Bueno con este capitulo finalizo al fin esta historia, pido perdón por el retraso de dos meses XD es que no me venia la inspiración, y la verdad me costo terminarlo porque me daba paja (como decimos acá en argentina cuando algo nos da flojera) espero que les haya gustado. Disfruten y gracias por la paciencia y por leerme.
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Y FUERON FELICES
Flavia volvió a la habitación del hotel con un ramo de rosas. Cuando entré en el baño esbozaba una amplia sonrisa.
—El mejor viernes de mi vida. —musitó, arrastrando las palabras.
Javiera emergió de debajo de una capa de espuma y se sentó en la enorme bañera. Al ver las rosas, rojas, rosas y blancas, sonrió y alargó la mano hacia Flavia.
—Son preciosas, cariño.
Flavia se puso de rodillas al lado de la bañera y le dio un largo beso.
—Tú también, querida.
Javiera enredó la mano en su cabello y la atrajo para besarla otra vez. Su cita mensual para comer la había puesto muy cachonda y necesitaba más. Ahora que su cuerpo se había recuperado, y tras pasado las últimas cuatro horas pensando en lo enamorado que estaba, no se cansaba de tocar a su amante.
Flavia dejó las rosas sobre la tapa del inodoro y acarició la piel enjabonada de Javiera con parsimonia. Al cabo de unos segundos, hundió la mano en las burbujas aromatizadas de la bañera y le cogió un pecho. Le tomó el pezón entre los dedos y notó cómo se aguantó a pesar de lo caliente que estaba el agua. Cuando le dio un ligero pellizco, Javiera respingó y susurró con la voz entrecortada.
—¿Ha tenido un buen día?
—El mejor. —repuso Flavia, mientras le acariciaba el otro pecho y el canalillo. —No he dejado de pensar en ti en toda la tarde.
—Conozco la sensación. —farfulló Javiera. Notó que Flavia le rozaba el ombligo con la yema de los dedos.
—He pasado por casa para coger el neceser y he dejado a Ramiro con Emiliano esta noche. También traje comida china.
Realmente, Flavia no podría ser más perfecta ni que se lo propusiera.
—Ya sabía yo que me había quedado contigo por algo. —murmuró Javiera, completamente arrobada. —¿Pollo con anacardos?
—Por supuesto, sé lo que te gusta, querida, y siempre intento darte lo que quieres.
Flavia siguió bajando y bajando, hasta acariciar el sexo mojado y jabonoso de Javiera.
—Se te está mojando la camisa. —le dijo Javiera.
Flavia se miró la manga, que estaba completamente sumergida en el agua.
—Eso parece.
Javiera parpadeó, sorprendida por el tono desinteresado de su amante. No hacía tanto que Flavia se hubiera disgustado mucho por algo así.
-Te quiero. —le dijo, tratando de poner en su voz todo el sentimiento que la embargaba por detalles como aquel. —Muchísimo.
Algo cambió en la expresión de Flavia y su rostro se tocó de profunda felicidad. Curvó los labios en una sonrisa.
-Yo también te quiero.
—¿Quieres cenar?
Flavia asintió, pero cuando Javiera fue a quitar el tapón de la bañera, Flavia le puso la mano en el pecho para detenerla.
—Espera.
—¿A qué?
—Tenía la esperanza de que se hiciera realidad una de mis fantasías.
Javiera soltó una carcajada.
—Oh, suena divertido.
La emoción que destilaba la mirada de Flavia la maravilló: era mucho más compleja que el simple deseo sexual. El corazón se le aceleró, porque se dio cuenta de que estaba a punto de pasar algo importante. Flavia lo tenía escrito en la cara: la esperanza, el temor y los nervios.
—¿Cuál es tu fantasía?
Flavia se metió la mano en el bolsillo.
—Quería esperar hasta después, pero…
Javiera se sentó erguida en la bañera y se quedó sin respiración cuando Flavia sacó una cajita negra. Esta carraspeó y abrió el estuche.
—Quiero darte esto.
Javiera no pudo apartar la vista del rubí rojo oscuro engarzado en una banda de oro blanco. Era precioso.
Perfecto.
—Flavia...
Apenas podía articular la palabra. Si Flavia estaba a punto de hacer lo que creía, Javiera no podría evitar echarse a llorar.
—Mi fantasía es despertarme a tu lado cada mañana. —Flavia sacó el anillo del estuche de terciopelo. —Y acostarme contigo cada noche. Y pasar juntas el resto de nuestras vidas. Es lo que más deseo en el mundo. —Le puso el anillo en el anular —¿Lo harás realidad para mí?
Javiera la miró a los ojos.
-Si. —respondió sin titubear.
No tenía nada que pensarse: llevaba meses deseándolo.
Los ojos se le llenaron de lágrimas de alegría.
—Sí, Flavia.
Flavia temblaba al estrechar a Javiera entre sus brazos.
—¿Te gusta el anillo?
—Casi tanto como me gustas tú. —le susurró Javiera al oído. —Ósea, mucho.
Sabía que le estaba mojando la camisa todavía más, entre el jabón y las lágrimas, pero le daba igual. Flavia la abrazó más fuerte.
—Bien. Mi fantasía se ha hecho realidad.
Javiera le puso la mano en la parte baja de la espalda y le devolvió el abrazo. No quería soltarla nunca.
—Ha sido una fantasía muy fácil de hacer realidad.
—No soy muy difícil de complacer. —le dijo Flavia con ternura.
Javiera contempló el primer anillo de oro que había llevado solo por amor. Fue como si todo encajara en su vida por primera vez y se sintiera completo como nunca lo había estado antes. Miró a Flavia.
—¿Alguna otra fantasía con la que pueda ayudarte esta noche? —Con una sonrisa traviesa, agregó—: No me parece justo que esta cuente como tuya, ya que también lo era mía.
La expresión de Flavia se volvió ardiente, y el momento que acababan de compartir se tornó aún más intenso.
—Bueno… está el detallito de la reina guerrera y su esclava sexual…
Javiera sintió que se le humedecía la entrepierna, y esta vez no tuvo nada que ver con el agua de la bañera.
—Eso, mi reina, se puede arreglar.
