierto y la luz del sol siempre parecían reanimarla. En esos momentos, la mujer que se había derrumbado ante Miller en aquel edificio incendiado se le antojaba una persona completamente distinta. Syl volaba a su lado como una cinta de luz. Los Corredores del Viento de Raven estaban manteniendo los enlaces de Bellamy y el resto, así que lo único que tenía que hacer ella era volar en cabeza y proyectar confianza.
He vuelto a hablar con Yunfah, dijo Syl en su mente. Está aquí, en las llanuras. Creo que quiere hablar contigo.
—Dile que suba a verme, pues —respondió Raven. Su voz se perdió en el viento arremolinado, pero ella la oiría de todos modos.
Syl se desvió, seguida de unos pocos vientospren. Desde esa distancia, Raven casi alcanzaba a distinguir la disposición de las Llanuras Quebradas, así que hizo una señal con la mano y redujo a un enlace simple. Al poco tiempo, dos cintas de luz azul blanquecina ascendieron en su dirección. De algún modo, Raven pudo distinguir a Syl del otro spren. Tenía una tonalidad específica que a ella le resultaba tan conocida como su propia cara. La otra luz adoptó la forma de un anciano diminuto, reclinado en una pequeña nube que volaba junto a Raven. El spren, Yunfah, había estado vinculado a Vratim, un Corredor del Viento que había muerto hacía unos meses. Al principio, cuando habían empezado a perder a Radiantes en batalla, Raven había temido que perdieran también a los spren. A fin de cuentas, muchos siglos antes Syl había entrado en coma al perder a su primer Radiante. Sin embargo, otros lo afrontaban de forma distinta. La mayoría, aunque estuvieran apenados, parecían tardar poco en desear un nuevo vínculo, que los ayudaba a superar el dolor de la pérdida. Raven no se consideraba una entendida en psicología spren, pero Yunfah daba la impresión de haber llevado bastante bien la muerte de su Radiante. La consideraba la pérdida de un aliado en la batalla, más que la destrucción de una parte de su propia alma. De hecho, Yunfah parecía dispuesto a vincularse con otra persona. No lo había hecho todavía, y Raven no comprendía los motivos. Y que Raven supiera, era el único honorspren libre que quedaba.
Dice que aún está considerando elegir a un nuevo caballero, informó Syl a Raven en su mente. Lo ha reducido a cinco posibilidades.
—¿Rlain es una de ellas?
Yunfah se puso de pie en la nube y su larga barba aleteó al viento, aunque el spren no tenía sustancia real. Raven interpretó ira en su postura incluso antes de que Syl le transmitiera la respuesta. Estaba haciéndole de intermediaria, ya que el rugido del viento era bastante fuerte incluso a un solo enlace.
No, dijo Syl. Está enfadado por tu insistencia en que se vincule a un enemigo.
—No encontrará a ningún posible Corredor del Viento más capaz ni entregado.
Finge estar furioso, dijo Syl. Pero creo que aceptará si aprietas más. Te respeta, y a los honorspren les gusta la jerarquía. Los que se unieron a nosotros lo hicieron contra la voluntad general de sus iguales, así que estarán buscando a alguien que se ponga al mando.
Muy bien, pues.
—Como tu alta mariscal y oficial superior —dijo Raven—, te prohíbo vincularte con ninguna otra persona a menos que intentes trabajar antes con Rlain.
El spren anciano agitó el puño en el aire mirando a Raven.
—Tienes dos opciones, Yunfah —respondió Raven, sin esperar a Syl—. Obedecerme o renunciar a todo el trabajo que hiciste para adaptarte a este reino. Necesitas un vínculo o tu mente se disipará. Estoy harta de esperar a que te decidas.
El spren le lanzó una mirada asesina.
—¿Obedecerás mis órdenes?
El spren habló.
Pregunta cuánto tiempo le dejas, explicó Syl.
—Diez días —respondió Raven—. Y estoy siendo generoso.
Yunfah dijo algo más y luego se marchó volando, convertido en cinta de luz. Syl se elevó hasta la altura de la cabeza de Raven.
