17. UNA PROPUESTA

El arma más sencilla que poseen los Fusionados contra nosotros no es en verdad un fabrial, sino un metal que es extremadamente ligero y capaz de resistir los ataques de una hoja esquirlada. Este metal también resiste el moldeado de almas e interfiere con un gran número de poderes Radiantes.

Por suerte, los Fusionados no parecen poder producirlo en grandes cantidades, dado que se equipan solo ellos mismos y no a sus soldados ordinarios con estas maravillas.

Lección sobre mecánica de fabriales impartida por Echo Griffin a la coalición de monarcas, Urithiru, jesevan de 1175

Echo había visto a Lexa y Bellamy invocar el mapa decenas de veces, pero, al igual que con la capacidad de Bellamy de recargar esferas, tenía la impresión de que aún podía aprender más sobre ese poder mediante una observación cuidadosa. Primero Lexa exhaló y su luz tormentosa se expandió hacia fuera formando un disco. Bellamy sopló también su propia luz tormentosa, que se fundió con la de Lexa formando una espiral en la superficie, como un remolino. Las dos láminas de humo luminiscente rodaron y se extendieron hacia fuera, lisas y redondas, hasta llenar la cámara a la altura de la cintura. De algún modo, el tejido de luz de Lexa se mezclaba con la Conexión con el terreno de Bellamy para crear aquella imponente representación de Roshar. El Padre Tormenta había insinuado que Bellamy, como Forjador de Vínculos, podía hacer maravillas parecidas con otras órdenes de Caballeros Radiantes, pero de momento sus experimentos no habían dado ningún fruto. La repentina aparición del mapa hizo que el Visón se alejara espantado. Había llegado a la puerta en una fracción de segundo y ya la tenía entreabierta, preparado para huir. Sí que era bastante paranoico, ¿verdad?

Echo se concentró en el mapa, con la pluma lista. ¿Alcanzaba a sentir algo? ¿Shadesmar, quizá? No… Era otra cosa. La sensación de volar, de alzarse sobre un océano tempestuoso. Libre. Onírica. La luz tormentosa pareció volverse sólida, adoptando de sopetón la forma de un mapa del continente como si se viera desde muy arriba. Reproducía con todo lujo de colores las montañas y los valles, con exacto detalle topográfico, a escala.

Los ojos del Visón se pusieron como platos y los asombrospren estallaron encima de él en un anillo de humo. Echo comprendía la emoción. Ver trabajar a los Radiantes era como experimentar la intensidad del sol o la majestuosidad de una montaña. Sí, para ella se iba haciendo cotidiano, pero dudaba mucho que algún día llegara a considerarlo ordinario. El Visón cerró la puerta con un chasquido y se aproximó con el brazo extendido para meter una mano en la ilusión. Una pequeña parte de ella fluctuó convertida en arremolinada luz tormentosa. El Visón ladeó la cabeza y fue hasta el centro del mapa, que se distorsionó a su alrededor, pero luego recobró el enfoque de golpe cuando se quedó quieto.

—Por el poderoso aliento de Kalak —dijo el herdaziano, inclinándose para inspeccionar una montaña en miniatura—. Esto es increíble.

—Son los poderes combinados de una Tejedora de Luz y un Forjador de Vínculos —explicó Bellamy—. No es una imagen del mundo tal y como existe en este momento, por desgracia. Solo actualizamos el mapa cada pocos días, cuando pasa la alta tormenta. Eso limita nuestra capacidad de hacer conteos de tropas enemigas, ya que tienden a resguardarse en edificios.

—¿El mapa es así de detallado? —preguntó el Visón—. ¿Podéis ver a individuos sueltos?

Bellamy hizo un gesto y una porción del mapa se expandió. Los confines más remotos desaparecieron cuando aquella parte concreta fue ganando más y más detalle, enfocando Azimir. La capital azishiana se amplió de un puntito a una ciudad cada vez más reconocible, hasta detenerse en el límite de aumento que tenía el mapa: una escala a la que los edificios tenían el tamaño de esferas y las personas eran motas de polvo. Bellamy devolvió el mapa a su tamaño completo y miró a Lexa. Ella asintió y entonces por encima de algunos sectores del mapa empezaron a aparecer números flotando en el aire, arremolinados y hechos de luz tormentosa, acompañados de glifos que los hombres podían interpretar.

—Estas son nuestras mejores estimaciones de tropas —dijo Bellamy—. Las cuentas de cantores van en dorado y las nuestras, que por supuesto son más exactas, en el color del ejército en cuestión. Divididos por sus glifos correspondientes tienes a los soldados de a pie, la infantería pesada, los arqueros y la escasa caballería que podríamos desplegar en cada zona.

