¡Buenas buenas! Estoy de regreso con un nuevo capítulo. El final de la historia se acerca, y va subiendo no sólo la temperatura sino la adrenalina. Tenía ganas de llegar hasta este punto, así que espero que disfruten lo que les traigo.
Por cierto, a aquellos que les guste la pareja del Lynncoln, está ya subido completamente gratis tanto en mi Twitter como en mi el tercer volumen de mi comic "Rewrite the Stars". Entre las tres entregas hay 66 páginas (¡hasta ahora!) que cuentan la historia de los dos aprendiendo a lidiar con sus sentimientos a lo largo de los años. Esta última entrega en particular me parece que ha quedado buenísima, de puta madre. Al que le interese, está disponible.
No tengo muchos más comentarios que hacer, a decir verdad, así que paso directo a las respuestas de los reviews.
J0nas Nagera: Lo único que Rafael quería era una mejor vida para sus hermanos. Al no conseguirlo de una forma honrada, decidió buscarlo por otro camino. Su pasado no lo justifica, pero lo explica. Me alegra que la farmacia haya tenido el efecto que buscaba. Sobre la identidad secreta de la entidad que espió la reunión del Triunvirato… ¡pues lo descubriremos pronto!
Leo 23: ¡Me alegra mucho! En el primer fic del Heroverse, el de Ace Savvy, no logré darle demasiado desarrollo a Tetherby como villano, así que esta vez traté de hacer un mejor esfuerzo con ello. Creo que los interludios ayudan un montón.
ElTrasteroDeDemian: Ya veremos un poco más de El Dragón en los capítulos que se avecinan. Sobre el Bosque Evergreen y la empresa Yates… lo veremos en la próxima historia jajaja. En cuanto al poder de Nova, pues sí, es de las más poderosas de este universo en términos de poder puro. ¡Me alegro que estés disfrutando la historia hasta ahora! Ojalá este capítulo esté a la altura.
La Profecía.
— ¡Todo es tu culpa!
La usualmente caótica sala de espera del hospital se encontró en aquellos momentos mucho más peligrosa que de costumbre a raíz de las negras nubes que dejaban escapar arcos de electricidad como rayos en miniatura. Los vientos huracanados arrastraban todo tipo de papeles, girándolos alrededor de la iracunda figura de La Tormenta.
—Tienes que tranquilizarte, vas a lastimar a alguien —pidió Insight, colocándose entre La Tormenta y yo, deteniendo a la pequeña antes de que me pulverizara. Lo cual, a juzgar por los relámpagos y la furia que asomaba por detrás de las lágrimas de sus ojos, parecía ser su intención.
Y en mi lamentable estado, sentada sobre una camilla y apoyada contra la pared mientras una doctora del seguro de Insight me revisaba, no le hubiese sido para nada difícil.
— ¡Hiciste que peleara con La Tortuga! —Me gritó La Tormenta, creando granizo a su alrededor— ¡Te advertimos de no meterte con el Triunvirato! ¡Y ahora…! ¡Y ahora mi hermano…!
El viento se detuvo y las hojas se deslizaron por el aire hasta alcanzar el suelo, donde se deshicieron en cuanto comenzó a diluviar. Los pequeños truenos disimularon sus sollozos, y la lluvia disfrazó sus lágrimas. Asegurándose de que nadie hubiera resultado herido y tras organizar a los conserjes para una rápida limpieza, Insight se acercó a La Tormenta, internándose bajo la lluvia sin ningún inconveniente, abrazando a la niña y diciéndole cosas que no llegué a escuchar.
Me quedé allí, incapaz de levantarme, de acercarme, de hablar con ella. ¿Qué sentido tenía explicar que sólo había querido salvar a una familia inocente? Ni siquiera yo me sentía con ánimos de defender mis acciones un par de horas atrás. Comenzaba a creer que aquel condenado viaje a la ciudad no había sido más que un monumental vertedero de tiempo y dinero.
Si tan sólo yo hubiese sido la única víctima de mis malas decisiones…
Las nubes por encima de La Tormenta se disiparon en vapor de agua, perdiéndose con el resto del aire en el área de metahumanos del hospital. Insight la tomó de la mano y la guió de regreso a la escalera por la que había llegado. Se encontró con El Lástico, aquel héroe de spandex rosa capaz de estirar y modificar su cuerpo a voluntad, y le dijo algo mientras me señalaba sin ningún tipo de discreción. El Lástico asintió y se acercó hasta mí.
— ¿Cómo se encuentra, doc? —Le preguntó a la doctora que me atendía.
—Estamos esperando el resultado de las radiografías para confirmar, pero no parece tener ningún hueso quebrado ni ningún órgano comprometido. Quizás algún pequeño desgarro en el bíceps braquial derecho. Su habilidad metahumana funciona a base de la absorción y acumulación de radiación solar. La falta de ella parece ser su mayor problema actualmente, pero la regenerará con descanso y una exposición prolongada al sol.
—Ya veo. Pues bien, habrá que esperar a que pasen las nubes —dijo, tratando de sonar gracioso.
Si trataba de mejorar mi ánimo, no funcionó.
Aclaró su garganta, y sin mediar palabras ni despedirse de mí, la doctora se alejó para dejarnos solos. Parecía ser algún tipo de código de conducta entre héroes y doctores. ¿Estaba a punto de recibir un sermón?
—Pequeña, déjame darte un consejo.
Sip. A punto de ser sermoneada.
—Lo que hiciste fue completamente impulsivo. Arriesgado. Irresponsable. Desobedeciste las órdenes de héroes profesionales. Arriesgaste tu propia vida, y la de otro novato. Te enfrentaste a un supervillano que te superó en cada aspecto de combate. Fuerza, resistencia, experiencia. No mediste las consecuencias, te lanzaste directo al ataque sin pensar.
—De acuerdo, creo que entendí toda la descripción de lo que hice —lo interrumpí, cerrando los ojos—. ¿Podemos pasar al consejo?
—Nunca pierdas ese impulso.
Levanté el rostro para mirarlo, sorprendida.
— ¿Disculpa?
