34. UNA LLAMA NUNCA EXTINTA

Combinar poderes modificaría y distorsionaría la identidad de Odium. Por tanto, en lugar de absorber a otros, los destruye. Dado que todos somos en esencia infinitos, no necesita más poder. Destruir y Astillar a las otras Esquirlas dejaría a Odium como único dios, ni alterado ni corrompido por otras influencias.

—No me gusta ninguna de estas propuestas —dijo la Tocón, con su spren haciendo de intérprete.

Se inclinó hacia delante para calentarse las manos nudosas, seguramente por costumbre, ya que aquel fuego manifestado daba muy poco calor. Podía guardarse y llevarse en el bolsillo. Solo había que recoger la cuenta del suelo. Era más bien una ilustración de un fuego que bailaba y crepitaba como el de verdad. Velo estaba sentada con el cuaderno de bocetos de Lexa abierto, su espalda apoyada contra un trozo grande de obsidiana, fingiendo dibujar mientras Clarke debatía de pie con los Radiantes. Hasta el momento, a pesar de estar haciendo el peor trabajo posible con sus bocetos, no había podido convencer a Lexa de que emergiera.

—¿Ninguna? —preguntó Clarke. Tenía la espalda muy recta y llevaba un uniforme negro con bordados de plata en los puños. Los botones bruñidos casaban a la perfección con la plata de la espada enfundada que llevaba al cinto.

Estaba impresionante, soberbia incluso, allí de pie ante el fuego con su uniforme hecho a medida. Por algún motivo el fuego era frío, cuando debería haber sido cálido. Y por algún motivo ella era cálida, cuando un uniforme negro almidonado debería hacer que pareciera frío.

Arshqqam, aunque procedía de unos orígenes muy distintos, no tenía ningún reparo en decirle lo que opinaba. A Velo le gustaba la anciana Vigilante de la Verdad. Demasiada gente se negaba a mirar más allá de la edad de una persona. Para ellos, esa mujer, como ejemplificaba su mote, quedaba definida por los años que tenía. Velo veía más que eso. La forma en que Arshqqam llevaba trenzado con meticulosidad su cabello plateado. La única joya que tenía puesta era un anillo con grabados en la mano derecha, y no tenía engarzada ninguna gema valiosa, solo un cuarzo de color blanco lechoso. Estaba discutiendo con Clarke, una de las mujeres más poderosas del mundo, con la misma facilidad con que discutiría con un aguador. Aquella mujer tenía mucho que ofrecer, y sin embargo apenas la conocían.

¿No quieres dibujar eso, Lexa?, pensó Velo. ¿No te apetece salir y hacerlo mejor que yo?

Pero lo que sintió fue un profundo resentimiento por parte de Lexa. Por las cosas que Velo había contado a Clarke. Por el dolor con que amenazaban esas cosas. El dolor de un pasado que era mejor dejar olvidado.

—Brillante señora —dijo la Tocón a Clarke por medio de su spren—, entiendo por qué estás preocupada. Soñando-aunque-Despierta ha leído las cartas que envían Bellamy y Anya y me ha explicado su contenido. Si los honorspren son de verdad tan antagónicos como parecen, dudo que vayan a hacer caso a esas solicitudes escritas. Soñando-aunque-Despierta dice que los honorspren pueden ser bastante apasionados y que seguro que responderían mejor a una súplica personal.

»Pero los argumentos que nos has ofrecido esta noche no son lo bastante fuertes. ¿Afirmar que, si no aceptan, recurrirás a los tintaspren? Saben lo mucho que necesitamos más Corredores del Viento, y sin duda saben también que nos está costando incluso más reclutar a tintaspren que a ellos. ¿Intentar aprovechar sus conciencias culpables para provocarlos y que nos ayuden? No creo que se sientan culpables. Ahí está el problema.

—Estoy de acuerdo —dijo Godeke. El solemne Danzante del Filo juntó las manos por delante, sentado en una caja de raciones, con su barba cuadrada como recordatorio de su pasado en el fervor—. No podemos darles remordimientos hasta que acepten, brillante señora. Ni tampoco nos los ganaremos con amenazas. Debemos presentarles nuestra solicitud, decirles que estamos necesitados y que de verdad esperamos que reconsideren su falta de apoyo.

—¿Zu? —preguntó Clarke a la última Radiante.

