- Felinette Week 2022 -
Dia 7: Dawn & Dusk
Match!
Marinette tiene Tinder. Y Félix también. Y el destino es cruel y retorcido, especialmente cuando por error, deslizas hacia la derecha la pantalla de la aplicación y.. él también.. y ella también. Y ambos hacen... Match!
Advertencias:
- May 18 -
- Sexo explícito -
- Angst -
- Primera persona -
- Clasificación M de Fanfiction -
- CAPITULO FINAL -
- Nota de la autora: quiero deciros que os agradezco muchísimo por haberme esperado. Cada año es peor, cada vez pierdo el tiempo en cosas de gente mayor, deseo volver en el tiempo y hacer todo de nuevo. Pero aquí estamos. Gracias...y perdón. -
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**DAWN**
Las grandes fosas del lecho submarino se formaron debido a la colisión entre placas tectónicas, muchas veces debido a la caída de alguno que otro meteorito. Si los dinosaurios existiesen, darían fe de ello. Un meteorito caído del cielo, el cual originó su apocalipsis y su súbita extinción. Inaudito. Inimaginable. Imposible. Sin embargo, yo no tengo que imaginar mucho, porque en este instante mi meteorito personal acaba de estrellarse en mi mundo.
Felix Fathom Graham de Vanily, capitán de navío de la Marina Mercante Británica, está aquí.
En este sitio.
Debería preguntarme porqué está aquí, pero sólo puedo pensar en lo bello que es. En lo imponente que está. Me derrito en mi sitio. Me deslumbro tan sólo al verlo. Abro la boca, atónita. La música deja de sonar. Mi corazón deja de latir. Es entonces cuando entiendo todo. Todo mi desastre. Mi apocalipsis. El meteorito.
- ¡Félix! - dice mi novio/exnovio, Adrien Agreste. - primo, quería presentarte a... -
Todo su cuerpo es una mole, similar un gigante. Es hermoso, con su gorro bordado y su faja de seda azul. Su uniforme de gala, blanco níveo, con detalles dorados y negros. Una joya del diseño británico. Hecho especialmente para que las mujeres se abalancen a todos los hombres del Reino Unido. -Santo cielo-. Lo he visto tan desnudo que podría decir de qué color son los vellos de su pubis y lo he visto tan vestido como ahora, glorioso y divino. Si el fin del mundo es mañana, puedo decir que me he acostado con el hombre más guapo del mundo, con el más tierno, con el más intenso. El que me deja correrse en su cara. El que se lame los dedos, después que me los ha metido dentro. -Madre mía-. ¿Cómo es posible que le haya dicho que no éramos nada? ¿Que ni siquiera salíamos? Arrepentimiento, vergüenza y deseo. Todo eso siento. Quiero comerlo entero. Pero todo es tan inapropiado. Tan impertinente.
Es el primo de Adrien.
Y Adrien era el hombre que amaba, el futuro padre de mis hijos.
Y Félix me ha tenido entera, me ha hecho suya de formas que Adrien Agreste jamás tendrá conmigo.
Conforme se acerca, yo veo que sus ojos brillan, aunque no demuestran emoción. Acude hacia nosotros, y nosotros hacia él. Me siento al borde de un abismo. Me acerco a mi fin. Comienzo a caer...o a morir.
Los dinosaurios no sabían sobre su aniquilación. No sabían que el meteorito los extinguiría.
Pero yo sí.
Sé que una parte de mí está siendo destruida.
Félix es el primo de Adrien.
Adrien es el primo de Félix.
Un arcaico instinto de defensa me obliga a girar, a correr, pero Adrien me sujeta del brazo y me obliga amablemente a saludarlo. Me tambaleo. Farfullo alguna palabra para excusarme. Al darme cuenta que no logro pensar ninguna excusa, cierro la boca y trago saliva. Si en algún punto pensé que él podía ser otra persona, que yo me podría haber confundido, o que yo sufría alucinaciones, ese punto ya está descartado.
Félix es real.
Y el amor es tan difícil.
Más aún si se trata de Félix Fathom.
Mi corazón se aprieta y retuerce. - "Primo" - ¡Primo!. Esto es imposible. O no. Tengo un zumbido en los oídos, me duele el pecho, me falta el aire. Boqueo. Pestañeo rápidamente. No puedo creerlo, pero...Félix y yo, yo y Félix...y Adrien.
Entonces, en medio de la tormenta de sorpresa y asombro, yo llego a una conclusión:
El destino es cruel... y retorcido.
El destino es cruel y retorcido. Y también, ha sido bueno, porque he conocido a Félix, porque lo he querido, lo he disfrutado, aunque no fuimos nada.
Félix tuvo una amiga en su infancia, Bridgette, quien murió al caer de un caballo. Yo tuve un novio al que amaba, una amiga a la quería, y ambos confabularon para destrozarme el corazón. El alma. El cuerpo. O no. O sí.
- ...Te presento a mi novia, Marinette Dupain-Cheng... -
Novia, dice. Adrien vive en el multiverso. En una dimensión paralela. En un universo alterno donde somos la pareja perfecta con ningún control anticonceptivo, almas gemelas con decenas de hijos. Novia. Eso no lo soy, ni lo seré jamás.
Yo reacciono tarde por supuesto. Me había quedado embobada observando al marino en su uniforme de gala. No he podido pensar hasta ahora, todo lo que Adrien está diciendo.
Félix Fathom es su primo.
Adrien Agreste es su primo.
Y yo he sido...
La novia de uno, y la follamiga de otro.
Sí, el destino es cruel y retorcido.
