31. HIJA DE TRAIDORES

Yo no comparto su actitud. Si estáis en lo cierto y sois capaces de mantener a Odium preso por el momento, eso nos daría el tiempo necesario para planificar. Se trata de una amenaza que supera la capacidad de una sola Esquirla para afrontarla.

Incluso varias semanas después de verlos por primera vez, Venli seguía siendo incapaz de no quedarse mirando a la nueva marca de Fusionados. Esa marca, los llamados makay-im o «Aquellos de las Profundidades», tenía acceso a una de las mismas Potencias que Venli: la capacidad de convertir la piedra en líquido. Los Profundos tenían la piel lisa, sin pelo y sin apenas armadura, solo caparazón sobre las cabezas y los genitales. Exhibían sus vistosas pautas por toda la longitud de sus cuerpos sinuosos. Sus largos brazos y piernas recordaban a Venli a su forma actual, que era alta sin llegar al nivel de esbeltez antinatural de Rabeniel y los constructores como ella. Los makay-im vestían túnicas abiertas por delante, cuando vestían algo en absoluto. Se mantenían apartados y distantes del resto del equipo de salto en su avance por los congelados pasos montañosos. Después de pasar semanas viajando juntos, ningún Profundo se había dirigido a ella ni una sola vez, aunque el ritmo que imponía Rabeniel dejaba poco tiempo para la cháchara. Aquellas montañas, por lo que tenía entendido Venli, no formaban parte de ningún reino concreto. Los valles aislados eran demasiado inaccesibles desde el exterior. Un grupo de Celestiales los había llevado hasta allí varias semanas antes, y luego los había dejado para que recorrieran el resto del camino hasta Urithiru a pie. La fortaleza humana estaba en algún lugar de allí dentro, en teoría oculta e inexpugnable. Las patrullas de Corredores del Viento imposibilitaban acercarse demasiado volando, pero Rabeniel opinaba que un grupo reducido de infantería, desplazándose con cautela de noche o durante las tormentas, sería capaz de aproximarse inadvertido a los túneles inferiores de la torre. Y así, Venli se unió al resto del grupo saliendo de la sombra de la cobertura arbórea y empezando a cruzar el terreno de piedra. Como en días anteriores, Rabeniel marcaba un ritmo difícil de mantener, aunque Venli sabía que no empezaría a notarse cansada hasta que hubieran seguido así unas pocas horas. La antigua erudita había reemplazado las túnicas majestuosas por cuero de viaje adecuado para la batalla, y su coleta alta, de mechones de un puro rojo anaranjado, caía alrededor del resto de su cráneo, cubierto por caparazón. Urgió al grupo a seguir adelante, cada vez más ansiosa. Estaban acercándose a la torre; ya solo quedaban unos días. Aquel valle de las tierras altas era prácticamente árido del todo, capaz de mantener solo a los rocabrotes más resistentes y a algún pequeño grupo de árboles achaparrados, cuyas ramas se entretejían para crear una maraña resistente a las tormentas. Aunque las hojas de los árboles se retraían cuando llegaba una tormenta, las ramas permanecían firmes y entrelazadas. No había ni un solo vidaspren a la vista, aunque el suelo estaba sembrado de friospren que apuntaban al cielo. Como cabría esperar, había más rocabrotes en las laderas a sotavento, pero las cicatrices de terreno negro fulminado y las zonas quemadas revelaban que, cuando la tormenta eterna pasaba por allí, no atemperaba su furia. Las alturas parecían sufrir menos descargas de relámpago que las tierras bajas. Venli apretó el paso para adelantar a los soldados y situarse a continuación de los Profundos. Le gustaba observarlos, porque se fundían con la piedra incluso mientras avanzaban. La brillante luz cerúlea de la Luna de Honor revelaba treinta siluetas, algunas con túnicas ondeantes, deslizándose por el suelo sin perder la postura erguida. No era como lo que hacían los shetel-im, los Fluyentes, capaces de resbalar por cualquier superficie como si estuviera aceitada. Aquello era distinto. Los Profundos tenían los pies hundidos en el suelo hasta encima de los tobillos. Se movían como nada que Venli hubiera visto en la vida. Como palos en una corriente después de una alta tormenta poderosa, como si la piedra los empujara hacia delante mientras ellos se quedaban quietos y erguidos del todo. Tenían un brillo rojo en los ojos, como todos los Fusionados y regios, pero los suyos parecían de un tono más siniestro y oscuro.