La mujer de pelo dorado se reclinó y se encogió de hombros.

—Lo mío no es la política. Voy a decirles que están siendo tormentosamente estúpidos si creen que podrán capear esto sin implicarse.

—Tu pueblo está intentando capearlo sin implicarse —dijo Godeke.

—Mi pueblo es tormentosamente estúpido —dijo Zu, y se encogió de hombros otra vez.

Tras ellos, los soldados estaban levantando el campamento. Era por la mañana, aunque eso no significara gran cosa en Shadesmar, y estaban a un día de distancia de Integridad Duradera. La misión estaba demasiado avanzada para seguir indecisos, y la preocupación de Clarke estaba poniendo nerviosa a Velo. Si los honorspren rechazaban a la delegación, tendría que ingeniárselas para colarse en la fortaleza ella sola y localizar a Restares. Clarke bajó la mirada y pareció marchitarse. Había dedicado mucho tiempo a pensar aquellos planes, y Velo le había ayudado con algunos. Por desgracia, Clarke no había mostrado mucha confianza en las ideas, y las reacciones de los demás solo confirmaban esa actitud. Radiante emergió mientras Velo buscaba alguna forma de apuntalar la confianza de Clarke. Lástima que a Radiante no se le ocurriera nada útil, aunque sí vio que había otra persona sentada cerca a la hoguera.

—Berila —se descubrió diciendo Radiante—. ¿Qué opinas tú?

La majestuosa mujer era la única agente de Lexa que estaba en la reunión junto al fuego. Los otros dos estaban preparando el desayuno. Berila alzó la mirada de golpe desde donde estaba, sentada detrás de los demás.

—Yo… la verdad es que no lo sé —dijo, mirándose de nuevo los pies y sonrojándose mientras todos se volvían hacia ella.

—Eres caballera —dijo Radiante—, o al menos entrenas para serlo. Esta misión es tan nuestra como de la alta princesa Clarke. Deberías tener una opinión. ¿Nos conviene entregar las cartas o deberíamos intentar algo más efectista?

—Está… muy lejos de mi campo de experiencia, brillante. Por favor.

Os digo que no es ella, pensó Velo. Es que no puede serlo.

—Daré un par de vueltas más a estas ideas —prometió Clarke—. Gracias, Berila.

—Alta princesa Clarke —dijo Arshqqam—. Hay una cosa que ninguna de estas propuestas hace y creo que deberías tener en cuenta. ¿Cómo puedes apelar a su honor? ¿No son los spren de ese atributo? Sospecho que todo éxito que podamos tener estará relacionado con eso.

Clarke asintió despacio y Radiante ladeó la cabeza. La propuesta de Anya intentaba hacer lo que acababa de sugerir la Tocón, pero Lexa había tenido la impresión de que algo no acababa de encajar en sus argumentos.

«Honor —pensó Radiante—. Sí. Anya piensa como una erudita, no como una soldado.» Sus grandilocuentes palabras y sus expansivas conclusiones tenían algo que no era lo adecuado.

Honor. ¿Cómo apelar al honor de aquellos spren?

Clarke dio por concluida la reunión y envió a todo el mundo a desayunar. Ella fue a recibir otro informe del soldado al que tenía vigilando a aquella extraña banda de humanos tukari, que seguían manteniéndoles el ritmo por detrás. Berila se levantó, ataviada con un vestido suelto. No era una havah tradicional, sino algo de un estilo más antiguo y clásico, que le tapaba las dos manos con voluminosas mangas. La mujer fue hacia Radiante, que seguía sentada con la espalda apoyada en la roca. Radiante se apresuró a cerrar el cuaderno de bocetos; no convenía que nadie viese lo espantosos que eran los dibujos de Velo.

—¿Por qué me has pedido que venga a esta reunión, brillante? —preguntó Berila.

—Tienes que acostumbrarte a desempeñar un papel en los acontecimientos importantes. Quiero que tengas experiencia a partir de las implicaciones políticas de nuestro problema actual. Además, tú pediste venir a esta misión cuando a Sidéreo le fue imposible.

—Quería ver Shadesmar —dijo ella—. Pero brillante, apenas he tenido tiempo de acostumbrarme a la idea de ser una Tejedora de Luz. No soy política. —Se cruzó de brazos y de pronto pareció acusar el frío mientras echaba un vistazo al resto del campamento—. Este no es mi lugar, ¿verdad? No estoy preparada.