Antes de irse ha dicho: «Muy bien». Estoy bastante segura de que por lo menos pensará en escoger a Rlain. Yunfah no quiere volver a Shadesmar, le gusta demasiado este reino.
Raven asintió y notó que el resultado le mejoraba el ánimo. Si aquello salía bien, Rlain estaría entusiasmado. Seguida por los demás, Raven inició el descenso hacia Narak, su puesto de avanzada en el centro de las Llanuras Quebradas. Los ingenieros de Echo estaban convirtiendo la meseta entera en una base fortificada a partir de las ruinas. Estaban levantando una muralla en la cara este, de más de dos metros de anchura en su pie, baja y achaparrada, contra las tormentas. Otro muro más fino rodeaba por completo el resto de la meseta, y habían erigido varas metálicas para ayudar a proteger el fuerte de los relámpagos de la tormenta eterna. Raven aterrizó sobre el muro y contempló el fuerte. Los ingenieros se habían deshecho de casi todos los edificios parshendi, conservando solo las ruinas más antiguas para su estudio. En torno a ellas se alzaban almacenes de suministros, barracones y aljibes para recoger el agua de las tormentas. Con la muralla pegada al abismo y los puentes levadizos fuera, aquella meseta aislada estaba volviéndose inexpugnable a marchas forzadas contra los asaltos normales de infantería.
—Imagínate que los parshendi hubieran conocido las técnicas de fortificación modernas —dijo Raven a Syl cuando la vio pasar en forma de hojas arremolinadas—. Unos cuantos fuertes como este situados estratégicamente por todas las llanuras y jamás podríamos haberlos echado de aquí.
—Que yo recuerde —replicó ella—, más que echarlos de aquí, lo que hicimos fue caer a propósito en su trampa y confiar en que no doliera demasiado.
Cerca de ellos, los demás Corredores del Viento hicieron descender a Bellamy, a varios Danzantes del Filo y el transporte de madera de Echo. Ese vehículo había sido buena idea, aunque costara un poco más mantener un objeto tan voluminoso en el aire. El trasto tenía cuatro plumas, como una flecha. Habían empezado con dos alas, que Echo había pensado que harían volar mejor el transporte, pero que habían hecho que se elevase descontrolado cuando lo enlazó un Corredor del Viento. Bajó de la muralla dando un salto. Syl trazó un amplio arco en torno a la vieja columna que había en aquel borde de la meseta. Era alta, tenía peldaños en el exterior y se había convertido en un puesto de vigilancia perfecto. Rlain decía que los parshendi la habían usado para sus ceremonias, pero no conocía su propósito original. Gran parte de las ruinas, los restos de una ciudad que fue grandiosa durante los días de las sombras, seguían desconcertándolos a todos. Tal vez los dos Heraldos pudieran explicar la columna. ¿Habrían estado allí? Por desgracia, teniendo en cuenta que uno de ellos deliraba todo el tiempo y la otra lo imitaba de vez en cuando, Raven no estaba nada segura de que resultaran útiles con aquello. Quería llegar a Urithiru tan pronto como pudiera, antes de que la gente tuviera ocasión de ponerse a hablar de nuevo con ella, tratando de animarla con sus risas forzadas. Se acercó a Bellamy, que estaba recibiendo un informe del señor de batallón al mando de Narak. Era raro que Echo todavía no hubiera salido de su vehículo. Quizá se había quedado ensimismada con sus investigaciones.
—Permiso para llevarme de vuelta al primer grupo, señor —dijo Raven—. Querría lavarme un poco.
—Un momento, alta mariscal —le respondió Bellamy mientras estudiaba el informe escrito.
El señor de batallón, un tipo huraño con un tatuaje de la Vieja Sangre, se apresuró a apartar la mirada. Aunque Bellamy nunca había dicho que la transición a los informes escritos tuviera el objetivo concreto de que sus oficiales afrontaran la idea de un hombre que leía, Raven apreció la teatralidad con que Bellamy sostenía en alto el papel y asentía para sus adentros al leer.
