35. LA FUERZA DE UNA SOLDADO
Afirmáis que el poder en sí debe considerarse aparte en nuestras mentes del recipiente que lo controla.
Clarke respiraba un poco más tranquila sabiendo que podía llegar hasta Lexa. Así que, a su regreso de contemplar el estrellaspren, levantó el pulgar a Ua'pam. Había sido una sugerencia excelente, y ese tiempo a solas era justo lo que necesitaban. Lexa le dio un cariñoso abrazo y le apretó los brazos antes de correr a recoger sus cosas. Era lógico, supuso Clarke, que hubiera estado tan nerviosa últimamente. Tenían a un espía infiltrado en la misión. Era posible que Clarke no hubiera pensado lo suficiente en ese problema concreto. Pero la experta en eso era Lexa. Ilusiones, mentiras, arte y ficción. Se suponía que ella era la experta en política. La habían educada como segunda en la línea sucesoria al trono, aunque había terminado tercera al nacer el pequeño Gav. Aunque Clarke hubiera rechazado ese mismo trono cuando se lo habían ofrecido, debería ser una emisaria competente a una nación extranjera.
«Apela a su honor», pensó, recordando la sugerencia de Arshqqam.
Fue a buscar a Galante, que estaba con los mozos, y se lo llevó para cargar al caballo en persona: las espadas en sus vainas, el cofre alargado de las demás armas y luego el baúl de ropa en el otro flanco. Miró a los ojos azules de Galante. Muchas veces le parecía poder ver una especie de luz muy al fondo de ellos.
—Debe de estar bien —dijo Clarke, acariciando al caballo— eso de no tener que preocuparte por cosas como la política o las relaciones.
El caballo bufó de un modo que a Clarke le pareció a todas luces desdeñoso. Bueno, quizá la vida de un caballo se complicara más de lo que un ser humano alcanzara a ver. Malli, la esposa de Felt, le llevó a Maya. Clarke había pedido a la escriba que cuidara de Maya mientras ella iba a dar su paseo. Hizo un gesto hacia el ryshadio.
—¿Vamos?
Era difícil que Maya reaccionara de ningún modo, pero ella prefería preguntar. Y en efecto, le pareció que Maya hacía un asentimiento. Lo interpretó como que le daba permiso, así que la ayudó a subir al caballo. Montarla en Galante había sido un proceso difícil las primeras veces, y había requerido que subiera a unas cajas y luego empujarla con torpeza a la silla. Pero ya sabía lo que debía hacer y solo necesitaba una mano para ayudarla a colocarse bien en el sitio. Maya era más pesada de lo que parecía, compuesta de gruesas enredaderas tirantes y densas, como músculo. Aun así, incluso al principio, había merecido la pena el esfuerzo de subirla a caballo. Facilitaba el viaje, ya que se quedaba sentada con placidez en el caballo y mantenía el ritmo de los demás. Además, Clarke reconoció que se quedaba más tranquila si Galante estaba cuidando de ella. El ryshadio lo entendía. Había que ocuparse mejor de lo normal de una soldado que había dejado una parte de sí misma en el campo de batalla. Emprendieron la marcha del día con Clarke a la cabeza de la columna, aunque Godeke y su spren exploraban por delante. Al solemne Danzante del Filo ya no le quedaba nada de luz tormentosa —la habían agotado la noche anterior creando reservas de comida para el trayecto de regreso—, pero Godeke había practicado como explorador en su entrenamiento con los Radiantes. Clarke pasó la primera parte de la caminata intentando decidirse por una estrategia definitiva que emplear con los honorspren. Los demás tenían razón: era improbable que funcionaran las ideas que les había presentado. De modo que empezaría por las cartas. Pero ¿podía desarrollar un plan de reserva?
No se le ocurrió nada, y al mediodía ya había perdido toda sensación de calma o satisfacción que pudiera haberle proporcionado pasar la mañana con Lexa. Le costó contenerse para no ladrar a Felt cuando llegó desde la retaguardia. El explorador extranjero había sido un miembro estable y valioso de la misión hasta el momento. Quizá Felt ya no estuviera tan vivaz como en otros tiempos, pero parecía tener un sexto sentido a la hora de recorrer lugares desconocidos.
