36. EL PRECIO DEL HONOR
Me resulta difícil hacerlo a un nivel intrínseco, ya que, aunque no soy ni Ruina ni Conservación, ellos me componen a mí.
—No puedo comprenderlo —dijo Notum con la mirada fija hacia delante. No parpadeaba—. Es que no puedo comprenderlo.
Radiante había notado esa rareza en numerosos spren de aquel mundo: olvidaban parpadear cuando estaban distraídos o sobrepasados. Ahuyentó a los sorpresaspren que se habían amontonado alrededor del spren, casi intentando subir a su regazo. Era muy extraño que allí todos los spren tuvieran formas físicas. A veces había que alejarlos con un arma. Los soldados de Clarke estaban reunidos en una elevación cercana, observando con catalejos, manteniendo una cauta vigilancia sobre la caravana enemiga. Por suerte, estaba retirándose. Los agentes de Lexa registraban los bolsillos de los muertos con gesto grave, buscando pistas sobre sus orígenes. Radiante vio a Vathah guardándose unas esferas en su propia bolsa y se dispuso a darle un grito, pero Velo la convenció de que se mordiera la lengua. ¿Qué otra cosa iban a hacer si no? ¿Dejar allí el dinero?
Las esferas, como esperaban, estaban opacas. Allí no había luz tormentosa. Aunque Godeke había inspeccionado la herida del costado de Clarke y le había dado un buen pronóstico, Radiante habría preferido verla curada. La sepsis podía hacer mella en cualquier herida, sobre todo en las del abdomen. Además, Radiante sospechaba que a Notum le vendría bien un poco de luz tormentosa. Aunque sus cortes habían dejado de «sangrar», su brillo había menguado de forma perceptible y su coloración blanquiazul se había convertido en un apagado blanquimarrón.
Habló aturdido.
—¿Por… por qué querrían hacer esto? Los humanos nunca… atacaban a los spren. ¿Qué sentido tendría, qué utilidad, qué propósito? ¡No hay honor en esto!
Sus compañeros alcanzadores también estaban liberados de sus ataduras. Por lo que Radiante había visto, aquellos spren del color del bronce tendían a ser callados. Esos tres, un hombre y dos mujeres, todos vestidos con uniformes sencillos, no respondieron. Parecían igual de atónitos que Notum.
—Tenemos que llevarte a Integridad Duradera —dijo Clarke, sentada en una roca cercana mientras Godeke le vendaba su herida.
—No —dijo Notum—. No. Estoy exiliado.
—Estás herido, y no podemos garantizar que esos humanos no vayan a volver tan pronto como te dejemos —dijo Clarke—. Exiliado o no, vendrás con nosotros.
Notum pasó la mirada de Clarke a Radiante y luego bajó los ojos al suelo.
—Tu honor habla bien de ti, princesa Clarke, pero sin duda comprenderás que mi presencia en tu grupo te perjudicaría. Me exiliaron precisamente por mostraros indulgencia en el pasado. Si ahora llegamos juntos, sea cual sea el motivo, se interpretará como una conspiración entre nosotros.
—Ya nos ocuparemos de eso entonces —dijo Clarke, e hizo una mueca cuando Godeke le apretó el vendaje—. Bien sabe Becca que lo más probable es que no importe, dado que no nos recibirán de todos modos.
—Ojalá no fuese verdad, pero lo es —dijo Notum.
Radiante fue con sus agentes. Ishnah hablaba en voz baja con Berila, que estaba sentada en el suelo cerca, registrando parte del botín. Berila había vomitado varias veces al ver por primera vez los cadáveres y aún parecía estar un poco pálida, aunque su tono de piel hacía difícil distinguirlo.
—Acuérdate de comprobar el interior de los anillos y la parte de atrás de los collares —estaba diciendo Ishnah—. A veces hay inscripciones con nombres.
Berila asintió. No dejaba de echar miradas a la tela ensangrentada que habían puesto encima del cuello amputado de un tukari muerto. Se llevó la mano a los labios y se volvió en otra dirección.
Muy bien, reconoció Lexa, si ella es la Sangre Espectral, es una actriz increíble.
Estoy de acuerdo con Velo. Tenemos que replantearnos la conclusión a la que habíamos llegado.
Clarke se levantó.