—Lo que ha ocurrido a la brillante Ialai es lamentable —dijo Bellamy—. Ocúpate de que su decisión de acabar con su propia vida se haga pública. Autorizo una ocupación completa de los campamentos de guerra. Encárgate de ello.
—Sí, majestad —respondió el señor de batallón.
Bellamy había pasado a ser rey, reconocido oficialmente por la coalición de monarcas como gobernante de Urithiru, una entidad independiente del reinado de Anya en Alezkar. En contraprestación, Bellamy había renunciado en público a toda idea de convertirse en «alto rey» por encima de ningún otro monarca. Bellamy devolvió el papel al señor de batallón y luego asintió mirando a Raven. Se apartaron de los otros y después se alejaron un poco más, hasta una zona de la base entre dos graneros creados por moldeado de almas. El rey no habló al principio, pero Raven se sabía ese truco. Era una vieja táctica disciplinaria: dejar que el silencio llenara el aire. Así la otra persona se veía obligada a empezar a explicarse primero. Raven no picó. Bellamy la observó, reparando en su uniforme quemado y ensangrentado. Por fin habló.
—Me han llegado varios informes de que tú y tus soldados habéis dejado escapar a enemigos Fusionados después de herirlos.
Raven se relajó de inmediato. ¿De eso quería hablar Bellamy?
—Creo que empezamos a llegar a un cierto entendimiento con ellos, señor —dijo Raven—. Los Celestiales combaten con honor. Yo hoy he dejado escapar a uno. Luego su líder, Leshwi, a su vez ha liberado a uno de mis hombres en vez de matarlo.
—Esto no es un juego, hija —repuso Bellamy—. No estamos en un torneo a primera sangre. Estamos combatiendo por la misma existencia de nuestro pueblo.
—Lo sé —se apresuró a responder Raven—. Pero esto puede sernos útil. Ya te habrás fijado en que se contienen y nos atacan en combate singular, siempre que respetemos sus reglas. Teniendo en cuenta que hay muchísimos más Celestiales que Corredores del Viento, creo que nos interesa fomentar ese tipo de comportamiento. Matarlos es poco más que una molestia para ellos, dado que renacerán. Pero cada baja nuestra supone entrenar a un nuevo Corredor del Viento desde cero. Intercambiar heridos por heridos nos favorece.
—Nunca has querido combatir a los parshmenios —dijo Bellamy—. Incluso al principio, cuando te uniste a mi ejército, no querías que se te enviara contra los parshendi.
—No me gustaba la idea de matar a gente que nos mostraba honor, señor.
—¿No se te hace raro encontrarlo en ellos? —preguntó Bellamy—. El Todopoderoso, el propio Honor, era nuestro dios. Al que su dios mató.
—Sí que lo encontraba raro. Pero señor, ¿Honor no fue su dios antes de ser el nuestro?
Esa era una de las revelaciones que habían sacudido los cimientos de los Radiantes, tanto de los antiguos como de los nuevos. Aunque la mayoría de las órdenes habían aceptado esa verdad como una rareza y habían seguido adelante, muchos Corredores del Viento no. Ni Bellamy tampoco: Raven lo veía torcer el gesto cada vez que salía el tema a colación. Aquel mundo había pertenecido a los cantores, con Honor como su dios. Hasta que habían llegado los humanos trayendo consigo a Odium.
—Todo esto resalta un problema más grave —afirmó Bellamy—. Esta guerra está librándose cada vez más en los cielos. El transporte volador de Echo solo servirá para intensificar esa situación. Necesitamos a más honorspren y Corredores del Viento.
Raven miró a Syl, que flotaba en el aire a su lado. Bellamy también fijó la vista en ella un momento después, por lo que Syl debía de haber decidido mostrarse a él.
—Lo siento —dijo ella en voz baja—. Mis parientes pueden ser… difíciles.
—Tienen que comprender que estamos luchando por la supervivencia de Roshar, tanto como por la supervivencia de los alezi —dijo Bellamy—. No podemos hacerlo sin su ayuda.
