30. LA TRAICIÓN
Pero con eso no respondo al núcleo de vuestra carta. He instado a quienes se prestaron a hablar conmigo a escuchar vuestras advertencias, pero todos parecen contentarse con hacer caso omiso a Odium por el momento. En su opinión, no supone una amenaza mientras continúe retenido en el sistema roshariano.
La luz destelló en el extraño cubo, filtrándose por las esquinas mientras Dante hablaba. Velo estaba mirando esa luz y de pronto se sintió deshilvanada, atrapada entre dos momentos. Aquella experiencia… ya la había tenido antes. Había estado allí, arrodillada en el suelo, sosteniendo un cubo que brillaba por las esquinas. Exactamente igual que aquello. Llevó una mano a la parte superior del cubo, tocó el liso metal y esperó encontrar mellas en él. Inclinó la cabeza a un lado, levantó los dedos para mirárselos y los frotó contra el pulgar. Aquello estaba mal… Volvió la mirada atrás y vio el recinto cerrado bajo la lona. Estaba en una misión en Shadesmar. ¿Por qué debería esperar ver un jardín a su espalda? ¿El jardín de su padre?
Velo dejó paso a Lexa. Esos recuerdos… eran algo que había perdido. De los años anteriores a la… la muerte de su madre.
Aquella época retorcida, anudada, llena de malezas en su cerebro, oculta tras unos parterres cultivados con esmero. Cuando Lexa repasaba sus recuerdos, no le daba la impresión de que faltara nada. Y sin embargo, sabía a partir de otras pistas que tenía lagunas.
Recuerda, pensó Velo. Recuerda.
Había entrenado con Patrón de niña. Había pronunciado juramentos. Había invocado una hoja esquirlada y había derribado a su propia madre, frenética por sobrevivir. Y… volvió a mirar el cubo… ¿había tenido en las manos uno como aquel?
Aferró el cubo con fuerza y puso toda su concentración en la voz de Dante. No podía pensar en el pasado. No podía. Por desgracia, los sonidos que salían del cubo le sonaban embrollados. Su mente se fijaba en cada sílaba de forma individual y no podía comprender el alezi como idioma; era solo una cacofonía de sonidos. Sacudió la cabeza y el cubo pareció dar un bandazo en sus manos. Lexa dio un respingo, obligó a Velo a tomar el control y las palabras de Dante empezaron a tener sentido.
—¿… tenido cuidado de no llamar la atención para hablar conmigo? —estaba diciendo Dante.
—Eh… —dijo Velo—. Pues claro que lo he hecho en secreto. Me conoces demasiado para preguntar eso.
¿Qué habría estado diciendo antes? Velo se lo había perdido por completo.
—Siempre es beneficioso —dijo él— reforzar el comportamiento deseado, pequeña daga. En la gente igual que en los sabuesoshacha. ¿Y tu informe?
—Hemos desembarcado —dijo ella—, y los demás han salido a explorar un pueblecito costero. Nos quedan aún varias semanas de viaje por tierra, con un poco de suerte igual de tranquilas que las anteriores, antes de llegar a la fortaleza.
—¿Has descubierto algo interesante de tus compañeros Radiantes?
—Nada de lo que merezca la pena informarte, Dante —respondió Velo—. Más que nada, quería confirmar que este cubo tuyo funciona. —Calló un momento para pensar—. ¿Qué decías que pasaría si cojo una palanca y abro este trasto?
—Destruirás de inmediato al spren que vive dentro —dijo Dante.
—No se puede matar a un spren.
—No he dicho matar.
Velo sostuvo en alto el cubo. La luz escapaba por las esquinas.
¿Se habría abierto un poquito?
—Quizá sí que tenga una pequeña información para ti —dijo—. Algo que estaría dispuesta a intercambiar por detalles sobre este cubo.
—Esa no es tu misión, ni lo que habíamos acordado, pequeña daga —repuso Dante con voz divertida—. Una sabuesa no retiene su afecto hasta obtener su festín. Cumple primero y luego recibe su recompensa.
—Me dijiste que fuese la cazadora, no la presa —afirmó Velo—. ¿Y ahora me echas una dentellada por mostrar iniciativa?
—La iniciativa es algo maravilloso, y tu posesión de ella digna de elogio. No obstante, nuestra organización sobrevive basándose en principios de jerarquía. Un grupo de cazadores trabajando juntos podrían volverse unos contra otros con demasiada facilidad.