El Visón siguió recorriendo el mapa y Echo no apartó la mirada de él, más interesada en el hombre que en los números. El Visón se tomó su tiempo e inspeccionó cada región de Roshar y sus concentraciones de tropas. Mientras lo hacía, se abrió la puerta. La hija de Echo, su majestad la reina Anya Griffin de Alezkar, había llegado. Llevaba a cuatro guardias. Anya jamás iba sola, aunque era más capaz con sus poderes que ningún otro Radiante. Dejó a sus guardias fuera de la puerta y entró seguida solo por un hombre: el Sagaz de la Reina, larguirucho, con el pelo negro como el carbón y la cara angulosa. Era el mismo Sagaz que había servido a Finn, por lo que Echo lo conocía desde hacía años. Sin embargo, estaba… distinto. Echo lo había visto susurrar en tono conspirador con Anya durante las reuniones. El hombre se dirigía a Echo —y a todo el mundo— como si fuesen íntimos. Aquel Sagaz tenía un aire misterioso en el que Echo nunca se había fijado durante el reinado de Finn. Quizá se amoldara al monarca al que servía. Iba justo detrás de Anya, siguiéndole el paso, con su espada en una vaina plateada al cinto y los labios combados en una levísima sonrisa. La clase de sonrisa que llevaba a pensar que estaba planteándose un chiste a costa de ella que nadie más había tenido la decencia de contarle a la cara.

—Veo que ya tenemos nuestro mapa —dijo Anya—. Y a nuestro nuevo general.

—En efecto —respondió el Visón, que estaba leyendo las cifras de tropas que flotaban sobre Azir.

—¿Opiniones? —preguntó Anya, siempre práctica.

El Visón siguió inspeccionando el mapa. Echo intentó adivinar las conclusiones a las que llegaría. La guerra estaba desarrollándose en dos frentes principales. En Makabak, la región que comprendía Azir y los numerosos y pequeños reinos de su alrededor, las fuerzas de la coalición seguían combatiendo a los cantores por una región concreta, el reino de Emul. La interminable sucesión de conflictos era tan solo la más reciente en una serie de guerras que habían dejado el reino, otrora orgulloso, asolado por la contienda y destrozado. De momento, ningún bando tenía la ventaja. Los ejércitos azishianos, con la ayuda de los estrategas alezi, habían reconquistado terrenos en el norte de Emul. Sin embargo, no se atrevían a avanzar demasiado, ya que podría entrar en liza la fuerza impredecible de la zona si llegaban al sur. Enclavado tras las tropas de Odium estaba el ejército de Tezim, el dios-sacerdote. Un hombre que habían descubierto que era Nia, el antiguo Heraldo, que había enloquecido. Tezim había estado tranquilo últimamente, por desgracia. Bellamy había esperado que se abalanzara contra la retaguardia de los cantores y los obligara a combatir presionados entre dos ejércitos. Pero tal y como estaban las cosas, la brutal pelea en Emul seguía empatada. La coalición podía suministrar con facilidad a sus tropas mediante la Puerta Jurada al norte y los barcos thayleños por el sur. El enemigo contaba con enormes cantidades de antiguos parshmenios y tenía acceso a más tropas de guerrilla que la coalición, Fusionados en su caso. El Visón absorbió los detalles de aquel frente, estudiando las cifras de transportes marítimos y de la armada con interés.

—¿Controláis todas las Profundidades Meridionales? —preguntó.

—El enemigo tiene una armada, la que robó en Thaylenah —dijo Anya—. Nosotros contamos solo con los barcos que hemos logrado construir desde entonces y con los que escaparon a ese destino. Por lo tanto, nuestro dominio continuado no es seguro. Pero tras una victoria singular de la armada de Fen hace cuatro meses, el enemigo replegó sus naves a aguas iriali, lejos al noroeste. En la actualidad, parecen satisfechos de controlar los mares septentrionales y dejarnos dominar el sur.