—Para mis primos, vosotros sois peligrosos —respondió Syl—. Tan peligrosos como los cantores. La traición de los Caballeros Radiantes mató a muchos de ellos.
—Los otros spren han empezado a comprenderlo —dijo Raven—. Se dan cuenta.
—Los honorspren son más… rígidos —dijo ella—. La mayoría, por lo menos.
Se encogió de hombros y apartó los ojos, como avergonzada. Verla hacer gestos humanos era tan frecuente en los últimos tiempos que Raven casi ni se inmutó.
—Tenemos que hacer algo —dijo Bellamy—. Ya llevamos ocho meses sin que lleguen nuevos honorspren. —Miró a Raven—. Pero supongo que sobre ese problema tendré que seguir meditando. De momento, me preocupa la forma en que los Corredores del Viento estáis relacionándoos con los Celestiales. Da la impresión de que ni unos ni otros estáis tan entregados como deberíais, y no puedo desplegar a soldados en el campo de batalla si temo que no serán capaces de luchar cuando aumente la presión.
Raven tuvo un escalofrío al mirar a Bellamy a los ojos. Así que la conversación sí que trataba sobre Raven, a fin de cuentas. Sobre lo que había ocurrido. Lo que le había ocurrido a ella.
De nuevo.
—Raven —dijo Bellamy—, eres de las mejores soldados a los que he tenido jamás el privilegio de dar órdenes. Luchas con pasión y dedicación. Has construido tú sola lo que se ha convertido en la sección más importante de mi ejército, y lo hiciste todo mientras sufrías la peor pesadilla que alcanzo a imaginar. Eres una inspiración para todo aquel que te conoce.
—Gracias, señor.
Bellamy asintió y puso la mano en el hombro de Raven.
—Ha llegado el momento de relevarte de tu puesto, hija. Lo siento.
Raven tuvo una sacudida. Fue como la conmoción de recibir una puñalada, o la sensación al despertar de repente en un lugar desconocido, asustada por un ruido súbito. Una contracción visceral del estómago. Un inesperado vuelco del corazón. Todo su ser en alerta, intentando localizar la pelea.
—No —susurró—. Señor, ya sé lo que parece.
—¿Y qué parece? —preguntó Bellamy—. Diagnostícate a ti misma, Raven. Dime lo que ves.
Raven cerró los ojos. «No.»
Bellamy le apretó el hombro con más fuerza.
—No soy cirujano, pero sí puedo decirte lo que veo yo. Veo a una soldado que lleva mucho, demasiado tiempo en el frente. Una mujer que ha sobrevivido a tantos horrores que ahora se descubre mirando a la nada, con la mente embotada para no tener que recordar. Veo a una soldado que no puede dormir, que ladra a quienes la aman. Es una soldado que finge que aún puede funcionar. Pero no puede. Y lo sabe.
Raven se quitó de encima la mano de Bellamy y abrió los ojos de golpe.
—No puedes hacer esto. Yo construí los Corredores del Viento. Son mi equipo. No puedes quitarme eso.
—Lo haré porque debo hacerlo —replicó Bellamy—. Raven, si fueses cualquier otra, hace meses ya que te habría retirado del servicio activo. Pero eres tú, así que seguía convenciéndome a mí mismo de que necesitamos hasta al último Corredor del Viento.
—¡Y es verdad!
—Necesitamos hasta al último Corredor del Viento funcional. Lo lamento. Hubo una época en la que, de haberte apartado del mando, habría anulado el impulso que llevaba el equipo entero. Pero creo que ese punto ya lo tenemos bastante superado. Seguirás con nosotros… solo que no irás a más misiones.
De la garganta de Raven escapó un sonido rugiente, que una parte de ella se negó a creer que estuviera haciendo. Absorbió luz tormentosa. No permitiría que volvieran a machacarla. No permitiría que un ojos claros jactancioso volviera a arrebatárselo todo.
—¡No puedo creerlo! —exclamó Raven, mientras se acumulaban furiaspren debajo de ella—. ¡Se suponía que tú eras diferente! ¡No puedes…!
