32. PENSÁRSELO TRES VECES

Por desgracia, como demuestra mi propia situación, la combinación de Esquirlas no siempre lleva a un poder mayor.

Clarke llegó al saliente de obsidiana donde estaba Zu. La Custodia de la Piedra de pelo dorado seguía llevando su ropa tradicional, una tela ceñida envolviendo el pecho y unos pantalones sueltos y ondeantes. Afirmaba que sus habilidades como exploradora procedían de haber trabajado como guía en las islas Reshi, pero a Clarke le parecía que se movía con demasiado sigilo para que fuese solo eso.

—Ahí —dijo Zu, señalando—. Sí que nos siguen todavía.

Clarke levantó el catalejo y miró en esa dirección. Y en efecto, alcanzó a distinguir la caravana tukari en la lejanía. Aquellos extraños humanos habían estado siguiéndolos, nunca a más de unas pocas horas de marcha por detrás, desde que habían salido del pueblo portuario hacía semanas.

—Condenación —dijo Clarke—. Así que al final no giraron en la encrucijada.

El terreno se había vuelto más desigual desde aquella mañana, con peñascos y salientes, y eso les había dificultado vislumbrar a sus perseguidores.

—¿Quieres ir a enfrentarte a ellos? —preguntó Zu, sonriendo.

—¿Dos contra veinte?

—Una de esos dos puede cambiar la forma de la piedra a voluntad y convertir la ropa en armas.

—No me atrevo a desperdiciar la luz tormentosa que nos queda —dijo Clarke.

—Se agotará pronto de todos modos —respondió ella—. ¡Ya puestos, podríamos darle un último adiós! Una nueva experiencia para el Único.

Desde abajo, Ua'pam levantó la voz.

—¡No la animes! ¡Es capaz de hacer esa cosa necia!

Zu sonrió a Clarke y le guiñó el ojo, como si sus bravatas fuesen en parte para poner nervioso a su spren. Incluso después de haber viajado con ella durante semanas, Clarke no sabía qué pensar de la extraña Custodia de la Piedra. Zu saltó con ligereza del peñasco y resbaló por la lisa obsidiana, grácil como una Danzante del Filo. Al llegar abajo dio una palmada a Ua'pam en el hombro y los dos echaron a andar hacia el campamento. Clarke estaba tentada de hacer lo que decía Zu, aunque fuese solo porque era cierto que se les estaba terminando la luz tormentosa. Llevaban ya casi treinta días en Shadesmar, tiempo suficiente para que todas sus esferas se hubieran agotado hacía semanas. Aunque habían gastado buena parte de su luz tormentosa en el paradero de caravanas, se habían quedado unas pocas gemas más grandes que les habían prestado los thayleños, capaces de retener la luz más tiempo incluso que otras del mismo tamaño. Esas estaban empezando a oscurecerse, por desgracia. Y cuando las gemas empezaban a oscurecerse, tardaban poco en volverse opacas. Clarke echó otro largo vistazo a los tukari y negó con la cabeza. No parecía que estuvieran intentando alcanzar al grupo de Clarke; no apretaban la marcha ni avanzaban de noche. Lo segundo les resultaría fácil, ya que la «noche» en Shadesmar no era un período concreto derivado del movimiento del sol. Aquellos humanos podrían haber redoblado la marcha sin ningún problema y alcanzado a su equipo. Ya había enviado a un mensajero por delante para preguntar sobre ellos a Notum. La patrulla del spren, menos numerosa, marchaba un poco por delante del grupo de Clarke. El honorspren había dicho que no era ilegal que esos tukari utilizaran el camino, pero que lo informaran si hacían algo claramente amenazador. Clarke guardó el catalejo y volvió con los demás, que estaban levantando el campamento. Había aprendido de su padre que era bueno que a un comandante se lo viera haciendo cosas, así que inspeccionó el trabajo, estableció los turnos de avanzada y retaguardia para la jornada y fue a ver cómo estaba Maya, que estaba viajando a lomos de Galante. El gran semental negro, que no se dejaba montar por cualquiera, le había cogido apego y parecía comprender que Maya estaba herida de algún modo. Galante pisaba con más cuidado que de costumbre y hacía movimientos suaves para que Maya no cayera de la silla de montar. Y no eran solo imaginaciones de Clarke, pensaran lo que pensaran los demás. Puso a todo el mundo en movimiento y al rato fue a buscar a Lexa.