—Mi agente me habló sobre ti. Sé que eres de Royal Woods, y que has venido a buscar patrocinadores. La prensa está haciéndose eco de la noticia. Dicen que arriesgaste tu pellejo para aparecer en las primeras planas efrentándote a La Tortuga. Que la primera vez que te encontraste con La Cobra fue por el mismo motivo.
—Claro que no —me defendí—, ninguna de las dos veces intenté…
—Lo sé, lo sé —aclaró, levantando las manos en señal de disculpa y para calmarme—. De hecho, sé exactamente por qué lo hiciste. Porque no podías quedarte de brazos cruzados mientras alguien te necesitaba. No podías dejar que alguien saliera herido si es que podías evitarlo. No podías dejar que alguien más pase por lo que tú pasaste.
Me quedé sin aliento, y un escalofrío recorrió mi espalda.
— ¿Cómo…?
—Nuestros poderes serán distintos, pero todos los héroes somos un poco iguales en el fondo —reconoció, y vi en sus ojos el distintivo brillo de una herida que nunca sanará—. Tu cuerpo se mueve por sí solo, lo único que te importa es salvar a quien lo necesite. Y eso es importante. Cuando te vuelves un héroe profesional, esto se vuelve un trabajo, y hay demasiados factores en juego. De repente, salvar a las personas puede perderse dentro de lo que uno debe hacer. Así que no dejes que la prensa o los agentes te convenzan de lo contrario: hiciste bien en involucrarte.
Miró alrededor, incómodo, como temiendo que alguien lo hubiera escuchado.
—Aunque sí es cierto que fue extremadamente peligroso. Nunca nadie había logrado hacerle frente a La Tortuga. Hace poco, El Dragón y él acabaron con uno de los héroes más poderosos de la ciudad. Nadie se atreve a enfrentarlo.
—Sólo quise salvar a aquella familia. No quería involucrarme en una batalla definitiva, ni quería que…
Mis sentidos recordaron cada espantoso momento. La horripìlante visual de La Tortuga golpeando a Bobby. El traumático sonido seco del impacto. La pavorosa calidez de su sangre en mis manos al correr hacia él. El salado gusto de mis lágrimas mientras los héroes me separaban para que los paramédicos lo atendieran.
—Te entiendo. Pero así como aplaudo tu vocación para salvar, también es una oportunidad para aprender que… Bueno, todo tiene sus consecuencias. Incluso actos que nacen de buenas intenciones pueden tener desenlaces trágicos. No sólo para aquel novato. También para ti.
Lo miré, expectante. Respiró hondo y cambió el peso del cuerpo a su otra pierna.
—Stanley Chang habló con Gaia y Polaris poco después del incidente. Nos pidió que te informásemos de que te quieren lejos de su reserva y su familia.
Un golpe de La Tortuga habría dolido menos en aquellas circunstancias.
— ¿Cómo? ¿Por qué? No tiene sentido, estábamos hablando de volverme su embajadora en Royal Woods.
El Lástico colocó una mano sobre mi hombro.
—Lo que hiciste fue lo correcto —me repitió—, pero nadie querrá estar asociado con alguien a quien el Triunvirato de Reptiles debe detestar en estos momentos. Es la segunda vez que te enfrentas a ellos, y la segunda vez que sobrevives. ¿Por qué crees que los medios de comunicación están ensañados contigo en estos momentos? Nadie quiere apoyarte públicamente por miedo a sufrir represalias. Si los Chang te patrocinaran, el Triunvirato podría incendiar su reserva ecológica y matar a su familia, sólo para enviar un mensaje.
Abrió la boca para decir algo, pero pareció repensarlo. Esperó unos segundos, y finalmente habló.
—No debería dar consejos sin que me lo pidieran, pero supongo que tampoco puedo evitar meterme en donde no me llaman —bromeó, antes de adoptar un serio semblante—. Corres peligro aquí. La Tortuga tenía sus ojos en ti por haber vencido a La Cobra. Y ahora lo dañaste. Mientras más te quedes por aquí, más peligro correrás.
Señaló a los extremos de los corredores, donde distintos héroes se encontraban patrullando.
—Un escuadrón entero de héroes profesionales fuimos convocados para proteger el hospital en caso de que ataquen. No a ti, específicamente. ¿Entiendes lo que digo?
Asentí.
—Significa que debería irme —dije, tratando de ponerme de pie, pero resintiéndome del dolor en el brazo y las piernas.
—No ahora mismo. Debes recuperarte. Y no hay lugar más seguro para ti que este hospital, en estos momentos. Así que descansa. Y… lo siento. Ojalá pudiéramos hacer más para ayudarte.
No respondí, y él no pareció esperar que lo hiciera. Asintió en mi dirección y se alejó, dejándome sola con mis problemas y mis inseguridades.
El tiempo se volvió interminable e incalculable. ¿Cuánto tiempo había pasado ya? ¿Tres horas? ¿Hora y media? ¿Veinte minutos? Imposible decirlo. Demasiado agotada como para pensar, ni siquiera llegué a preocuparme por lo que sería mi reunión con Leni tras mi fallido viaje a la gran ciudad. No habría forma alguna de ocultar mi desazón, mi tristeza, mi frustración, mi sensación de rotundo y estrepitoso fracaso.
¿Qué pensaría Spade si me viera en esas condiciones? Lo más probable hubiese sido que tratase de ayudarme, pero no pude evitar el dolor en mi corazón al imaginarlo decepcionado. Tantos meses de entrenamiento sólo para olvidarlo todo y haber estado a punto de morir.
Apenas presté atención cuando la doctora volvió, confirmando que no tenía ninguna herida de gravedad. Sus vendajes y la curación que había propinado a mis heridas era suficiente. Sólo necesitaría unos días de reposo y recargar mis reservas de energía.
Pensé en la advertencia de El Lástico. Mi mera presencia ponía en peligro al hospital entero. No había ningún motivo por el que debiera quedarme allí. Lo mejor que podía hacer era volver por mi mochila, cambiarme a ropas comunes, y regresar cuanto antes a Royal Woods. Sin mediar palabra con nadie, y haciendo mi mejor esfuerzo por escabullirme entre los héroes, policías, doctores y pacientes, comencé a recorrer los interminables pasillos a paso lento. Cada movimiento dolía un poco menos que el anterior, pero aún así, sentía que necesitaba dormir por tres días para recuperarme. Ver el cielo nublado a través de las ventanas no ayudaba a mi estado de ánimo en absoluto. La recuperación sería aún más larga.