El Visón asintió con la cabeza y se desplazó hacia el este para estudiar el segundo frente de la guerra: la frontera entre Alezkar y Jah Keved. Allí, la tierra natal capturada de Echo se había convertido en un acantonamiento seguro para el enemigo, que combatía a las fuerzas de la coalición dirigidas por Gustus y Bellamy. El combate en ese frente se reducía sobre todo a escaramuzas en la frontera. Hasta la fecha, los Fusionados se habían negado a dejarse atrapar en batallas tradicionales a gran escala, y además buena parte de la frontera entre Alezkar y Jah Keved era terreno difícil, lo que facilitaba que unidades itinerantes de ambos bandos hicieran incursiones de saqueo y luego se esfumaran. Bellamy opinaba que la coalición debería hacer pronto una gran ofensiva. Echo estaba de acuerdo. La naturaleza prolongada de aquella guerra beneficiaba al enemigo. La cantidad de Radiantes de la coalición crecía despacio en los últimos tiempos, sobre todo debido a que los honorspren se resistían a darles su apoyo. Sin embargo, los cantores enemigos, al principio sin entrenar, iban convirtiéndose en mejores tropas a cada día que pasaba, y seguían apareciendo más y más Fusionados. Bellamy quería atacar Alezkar y tomar la capital. El Visón recorrió los montes ilusorios de la frontera alezi. Por el momento, aparte de las incursiones, Bellamy se había concentrado en tomar el control del extremo sudoccidental de Alezkar, la costa del mar de Tarat, para reforzar la superioridad naval de la coalición en el sur. La cercanía a Jah Keved y a la Puerta Jurada de Vedenar les permitía desplegar tropas allí y suministrarlas con rapidez. Era la única parte de Alezkar que habían reconquistado de momento. Y estaba muy muy lejos de la capital, Kholinar. Había que hacer algo. Cada día que la tierra natal de Echo siguiera en manos enemigas era otro día en que su pueblo seguía derrotado, controlado. Otro día para que el enemigo se atrincherara más allí, alimentando sus ejércitos con el sudor de los granjeros alezi. Era un dolor profundo, inexorable, pensar en Alezkar y saber que eran a grandes rasgos un pueblo en el exilio, allí en Urithiru. Habían perdido su nación, y Echo sabía que Bellamy se culpaba de ello. Creía que, si hubiera sido capaz de aplastar a los pendencieros altos príncipes y terminar la guerra en las Llanuras Quebradas, Alezkar no habría caído.

—Sí… —murmuró el Visón. Miró con ojos entornados los números de las tropas alezi en la costa meridional de Alezkar y luego volvió a los ejércitos veden desplegados en la frontera—. Sí. Decidme, ¿por qué me enseñáis esto? Esta información es valiosa. Sois rápidos en confiar en mí.

—No tenemos mucha elección —dijo Anya, haciendo que el hombre se girara hacia ella—. ¿Estás al tanto de la historia reciente de Alezkar y Jah Keved, general?

—He tenido mis propios problemas —respondió él—, pero sí. Guerra civil en ambos países.

—Lo nuestro no fue una guerra civil —terció Bellamy.

Aquello era discutible. La rivalidad con Sadeas, la competencia en las Llanuras Quebradas, la eventual traición de Amaram…

—Lo llamemos como lo llamemos —dijo Anya—, los últimos años han sido dolorosos para nuestros dos reinos. Jah Keved perdió a casi toda su familia real, y a la mayoría de sus mejores generales, tras el asesinato de su rey. Y a nosotros no nos ha ido mucho mejor. Nuestros cuadros de mando han sido destrozados varias veces.

—Vamos escasos de efectivos —dijo Bellamy—. Muchos de nuestros mejores generales de campo hacen falta en Azir. Cuando me enteré de que era posible rescatar al hombre que contuvo él solo la invasión cantora durante un año…

Bellamy avanzó con paso firme hasta el centro de la ilusión, que reaccionó a él con sutiles diferencias respecto a los demás. El color también se arremolinó a su alrededor, pero los hilos de luz tormentosa se estiraban para conectarse a él. Como brazos de suplicantes extendidos hacia su rey.

—Quiero saber lo que ves tú —dijo Bellamy, abarcando el mapa entero con un gesto—. Quiero que analices lo que estamos haciendo. Quiero tu ayuda. A cambio, utilizaremos nuestras fuerzas para reconquistar Herdaz. Ayúdame a recuperar Alezkar y no escatimaré esfuerzos en liberar a tu pueblo.

—Tener al Espina Negra de mi lado sí que sería toda una novedad —repuso el Visón—. Pero antes de hacer ninguna promesa, necesito saber por qué tenéis tantas tropas apostadas aquí, aquí y aquí —dijo, señalando varias fortificaciones en la frontera sur de Alezkar, cerca del océano.

—Necesitamos defender los puertos —respondió Bellamy.

—Mmm. Ya, y supongo que esa excusa funciona con los otros miembros de tu coalición, ¿no?

Bellamy apretó los labios y lanzó una mirada a Anya. Detrás de ella, Sagaz enarcó las cejas y se apoyó en la pared del fondo. Solía mantenerse callado en las reuniones, cosa rara en él, pero podían leerse parrafadas burlonas enteras en sus expresiones.