- No...no es así. - Yo refuto, casi tartamudeando. - Adrien y yo sólo somos...-
Félix dirige su mirada hacia mí tan solo un momento. Parece incólume. Y muy frío. Su voz grave y lenta, profunda y británica, se desliza de su boca hasta mis oídos. Yo abro aún más los ojos, atónita e inmóvil. Él luce entero. Soberbio. Félix no se intuye sorprendido. Está calmado y pasivo. Como si le presentaran a cualquier otra persona en el mundo. A pesar que yo he sido su amante. Su amiga. He sido suya y él lo ha sabido. Hemos rodado juntos por la cama, cayendo al suelo. He lamido su miembro con más ímpetu que a un helado en verano. He bebido de él. Y él de mi.
- Un placer conocerla, madeimoselle Dupain-Cheng. -
Vaya. Vamos a jugar a no conocernos. Debí suponerlo. Lentamente, recobro la compostura. Ya no me esfuerzo en negar mi noviazgo con Adrien, simplemente porque no soy su novia. Sin embargo, Adrien no cansa de repetirlo. Mi novia, mi novia. Me presenta también a una mujer muy elegante y guapa. Rubia y de ojos verdes. Ambos, Adrien y Félix se parecen mucho a ella. No me di cuenta antes. Se parecen entre sí. Quizá por eso no tuve reparo en empezar lo mío con Félix. Tal vez, me recordaba un poco a él.
- ... mi tía, lady Amelie Graham de Vanily, hermana gemela de mi madre y madre de Félix...Tía, te presento a ...-
La madre de Félix es una mujer digna. Aristócrata. De esas que sólo se ven en Londres. Ni siquiera se acerca a saludarme, tan sólo asiente con la cabeza, se posiciona al lado de Félix y me sonríe. Lleva joyas preciosas, pendientes carísimos, un collar de perlas y guantes en las manos, además de un vestido glamoroso. Es elegante al mil por ciento. Una mujer de gran abolengo. Lady Amelie no dice nada, pero continua sonriéndome. Me examina con lentitud, de abajo a arriba. Su mirada hacia mí, es amable y curiosa. Pudiera ser una noble británica, pero luce amigable, aunque lejana.
- Oh, mira Marinette...él es Claude LeMuet, marchante de arte...es un viejo amigo de mi familia británica. -
Adrien estira una mano para señalarme a alguien que venía casi detrás de Félix.
Le conozco también.
Le he visto en una foto, besando en la mejilla a Félix, con la boca bien pintada de color rojo.
Le he oído reír.
Claude LeMuet es un tipo vivaracho y cotilla, alegre y con un desparpajo intrínseco, no obstante, el hombre que acompaña Félix ahora, tiene un rostro gélido y pétreo. Inerte. Serio. Gris.
Claude LeMuet también me toma de la mano, asiente ligeramente y luego se retira un poco, murmurando lo mismo que Félix.
Y así, ambos hombres, me observan de pie, estirados y altísimos.
- Marinette, Claude y Félix son amigos inseparables. Los tres asistimos frecuentemente a las reuniones familiares. Félix es capitán de navío, como puedes ver, y Claude, un experto en arte. Le pediré algunos cuadros para nosotros, cuando nos casemos. Félix podrá construirnos un barco, o un yate. Seguro que sí, ¿verdad, Felix?. O al menos, podrás recomendarme alguno. Porque...a Marinette le gusta el mar y la fauna marina...-
Adrien divaga por unos segundos, parloteando sobre mis gustos y sobre mí. Habla de mi profesión, de donde vivo, de cómo Adrien y yo nos conocimos. Hay un cierto tono a orgullo y cariño. Sin embargo, hay una frase que me golpetea en la mente: ..."cuando nos casemos"...
Cómo deseo escapar de aquí, y fingir que jamás los he visto.
Nathalie Agreste reaparece, ordenándole a Adrien acompañarla. Dice que su padre desea verlo, antes que haga su aparición en la fiesta. Adrien se calla y asiente, me mira tiernamente y me deja, apretándome con suavidad el brazo del que me tenía sujeta.
Lady Amelie, al verlo irse, se disculpa con nosotros y se marcha mencionando que ha visto a alguien conocido al que irá a saludar. Félix y Claude asienten con la cabeza y la observan alejarse.
Claude, al ver que ahora sólo estamos los tres, me mira y por fin, me sonríe.
- Marinette, cuánto tiempo...-
Pero Félix no nos deja charlar. Adelanta a Claude y noto cómo, rápidamente, Félix me desliza un brazo por mi cintura, me da media vuelta y me lleva con él. No sé adonde, ni porqué. Pero no pregunto. Confío en él. Aun si me dejase caer en un abismo, yo cerraría los ojos y aceptaría mi destino.
En esos breves segundos a su lado, vuelvo a encontrarme con Félix cerca mío. Vuelvo a recrearme en su persona. Es como si un rayo hubiera caído. Un cortocircuito. Pienso en lo bueno y malo que es. En los recuerdos que tenemos juntos. El fino trazo de su mandíbula, sus pómulos algo prominentes, su nariz recta, sus pestañas doradas. Fijo mi mirada en sus medallas, en lo perfecta de la caída de la tela, en lo bien planchada que está. Su presencia, en este momento, me relaja, me da paz y serenidad, es mi propio nirvana, mi séptimo cielo.
Floto en mis memorias, hasta que una puerta se cierra detrás mío.
Es un salón privado. Está a oscuras, aunque Félix busca un lámpara y la enciende, iluminando malamente la habitación. Encuentra un sofá antiguo e inmenso, y me señala con la mano para que tome asiento. Examino la habitación donde estoy con algo de esfuerzo. Es una pequeña biblioteca, algo así como un estudio, hay estantes en las paredes, un escritorio, varios sillones. La habitación tiene ventanas amplias, con las cortinas recogidas, la luna insinúa su presencia. Félix deja en silencio, su gorro sobre una mesa.