Durante las últimas semanas, Lexa se había pensado dos veces —tres, siendo estrictos— cómo usar la información de que Berila era una espía. Cuando la caravana inició la marcha de la jornada, se quedó cerca de Berila, supuestamente para ayudarla con el tejido de luz.

—Aún tengo que encontrar mi foco, brillante —dijo Berila, manteniendo el paso con facilidad gracias a sus largas piernas alezi. Era casi un delito lo precioso que tenía el cabello oscuro, a pesar de que había poca agua para lavarlo—. He probado a dibujar como sugeriste, pero no se me da nada bien.

—Utilizabas el tejido de luz con los hombres en los campamentos de guerra —dijo Lexa—. Y te he visto usarlo en los combates de prácticas.

—¡Sí, pero no puedo cambiar nada que no sea mi propia apariencia! —protestó ella—. Sé que puedo hacer más. Os he visto a los demás.

—La mayoría lo teníamos limitado al principio —dijo Lexa, y señaló con la cabeza a Vathah, que caminaba junto a los crípticos—. La primera vez que lo vi a él tejiendo luz, no se creía que de verdad lo hubiera hecho. Y aún parece sorprenderse cada vez que lo hace.

—He probado a su manera —dijo Berila, poniendo una mueca—. Se comporta como la persona que intenta ser y entonces el tejido de luz toma el control. Si quiere crear la ilusión de una roca grande, dice que piensa como una roca. ¿Cómo funciona eso siquiera? —Dedicó a Lexa una débil sonrisa—. No lo digo por quejarme, brillante. Estoy segura de que solo tengo que seguir intentándolo. Me vendrá, igual que vino a los demás, ¿verdad?

—Vendrá, te lo prometo —respondió Lexa—. Yo estaba igual de frustrada que tú al principio, incapaz de controlarlo. Pero puedes hacerlo, créeme.

Berila asintió, anhelante.

Por dentro, Velo estaba maravillada. Es una actriz buenísima. No he visto ni rastro de nada que la delate. Os juro que o esconde sus verdaderas emociones a la perfección o nos hemos equivocado de culpable.

Esa certeza de Velo había estado creciendo y afianzándose durante el viaje. Lexa no quería aceptarlo, pero a aquellas alturas se iba haciendo difícil seguir fingiendo.

Quizá deberíamos hablar otra vez con Ornamento, pensó Radiante. Creo que si charlamos con ella lo suficiente, al final se le escapará algo.

También habían intentado eso, pero… Velo opinaba que habían llegado a un callejón sin salida. Si la spren de Berila sabía de su traición, no soltaba prenda.

A Lexa se le retorcían las tripas al pensar que todo aquello pudiera ser en vano. Ella quería que la espía fuese Berila. Y tenían una confirmación bastante condenatoria, ¿verdad?

Bueno, pensó Velo, pongámonos en el peor caso. Supongamos que el verdadero espía es de lo más cuidadoso y hábil. ¿Tan absurdo sería que pudiera haber descubierto, hablando con los demás, que habíamos sembrado un poquito de desinformación? Dante es listo. Podría haber dejado caer la palabra «glorispren» a propósito para desviar las sospechas hacia Berila.

¿Qué sentido tuvo la investigación, entonces?, pensó Lexa, frustrada. ¿Para qué molestarnos tanto si luego íbamos a dudar del resultado?

Porque yo dudo de todo, dijo Velo. Es información, pero no concluyente.

