DONDE EMPEZÓ TODO

Para cuando Javiera llegó a la planta 29, ya tenía el interior de los muslos húmedos, los pezones como piedras contra el tejido del sujetador y los pechos hinchados y pesados. Estaba convencida de que estaba sonrojada y de que tenía las pupilas dilatadas y la excitaba pensar que cualquiera que la viera se daría cuenta de su estado.

Echó un vistazo cariñoso al ascensor antes de salir. Allí era donde Flavia y ella se habían besado por primera vez. Donde habían hecho el amor por primera vez. Le traía muchos recuerdos especiales, así que dejó que estos recuerdos inflamaran el deseo que ya sentía entre las piernas.

Recorrió el pasillo hacia el despacho de Flavia con una sonrisa radiante dibujada en el rostro. Un hombre joven con perilla iba en dirección contraria, pero en el último momento se paró en seco al verla y, boquiabierto, le dedicó un saludo de cabeza mientras bailaban el uno en torno al otro en uno de aquellos momentos extraños en los que trataban de decidir por qué lado pasar cada uno. Javiera contuvo una risita ante la expresión del chico. Los programadores de Flavia no eran demasiado sutiles a la hora de disimular su excitación cuando una mujer penetraba en sus dominios. Las contadas visitas de Javiera a la oficina solían crear una verdadera conmoción. Su mayor reto de aquel día sería pasar por el embudo, que era como denominaba al estrecho paso entre dos hileras de escritorios que tenía que atravesar para llegar al despacho de Flavia y que estaba poblado de frikis informáticos mirones que no le quitarían ojo de encima.

«No finjas que saberlo no te pone un poco, Javiera. Intenta ser natural, sabiendo lo que estás a punto de hacer.»

Estaba cachonda, mojada, y por debajo de la falda corta le temblaban las rodillas de puro deseo sexual. Pese a todo, reunió valor y atravesó el embudo. Todas las cabezas se volvieron hacia ella al unísono.

—¿Va a comer con la señorita Betancourt? —preguntó uno de los monos picadores de datos, pese a la obviedad de la situación.

Javiera asintió, amable.

«No, solo voy a comerme a la señorita Betancourt.»

El tipo no le despegó los ojos de la parte delantera de la camisa, que Javiera llevaba desabrochada lo justo para insinuar el escote. Había pasado por casa para cambiarse el uniforme de la clínica veterinaria por algo más seductor antes de salir a comer. Las medias, las había dejado en el apartamento. Después de todo, no iba a necesitarlas.

—¿Flavia está en su despacho? —preguntó.

Aquella pregunta tan compleja se ganó varios segundos de silencio estupefacto hasta que la única programadora mujer de Flavia contestó.

—Sí que está. Disfrute de la comida.

«Oh, ya lo creo.»

Javiera notó un espasmo en la entrepierna solo de pensarlo. Con los ojos de todos pegados al culo, Javiera atravesó las hileras de cubículos para llegar ante la puerta cerrada del despacho de Flavia. Llamó y entró. Al ver a Flavia sentada tras su enorme escritorio de roble, sonrió de oreja a oreja.

—Hola, querida. —la saludó Flavia en voz baja. Paseó la mirada sobre el cuerpo de Javiera lentamente. —¿Qué tal si cierras la puerta?

Javiera se apoyó en la puerta y la cerró con un suave clic.

—Te he echado de menos. —murmuró.

Era la pura verdad, independientemente de que hubieran pasado solo unas seis horas separadas. El cuerpo le ardía bajo la mirada de Flavia y se dio cuenta de que esta cerraba los puños sobre el escritorio.

—Yo también te he echado de menos. —le dijo Flavia.

—¿Has pensado mucho en mí?

—Ya sabes que no hago otra cosa.

Javiera avanzó hacia ella.

—¿De verdad?

La voz de Flavia se tornó ronca.

—Me paso el día empalmada por ti. Es difícil que te saque de mis pensamientos.

Javiera tragó saliva y rodeó el escritorio para poder verle el regazo. Al estar sentada, la tela de sus pantalones oscuros quedaba ajustada en torno a sus muslos y le marcaba la protuberancia entre las piernas.

—¿Y qué te parece estar empalmada todo el día?

—Muy bien. —Flavia se humedeció los labios. —Excelente.

Javiera apoyó el trasero contra el borde del escritorio, se inclinó y le susurró a Flavia al oído.

—¿Estás mojada bajo ese consolador?

