33. COMPRENDER
Debemos suponer que Odium se ha dado cuenta de ese hecho y, en consecuencia, persigue un único y terrible objetivo: destruir —por Astillamiento o dejando impotentes de alguna manera— a todas las Esquirlas salvo él mismo.
Había más de una manera de proteger.
Raven siempre lo había sabido, pero no lo había sentido. Sentir y saber parecían ser lo mismo para su padre, pero no para Raven. Escuchar descripciones de libros nunca había sido suficiente para ella. Tenía que experimentar las cosas para comprenderlas. Se lanzó de todo corazón a su nuevo desafío: buscar la forma de ayudar a Noril y los demás pacientes del manicomio. Siguiendo la recomendación y posterior insistencia de su padre, Raven empezó despacio, limitando sus esfuerzos iniciales a personas que compartían unos síntomas similares. Fatiga de batalla, pesadillas, melancolía persistente, tendencias suicidas. Lirin tenía razón, por supuesto. Raven se había quejado de que los fervorosos estaban ocupándose de todos los desórdenes mentales del mismo modo, así que no podía entrar como un vendaval y tratar a todas las personas del manicomio entero a la vez. Antes tenía que demostrar que podía cambiar las cosas para esos pocos. Aún no sabía cómo lograba su padre equilibrar el trabajo y la emoción. Lirin parecía preocuparse de verdad por sus pacientes, pero también podía anular esa actitud. Dejar de pensar en aquellos a quienes no podía ayudar. Como las otras docenas de personas atrapadas en la oscuridad del manicomio, encerradas lejos del sol, gimiendo para sí mismas o, en el caso extremo de una mujer, escribiendo galimatías por toda la habitación con sus propias heces. Excusada temporalmente de atender a pacientes ordinarios, Raven localizó a seis hombres del manicomio que compartían síntomas. Los sacó de allí y los puso a trabajar en apoyarse unos a otros. Desarrolló un plan y les enseñó cómo compartir sus vivencias de maneras que los ayudaran. Ese día estaban sentados en la terraza de fuera de su clínica. Se calentaban bebiendo tazas de té y hablaban. De sus vidas. De las personas a las que habían perdido. De la oscuridad. Y sí que ayudaba. No necesitaban a un cirujano o un fervoroso que dirigieran la conversación: podían hacerlo ellos mismos. Dos de los seis pasaban casi todo el tiempo en silencio, pero incluso ellos daban algún gruñido de asentimiento cuando los demás hablaban de sus problemas.
—Es asombroso —dijo la madre de Raven, que tomaba notas a un lado, de pie junto a ella—. ¿Como lo supiste? La documentación previa indicaba que se contagiarían la melancolía unos a otros, llevándose entre ellos a un comportamiento destructivo. Pero estos están teniendo la experiencia opuesta.
—El pelotón es más fuerte que el individuo —dijo Raven—. Solo es necesario apuntarlos en la dirección correcta. Hacer que levanten el puente juntos…
Su madre frunció el ceño y alzó la mirada hacia ella.
—Esas historias de los fervorosos sobre que los pacientes se contagian del desespero de otros —dijo Raven— deben de proceder de internos situados muy juntos en los manicomios. En los lugares oscuros, donde su pesadumbre puede desbocarse… sí, allí sí que me los imagino empujándose unos a otros hacia la muerte. A veces les sucede a los… a los esclavos. En una situación desesperada, es fácil que se convenzan unos a otros de rendirse.
Su madre le apoyó la mano en el brazo y Raven vio tal tristeza en su rostro que tuvo que apartar la mirada. No le gustaba hablar con ella de su pasado, de los años entre el entonces y el ahora. En esos años Hesina había perdido a su cariñosa hija Rav. Esa niña estaba muerta, enterrada mucho tiempo atrás en crem. Por lo menos, cuando Raven volvió a encontrarla, ya se había convertido en la mujer que era. Rota, pero vuelta a forjar en su mayoría como Radiante. Su madre no tenía por qué saber sobre aquellos meses, los más oscuros de todos. No le proporcionaría más que dolor.
—En todo caso —dijo Raven, señalando con la cabeza hacia el grupo de hombres—, después de hablar con Noril empecé a sospechar que esto les vendría bien. Poder hablar con otros de tu dolor cambia algo. Es bueno estar con gente que de verdad lo entienda.
—Comprendo —respondió su madre—. Y tu padre lo comprende.
Raven se alegró de que pensara eso, por muy equivocada que estuviera. Sus padres eran comprensivos, pero no la comprendían.
Y era mejor así.
Para los hombres que charlaban juntos en voz baja, el cambio estaba en haber recuperado la luz del sol. En que les recordaran que la oscuridad de verdad pasaba. Pero quizá el cambio más importante de todos residía en que no solo sabían que no estaban solos, sino que también lo sentían. En ser conscientes de que, por muy aislados que creyeran estar, por muy a menudo que sus cerebros les dijeran cosas terribles, de verdad había otras personas que lo comprendían.
No lo resolvería todo. Pero era un principio.