Ni siquiera sabía si podría abandonar el hospital a vuelo. Probablemente sí, pero no sería agradable en absoluto. No importaba. Tendría que soportar el dolor y el cansancio y enfocarme en abandonar aquel condenado hospital y aquella condenada metrópolis para regresar a mi ciudad maldita.
—Nova.
Me encontraba cerca del lobby cuando alguien llamó mi nombre.
Volteé, y me encontré con la seria, triste, e inconfundiblemente enfadada mirada de Arturo Santiago.
En mi corta pero intensa carrera como heroína, me había enfrentado a poderosos enemigos. Un hombre cocodrilo en mi primera aparición pública. La Cobra y La Tortuga. Incluso aquel robot gigante de Industrias Tetherby que tanto problema nos causó. Nunca dudé en lanzarme directo al ataque, en recibir las confrontaciones con los brazos abiertos. Aún con miedo brotando de cada poro, siempre me enfrenté a lo que tuviera por delante.
Por lo tanto, me sorprendí a mí misma cuando mis piernas se negaban a responder a las órdenes de mi mente. Por más que lo intentase, no podía dar aquellos pasos hacia delante necesarios para enfrentarme a la situación que se me presentaba. En parte por el temor a lo que fuera a ver, en parte porque no sabía cómo reaccionar.
En parte porque la culpa no me permitió aceptar lo que había oído.
Una mano se colocó sobre mi hombro, y volteé para ver a María. Asintió con serenidad.
—Te está esperando —dijo en un susurro.
Aplicó una suave presión, y aquel impulso bastó para que mis piernas reaccionaran y finalmente me internara dentro de la habitación.
Se hallaba perfectamente iluminada, con unos tonos cálidos que trataban lo mejor posible de dar vida a lo que en muchos casos bien podría tratarse de un lecho de muerte. La televisión mostraba un juego de béisbol, pero con el volumen apagado no lograba ocultar el regular pitido del monitor cardíaco.
Una silla vacía me esperaba, el lugar que hasta hacía unos instantes había ocupado María Casagrande, justo a un lado de la cama donde Bobby reposaba.
Tan sólo verlo me estrujaba el corazón. La mitad de su cabeza se encontraba vendada, y uno de sus ojos permanecía cerrado por la inflamación. Un yeso envolvía su brazo izquierdo y parte de su torso, y su pierna derecha también se hallaba enyesada. No podía ver mucho más, con su cuerpo oculto debajo de la bata de paciente y la sábana pulcra, pero recordaba haberlo visto en la calle tras el impacto de La Tortuga, y los recuerdos no eran agradables.
Con cierta debilidad, volteó la cabeza para verme. En aquel instante me permití un instante para avergonzarme por mi propio estado. Mi traje se hallaba sucio, con múltiples cortes, y la manga derecha totalmente desgarrada. Mi cabello despeinado y mi rostro cansado no habrían sido para nada una imagen agradable de ver, y sin embargo, Bobby sonrió.
—Hey, no me mires así —dijo, su voz un susurro—. Todavía no estoy muerto.
Me senté a su lado.
—Falcón, lo siento mucho —me apresuré a decir—. Todo esto es mi culpa. No debería haberte dejado pelear contra La Tortuga por tu cuenta. Fui yo la que te puso en esa situación, debería haberme quedado a hacerle frente.
—Hey, salvaste a la familia —me retrucó con una sonrisa—. Eso es todo lo que cuenta.
—No. No, claro que no. Si tan sólo hubiese sido más rápida, o si hubiese reaccionado antes, quizás… Quizás podría…
—No tiene sentido pensar en qué podría haber ocurrido. Lo que pasó, pasó. Resulté herido, pero me recuperaré.
No acepté su amabilidad. No podía. No podía sencillamente permitirle que me perdonara. No merecía su perdón. Merecía que me odiara, al igual que su hermana lo hacía. Me costaba creer que el resto de su familia no quisiera matarme, y no entendía cómo es que podían permitirme estar allí con su hijo, nieto, o sobrino. La única persona que parecía pensar con claridad era La Tormenta. A ella sí podía entenderla.
Bobby no había sido más que amable conmigo desde el inicio. Salvándome la vida contra La Cobra, arriesgándose para que Tormenta y yo escapásemos, invitándome a su agencia, recomendándome a los Chang, incluso revelándome su identidad secreta. ¿Y qué había hecho yo a cambio? Sólo traerle problemas, y dejarlo en una sala de terapia intensiva.
Me quedé observando su rostro. Sin la máscara, se veía como un chico normal, común y corriente. No merecía estar en aquellas condiciones, mucho menos por mi culpa.
Sin pensarlo demasiado, llevé mis manos a la parte trasera de mi cabeza, desabroché la máscara, y la removí de mi rostro.
Bobby abrió su ojo bueno, y noté cómo contenía el aliento. Le sonreí, por primera vez mirándolo con mi rostro descubierto.
—Es lo justo, ¿no? —Mencioné— Mi nombre es Lori.
—Lori…
Noté la forma en la que sus ojos parecían no querer perderse ningún detalle de mi rostro. Me sentí expuesta, vulnerable. Había revelado mi debilidad más grande, mi identidad secreta. Hasta hacía unos instantes, mi hermana era la única persona con vida que sabía aquel secreto. Ahora, Bobby formaba parte también de aquel selecto grupo.
—Lori —repitió—, es bonito.
Me sonrojé. Su sonrisa se hizo más grande.
—Pero, ¿por qué lo hiciste? No era necesario.
—Quería hacerlo. Siento… que puedo confiar en ti. Después de todos los problemas que te he traído y toda la ayuda que me has dado, es lo mínimo que podía hacer. Además…
Respiré hondo. Quizás era mejor no retrasar lo que sin dudas sería una dolorosa despedida.