—Las concentraciones enemigas están aquí, al otro lado del río —dijo el Visón, señalando—. Si de verdad te preocuparan solo ellas, fortificarías justo enfrente para impedir que ataquen cuando el río se seca entre tormentas. Pero no lo haces. Qué curioso. Por supuesto, de ese modo quedarías expuesto por detrás. Es casi como si no confiaras en quien te vigila las espaldas…

El hombre, mucho más bajito, miró a los ojos a Bellamy y dejó las palabras flotando en el aire. Sagaz carraspeó tapándose la boca con la mano.

—Creo que Gustus trabaja para el enemigo —dijo Bellamy, y suspiró—. Hace un año, alguien dejó entrar a tropas enemigas para atacar Urithiru y, a pesar de unas excusas y evasiones que han convencido a los demás, estoy seguro de que fue la Radiante de Gustus quien lo hizo.

—Es peligroso librar una guerra cuando tu aliado más fuerte es también tu mayor temor —dijo el Visón—. ¿Y qué es eso de Radiantes en el bando opuesto? ¿Cómo puede ser?

—No serían los únicos, por desgracia —respondió Anya—. Hemos perdido una orden entera, los Rompedores del Cielo, que ahora combaten para el enemigo. Se han dedicado a hostigar el reino de Azir, lo que nos fuerza a seguir desplegando tropas en la región. Y los Portadores del Polvo siguen coqueteando con la rebelión y tienden a desobedecer las órdenes de Bellamy.

—Preocupante —dijo el Visón. Subió por la frontera de Alezkar, pasando junto a Anya—. También acumuláis fuerzas aquí. Queréis internaros en vuestra tierra natal, ¿verdad? Pretendéis reconquistar Kholinar.

—Postergar esa acción hará que perdamos la guerra —dijo Echo—. El enemigo gana fuerza a cada día que pasa.

—Coincido con esa valoración —afirmó el Visón—. Pero ¿atacar Alezkar?

—Queremos hacer una ofensiva poderosa y a gran escala —explicó Bellamy—. Intentamos que los otros monarcas comprendan lo crucial que es.

—Ah… —dijo el Visón—. Claro, y un general de fuera que lo vea con ojos frescos sería persuasivo para ellos, ¿verdad?

—En eso confiamos —respondió Bellamy.

—Y aun así, no has podido resistirte a intentar predisponerme, ¿eh? Has querido enseñarme esto enseguida, ponerme de tu parte desde el principio. ¿Para no arriesgarte a que haya sorpresas?

—Ya hemos tenido… bastantes sorpresas cayéndonos del cielo durante las reuniones de monarcas —dijo Echo.

—Supongo que no os lo puedo reprochar —dijo el Visón—. No, nada de reproches. Pero sigue habiendo una pregunta. ¿Qué queréis de mí los Griffin? ¿Preferís que refuerce lo que ya queréis creer o buscáis la verdad?

—Yo siempre quiero la verdad —respondió Bellamy—. Y si has oído hablar de mi sobrina, sabrás que no tiene el menor reparo en pronunciar la verdad tal y como ella la ve. Sean cuales sean las consecuencias.

—Sí —dijo el Visón mirando a Anya—. Conozco vuestra reputación, majestad. Y en lo que respecta al Espina Negra… hace dos años no me habría creído ni una palabra tuya. —Levantó un dedo—. Pero mi sobrina me leyó tu libro. Entero, sí. Fue difícil, pero nos hicimos con un ejemplar y lo escuché con gran interés. No confío en el Espina Negra, pero quizá pueda confiar en el hombre que estuvo dispuesto a escribir lo que tú escribiste.

El Visón observó a Bellamy, como evaluándolo. Al cabo de un momento, se volvió y cruzó el mapa.

—Quizá pueda ayudaros a resolver este embrollo. No debéis atacar Alezkar.

—Pero… —empezó a objetar Bellamy.

—Coincido en que debéis hacer una ofensiva —lo interrumpió el Visón—. Pero si Gustus no es de fiar, lanzar ahora una expedición al interior de Alezkar expondría vuestras fuerzas a una catástrofe. Incluso sin el peligro de una traición, el enemigo es demasiado fuerte en esa zona. Llevo un tiempo combatiéndolos y puedo aseguraros que están bien asentados en vuestro país. No los expulsaremos fácilmente, y lo que es seguro es que no podremos hacerlo mientras libramos una guerra en dos frentes. —El Visón se detuvo en Azir y señaló hacia los combates de Emul.