—Brillante señora —dijo el hombre desde debajo de su viejo sombrero de ala ancha. Lo había heredado cuando Bashin se retiró del servicio y lo llevaba como recuerdo. Aunque no era reglamentario, era la clase de cosas que se dejaban pasar en un hombre como Felt—. Los humanos acaban de desviarse al sur. Parece que renuncian a seguirnos.
—¿En serio? —preguntó Clarke—. ¿Después de tanto tiempo?
—Sí. Me ha parecido extraño, pero tampoco sabría decirte muy bien por qué.
Clarke dio la orden de descansar para comer algo. Merit se acercó para descargar a Galante y que descansara mientras Clarke seguía a Felt hasta el final de la pequeña columna. Allí treparon a un peñasco de obsidiana no muy alto, haciendo crujir las frágiles plantas de cristal al destrozarlas con las botas y espantando a vidaspren, desde cuya cima podrían usar los catalejos para observar a los tukari. El extraño grupo de humanos se había alejado lo suficiente para que Clarke apenas los distinguiera en el mal iluminado paisaje de Shadesmar. Era cierto que se habían desviado hacia el sur.
—¿Qué sentido tiene perseguirnos tanto tiempo hasta aquí y ahora rendirse? —preguntó Clarke.
—Puede que no estuvieran persiguiéndonos. A lo mejor solo venían en esta dirección de todos modos. Explicaría por qué siempre se preocupaban de mantenerse alejados y no alcanzarnos.
Era una buena hipótesis. De hecho, si los humanos no le hubieran parecido tan inusuales en su primer encuentro, seguramente eso mismo sería lo que Clarke habría supuesto desde el principio. No le había resultado raro que Notum viajara en la misma dirección. ¿Por qué debería haberse preocupado tanto por aquellos humanos?
«Porque de verdad tenían algo raro —pensó—. Esa forma de mantenernos el ritmo, esa forma de observarnos…»
Clarke los observó por el catalejo, aunque a esa distancia podía distinguir poco más que las sombras de figuras que llevaban antorchas.
—Bueno, sí que parece que se marchan —dijo a Felt, y le devolvió el catalejo—. Pero montad guardia mientras comemos, por si acaso.
Clarke estaba a medio camino hacia el frente de la columna cuando la verdad cayó a plomo sobre él.
Velo cerró la tapa del cofre que contenía el cubo de comunicación y echó el cerrojo. No podía confiar en que el espía dejara siempre el cubo en una orientación distinta después de moverlo, así que había empezado a usar un truco que había aprendido de Indra mucho tiempo antes: esparcir una tenue capa de polvo por encima. Ese polvo no se había perturbado en todo el camino, hasta donde Velo alcanzaba a distinguirlo. Tenía que encontrar la forma de usar el cofre como cebo, dejándolo solo y tentador. Mientras pensaba en ello, fue hasta Ishnah y cogió un cuenco de papilla. Hizo acopio de valor para comerse aquella asquerosidad creada por moldeado de almas. Debería obligar a Radiante a que tomara el control para las comidas. Los soldados estaban acostumbrados a comer unas raciones espantosas sobre el terreno, ¿verdad? Radiante consideraría un honor zamparse aquella bazofia. Todo eso de que las adversidades forjan el…
Clarke pasó a la carrera.
Radiante soltó el cuenco y se levantó de un salto. Aquella era la postura de una mujer que corría hacia una pelea. Echó a correr también tras ella, intentando por instinto invocar su hoja esquirlada, aunque por supuesto no funcionó. No en Shadesmar.
Clarke trepó deprisa hasta la cima del peñasco donde Felt estaba todavía vigilando la retaguardia. Radiante empezó a subir también y se le unieron otros dos soldados de Clarke. Los demás Radiantes y agentes, incluida Zu la Custodia de la Piedra, que siempre parecía tan ansiosa y excitable, se quedaron atrás mirando con expresiones confusas. Sobre el peñasco, Radiante encontró a Clarke mirando por un catalejo, tensa y alerta.
—¿Qué pasa? —preguntó Radiante.
—No nos seguían a nosotros —dijo ella—. ¡Deja a un par de spren vigilando el campamento y trae a todos los demás conmigo! Preparaos para luchar.
