DOCE MESES JUNTAS

Flavia se sentó en el sofá y sonrió al ver a Princesa olisquear al cachorro de dálmata, que ya medía cinco veces su tamaño. El cachorro meneaba la cola frenéticamente mientras olfateaba a Princesa y adoptaba una postura que Javiera denominaba «vamos a jugar». Flavia miró a su compañera, que contemplaba la escena encantada de la vida.

—Cuando me enrollé contigo no sabía que me apuntaba a un orfanato de cachorros. —comentario Flavia, divertido. Rio cuando Princesa le dio en la nariz al cachorro con su enorme zarpa y este retrocedió bamboleándose y buscó refugio en el regazo de Javiera. Con 14 kilos, todavía era un bebé, pero aun así era demasiado grande para encogerse de miedo encima de Javiera como un ratoncito.

—No es un orfanato. —rió Javiera. El perro empezó a lamerle la cara. —Solo somos madres de acogida.

Javiera se vio muy feliz interaccionando con su querida gata y el cachorro sin hogar al que acababa de diagnosticar una displasia de codo. Un año antes, Flavia no se hubiera podido imaginar que se enamoraría tan fácil y rápidamente de alguien como Javiera. Era la persona con el corazón más grande que Flavia había conocido, especialmente en lo que respetaba a los animales. Flavia también se había convertido en una amante de los animales, porque el entusiasmo de Javiera era más que contagioso.

A Javiera también le gustaban los niños y, aunque a Flavia siempre le habían intimidado, empezaba a fijarse cada vez más en las mujeres que llevaban en brazos a sus criaturitas pelonas de pequeñas manitas y se preguntaba si el futuro le depararía más sorpresas. Tenía que admitir que la idea de formar una familia con Javiera le parecía muy atractiva.

Además, su madre estaría encantada.

—Eres una madre de acogida maravillosa. —murmuró Flavia. Cuando Javiera le sonrió con ternura, ella le devolvió la sonrisa. —Al menos a Ramiro se lo parece.

—Princesa no está tan segura. Nunca le ha gustado compartirme.

Flavia se arrellanó en el sofá con un suspiro de satisfacción. Estaba bastante convencida de que aquel era el momento más feliz de su vida. No es que no hubiera disfrutado incontables momentos de felicidad, incluso de gozo, desde la noche en el ascensor con Javiera. Y tampoco era que aquel momento en particular fuera específicamente más feliz que los demás. Sencillamente, desde que había conocido a Javiera cada día era mejor que el anterior y cada momento que pasaban juntas la llenaba de esperanza y emoción por el futuro. El día siguiente sería más feliz que el anterior y estaría todavía más enamorada.

Después de todo lo que habían pasado juntas, confiaba en Javiera más que en nadie en el mundo y sabía que Javiera se sentía lo mismo, lo cual era el mejor regalo que le habían hecho nunca. Aun así, Flavia quería algo más. Observó a Princesa frotarse en los pies de Javiera con cautela, moviendo la cola en gesto de irritación. Maulló cuando Ramiro se acurrucó en el regazo de Javiera. Con una sonrisa, Flavia dijo:

—Me alegro de que Princesa haya aprendido a compartirte conmigo.

—Sí, dice que ya eres de la familia.

Flavia sintió una inesperada oleada de profunda emoción al oír esas palabras. Sí que sentía que eran una familia, y era sorprendente lo mucho que había llegado a depender de la idea de compartir la vida con alguien. Ahora que sabía lo maravilloso que era confiar en otra persona, se maravillaba de todo lo que se había perdido durante los años que había pasado sola. Podría parecer deprimente, pero en el fondo era lo que la había llevado hasta Javiera, y no podía imaginarse queriendo estar con nadie más.

La posibilidad de formar una familia con Javiera algún día la hizo pensar en sus padres y en su hermano. Hubo un tiempo en el que había estado muy unido a ellos, y todos los cambios que habían experimentado en su vida recientemente le provocaron ganas de arreglar parte del daño que le había hecho a su relación al aislarse de ellos después de la universidad. Parte de su renovado deseo de volver a estrechar lazos era saber lo importante que era la familia para Javiera y ver lo feliz que la hacía cuando Flavia daba algún paso en esa dirección. Además, si algún día hicieran una locura como tener hijos, aquellos niños merecerían disfrutar de sus abuelos.

Las reflexiones de Flavia fueron interrumpidas de golpe cuando Ramiro saltó al suelo ya continuación se le subió al regazo. Sus enormes y torpes patas le arañaron los muslos y le puso el hocico húmedo en la mejilla. Notaba cómo movía la cola, porque la vibración le reverberaba en todo el cuerpo.

—¡Ramiro! —exclamó Javiera, que corrió al sofá y lo agarró del cuello. —Abajo.