Radiante da unos golpecitos en el cuaderno de bocetos de Lexa con su lápiz, intentando juzgar si la mujer mentía. Pero aquello era la especialidad de Velo. Llevaba más de una década siendo espía.

Ten cuidado, pensó Lexa. Recuerda que esa década de experiencia es imaginaria.

Cierto. Costaba recordarlo.

Sí…, pensó Velo. Mi pasado vacío… no ser nada por aquel entonces… me perturba.

Radiante no pasó por alto que Lexa había intervenido. Era lo más que le habían oído decir en unos cuantos días.

—Berila —dijo Radiante—, quiero que cojas práctica en estar con personas importantes. No tienes que resolver los problemas de Clarke. Solo quiero que entrenes para dar tu opinión en un lugar donde no pasa nada si te equivocas.

—Sí, brillante —respondió ella, relajándose a ojos vistas—. Gracias, brillante.

Hizo una inclinación y se marchó para ayudar con el desayuno.

No soy la experta, pensó Radiante. Pero cada vez coincido más con el escepticismo de Velo.

Lexa, encogida muy al fondo, empezó a removerse. Sería doloroso reconocer que uno de sus amigos, y no Berila, pudiera ser el verdadero espía. Pero era mejor que empeñarse en creer la mentira. Por muy expertas que fuesen en ese truco particular. Clarke llegó junto a ella. Radiante se puso el cuaderno bajo el brazo mientras se adelantaba, reparando en el mohín en los labios de Clarke.

—¿Los tukari aún están ahí atrás? —aventuró.

Clarke asintió con la cabeza.

—Rechazan a todos los mensajeros que les envío, pero es evidente que nos están siguiendo.

—Podríamos dejarlos atrás —dijo Radiante—. Tendríamos que llevar a la Tocón y a Maya a caballo y apretar mucho el paso para llegar a la fortaleza.

—Tal vez —repuso ella—, pero necesitaría otro día para que se me ocurra algo.

Ofreció a Radiante una barrita de lavis machacado y apelmazado con azúcar. ¿Una barra de ración? Radiante la aceptó con el ceño fruncido.

—He pensado que podríamos dar un paseo —dijo—. Mientras los otros desayunan. Se me hace raro decir esto, pero tengo la sensación de que no hemos pasado ningún tiempo juntas desde que desembarcamos.

Radiante asintió. A ella le parecía bien, aunque cedió el control a Velo, que disfrutaba más de las conversaciones. Guardó el cuaderno de bocetos en su mochila y se la echó al hombro. Llevaba su ropa de viaje más resistente, con el abrigo oscuro y un buen par de botas sólidas. Unas botas que le encajaban mucho mejor que el par que Lexa había robado a Raven. Clarke hizo un gesto a sus hombres y luego señaló con el dedo. Ellos le devolvieron la señal y Clarke empezó a alejarse del campamento seguida por Velo. No habían llegado muy lejos cuando Velo vio que se les acercaba una figura brillante, montada a lomos de algo increíble. Velo se había ido acostumbrando a las maravillas de aquel lugar. A la forma en que los glorispren volaban por el cielo en formación, o a que la conversación que habían mantenido la noche anterior atrajera a un enorme alegrespren, que allí se manifestaba como un ciclón de color. De vez en cuando, sin embargo, aparecía algo que trastocaba incluso el deliberado cinismo de Velo. El grandioso corcel blanco que montaba Notum era casi un caballo, aunque más elegante y cimbreño, con largas patas y un cuello que se doblaba de una forma que ninguna columna vertebral física podría lograr. Tenía los ojos grandes pero ninguna boca distinguible, y su pelo se ondulaba con un viento etéreo, en forma de largas cintas brillantes. Lexa pensó que no había visto en su vida nada tan grácil. Que no merecía ver nada tan sublime. Como si solo por posar la mirada en él, lo mancillara con las preocupaciones de un mundo que jamás debería tocar. Notum se detuvo, controlando al imponente spren mediante una sencilla brida de hilos retorcidos.

—Princesa humana —dijo a Clarke—, aquí es donde debo desviarme. Tengo prohibido acercarme más a Integridad Duradera. Proseguiré mi patrulla hacia el sur, en lugar de continuar hacia el oeste.