Nadie me lo ha dicho, sin embargo, sé que algo muy importante va a ocurrir aquí mismo.
Sé que mi vida cambiará sin remedio.
- ¿Estás bien, Marinette? -
Es Félix quien habla primero. No espera mi respuesta, sino que va donde una licorera en un rincón de la habitación, se sirva un vaso y lo bebe sin pausa. Se sirve otro, y regresa hacia mí.
Este es el fin del mundo.
Lo es.
¿Dónde está el meteorito del que estaba hablando?
Acepto el vaso que me ofrece. También lo bebo sin pensar. El líquido atraviesa mi cuerpo, dándome calor y fuerzas. Pudiese ser vodka. Desvanecida y agobiada, caigo sobre un sillón ancho, cómodo y antiguo. Un profundo y sonoro suspiro escapa de mi boca. Mis manos empiezan a temblar.
Félix me observa beber el licor. Luego se arrodilla frente a mí, de cuclillas. Me escudriña con su mirada verde esmeralda. Su rostro perfecto, su mandíbula cuadrada. Está bien afeitado, está perfecto. Estamos solos.
En medio de esa habitación mal alumbrada, una gran parte de mí morirá y no volverá a nacer, nunca más.
Esa parte se llamaba esperanza.
La esperanza de ser algún día amada.
- No soy un hombre bueno, Marinette. Soy un hombre disoluto. Puedo estar con una mujer en la mañana, y otra por la tarde. Y un hedonista también, según dice mi madre. Pero a pesar de eso, trato de hacer las cosas bien. Trato de ser consecuente. - Quizá sea el alcohol, o lo delicada de la situación, pero siento que voy a ser destruida en este instante, en este momento. Ojalá alguien pudiera darme un abrazo, ojalá alguien se compadeciera de mí. - Adrien es mi primo. Y va a casarse contigo. No te preocupes. No llores más. Porque lo tuyo y lo mío, no es nada especial. Tan sólo algo más que ha sucedido. Un error, tal vez. Y yo...yo haré como si lo nuestro no hubiese existido nunca. -
Nunca.
Jugueteo con mis dedos.
Trago lentamente mi saliva.
Parpadeo varias veces.
"Así que lo tuyo y lo mío. No es nada especial."
Creo que estoy llorando. Lo sé porque se nubla mi mirada, y no veo ya la falda de mi vestido azul. Tan sólo siento sus dedos, acariciándome un mechón de pelo, recolocándolo detrás de mi oreja. Desliza sus dedos por mi mejilla, recorriendo mi mentón. Su tacto es delicado, y sus palabras, hirientes.
- ...Si me lo pides, jamás diré que nos conocíamos. Jamás repetiré que te am...-
Se aleja de mí, me da la espalda y veo que mira a un lado y otro, en mitad de la penumbra, como buscando algo.
"Jamás repetiré que te amo"
"No es nada especial, pero te amo..."¿Es así, Félix? ¿Nuestro amor es así?. ¿Voluble?. ¿Evanescente?.
Se pasa una mano por el cabello. Luce desesperado. Su cabello está perfectamente peinado. La luz de la luna hace brillar algunos mechones de su pelo. Como una moneda ante la luz. Dorado y precioso. Félix se refugia al lado de una ventana, toca una cortina y observa a través de la cristal.
- No diré nada, Marinette. Nadie se enterará. No diré ni una sola palabra. -
Me pregunto si esto tendrá fin. Me pregunto si sobreviviré a este fin. Me pregunto si llegará el amanecer, luego de esta noche tan larga.
El amor me es tan escurridizo.
Voy hacia él. Todo mi cuerpo se estremece. Con el dorso de la mano, me seco las lágrimas, y probablemente también los mocos de la nariz. Debo tener un aspecto horroroso. Eso no me corta, ni un poco, para abrazar a Félix por detrás y acariciar su brazo, su antebrazo, su mano. Recorro con la palma de mi mano el suave algodón de su uniforme. Entrelazo mis dedos sobre sus dedos, apoyo mi frente en su espalda. Él da un respingo, pero no se aparta de mí. Quedamos entonces, los dos juntos, en una habitación olvidada, en una noche nefasta.
Él dice que no me quiere, yo no he dicho nada.
- Adrien no es mi novio, Félix. Aunque ha insistido en ello. Y yo, no he decidido nada, porque él no me ha preguntado nada. -
Hundo mi rostro en su uniforme, inhalo su perfume.
Félix menea la cabeza, negando.
- Él, hace unas horas, nos ha dicho que ya habías aceptado el compromiso. Tu matrimonio. Esta fiesta es para eso. Has venido para eso. - Félix habla en un susurro, aunque mastica cada una de las palabras, como si le costase decir estas cosas o como si quisiera gritar. - Y tu silencio ahora es tu respuesta, Marinette...un silencio positivo.-
Yo levanto la cabeza, sumamente indignada. Rompo mi abrazo y me alejo de él. Agito mis brazos, bastante enfurecida por el giro tan fantástico de los hechos.
- ¡Adrien divaga. Hablaré con él. Le diré que ni lo piense, ni siquiera que lo pregunte porque diré que "no" enfrente de todos! ¡No sé qué le pasa! ¿Por qué me viene a buscar ahora? ¿Por qué no me deja en paz? -
Me detengo. Me duele el pecho. Me ahogo con mis palabras.
Vuelvo a llorar, ahora con más ganas.
- Cuando le diga que "no", cuando se lo diga, todo estará bien. - Y volveremos a estar juntos, Félix. Podríamos volver a salir. Como novios, o como prospecto de ello. Iniciar todo de nuevo. Fuera Tinder y fuera Adrien.