—¿Por qué? —preguntó Bellamy, con voz calmada.
—¿Por qué qué? —restalló Raven.
—¿Por qué soy diferente?
—¡Porque tú no nos malgastas! —gritó Raven—. ¡Porque tú…! Porque…
«Porque tú te preocupas por tus hombres.»
Raven se desinfló. De pronto se sintió muy pequeña. Una niña, de pie ante un padre severo. Flaqueó y apoyó la espalda en el edificio más cercano. Syl flotaba a su lado, con expresión preocupada, confusa. No alzó la voz para contradecir a Bellamy. ¿Por qué no defendía a Raven?
Echó una mirada a un lado. Había traído consigo a casi todos los que en otro tiempo habían formado el Puente Cuatro. Los Corredores del Viento a los que había dejado protegiendo la nave aérea eran quienes habían formado parte del Puente Trece y sus escuderos. Por lo que vio a muchas caras amistosas en el lejano patio de Narak. Roca y Marcus. Aden. Wallace, Lyn, Nyko. Jackson y Peet, Cikatriz y Drehy. Laran, recién ascendida a Radiante de pleno derecho. Ninguno de ellos había pronunciado todavía el Cuarto Ideal. Raven quería pensar que se debía a que les resultaba tan difícil como a ella y ninguno lo había logrado aún. Pero… ¿podía ser que estuvieran conteniéndose por ella? ¿Por algún tipo de respeto desencaminado?
Volvió a mirar a Bellamy.
—¿Qué pasará si no estoy allí? —preguntó suplicante. Una última protesta—. ¿Y si ocurre algo cuando estén ahí fuera luchando? ¿Y si alguno de ellos muere porque yo no he podido protegerlo?
—Raven —dijo Bellamy con suavidad—, ¿y si ocurre algo porque sí que estás con ellos? ¿Y si alguno muere porque esperaba tu ayuda pero tú vuelves a bloquearte?
Raven inhaló con fuerza. Se volvió hacia el lado, cerró los ojos con fuerza y sintió una lágrima caer de cada uno. ¿Y si…?
Tormentas, Bellamy tenía razón.
Tenía toda la razón.
—Yo… —susurró. ¿Cuáles eran las Palabras?
«No pudiste decir las Palabras —pensó—. Necesitabas decirlas. Hace un año, cuando Bellamy podía haber muerto. Tenías que pronunciar las Palabras. Pero en vez de eso, te arrugaste.»
Raven jamás las diría, ¿verdad? Se quedaría en el Tercer Ideal.
Otros spren habían dicho… que muchos Radiantes nunca llegaban a pronunciar los juramentos más avanzados. Raven respiró hondo y se obligó a abrir los ojos.
—¿Qué… qué voy a hacer ahora?
—No estoy degradándote —dijo Bellamy con voz firme—. Te quiero entrenando, enseñando y ayudándonos a librar esta guerra. No te avergüences, hija. Has luchado bien. Has sobrevivido a cosas a las que no debería enfrentarse nadie. Esa clase de experiencia deja cicatrices, igual que cualquier herida. No pasa nada por reconocer que se tienen.
Raven se pasó los dedos por la frente, por las cicatrices que aún la marcaban. Sin sanar, pese a todos sus poderes, años después de que se las grabaran. Bellamy carraspeó, incómodo. Quizá al recordar la herida de Raven hubiera pensado que mencionar las cicatrices era de mal gusto. Pero no lo era. De hecho, la metáfora era muy acertada.
—¿Puedo… ser fiel a mis juramentos sin luchar? —preguntó Raven—. Debo proteger.
—Hay muchas maneras de proteger —dijo Bellamy—. No todos los Radiantes iban a la batalla en los tiempos antiguos. Yo mismo he encontrado muchas formas de servir en esta guerra sin blandir una hoja esquirlada en el frente.
Raven miró a Syl, que asintió. Sí, podría mantener sus juramentos de ese modo.