—Además, merecías saberlo antes de que me fuera.
Su sonrisa se desvaneció.
— ¿Qué? ¿De qué hablas?
Le expliqué mi situación. La amenaza del Triunvirato. La difamación de la prensa. La negativa de las agencias. No había forma de que pudiera quedarme allí en Great Lakes City. Mi viaje había sido un fracaso.
—Volveré a Royal Woods cuanto antes. Creo que he pasado suficientes días lejos de mi hermana. Si me quedo aquí, todos correrán peligro. Lo mejor para todos es que desaparezca.
—Pero… Hiciste todo este viaje para conseguir un patrocinador. El seguro, la cobertura médica…
—He vivido sin ellos hasta ahora. No me queda otra que continuar sin ellos.
—Lori, no puedes dejar que todo esto haya sido en vano.
—Agradezco tu preocupación, en serio —lo interrumpí con melancolía—. Pero no hay nada que podamos hacer. Además, no fue en vano. Te conocí.
Su mirada se suavizó, y fue en ese momento que supe que debía irme cuanto antes. Mientras más tiempo pasara frente a esa mirada, más difícil me sería irme.
—Adiós, Bobby.
Volví a colocar mi máscara, y me levanté. Un impulso nació en un rincón de mi mente para reclinarme y darle un suave beso en la mejilla de despedida, pero la razón se sobrepuso, y comencé a alejarme en dirección a la puerta de la habitación.
—Lori, espera.
Me detuve y volteé a verlo. Su rostro concentrado parecía procesar información e ideas a la velocidad de un ordenador. Cuando sus ojos se encontraron con los míos, no había en ellos rastro alguno de duda. Había tomado una decisión.
—Quédate —me pidió.
—Bobby…
—Quédate conmi… Con nosotros —se corrigió—. Puedes unirte a nuestra agencia, ser parte de los Guardianes del Firmamento, aquí en Great Lakes City.
— ¿Qué? Pero… Pero Bobby, es…
No encontraba las palabras. Mi estupor me petrificaba. ¿Cómo responder ante semejante ofrecimiento? Quise decirle que era demasiado apresurado, que no estaba lista, que no era justo, pero no encontraba la forma de plantearlo.
—...es la agencia de tu familia. No puedo… No quisiera traer problemas —dije finalmente.
—El Triunvirato ya me tiene en la mira, de todas formas —respondió, quizás creyendo que me refería al peligro que mi presencia podría traerles—. Yo también los desafié. Pero todos sabíamos a lo que nos enfrentábamos cuando decidimos tomar este trabajo.
—Pero…
—No te preocupes por los gastos. Tormenta y yo nos las arreglamos. Tendrían una póliza de seguros de héroe, cobertura médica. Y mi tío Carlos fue profesor de la universidad, podría ayudarlas con sus estudios si quisieran.
—Estás ofreciendo demasiado —dije, sin encontrar razón ni sentido a aquella situación, y sin comprender la felicidad que sentía por dentro—, no puedo aceptarlo. Nosotras no… No podríamos imponernos de esa forma.
—Si te hace sentir mejor, también nos ayudarías a nosotros —respondió—. Dos héroes es muy poco para una agencia. Si tú y tu hermana se unieran, podríamos hacer muchos más trabajos. Sería bueno para todos. Y además, tú y yo tenemos un objetivo en común.
—Luchar contra el mal.
Sacudió la cabeza con una sonrisa.
—No. Más importante aún. Proteger a nuestras hermanas menores. Yo nunca quise que Tormenta se volviera una heroína. Seguro que tú tampoco querías lo mismo de tu hermana. Es un trabajo peligroso, y nosotros aceptamos esa responsabilidad, pero no estamos dispuestos a que nuestras familias paguen el precio. Si los cuatro trabajásemos juntos, yo podría ayudarte a cuidar de tu hermana, y sé que tú me ayudarías a cuidar de Tormenta.
Cerró los ojos y descansó la cabeza contra la almohada.
—Siento que no somos tan distintos en ese sentido. A fin de cuentas, todo lo que queremos es proteger a nuestras familias.
—Estás sugiriendo… ¿Que deje mi ciudad, deje todo atrás y me mude aquí?
—Por lo que me has dicho, allí sólo tienes a tu hermana. Las dos pueden mudarse aquí, tenemos lugar en la agencia. Es una ciudad preparada para albergar superhéroes. ¿Qué tienes para perder?
De repente, la idea de abandonar Royal Woods me generó un vacío en el alma que no supe explicar. Bobby no estaba equivocado en lo que decía, pero era demasiado para procesar.
Pareció leer en mi rostro el conflicto y la indecisión.
—No tienes que decidirlo ahora, por supuesto. Tómate tu tiempo, háblalo con tu hermana. Pero… la invitación está sobre la mesa.
Escapé por las escaleras de emergencia, pero me enfoqué en arrastrar mis cansadas piernas hacia arriba en lugar de bajar. Al llegar a la última puerta, temí por un momento que se encontrase cerrada. Por suerte, uno siempre puede confiar en el perezoso trabajo de los conserjes, por lo que bastó tan sólo con girar el picaporte para abrir la entrada (¿o salida?) al helipuerto del hospital.
El cielo siempre había sido mi lugar feliz, mi santuario donde podía refugiarme del mundo, alejándome de todo a mi alrededor. Esa vez, sin embargo, el gélido viento anunció lo imposible que me sería evitar la situación en la que me encontraba. Mis poderes estaban lejos de recargarse, por lo que no había posibilidad alguna de elevarme hacia la parte más alta de la troposfera a gritar sin que nadie pudiera escucharme.
Y a juzgar por las oscuras nubes que se cernían sobre la ciudad, tardaría una eternidad en recuperar mis energías con la poca luz solar que las atravesaba.
Sin más, me acerqué a la cornisa de la azotea, descansando mis brazos en el parapeto y dejé escapar el suspiro más grande de la historia.
Observé la ciudad que se abría a mi alrededor. El ruido del tráfico, el constante movimiento, los héroes que se podían ver en la lejanía, patrullando o quizás buscando a La Tortuga. Los inmensos rascacielos que se elevaban en el paisaje, compitiendo por llegar más alto, acariciando las nubes con sus antenas y reflejando la gris atmósfera en sus interminables planos vidriados.