Pero no hay solución fácil en el amor. En nuestro amor.
Félix me interrumpe, me ve llorando e hipando, y sólo es capaz de hablarme para clavarme esas palabras que resonarán en mi corazón, para siempre. Me las dice sin piedad, sin miedo.
- El amor duele, Marinette...-
Lo sé. Él también se irá. Ya me lo había dicho, unos días antes. Me lo repite. Lo porfía. Y yo...yo me rompo entera. Me hago trizas. Me quiere, yo lo quiero, pero lo nuestro no será hoy. Ni mañana por lo que veo. Sollozo en silencio. El pecho, el corazón, me sigue doliendo. Félix continua hablando, lo escucho hablar de lo fantástico y de lo horrible que es estar enamorado. Y por último, me destroza hasta hacerme polvo.
Mi meteorito. Mi amor.
- El amor duele, Marinette. Y me duele amarte a tí. Ahora mismo, me duele hacerlo. -
Es nuestra conclusión, el final de nuestra historia. Es un embrollo irreparable. Y yo...quiero matarlo. O amarlo. En realidad, quiero retroceder en el tiempo. Y volver a empezar. O no tener miedo de confesar que estamos saliendo. Negarme a venir a esta fiesta. Tantas cosas de las que me arrepiento.
- A mi también me duele hacerlo, Félix. Me duele... todo. Mucho más, me dueles tú. -
El hombre que amo me hace daño. no sé qué hacer con esta pena. Así que hago lo que siempre hicimos. Sé que somos buenos en algo, y eso es que lo quiero ahora.
Quiero a mi capitán de navío.
Quiero ser su princesa.
Por una última vez.
Fundirnos de nuevo, amarnos sin querer.
Me abalanzo hacia él. Hambrienta y liberada. Él me acepta. Yo le pido. Me entrego. Él toma lo que quiere, de mí, yo nada le impido. Rodamos por el suelo, por la alfombra. Él urga debajo de mi falda, yo escarbo buscando su miembro. Y él, sencillamente, entra en mí. Reacomoda mis tripas y mis pechos, ante cada embestida. Follamos como unos posesos. Es que es el fin del mundo. Las palabras finales antes de subir a la guillotina. Mañana estaremos muertos. Cadaveres calientes, huesos hirviendo. Félix besa mis labios, succiona mis pezones. Convulsiona encima mío y yo muero hechizada con su fuerza, con su belleza.
Terminaremos, tal cual empezamos.
Con un orgasmo y sin ningún "te quiero".
Somos bestias, lo sé. En celo. Llenas de miedo.
Y aunque sé que es el final, no puedo sino salir de esa habitación envuelta en su brazo. Hinchada de emociones positivas. Se debe notar en mi rostro, debe tener bien grande un rótulo: "Bien amada", colgado en mi frente. Lo llevaría con orgullo.
Eso es lo que hace Félix Fathom en mí. Me arrasa y me deja satisfecha. Aunque me rompa el corazón, de esta manera.
Mientras caminamos atravesando el salón, yo suspiro de dolor. Dolor físico, entre las piernas. Los demás invitados siguen cada uno en lo suyo, bebiendo champagne, picando algun aperitivo. Recorro con la mirada los alrededores y me doy cuenta de algo.
Adrien nos espera, un poco a lo lejos, nos observa con cautela. Con una ceja levantada y sin sonreír. Pareciese enfadado al vernos juntos, saliendo de una habitación abandonada. No me preocupa su reacción, es mejor así. Le diré que no quiero nada de él, ni su amor, ni su compromiso. Me iré de esta fiesta. No volverá a verlo.
Pero el destino, siempre tiene un último revés. Un último as bajo la manga.
- Adrien. - digo yo, cuando nos encontramos los tres reunidos. Adrien oscila su mirada entre su primo y la mía. Félix no le huye. También lo observa fijamente. Yo, con lentitud, me alejo un poco de ambos hombres y me dispongo a proclamar mi libertad. - Adrien, tú y yo no...-
A pesar de la música, logro escuchar unos aplausos airados. Son tan imprevistos que, de inmediato, todos callan y se enfocan a la dueña de aquel espectáculo.
El dragón ha aparecido.
- Maravilloso, Adrien. - En medio del silencio, detecto que esos aplausos secos provienen de entre la multitud. Progresivamente, la gente se hace a un lado para dejarla pasar. Es ella, sin duda. La mujer más poderosa del mundo. La más inteligente. Sus tacones resuenan, y el rojo de su vestido de seda, capta todo el brillo de la luz. Tiene una figura menuda y un porte aristocrático inherente a ella. Kagami Tsurugi termina de adelantarse al gentío y se planta enfrente nuestro, a unos escasos metros.
Ese fantasmo rojo y negro ha llegado. Un monstruo. Ese monstruo solía ser mi amiga. Mi mejor amiga.
Kagami Tsurugi, la antigua verdadera novia de Adrien Agreste, ha llegado.
Y todo sucede, en simultáneo.
Yo abro los ojos, atónita.
- Kagami...- susurra Adrien.
Parece que el meteorito no sólo me cayó encima a mí, sino también a él.
Kagami Tsurugi, el meteorito que cruzó el universo para estrellarse contra Marinette Dupain-Cheng, para destrozarla por completo.