—No serás la primera soldado célebre que pasa a un puesto de apoyo después de ver morir a demasiados amigos —aseguró Bellamy a Raven—. Si el Dios del Más Allá así lo quiere, convenceremos a los honorspren de que colaboren con nosotros, y entonces tendremos que entrenar a bandadas enteras de nuevos Corredores del Viento. Nos serás de gran utilidad supervisando el entrenamiento de Radiantes, tanto si ocurre eso como si no.
—Es solo que no estaré en ningún lugar donde pueda hacer daño —susurró Raven—. Porque estoy estropeada.
Bellamy volvió a cogerla del hombro y entonces subió el otro brazo y levantó un dedo, como para obligar a Raven a fijar la mirada en ella.
—Esto —dijo— es lo que la guerra nos hace a todos nosotros. Nos mastica y nos escupe destrozados. No hay ninguna deshonra en dar un paso a un lado para recuperarte. Igual que no la hay en concederte tiempo para sanar de una estocada.
—Entonces, ¿regresaré a la batalla? —preguntó Raven—. ¿Me tomaré un permiso y luego volveré?
—Si consideramos que es adecuado que lo hagas. Sí, es posible.
«Posible —pensó Raven—. Pero no probable.» Lo más seguro era que Bellamy hubiera visto a más hombres que Raven sucumbir a la fatiga de combate. Pero en todos sus años luchando, Raven nunca había visto a nadie recuperarse. No parecía el tipo de dolencia que podía superarse. Ojalá hubiera sido más fuerte. ¿Por qué no había pronunciado las Palabras?
—Buscaremos la forma de que sea una transición natural y suave —le prometió Bellamy—. Podemos presentársela a los demás como tú veas más adecuado. Dicho eso, tampoco vamos a retrasarla. Esto no es una sugerencia, Raven. Es una orden. De ahora en adelante, no entrarás en combate.
—Sí, señor —dijo Raven.
Bellamy le apretó el hombro.
—Para mí no eres valioso por la cantidad de enemigos que puedas matar. Es porque eres lo bastante mujer para entenderlo, para decir palabras como esas. —Asintió y soltó a Raven—. Esto no es una acción disciplinaria, Raven. Mañana te llegarán nuevas órdenes mías. Créeme que voy a ponerte a trabajar. Explicaremos a todos los demás que se trata de un ascenso.
Raven se obligó a sonreír, lo que pareció aliviar a Bellamy. Tenía que poner buena cara. Tenía que parecer fuerte.
«Que no lo sepa.»
—Señor —dijo Raven—. No estoy segura de poder aceptar un puesto entrenando a otros Radiantes. Estar con los Corredores del Viento y enviarlos a morir sin mí… bueno, señor, eso me haría pedazos. No creo que pudiera verlos volar y no unirme a ellos.
—Eso no lo había pensado. —Bellamy frunció el ceño—. Si prefieres solicitar otro puesto, lo permitiré. ¿Quizá en logística, o en planificación de batalla? O quizá como embajador en Thaylenah o Azir. Tu reputación te granjearía una alta estima allí. En todo caso, no voy a tener a alguien como tú parada, criando crem. Eres demasiado valiosa.
«Claro, hombre, cómo no. Quítame lo único que importa y luego dime que soy valiosa. Los dos sabemos que no soy nada.»
Raven combatió esos pensamientos y se forzó a sonreír de nuevo.
—Pensaré en ello, señor. Pero puede que necesite un tiempo para averiguar lo que quiero.
—Muy bien —respondió Bellamy—. Tienes diez días. Antes de ese tiempo quiero que me hayas informado de tu decisión.
Raven asintió. Compuso otra sonrisa, que tuvo el efecto deseado de convencer a Bellamy de que no se preocupara. El hombre se fue hacia los otros Corredores del Viento. Raven apartó la mirada, notando que su estómago se retorcía. Sus amigos reían y bromeaban entre ellos, alegres. Que ellos supieran, los Corredores del Viento no habían perdido a ningún miembro ese día. Pero no sabían la verdad: que habían tenido una sola baja, pero muy relevante. Su nombre había sido Raven Bendita por la Tormenta.