—Pongámonos en marcha —dijo a los demás—. Quiero que haya más distancia entre nosotros y lo que queda de esos tukari.
Les costó un tiempo subir a Notum a un caballo, tiempo que Godeke, extrañamente, dedicó a moverse entre los caídos y a observar sus rostros.
—¿Godeke? —preguntó Lexa.
—Van a dejarlos aquí fuera para que se pudran —dijo Godeke en voz baja—. Esos otros no volverán a por ellos.
—Han intentado matar a Notum —dijo Clarke—. Y a mí.
—Me doy cuenta —repuso Godeke—. Pero no conocemos su historia. Podrían ser soldados que obedecían órdenes. Podrían no saber lo que hacían y haber confundido a los honorspren con enemigos. Podrían tener motivos que no somos capaces ni de imaginar. Quiero recordarlos. Por si nadie más lo hace.
En fin, así eran los Danzantes del Filo. Lexa negó con la cabeza y luego fue a ver cómo estaba Clarke. Señaló su costado sanguinolento.
—Otro uniforme que echas a perder.
—Ponerlo en remojo con agua fría y sal puede sacar la sangre —dijo ella—. Y me he traído el costurero. Seguro que puedo dejarlo presentable si me pongo un rato con él.
—Aun así —dijo ella, apoyándole la cabeza en el pecho pero preocupándose de no tocar la herida—, tienes que ir con cuidado. No nos queda luz tormentosa con la que sanarnos.
—Es decir… ¿más o menos, igual que ha sido siempre durante casi toda mi vida? —preguntó Clarke—. Puede que me dejara llevar, Lexa. Pero ha sido bueno tener delante algo que podía hacer. Con éxito, me refiero. En los últimos tiempos no es tan habitual que encuentre cosas en las que ser útil.
—Clarke…
Lexa se apartó y observó el rostro de Clarke. Sonreía, pero su tono no era jocoso.
—Perdona —dijo ella—. Eso ha sonado mucho a autocompasión, ¿verdad? Es que estoy cansada. Venga, de verdad que deberíamos partir.
Aquello no era el final de la conversación. Lexa insistiría más adelante, pero de momento lo mejor sería hacer lo que decía Clarke. Dejaron los cadáveres y recorrieron con paso trabajoso el campo abierto de obsidiana hacia su campamento. A mitad de camino más o menos, encontraron a la Tocón acompañada de su spren y a todos los crípticos excepto Patrón, caminando despacio. Arshqqam los contempló a todos, asintió satisfecha y dio media vuelta para emprender el regreso. Por suerte, Notum ya parecía estar mejorando.
—Tu ojomuerta —dijo el spren después de avanzar hasta la altura de Clarke—. ¿Cómo la entrenaste para que luchara por ti de esa manera?
Lexa miró hacia Maya, que cabalgaba en el ryshadio de Clarke. Lexa no había visto lo sucedido, pero se lo habían contado. La spren muerta había cogido una espada y había luchado junto a Clarke.
—No la he entrenado, Notum —dijo Clarke—. Ella tomó la decisión de ayudarme.
—Los ojomuertos no pueden tomar decisiones —dijo Notum—. No tienen la consciencia necesaria para hacerlo. Créeme, lo sé de primera mano. Mi propio padre es un ojomuerto, a quien ahora cuidan en la fortaleza.
—Pues revisa lo que sabes, Notum —repuso Clarke—. A lo mejor algo ha cambiado desde que los Radiantes empezaron a regresar. O a lo mejor algunos ojomuertos son más receptivos que otros.
—Es solo que… no tiene sentido… —dijo Notum, pero dejó el tema.