»De modo que yo respeto a mi babsk y tú me respetas a mí. No atacamos a los nuestros y no negociamos hacia arriba. Hacerlo de otro modo es abrir la puerta a la anarquía. Así que sigue cazando, pero ni se te ocurra usar el resultado a modo de rehén. Y ahora, ¿hay alguna otra cosa de la que informar sobre la misión que pueda resultar relevante?
No la había presionado más para obtener información sobre los demás Radiantes, así que, en esencia, le había concedido el punto. Su misión no era informar sobre ellos y Dante sabía que no tenía ningún derecho a exigir que lo hiciera.
«Tomo nota —pensó Velo—. Este acuerdo deja margen para negociar, pese a lo que él quiera dar a entender.»
—Hemos tenido a unos spren raros observándonos —comentó Velo—. Solo he llegado a verlos de refilón, pero parecen del color equivocado. Como si estuvieran corrompidos.
—Qué curioso —dijo Dante—. Sja-anat extiende su influencia. Aún estoy esperando al spren que prometió que se vincularía conmigo.
—Prometió enviar un spren —matizó Velo—, no que el spren fuese a escogerte. No culpes a Lexa si luego fracasas en obtener lo que quieres.
—Y aun así, Sja-anat os espía durante este viaje. ¿Qué puedes decirme de esos spren que has visto?
—Son todos de la misma variedad, y se quedan lejos o se ocultan de algún modo. No los ha visto nadie más de la barcaza, aunque he advertido a mi equipo que estén atentos.
—Sja-anat es importante, pequeña cazadora —dijo Dante—. Debemos amarrarla a nosotros. ¿Una spren de Odium dispuesta a traicionarlo? ¿Una criatura antigua con un conocimiento igual de antiguo? Te encargo esta misión secundaria: pon mucha atención por si vuelven a aparecer esos spren y establece contacto si puedes.
—Lo haré —le aseguró Velo—. ¿Hay noticias de la torre o de la invasión de Bellamy?
—Ah, aquí las cosas están sometidas a sus habituales oleadas de actividad y sorpresa —respondió Dante—. Nada inesperado para quienes han estado prestando atención. Te lo haré saber si ocurre algo que requiera tu implicación.
Velo asintió, de nuevo distraída cuando la sensación de sostener el cubo volvió a embargarla. Forzó a Lexa a retomar el control, para ver las sombras de reflejos de recuerdos. Inspiró y espiró, procurando obligarse a mantenerse fuerte. A no huir.
¿Debería preguntar a Dante si sabía algo de su pasado, o si ella misma se había comunicado antes con él de esa manera? Era improbable que respondiera, pero no fue eso lo que se lo impidió.
«No quiero saberlo», pensó. En vez de eso, dijo:
—Contactaré otra vez cuando hayamos recorrido una buena distancia en caravana.
—Muy bien —respondió Dante—. Y de nuevo, permíteme que insista: debes estar atenta por si hay señales de esos glorispren corrompidos. Me preocupa que Sja-anat nos la esté jugando a los dos, y no me gusta nada la sensación.
Lexa casi dejó caer el cubo de la sorpresa. Velo se había preocupado de no mencionar la variedad específica de los spren. Y aun así, él los había llamado glorispren.
¡JA!, pensó Velo.
Ay, tormentas, pensó Radiante. El plan de Velo ha funcionado. Ahora se pondrá insufrible.
¿Insufrible? Lo que soy es increíble. Dante ha caído en una trampa muy común, la de ser tan listo que empiezas a olvidarte de los fundamentos básicos. Cuestiona siempre tu información.
—Entendido —se obligó a decir Lexa—. Estaré muy atenta.
El brillo del cubo se desvaneció. Lexa lo dejó con cuidado en el cofre y tomó otra Memoria de él en su sitio antes de cerrar la tapa con llave. La información había llegado a Dante, y el dato falso, que Lexa había visto un glorispren vigilándola, había revelado la verdad.
Berila era la espía.