Flavia jadeó, caliente y temblorosa sobre su cuello, y le puso la piel de gallina. Javiera cerró los ojos un instante para controlar su deseo. Todavía no había acabado de interpretar su escena de seducción, y aquella parte era tan importante en la fantasía como el momento en que finalmente se la follaba.

—¿Lo estás? —repitió, cuando Flavia no le respondió.

—Sí. —contestó su amante, con la voz tomada y enronquecida de deseo.

Javiera se irguió y se sentó en el escritorio de Flavia, a la izquierda de esta. Se levantó el dobladillo de la falda un poco y abrió las piernas.

—Yo también, mira.

Flavia soltó un gemido quedo al echarse hacia atrás en la silla para mirarle debajo de la falda. Cuando sus ojos se posaron en el sexo hinchado de Javiera y permanecieron allí, Javiera se mojó todavía más, Flavia alargó la mano y le pasó la yema del dedo por la suave piel de la parte interior de la rodilla.

Justo cuando subía y se acercaba peligrosamente a la raja de Javiera, se oyó un golpe sordo al otro lado de la puerta y Javiera cerró las piernas automáticamente.

—Traen papel para las impresoras. —le explicó Flavia. —Hay un cuarto de material al lado del despacho.

Javiera soltó una risita nerviosa, bajó de la mesa y fue a la puerta.

—Esta es la razón por la que el tipo que inventó las cerraduras, inventó las… cerraduras.

—Un genio, sin duda. —repuso Flavia con una sonrisa perezosa. Entonces se detuvo, al darse cuenta de lo que estaba pasando. —Espera… ¿aquí?

Javiera le dedicó una amplia sonrisa, echó el pestillo y volvió con Flavia.

«Supongo que no llegué a especificarle que me la quería follar encima de su mesa.»

Se puso de rodillas en la moqueta y giró la silla de Flavia.

Le desabrochó los pantalones, le bajó la cremallera y sonrió, traviesa.

—Dime que nunca te habías imaginado algo así.

—¿En mi despacho?

—Dime que no lo has hecho.

Javiera le metió la mano en los pantalones, le sacó el dildo que llevaba atado a la cintura y lo colocó en posición erecta mientras se relamía.

—Pero no te creeré.

—Sí que me lo había imaginado.

Flavia gimió desde el fondo de la garganta cuando Javiera se inclinó y se metió la punta del dildo en la boca, para lamerlo con fruición.

—Muchas veces.

Javiera se lo metió entero. Justo como había esperado, en aquella ocasión iba a poner en práctica una fantasía mutua. Movió la cabeza arriba y abajo, exprimiendo el dildo en toda su longitud con los labios. Le encantaba provocar a Flavia de aquella manera. Por mucho que fuera todo mental, a juzgar por el modo en que Flavia agitaba las caderas debajo de ella y cómo le pasaba los dedos por el pelo, aquello la estaba poniendo de lo más cachonda.

—Oh, sí, cariño. —gruñó Flavia, casi en un suspiro.

Javiera no cesó en sus atenciones y le rodeó los muslos con los brazos. La mano de Flavia permaneció firmemente en su cabello, sin forzarla a moverse pero sin dejar que se alejara demasiado o se distrajera de su tarea.

En ese momento sonó el teléfono.

—Joder. —Flavia se dejó caer sobre el respaldo de la silla con un suspiro de decepción. —Mierda.

Javiera soltó el dildo con un sonidito húmedo.

—Contesta. —murmuró, y después le dio un lametón perezoso al juguete. —No te preocupes por mí.

El teléfono continuó sonando.

—No puedo contestar así. —siseó Flavia. Javiera agarró la base del dildo con el puño y le pasó la lengua de arriba abajo. Flavia respingó. —De ninguna manera voy a sonar normal mientras tú…

—Lo harás bien. —la tranquilizó Javiera, mientras masturbaba el juguete y levantaba la mirada hacia Flavia con una sonrisa juguetona. —Eres una profesional.