—Me he fijado en que te interesan —dijo una voz desde el lado de Venli.

Sobresaltada, se volvió para encontrar a Rabeniel caminando junto a ella. Venli armonizó a Ansiedad y Timbre vibró en su interior, preocupada. ¿Había estado prestando demasiada atención? ¿Se interpretaría como algo sospechoso? Agachó la cabeza y canturreó a Agonía. Ya había temido que aquella misión amenazara con revelar su vínculo.

—No tienes por qué avergonzarte —dijo Rabeniel a Arrogancia—. La curiosidad es bienvenida en los cantores. Es una Pasión digna, Última Oyente.

Venli mantuvo Ansiedad mientras andaba, a ritmo rápido, bajo la mirada de Rabeniel. Tenía intención de servir bien a aquella Fusionada, como Leshwi le había pedido. De todo el personal no militar de Leshwi, solo Venli era regia, por lo que solo ella podría superar aquel trayecto difícil. Hasta el momento, había servido a la mujeren solo en tareas modestas: desenrollar su colchoneta por la noche, llevarle agua para beber. Había empezado a pensar que servir a Rabeniel sería, si no fácil, por lo menos tranquilo. ¿Por qué estaba llamando justo entonces la atención de la mujeren?

—Eres una elección muy extraña por parte de Leshwi —dijo Rabeniel—. Cuando me enteré de a quién se me entregaba como mi nueva Voz… Para muchos, eres solo la hija de traidores. Y sin embargo, Leshwi te dio honor. Te llamó la Última Oyente.

—Fue amable, antigua.

—Tiene muy buena opinión de ti —dijo Rabeniel—. Los Fusionados no somos amables, sino que recompensamos la competencia y la Pasión. Aunque una sea hija de traidores. Debería haber esperado que la Voz de Leshwi sería alguien… anómalo. Es de las más listas y capaces entre los Celestiales.

—Ella… quizá os rebatiría en eso, antigua.

—Sí, soy consciente de lo mucho que se esfuerza para que otros la subestimen —dijo Rabeniel a Satisfacción—. Es peligrosa, y eso es bueno.

Miró a Venli y parpadeó una vez con sus ojos rojos, canturreando con suavidad a Satisfacción. Timbre zumbó en el interior de Venli. Rabeniel sabía demasiado. Era evidente que sabía que Venli era una espía de Leshwi. Pero ¿cuánto más había deducido Rabeniel? Era imposible que conociera toda la verdad.

—Dime —prosiguió Rabeniel—. ¿Qué es lo que te interesa tanto de los Profundos? ¿Por qué dedicas horas enteras a observarlos?

—Encuentro fascinantes sus poderes —respondió Venli. Mejor no mentir hasta que fuese necesario.

—Nueve marcas de Fusionados —dijo Rabeniel—. Nueve Potencias. ¿Conoces las Potencias?

—Las fuerzas inherentes por las que todas las vidas, todas las realidades, están conectadas. Gravitación. Transportación. Transformación. Pero… creía que eran diez.

—Así es como hablan los humanos —dijo Rabeniel a Mofa—. Afirman que existe una décima, de Honor en exclusiva. La Adhesión no es una verdadera Potencia, sino un embuste presentado como tal. Las verdaderas Potencias son tanto de Honor como de Cultivación, esta para la vida, Honor para hacer de la Potencia una ley natural. Las cosas deben caer hacia el suelo, de modo que crearon Potencias para que así ocurriera.