En su campamento, un emocionado Patrón los saludaba con un movimiento alegre del brazo. Lexa sonrió al verlo. Pasara lo que pasara, podía contar con que Patrón seguiría siendo el mismo desmañado pero animoso Patrón. Clarke no les dejó tiempo para descansar. Ordenó que abrevaran los caballos pero también que recogieran todo el equipo para poder marchar directos hacia Integridad Duradera. Radiante reemplazó a Lexa de nuevo mientras Clarke daba las órdenes, y reconoció de inmediato lo sabias que eran. A pesar del brillante espectáculo de esgrima que había dado Clarke, el grupo estaba bastante desprotegido. Sin luz tormentosa, la mayoría de los Radiantes apenas contaban como guerreros. Clarke estaba herida y a Notum le costaba mantenerse en pie. Si los tukari se reagrupaban y decidían cargar contra ellos… Bueno, mejor sería no dejarles esa opción y forzar la marcha, por difícil que resultara, para llegar a la fortaleza de los honorspren antes de que terminara el día. Velo preguntó a Vathah e Ishnah por los cadáveres que habían registrado. La búsqueda había sido rápida y los hallazgos escasos. Unos pocos brazaletes de tela tenían unas pautas que, en opinión de Ishnah, eran escrituras tribales tukari. Después de eso, Radiante fue a hablar con Patrón, pero no había sucedido nada inusual en el campamento durante su ausencia. Por último, mientras cargaban las provisiones en los caballos, Lexa tomó el control y fue a revisar el cubo de comunicación de Dante por pura costumbre. Abrió el cerrojo del cofre, levantó la tapa y echó un vistazo rápido al interior. No esperaba…
El polvo estaba movido.
Reprimiendo la inmediata conmoción, Lexa se apresuró a tomar una Memoria, cerrar el cofre y echar el cerrojo. Se apartó sin pensar en lo que hacía para dejar que un soldado lo cargara en un caballo. Entonces se quedó allí plantada, estupefacta. Unos dedos habían rozado levemente el polvo, podía visualizarlo a la perfección. Esa persona había vuelto a colocar la caja en su orientación correcta, pero el truco de Velo con el polvo demostraba la verdad.
¿Cómo podía ser? Lo había comprobado antes. Justo antes de que todos salieran corriendo detrás de Clarke. Pero luego había dejado el campamento bajo la vigilancia de…
De Patrón.
—Mmmm… —dijo Patrón, sobresaltando a Lexa al aparecer justo a su espalda—. ¡Un día lleno de acontecimientos con humanos! Vuestras vidas siempre son de lo más emocionantes. Mmm…
—Patrón —dijo Velo—, ¿estás seguro de que no ha pasado nada aquí mientras no estábamos?
—Sí, muy seguro. Ja, ja. Vosotros habéis tenido emociones y yo me he aburrido. ¡Es ironía! Ja, ja.
Velo, esto no puede… No es posible, pensó Lexa. No podemos estar sospechando de Patrón, nada menos. No… no puedo…
Y sin embargo, ¿no había estado él por allí cerca cuando habían mencionado a Berila el secreto que había terminado llegando a Dante? Y también habían contado al spren el problema de la orientación del cubo, por lo que no era de extrañar que, al usarlo en esa ocasión, el espía hubiera vuelto a dejarlo exactamente igual que estaba.
Radiante no estaba convencida. Y… era ridículo, ¿verdad?, pensar que Patrón pudiera estar espiándola para los Sangre Espectral. Al spren le encantaban las mentiras, pero Radiante dudaba mucho que pudiera componer una por sí mismo. O al menos, una capaz de engañar a Velo.
Lexa tomó el control e intentó apartar la idea de su mente mientras empezaban a caminar. Pero el pensamiento no dejaba de acosarla. Velo e incluso Radiante empezaron también a hacerse preguntas. Patrón había tenido la ocasión. Conocía la existencia del cubo de comunicación y había estado encargado de vigilarlo durante la noche en que ella se había emborrachado. El padre de Lexa había pertenecido a los Sangre Espectral, y su familia había estado involucrada con ellos desde su juventud.
¿Quizá también en su infancia, durante aquellos días sombríos que había olvidado? ¿Era posible que la conspiración se remontara tan atrás en el tiempo?
Su relación con Patrón se extendía hasta esa época, eso era una certeza. Lexa lo había utilizado como hoja esquirlada para matar a su madre. Había reprimido gran parte de aquellos recuerdos, pero ese hecho era irrefutable. Patrón y ella habían empezado a vincularse hacía casi una década.
¿Podía ser que Patrón estuviera colaborando con los Sangre Espectral desde entonces? ¿Proporcionándoles información sobre sus progresos? ¿Llevando a Lexa a contactar con ellos la primera vez que había ido a los campamentos de guerra?