»Aquí tenéis al enemigo atrapado entre vosotros y una fuerza rival. Utilizan a esos Rompedores del Cielo para distraeros y que no os fijéis en lo expuestos que están aquí. Vuestro adversario no tiene acceso al mar y sí unos problemas de suministro muy graves, aislado de sus aliados en Iri y Alezkar. ¿Queréis una gran ofensiva que tenga posibilidad de éxito? Reconquistad Emul y expulsad a los Portadores del Vacío… perdón, a los cantores, de Makabak.

»Ahora debéis afianzar, concentraros en los puntos donde el enemigo es más débil. Lo que no debéis hacer es estampar vuestros ejércitos contra la posición enemiga más fortificada de todas, en un esfuerzo temerario por reparar vuestro orgullo alezi herido. Esa es la verdad.

Echo miró a Bellamy y se disgustó al ver cómo lo desinflaban aquellas palabras, cómo se le encorvaban los hombros. Bellamy se moría por liberar su tierra natal. Ella no era un prodigio de la estrategia como Bellamy. No habría puesto objeciones si él insistiera en que liberar Alezkar era la jugada correcta. Pero la forma en que reaccionó, agachando la cabeza mientras el Visón hablaba, reveló a Echo que Bellamy sabía que el general tenía razón. Tal vez Bellamy ya lo supiera de antes. Quizá solo necesitara oírselo decir a otra persona.

—Te proporcionaremos informes más detallados —dijo Anya—, para que compruebes si los hechos apoyan tus instintos, Visón.

—Sí, sería lo más prudente —repuso él—. Muchas cámaras cerradas a cal y canto revelan una ruta de huida oculta, al fin y al cabo.

—Clarke, ¿me haces el favor? —preguntó Anya—. Sí, y tú también, Lexa. Llevad a nuestro invitado a las salas de informes militares y proporcionadle acceso a nuestras escribas y a todos los mapas de nuestro archivo. Teshav debería poder proveerlo de las cifras exactas y los datos de batalla más recientes. Estúdialo todo muy bien, Visón. Nos reuniremos con los monarcas dentro de unas semanas para debatir nuestra próxima gran ofensiva, y querría tener un plan preparado.

El Visón se inclinó ante Anya y se retiró acompañado de Clarke y Lexa. Cuando se hubieron marchado y el mapa se desintegró por la ausencia de Lexa, Anya experimentó un cambio sutil. Su rostro dejó de ser una máscara tan cerrada. Su paso ya no era tan majestuoso cuando fue a sentarse a la pequeña mesa que había en la sala. Aquella era la mujer quitándose la corona, ya solo en compañía de su familia.

«De su familia y de Sagaz», pensó Echo mientras el hombre larguirucho, vestido todo de negro, cruzaba la cámara para traer el vino. Echo no sabía si los rumores sobre ellos dos eran ciertos o no, y la incomodaba la idea de preguntar. Era raro que una madre fuese tan reacia a charlar con su hija de asuntos íntimos. Pero… en fin, así era Anya.

—Ya me temía esto —dijo Bellamy, sentándose a la mesa delante de Anya—. Tengo que convencerlo de que el frente debe avanzar hacia Alezkar.

—Tío, ¿vas a ponerte tozudo con esto? —replicó Anya.

—Puede.

—Se ha dado cuenta casi al instante —dijo Anya—. Por tanto, Gustus debe de saber que no confiamos en él. No podemos atacar en Alezkar ahora mismo. A mí me duele tanto como a ti, pero…

—Lo sé —admitió Bellamy mientras Echo se sentaba a su lado y le ponía la mano en el hombro—. Pero tengo un presentimiento espantoso, Anya. Me susurra que no hay forma de ganar esta guerra, no contra un enemigo inmortal. Me preocupa perder, pero hay otra cosa que me preocupa aún más. ¿Qué haremos si los expulsamos de Azir y ellos aceptan detener las hostilidades? ¿Renunciaríamos a Alezkar, si eso significara el final de la guerra?

—No lo sé —respondió Anya—. Estamos poniendo a nuestros chulls a trabajar antes de haberlos comprado. No sabemos si un acuerdo como el que sugieres sería posible siquiera.

—No lo sería —intervino Sagaz.

Echo frunció el ceño y miró al hombre, que estaba dando un sorbito a su copa de vino. Se acercó y entregó una copa a Anya con gesto distraído antes de esconder de nuevo aquella nariz picuda en la suya.

—Sagaz —dijo Bellamy—, ¿esta es otra de tus bromas?

—Odium es un remate, Bellamy, pero no el de ningún chiste que te hayan contado. —Sagaz se sentó con ellos a la mesa sin pedir permiso. Siempre actuaba como si cenar con reyes y reinas fuese su estado natural—. Odium no va a ceder. No se conformará con nada que no sea nuestra sumisión absoluta, quizá nuestra destrucción.