Estoy de acuerdo, pensó Radiante. Hemos tenido para investigar a Berila y no hemos descubierto nada. Antes de seguir adelante, necesitamos pruebas. Pruebas irrefutables. No debemos condenar por error a alguien que podría ser inocente.

Tormentas, pensó Velo, suenas como una agente de la ley, Radiante.

¡Pero si estoy reforzando tu postura!

Ya, pero perjudicas mi causa cuando te pones tan estirada. ¿No podrías relajarte de vez en cuando?

Lexa se llevó las manos a la cabeza, sintiéndose… agitada. Recordaba una época, no tan lejana, en la que sus personalidades no mantenían discusiones dentro de su cabeza. Se mantenían aisladas a grandes rasgos y cambiaban sin darse cuenta. ¿Era más sano que trabajaran juntas, aunque discutieran? ¿O más peligroso, dado que el conflicto le resultaba tan difícil? En todo caso, ese día estaba cansándose de tanto forcejear.

Así que, a regañadientes, Velo tomó el control. Y de momento se quedó cerca de Berila, intentando pillarla en una mentira. Por desgracia, al poco tiempo llegó Clarke dando zancadas. Como una sabueso-hacha buscando algo que cazar. Pero hasta Velo tenía que admitir que, con aquel pelo ondulante y aquella actitud resolutiva, Clarke tenía algo que la hacía sentirse mejor.

—Hola —dijo al llegar—. ¿Tienes un momento?

—Supongo que sí —dijo ella—. Soy Velo ahora mismo, por cierto.

—Bueno, a lo mejor me sirve tu perspectiva sobre esto —dijo, apartándola de los demás para hablar en privado—. Cuanto más pienso en ello, más me da la impresión de que deberíamos cambiar la forma de dirigirnos a los honorspren. Notum estaba convencidísimo de que no querrían hablar con nosotros. Más que Syl.

—¿Cambiar la forma? ¿Cómo? ¿Te refieres a no darles las cartas y los regalos?

—No creo que acepten ninguna de las dos cosas. Me preocupa que nos hagan dar media vuelta nada más vernos.

—Sería irritante —reconoció Velo.

No había olvidado su verdadera misión, la de entrar en la fortaleza y localizar a Restares, líder de los Hijos de Honor. Incluso Radiante quería encontrar a ese hombre, para descubrir qué secretos guardaba que tanto interesaban a Dante. Encontrar al espía era importante, pero esa misión tenía preferencia.

—¿Y si hay una forma mejor de hacerlo que entregar las cartas de Anya y de mi padre? —preguntó Clarke—. ¿Y si ofreciéramos a los honorspren tanta luz tormentosa como pudieran querer, proporcionada por mi padre, con solo que enviaran a un representante de vuelta con nosotros? ¿Y si les pedimos intercambiar emisarios y prometemos construir al suyo un palacio fantástico en Shadesmar, cerca de la Puerta Jurada? Podríamos traer desde nuestro lado toneladas de roca, que aquí es valiosísima.

—Hum —dijo Velo—. Clarke, son una especie entera de spren que se comportan igual que Radiante y que nos ven como criminales. Si nos preocupa que no vayan a aceptar unas cartas y unos libros, ¿no sería peligroso ofrecerles unos regalos tan valiosos? Podrían interpretarlos como sobornos, o como que estamos reconociendo nuestra culpabilidad.

—Puede —dijo ella, y se dio unos cuantos puñetazos en la palma de la otra mano.

—Estoy de acuerdo con Velo, brillante señora —dijo Radiante—. Yo sospecharía mucho de unos regalos valiosos, si fuese ellos. No es un soborno lo que quieren, sino el aislamiento.

—Muy bien, pues —aceptó Clarke—. Voy con otra idea completamente distinta. Suplicamos. Como unos miserables. Nos postramos y les decimos que sin ellos estamos condenados. Si esos spren se parecen en lo más mínimo a los Corredores del Viento, a lo mejor no podrán decirnos que no.

Radiante se lo planteó.

—Quizá. Yo eso lo encontraría más atractivo que un soborno, supongo.