Para Flavia, era difícil imaginar cuál habría sido su reacción ante el entusiasmo juguetón del cachorro antes de conocer a Javiera. En esta ocasión rió de manera instintiva, incluso cuando el animal le pisoteó el estómago sin querer y la dejó sin aire. Javiera había traído al perro a casa una semana antes y este había dejado claro que quería hacerse amigo de Flavia. No sabía cómo tomarlo, pero, para su sorpresa, la sensación le gustó mucho.

-Lo siento. —se disculpó Javiera. —Definitivamente, tiene que aprender modales.

-No te preocupes. —dijo Flavia cuando Ramiro bajó por fin del sofá y cambió una posición regia y leal junto a ella, en el suelo. Alargó la mano y le acarició las grandes orejas y la cabeza. —Lo entiendo, yo también era un desastre con las relaciones sociales antes de conocerte.

—Y mírate ahora.

Javiera se inclinó y la besó en los labios. Flavia pensó en su vida: era una ex adicta al trabajo enamorada hasta las trancas de una sensual stripper convertida en veterinaria, rodeada de un cachorro y una gata consentida, que esperaba en familias y bebés una tarde de miércoles cualquiera. Con una sonrisa, asintió.

—Mírame ahora.

Aquel fin de semana, Flavia puso a prueba su resolución. Iban a cenar a casa de sus padres, algo bastante habitual aquellos días. Desde el momento en que su padre les había abierto la puerta y las había hecho pasar, Flavia se obligó a relajarse ya acercarse a su familia. Le dio un abrazo a su padre y besó a su madre en la mejilla. Emiliano obtuvo un puñetazo en el brazo, en broma, y él lo desvió con un bloqueo experto. Flavia le sonrió y se permitió disfrutar de la rutina familiar. Para su sorpresa, él le devolvió la cálida sonrisa.

—¿De verdad que tenéis un cachorro de dálmata?

Flavia se ruborizó. Al parecer, su madre les había contado su conversación del día anterior. Vio que Javiera le sonreía por el rabillo del ojo y repuso:

—Tenemos un cachorro de dálmata en acogida. Hasta que le encontremos un buen hogar.

—¡Qué guay! A lo mejor podría conocerlo. He estado pensando en tener un perro.

—Eso cuando te independices de una vez por todas. —interpuso el padre de Flavia, mientras cerraba la puerta. —Hasta entonces puedes ir a visitar al de Flavia.

—Bueno, no es que sea… —protestó Flavia, aunque se percató de que nadie le prestó atención.

Javiera negó con la cabeza en gesto sufrido y Flavia puso los ojos en blanco. Como si a Javiera fuera a costarle mucho decir que sí si Flavia decidió que quería quedarse con el perrazo.

—¿Te ayudo en algo con la cena? —se interesó Javiera.

A la madre de Flavia se le iluminó la cara y cogió a Javiera del brazo.

—Tengo patatas por pelar, si te interesa.

—Suena divertido. — respondió Javiera, y dejó que la guiara a la cocina. —También era la peladora oficial de patatas de mi madre.

Flavia oyó que su madre le preguntó algo a Javiera pero no entendió el qué. Vio desaparecer en la cocina a su amante con una sonrisa en los labios. Flavia no dio crédito a lo rápido que sus padres la habían aceptado en el seno de la familia.

Como si le leyera los pensamientos, su padre se acercó y le rodeo los hombros con el brazo.

—Se te ve feliz.

—Lo soy. —dijo Flavia con sinceridad. —Las cosas van muy bien.

—Sospecho que hay que agradecerle a Javiera.

Emiliano le lanzó una sonrisa insinuante, pero se contuvo con los comentarios groseros. Flavia notaba que estaba haciendo un gran esfuerzo para llevarse bien con ella y seguramente era debido a lo mucho que intentaba ella llevarse bien con él a su vez. Les sonrió a Emiliano y a su padre.

—Sin duda, tenemos que agradecerle a Javiera.

—Dime, ¿a Javiera le gusta jugar al Scrabble?

Flavia soltó una carcajada cuando su padre mencionó su juego favorito.

—No creo saber lo que opina Javiera del Scrabble.

Su padre la miró con los ojos muy abiertos mientras pasaban al salón.

—¿No habías jugado nunca?

Flavia le arqueó la ceja a Emiliano para advertirle de que no se le pasara por la cabeza llevar a cabo aquel comentario a terrenos más imaginativos.

—Pues no. —le respondió a su padre.

—Bien, Flavia. —dijo su padre con seriedad. —Si va a ser parte de esta familia tiene que jugar al Scrabble. Todavía espero que llegue alguien que me destruya.

A Flavia le llegó al alma que su padre aceptó a el papel de Javiera en su vida. Era consciente de que había dejado a un lado la incomodidad inicial al descubrir aquella faceta de la vida de su hija y le estaba inmensamente agradecida por ello.