- Bravo. Bravo. Me parece increíble, Adrien, que ante una simple pelea, decidas dejarme y casarte con la primera persona que se te cruce en el camino. - Kagami me observa con detenimiento. Ella es tan baja como yo, pero su voz es firme y resuena en todo el salón. Sus ojos afilados parecen atormentados. Sus dedos tiemblan mientras aplaude. Está hecha una salvaje, irreconocible. Fue mi amiga, pero esto jamás ví de ella. Hubiese querido no verlo nunca. - Y tu, Marinette...-
Yo doy un respingo, porque recuerdo de inmediato a la Kagami Tsurugi que apareció en mi estudio, a contarme su historia con Adrien, a insultarme diciendo que yo la había engañado. Acusándome a mí. Cuando el traidor fue él.
- ...¡Deja-ya-de-buscarlo!...- ella grazna con fuerza, gritando. Incluso Félix y Adrien saltan en sus sitios, malamente sorprendidos. - ...¡él-es-mi-no-vio...Mi-no-vi-o..! ¡ Dé-ja-lo ya!-
Un rumor se extiende entre el público. Kagami sigue vociferando, perdiendo la razón, me grita cosas ofensivas, insulto tras insulto. Agita sus manos. No puedo creer que ella se esté portando así. Esa no es ella. Por el rabillo del ojo, veo que Félix también está atónito ante su violencia, y se adelanta un paso, tal vez para contenerla. Claude también se ha acercado, llevando del brazo a lady Amelie. La madre de Félix tiene abiertos los ojos, tratando de captar cada detalle.
Gabriel Agreste, cerca nuestro, sólo sonríe.
Nathalie Agreste, a su lado, se ajusta las gafas.
Adrien Agreste, vestido tan elegantemente, simula ser un niño perdido en la multitud. Niega con la cabeza, alarga las manos hacia Kagami, rogando que se calle, tratando de arreglar este bochornoso incidente.
Y luego, nadie depara en lo vendrá después. Nadie podía imaginarlo.
Kagami se abalanza sobre mí.
Adrien no hace el amago de contenerla, sino que queda paralizado a mi lado. Félix coge aire y frunce el ceño. Un instante después de oír su grito de guerra y su declaración de intenciones, Kagami Tsurugi aterriza encima mío, dispuesta a dar inicio a la hecatombe.
Yo no merecía acabar así.
yo sólo quería irme de aquí.
Un fuerte dolor en mi mandíbula aparece de repente. Todo se vuelve oscuro y rojo, violento y letal.
Y sé en este instante, que esto es el fin.
Mi fin.
Nuestro fin.
.
.
**DUSK**
Mis recuerdos de ella, son similares al mar: amplios, infinitos, eternos; y vienen y van. Son como las olas, algunos días son altos y fuertes, rompen con la orilla, golpean contra las rocas. Y otras veces, son serenos y calmados, casi sin ninguna marea. Huelen a sal, pero saben dulce. Así es cómo la recuerdo.
A ella. A Marinette.
Su bello rostro incesantemente asalta mi vista, aunque no la tenga cerca. Habitualmente oigo su voz, aunque ella no exista en mi presente.
Cuando duermo, es peor. Porque todo lo que ella me hizo y me dejó, yo lo vuelvo a vivir. En mis sueños, o en mis pesadillas. La tengo entre mis brazos, arrullándola con mis besos después de estar desnudos dando vueltas por la cama. Ella ríe o gime, y yo le hablo, le cuento sobre mi día. Le digo lo mucho que la quiero, lo demasiado que la extraño. Y la toco. Paso mis dedos por entre sus cabellos negrísimos. Acaricio su mentón, sus mejillas, la curvatura de sus caderas. Le paso la lengua por su piel, tan solo para recordar a qué sabía su carne. Y tengo deseos, ansias, de comerla entera. O simplemente de mirarla, de contemplarla, como la cosa más bella del mundo.
El blanco de sus dientes, el azul de sus ojos, lo rosa de su vientre. El potente negro de sus pestañas.
Y lo doloroso de su amor. La herida que llevo conmigo. La que no cierra.
Ella irrumpe en mi vida como si nunca se hubiera ido.
Y hay días, como hoy, como ahora, en los que recuerdo perfectamente lo que sucedió aquella noche.
La última vez que la vi.
Durante mucho tiempo, yo pensé que ella no me quería, no como la quiero yo. O como la quise por aquel entonces. Mi primo y ella se habían querido, o mejor dicho, amado. Como sólo se ama una vez. Fue un malentendido el que los separó. O eso me dijo él a mí. A todos. Incluso a ella. Pero Marinette fue lista y dudó, de su palabra. Ella de verdad creyó que él le mentía.
Prometo nunca dudar de su inteligencia.
La sorpresa que mostró al verme en aquella fiesta, yo la pude asimilar. Me había preparado para ello. Para verla encontrarse con la realidad. Le había pedido a Claude algún tiempo para hablar con Marinette, para dejarle las cosas en claro: que lo nuestro no significó nada, que yo me olvidaría, que por mí debía estar tranquila, que yo no diría nada de nosotros. Todo eso ansiaba decirle.
Y se lo dije.
Recuerdo su rostro, iluminado malamente por una minúscula lámpara de escritorio. Recuerdo sus ojos, brillantes e inconmensurablemente tristes. Y recuerdo su cuerpo, enfundado en un vestido azul cobalto, a juego con su mirada. No hubo mujer más bella que ella, ese día. Ni para mí, lo habrá jamás.
Yo temblaba. Nunca he sido un hombre inseguro, y esa noche, no podía estar quieto. Yo también estaba triste. Yo también estaba muriendo.
Rompió a llorar, después de decirle que lo nuestro no existió jamás. Y yo quería morir, por haberla lastimado. Por estarme alejando.