Los humanos que Godeke había encontrado eran un grupo inesperado. No parecían ser soldados, sino trabajadores comunes con la piel marrón y el pelo negro, tanto hombres como mujeres. Había gente vorin con ese tono de piel, pero era más probable encontrarlos en las regiones centrales. Marat, Tukar, las islas Reshi. Llevaban ropa sencilla de un corte que Clarke creyó reconocer como procedente del sudeste de Makabak. Tenía colores parecidos a los estampados azishianos, pero la tela era más gruesa y áspera, la vestimenta más envolvente, con borlas trenzadas que pendían bajas desde la cintura.
«Sí —pensó—. Tienen aspecto de ser de Marat, o quizá de Tukar.»
Había varias caravanas acampadas a las afueras del pueblo, y todas las demás estaban compuestas de spren. Cuando Clarke y Godeke habían pasado por allí, les habían hecho saludos o gestos amistosos. Uno hasta había llamado por su nombre a Archinal, la spren de Godeke, al reconocerla. Aquel campamento humano, en cambio, no era un lugar acogedor. Si los campamentos spren habían manifestado fuegos, aquel estaba a oscuras, no iluminado ni por llamas ni por luz tormentosa. La caravana humana no llevaba animales de carga, pero la gente había amontonado sus cosas en el centro mientras varios de ellos dormían. Los demás, sobre todo hombres con porras apoyadas en los hombros, vigilaban el perímetro.
—¿Quiénes son? —preguntó Clarke en voz baja, mirando desde la pared de un comercio pequeño.
El terreno fuera del pueblo era bastante árido, un campo abierto de obsidiana con unas pocas plantas cristalinas pequeñas creciendo en grupos, rodeadas de vidaspren que se mecían, más grandes en aquel lado.
—¿Mercaderes de otro mundo, quizá? —supuso Archinal. La bajita cultivacispren se retorció las manos—. Eh, a veces pasa, y cada vez más en estos tiempos. La gente viene en caravanas con intención de negociar. Les gustan vuestros vinos, brillante señora humana. Y muchos han oído hablar de vuestras armas. ¡He conocido a varios que querían adquirir una! Como si una hoja esquirlada fuese a estar a la venta.
—Otras tierras —dijo Clarke, rascándose la barbilla—. A lo mejor esos otros mercaderes a los que conociste vienen desde muy lejos, pero estos llevan ropa marati o tukari. A mí me parecen lugareños, pero, si estoy en lo cierto, deberíamos preguntarnos cómo han llegado hasta aquí. Nosotros hemos descubierto hace poco la manera de cruzar a Shadesmar, y es necesaria la ayuda de un Radiante. ¿Cómo puede haber venido hasta aquí una caravana mercante de nuestro mundo?
—Por eso he ido a buscarte —convino Godeke—. Este grupo tiene algo que no encaja.
—Podrían ser extranjeros de todos modos —dijo Archinal—. Podrían llevar ropa manifestada que han conseguido estando ya aquí. ¡Oh! No debes dar por sentado que lo que veas aquí reflejará lo que conoces de tu vida, alta princesa humana.
—Podríamos preguntarles, ¿no? —propuso Godeke—. Ver si quieren hablar con nosotros.
Cruzaron la mirada y entonces Clarke se encogió de hombros.
¿Por qué no? Salió seguido de Godeke y su spren, con Maya un poco más atrasada.
Los caravaneros repararon al instante en su presencia. Uno señaló y un pequeño grupo corrió hacia ellos. La iluminación de aquel lugar, con aquel sol lejano pero con una luz extraña y omnipresente, hacía jugarretas a los ojos de Clarke. Las sombras se proyectaban en direcciones erróneas y la distancia era más difícil de juzgar. De modo que Clarke estaba acostumbrada a que las cosas no encajaran. Incluso teniendo eso en cuenta, la forma en que aquella gente parecía estar siempre envuelta en sombras… era desconcertante. Mientras se acercaban, Clarke tuvo la sensación de ver solo atisbos de sus rasgos y, se giraran en la dirección que se giraran, las partes más hundidas de sus caras —las cuencas oculares, las líneas de la nariz— estaban siempre oscuras. Captó destellos ocasionales de sus ojos.
Hablaron en un idioma que no conocía.
—¿Habláis alezi? —preguntó—. ¿O veden?
—Gthlebn Thaylen? —añadió Godeke.
—¿Alezi? —dijo uno de los hombres—. Tú ir, alezi.
En efecto, tenía acento tukari.