Y al instante se arrojó desde el peñasco. Sus botas hicieron ruido al dar contra la piedra de abajo. Tormentas, recordaba que no llevaba armadura esquirlada, ¿verdad? Clarke echó a correr hacia la lejana caravana tukari, con la mano en la espada enfundada de su cinto para que no bailara.
Radiante se quedó anonadada. ¿Clarke pretendía llegar a pie hasta…?
El sonido de la piedra al resquebrajarse retumbó desde atrás.
Radiante se sobresaltó y miró las formaciones de roca cercanas por si había algún alud. Solo entonces se dio cuenta de que eran los cascos de Galante aporreando la obsidiana al pasar al galope por delante. Una alarmada Maya se aferraba a su crin con los dos puños cerrados, pero parecía que ya habían descargado al caballo. Sin apenas interrumpir las zancadas, Clarke asió las riendas que pendían cuando Galante llegó a su altura. Hizo un extraño salto en carrera y se izó a la silla de montar detrás de Maya, maniobra que una parte del cerebro de Radiante se negaba a creer que fuese posible.
—Herrumbres —dijo Felt, bajando el anteojo—. ¿Cómo lo ha sabido el animal? ¿Alguien ha oído a la alta princesa Clarke dar un silbido?
Los demás soldados negaron con la cabeza.
—¡Vamos! —ordenó Radiante—. Traed los caballos de carga y enviad jinetes tras ella. Yo dejaré a Patrón vigilando nuestras cosas. ¡Todos los demás, preparados para marchar!
Los tuvo a todos en movimiento con lo que consideró una brevedad impresionante. Tres soldados a caballo salieron en persecución de Clarke, pero eran mucho más lentos que el ryshadio. Algo tan enorme no debería ser tan rápido. Ella avanzaba a marcha redoblada junto a Godeke y Zu, más deprisa que la Tocón y algunos spren. Sin embargo, aunque el entrenamiento de Radiante con Clarke en los últimos doce meses la había endurecido, tampoco había hecho ninguna marcha forzada. Se había acostumbrado a depender de la luz tormentosa. Con ella, podría haber corrido a toda velocidad sin cansarse. Godeke podría haber ido por delante deslizándose, moviéndose sobre la piedra como si fuera hielo. Pero no les quedaba luz tormentosa, así que siguieron a la avanzada como mejor pudieron. ¿Qué era lo que había dicho Clarke? ¿Que los extraños humanos no estaban siguiendo a su grupo? Entonces, ¿a quién habían estado siguiendo?
Encajó casi de inmediato. Los humanos los habían evitado por poco, siempre a la vista, dando la impresión de que querían rebasar al grupo pero nunca se atrevían. Y ese día se habían desviado hacia el sur.
La misma dirección en la que se había marchado Notum.
Cabalgar detrás de Maya mientras ella se aferraba al cuello de Galante no era demasiado cómodo para Clarke. Por suerte, el ryshadio no necesitaba mucho gobierno por su parte. Clarke cabalgaba en postura baja, asido a las riendas, sintiendo el ritmo de los cascos de Galante aporreando el suelo de obsidiana. Los tukari debían de haber planeado asaltar a Notum al poco de que su patrulla abandonara el pueblo portuario, pero se habían contenido al ver que el grupo de Clarke empezaba a viajar en la misma dirección. Lo más seguro era que les preocupara que el equipo de Clarke acudiera en defensa de Notum. Se habían mantenido cerca, sin atreverse nunca a atacar. Hasta que por fin Notum había virado al sur mientras Clarke seguía hacia el oeste. Galante sudaba a chorro cuando llegaron a la caravana de los humanos. Habían dejado a algunos miembros atrás con las provisiones y enviado un grupo mayor tras Notum, con antorchas. Clarke hizo caso omiso a los que guardaban el material. Se inclinó más, con una mano en torno a la cintura de Maya, esperando estar equivocada. Esperando que todo aquello no fuera nada.
La preocupación de Clarke creció a medida que se acercaba.
Penetrante luz de antorcha. Siluetas gritando.
—Cuando lleguemos —dijo Clarke al caballo—, no te metas en la lucha.
Galante bufó su desacuerdo.
—Te necesitaré para sacarme —dijo Clarke—, y tú necesitarás recobrar el aliento para poder hacerlo.