Habían invitado al honorspren a unirse a ellos, ya que estaba patrullando cerca, siguiendo la costa. Pero Notum había rechazado todas sus propuestas.

—En ese caso, te deseo lo mejor, Notum —dijo Clarke—. Me alegro de volver a verte. Gracias por tu consejo.

—Preferiría que aceptaras ese consejo. Supongo que no has reconsiderado tu imprudente propósito, ¿verdad?

—Lo he reconsiderado a conciencia —respondió Clarke—. Pero aun así voy a intentarlo.

—Como desees —dijo Notum, y saludó—. Si no nos vemos después de que te rechacen, dale recuerdos míos a la Antigua Hija. Me… alegro de que no esté atrapada en la fortaleza. No encajaría con ella.

El honorspren se volvió para marcharse.

—Notum —lo llamó Clarke—. Ese spren que montas se parece mucho a un caballo.

—¿Y te sorprende? —preguntó él.

—La mayoría de los spren no se parecen en nada a criaturas de nuestro mundo.

Notum sonrió, una expresión muy infrecuente en los rasgos del spren, y entonces se señaló a sí mismo.

—¿Ah, no?

—Los humanoides sí —dijo Clarke—, pero nunca había visto un spren con forma de caballo.

—No a todos los spren los imaginaron los humanos, Clarke Griffin —respondió Notum—. Hasta más ver.

Mientras daba media vuelta y se alejaba a lomos de su grácil animal, Lexa estuvo a punto de emerger para bosquejarlo.

—Tormentas —dijo Clarke—. Qué frío que se muestra, y es de los spren a los que parece que mejor le caemos. Empiezo a verle muy poco futuro a esta misión.

—A lo mejor podría colarme yo —dijo Velo—, si al final nos rechazan.

—¿Qué conseguiríamos con eso? —preguntó Clarke.

—Tal vez podría comprobar si todos los spren opinan igual. O si hay unos pocos tiranos al mando y son ellos quienes se niegan a atender a razones.

—Ese no parece el modo de funcionar de los spren, Velo. Tengo la terrible sensación de que todo esto saldrá mal. Y entonces habré venido hasta aquí solo para arrastrarme de vuelta y decirle a mi padre que he fracasado. Otra vez.

—Sin tener ninguna culpa de ello, Clarke.

—Mi padre suele hablar de la importancia del viaje, Velo, pero siempre lo han preocupado de igual manera los resultados. Él siempre es capaz de obtenerlos por sí mismo, así que lo desconcierta que todos los demás parezcamos tan incompetentes.

Clarke no tenía una visión realista de Bellamy. El Espina Negra tenía una reputación envidiable, sí, pero era evidente que había sufrido sus propios fracasos, entre ellos, y no de poca importancia, el de permitir que asesinaran a su hermano. Desde luego, Bellamy había hecho menos durante ese ataque que Clarke intentando sacar a Finn de Kholinar cuando la ciudad cayó. Pero discutir era inútil, claro. Clarke debería conocer mejor que nadie los fracasos de su padre. No iba a ser consciente de ellos de pronto porque Velo dijera algo en ese momento.

—¿Ha habido suerte intentando que salga Lexa? —le preguntó Clarke.

—Ha llegado un pensamiento suyo hace poco —dijo Velo—. Pero aparte de eso… no. Hasta he hecho un bosquejo de ti. Terrible, debo señalar. A mí me han gustado sobre todo los dientes saltones.

Clarke dio un gruñido. Y juntas, siguieron paseando. Clarke la llevó por un hueco en la obsidiana donde la extraña roca imitaba una ola del mar. El constante sonido de las cuentas chasqueando se había ido convirtiendo en un quedo zumbido a medida que se alejaban de la costa, y Lexa se removió de nuevo. Qué interesante era aquel paisaje. En ese lugar las plantas crecían como la escarcha, recubriendo gran parte de la obsidiana, y también crujían dondequiera que pisaban Clarke y ella, rompiéndose y convirtiéndose en polvo tintineante. Las plantas más grandes cobraban forma de conos, con espirales de color en sus pieles traslúcidas, como si las hubiera creado un maestro soplador de cristal. Tocó una, esperando encontrarla frágil como muchas otras plantas de Shadesmar, pero era recia y gruesa. Unos spren diminutos los observaban desde debajo de las hojas de unos arbolitos agrupados. De sus ramas en zigzag como relámpagos, hechas de algo demasiado rugoso al tacto para ser del todo cristal, emergían unas hojas plateadas que daban una sensación metálica y fría. Los spren saltaban de una rama a otra, poco más que sombras de humo arremolinado con grandes ojos.