—Solo queremos charlar —dijo Clarke—. No hemos visto a más humanos por aquí. Hemos pensado que estaría bien hablar con otros de los nuestros.
—Tú ir —repitió el hombre—. Nosotros no hablar.
Clarke miró por detrás del hombre, hacia donde varios otros humanos se habían movido para hurgar entre sus cosas. Aunque la gente con la que estaba hablando llevaba porras, entrevió un destello de luz reflejada más atrás. Llevaban armas reales, pero no querían empuñarlas estando a la vista.
—Bien —dijo Clarke—. Como queráis.
Volvió al pueblo acompañado de los demás. Los tukari los observaron hasta perderlos de vista.
—Sí que eran tukari —dijo Godeke.
—Sí —repuso Clarke—. Su país está gobernado por un hombre que afirma ser un dios y en realidad es un Heraldo. Mi padre planea empujar al ejército cantor de Emul hacia abajo para aplastarlo contra esos fanáticos. Una maniobra de martillo y yunque.
¿Estarían relacionados aquellos extraños viajeros con el asunto de Tukar o sería una mera coincidencia?
Clarke recogió a sus soldados y se los llevó de vuelta hacia la barcaza. Tenían que empezar a descargar sus provisiones y acampar. Archinal había visitado antes la fortaleza de los honorspren y estaba segura de poder llevarlos hasta allí. No debería ser difícil: con que se limitaran a seguir la costa hacia el oeste, terminarían llegando. Mientras se acercaban a la barcaza, Clarke aflojó el paso. Había alguien hablando con Unativi delante de la embarcación, una figura blanca tintada de azul. Un spren alto, distinguido. Clarke estaba acostumbrada a verlo con un uniforme elegante, no en pantalones y camisa abotonada, pero era la misma persona.
—¿Es un honorspren? —preguntó Godeke.
—Sí —dijo Clarke, y siguió adelante—. Se llama Notum. Era el capitán del barco en el que navegamos la última vez que estuvimos en Shadesmar.
Parecía que su confrontación con los honorspren podía tener lugar antes de lo que había planeado.
Lexa terminó su boceto a la luz de las gemas, todavía sentada bajo la lona. A su lado estaba el cofre cerrado que contenía el extraño dispositivo de comunicaciones, el mismo que había plasmado en sus dibujos. Había atraído unos pocos spren procedentes del océano. Creacionspren, que allí eran pequeñas luces que se arremolinaban y cambiaban de color y forma. Evocaban distintas impresiones, a menudo rostros. Pero eran pequeños, y por tanto fáciles de tratar como a los spren en el Reino Físico. Los ahuyentó mientras Patrón se sentaba a su lado.
—Mmmm… —dijo él—. Has dibujado el mismo cubo cuatro veces, Lexa. ¿Estás bien?
—No, pero esto no es síntoma de eso —respondió Lexa. Pasó unas páginas de su cuaderno de bocetos—. Alguien ha estado moviendo este cubo. Entre las veces que lo he sacado.
El patrón de Patrón se ralentizó hasta casi detenerse.
—¿Estás segura?
—Sí —respondió ella, y le enseñó los bocetos—. Hay un arañazo en esta cara, cerca de la esquina, y esa cara estaba hacia arriba ayer, pero hoy está hacia un lado.
—Mmmm… —dijo él—. Es un detalle muy minúsculo. Uno en el que no se habría fijado nadie más.
—Ya —dijo ella. Sus dibujos eran siniestramente exactos. Sobrenaturalmente, incluso—. Berila es la espía. Puedo demostrarlo, y sé que ha estado contactando con Dante por medio del cubo. Tengo muchísima curiosidad por saber cómo ha podido activarlo sin llamar la atención. ¿Tú la has visto hacerlo?
—No —respondió él—. No la he visto.
—Bueno, es un alivio saber quién es —comentó Lexa.
Y se sorprendió al descubrir que de verdad lo era. Podía aceptar aquello, que la traidora fuese la chica nueva. Lexa había empezado a retraerse ante la mera idea de que fuera Vathah o Ishnah. Berila. Podía aceptar que fuese Berila. Le dolía, porque siempre le dolería que la traicionaran, pero podría haber sido peor.
Condenación, pensó Velo.
¿Qué?, preguntó Lexa. ¿Qué pasa?
¿No os parece demasiado fácil? ¿Demasiado conveniente?