—¿Y yo ya no puedo intentar conseguir el título?

—Claro que sí. —le dijo su padre.

Se le vio extraordinariamente complacido, y Flavia deseó que se le hubiera ocurrido proponer una partida de Scrabble antes. Cuando era adolescente jugaban a todas horas, ya ella le encantaba. ¿Por qué habían dejado de hacerlo?

—¿Y a mí se me permitiría participar en la acción? —Emiliano preguntó.

—Si estás listo para que te barramos. — Flavia respondió.

Se sentó en la mesa de roble redonda del salón y le dio un repaso condescendiente a Emiliano mientras su padre iba a por el gastado juego al armarito.

—Ya lo veremos. —le dijo Emiliano.

Entonces se crujió los nudillos y Flavia hizo una mueca: odiaba cuando hacía aquello.

—Es bonito veros pelear por el segundo puesto. —comentó el padre de Flavia al dar comienzo a la partida.

Flavia levantó la mirada y vio que Javiera los contemplaba desde la cocina. Sus ojos se encontraron. Javiera se reía de algo que había dicho su madre y su rostro mostraba tanta felicidad que Flavia podía sentirla desde la otra habitación.

-Te quiero. —Dibujó Javiera con los labios.

-Te quiero. —imitó a Flavia, en idénticos silencios.

Pilló a su hermano mirándolas, pero Emiliano se limitó a sonreírle cariñosamente y ella no pudo evitar devolverle la sonrisa. Cuando volvió a mirar a Javiera, estaba ocupada en la cocina con su madre otra vez. Y estaba absolutamente radiante.

Flavia nunca había sido tan feliz. Se sintió completa, satisfecha, rodeada de gente a la que quería y que la quería a ella. Cuando su padre preparó el tablero del juego y les pasaron las fichas, Flavia tomó una decisión importante. Ya no podía imaginarse su vida sin Javiera y pensaba hacer lo que fuera necesario para asegurarse de que nunca más volvería a estar sin ella.

Javiera estaba tumbada en su lado de la cama contemplando la piel de alabastro del hombro de Flavia bañada por la luz de la luna. La luz etérea hacía que brillara, lo cual parecía apropiado, dada la maravillosa velada que había pasado con la familia de Flavia. A diferencia de sus primeras visitas al hermano y los padres de Flavia, en las que su compañera se había mostrado tensa y todo el mundo parecía reservado, aquella noche había sido como volver a formar parte de una familia de verdad.

Le había encantado ver cómo Flavia y Emiliano pinchaban a su padre por haber ganado al Scrabble otra vez. También lo había pasado muy bien ayudando a la mama de Flavia con la cena. Le contó historias de Flavia que seguro que su amante no le habría contado nunca y además tuvo la oportunidad de contarle a su suegra más sobre sí misma. Se moría de ganas de gustarle a la familia de Flavia y de que la aceptaran, porque tenía intención de formar parte de su vida durante mucho tiempo.

Flavia murmuró, adormilada, y se quitó un poco. La colcha resbaló y dejó al descubierto su torso desnudo. Javiera le acarició la espalda con dulzura; no quería despertarla, pero ansiaba el contacto. Su piel era suave y cálida y Javiera no pudo resistir el impulso de acercarse y depositar un beso ligero como una pluma en la nuca de la otra mujer. Era extraño, pero Javiera la echaba de menos mientras dormía.

Habían cambiado tantas cosas desde que se conocían… El club en donde bailaba no era más que un recuerdo lejano, y por fin se había convertido en veterinaria y trabajaban en una consulta increíble donde podía ayudar a los animales de verdad, como siempre había querido. También estaba profundamente enamorada y deseaba a Flavia a todas horas. Nadie la había hecho sentirse así antes, ni en la cama ni en ninguna otra parte. En algún momento, durante aquellos meses, Javiera casi había dejado de esperar que algo saliera mal. Era capaz de disfrutar de lo que le proporcionaría la vida y, aunque el miedo a perder a un ser querido no desaparecería nunca por completo, lo único que podía hacer era aferrarse a lo que tenía y dejar que las cosas siguieran su curso. Flavia había demostrado mucha valentía y ella sabía que tenía que hacer lo mismo.

Flavia Si Javiera se sintiera diferente, podría decirse que Flavia era prácticamente una mujer nueva. Durante todo aquel tiempo, Javiera había sido testigo privilegiado de cómo su amante pasaba de ser una adicta al trabajo obsesionada por el control de una compañera cariñosa y apasionada que la hacía sentirse más segura que nunca. Vivir aquella transformación a su lado casi le había arrebatado el aliento.

Pese a lo mucho que habían cambiado desde que estaban juntas, Javiera estaba convencida de que aún les quedaba mucho camino por recorrer y muchas cosas por vivir.

Sin duda, mucho más de lo que ninguna de las dos imaginaba.