Se volvió a meter el dildo en la boca, sin despegar los ojos de su amante, que no podía sino jadear. Flavia descolgó el teléfono y saludó a su interlocutor con fría autoridad. Nada en su actitud denotó lo que estaba recibiendo de la mujer que había de rodillas detrás de su mesa. A Javiera le gustó verla mientras hablaba de trabajo con alguien que, a juzgar por la conversación, debía de ser un cliente. Su cara lo decía todo: el reto de mantener la compostura le había encendido la mirada y tenía los ojos ardientes fijos en Javiera. Javiera tuvo que echar mano de todo su autocontrol para no dejar escapar un gemido al notar el olor almizcleño del deseo de Flavia cerca de la nariz. Aspiró profundamente y chupó y lamió el dildo como si Flavia pudiera notar cada una de las caricias de su lengua y la succión de sus labios. Le hundió los dedos en la parte trasera de los muslos, en claro reflejo de su necesidad. Supo que Flavia lo había captado cuando empezó a mover la mano sobre su cabello, para guiar sus movimientos. Las dos se miraron a los ojos y Javiera se la metió lo más hondo que pudo. Flavia tensó los muslos bajo los brazos de su compañera.

—Gracias, Wayne. Nos vemos el lunes, a las diez en punto. —Hizo una pausa y soltó una suave carcajada. —Cuenta con ello, adiós.

Soltó el auricular del teléfono sobre su soporte y agarró a Javiera del pelo con fuerza, hasta que esta alzó la cabeza y soltó el dildo que llevaba en la boca.

—¿Todo bien? —le preguntó con un brillo malicioso en los ojos. —¿La llamada ha ido bien?

—Serás desvergonzada… Siéntate encima de mí, anda.

Javiera se levantó y montó a horcajadas de Flavia; se subió la falda, de manera que el dildo se posicionara entre los resbaladizos labios de su sexo y le dijo al oído:

—¿Va a follarme en su despacho, señorita Betancourt?

Flavia le metió las manos debajo de la falda y le agarró las nalgas desnudas, para atraerla hacia el juguete erecto que tenía entre las piernas. Entonces empezó a mover las caderas adelante y atrás en un ritmo lento.

—A lo mejor sí. —musitó.

—¿Seguro? —Javiera le hundió el rostro entre los pechos, para que no la viera sonreír. —Antes me ha parecido que no estabas muy convencida.

Flavia alargó la mano con desesperación, y Javiera notó cómo le colocaba el dildo en su húmedo agujero.

—Lo haremos rápido. —murmuró Flavia. —Y luego saldremos.

Javiera sonrió de oreja a oreja. Había sido pan comido convencer a Flavia de que se dejara de inhibiciones. Oh, sí, definitivamente había fantaseado con algo así antes. Le pasó la lengua por el lóbulo de la oreja y jadeó.

—Fólleme, señorita Betamcourt. Por favor.

La punta del dildo la penetró; Javiera lo encajó despacio, sin dejar de mirar a Flavia mientras esta la llenaba.

—¿Así?

Javiera asintió con un respingo.

—Sí.

Se agarró del respaldo de la silla por encima de los hombros de Flavia y movió las caderas.

—Es perfecto.

Flavia le acarició el clítoris excitado con los dedos, en suaves círculos.

—Muévete para mí, cariño. —Echó un vistazo a la puerta, detrás de Javiera. —Y no hagas ruido.

Javiera asintió con solemnidad y empezó a montar el dildo que tenía metido en el coño. Aquella extraordinaria sensación de plenitud hizo que las caderas le temblaran de placer. Las caricias de Flavia, tan atentas e intencionadas sobre su centro lubricado, le daban ganas de gritar. Se echó hacia delante y le comió la boca a Flavia para resistir el impulso.

Flavia empezó a mover los dedos más rápido, deslizándoselos con presteza sobre la parte superior del clítoris. Sin separar los labios de los de su amante, Javiera se movió contra el cuerpo de Flavia con fuerza, en busca del clímax. Estaba ya muy cerca y era como si todo contribuyera a excitarla aún más: tener que guardar silencio, notar el borde de la mesa en la espalda mientras se movía, saber que lo único que las separaba de una sala repleta de gente era la puerta cerrada del despacho…

Flavia rompió el beso con un gruñido sordo.

—Córrete para mí, cariño.

Javiera asintió. Temía que si abría la boca no podría contener un grito de júbilo. Se empaló en el dildo hasta el fondo y jadeó, entre dientes. Las caderas le temblaban a medida que el éxtasis llegaba a su punto más álgido. Notó que Flavia le estrujaba una nalga y la embestía con el dildo una y otra vez, hasta obligarla a tomar toda su longitud.

Javiera echó la cabeza hacia atrás, abrió la boca y se corrió con un grito silencioso dirigido al techo. El orgasmo la recorrió como una intensa sacudida que le llegó hasta los mismísimos huesos.

—Ha sido rápido. —murmuró Flavia, con una nota de orgullo en la voz.