- "El amor duele." - Le dije mirándola a los ojos, perdiéndome en ella. Era una mujer herida, pero en ese momento, no supe decir si era Adrien o era yo, quien la hería más. - "El amor escuece y pica, Marinette... arde. Lloras, tal vez porque "ella" te dice que no te quiere o quizá porque "él " te engañó con otra. Y a pesar que duele y que lastima, indefectiblemente volveremos a enamorarnos. Porque el amor no avisa, ni se decide. No te levantas un día con dinero en los bolsillos, con un título universitario en mano, y dices "oh, ya lo tengo todo, , así que este es un buen día para encontrar al amor de mi vida". No. No, Marinette. No hay un momento exacto para amar. Nos pilla. Nos atropella. Nos revuelca en el suelo y cuando abrimos los ojos..."- Marinette siempre pertenecerá a esa vida, en la cual yo conocía lo que era felicidad. Cuando sentía que yo podía tener todo, incluido un final feliz. -."..cuando abrimos los ojos, resulta que ahí está, que no había que buscar más. El amor ha llegado y nadie lo ha visto venir." -
Me acerqué aún más hacia a ella. Tenía que decirle tanto. No hubieron palabras para decir todo.
- "...Y ese amor puede venir del portero de tu edificio, o de tu mejor amigo, o del primo de tu ex, o ...de tu match del Tinder... "-
Marinette no sostuvo más la mirada y la bajó, derrotada, para observarse sus zapatos preciosos.
- "El amor duele, Marinette. Y me duele amarte a tí. Ahora mismo, me duele hacerlo". -
Su cuerpo dio un respingo, como si algo la hubiera atravesado. Y es que amarla, en aquella época, era tan complicado. Tan corrupto. Tan mal empezado. Marinette debía comprender, yo quería que lo hiciera. Ella volvió a verme, entonces, con dolor y desesperación, pero incluso así, ella logró contestar.
- "A mi también me duele hacerlo, Félix. Me duele... todo. Mucho más, me dueles tú." -
De repente, ella se lanzó hacia delante y me abrazó por el cuello, estrellando su cuerpo contra el mío. Hundió su cabeza en mi chaqueta, las medallas tintinearon y rompió a llorar, sin consuelo.
Yo la abracé, apoyé mi barbilla en su hombro, le acaricié la espalda y la apreté aún más hacia sí, en tanto ella, continuaba hipando y llorando. Francamente, desesperada.
- Yo no lo amo. - repetía sin cesar. - Ni un poquito. -
Pero si eso era así, ¿por qué estaba ella allí? ¿por qué se iba a casar? Ni por momento, pensé que todo lo que decía mi primo era una mentira. Me resultaba extraño.
- Marinette..- pensé en ese instante. - Entonces, ¿por que...-
Porque Adrien no había dicho la verdad. No a mí, al menos.
Amar es algo difícil.
Amargo. Y algunas veces, dulce. No pude decir nada más, porque ella me besó, con ímpetu y violencia. Me pillo desprevenido. Pero lo acepté de buen grado. Ella podía haberme pedido que me tirara por la ventana. Lo hubiera hecho sin duda. Ella era poderosa en mí. Una diosa. La mujer más fuerte del mundo. Aquella que me puede destruir. Si yo se lo hubiera dicho ese día, si yo hubiese sido el hombre valiente que mi madre crió, quizá tal vez no estaría donde estoy hoy. Sólo tenía que pedirme empezar de nuevo, desde cero, sin primos, sin aplicaciones en el móvil, sin recelos.
Si yo hubiese...
Pero no se lo dije.
No propuse nada.
En cambio, nos besamos sin pausa. Sin pensarlo. Dejamos que ganara el sexo antes que el amor. Sólo recuerdo rodar en el suelo junto con ella, envueltos en sedas y trajes. Algunas cosas puestas sobre una mesilla, cayeron haciendo estruendo, sin embargo, nadie vino a vernos. Nos seguimos comiendo a besos, a toda velocidad, sabiendo que eso tal vez sería lo último de nosotros, porque aquello no significaba nada más que una despedida. Un adiós placentero. Algo que ya habíamos tenido y que tendríamos de nuevo.
Mis manos bajaron, rozando sus costados, alcanzando el bajo de su vestido, se lo subí con prisa y le separé las piernas. Ella me seguía besando, acariciándome el pelo. Apenas le toqué con mis dedos por encima de sus bragas y ella gimió contra mi boca. Era un gemido sin pudor, como si nadie nos oyera. Afuera había una fiesta, y aquí adentro, había otra. Dejó de acariciarme el cabello para abrirme la cremallera del pantalón, luego aflojó la hebilla del cinturón y ante el contacto de sus dedos contra mi miembro, supe que estaba perdido.
No recuerdo bien cómo lo hicimos. Sólo sé que se lo hice muy duro y muy fuerte, gruñendo como un animal, mientras le lamía el rostro, saboreando sus lágrimas. Ante cada empujón, los pechos de Marinette se escapaban de su escote. Ella se aferró a mi cintura, insistiendo en nuestra unión. Y ya no lloraba. Tan sólo gemía, sonriente. Duramos muy poco. De repente, ella empezó a restregar sus caderas contra las mías y estiró su espalda hacia atrás, enseñándome los pezones, dejó caer los brazos por encima de su cabeza y así, abandonada bajo mi cuerpo, ella se corrió, impetuosa, lanzando un gemido ronco y largo. La seguí segundos después. Lo salado de sus lágrimas, lo caliente de su cuerpo, la humedad de su vientre, todo eso se mezcló en mis recuerdos.
Cuando volvimos a estar cuerdos, ya estábamos de pie, a varios metros de distancia. Me acerqué a ella, y usé mis dedos para alisarle el pelo. Marinette todavía respiraba rápido y todavía, estaba sensible, por lo que se sobresaltó ante mi presencia.