Los ryshadios eran mucho más que el caballo de guerra promedio, dotados de una velocidad que parecía desafiar su talla gigantesca. Dicho eso, no estaban hechos para las galopadas largas. Y Clarke no estaba hecha para combatir contra un grupo numeroso en solitario. Los demás estarían muy atrás. Así que ¿cuál era su plan? Si Notum de verdad estaba en apuros, Clarke no podría enfrentarse a diez o más personas sin su armadura esquirlada. Se acercó y fue distinguiendo a hombres con los gruesos y estampados ropajes tukari, sosteniendo en alto antorchas y espadas, sables cortos a una mano de curva pronunciada. Armas de tajo, bastante comunes. Solo dos enemigos llevaban escudo y no había armaduras dignas de ese nombre, aunque vio unas pocas lanzas que debería tener en cuenta. Se habían detenido y formaban un amplio círculo, rodeando algo en su centro. Clarke apretó los dientes y guio a Galante con las rodillas para aproximarse más y poder evaluar mejor la situación. Los spren siempre habían sido… reservados acerca de si se los podía matar o no en Shadesmar. Los había visto llevar armas y, durante su anterior viaje, los marineros de Notum habían reconocido que a los spren se los podía cortar y sentían dolor.
«Matarlos» implicaba hacerles tanto daño que se les desmoronaba la mente y se convertían en algo parecido a un ojomuerto.
¡Padre Tormenta! Clarke vio lo suficiente al hacer su pasada al galope y sus peores miedos quedaron confirmados. En el centro del círculo había una figura resplandeciente acurrucada en el suelo, atada con cuerdas. Más de una docena de entusiasmados tukari estaban clavándole una y otra vez sus lanzas y sus espadas. Los ayudantes de Notum, un grupo de tres alcanzadores, estaban también atados y colocados en hilera. Quizá serían los siguientes en sufrir la tortura.
Los asaltantes no parecían tener arcos, por suerte, así que Galante pudo pasar sin incidentes. De hecho, Clarke estaba cada vez mas segura por sus posturas y su falta de disciplina de que eran más una turba que una unidad militar. ¿Por qué atacarían a un honorspren? ¿Cómo habían llegado siquiera a Shadesmar en un principio?
Clarke detuvo su montura cuando estuvieron a una distancia segura. Había esperado llevarse a algunos tukari tras ella, pero se quedaron agrupados, más de veinte hombres con antorchas, lanzas, espadas. Después de mirar un momento a Clarke, siguieron hendiendo a Notum con sus armas.
Tormentas. ¿Cuánto podría durar un spren sometido a ese tratamiento?
Clarke miró si llegaba ayuda y vio a varios jinetes acercándose en la lejanía, pero tardarían valiosos minutos en llegar. ¿Poner en peligro la misión o ir a salvar a Notum por su cuenta?
«¿Por qué la pondrías en peligro? —pensó—. Apenas sabes lo que estás haciendo aquí. Entregar unas cartas pueden hacerlo los otros. No eres más que un uniforme y una espada, Clarke. Úsalos.»
Desmontó de Galante.
—Si esto sale mal, lleva a Maya con los demás —ordenó al caballo—. Voy a retrasar a esos hombres.
Galante bufó de nuevo. Estaba acostumbrado a cabalgar al combate con Bellamy.
—No —dijo Clarke—. Te harán daño.
Maya le agarro el hombro con una mano tensa. Había pasado la cabalgada entera aferrada con fuerza a la crin de Galante y Clarke sintió terror procedente de ella, quizá a moverse tan deprisa. Miró su expresión de ojos tachados, sintiendo su agarre en el hombro del uniforme.
—Si aparto a esos hombres de ahí, Maya —dijo—, ¿podrías llegar a Notum y cortar sus ataduras? Podrías usar una espada de las que hay en las vainas de la silla.
Como respuesta recibió un gruñido grave, medio gemido y un apretón más fuerte en el hombro.
—No pasa nada —dijo ella, separando los dedos de Maya—. No es culpa tuya. Quédate aquí. Mantente a salvo.