Javiera alargó la mano y le dio un par de palmadas en la espalda.

—Ya te doy yo las palmaditas, así no tienes que dártelas tú.

Flavia soltó una carcajada y después susurró:

—Tenía la esperanza de que te ofrecieras a tocarme la bocina, para no tener que hacerlo yo y tal.

Javiera sonrió.

—Algo se podrá hacer.

—¿Quieres salir de aquí?

—Desesperadamente.

Javiera se levantó y se apoyó en los hombros de Flavia, pues las piernas le temblaron al sacarse el dildo. Cuando miró hacia abajo, respingó.

—Ay, cariño. Lo siento mucho.

Flavia siguió su mirada y se puso como un tomate al descubrir la mancha que le había quedado en la parte delantera de los pantalones.

—Dios mío, esto no lo había tenido en cuenta.

Javiera no pudo evitar que se le escapara una risita ahogada.

—Yo tampoco. Cariño, de verdad, lo siento.

Flavia negó con la cabeza. Se había puesto todavía más roja.

—Creo que técnicamente es culpa mía.

Se levantó y volvió a meterse el dildo en los pantalones.

Cuando se lo tuvo bien colocado, se subió la cremallera, se puso la chaqueta y se la abrochó. Esperanzada, se miró los muslos, pero frunció el ceño al descubrir que la mancha todavía se veía un poco.

—Genial.

—Casi no se nota. —le dijo Javiera. Se alisó la falda con las dos manos para arreglar su propia apariencia. —Nadie se dará cuenta.

—Ya te digo yo que nadie se va a dar cuenta. —afirmó Flavia, mientras cogía las llaves del coche de la mesita del rincón. —Porque vas a caminar delante de mí.

—Es lo menos que puedo hacer. —estuvo de acuerdo Javiera. —Tú actúa con naturalidad.

—Con naturalidad, claro. —Flavia se llevó los dedos a la nariz y aspiró. —No hay problema.

Cuando por fin llegaron al ascensor, Javiera se sentía como si hubiera corrido una maratón y Flavia sonreía como una imbécil. Fue esta la que pulsó el botón para bajar y luego le acercó los labios al oído.

—No sé por qué, pero esto me ha puesto supercachonda.

A Javiera volvieron a temblarle las rodillas y se dio la vuelta para lamerle a Flavia el lóbulo de la oreja.

—A mí también. Quiero ponerme el dildo y follarte hasta que te corras.

Javiera subió al ascensor en cuanto se abrieron las puertas. Entonces se volvió e hizo una inclinación de cabeza.

—¿Bajas? —le preguntó.

Vio cómo Flavia tragaba saliva y asentía.

—Si tengo suerte.

Cuando Flavia entró y las puertas se cerraron, Javiera se dio media vuelta y le dirigió una mirada juguetona.

—¿Sabes? Podría apretar el botón de parada de emergencia…

—Ni se te ocurra.

Flavia enlazó las manos sobre la mancha húmeda de sus pantalones.

—No estoy dispuesta a volver a comprarle a Leroy otra cinta de la cámara de vigilancia.

—Es que me ha entrado un poco de nostalgia. —dijo Javiera, dando una patadita en el suelo con la punta del zapato. —¿Sabes? La verdad es que hiciste realidad una de mis fantasías la noche que nos conocimos: que me follaran en un ascensor.

—Y tú hiciste realidad una de las mías. —le dijo Flavia, cogiéndole la mano. —Conocer a una mujer preciosa y enamorarme.

Javiera pestañeó; por un momento fue incapaz de articular una respuesta coherente. En algún momento, sin que se diera cuenta, Flavia se había convertido en una amante muy expresiva. Con los ojos llenos de lágrimas, susurró.

—De las mías también.

Cuando salieron del ascensor y atravesaron el vestíbulo, Leroy asomó la cabeza y les guiñó el ojo, como si compartieran un secreto. Flavia le dedicó una inclinación de cabeza al pasar por delante de la recepción principal.

—Hasta la próxima, Leroy.

Cada vez que Javiera lo veía, no podía evitar preguntarse si había visto la cinta antes de entregársela. Sin embargo, no quería darle demasiadas vueltas. Esperó a que estuvieran fuera para volver a hablar.

—Una actuación brillante, mi amor. Todo ha sido absolutamente perfecto.

Con las manos entrelazadas, Flavia esbozó una sonrisa radiante.

—A mí también me lo ha parecido.

Se arrimó a Javiera y le dio un caderazo cariñoso.