Bellamy frunció el ceño y miró a Echo. Ella se encogió de hombros. Sagaz solía expresarse de ese modo, como si supiera cosas que no debería. No tenían forma de saber si fingía o hablaba con fundamento, pero presionarlo solía llevar únicamente a que te dejara en ridículo. Bellamy tuvo el acierto de quedarse callado, meditando sobre la información recibida.

—Una ofensiva potente en Emul —dijo Anya, pensativa—. Podría haber una gema corazón en el centro de ese monstruo, Bellamy. Una Makabak estable reforzaría nuestra coalición. Una victoria clara y poderosa levantaría la moral y motivaría a nuestros aliados.

—Tiene sentido —reconoció Bellamy a regañadientes.

—Y hay más —dijo Anya—. Un motivo por el que nos interesa tener asegurados Azir y los países de su entorno en los meses venideros.

—¿Qué motivo? —preguntó Bellamy—. ¿De qué estás hablando?

Anya miró a Sagaz, que asintió y se levantó.

—Voy a traerlos. No dejes a nadie en ridículo mientras no estoy, brillante, o harás que me sienta improductivo.

Salió por la puerta.

—Hará venir a los Heraldos —explicó Anya—. Hasta que vuelva, podríamos hablar de la propuesta que te hice antes de que partieras hacia Piedralar, tío.

«Ay, madre —pensó Echo—. Allá vamos.» Anya había estado presionando en favor de una ley muy particular para Alezkar. Una ley peligrosa.

Bellamy se levantó y empezó a dar vueltas por la sala. No era buena señal.

—No es el momento, Anya. No podemos provocar una agitación social de esa magnitud en un momento tan terrible de nuestra historia.

—Y lo dice el hombre que ha escrito un libro este mismo año, poniendo patas arriba unas normas de género que llevaban siglos vigentes.

Bellamy hizo una mueca.

—Madre —dijo Anya a Echo—, ¿no me prometiste que hablarías con él?

—No he encontrado el momento —dijo Echo—. Y además… si te soy sincera, a mí también me preocupa.

—Lo prohíbo —sentenció Bellamy—. No puedes liberar a todos los esclavos alezi sin más. Provocaría un caos masivo.

—No era consciente —replicó Anya— de que pudieras prohibir a la reina que actúe.

—Lo has llamado una propuesta —dijo Bellamy.

—Porque aún no tengo pulido el texto definitivo —respondió Anya—. Tengo intención de planteárselo en breve a los altos príncipes para ver cómo reaccionan. Tendré en cuenta sus preocupaciones en la medida de lo posible antes de convertirlo en ley. Pero que vaya a legislar en este sentido, sin embargo, no es una cuestión que pretenda debatir.

Bellamy siguió caminando por la sala.

—No encuentro ningún buen juicio en esto, Anya. El caos que provocará…

—Nuestras vidas ya son un caos —dijo Anya—. Este es precisamente el momento de hacer grandes cambios, cuando la gente ya está adaptándose a una nueva forma de vida. Los datos históricos apoyan esta afirmación.

—Pero ¿por qué? —preguntó Bellamy—. Tú siempre eres pragmática. Esto parece justo lo contrario.

—Opto por el curso de acción que haga el mayor bien posible a la mayor cantidad de gente posible. Eso cuadra a la perfección con mi filosofía moral.

Bellamy dejó de andar y se frotó la frente. Miró a Echo como diciendo: «¿Tú puedes hacer algo?».

—¿Qué creías que iba a pasar cuando la pusiste en el trono? —preguntó Echo.

—Que mantendría a raya a los ojos claros —dijo él—. Y suponía que no se dejaría mangonear por sus maquinaciones.

—Eso es justo lo que estoy haciendo —afirmó Anya—. Aunque lamento verme obligada a incluirte en ese grupo, tío. Es bueno que te opongas a mí. Y te animo a hacerlo en público. Demasiada gente interpretaba que Finn hincaba la rodilla ante ti, y aquel feo asunto del «Alto Rey» todavía deja un tufillo desagradable. Al mostrar que no estamos unidos en esto, reforzamos mi posición y demostramos que no soy un títere del Espina Negra.

—Preferiría que fueses más despacio —dijo Bellamy—. No me opongo por completo a la teoría de lo que estás haciendo. Muestra compasión. Pero…

—Si vamos más despacio —interrumpió Anya—, el pasado nos alcanzará. La historia funciona así, devorando siempre el presente. —Sonrió con cariño a Bellamy—. Respeto y admiro tu fuerza, tío. Siempre lo he hecho. Pero de vez en cuando, también creo que hay que recordarte que no todos ven el mundo igual que tú.