¿Podría ser esta una ciudad para Leni y para mí?
Por algún motivo, nunca se me había ocurrido la posibilidad de mudarme de ciudad. Nuestros padres adoptivos eran felices en Royal Woods, y Spade era su protector, su héroe. No podría abandonarla, y con nosotros bajo su cuidado, tampoco lo consideramos.
Pues bien, los tres estaban muertos. Sólo Leni y yo quedábamos, y a decir verdad, la ciudad no se esforzaba demasiado por retenernos. Por el contrario, parecía tratar de expulsarnos activamente. Ninguna oportunidad, ninguna facilidad, ni siquiera el beneficio de la duda. Nuestra economía doméstica pendía de un hilo. ¿Cuántas veces nos habíamos salvado por algún regalo sorpresa de nuestros vecinos? De no ser por aquellos aleatorios actos de bondad, Leni y yo nos habríamos acostado con los estómagos vacíos más veces de las que podía permitir.
Great Lakes ofrecía una infraestructura preparada para recibir y mantener a sus héroes. Había un sistema en marcha, una red de seguridad para alguien como Leni o yo. La oferta de Bobby era, cuanto menos, atractiva y digna de consideración. Su agencia, si bien lejos de encontrarse entre las más importantes, se hallaba perfectamente organizada. Su familia entera trabajaba, permitiendo que él y La Tormenta pudieran utilizar sus poderes para el bien.
¿Cómo sería unirnos a ellos? Nova y Eclipse eran nombres relacionados al cielo, así que podrían mantener el nombre de Guardianes del Firmamento sin que sonara raro para nosotras. El principal obstáculo que me causaba dudas era que nunca me había agradado la idea de trabajar en equipo. Llevaba a Leni conmigo porque no había forma de evitar que me siguiera, y prefería tenerla a mi lado para protegerla de ser necesario, pero ni siquiera allí estaba del todo cómoda. Si de mí dependiera, haría todo mi trabajo como heroína por mi cuenta, sin poner en peligro a mi hermana. Quizás Spade me había contagiado sus ideales de Ace Savvy, el héroe solitario que cargaba con el peso de la ciudad sobre sus hombros.
El trabajo en equipo no era precisamente una habilidad que incluiría en mi resumen a la hora de buscar empleo, pero podía hacerlo. Leni y yo éramos un dúo, después de todo. Y las palabras de Bobby habían calado hondo: él y yo podríamos ayudarnos a mantener a salvo a nuestras hermanas.
Incluso si La Tormenta me odiase, me encargaría de mantenerla a salvo, y confiaba en que El Falcón haría lo mismo por Leni si es que alguna vez yo no fuese suficiente para protegerla. Sin importar lo mucho que Bobby tratara de desestimar su participación en la batalla contra La Tortuga, había sido fundamental. Gracias a él pude salvar a la familia atrapada en el vehículo. Había sido valiente y eficaz. Era un buen chico. Un buen héroe. El único chico de mi edad con el que alguna vez había sentido una verdadera conexión.
Sacudí la cabeza y cubrí mis ojos con las palmas de mis manos. No podía permitir que mis emociones afectaran una decisión tan importante como aquella. La oferta del Falcón debía ser tomada en base a un análisis racional de las ventajas y desventajas de unirme a una agencia familiar de superhéroes en otra ciudad. No en los incipientes sentimientos que despertaba en mi corazón.
Sabía que, en definitiva, no era una decisión que fuera a tomar por mi cuenta. Necesitaba de la aprobación absoluta y auténtica de Leni. Sin ella, no haría nada, pero antes de llevarle la noticia y la propuesta, necesitaba tener en claro cuál sería mi postura. Es lo mínimo que podía hacer antes de plantearle semejante posibilidad. Al menos entender qué era lo que yo misma quería.
Retiré las manos de mi rostro y levanté la vista una vez más hacia la ciudad. Todo era tan ajeno, tan extraño, tan alejado de la realidad que yo conocía. ¿Era ello lo que me causaba una fría puñalada en el pecho al pensar en abandonar Royal Woods? ¿El temor a lo desconocido? ¿Qué otra explicación podía encontrarle al vacío en mi estómago? Claramente no tenía nada que extrañar de Royal Woods.
Lo único que realmente me aferraba allí era Leni, ¿no?
Una nueva corriente de aire frío erizó los vellos de mis brazos, y sentí un escalofrío recorriendo mi espalda. Froté mis brazos, tratando de calentarme, pero me detuve al sentir la corriente de aire… esta vez desde el frente.
Y sin embargo, la sensación de frío a mi espalda continuaba creciendo, al igual que un distante pero evidente sentimiento de miedo en lo más profundo de mi corazón.
Volteé a ver qué podría producir tan gélida sensación.
Explicado de manera sencilla, el frío venía por la sombra que evitaba que me llegase la poca luz solar que no era atrapada por las nubes. Lo mismo ocurría con aquel sentimiento de primordial miedo: producto de la sombra.
Detallando un poco más lo que vi, "la sombra" era, literalmente, una suma de todas las sombras de la azotea, separándose de los objetos a los que pertenecían, desafiando la dirección de las fuentes lumínicas, y materializándose en un capullo de la oscuridad más pura jamás vista en el planeta.
De inmediato me coloqué en una pose de batalla. Estiré ambos brazos, pero al tratar de reunir energía en las palmas de mis manos, fui consciente realmente de lo tan maltratado y débil que mi cuerpo se encontraba. Apreté los dientes, aguanté el dolor, y rodeé mis puños de un halo de energía azulada.
El capullo continuó absorbiendo las sombras de la azotea, y de repente latió con un audible zumbido. Una raja de luz grisácea se materializó en un lado, y ante mi completo horror, una pálida mano salió de allí.
— ¡Alto ahí! —Grité, rezando porque mis fuerzas no me abandonaran.