—¿Y ahora qué viene, querida?

—El Hilton. En seis minutos si conduces tú; en cuatro si conduzco yo.

Flavia le pasó las llaves.

—Vamos.

Tardaron exactamente tres minutos y cincuenta y cinco segundos en llegar al Hilton, en donde Javiera había reservado habitación aquella mañana. Como ya se había registrado, guió a Flavia hacia las escaleras de servicio, en lugar de pasar por el vestíbulo.

—Una amiga mía trabaja aquí. —explicó cuando Flavia la miró interrogativamente. —Conozco otra manera de subir.

Subieron medio tramo de escaleras y fueron a parar a un pasillo corto y desierto. Javiera la condujo a un enorme ascensor industrial de color gris al final del corredor y pulsó el botón cuadrado de la pared. Cuando las puertas se abrieron, descubrieron una cabina espaciosa y vacía con un riel de metal en la pared del fondo.

—Montacargas. —aclaró.

A Flavia se le dilataron las aletas de la nariz.

—¿Y para qué quieres coger el montacargas?

Javiera la agarró de la pechera y la metió en el ascensor.

—Porque no hay cámaras.

—¿Estás segura? —le preguntó Flavia, mientras echaba un vistazo circular con suspicacia.

—Lo sé de buena tinta. —afirmó Javiera. Se lo agradeció en silencio a Teresa, una ex compañera del club que trabajaba en las cocinas del hotel. —He llamado esta mañana para asegurarme, confía en mí.

—Siempre.

Javiera pulsó el botón de parada de emergencia en cuanto empezaron a subir. Puso a Flavia contra la pared, con la espalda contra el frío metal, y la besó con toda su alma. Flavia le enredó la mano en el cabello y retuvo a Javiera contra su boca para devolverle el beso con idéntica pasión.

—Quiero el Dildo. —murmuró Javiera en sus labios.

—¿Otra vez, cariño? —preguntó Flavia, mientras le cubría de besos el camino de los labios a la garganta. —Eres insaciable.

Javiera dejó caer las manos sobre los pantalones de Flavia, se los desabrochó y le bajó la cremallera con dedos temblorosos.

—No. Digo que lo quiero. Quiero llevarlo y quiero follarte con él.

Flavia la ayudó a quitarle la ropa de inmediato y se bajó los pantalones hasta los tobillos.

—Por supuesto, lo que tú quieras.

—Recuérdalo, cielo, para el futuro.

Flavia esbozó una sonrisa lánguida mientras Javiera le quitaba la correa.

—Pero, doctora Cáceres, me da la impresión de que se está usted aprovechando de mí en un momento de debilidad.

—Y a mí me da la impresión de que te encanta. —replicó Javiera. Se subió la falda para abrocharse el arnés alrededor de las caderas. —He reservado habitación para esta noche, ¿sabes? —Le dedicó una sonrisa agradecida a Flavia cuando esta la ayudó a abrocharse uno de los lados. —¿Qué te parece si nos vemos aquí cuando salgas hoy de trabajar?

El dildo ya le sobresalía entre los muslos y se le insinuaba en la parte de delante de la falda. Javiera se ajustó las correas.

—No se me ocurre mejor manera de empezar el fin de semana. Javiera sonrió lentamente mientras acababa de asegurar el otro lado del arnés.

—Técnicamente, —dijo, cogiendo a Flavia del brazo. —mi fin de semana ha empezado ya. Y no se me ocurre mejor manera de animarlo.

Flavia se estremeció.

—¿Cómo quieres que me ponga?

«De cualquier manera en que me dejes tenerte.»

Javiera la miró libidinosamente y arrancó una risita poco habitual en Flavia.

—Es que hay tantas opciones…

—Estoy segura de que tienes alguna idea específica en mente.

Algo en la inflexión de la voz de Flavia hizo que a Javiera se le encogiera el estómago y una sensación de deseo ardiente se instaló entre sus piernas. Colocó a Flavia de cara a la pared del fondo, contra el riel de metal.

—Aguántate con una mano, tócate con la otra e inclínate para que vea tu sexo.

Flavia gruñó ante la cruda petición. Con los pantalones alrededor de un tobillo, se abrió de piernas y se dobló por la cintura. Agarrada al riel con la mano izquierda, vaciló solo un instante antes de meterse la otra entre los muslos.

—¿Así?

Javiera gimió y estrujó las suaves nalgas de Flavia con las dos manos para abrirla bien y descubrir los relucientes pliegues rosados y los labios internos hinchados, abiertos y tentadores.