Las implicaciones que tenía aquello la sacudieron hasta su mismo núcleo. Si su spren era un espía… ¿había algo en lo que pudiera confiar? ¿Podía seguir adelante siquiera? Esa revelación era mucho
mucho peor que si hubiera descubierto que Vathah o Ishnah eran el espía. Aquello… aquello la hizo temblar. Hizo que sus piernas flaquearan.
Lexa, pensó Radiante. Sé fuerte. Aún no conocemos todos los hechos.
No. No, Lexa no podía ser fuerte. No ante aquello.
Se marchó gateando, muy hacia el fondo, y empezó a gimotear como una niña. Era cierto que había algo raro en Patrón, en sus interacciones con ella desde el principio. En la forma en que encubría lo que había sucedido en el pasado. La línea temporal de su pasado… no tener en cuenta las lagunas que existían… no terminaba de funcionar. Nunca había funcionado…
Fuerza, Lexa, pensó Velo.
Toma el control, pensó Lexa. Tú puedes enfrentarte a esto. Es para lo que fuiste creada.
Intenta seguir tú, respondió Velo, rechazando ponerse al mando. Sigue andando. De verdad que puedes hacerlo.
De modo que Lexa, muy a su pesar, mantuvo el control.
Cuando Clarke ordenó un breve descanso dos horas más tarde, Lexa se obligó a hacer un bosquejo rápido del cubo de comunicación en su cofre. La Memoria era perfecta, y los detalles no mentían. El polvo estaba removido y tenía marcas de dedos. Era una capa muy muy fina, casi invisible. Pero su capacidad como Tejedora de Luz le permitía memorizar detalles como esos. Lexa puso todo su empeño en no pensar en el problema, en concentrarse en el entorno, que se había vuelto más desigual y rocoso. Allí los árboles de cristal eran hermosos, como creados a partir de líquido fundido, y se rizaban recordando a las olas al romper.
Sí, fíjate en eso. En esa belleza.
Se emocionó cuando vio en la lejanía lo que tenía que ser Integridad Duradera, una enorme fortaleza sobre una lóbrega península de obsidiana que se internaba en el océano de cuentas. Imperiosa y con altas murallas levantadas a partir de alguna piedra de un tono azul uniforme, la inmensa fortaleza cuadrada tenía la ubicación perfecta para defender una bahía natural al norte. Hasta había que cruzar un puente para poder entrar en ella. Era evidente que los honorspren no se tomaban sus fortificaciones a la ligera. Lexa tuvo ganas de bosquejarla. Así podría perderse en el dibujo y no tener que afrontar otros hechos. Pero entonces Patrón llegó a su lado y, en vez de eso, Lexa gimió y se retrajo de nuevo.
Velo acabó tomando el control. Por el bien de la propia Lexa.
—¡Casi hemos llegado! —exclamó Patrón, y su patrón rodó con un entusiasmo intenso.
Velo necesitaba pruebas, así que eligió sus siguientes palabras con sumo cuidado.
—He estado pensando mucho en los primeros días que pasaste con Lexa. Parece posible que los Sangre Espectral estuvieran vigilándola ya desde pequeña. Si logramos descubrir hechos que lo confirmen, podrían ayudarnos a encontrar la manera de derrotarlos.
—Mmmm. ¡Eso tiene sentido, supongo! —dijo él—. Pero no recuerdo mucho.
—Lexa y tú estabais juntos un día, en el jardín —afirmó Velo, inventando una mentira absoluta—. Puedo ver sus recuerdos. Lexa vio a Lincoln hablando con una mujer que, pensándolo ahora, es posible que llevara máscara. ¿Crees que él podría ser el espía?
—¡Oh! —exclamó Patrón—. ¿Tu hermano? ¿Trabajando con los Sangre Espectral? Mmmm… ¡Eso sería doloroso para ti! Pero quizá tenga sentido. Dante siempre parece saber demasiado sobre tus hermanos y dónde están.
—¿Recuerdas ese día del pasado de Lexa? —insistió Velo—. ¿Algún otro detalle sobre él?
—En el jardín, Lincoln reuniéndose con alguien que llevaba máscara… —dijo Patrón.
—Fue un momento importante —dijo Velo—. Tú estabas allí. Recuerdo que estabas con Lexa.