Y también se mueven un poco como el humo, pensó Lexa. Se rizan con los mismos vectores del calor sobre un fuego, vivos como el alma de una llama largo tiempo extinta, recordando su antigua luz…

Velo tendía a denigrar aquellas bobadas poéticas, pero a veces podía ver el mundo como lo veía Lexa. Y se convertía en un lugar más brillante. Mientras pasaban junto a una arboleda más grande, Clarke le cogió la mano para ayudarla a subir a un lomo de obsidiana. El contacto de la piel de Clarke en su mano libre hizo que algo chispeara. Su toque es una llama nunca extinta. Fulgurante y viva, y el único humo está en sus ojos…

Recorrieron el saliente y pudo distinguir el campamento más abajo, donde los demás estaban recogiendo sus cosas. ¿Había alguien remoloneando cerca de su cofre?

Pensar en eso casi empujó a Lexa a volver a esconderse. Velo, por su parte, tuvo una idea. Tenían que dejar el aparato sin vigilar de alguna forma que no despertara sospechas, y luego pillar a quien lo usara. Viajando en caravana en vez de estar apiñados en una barcaza, Velo debería ser capaz de hacer muy tentadora esa oportunidad. Quizá podía fingir que se emborrachaba, como había hecho la víspera de la última vez que estaba segura de que el espía había movido el aparato.

—Te he visto ahí dentro, Lexa —dijo Clarke, sin soltarle la mano, de pie en el saliente—. Ahora mismo. Estoy segura.

Velo apartó la mirada. Sentía que estaba entrometiéndose.

Clarke le apretó la mano.

—Sé que sigues siendo tú, Lexa. Que todas sois tú. Pero me preocupas. Nos preocupas. Velo dice que sientes que debes esconderte de mí. Pero no es así. No me marcharé, hayas hecho lo que hayas hecho.

—Lexa es débil —susurró Lexa—. Necesita a Velo para protegerla.

—¿Lexa era demasiado débil para salvar a sus hermanos? —preguntó Clarke—. ¿Para proteger a su familia de sus propios padres?

Ella cerró los ojos fuerte.

Clarke se la acercó.

—No sé las palabras perfectas, Lexa. Solo quiero que sepas que estoy aquí, y que lo intento.

Entonces Clarke señaló y la llevó más lejos a lo largo del risco.

—¿Dónde vamos? —preguntó ella—. Esto no es un paseo porque sí, ¿verdad?

—Ua'pam había hecho antes esta ruta de caravanas —respondió Clarke—. Me ha mencionado que la vista desde aquí arriba es preciosa.

Velo entornó los ojos, pero, en serio, ¿iba a ponerse a sospechar de Clarke? Forzó su atención de vuelta al problema del espía mientras caminaba tras ella, pero tormentas, Clarke tenía razón. La vista desde allá arriba era asombrosa. El interminable mar de cuentas reflejaba la lejana luz del sol desde un millón de esferas distintas. La luz cayó en el ángulo correcto y por un momento creyó que el océano entero se había incendiado. Su mano se contrajo sobre la correa de la mochila, ansiosa por sacar su cuaderno, pero ella se mantuvo firme y lo dejó donde estaba. Anduvo con Clarke hasta el final del risco, donde la obsidiana se alzaba en una aguja no muy alta, recubierta de algún tipo de planta delicada. Unos capullos en floración que parecían casi fúngicos, aunque brillaban con su propia luz interior, roja como la roca fundida.

Debería hacer un boceto de esto…

Entonces, muy por encima, las extrañas nubes de Shadesmar empezaron a revolverse. Dio un respingo cuando algo emergió de ellas en las alturas: una enorme bestia de ceniciento caparazón y largo cuello. Se parecía a un grancaparazón, reflejando un poco el aspecto sinuoso de un abismoide, pero de alguna manera volaba con enormes alas de insecto, siete pares de ellas. Dejaba una estela de nubes a su paso, como si emergiera de una mortaja de polvo. Otras se aferraban a su barbilla, componiendo una barba hecha de nubes. Lo miró atónita mientras pasaba justo por encima de ellas y reparó en unas luces chispeantes a lo largo de sus alas y sus patas. Resplandecían bajo su piel o su caparazón, como los puntos de una constelación, marcando sus uniones y su contorno.