—Quieres que te folle, ¿verdad?

—Sí. —respondió Flavia, mientras se masturbaba bajo la atenta mirada de Javiera. La humedad le resbalaba ya por la cara interior de los muslos. —Javiera, por favor.

Javiera dejó escapar un gemido ante la imagen de su amante ofreciéndose a ella por completo. Agarró la base del dildo que llevaba puesto, se puso de puntillas y le frotó la punta sobre su sexo; luego, se agachó un poco, en busca del mejor ángulo para penetrarla. La postura era un poco extraña e incómoda, pero Javiera no se desanimó. Era una fantasía, maldita sea, y estaba empeñada en lograr que funcionara.

Flavia pareció intuir lo que necesitaba, abrió más las piernas y arqueó la espalda. La punta del dildo resbaló sobre los labios de su sexo y se posicionó en su agujero. Javiera sonrió, triunfante, y le dio a Flavia un suave apretón en el hombro.

—¿Estás lista, mi amor?

Flavia se arrimó todo lo que pudo al juguete.

—Deja de jugar conmigo.

Javiera le frotó el dildo por el sexo excitado.

—No estoy segura de que en estos momentos esté usted en posición de dar órdenes, señorita Betancourt. —le dijo, mientras la embestía con la punta del juguete. —¿Usted qué dice?

Flavia volvió a empujar hacia atrás, pero Javiera retrocedió también y no dejó que el dildo se le metiera más hondo. Tras un momento de vacilación, Flavia suspiró, frustrada.

—No. —murmuró.

—¿No qué?

—No, no estoy en posición de dar órdenes. —farfulló Flavia.

Javiera se sonrió, en silencio. Era embriagador ser testigo de cómo su amante, una mujer segura y controlada, que no perdía nunca la compostura salvo cuando estaba con ella, se volvía lasciva y apremiante y estaba dispuesta a rendirse sin reparos. Le deslizó la mano por encima del hombro y se la puso en la nuca antes de susurrarle:

—Eso no te pasa muy a menudo, ¿eh?

Flavia se estremeció.

—No.

—Y te gusta.

Javiera agarró el dildo con el puño y lo volteó para abrir a Flavia con un movimiento circular lento.

—¿Verdad que sí?

—Sí. —siseó Flavia.

—Pídemelo. —le ordenó Javiera, incapaz de desaprovechar la ocasión de llevar a cabo otra fantasía: la necesidad de someter a Flavia. —Y no te corras hasta que esté dentro de ti.

—Fóllame. —rogó Flavia sin titubear. Había dejado la mano casi quieta. —Por favor, date prisa. —Rio y añadió—: Antes de que alguien se dé cuenta que el montacargas está parado.

Javiera la penetró con cuidado, sin despegar los ojos de la superficie de silicona que desaparecía en el interior de Flavia. Escuchó sus jadeos y notó que arqueaba aún más la pálida espalda.

—¿No quieres que nos encuentren aquí? —preguntó. —¿Quieres que te folle rápido para que nadie sepa que a mi superejecutiva le gusta que la pongan contra la pared y se la follen?

Flavia dejó escapar un gemido explosivo.

—Joder, Javiera, por favor. Me voy a correr. —avisó. De nuevo, movía la mano con frenesí. —Quiero sentir cómo te mueves dentro de mí.

—Vuelve a decir «por favor».

—Por favor, Javiera, por favor.

Javiera marcó un ritmo firme y enloquecedor con las caderas. Tenía las manos en las nalgas de su amante para inmovilizarla mientras la embestía con el juguete y no apartaba la mirada del punto en donde las dos se conectaban. Los muslos le temblaban de puro deseo.

—¿Vas a correrte para mí? —respingó, y le dio a Flavia con más fuerza, a sabiendas de que su compañera estaba muy cerca del clímax. —Córrete, nena. Vamos.

Flavia emitió un quejido lastimero, se tensó y se empaló en el dildo unas pocas veces más antes de echar la cabeza hacia atrás y jadear de placer. Javiera contempló a Flavia frotarse la entrepierna con fuerza para alargar su orgasmo de manera instintiva, sin pensar. Era tan hermoso que a Javiera le dio vueltas la cabeza.

—Para. —respingó Flavia al cabo de unos instantes.