—Sería mejor para todos que lo hicieran —gruñó él—. Ojalá el mundo dejara de desmadrarse cada vez que miro hacia otro lado.

Se sirvió una copa de la jarra de vino. Naranja, por supuesto.

—¿Eso incluiría a los fervorosos, hija? —preguntó Echo.

—Son esclavos, ¿no?

—Sobre el papel, sí. Pero hay quienes podrían decir que con esto estás tomándote la revancha contra la iglesia —advirtió Echo.

—¿Impidiendo que los fervorosos se consideren propiedades? —preguntó Anya, divertida—. Bueno, supongo que sí que habrá quienes lo digan. Verán un ataque en cualquier cosa que haga. Pero resulta que esto los beneficia. Al liberar a los fervorosos, me arriesgo a permitir que la iglesia vuelva a convertirse en un poder político en el mundo.

—¿Y… eso no te preocupa? —preguntó Echo. A veces, comprender las motivaciones de aquella mujer, que afirmaba que siempre eran sencillísimas, era como intentar leer el canto del alba.

—Pues claro que me preocupa —dijo Anya—. Pero prefiero que los fervorosos vuelvan a tener una participación activa en política que las cortinas de humo y las tramas entre bastidores que usan ahora. Eso les permitirá amasar más poder, sí, pero también expondrá sus actos a un mayor escrutinio público.

Anya golpeteó la mesa con una uña de su mano libre. Llevaba la mano segura envuelta en una manga, con visible decoro, aunque Echo sabía que Anya tenía en poca estima las convenciones sociales. Pero las respetaba de todos modos. Maquillaje inmaculado. Cabello en trenzas. Una havah bella, majestuosa.

—Esto será por el bien de Alezkar a largo plazo —afirmó Anya—. En términos económicos y morales. Las objeciones de tío Bellamy son valiosas. Les prestaré atención y pensaré en cómo responder a tales desafíos, porque…

Dejó la frase en el aire cuando Sagaz regresó acompañado de dos individuos. La primera era una hermosa joven de largo cabello negro, de etnia makabaki aunque sus ojos y algunos otros rasgos parecieran shin. El otro era un hombre alto y estoico, también makabaki. Era fuerte, de complexión poderosa y con un cierto aire regio, al menos hasta que una se fijaba en la expresión distante de sus ojos y lo oía bisbisear para sus adentros. La mujer tuvo que hacerlo pasar a la cámara, como si fuera simple de mente. A primera vista, nadie habría dicho que aquellos dos fuesen seres antiquísimos, anteriores a la historia registrada. Shalash y Talenelat, Heraldos, inmortales con docenas de vidas a sus espaldas, adorados como dioses en muchas creencias y como semidioses en la religión de la propia Echo. Por desgracia, ambos estaban locos. La mujer por lo menos podía funcionar. Pero el hombre… Echo nunca le había oído pronunciar más que balbuceos. Sagaz los trataba con una reverencia que Echo nunca habría esperado de él. Cerró la puerta después de que entraran y les indicó por señas que se sentaran a la mesa. Shalash, o Ash, como prefería que la llamaran, llevó a Talenelat a su asiento, pero ella se quedó de pie. Echo se sentía muy incómoda en su presencia. Llevaba toda la vida quemando glifoguardas para hablar con ellos, suplicando la ayuda de aquellos dos al Todopoderoso. Usaba sus nombres para hacer votos, los recordaba en sus rezos diarios. Anya había renunciado a su fe, y Bellamy… Echo no estaba segura ya de en qué creía Bellamy. Era complicado. Pero Echo mantenía sus esperanzas en los Heraldos y el Todopoderoso. Confiaba en que tuvieran planes que los meros mortales no eran capaces de comprender. Ver a aquellos dos en ese estado… la sacudía hasta lo más profundo de su ser. Seguro que aquello formaba parte de lo que el Todopoderoso quería que ocurriera. Seguro que había un motivo para todo. ¿Verdad?

—Marchando dos dioses —dijo Sagaz.

—Ash —dijo Anya—, durante nuestra última conversación estabas contándome lo que sabías sobre las capacidades de mi tío. Sobre los poderes de un Forjador de Vínculos.

—Te dije —restalló la mujer— que no sé nada.

Por la gentileza con la que trataba a Taln, nadie habría esperado que usara un tono tan tenso. Echo, muy a su pesar, había llegado a aceptarlo como habitual.

—Lo que me dijiste era útil —insistió Anya—. ¿Tendrías la amabilidad de repetirlo?

