28. HEREJÍAS

Hay otras Esquirlas a las que no puedo identificar y que me están ocultas. Temo que su influencia invada mi mundo, pero estoy contenido por una extraña incapacidad debida a los poderes contrarios que ostento.

—¡Aguántalo firme! —exclamó Falilar. Hacía años que Echo no veía al ingeniero de barba entrecana tan animado—. Déjalo ahí en la mesa. Isabi, tienes la balanza, ¿verdad? Corre, corre. ¡Colócalo como hemos practicado!

El pequeño enjambre de fervorosos y eruditas se ajetreaba alrededor de Echo, acomodando la vinculacaña en su tablero y preparando tinta violeta normal. Lo habían sacado todo a la periferia y estaban organizándolo en un puesto de guardia cerca del perímetro de la torre. Kalami estaba al lado de Echo, cruzada de brazos. La canosa escriba tenía una delgadez que se hacía más y más preocupante en los últimos tiempos.

—No estoy muy segura de esto, brillante —dijo mientras el ingeniero y sus ayudantes disponían los instrumentos—. Me preocupa que quienquiera que esté al otro lado de esa vinculacaña vaya a aprender más sobre nosotros que nosotros sobre ella.

Falilar se secó la cabeza afeitada con un pañuelo e hizo una señal a Echo para que se sentara a la mesa.

—Tomo nota —dijo Echo a Kalami, acomodándose—. ¿Estamos preparados?

—Sí, brillante —respondió Falilar—. A partir del peso de tu pluma cuando haya empezado la conversación, deberíamos ser capaces de determinar a qué distancia está la otra vinculacaña.

Las vinculacañas tenían un cierto deterioro. Cuanto más alejadas estuvieran entre ellas, más pesadas se volvían las plumas después de activarlas. En la mayoría de los casos era una diferencia muy leve, casi imperceptible. Ese día habían colocado el tablero, con la pluma sujeta, sobre la báscula más precisa de Falilar. La pluma también estaba conectada mediante cordeles a otros instrumentos. Echo hizo girar el rubí con cuidado, indicando que estaba preparada para comunicarse con su desconocida corresponsal. Los seis eruditos y fervorosos, Kalami incluida, parecieron contener la respiración al unísono. La pluma empezó a escribir. «¿Por qué has hecho caso omiso a mis instrucciones?»

Falilar gesticuló con ánimo a los demás, que empezaron a tomar medidas, añadir pesas diminutas a la báscula y determinar la tensión con que tiraban los cordeles. Echo los dejó con sus medidas y se concentró en la conversación.

«No estoy segura de lo que esperabas de mí —escribió—. Por favor, explícate.»

«Debes detener tus experimentos con fabriales —escribió la pluma por sí misma—. Te dejé muy claro que tenías que parar. No lo has hecho. Solo te has reafirmado en tus herejías. ¿Qué es eso que haces de meter fabriales en un pozo y conectarlos al soplido de las tormentas? ¿Estás creando un arma a partir de los spren que atrapaste? ¿Matas? Los humanos siempre matan.»

—¿Herejías? —resaltó Kalami mientras los ingenieros trabajaban—. Sea quien sea, parece oponerse a nuestros actos por motivos teológicos.

—Se refiere a los humanos como lo haría una cantora —dijo Echo, dando un golpecito al papel—. O bien es una de ellos, o bien quiere hacernos creer que lo es.

—Brillante —dijo Falilar—, esto no puede ser correcto. El deterioro es casi inexistente.

—Por tanto, está cerca de nosotros —repuso Echo.

—Muy muy cerca —dijo Falilar—. Dentro de la torre. Si supiéramos cómo crear básculas más precisas… En todo caso, una segunda medida me ayudaría a intentar una triangulación.

Echo asintió. «¿Por qué llamas a esto herejía —escribió—. La iglesia no tiene ningún problema moral con los fabriales. Igual que no los tienen con sujetar un chull a un carro.»

«Un chull sujeto a un carro no está retenido en un espacio minúsculo. —La pluma se movió con brío, furiosa, al transmitir la respuesta—. Los spren deben ser libres. Al capturarlos, atrapas a la misma naturaleza. ¿Puede una tormenta sobrevivir si se la encarcela? ¿Puede una flor abrirse sin luz del sol? Eso es lo que haces. Tu religión es incompleta.»

«Permíteme pensar en ello —escribió Echo—. Necesitaré unos minutos para hablar con mi consejero teológico.»

«Cada momento que esperas es un momento de dolor impuesto a los spren que dominas —respondió la pluma—. No lo toleraré mucho más tiempo.»

«Por favor, espera —escribió Echo—. Voy a usar otra vinculacaña un momento, para hablar con mi consejero teológico, pero luego te responderé de inmediato.»

No llegó ninguna réplica, pero la pluma siguió de pie, lo que indicaba que la misteriosa corresponsal esperaba.

—Muy bien —dijo Echo—. Tomemos la segunda medida.