Alargó la mano mojada para agarrarle la cadera a Javiera de manera férrea. —Por favor, no más. Javiera se detuvo después de hundirle el dildo hasta el fondo una última vez. Con una nalga en cada mano, mantuvo a Flavia contra su propio cuerpo. En lugar de respirar, dejaba escapar pequeños resoplidos ahogados.

—Ha sido maravilloso. —murmuró tras un momento de silencio compartido.

Javiera se retiró despacio y ayudó a Flavia a erguirse. Le rodeó la cintura con los brazos y le cogió los pechos con delicadeza.

—Cariño, qué buena estás.

Flavia se dio la vuelta entre sus brazos y la abrazó con fuerza.

—Gracias, es porque estoy contigo.

Javiera la besó larga y profundamente.

—Vamos un rato a la habitación antes de que te vayas a trabajar.

—¿Crees que nos dará tiempo? —dudó Flavia, mientras echaba un vistazo a su reloj de pulsera.

—Haremos tiempo. —le sonrió Javiera.

Se vistieron en silencio y Javiera le dio el dildo a Flavia para que lo escondiera el resto del trayecto hasta la novena planta. No tenía intención de pasearse por el hotel con aquella cosa sobresaliéndole de la falda. Flavia llevaba una chaqueta de manga larga y escondieron el juguete en la manga izquierda. Javiera se quedó con la correa puesta.

—Esto me ha traído buenos recuerdos. —comentó, mirando a Flavia de reojo cuando el ascensor empezó a moverse. —Ha sido el broche de oro para nuestro juego de las fantasías.

—¿Quién ha dicho que se haya acabado? —preguntó Flavia, y atrajo a Javiera por la cintura. —Yo tengo la intención de llevar a la práctica tus fantasías durante mucho tiempo.

Javiera se puso de puntillas y la besó en la sien.

—Tendrás que contarme alguna de las tuyas.

—Cuenta con ello.

Su habitación estaba al final del pasillo y se apresuraron a entrar. Javiera cerró la habitación e inmovilizó a Flavia contra la puerta para darle un fogoso beso. Flavia prácticamente le arrancó la falda, le desabrochó el arnés con manos impacientes y lo tiró al suelo. Entonces le quitó la camiseta por la cabeza y la dejó caer también. Un segundo después, le había quitado el sujetador y lo había tirado a su vez. Ella seguía completamente vestida. Le besó la oreja.

—Tengo que volver a la oficina muy pronto. —murmuró. —Pero antes quiero comerte. Quiero saborearte y seguir notando tu esencia en los labios durante el resto del día.

Javiera le rodeó el cuello con el brazo.

—Sí.

En un movimiento que la dejó completamente perpleja,

Flavia la cogió en brazos y la llevó a la cama. Cuando la dejó encima, se puso de rodillas en la moqueta.

—Esto es mucho más divertido que la propuesta en la que estaba trabajando.

—Has cambiado mucho, nena.

—He tenido una buena maestra.

Flavia le abrió los muslos con la palma de la mano y luego le deslizó la otra bajo el trasero y la acercó al borde del colchón.

—Tienes una pinta deliciosa, cariño. Estás muy mojada y hueles tan bien…

Los ojos verdes de Javiera relampaguearon.

—Es hora de que dejes de hablar y uses la boca para otra cosa.

Flavia frunció los labios y se puso a silbar.

—Listilla. —le dijo Javiera. La agarró del pelo y la obligó a meter la cara entre sus muslos. —Chupa, no silbes.

Flavia hundió la nariz en el pliegue entre la cadera y el muslo de Javiera y le lamió la piel húmeda. Murmuró y la placentera sensación de vibración le llegó a Javiera hasta las entrañas.

—Me encanta cómo sabe tu piel. —musitó.

Javiera se llevó los dedos al sexo, a pocos centímetros de donde Flavia tenía la boca, y se frotó los labios de su sexo lentamente.

—Aquí sabe mucho mejor. —le dijo.

Flavia levantó la mirada.

—¿De verdad?

Javiera asintió y se frotó el clítoris con la yema de los dedos para provocar a Flavia. Después se llevó los dedos a la boca y, con los ojos cerrados, saboreó su propia esencia.

—De verdad de la buena.

—Supongo que tendré que probarlo yo misma. —le dijo Flavia.

Abrió a Javiera con los dedos y agachó la cabeza para darle un largo lametón por toda la longitud de su sexo.

—Tienes razón. —aspiró.