Velo, pensó Radiante, fuiste tú quien se tomó tantas molestias para sembrar la información y encontrar al espía. ¿Y ahora lo cuestionas?
He mencionado hace poco los fundamentos, respondió Velo. Debemos cuestionar toda información y preguntarnos si nos la está proporcionando alguien con algún objetivo. Tengo que pensar más en esto.
Lexa suspiró y luego negó con la cabeza. Si Velo no las hubiera emborrachado, quizá podrían haber sorprendido a Berila. Empezó a bosquejar de nuevo, otra vez el cubo, aunque en esa ocasión le añadió mellas en la parte de arriba. ¿Se acordaba? ¿Quería acordarse?
—¿Lexa? —dijo Patrón—. Mmm… Algo va mal, ¿verdad? Aparte de tener a una espía entre nosotros.
—No lo sé —respondió ella, frotándose la frente. Los restos de su anterior resaca palpitaban al fondo de su mente—. ¿Tú… me recuerdas usando alguna vez un cubo como este, de pequeña?
—Mmm. ¿No?
—Pues la usé —dijo Lexa—. No sé cómo, pero lo hice. El problema es que no encuentro el sentido a mis propios recuerdos.
—¿Quizá… yo podría ayudarte? ¿A recordar?
Lexa fijó la mirada en el cuaderno.
—Lexa —dijo Patrón—. Me preocupas. Mmm. Dices que estás mejorando, pero me preocupas. Clarke también se preocupa, aunque no creo que ella vea lo que yo.
—¿Qué ves tú? —preguntó Lexa con un hilo de voz.
—Otra cosa mirando a través de tus ojos, a veces. Otra cosa nueva. Sale cuando… cuando intento hablar de tu pasado. Así que me da miedo hacerlo. A veces me insinúas que quieres que diga más. Y entonces esos otros ojos me ven.
—Hay otra verdad —susurró Lexa—. Otra… otra…
Cerró los párpados con fuerza. Velo, toma el control.
Pero…
Velo se descubrió al mando de nuevo y oyó voces que llegaban desde fuera de la barcaza. La de Clarke, fuerte y confiada. Velo no la amaba como Lexa, pero sabía que en esos momentos necesitaban estar cerca de ella. Lexa necesitaba estar cerca de ella.
No, pensó Lexa desde muy profundo. No. Me odiará. Odiará… lo que hice…
Velo fue a estar cerca de ella de todos modos. Pero no pudo hacer acopio del suficiente valor para hablarle de los miedos de Lexa: no quería arriesgarse a un dolor que no estaba segura de que Lexa fuese capaz de soportar. No podía arriesgarse a dar más carne a Sinforma, así que se quedó callada.
—Conque sí que erais vosotros —dijo Notum a Clarke—. ¿Es que no aprendisteis de vuestra última excursión a este territorio? ¿Teníais que volver?
Notum tenía el aspecto de un hombre alezi, fornido y alto, con el pelo muy corto y actitud militar. Llevaba una barba un poco parecida a la de los comecuernos, con prominentes patillas bajando por las mejillas, pero añadiéndole un fino bigote. Todo ello, además de su ropa sencilla, formaba parte de él. Aunque algunos spren llevaban ropa manifestada, los honorspren la creaban a partir de su propia sustancia. Notum tenía el semblante impasible, pero sus palabras supuraban condescendencia. ¿Por qué no llevaba puesto su uniforme de capitán? ¿Estaría de permiso? Su barco desde luego no se veía por allí cerca.
El spren, con la misma formalidad extrema que había mostrado en su anterior encuentro, se asió las manos por detrás de la espalda en espera de una respuesta, gesto que recordó a Clarke a su padre. Clarke hizo una señal a sus soldados para que no se acercaran, aunque Maya se quedó a su lado mientras daba otro paso hacia Notum. El honorspren casi ni la miró; tendían a hacer caso omiso a los ojomuertos.
—Me han enviado en misión diplomática, Notum —dijo Clarke—, a visitar Integridad Duradera. Represento a las nuevas órdenes de Radiantes y a mi padre, el rey de Urithiru. Nuestros monarcas envían cartas de presentación. Esperamos forjar una nueva alianza.
El honorspren ensanchó mucho los ojos e inhaló un súbito aliento, cosa que los spren hacían solo por el efecto, ya que en general no respiraban.