—¿Y la Potencia de estos? —preguntó Venli, señalando hacia los Profundos.

—Cohesión —dijo Rabeniel—. La Potencia de la conexión axial, la Potencia que ata las partes más minúsculas de todos los objetos entre ellas. La Potencia que nos mantiene de una pieza. Los makayim pueden unir su esencia a las esencias de otras cosas, entremezclando sus ejes. Todo lo que existe es sobre todo vacío, aunque no podamos ver que es así. Una piedra, como una mente, existe para llenarse de pensamiento e Investidura.

Venli canturreó a Ansia. Respuestas. Por fin respuestas. No sabía lo que significaba la mitad de esas cosas, pero que una de los Fusionados respondiera con tanta facilidad… la emocionaba, aunque Timbre zumbó a Cautela.

—Las órdenes de Radiantes tienen dos Potencias cada una —dijo Venli—. Las marcas de Fusionados, una. ¿Significa que los Radiantes son más poderosos?

—¿Poderosos? ¿Es mejor tener más capacidades o tener una sola y manejarla con pericia? Los Fusionados conocemos nuestra Potencia con una intimidad que jamás disfrutará un Radiante. La luz escapa de los humanos como el agua de entre los dedos. Obtienen fogonazos de gran poder, pero no puede retener lo que tienen.

»Un Fusionado puede contener la luz y regocijarse en ella sin límite. Hasta una regia como tú conoce este poder de una manera inferior: pocos lo saben, pero contienes una pequeña cantidad de luz del vacío en tu gema corazón. No puedes utilizarla de forma activa, por supuesto, pero quizá hayas sentido cómo enardece tus emociones.

»En cuanto a los Fusionados, nuestro dominio sobre nuestra Potencia es eterno. Allá donde los humanos visitan, nosotros reinamos. —Hizo un gesto hacia los Profundos—. ¿Puede afirmar algún Radiante que conoce las piedras como las conocen estos, fundiéndose con la roca, mezclando sus mismos ejes? Los Radiantes se enfocan en demasía hacia fuera. Cambian el mundo, pero se pasan por alto a sí mismos. Sí, un Radiante puede proyectar una piedra hacia el cielo, pero los shanay-im pueden elevarse sin temor a caer jamás.

Venli canturreó a Ansia, aunque no estaba muy de acuerdo con la Fusionada. Se había cohibido a la hora de usar sus poderes Radiantes en Kholinar, pero la entusiasmaban. Timbre decía que Venli sería capaz de mover la piedra, de darle forma. Miró a los Profundos, que se movían silenciosos, expertos. Comparado con ellos, el paso de la propia Venli, y el de los quinientos soldados en forma de tormenta que marchaban detrás, parecía torpe. Y lo cierto era que les envidiaba aquella forma de fluir. Pero… ¿por qué los poderes se manifestaban de manera distinta en los Radiantes y en los Fusionados?

Armonizó a Malestar mientras meditaba sobre lo que había dicho Rabeniel. Cada respuesta parecía despertar una decena de nuevas preguntas, pero Venli sabía que los Fusionados, incluso los que estaban de un humor complaciente como Rabeniel, no toleraban las preguntas para siempre. Así que Venli se decidió por una última cosa que preguntar.

—Si las Potencias son de Honor y Cultivación —dijo—, ¿por qué servimos a Odium?

—Una pregunta peligrosa —replicó Rabeniel a Mofa—. Ciertamente eres hija de traidores, ¿verdad?

—Eh…

—No encubras tu ambición, niña —dijo Rabeniel, guiando a Venli por una hilera de arbustos espinosos bajo los que unas pequeñas criaturas peludas huyeron en la noche—. Me gusta verla en mis siervos. Pero aun así, hay una cierta insensatez en tu pregunta. ¿A quién preferirías adorar, a una diosa de las plantas o a un dios de las emociones? —Movió la mano hacia el sudeste—. Cultivación se oculta en algún lugar de estas montañas. Está en todas partes, pero también está aquí. Viva, pero asustada. Lo sabe. No es una diosa de las personas, sino de las criaturas.