—Yo no —terció Velo—. Pero supongo que no soy a quien deberíamos preguntar esto. Porque si te viera suplicar, deduciría que hice bien en apartarme del conflicto, porque es imposible salir victorioso.

—Condenación —dijo Clarke—. Eso no se me había ocurrido.

—Déjame pensarlo un poco —pidió Radiante—. Vuelvo a ser Radiante, por cierto.

Clarke asintió.

—Es un reto difícil, Clarke —dijo Radiante al cabo de un rato—. Y coincido con tus preocupaciones. Tenemos una única oportunidad de presentarnos de un modo adecuado a los honorspren. Son un grupo hostil, o de hecho algo peor: un grupo que se ha ido seleccionando a sí mismo hacia la hostilidad. Podemos suponer que los spren más dispuestos a escuchar nuestros argumentos ya se han unido a los Caballeros Radiantes.

»Tu táctica de mostrarte débil y suplicar ayuda es una idea prometedora. Me pregunto, sin embargo, si apelar a la parte racional de los honorspren podría ser un plan mejor.

—Pero que los honorspren insistan en rechazar a toda la humanidad es una reacción emocional, ¿no? —preguntó Clarke—. Les hicieron daño en el pasado. Tienen miedo de ese dolor.

—A eso podríamos llamarlo racional. Si toda tu especie hubiera sido prácticamente aniquilada por confraternizar con los humanos, ¿la lógica no te llevaría a recelar de entrar de nuevo en esa confraternización?

—Pero ¿qué pasará con ellos si Odium gana? —preguntó Clarke—. Odia a Honor. Bueno, supongo que lo odia todo. Va con el nombre. En todo caso, ¿qué harían? ¿Pasar el resto de su existencia metidos dentro de su pequeño refugio? ¿Inclinarse ante él en algún momento del futuro? ¿Decidirse a luchar solo cuando todos los demás estemos ya muertos o subyugados?

Radiante sonrió.

—Noto tu determinación, brillante señora. Esa pasión es admirable. Las cosas que me has dicho podrían ser buenos argumentos que ofrecer a los honorspren.

—Son los que hace mi padre en su carta —respondió Clarke—. Y vienen a ser lo que les dijo Syl antes de abandonarlos e irse a buscar a Raven. No puedo evitar pensar que los argumentos que plantean mi padre y Anya son para los que los honorspren estarán preparados, los que se esperan.

Pareció quedarse ensoñada y luego miró atrás. Radiante frunció el ceño, intentando descubrir qué era lo que buscaba. ¿La fila de personas? ¿A su ryshadio, que llevaba a la ojomuerta a lomos? ¿Las relucientes colinas de obsidiana cubiertas de plantas cristalinas?

—¿Se te ha ocurrido algo? —preguntó Radiante.

—Más o menos —dijo Clarke—. He… comprendido que estarán preparados para cualquier cosa que podamos llevarles. O sea, esas criaturas llevan viviendo miles de años, y han pasado todo ese tiempo enfadadas con nosotros. No se me ocurre ningún argumento que no se hayan planteado ya. Dudo que a mi padre, o incluso a Anya, pudiera ocurrírsele.

—Una suposición razonable —aceptó Radiante, asintiendo mientras caminaban—. Pero si ya anticipan todos los argumentos, quizá la única esperanza que nos quede sea la habilidad de quien los presente. La brillante Anya puede ser bastante bastante persuasiva. Teniendo eso en cuenta, propongo que sigamos adelante con el plan de ofrecerles las cartas.

—O también podríamos sorprender a los honorspren.

—¿Cómo? —preguntó Radiante—. Acabas de señalar que han tenido miles de años para considerar esos argumentos.

Clarke negó con la cabeza, todavía con la expresión distante.

—Escucha —dijo al cabo de un momento—, ¿podría hablar con Lexa?

—Lexa está agotada ahora mismo —respondió Radiante—. Me pide que lleve yo esta conversación. ¿Por qué lo pides?