Volvió a hundirse en la humedad de Javiera y ya no volvió a emerger. Javiera cerró los ojos y se concentró en disfrutar de la lengua mágica de Flavia. La comía como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Lo único que tenía en mente era darle placer, y el sentimiento lánguido de decadencia que le despertó la sensación la derritió por entero. El cabello de Flavia era suave y sedoso bajo su mano crispada y su rostro era cálido entre sus pliegues. Javiera gimió y curvó los dedos de los pies. Aquellos dos minutos preciosos la habían llevado al borde del orgasmo.

—Qué bien lo haces.

—¿Demasiado buena? —preguntó Flavia, alzando la cabeza con una sonrisa traviesa. —¿Es eso posible?

—Lo es cuando lo único que quiero es alargar la sensación, pero tú estás a punto de hacer que vuelva a correrme. Ahora mismo.

—¿Quieres que pare? —le preguntó Flavia, sentándose sobre los talones.

Javiera se semi incorporó sobre los codos y negó con la cabeza rotundamente. Notaba el aire fresco sobre su clítoris expuesto y el sexo le palpitaba en ausencia de las caricias de Flavia.

—No, solo decía que…

—¿Quieres que sea menos buena? —le preguntó Flavia.

Volvió a acercarle los labios y la lamió de manera caótica y desordenada. —¿Así?

Arriba y abajo, de lado a lado, sin quedarse en el mismo punto lo suficiente para inducirle el orgasmo, pero sin dejar de explorar cada centímetro de cada pliegue. Javiera agitó las caderas en un esfuerzo desesperado por conducir la lengua de Flavia a las zonas que más le gustaban. Notó cómo el filo del placer se desvanecía y quedaba amortiguado, mientras el fuego se acumulaba en su bajo vientre. Aquello no la excitaba menos, en absoluto; tan solo postergaba el final.

—Espera. —respingó Javiera. —Por favor.

—¿Quieres que pare del todo? —Flavia se apartó, como si se retirara. —Lo confieso, me sorprende. Pero si no quieres que…

Javiera movió la cabeza sobre la almohada, mareada y algo frustrada.

—No. No, no pares.

—¿Entonces qué quieres? —le preguntó Flavia en voz baja y autoritaria. —Dime qué quieres y lo haré. Haré cualquier cosa por ti.

Javiera tuvo un momento de indecisión. Por una parte deseaba alargar aquello y por otra correrse como nunca en aquel preciso instante. Estaba tan mojada, hinchada y pesada... Además, los primeros remolinos del orgasmo se insinuaban ya en el fondo de sus entrañas.

«Podría pedirle que me hiciera correrme ahora y luego intentar alargarlo cuando vuelva del trabajo.»

Javiera tragó saliva.

—Haz que me corra. Ahora.

Flavia asintió y le metió las manos entre los muslos para abrirla de piernas completamente. Tenía el sexo reluciente de humedad y, bajo la mirada de Flavia, su entrada se contrajo como si se anticipara al orgasmo.

Javiera tuvo que cerrar los ojos, porque la expresión de intenso y sincero deseo en el rostro de Flavia antes de volver a comérselo la emocionó muchísimo. Cuando se corrió, dejó escapar un grito de placer y aflicción. Fue un clímax agridulce, intenso, que hizo que le diera vueltas la cabeza pero también se desvaneció al cabo de unos segundos. En el momento en que los espasmos empezaron a remitir, deseó volver a estar al borde del éxtasis.

Flavia se le puso encima y la besó profundamente para compartir el sabor almizcleño de Javiera en sus labios. Después la abrazó con ternura y acunó su cuerpo desnudo. Ella continuaba vestida.

—Odio decirlo, —le susurró cuando la respiración de Javiera se normalizó un poco. —pero debería irme. Cuanto antes lo haga, antes podré volver contigo.

Javiera se las arregló para asentir, aunque con cierta reticencia.

—Ya lo sé.

Rodeó a Flavia con sus brazos y la besó en la mejilla.

—Te echaré de menos.

—Yo también te echaré de menos. —farfulló Flavia.

Se le había puesto un nudo en la garganta; aquellas palabras le habían salido del corazón.

Javiera notó que le pasaba los dedos por los labios de su sexo con delicadeza, cerca de su agujero. Después, Flavia se llevó la mano a la nariz y aspiró profundamente.

—Aunque ahora tengo algo para recordarte hasta la noche.

Javiera se sonrojó, porque era un gesto de lo más erótico.

—No tardes. Te quiero.

—Yo también te quiero.

Flavia la dejó con un último beso y una sonrisa de pura adoración.

—Siempre.