Aquella mano estiró sus dedos, y luego los cerró. De inmediato, el capullo entero implosionó, con decenas de sombras girando sobre su propio eje y transformándose en algo más concreto. Una silueta. Una capa. Las tiras de oscuridad se desvanecieron, y donde segundos atrás había un capullo, ahora una persona se levantaba. Alta y delgada, completamente oculta tras una capa azul oscuro como el crepúsculo. Llevaba una capucha puntiaguda, casi como una pica de póker. El interior de la capucha continuaba tan oscuro como las mismas sombras que había absorbido, dejando la azotea como un videojuego mal renderizado.
— ¿Quién eres? —Pregunté, tratando de que mi voz no reflejase el irracional miedo que aquella presencia me generaba, casi como si mis pesadillas más profundas estuviesen siendo empujadas a la superficie.
—Soy la profecía, un heraldo de la oscuridad que trae noticias de las sombras —dijo, y su voz sonó como varios monótonos susurros al mismo tiempo.
Aún así, parecía ser una voz femenina en general.
—Profecía, ¿eh? Bonita palabra. Un poco ambiciosa, ¿no crees?
La persona, completamente cubierta por su capa y capucha, no respondió. Avanzó hacia mí, flotando, como si el simple acto de caminar fuese demasiado ordinario para ella.
—No te acerques más, te lo advierto —Dejé que la energía de mis puños latiera con más fuerza.
Se detuvo, pero la capa se abrió y algo negro salió disparado por el suelo en mi dirección. Sin pensarlo, lancé un rayo de energía.
Fue como si me arrancaran parte de mi interior, dejándome sin aire y llevando al límite la resistencia de mis rodillas, que por poco evitaron que me derrumbara en el suelo. Aún así, siempre alerta, vi cómo mi rayo de energía atravesó el aire en dirección a la atacante, pero justo cuando debía estar por impactar en ella, se desvaneció, reapareciendo unos metros más hacia la derecha.
—Suspiro —dijo en voz alta—. Esto no…
Volví a lanzar un nuevo ataque. En esta oportunidad, un resplandor del azul más frío y desaturado que vi en mi vida antecedió a la aparición de un cuerpo formado por sombras salvajes que parecieron nacer del interior de la capa. Las nuevas sombras formaron una barrera que recibió de lleno mi ataque.
Su contorno comenzó a definirse, y entendí que se trataba de un cuerpo casi tan grande como La Tortuga, hecho completamente de oscuridad, con una forma humanoide pero de proporciones aberrantes. Piernas extremadamente musculosas en los cuádriceps que se afinaban al llegar a las pantorrillas, finalizando en unas patas más bien de ave, como un cuervo. Su torso se ensanchaba a la altura del pecho, como un físicoculturista, y sus brazos fuertes finalizaban en unas manos con garras. De su espalda salían dos alas membranosas y oscuras, y su cabeza parecía más bien la de un murciélago. Dos orbes de un gris azulado le daban apariencia de ojos a aquella aterradora criatura, y la luz que emanaban dejaba un rastro tras de sí, como una fotografía de alta exposición.
En el centro e interior de aquella monstruosa forma, pude ver el contorno de la "profecía", de pie en la misma pose que la figura de sombras. Intenté preparar un nuevo ataque, pero aquella masa oscura se lanzó hacia mí con sorprendente velocidad. Disparé una vez más, pero mi energía dio de lleno en el pecho de las sombras sin ningún efecto aparente. Una de sus grandes manos se cerró alrededor de todo mi torso y me estampó contra el suelo. Traté de liberarme, pero aquel cuerpo etéreo, tan frío al tacto, parecía ser casi tan fuerte como La Tortuga. Ni siquiera con mis energías al máximo podría haberme liberado.
—Nova —dijo aquella voz, distorsionada en un sonido y tono mucho más grave y amenazador—, vengo no a luchar, sino a advertirte de un gran peligro. Royal Woods será destruida si no oyes lo que tengo que decir, y todo lo que atesoras se perderá.
Ante aquellas palabras, me quedé congelada en mi lugar. Dejé de resistir, en parte porque ya no me quedaban fuerzas, en parte para mostrar que no la atacaría. Tras unos instantes, las sombras se deshicieron, regresando a la figura que flotaba en el centro del cuerpo de oscuridad. Con el movimiento, la capa se abrió, revelando finalmente la apariencia de la metahumana.
No era tan alta como creí. El efecto era dado por la capa que llegaba casi al suelo mientras el resto de su cuerpo flotaba en el aire. Se trataba de una niña con piel pálida como la nieve. Llevaba puestas unas botas negras que llegaban casi a sus rodillas, y un vestido de tela negro y sencillo. Las mangas, separadas del torso, comenzaban en su codo hasta sus muñecas, con un patrón de tiras blancas y negras. Su capa azulada flameaba detrás de ella, unida en el pecho por un clip en forma de murciélago.
Lo que más llamaba la atención era su cabello, negro como el vacío del espacio, con reflejos azulados, cubriendo por completo sus ojos.
Y, por supuesto, el hecho de que aquella niña no podía tener más de ocho o nueve años.
— ¿Quién eres? —Volví a preguntar.
—Suspiro —dijo, una vez más, esta vez con una voz normal—. Una profecía.
—Ya, de acuerdo, Profecía. ¿Qué haces aquí? ¿Qué clase de poderes tienes? ¿Y qué es eso de que Royal Woods será destruida?
Con delicadeza, descendió hasta tocar el suelo. Abrió la boca para hablar, pero nuevamente, una sombra salió despedida de sus pies, deslizándose a través de la azotea.
— ¿Qué estás haciendo? —Pregunté.
—Tienes muchas preguntas, pero no hay tiempo para darte todas las respuestas —dijo con una monotonía casi robótica—. Las sombras que me han traído hasta aquí han de regresar a su prisión física. Cuando todas regresen a su lugar de descanso, volveré a mi Sanctum Sanctorum.
Noté que algunos objetos de la azotea habían recuperado sus sombras.
— ¿Cuánto tiempo tienes?
—No lo suficiente, así que escucha mi advertencia, heroína de Royal Woods. Las sombras presagiaron un futuro de muerte y desolación. Mientras hablamos, el Triunvirato de Reptiles se prepara para marchar en una cruzada a Royal Woods. La oscuridad me mostró visiones de su violencia, acabando con los héroes de la ciudad y destruyéndola por completo.