»¿Y Honor? ¿Un dios de las leyes? De nuevo, ¿a quién preferirías? ¿A un dios que solo sabe hacer que una piedra caiga al suelo o a un dios que nos conoce, que nos comprende, que siente como sentimos nosotros? Sí, las Potencias están regidas por Honor. Y sin embargo, como puedes ver tú misma, su muerte no cambió el mundo de ninguna manera apreciable. Su poder une todas las cosas, pero solo eso no es digno de adoración. Odium… Pasión… él sí que concede recompensas.

Venli tarareó a Ansia.

—Quieres más, ¿no es así? —preguntó Rabeniel—. Solo alguien con una ambición pura podría ocupar la posición que ostentas tú. Sirve bien y quizá encuentres las bendiciones disponibles para los dignos. Verdadero conocimiento. Verdadera vida.

Venli siguió canturreando, aunque su ritmo interno era otro mucho más inseguro. El Ritmo de lo Perdido. No sabía qué pensar de Rabeniel. Muchos Fusionados eran inestables de un modo u otro: vengativos, destructivos, engreídos. Al escuchar las afirmaciones meditadas y profundas de aquella criatura, Venli descubrió que tenía miedo. Aquella criatura era mucho más peligrosa que ninguna con la que se hubiera encontrado antes. Rabeniel la dejó, apretando el paso para unirse a las silenciosas criaturas flotantes que eran los Profundos. Venli siguió andando, y se sorprendió cuando Rothan se adelantó desde atrás para ponerse a su altura. Era el líder de los soldados de la dama Leshwi, por lo que no estaba entre los subordinados de Venli, sino que tenía una autoridad análoga a la suya. Al igual que la mayoría de los soldados de Leshwi, Rothan había sido entregado a Rabeniel para la incursión. Los soldados del Perseguidor también se habían unido a ellos, y eran un grupo al que Venli conocía por su temible reputación. Habían sido duros con los humanos de Kholinar, pero estaban entre las tropas más fuertes y soberbias de los cantores, ataviados con unos uniformes propios que llevaban siempre con orgullo. Se habían entremezclado con las tropas de Leshwi, bien entrenadas y más calmadas, componiendo entre ambas un imponente equipo de asalto dotado tanto de fuerza como de disciplina. Venli no había tenido mucha relación con Rothan ni con los demás soldados, pero no tenía nada contra él. Aparte del hecho de que los otros regios la preocupaban, ya que llevaban a vacíospren en sus gemas corazón. Con cada paso que daba Rothan, su poderosa figura parecía crepitar de energía. A veces destellaban chispas en sus ojos de un rojo profundo. Venli recordaba aquella sensación, la de llevar la forma tormenta. La forma que había utilizado cuando llevó a su pueblo a la perdición.

—No deberías molestar a los Fusionados, Venli —dijo Rothan a Mofa, mirando hacia Rabeniel—. La mayoría no son tan indulgentes como Leshwi. Ten cuidado. No querría verte caer. Eres útil para nosotros.

—No… no sabía que te importara —dijo ella.

—Leshwi te valora —repuso él—. Por tanto, lo mismo hacemos los demás.

La dejó con esa simple advertencia y retrocedió de nuevo. Rothan no solía querer respuestas, o conversación siquiera. Se limitaba a erguirse en toda su altura, decir lo que pensaba y esperar a que se lo entendiera.

«Sería un buen elemento que tener de mi parte», pensó Venli.

Pero no, demasiado peligroso. No podía permitirse pensar en reclutar en esos momentos. Tenía que concentrarse en seguir con vida. Porque por muy extenuante que hubiese sido aquella caminata por las montañas, Venli sabía que estaba por llegar una parte más peligrosa. Antes de que acabara la semana, llegarían a Urithiru. Y entonces llegaría la verdadera prueba.