—Por el pincel de pintura inagotable de Ash… —dijo Lexa—. Clarke, es un estrellaspren. ¡Eso es un estrellaspren!

Clarke sonrió, empapándose de su esplendor.

—¡Salones sagrados! —exclamó Lexa, apresurándose a sacar el cuaderno—. Tengo que dibujarlo. Sostén esto.

Le pasó la cartera y sacó el cuaderno de bocetos y el carboncillo. Podía tomar una Memoria, y de hecho ya había tomado varias mientras el estrellaspren pasaba, pero quería capturar el momento, la gracia, la majestuosidad.

—Tú lo sabías —dijo, sentándose para sostener mejor el cuaderno.

—Me lo contó Ua'pam —dijo Clarke—. Hay ciertos sitios desde donde se puede verlos emerger. Desde otros ángulos son invisibles. Este sitio es… un poco raro.

—¿Un poco? Ay, querida Clarke, yo soy un poco rara. Este sitio es estrafalario a más no poder.

—Maravilloso, ¿verdad?

Lexa sonrió de oreja a oreja y trazó unas primeras líneas alargadas mientras el estrellaspren se posaba en otra parte de la nube. De su mochila asomaron unos pocos creacionspren, pequeñas manchas de color arremolinadas. ¿Cuándo se habían escondido allí dentro?

Tormentas… Se sentía como si pudiera ver hasta el más mínimo detalle del estrellaspren, aunque estuviera tan lejos. Mientras la bestia se reclinaba en la nube, asomó la cabeza hacia abajo, como mirándola directamente. Entonces la echó hacia atrás, arqueando el cuello, y mantuvo esa postura.

—¡Tormentas! —exclamó ella—. Está posando. Vanaglorioso monstruo spren. Anda, pásame ese lápiz de carboncillo más pequeño. Tengo que hacerle los detalles.

Clarke se lo entregó y luego se sentó en el suelo a su lado.

—Es bueno verte dibujar.

—Sabías lo que me haría esto —dijo ella—. Me has puesto a propósito en una posición en la que no tendría más remedio que empezar a bosquejar. Y yo pensando lo ingenua que eres.

—Solo quería verte disfrutar —repuso Clarke—. Llevas unas semanas muy seria.

Lexa dibujó por instinto, absorbiendo la vista y derramándola en el papel. No era un proceso automático del todo, pero sí que le dejaba la mente libre. Lo que encontró allí, casi sin el menor esfuerzo, la dejó avergonzada.

—Lo siento —dijo—. Es que… estoy afrontando algunas cosas difíciles.

Clarke asintió y no la presionó. Qué mujer tan maravillosa.

—Velo está cambiando mucho de opinión sobre ti últimamente —comentó—. Y a Radiante siempre le has caído bien.

—Estupendo —dijo ella—. Aun así, me preocupa que hayas estado… rara estas últimas semanas. Y comportándote mucho menos como tú misma que de costumbre.

—Velo forma parte de mí misma, Clarke. Igual que Radiante. Tenemos un equilibrio.

—¿Estás segura de que es la palabra correcta?

Lexa no tenía muchas ganas de discutir. En tiempos recientes había sido más tiempo Velo porque había más cosas para que las hiciera Velo. En Urithiru era Lexa o Radiante en una proporción mucho mayor. En todo caso, sentaba bien… soltarse. Quizá debería abrir lo último que les quedaba de vino y forzar un poco de relajación en sus estómagos. Por la forma en que Clarke había estado caminando tanto de un lado a otro, era probable que le conviniera una buena noche entretenida entre sus brazos.

—Me da la impresión de que me mira —dijo Clarke, subiendo la mirada hacia el majestuoso estrellaspren.

—Es porque lo hace —respondió Lexa—. Los spren se dan cuenta cuando alguien los observa. Unos estudios recientes afirman que los spren cambian según la percepción directa individual. Por ejemplo, puedes estar en otra habitación y pensar en el spren y él responderá.

—Eso sí que es estrafalario —dijo Clarke.

—Y aun así, normal al mismo tiempo —dijo Lexa.

—¿Como tú? —preguntó Clarke.