Bellamy se acercó, curioso. Anya mantenía reuniones semanales con los Heraldos en las que intentaba sonsacarles todo conocimiento histórico que pudieran albergar sus mentes. Había afirmado que dichas reuniones solían ser infructuosas, pero Echo sabía que debía aferrarse a la palabra «solían» en boca de Anya. La reina era capaz de ocultar mucho en los espacios de entre sus letras. Ash dio un profundo suspiro y echó a andar. No con la actitud pensativa que había mostrado Bellamy, sino con pasos que recordaban a los de un animal enjaulado.

—Yo no sabía nada sobre lo que hacían los Forjadores de Vínculos. Eso siempre fue el territorio de Nia. Mi madre sí que hablaba a veces con él sobre las complejidades de la Teoría Realmática, pero a mí me traía sin cuidado. ¿Por qué iba a importarme? Nia lo tenía controlado.

—Ella forjó el Juramento —dijo Anya—. La… atadura que os hizo inmortales y atrapó a los Portadores del Vacío en otro dominio de la realidad.

—Braize no es otro dominio de la realidad —replicó Ash—. Es un planeta. Se ve en el cielo, igual que Ashyn, al que vosotros llamáis los Salones Tranquilos. Pero sí, el Juramento fue cosa de ella. Los demás nos apuntamos y ya está.

La mujer se encogió de hombros. Anya asintió, sin dar señales de enfado.

—Pero ¿el Juramento ya no funciona?

—Está roto —respondió Ash—. Acabado, destrozado, vencido. Mataron a mi madre hace un año. Para siempre, de algún modo. Todos sentimos cómo ocurría. —Clavó la mirada en Echo, como si distinguiera la reverencia en sus ojos, y las siguientes palabras que pronunció sonaron burlonas—. Ahora ya no podemos hacer nada por vosotros. Ya no existe el Juramento.

—¿Y crees que Bellamy, como Forjador de Vínculos, podría repararlo o repetirlo? —preguntó Anya—. ¿Encerrar al enemigo?

—¿Quién sabe? —dijo Ash—. No funciona para vosotros igual que lo hacía para nosotros, cuando teníamos nuestras espadas. Vosotros estáis limitados, pero a veces hacéis cosas que nosotros no podíamos. En todo caso, yo nunca he sabido mucho de estos asuntos.

—Pero hay quienes sí saben, ¿verdad? —preguntó Anya—. ¿Un grupo de personas que tienen práctica con la potenciación? ¿Que han experimentado con ella, que saben sobre los poderes de Bellamy?

—Ajá —dijo Ash.

—Los shin —intervino Echo, comprendiendo a qué se refería Anya—. Poseen las hojas de Honor. Octavia dice que entrenaban con ellas, que conocían sus capacidades.

—Todos los exploradores que enviamos a Shinovar desaparecen —dijo Bellamy—. Los Corredores del Viento que hacen pasadas informan de lluvias de flechas. Los shin no quieren tener nada que ver con nosotros.

—Por ahora —apostilló Anya, mirando a Ash—. ¿Verdad?

—Son… impredecibles —dijo la Heraldo—. Al final, terminé dejándolos atrás. Intentaron matarme, pero eso aún podía aceptarlo. Fue cuando empezaron a adorarme… —Ash se cruzó de brazos, apretando—. Tenían leyendas… profecías sobre el advenimiento de este Retorno. Yo no creía que fuese a suceder jamás. No quería creerlo.

—Necesitamos estabilizar Makabak, tío —dijo Anya—. Porque en algún momento tendremos que tratar con los shin. Y como mínimo, querremos averiguar lo que saben sobre los Forjadores de Vínculos a partir de los siglos que han pasado empuñando una hoja de Honor y experimentando con poderes como los tuyos.

Bellamy se volvió hacia Echo. Ella asintió. Aquello era importante. Si lograban hallar la manera de encerrar de nuevo a los Fusionados… vaya, podría significar el final de la guerra.

—Es una idea interesante —dijo Bellamy.

—Estupendo —zanjó Anya—. Si terminamos desplegando una gran ofensiva en Emul, asistiré en persona y me uniré a ella.

—¿Ah, sí? —dijo Bellamy—. ¿Y en qué medida pretendes… participar en el desarrollo de la guerra?

—Tanto como parezca apropiado.

Bellamy suspiró, y Echo sabía lo que estaba pensando. Si Anya se empeñaba demasiado en incorporarse a la planificación y la estrategia bélicas, a los altos príncipes no iba a gustarles. Pero Bellamy no podía protestar, después de lo que había hecho él mismo.

—Nos ocuparemos de eso si se convierte en un problema, supongo. —El Espina Negra se volvió hacia la Heraldo—. Ash, cuéntame más de lo que sabes sobre los shin, y en concreto sobre quienes puedan tener más información acerca de mis poderes.