—¿Qué ocurre? —preguntó Clarke—. ¿Tanto te sorprende?
—No sería educado por mi parte interrumpir —dijo Notum—. Por favor, prosigue con tu demencial diatriba.
—Solo queremos establecer un diálogo —dijo Clarke—. Regularizar las relaciones diplomáticas entre el mundo humano y el de los spren. Es una petición perfectamente razonable.
La calle más cercana se vació a medida que los spren optaban por mantenerse alejados del honorspren. Reparaban en su presencia y cambiaban de dirección. Allí no era apreciado. Su presencia se toleraba, pero no con gusto.
—Permíteme plantearte una situación equivalente —dijo Notum—. Un criminal dado a la fuga ha robado un recuerdo muy apreciado por el rey, su copa más querida, quizá. Un recuerdo de su difunta esposa. ¿Sería razonable que ese ladrón llegara tan campante a palacio un día y pretendiera regularizar las relaciones entre él y el rey? ¿O acaso sería una idiotez por su parte?
—Nosotros no hemos robado nada a los honorspren.
—Exceptuando a la hija más apreciada del Padre Tormenta.
—Syl tomó esa decisión por sí misma —objetó Clarke—. Hasta el Padre Tormenta lo ha reconocido. Además, si tan apreciada es, a lo mejor podríais escucharla todos de vez en cuando.
Maya dio un leve gruñido al oír ese comentario, lo que provocó que tanto Clarke como Notum la miraran. Era muy infrecuente que un ojomuerto hiciera algún ruido.
—El Padre Tormenta no te será de mucha ayuda —dijo Notum—. Ahora que ha aceptado vincularse, los honorspren ya no lo reverencian como solían. Creen que debió salir herido por la muerte de Honor y que esa herida está manifestándose ahora en un comportamiento irracional. De modo que en efecto, él ya no ordena que la Antigua Hija regrese, pero no asumas que por eso los honorspren te darán la bienvenida a ti.
—¿En el momento en que alguien a quien respetan les dice algo razonable, lo desechan? —preguntó Clarke—. Se suponía que los spren eran mejores que los hombres.
—Ojalá fuera así —dijo Notum en voz más baja—. Princesa Clarke, soy una persona razonable. Eso lo sabes. Solo pretendo cumplir con mi deber lo mejor que pueda. Pero aun así, puedo decirte con pelos y señales lo que ocurrirá si te acercas a Integridad Duradera. Te harán dar media vuelta. Ahora mismo no se permite entrar en la fortaleza ni a los amigos de los honorspren, y tú eres todo menos una amiga.
»Para muchos de allí, eres una criminal. Tu especie entera está compuesta de criminales. No es tanto por la Antigua Hija como por lo que nos hicisteis.
Notum señaló con el mentón hacia Maya.
—Repito que nosotros no les hicimos nada a ellos —dijo Clarke, manteniendo el tono calmado a base de pura fuerza de voluntad—. A Maya y los demás los mataron hace miles de años.
—Ni siquiera una sola generación para muchos spren —repuso Notum—. Nuestros recuerdos llegan muy atrás, princesa Clarke. Quizá no se os culparía, de no ser porque los tuyos han regresado a esos juramentos. No habéis aprendido del pasado y estáis volviendo a iniciar la abominación, vinculando a spren y poniendo en peligro sus vidas.
—Estos Radiantes no harán lo que hicieron aquellos del pasado —afirmó Clarke—. Mira, durante miles de años antes de la Traición, los spren y los humanos se llevaron bien. ¿Vamos a permitir que un solo acontecimiento borre todo eso?
—¿Un acontecimiento? —dijo Notum—. Un acontecimiento que provocó nada menos que ocho genocidios, princesa Clarke. Párate un momento a pensar en eso. Casi todos los honorspren estaban vinculados, y todos esos murieron. ¿Puedes imaginar tamaña deslealtad? ¿El dolor de que te asesina la persona a la que confiaste tu vida? ¿Tu misma alma? Cuando los hombres mueren, sus almas viajan al Reino Espiritual para fundirse con la deidad. Pero ¿y nosotros? —Hizo un gesto hacia Maya, de pie en sus harapos, con los ojos raspados—. Nosotros permanecemos vagando por Shadesmar como almas muertas, incapaces de pensar o hablar. Nuestros cuerpos los utilizan como armas, chillando, los descendientes de quienes nos mataron. No fue un simple error lo que nos llevó a esto, sino una traición de los juramentos coordinada y calculada.