—Es solo que estoy más cómodo con ella, Radiante. —Clarke la miró—. ¿Le… le pasa algo a Lexa? Creía que todo iba mejor durante la travesía en barco, pero estas últimas semanas… No sé, la noto distinta. Rara.

¡Se ha dado cuenta!, pensó Lexa presa del pánico.

Se ha dado cuenta, pensó Velo con alivio.

—Estos últimos días ha estado retrayéndose cada vez más —dijo Radiante—. Afirma estar cansada, pero… está pasando algo con nosotras. Puedo intentar hacer que emerja.

—Por favor.

Radiante lo intentó. Lo intentó de verdad. Pero al final hizo una mueca.

—Lo siento. Lexa está cansada. Puede que asustada. A lo mejor Velo puede explicarlo.

—Pues… ¿puedo hablar con ella?

—Ya estás haciéndolo —dijo Velo, y suspiró—. Clarke, escucha. Lo que pasa es muy complicado. Tiene mucho que ver con el pasado de Lexa y con el dolor que sintió de niña. Un dolor que yo fui creada con el objetivo concreto de ayudarla a superar.

—Puedo ayudar. Puedo entenderlo.

—Yo apenas lo entiendo, Clarke —dijo Velo—, y eso que vivo en su cabeza.

Respiró hondo y se obligó a ver a esa mujer como la veía Lexa. Ella amaba a Clarke. Había elegido a Clarke. Lo menos que podía hacer Velo era intentar explicárselo.

—Muy bien —dijo—. Supón que eres ella y que experimentaste algunas cosas tan traumáticas que no quieres creer que te ocurrieron a ti. Así que finges que le ocurrieron a otra persona. A alguien distinto.

—¿Esa eres tú? —preguntó Clarke.

—No exactamente —respondió Velo—. Es difícil ponerle palabras. Radiante y yo somos mecanismos de afrontamiento que, en su mayor parte, funcionan. Pero ahora ha empezado a manifestarse algo más profundo.

»Lexa teme que la persona que ves en ella sea una mentira. Que la persona a la que amas sea una mentira. Y no eres solo tú. Patrón, Bellamy, Anya, Echo… Teme que ninguno de ellos conozca a la Lexa real.

»Debido a las cosas que le ocurrieron, y sobre todo debido a algunas cosas que se vio obligada a hacer, empieza a pensar que "Lexa" es la de mentira, la identidad falsa. Que existe un monstruo muy al fondo de ella que es su yo real. Teme que sea inevitable que la verdad acabe saliendo a la luz, y que todo el mundo la abandone cuando eso ocurra.

Clarke asintió, con la frente arrugada.

—Podría haberme dicho eso, ¿no?

—No.

Y de hecho, al decir aquellas cosas, Velo había hecho que Lexa se retrajera hecha un pequeño ovillo de miedo. Justo al lado de Sinforma.

—Tú puedes decir cosas que ella no —afirmó Clarke—. Y por eso te necesitamos, ¿verdad?

—Sí.

—Creo que empiezo a entenderlo, un poco. —La miró a los ojos—. Gracias, Velo. De verdad. Encontraré una forma de ayudar. Lo prometo.

Vaya. Velo se lo creía. Qué interesante.

—Me equivocaba sobre ti —dijo—. Si te sirve de algo, me alegro de haber perdido la votación.

—Si ella está escuchando —dijo Clarke—, asegúrate de que sepa que me da igual lo que hiciera. Y dile que sé que es lo bastante fuerte para enfrentarse a esto sola, pero debe saber que ya no tiene por qué. Enfrentarse sola, quiero decir.

Nunca estuve sola, susurró una parte de ella. Tenía a Patrón. Incluso en los días oscuros de nuestra infancia, lo teníamos a él. Aunque no lo recordamos.

Por tanto, Clarke se equivocaba, pero a la vez también estaba en lo cierto. No tenían por qué hacer aquello solas. Ojalá pudieran convencer a Lexa de eso.