—Eh… ¡Sí! —respondió él—. Ahora lo recuerdo. Ja, ja. Sí, eso ocurrió. Lincoln y una figura misteriosa. ¡Has hecho que empiece a volverme la memoria, Velo! Estábamos juntos entonces. Y quizá Lincoln sí que sea un espía. Vaya, vaya. Pero qué feo por su parte.
En lo más profundo de su ser, Lexa gimoteó de nuevo. Pero Velo estaba creada para seguir adelante en momentos como aquel. Hizo caso omiso a la profunda sensación enfermiza. Patrón le estaba mintiendo.
Patrón de verdad mentía.
Velo ya no podía seguir dando nada por sentado. No podía suponer que nadie era digno de confianza. Tenía que ser cauta, redoblar sus defensas y mantener a salvo a Lexa.
—¿Velo? —dijo Patrón—. ¿Estás bien? ¿He dicho algo malo?
—Solo estoy pensando —repuso Velo—. ¿Has visto a algún spren extraño observándonos?
—¿El glorispren corrupto? —preguntó él—. ¿El que dijiste que debíamos estar atentos por si aparecía? No, no lo he visto. Mmm…
Velo vio algo por delante, un pequeño grupo de jinetes que brillaban con un leve tono blanquiazul. Los honorspren los habían visto acercarse y habían enviado un contingente para interceptarlos.
Clarke hizo detenerse a la columna, desmontó y dijo a sus soldados que abrevaran los caballos y acomodaran a todo el mundo. Luego echó a andar hacia delante, todavía con el uniforme sanguinolento y el costado vendado.
Velo empezó a seguirla.
—Mantén los ojos, o lo que sea que tienes, abiertos —dijo a Patrón, que también se había movido para acompañarla—. Estos son tiempos peligrosos, Patrón. Debemos estar siempre alerta. Tener mucho cuidado para que no se aprovechen de nosotros.
—Sí, muy cierto.
Lexa se volvió muy pequeña, muy callada.
No te preocupes, pensó Velo. Lo resolveré. Encontraré la manera de mantenerte a salvo. Lo prometo.
Clarke se detuvo delante de la caravana, con Lexa a su lado. La medicina que le habían dado para el dolor estaba funcionando, y sentía solo una pequeña molestia de la herida en el abdomen. Y la marcha hasta allí, durante la que había reconocido que le convendría ir a caballo y descansar, había ayudado con los mareos. Aún seguía necesitando tiempo para recuperarse. Aquella herida no la dejaría incapaz de moverse, a menos que empezara a pudrirse. Pero tampoco iba a ser capaz de luchar durante semanas como mínimo. De momento, mantuvo una fachada fuerte. Hizo que Notum se quedará atrás, aunque estaba segura de que los tres honorspren que se acercaban lo habían visto. Cabalgaban a lomos de gráciles no-caballos como el que había visto antes llevando a Notum. El de él había huido atemorizado cuando se produjo el ataque, y no habían sido capaces de localizarlo. Los recién llegados vestían con elegantes uniformes de campo de un estilo desacostumbrado: largas y sueltas casacas que les llegaban casi hasta las rodillas, con el cuello alto. Llevaban coronas en las cabezas y portaban espadas al cinto, delgadas y hermosas. Las espadas eran lo único que no estaba hecho de su propia sustancia: las casacas, las coronas, las camisas… todo eso sencillamente lo creaban los honorspren. La mujer que encabezaba el trío llevaba el cuello más alto que sus compañeros. Tenía el cabello recogido, tirante salvo por una pequeña cola que le caía por detrás. Al igual que los uniformes, era un estilo desconocido para Clarke. Detuvo su no-caballo a unos cinco pasos de distancia de él.
—Humana —dijo—. Nuestros exploradores te han reconocido. ¿Eres Clarke Griffin, como suponemos?
—Vuestra información es buena —respondió Clarke, con la mano reposando en su espada enfundada—. Vengo por orden del Forjador de Vínculos, mi padre, a visitar vuestras tierras y entregaros un mensaje en su nombre. Traigo conmigo a Caballeros Radiantes de cuatro órdenes distintas, todas las cuales combaten juntas el alzamiento de la tormenta eterna. Demuestran que los humanos y los spren una vez más necesitan sus antiguos vínculos.
—Integridad Duradera no acepta visitantes ni emisarios, sea cual sea su linaje —dijo la mujer, su tono duro, cada palabra una orden ladrada—. Debéis marcharos. No estamos interesados en ningún vínculo con asesinos y traidores.