Ella le lanzó una mirada, la sorprendió sonriendo y se descubrió devolviéndole la sonrisa.

—Como cada persona, diría yo. Todos somos extrañamente normales. O normalmente extraños.

—Mi padre no.

—Venga ya, tu padre más que nadie. ¿Tú crees que es normal que alguien parezca tener entre sus antepasados un yunque y una nube de tormenta particularmente tozuda?

—Entonces… ¿qué dice eso sobre mí?

—Que saliste a tu madre, por supuesto.

Hizo un trazo grueso con el que completó la ilustración. Barnizó la página, la dejó a un lado y empezó a dibujar de nuevo de inmediato. Aquella no era una sesión de un solo boceto. En el momento en que tocó el papel con el carboncillo, sin embargo, se descubrió dibujando a Clarke mientras miraba hacia el cielo.

—¿Cómo pude tener la suerte de atraparte, Clarke Griffin? —dijo—. Alguien debería haberte enganchado hace años.

Clarke sonrió.

—Lo intentaron. Lo eché a perder de forma bastante espectacular todas las veces.

—Bueno, por lo menos tu primer encaprichamiento no intentó matarte.

—Recuerdo que dijiste que intentó evitar matarte, pero falló. Algo sobre mermelada.

—Mmm… —dijo ella—. Estoy tan harta de las raciones que creo que me comería una rebanada de pan thayleño con mermelada aunque estuviera envenenada.

—Mi primer encaprichamiento no intentó matarme —dijo Clarke—, pero creo que podría haber muerto de la vergüenza por lo que pasó.

Lexa se inclinó hacia delante de inmediato y puso los ojos como platos.

—Uuuh…

Clarke la miró y se ruborizó.

—Tormentas, no debería haber dicho nada.

—Ahora ya no puedes parar —repuso ella, dándole golpecitos en el costado con el pie—. Venga. Desembucha.

—Preferiría que no.

—Mala suerte. —Le dio otro golpecito—. Puedo seguir con esto. Soy una tormentosa Caballera Radiante. Tengo una resistencia legendaria incordiando a la gente. Aunque tenga que gastar hasta la última gema para este combate, voy a…

—¡Ay! —dijo Clarke—. Es que ni siquiera es una historia tan buena. Había una chica, Idani, prima de los hijos de Khal. Tenía unas… hechuras inusualmente acertadas para sus catorce años. Me sacaba unos meses, y dejémoslo en que comprendía el mundo mejor que yo.

Lexa ladeó la cabeza.

—¿Y?

—Bueno, pues no dejaba de hablar de lo mucho que le gustaban los melones. Y de que yo debía de tener unos grandes melones. Y de cuántas ganas tenía de verme comer melones. Y…

—¿Y qué?

—Y le compré un melón —dijo Clarke, encogiéndose de hombros—. Se lo regalé.

—Ay, Clarke.

—¡Yo tenía catorce años! —exclamó ella—. ¿Qué chica de catorce años capta las indirectas? ¡Creía que de verdad quería un melón!

—¿Qué va a hacer una chica con un melón? Con uno de verdad, me refiero. Esta conversación podría desviarse muy deprisa…

—¡Y yo qué sé! —dijo ella—. Supuse que pensaba que eran geniales. ¿Quién no cree que sean geniales? —Se frotó el costado, donde Lexa había estado pinchándola—. Y la verdad es que era un melón genial de verdad.

—Doy por sentado que todo eso también se lo explicaste largo y tendido a la pobre Idani, ¿verdad?

—Estuve hablando como una hora —reconoció Clarke—. Al final se aburrió y se marchó. Ni siquiera se llevó su tormentoso regalo. —Echó una mirada a Lexa y sonrió—. Pero así pude quedarme el melón.

—¿Llegaste a descubrirlo? ¿Lo que te estaba diciendo?

—Más tarde, sí —respondió Clarke—. Pero para entonces… las cosas habían cambiando.

Lexa inclinó la cabeza a un lado y dejó de dibujar.

—La oí riéndose de Aden con sus amigos —dijo Clarke—. Dijo algunas cosas muy… feas. Eso echó a perder algo en mí. Era una hermosura, Lexa. Por aquel entonces, mi pequeña mente creía que debía de ser lo más divino que hubiera pisado Roshar jamás.