Le di un beso en la mejilla. Volví a arreglarle el pelo y a limpiarle, con mi pulgar, el lápiz labial que se había esparcido por su rostro.
- No me casaré con él. - susurró Marinette imperceptiblemente.
En realidad, ese ya no era el problema. Sino lo que implicaba que Adrien la amase y yo también. Y el haber empezado todo, en base al sexo fácil y superfluo. En la trifulca que Adrien armaría si yo me quedaba con ella. En lo que él haría si yo me quedase con ella. O si ella me eligiera a mí.
Decidí que el destino nuevamente, eligiera por mí.
Y vaya si eligió.
Sí, casi siempre yo me pierdo en estos recuerdos, como si hubiesen sucedido ayer o incluso hoy, hoy.
Lo que vino después, el huracán Tsurugi, fue el verdadero espectáculo de esa celebración. Ella fue la verdadera fiera de este zoológico. Lo que le hizo, o intentó hacerle a Marinette, fue imprevisible y sorpresivo. No llegó a mayores porque las separé a tiempo. Pero aún recuerdo el alboroto posterior. Los gritos de Adrien y la risa de Gabriel Agreste. El desmayo de mi madre ante una Nathalie Agreste imperturbable.
Tsurugi había sido invitada por el padre de Adrien.
Gabriel Agreste había movido su última ficha en el tablero, y directamente le dio jaque mate a su propio rebelde hijo.
Yo había salido al salón, llevando a Marinette del brazo. Pensé que nadie nos había visto pero Adrien estaba casi enfrente nuestro, y había visto de dónde salíamos. Intuyó qué habíamos hecho. Frunció el ceño.
- Adrien...- empezó a decir Marinette.
Lamentablemente, la última palabra la tendría el dragón. El taconeo de sus zapatos y sus horrorosos aplausos fueron las trompetas que anunciaban el apocalipsis. Nunca se vio ni se verá, tremendo suceso en la mansión Agreste.
Kagami Tsurugi se acercaba a nosotros, gritando sin sosiego cosas sin sentido. Ya decidida a ejecutar el movimiento final sobre el tablero.
Le dijo tantas cosas, no las recuerdo con claridad.
Todo sucedió en segundos. En instantes, nuestros futuros cambiaron para bien o mal. Supongo que para mal en mi caso. No sé el de ella. No lo sé.
Adrien quedó paralizado. No defendió a su chica. A ninguna de las dos.
Así era su amor.
Instantes después, Kagami aún seguía gritando, a pesar que la sujetaban entre madre se había desvanecido en brazos de Claude. Kagami había abofeteado a Marinette. Y ella, ya sea por inercia o por conciencia, le había respondido con un gancho de diestra que le encajó en su oriental mentón. Claude insistió después en que debí dejar que se pelearan. Imposible, no podría soportarlo. Aún sabiendo que Marinette le partió el labio a Tsurugi, en el segundo o tercer golpe.
A Marinette logré arrastrarla lejos, salvarla del monstruo. La puse de pie, la volví a guiar hacia fuera de la mansión. Después, subimos a un taxi y la llevé a su casa.
La novia no se comprometió con nadie esa noche. Ni con Adrien ni conmigo.
Ella sólo...lloraba. Marinette lloraba.
Y lloraba.
Continuó llorando durante todo el trayecto, cuando llegamos, era imposible que pudiese caminar. Ya se por los golpes o por la adrenalina, pero ella sencillamente no paraba de llorar. Quizás estuviera en un ataque de pánico. Daba igual. Yo la cargué las tres plantas sin ascensor. Sólo la hice descender un instante para abrir la puerta con su llave. La tumbé en el sofá. Yo me senté a su lado. La obligué a dejar su cabeza sobre mis piernas, mientras le arreglaba el cabello.
Ella repetía frases inconexas.
- Lo odio tanto. La odio tanto. Lo amé tanto...-
Y cosas por el estilo.
El amor escuece y pica, Marinette. Duele. Esa noche, ella lo aprendió definitivamente. Un amigo te traiciona y un amor te engaña. Pero siempre nos volvemos a enamorar. Siempre volvemos a caer. Estaba escrito en los cielos. Desde el día que uno nace, está condenado a este suplicio. Amar, odiar. Felicidad y tristeza. La ambivalencia de la vida. Oh, mi querida Marinette.
Amanecía cuando ella por fin se durmió. La oscuridad de la noche desaparecía, pero el sol no augura un buen final. Marinette hipaba y sollozaba, de vez en cuando. Su rostro llevaba alguna marca de lo que Kagami Tsurugi le había hecho. Una vez que cayó totalmente dormida, yo me puse de pie, con muchísimo cuidado. La cubrí con una manta de su habitación. Le di un beso en la frente. Y me dispuse a irme, para no volver jamás.
Y eso hice.
Adrien Agreste, desaliñado y malogrado, me esperaba afuera del edificio. En su rostro, pude ver ya, la conciencia de la verdad. Él sabía todo. Me planté con soberbia frente a él, lo miré lo más fríamente que pude, tal como los británicos lo hacemos, tal como me habían enseñado en el Internado.
- Yo la amo. - me dijo mi primo con la voz ronca. - ¡Cuánto la he querido! Lo he intentado. Y creo que, definitivamente, lo he estropeado todo, ¿verdad, Félix? ¿Tú crees que si yo subo, ella quiera hablar conmigo, crees tú...? -
- ¡Adrien!. - le dije, sujetándolo de los hombros, a punto de perder el control. - ¡Déjala en paz!. -
Y yo también, me dije internamente, y yo también debo dejarla en paz.