Clarke respiró hondo y sacó su espadón de la vaina en el hombro de Galante. Su espada de bastón se había quedado en el campamento, en el cofre de armas, junto con su escudo y su yelmo. Por tanto, su mejor opción contra aquella escoria era el arma con mayor alcance. Alzó la enorme espada. Era más fina que una hoja esquirlada, pero igual de larga que muchas de ellas, y desde luego más pesada. Muchos espadachines a los que conocía las miraban por encima del hombro, considerándolas inferiores a las hojas esquirladas, pero se podía usar con ellas muchas de las mismas poses y maniobras, y había algo sólido en los mandobles que a Clarke siempre le había gustado. Recorrió a zancadas el negro terreno de obsidiana y empezó a gritar, sosteniendo la espada a un lado con las dos manos.
—¡Eh! ¡Eh!
Eso llamó la atención de los tukari. Las siluetas oscuras se apartaron de Notum, una figura hecha un ovillo de suave blanco y azul.
«Muy bien, pues —pensó Clarke—. Tienes que ganar tiempo.» No tenía que derrotar a los veinte hombres que había: solo necesitaba aguantar lo suficiente para que llegaran sus soldados y equilibraran un poco el combate.
Por desgracia, incluso si aquellos tukari no tenían entrenamiento en batalla, Clarke estaba en grave desventaja. De joven, con la cabeza llena de historias de portadores de esquirlada derrotando a compañías enteras sin ayuda, había supuesto que podría derrotar sin problemas a dos o tres adversarios a la vez en un lance. Había aprendido por las malas lo muy equivocada que estaba. Sí, una mujer podía enfrentarse a varios con el entrenamiento adecuado, pero nunca era lo preferible. Era demasiado fácil que la rodearan, demasiado fácil recibir un ataque por la espalda mientras estaba enfrentándose a otro oponente. A menos que los enemigos no supieran lo que hacían. A menos que estuvieran asustados. A menos que se pudiera impedir que aprovecharan su ventaja. Allí no podría ganar por ser mejor duelista que nadie. Podría ganar porque sus adversarios perdieran.
—¡Eh, hablemos! —exclamó Clarke—. Ahí tenéis a un honorspren. ¿Cuánto queréis por él?
Le respondieron en tukari y, como había ocurrido cuando se acercó a ellos en el pueblo, sus posturas pasaron a ser hostiles de inmediato. Avanzaron hacia ella con las armas por delante, rostros barbudos y pelo grueso que acentuaban sus expresiones sombrías. Clarke entrevió unos expectaspren, como enormes lurgs, merodeando en torno al campo de batalla. Hasta oyó a un dolorspren aullar en la distancia.
—Supongo que no aceptaríais luchar de uno en uno —dijo Clarke—. ¿Una serie de duelos amistosos? No os haré mucho daño, os lo prometo.
Se acercaban cada vez más, ya a menos de tres metros. Por delante de los demás iba un lancero. Las lanzas serían lo más peligroso, pero Clarke aventajaría en alcance a los de los sables.
—Supongo que no —suspiró.
Al instante se abalanzó hacia delante, su espadón asido con firmeza a dos manos. Desvió el ataque con lanza del primer hombre, entró con un tajo amplio y poderoso y lo decapitó. Era más difícil de hacer de lo que la gente creía a veces, porque hasta la hoja más afilada podía atascarse en el músculo o en la columna vertebral. El ángulo lo era todo, eso y completar el arco. Haciendo caso omiso a la sangre, Clarke pasó a la posición de fuego. Rápida. Brutal. Los otros tukari se lanzaron hacia ella y Clarke fue desplazándose hacia el lado, intentando mantenerse apartada de la punta de su descuidada formación. Los movimientos rápidos de Clarke los mantuvieron desequilibrados mientras se afanaban en intentar rodearla. El entrenamiento favorecía a Clarke, por suerte. Sabía cómo moverse sin cesar para tener siempre a tantos de ellos delante como fuese posible. Los soldados sin entrenar tendían a moverse en manada, permitiendo que un enemigo fuese rodeándolos e impidiera que se situaran a su espalda. Aquellos además rehuían los grandes arcos que Clarke trazaba con su espada, más golpes de advertencia que verdaderos ataques. Mientras Clarke los rodeaba por el lado, algunos de ellos miraron en dirección contraria cuando un soldado ladró una orden desde su retaguardia. Lo pagaron caro. Clarke embistió contra el flanco de la manada, hundió el espadón en el costado de un hombre, lo liberó de un tirón y abrió el cuello de otro con el revés. Atravesó a un tercero de una estocada en la