Los ingenieros se movieron con un frenesí de actividad, desconjuntando la vinculacaña e inhabilitando temporalmente en enlace entre las dos plumas. Recogieron el equipo y echaron a correr. Echo y Kalami se apresuraron a subir al palanquín que las esperaba fuera de la sala. Un grupo de seis hombres lo izó y corrió tras los ingenieros y las escribas a través de la torre. Al cabo de poco tiempo salieron a la meseta por delante de Urithiru. No se podía determinar la dirección de una segunda vinculacaña, no directamente, ni siquiera a partir del deterioro. Sin embargo, dado que podía medirse el deterioro y en consecuencia juzgar la distancia, era posible triangular a partir de varias medidas y obtener una idea aproximada de la posición. Dispusieron allí todo el equipo, en la meseta, entre los friospren. Cuando Echo bajó del palanquín, Falilar y su equipo ya tenían la vinculacaña preparada sobre el suelo de piedra. Echo se arrodilló y reactivó el aparato. Esperaron, Falilar secándose la cabeza con su pañuelo, Kalami arrodillada al lado del papel y susurrando: «Vamos». La menuda aprendiz de Falilar, Isabi, hija de un Corredor del Viento, parecía a punto de estallar de tanto que contenía la respiración. La pluma se situó en posición y escribió: «¿Por qué te has desplazado? ¿Qué estás haciendo?».

«He hablado con mis fervorosos —escribió Echo mientras los ingenieros empezaban a tomar medidas de nuevo—. Coinciden en que nuestro conocimiento debe de ser incompleto. ¿Puedes explicarme cómo sabes que esto es malvado? ¿Cómo es posible que sepas lo que nuestros fervorosos desconocen?»

—¿Cómo sabe que nos hemos movido? —preguntó Kalami.

—Tiene a un espía observándonos —dijo Echo—. Supongo que la misma persona que escondió el rubí de la vinculacaña para que yo lo encontrara.

La persona del otro lado no respondió.

«Tengo muchas tareas de las que ocuparme —escribió Echo—. Me has interrumpido de camino a una reunión importante. Tengo solo unos minutos para hablar. Por favor, dinos cómo sabes lo que nosotros no.»

«La verdad es evidente para mí», escribió la pluma.

«No es tan obvia para nosotros», replicó Echo.

«Porque sois humanos —llegó la respuesta—. Los humanos no sois de fiar. No sabéis cómo cumplir las promesas, y las promesas son lo que hace funcionar al mundo. Debemos hacer funcionar al mundo. Debéis liberar a vuestros spren cautivos. Debéis debéis.»

—Por la máscara de Ash… —dijo Kalami—. Es un spren, ¿verdad?

—Sí —respondió Echo.

—Tengo las medidas —dijo Falilar—. Sí que procede de la torre. Debería poder concretarlo más. Brillante, no pareces sorprendida por nada de esto.

—Ya tenía mis sospechas —confirmó Echo—. Encontramos a una antigua spren oculta en la torre. ¿Tan inverosímil sería que otro hubiera hecho lo mismo?

—¿Otro Deshecho? —preguntó Kalami.

Echo dio unos golpecitos con el dedo en el papel de la vinculacaña, pensando.

—Me extrañaría —dijo—. ¿Un spren que desea liberar a los suyos? ¿Un liberacispren? ¿Alguien había oído hablar de algo similar?

Las eruditas negaron con la cabeza al mismo tiempo. Echo extendió el brazo para seguir escribiendo a su corresponsal desconocido, pero la vinculacaña se apagó y cayó al papel, ya no conjuntada de forma activa.

—Entonces… ¿qué hacemos? —preguntó Kalami—. Podría haber otra de esas cosas observándonos desde la oscuridad. Planeando más asesinatos.

—Esto no es lo mismo —dijo Echo—. Aquí hay algo que…

«Las promesas hacen funcionar al mundo.»

Mientras todos recogían sus cosas, en la mente de Echo empezó a brotar un plan. Era un poco imprudente, sobre todo porque no quería explicárselo a los demás en un lugar donde el spren pudiera oírlo. Puso en práctica la idea de todos modos. Mientras regresaban hacia la torre en sí, Echo tropezó y, tratando de que pareciera tan accidental como le fue posible, dejó caer la vinculacaña. Dio una voz mientras, con fingida torpeza, la enviaba de un puntapié más allá del borde de la meseta de piedra. La siguió a la carrera, pero la vinculacaña ya había desaparecido y rebotaba contra las rocas centenares de metros más abajo.

—¡La vinculacaña! —exclamó Falilar—. ¡Oh, brillante!

—Condenación —dijo ella—. Qué desastre.

Kalami se acercó y miró a los ojos a Echo, que contuvo una sonrisa.

—Falilar —dijo Echo—, envía un equipo ahí abajo, a ver si pueden recuperarla. Tengo que ir con más cuidado.

—Sí, brillante —respondió él.

Por supuesto, si el equipo la encontraba, tendría instrucciones discretas de romper el rubí como si hubiera sido por la caída. Y por supuesto, deberían hablar en voz bien alta de lo trágico que era entre los eruditos de la torre. Echo tenía una incipiente sospecha sobre la identidad del spren que se había puesto en contacto con ella. Quería asegurarse de que ese spren, y su agente, se enteraran de que la vinculacaña se había perdido.

«A ver qué haces ahora», pensó Echo, y regresó con paso tranquilo al interior de la torre.