Adrien Agreste, mi primo, rompió a llorar. En el fondo, Adrien era sensible y amable, indeciso tal vez, o solamente era un hombre acaparador de cariño. Y lo que le dio Marinette, para él no fue suficiente. Él jamás dejó a Kagami Tsurugi, ni antes ni después de ese día. Adrien la había escogido hace mucho. Y Kagami lo había escogido a él. Porque así funciona el amor, a veces...inexplicablemente bien.
Segundos después, Adrien apoyó su cabeza en mi hombro y continuó lamentando su destino, lamentando el orden en el que las había conocido. Lamentando que yo la hubiera tenido.
Lo abracé, alejándonos del piso de Marinette. Esperé por otro taxi. Cuando se detuvo uno, hice subir a Adrien primero, le puse el cinturón. Lo miré a los ojos y le hice prometer otra vez, que no se acercaría a ella. Él asentía.
Él cumplió esa promesa.
Adrien Agreste y Kagami Tsurugi se casaron medio año después. Pero yo no asistí a su boda. Ni podía, ni quería tampoco.
Antes de yo subirme al taxi, me detuve un momento a observar el edificio. El portal, su timbre. Las ventanas de su piso. Imaginé la chimenea con las figuritas que ella coleccionaba. Supuse que más tarde, ella haría el café. Tal vez su padre, se pasase a verla por la tarde.
Bajé la cabeza y entendí, innegablemente, que no volvería jamás. Que esta historia terminaba así, de esta manera. En medio de lágrimas y de amor, ambos rodeados de recuerdos, de dolores, de heridas corruptas.
Amar es para valientes. Y ambos fuimos, infinitamente cobardes.
Dos días después, yo zarpaba desde Brighton hacia la Antártida, en mi última expedición.
Aún cuando buceo, los recuerdos me asaltan, bajo la inmensidad del mar, en el infinito verde del océano. Susurro su nombre. Y pienso en su amor, y sé que en el agua no se trasmite el sonido, no se oye mi voz. Y ahí, sumergido en el mar, ahí dejo su nombre, sus recuerdos.
- Te amo tanto, Marinette, ¡Cuánto te he querido! -
Fue el amor de mi vida.
Ella todavía lo es.
- Félix...- una suave voz, casi desconocida para mí, me atrae hacia el presente. Inhalo en profundidad. Emito un suspiro. Vuelvo al mundo exterior. Tal vez no debería hacerlo.
El característico olor del mar entra por mi nariz y me abre los pulmones.
Estoy en la playa, frente a un altar.
Una gaviota cruza el cielo.
Alguna nube se mueve debido al viento.
- Félix. - insiste aquella voz. - Te están preguntando a tí. -
De repente, sonrío sin razón ni motivo. Mi sonrisa es cálida y complaciente. He aprendido a dejarme llevar. A ser amable, como ella lo era. A ser cálido, como ella lo era.
- Lo siento, cariño. - le digo a aquella voz. Inmediatamente, me aclaro la garganta y recuerdo dónde estoy y lo que debo hacer. - Perdone, continúe por favor. -
Me sucede a veces, perderme en mis recuerdos, volver a ella, aunque sólo sea unos segundos. Paralizar este mundo cruel y volver a su cuerpo, a su presencia.
- Marinette, yo también te he amado. Lo sigo haciendo. Y duele tanto. Sigue doliendo. -
El celebrante también carraspea y chasquea la lengua, un poco aburrido, es evidente que no le gusta estar bajo el sol ni en contacto con la arena. Debe odiar la playa. El pobre hombre, regordete y con un traje apretado, coge aire, y luego emite mi sentencia de muerte.
Escucho como el mar, rompe en la orilla, gracias a una suave ola.
Una ráfaga de viento menea el cabello de la mujer al lado mío, rubio y dorado, algo ondulado, dócil y hermoso. No es negro, como el Marinette. Ni tiene el azul de sus ojos.
- Félix Fathom... - vuelve a decir el celebrante, con voz alta y pomposa. - ...¿Deseas contraer matrimonio con Zoe Lee Bourgeois para amarla y respetarla y serle fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de tu vida? -
Y en este momento, justo después de que digo "sí, acepto", sólo deseo que todo acabara ya, que esto terminase. Mi vida, mi vida entera. O este futuro. O el presente. Que alguien detenga el infierno. El meteorito que destruyó a los dinosaurios. La mujer que me destruyó a mí.
Porque si el fin del mundo es mañana, quiero que sea hoy, ahora, de inmediato.
El mar continúa inmenso, el sol se oculta en el horizonte.
La oscuridad de la noche. Lo absoluto de mi amor.
- Marinette. - me digo a mi mismo, en el abismo de mi mente. - Sálvame, cielo, por favor. -
Pero nadie contesta, sólo hay silencio en mi interior.
- ¡Que vivan los novios! - grita alguien, a lo lejos. - ¡Que vivan! -
Ella no viene a mi llamado.
La gente rompe a aplaudir.
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F
I
N
¿Puedo seguir viva? ¿alguien lee esto?
Si alguien me lee, debe saber q existirá un epílogo o varios, puesto que me he dejado varias cosas en el tintero (o en el archivo de mi ordenador) Además que este cap ha estado lleno de detalles. Buajajajjaa, escribir finales e slo primero que hago en un fic...el problema es publicar lo previo.
He tenido problemas con mi app de fanfiction así que escribir es todavía más difícil. Leer, peor. Espero que todavía alguien lea esto, pero gracias por todo.
No he visto el final de temporada, de hecho, no he visto la season 5. No hay interés. No spoilers tampoco, gracias.
Un fuerte abrazo!
Lordthunder 1000
GRACIAS POR LEER.
GRACIAS POR ESTAR AQUI.
GRACIAS.