tripa, otro lancero, su objetivo principal en aquella ofensiva. Los hombres gritaron y se dispersaron presas del pánico, el hombre al que había empalado chillando y trastabillando. Incluso quienes estaban acostumbrados a la batalla podían intimidarse por la casual brutalidad de un enorme mandoble en plena acción. Clarke logró alcanzar a un último tukari que no se alejó lo bastante rápido. Impactó con un amplio tajo en el brazo del hombre. El tukari aulló, soltando su arma, y Clarke le dio una patada mientras tiraba de su espada, atrapada en el hueso. Logró liberarla con esfuerzo y un chorretón de sangre y entonces dio un giro de cuerpo entero con la espada hacia fuera que hizo que los demás se apartaran de un salto, temerosos. Aquello no era la delicada y hermosa danza de un duelo; no era lo que ella adoraba. Aquello era una carnicería. Por suerte, Clarke tenía buenos modelos de conducta para esas situaciones. Sus mejores aliados eran la velocidad y la intimidación. Como había deseado, aquellos hombres respondieron muy mal a la pérdida de varios de los suyos en un ataque tan veloz y terrible. Se dejaron ahuyentar en vez de aprovechar su ventaja numérica. Gritaron de sorpresa, ira y miedo mientras Clarke atacaba al siguiente hombre aislándolo en una línea entre ella y los otros para que no pudieran embestir contra ella sin obstáculos. Clarke descargó su arma en rápida sucesión para apartar el escudo del hombre a porrazos y luego lo derribó con un tajo descendente al omóplato. No era la muerte más limpia posible, pero la sangre en el uniforme y la cara de Clarke debían de volverla aterradora, porque los tukari retrocedieron incluso más, gritando en su idioma. Y entonces, por desgracia, llegó la parte mala. Clarke trató de mantenerlos asustados avanzando contra el hombre más cercano, pero todos rechazaban enfrentarse a ella y empezaron a intentar rodearla. Luchando en solitario en campo abierto, solo impedir que la rodearan ya era todo un esfuerzo. Tenía que dedicar su atención completa a bailar retrocediendo, trazando arcos para apartar a enemigos y buscando aperturas, pero siempre en alerta para impedir que nadie se situara detrás de ella. Podía hacerlo mientras estuviera descansada, pero terminarían agotándola y se ralentizaría. Probó otra táctica pasando a la posición de la piedra, una postura defensiva, intentando conservar las energías. Todo el tiempo que pasaran intentando rodearla, asustados de ella como de una anguila aérea siseando, era más tiempo que tenían los demás para llegar. Eso le permitió acercarse a Notum, que estaba gimiendo con el cuerpo perforado por una docena de lugares que sangraban una tenue neblina blanquiazul. Por desgracia, sus ataduras eran fuertes y, aunque pudiera liberarse, Clarke dudaba mucho que pudiera correr a un lugar seguro en su estado.
«Tú sigue ganando tiempo», pensó Clarke, pero el enemigo estaba cerrando distancias de nuevo. Al principio los había masacrado con rapidez y efectividad, pero seguían siendo catorce contra una y parecían haberse dado cuenta de que Clarke estaba condenada. Estrecharon el cerco a su alrededor, obligándola a seguir moviéndose e intentar mantenerlos a todos en su campo de visión.
Quedaba un hombre con escudo, que gritó órdenes. Llegaron cuatro corriendo, dos por la izquierda y dos por la derecha. El líder debía de tener alguna experiencia en combate, porque no envió a todos a la vez en un caótico embrollo que habría favorecido a Clarke. Era mejor que los otros esperaran a que entablara combate y entonces avanzar y abrumarla. Con una maldición susurrada, Clarke se apresuró a arremeter contra la primera pareja, ya que su única esperanza estribaba en derribar a esos dos y luego pasar a los dos de detrás. Por desgracia, esa primera pareja luchó a la defensiva, alzando las espadas y negándose a un enfrentamiento pleno. Clarke se vio obligada a girar y descargar un tajo hacia los dos del otro lado, y enseguida intentar volverse para impedir que los dos de delante la alcanzaran. Logró que un tajo impactara, pero mientras estaba entretenida en evitar que la rodearan, el líder envió a más hombres hacia ellal, embistiendo sin más. Tormentas. Tuvo que esquivar a un lado para impedir que la derribaran y, mientras acababa con dos que llegaron corriendo, la confusión resultante fue justo lo que había temido.