— ¡¿Qué?! —Dije, poniéndome de pie con gran dificultad— ¿La Cobra y La Tortuga están yendo hacia Royal Woods ahora mismo?
—No aún, pero pronto, antes de que acabe el día— anunció, sin emoción alguna, mientras más sombras huían de su capa y regresaban a sus objetos de origen.
Un sentimiento de terror inundó mi corazón. Pensé en Leni, enfrentándose por su cuenta contra aquellos villanos que casi habían acabado conmigo en dos ocasiones. Debía ir a ayudarla cuanto antes.
—Si los toman por sorpresa, asesinarán a Eclipse, a Ace Savvy y a todo el que se oponga a ellos. Destruirán todo a su paso, sembrando el terror y la destrucción. Los tres arcángeles de la muerte, cuyo asalto despertará a la sombra que envolverá el mundo.
Algo en su tono de voz me dio la ligera impresión que no hablaba de una metáfora. Aún así, todo en lo que podía concentrarme eran las palabras "asesinarán a Eclipse".
— ¿Eres una heroína? —Le pregunté a Profecía— ¿Puedes luchar?
—Suspiro. No soy una heroína. Soy una acólita, una estudiante de artes oscuras. No tengo permitido intervenir en el mundo de los mortales.
—Pero estás aquí, advirtiéndome del peligro que se acerca —dije, tratando de razonar con ella—. Vi esa… esa forma que creaste. Resistió mi ataque, y sentí el poder que llevas. Podrías luchar con nosotros.
—El Avatar de Sombras y Lamentos es peligroso —dijo con lentitud, midiendo sus palabras—. Su sed de sangre puede escapar de mi control con facilidad. Por ello he de permanecer en las sombras, lejos de donde pueda dañar a otros. No me es permitido luchar. No debería luchar. No voy a luchar.
— ¡Estás diciendo que una ciudad entera será destruida! ¡Familias, gente inocente! ¿Cómo puedes quedarte a un lado sin hacer nada?
—Estoy haciendo algo —respondió sin ningún cambio en su tono neutro—. Estoy advirtiéndote de lo que ocurrirá. Está en tus manos ahora detenerlo.
Apreté los puños. No podía enfadarme con ella. Era una niña. Por más poderosa que me pareciera, si no era una guerrera, no podía pedirle que se uniera a mí.
Una vez más, toda la responsabilidad descansaba en mis hombros. Debía recuperar mi teléfono para hablar con Leni cuanto antes. ¿Lo había dejado con los Chang? ¿Dónde estaba? Pero incluso si hablaba con mi hermana, ¿cómo podría llegar con ella a tiempo?
—Eres de Royal Woods, ¿verdad? —Pregunté a Profecía.
Asintió.
— ¿Cómo es que llegaste aquí? ¿Puedes teletransportarte?
—El estudio de las artes oscuras es el camino a muchas habilidades que varios consideran nada natural —respondió crípticamente.
Me quedé mirándola, y alcé una ceja. Ella dejó caer sus hombros y miró al suelo, pateando una roca con dejadez.
—Suspiro… Las sombras están conectadas por el Mundo Oscuro, una dimensión sin luz ni materia. Reuniendo mis poderes, las sombras me permiten moverme entre ellas, incluso a grandes distancias.
—Entonces tienes que llevarme a Royal Woods ya mismo. Tengo que advertir a los héroes y preparar las defensas.
—No es posible. La distancia es demasiado grande. Las sombras no pueden llevarnos a ambas. Ni siquiera puedo mantenerme aquí por mucho tiempo.
Apreté los puños.
— ¡¿Y cómo quieres que vuelva a mi ciudad?!
Giró su cabeza, observándome con cierta confusión.
—Tus poderes deberían permitirte volar a gran velocidad. Tienes varias horas para llegar antes de que ellos lo hagan.
— ¡No puedo hacerlo! —Dije, estallando en furia y frustración.
Retrocedió un paso, y su figura latió, rodeándose momentáneamente con un incipiente Avatar de Sombras que logró encerrar dentro de su capucha. Traté de relajarme, pero me parecía imposible encontrar tranquilidad en aquel momento.
—Gasté toda mi energía en la batalla de esta mañana. Necesito tiempo para recargar mis reservas.
—El tiempo es el recurso más valioso con el que cuentas —me advirtió—. Los villanos llegarán cuando caiga el sol.
— ¡No será suficiente para mí! —Grité, desesperada— ¡No con estas nubes ocultando el sol! ¡Necesito radiación cósmica directa para recuperarme! Si quisiera volar hacia Royal Woods y luchar tendría que quedarme aquí durante horas bajo los rayos directos del sol.
De repente, las nubes que se arropaban sobre la ciudad comenzaron a girar en torno a un eje invisible. Como si de un huracán se tratara, giraron cada vez más rápido, hasta que un hueco se abrió en el centro, justo por encima nuestro. Los rayos del sol impactaron en mi cuerpo, y de inmediato sentí un cosquilleo interno a medida que lenta, muy lentamente, mis energías comenzaban a recargarse.
—Conveniente —dijo la Profecía, volteando la mirada hacia el costado—. Creí que nadie nos interrumpiría. Muéstrate, observadora.
No entendí a qué se refería, pero instantes más tarde, vi cómo La Tormenta ascendía de pie en una de sus nubes a un lado de la azotea, aparentemente habiendo oído parte de nuestra conversación. Tenía los brazos cruzados sobre su pecho, con una expresión enfadada y el rastro de lágrimas secas sobre su rostro.
La Tormenta y la Profecía intercambiaron una larga mirada en silencio, interrumpida únicamente cuando una gran cantidad de sombras se separaron de esta última.
—Es hora de volver a mi santuario —dijo, volteando una vez más hacia mí—. He roto mi juramento de no intervenir. La profecía ha sido compartida. El destino de Royal Woods está ahora en tus manos, Nova.