»Tu pueblo es un pueblo criminal. El único motivo de que no hubiera un castigo inmediato fue que matasteis a todos los spren que podrían haber actuado en vuestra contra. No vayas a Integridad Duradera. No aceptarán cartas de vuestros reyes y vuestras reinas. Ni siquiera hablarán contigo.
Notum dio media vuelta y echó a andar hacia una pequeña caravana detenida fuera. A juzgar por la distribución organizada, y por los dos alcanzadores uniformados que vigilaban el perímetro, Clarke supuso que sería la caravana del propio Notum.
—Capitán —lo llamó Clarke—. Puede que mi tarea esté condenada al fracaso, como dices. Sin embargo, no puedo evitar pensar que ayudaría tener a alguien que respondiera de mis intenciones. Quizá un honorspren respetado, capitán de barco y hombre del ejército. Alguien que comprenda la urgencia de nuestra misión.
Notum se quedó petrificado un momento y luego se volvió de nuevo con la cabeza inclinada a un lado.
—¿Capitán de barco? ¿Es que no has visto mi ropa?
—¿Estás… de permiso?
—Me retiraron del servicio —respondió Notum—, por dejar marchar a la Antigua Hija después de capturarla. Estuve cinco meses en prisión y, cuando fui liberado, me degradaron a la categoría más baja que puede tener un honorspren. Estoy asignado a pasar dos siglos patrullando el territorio vacío entre aquí e Integridad Duradera, viajando de un punto a otro sin cesar. No se me permite pisar Integridad Duradera. Puedo verla, pero no entrar.
—¿Hasta cuándo? —preguntó Clarke—. ¿Hasta… que completes tu patrulla?
—Hasta nunca jamás, princesa Clarke. Estoy exiliado. —Notum alzó la mirada al cielo, donde las luces titilantes revelaban que empezaba a pasar una tormenta eterna en el Reino Físico—. Sabía lo que estaba haciendo, a lo que estaba arriesgándome, cuando os dejé marchar. Dime una cosa por lo menos: ¿lo salvasteis? ¿Al Forjador de Vínculos?
Clarke tragó saliva, notando la boca muy seca. ¿Exiliado para toda la eternidad? ¿Por haber hecho lo correcto? Clarke sabía que no debía esperar que los honorspren de Integridad Duradera fuesen como Syl, pero sí esperaba poder hablar con personas como Notum. Personas duras, estrictas, pero en el fondo justas y capaces de atender a razones.
Pero si habían tratado de una forma tan terrible a Notum, que siempre había parecido la encarnación definitiva de la corrección y el honor… Vientos tormentosos. Notum seguía esperando una respuesta. Había dejado escapar a Syl y los demás porque Raven había insistido en que tenían que rescatar a Bellamy. Clarke quería apresurarse a ofrecer a Notum la certeza de que su sacrificio había sido crucial… pero no le salían las palabras. Aquel spren merecía su sinceridad.
—Él nos salvó a nosotros, Notum —dijo Clarke—. Al final mi padre acabó no necesitando nuestra ayuda, pero creo que Lexa y Raven ayudaron a dar la vuelta a la batalla cuando llegamos.
Notum asintió.
—Voy a recorrer este camino hacia Integridad Duradera, pero me veré obligado a dar media vuelta cuando me aproxime. Quizá volvamos a encontrarnos más adelante, princesa humana, y logre disuadirte de tus intenciones.
Notum siguió andando.
Ua'pam y Zu ya estaban en la barcaza, y al parecer lo habían organizado todo para que el grupo de Clarke se instalara en uno de los distintos campamentos establecidos fuera del pueblo. Así que Clarke se unió a los demás para descargar su material, ayudó con los caballos y luego trasladó sus armas… pero sin dejar de estar perdido en sus pensamientos. Clarke había sido inútil en aquella batalla de Ciudad Thaylen. El mundo había pasado a pertenecer a dioses y Radiantes, no a atractivas jóvenes ojos claros que se las daban de habilidosos con la espada. Lo mejor que podía hacer era aceptarlo y buscar otra manera de ser útil. Encontraría la forma de hacer que los honorspren la escucharan. No sabía cómo, pero lo haría.