Lograron rodearla mientras estaba concentrada en evitar que la tiraran al suelo. En el embrollo, acabó presionada por dos hombres con espadas que se acercaron tanto mientras Clarke salía de un giro que tuvo que empuñar la hoja de su espadón. Eso le permitió lanzar una estocada precisa al cuello de uno de ellos, pero dejó su espalda abierta. Oyó botas sobre la piedra y, aunque intentó volverse a tiempo, era demasiado tarde. El ataque mal dirigido del hombre con la lanza alcanzó a Clarke en el lado derecho, cerca del estómago. Clarke gruñó por el dolor, pero consiguió entrar su espada y apartar al lancero de un golpe. Condenación. Acababa de recibir justo el tipo de ataque que había temido, una lanza inadvertida mientras la estaban abrumando. Su propia sangre empezó a mancharle el uniforme; el fin había comenzado. Sus enemigos no necesitaban derrotarla como en un duelo espectacular, sino solo hacerle unos cuantos cortes y dejar que la pérdida de sangre la derribara.
«Pero si consigo aguantar un poco más…»
El aullido de un dolorspren resonó en la lejanía. Clarke apartó a sus adversarios más próximos haciéndolos retroceder intimidados con un rugido y varios tajos poderosos. Pero el líder envió a cuatro espadachines frescos. Les habría convenido más llevar todos lanzas, pero la ventaja que suponía para Clarke era nimia, ya que tuvo que luchar a la desesperada, lanzando amplios tajos, para intentar mantenerlos a todos apartados. Cuando un atacante tropezó, Clarke se enorgulleció de poder alcanzar su muslo expuesto y enviarlo chillando al suelo. Los gritos de su amigo herido asustaron a los demás por un instante, hasta que los gritos de su capitán los devolvieron a sus puestos. Quizá si Clarke lograba llegar a ese hombre, el del abrigo estampado en azul sobre amarillo…
Lo intentó, pero se interpusieron dos hombres para defender al líder. Las botas raspando piedra atrás obligaron a Clarke a girar, bloquear y girar de nuevo. A su alrededor había otros danzando con una extraña cadencia, moviéndose inesperadamente. Clarke estaba cansándose y cada vez le era más y más difícil mantenerlos a todos al mismo lado. Además, no estaban entrenados, lo cual podía ser peligroso. Los soldados sin entrenar eran mucho más agresivos, al no comprender que con esa clase de táctica lo más probable era que acabaran igual de muertos que su adversario. Clarke no podía mantenerlos a todos en su campo de visión, no digamos ya combatirlos a todos, y se vio condenada cuando saltó para apartarse de un ataque y su espada dio contra alguien detrás de ella. ¿Tanto se habían acercado? Se preparó para el espadazo que llegaría.
En vez de eso, oyó un grave gruñido.
Sorprendida, Clarke miró atrás y descubrió que la figura con la que había topado había puesto su espalda contra la de ella. Maya había sacado la espada corta de Clarke de su vaina, pero la empuñaba como una porra, con el brazo extendido y la hoja hacia arriba. No era una postura nada efectiva y además, cuando el enemigo se acercó a ella, no la blandió contra ellos, sino que se limitó a gruñir.
—No deberías haber venido —dijo Clarke, sintiendo fluir la cálida sangre de su herida por el costado y la pierna. No se atrevía a contener la herida para no dejarse la mano resbaladiza en pleno combate—. Pero gracias.
Ella respondió con un gruñido. Galante se aproximaba por la izquierda, desobedeciendo una orden directa, pero dos enemigos que quedaban con lanzas se dieron cuenta y empezaron a ahuyentarlo. Los tukari restantes se situaron alrededor de Maya, depredadores moviéndose en círculo. Parecían preocupados por la recién llegada, pero Clarke no estaba muy segura de cuánto les duraría la vacilación. Tardarían poco en darse cuenta de que Maya no suponía una gran amenaza.