Sin más que agregar, tomó el borde de su capa con una de sus manos. Dibujó con ella un arco al tiempo que giró su cuerpo, ocultándose detrás de la capa, y en un único y elegante movimiento, la capa que la ocultó pareció doblarse sobre sí misma. De un segundo a otro, la Profecía había desaparecido, dejándome sola con La Tormenta.
Ella no parecía muy feliz de verme.
—Tormenta, yo…
—Los Chang te envían esto —dijo, moviendo la mano para que una fuerte corriente de aire tomara mi mochila de su nube y la dejara junto a mis pies—. Mantendré el cielo despejado para que puedas recargar tus energías. Más vale que lo aproveches. Y ni se te ocurra decirle a mi hermano, o querrá acompañarte.
Me hubiera encantado poder agradecerle, pero no me dio oportunidad. Me dio la espalda y se alejó con su nube, dejándome sola en la terraza.
Sabía mejor que nadie que no podía permitirme perder tiempo o desperdiciar la oportunidad que la joven heroína me había regalado. Me apresuré a tomar mi mochila y buscar mi teléfono.
Noté que tenía una docena de llamadas perdidas de Leni. Mi corazón dio un vuelco, creyendo que quizás la Profecía se había equivocado de hora, y los villanos ya habían llegado. Llamé a mi hermana de inmediato.
— ¡Lori! —Gritó en cuanto respondió el teléfono.
— ¡Leni, escúchame, ¿dónde…?!
— ¡¿Cómo se te ocurre pelear sin mí?! —Me interrumpió— ¡O sea, estás en todas las noticias! ¡Te vieron peleando contra un escarabajo gigante! ¡La gente aquí cree que abandonaste Royal Woods!
Mordí mi labio. Había sido lo suficientemente afortunada como para que los medios de Royal Woods no se hicieran eco de mi batalla contra La Cobra, pero al parecer, sí se habían enterado de inmediato de mi enfrentamiento con La Tortuga.
—Leni, escucha, lo siento mucho, pero…
— ¿Estás bien? ¿Estás herida? ¡No deberías haber ido sin mí! ¡Somos un equipo! ¡Deberíamos estar juntas!
— ¡Lo siento! ¡Lo siento, ¿de acuerdo?! ¡Literalmente no tuve opción! ¡Un grupo de villanos muy poderosos atacó y yo estaba cerca! ¡Pero no te preocupes por mí! Estos villanos irán a Royal Woods dentro de unas horas y van a destruir todo. ¡Son muy peligrosos, ni se te ocurra pelear contra ellos por tu cuenta!
— ¿Qué? ¿Ese bicho con el que peleaste hoy?
—Es una tortuga, y sí. Él y dos más. Llegarán cerca del anochecer, pero ¡no pelees contra ellos por tu cuenta! Si lo haces… Si lo haces, te matarán.
—Lori, ¿cómo sabes eso? ¿Es… es esto lo que tratabas de ocultar? —Preguntó con delicadeza.
— ¿Qué?
—Antes de irte… Estabas tratando muy duro de ocultar algo.
Apreté mis puños y suspiré.
— ¿Lo sentiste? Lo siento. Creí que podía evitar que lo notaras.
—Eres mi hermana. No necesito poderes para saber cuándo hay algo mal contigo. Confío en ti, y si no querías decirme qué andaba mal, supuse que tendrías tus motivos. ¿Era esto? ¿Querías detener a unos villanos en otra ciudad?
Caminé hacia la plataforma del helipuerto y me senté allí, tratando de acomodar mis pensamientos y de ordenar mis prioridades. Al parecer, la eventual charla con Leni se volvería más complicada de lo que esperaba. Aún así, no era algo en lo que pudiéramos preocuparnos ahora. Había cuestiones de vida o muerte, literalmente, que debíamos resolver.
—Leni… Lo siento. Tienes razón. He estado ocultándote cosas. Trataba de protegerte, de evitar que te preocuparas, pero no debería haberlo hecho. Cuando todo esto termine, prometo que te contaré todo. Pero hay cosas más importantes que atender primero.
Le resumí la situación. Lo que la Profecía me había contado, y todo lo que sabía sobre La Cobra y La Tortuga a partir de mis encuentros con ellos. Leni no sonaba para nada feliz al oír sobre los villanos a los que me había enfrentado por mi cuenta, pero comprendió al menos la severidad de las circunstancias en la que nos encontrábamos.
— ¿Y quién es el tercer villano?
—No sé mucho de él. Sólo que se llama El Dragón, y es el líder. Es el que menos se muestra de los tres. Buscaré información sobre él mientras recargo mis fuerzas.
—Deberíamos avisarle a Ace.
—Sólo para advertirle que se mantenga fuera de la pelea.
— ¿Cómo? O sea, me refería a que nos ayudara.
—No —dije de inmediato—. Es demasiado peligroso.
— ¡Por eso lo digo!
—Ace Savvy es un niño, Leni. No podemos pedirle que pelee contra tres supervillanos. Además, no tiene superpoderes, no podría hacer nada contra alguien como La Tortuga.
— ¿En verdad crees que estaremos mejor sin su ayuda que con ella?
—Creo que estaremos mejor si no ponemos en peligro la vida de un niño —repliqué—. Estoy avisándote de lo que ocurrirá esta noche para que no te enfrentes a ellos por tu cuenta. Iré lo más rápido que pueda, pero que ni se te ocurra enfrentarlos antes de que llegue. E invéntate una excusa para mantener a Ace Savvy ocupado y lejos de la pelea. Dile que… No sé, que nuestro radar detectó una señal de auxilio desde el parque industrial.
—No tenemos un radar.
—Él no sabe eso.
Se mantuvo en silencio, pero incluso así, pude sentir su mirada de desaprobación y su expresión confundida.
—Leni, por favor. Confía en mí, ¿de acuerdo? Sólo quiero proteger a todos. La ciudad. Ace Savvy. Tú.
Su respuesta tardó varios segundos en llegar.
—Confío en ti. Si eso es lo que quieres, muy bien.
—Gracias.
—Pero recuerda que no eres la única heroína. Y alguien tiene que protegerte a ti también.
Continuamos hablando por un rato más, pero ese fue el fin de la conversación.