»Y entonces oí que decía esas cosas. No creo que me hubiera parado a pensar nunca, hasta ese momento, que una persona pudiera ser hermosa y horrible a la vez. Cuando eres una adolescente, quieres que la gente bonita sea bonita de verdad. Es difícil verlo de otra manera, por estúpido que suene. Supongo que estoy en deuda con ella por eso.

—Es una lección que mucha gente no aprende nunca, Clarke.

—Supongo. Pero hay más. Ella acababa de mudarse a la ciudad y estaba desesperada por encajar. Así que sus bromas sobre Aden fueron groseras, sí, pero Idani estaba esforzándose mucho para que la aceptaran. Ahora ya no veo en ella a una niña malvada. Los demás se portaban mal con Aden, y ella pensó que podría hacer amigos si los imitaba.

—No es excusa para ese tipo de comportamiento.

—Tú antes también pensabas que era raro —señaló Clarke.

—Puede —dijo Lexa, dado que era cierto… e incómodo—. Pero cambié de opinión, y nunca hablé mal de él con nadie. Solo hizo falta que tú me enseñaras que, aunque era raro, era el tipo bueno de raro. Y como experta en lo raro, tengo una cualificación sin igual para saberlo.

Volvió al boceto de Clarke, centrándose en sus ojos. Cuánto había en sus ojos.

—No estoy disculpando las cosas que dijo Idani —afirmó Clarke—. Solo creo que es importante reconocer que podía tener sus motivos. Todos tenemos motivos por los que no estamos a la altura de lo que deberíamos ser.

Lexa se quedó muy quieta, con el lápiz flotando sobre la página del cuaderno. Así que de eso estaba hablando.

—No tienes que estar a la altura de lo que tu padre quiere que seas, Clarke.

—Nadie ha conseguido nada nunca a base contentarse con la persona que era, Lexa —dijo Clarke—. Logramos grandes cosas cuando aspiramos a ser quienes podríamos ser.

—Siempre que sea quien tú quieres ser. No en lo que otra persona cree que deberías convertirte.

Clarke siguió mirando hacia el cielo, estirada, de algún modo haciendo que pareciera cómodo estar tumbado con la cabeza sobre una piedra. Maravilloso pelo revuelto, rubio salpicado de negro, uniforme impecable. Y aquella cara en medio. Ni revuelta ni impecable, solo… ella.

—No hace tanto tiempo —dijo Clarke—, lo único que quería era que todo el mundo volviera a respetar a mi padre. Pensábamos que estaba haciéndose mayor, perdiendo la razón. Yo quería que todos los demás lo vieran igual que lo veía yo. ¿Cómo perdí eso, Lexa? O sea, estoy orgullosa de él. Está convirtiéndose en alguien que merece cariño, no solo respeto.

»Pero tormentas, últimamente no soporto ni estar cerca de él. Se ha transformado en todo lo que yo quería que fuese, y esa transformación nos ha separado.

—¿No es por lo que descubriste que le había hecho… a ella?

—En parte sí —admitió Clarke—. Me duele. Quiero a mi padre, pero aún no puedo perdonarlo. Creo que lo haré, con el tiempo. Pero hay más. Tensando nuestra relación. Tiene el concepto erróneo de que yo siempre he sido mejor que él.

»Para mi padre, soy una especie de remanente inmaculada de mi madre, una noble y pequeña estatua que heredó toda la bondad de ella y nada de la aspereza de él. No quiere que sea yo misma, ni siquiera quiere que sea él. Quiere que sea esa niña perfecta imaginaria que nació siendo mejor de lo que él podría ser jamás.

—Y eso te convierte en algo distinto a una persona —dijo Lexa, asintiendo—. Elimina tu capacidad de tomar decisiones o cometer errores. Porque eres perfecta. Naciste para ser perfecta. Así que nunca puedes ganarte nada por tu cuenta.

Clarke estiró el brazo, le puso la mano en la rodilla y la miró a los ojos, casi con lágrimas en los suyos. Porque ella la comprendía. Y tormentas, sí que la comprendía. Lexa apoyó la mano en la de ella y la atrajo hacia ella. Notó su aliento en el cuello cuando ella se acercó más. Entonces la besó y, mientras lo hacía, atisbó algo en el cielo. El majestuoso spren había empezado a desvanecerse en el interior de la nube, quizá sintiéndose ignorado al perder su atención.

En fin, no era culpa del spren.

Sencillamente, no podía competir.