A no ser…
—¡Maya! —exclamó Clarke, e inició la pose con los brazos sobre la cabeza, sosteniendo la espada de una manera concreta. La forma en que Zahel le había enseñado a hacer su kata matutina.
Maya la miró y, aunque Clarke no pudo interpretar sus ojos raspados, algo cambió en su postura. Pareció entenderlo. Había hecho esa misma kata con Clarke todas las mañanas del viaje, y antes de eso ella la había practicado con ella como su espada incontables veces. Para gran alivio de Clarke, Maya adoptó la misma forma, pasando a empuñar la espada como debía, en una pose poderosa.
—Adelante —dijo ella.
Empezó la kata y ella la imitó. El objetivo de aquella serie de movimientos no era el combate real, pero los arcos amplios de las brillantes hojas quedaban impresionantes. El líder tukari desvió la mirada hacia los caballos que se aproximaban con los soldados de Clarke y ladró una orden. Sus hombres estrecharon el círculo en torno a Clarke, aunque parecían aterrorizados de Maya. ¿Y quién no lo estaría? ¿Una ojomuerta peleando? Otro par de ellos estaba distraído con Galante, que llegaba al interior bufando.
Y sobre todo, la mayor desventaja de Clarke había quedado mitigada. Ya no tenía que vigilar su espalda. Incluso estando herida, con sangre caliente manchándole el costado, Clarke sintió que su confianza se reavivaba. Tres hombres se abalanzaron hacia ella y Clarke se mantuvo firme. No. No permitiría que la zarandearan.
«Nunca subestimes la fuerza de una soldado entrenada para mantener su posición.»
Rugió a los hombres y blandió su espadón ante ellos, interrumpiendo su carga y haciéndolos detenerse antes de entrar en su alcance. Sí, una muchedumbre podía imponerse a una sola guerrera, y la destreza con la espada solo los contendría un cierto tiempo. Pero el entrenamiento era algo más que aprender a manejar un arma. Era confianza.
«Nunca subestimes la simple fuerza intimidatoria de una mujer que se niega a retroceder.»
El primero acometió contra Clarke con una espada, pero no había cuidado bien de su arma. La guarnición se había soltado, así que Clarke amputó los dedos del hombre cerrados en torno al puño de la espada, que cayeron al suelo. Un error estúpido: un buen maestro espadachín siempre enseñaba a proteger las manos. Mientras ese hombre chillaba, los otros dos atacaron y Clarke embistió con todo el cuerpo, proyectando una estocada con un alcance que a todas luces sorprendió a los hombres, ya que atravesó a uno por el estómago a un cuerpo entero de distancia. Clarke recobró la guardia, dio un paso adelante y giró, poniendo todo su peso y su impulso en un tajo que alcanzó al segundo hombre. Y otra cabeza salió volando. Movimiento a un lado. Otros dos hombres acercándose, pero mientras Clarke recuperaba la pose y pegaba su espalda a la de Maya, ellos… pusieron pies en polvorosa. Con sus amigos muriendo en el suelo ante ellos, esos hombres habían tenido suficiente. Temblorosos, corrieron a voz en grito, acompañados del que había perdido los dedos, que se acunaba la mano ensangrentada. El líder tukari en persona pasó al ataque junto a un guardaespaldas mientras los demás empezaban a dispersarse. Clarke no retrocedió ni un solo paso ante la acometida del guardaespaldas; dejó pasar el ataque a un lado.
«Nunca subestimes la valía de estar dispuesta a jamás. Ceder. TERRENO.»
Empujó con el hombro al guardaespaldas desequilibrado, descargó el espadón y casi logró llevarse la cabeza del líder, pero el tukari esquivó en el último momento y escapó con un tajo en el hombro. El galope atronador hacía pensar que los soldados de Clarke estaban cerca, pero era solo Galante, magnífico dando coces al suelo y relinchando. Juntos, fueron demasiado para los hombres. Clarke no ganó. Pero los tukari perdieron, corriendo hacia su montón de provisiones y la seguridad de la compañía que habían dejado atrás. Su líder por fin se unió a ellos. Cuando Felt y los demás llegaron a los pocos minutos, encontraron a una ensangrentada Clarke sosteniendo en pie a Notum, aturdido pero vivo, y rodeado por los cadáveres de lo que una vez fue una abrumadora desventaja.