Clarke sacó las cartas que le habían encomendado y las ofreció. Esperó, sudando, deseando. Uno de los otros honorspren hizo avanzar a su montura y cogió las cartas. Clarke sintió una oleada de alivio mientras el honorspren regresaba con los otros dos.
—Esas cartas explican nuestra posición —dijo Clarke—. Mi padre confía en que podamos forjar una nueva…
Se interrumpió cuando el spren, con ademán muy deliberado, rasgó las cartas por la mitad.
—No aceptaremos ningún contrato vuestro —afirmó la mujer.
—¡No son un contrato! —exclamó Clarke dando un paso adelante, conteniendo una punzada de dolor en el costado—. ¡Solo son cartas! ¡Leedlas por lo menos!
—Si las leyéramos, estaríamos dando a entender que existe algún argumento mediante el que pudierais convencernos —replicó la mujer mientras los otros honorspren seguían haciendo trizas las cartas—. Abandonaréis estas tierras y os llevaréis con vosotros al traidor Notum. Comunícale que sabemos que sus complicidades son más profundas de lo que anticipábamos. Su exilio ahora es completo.
Clarke apretó los dientes.
—Ha sufrido un ataque —dijo—. ¡Casi lo matan antes de que pudiéramos llegar! El mundo está cambiando. Atrincheraros en vuestra fortaleza no detendrá el cambio, ¡pero sí podría dejaros sin ningún aliado en absoluto cuando por fin comprendáis que debéis hacer algo!
La honorspren desenfundó su espada y la apuntó hacia ella.
—Este es nuestro reino. Nuestra tierra soberana. De modo que la abandonaréis como se os ha ordenado. Los humanos nunca respetáis eso, nunca aceptáis que los spren podamos poseer algo. Somos posesiones para vosotros.
—No lo…
—Os marcharéis —insistió ella—. ¡Rechazamos vuestra oferta! ¡Rechazamos vuestros vínculos!
Clarke respiró hondo mientras todos sus argumentos morían como plantas marchitas sedientas de agua de lluvia. Hasta que solo quedó una peligrosa posibilidad. Un plan que apenas se había atrevido a plantearse, no digamos ya sugerírselo a los demás. Cuando habló, lo hizo con el mismo atrevimiento, pero también con la misma sensación instintiva de actuar bien, que la había llevado a atacar a Sadeas.
—¡Me malinterpretas! —espetó a la spren—. No he venido a ofreceros vínculos con Radiantes.
—¿A qué, entonces? —exigió saber ella.
—He venido —dijo Clarke— a afrontar vuestra justicia. Nos habéis acusado de asesinos, de traidores. Rechazo esa acusación y hago voto de demostrarlo. Tomadme presa, como representante de la casa Griffin y del nuevo gobierno de Urithiru. Soy una alta princesa de Alezkar y la hija del Forjador de Vínculos. Ocuparé el lugar de esos humanos que afirmáis que os traicionaron. ¿Queréis rechazarnos a nosotros por lo que hicieron ellos? Pues demostrad, en un juicio, que yo merezco ese trato.
La primera honorspren se quedó callada un momento, y entonces se inclinó a un lado y conferenció en rápidos susurros con sus compañeros. Todos parecían igual de perplejos. Desde atrás, Lexa cogió a Clarke por el brazo del lado bueno, con el rostro preocupado. Clarke se mantuvo firme. No porque estuviera confiada, sino porque estaba furiosa. ¿Querían llamarla traidora? ¿Querían culparla a ella por lo que alguien había hecho a Maya? Bueno, pues eran honorspren.
Clarke sospechaba que no podrían resistirse a una oportunidad de defender con formalidad su honor… tal como ellos lo veían.
—¿Te someterías a juicio? —preguntó la spren por fin—. ¿En nombre de tus antepasados?
—Me someteré a juicio en mi propio nombre. Al rechazarme, insultáis mi sentido de la dignidad, mi integridad. ¿Decís que no soy digna, cuando no me conocéis?
—Conocemos a los humanos —dijo uno.
—Rechazo ese argumento. El honor os exige permitirme hablar en mi defensa, si pretendéis castigarme. ¿Dónde está el juicio? ¿Dónde está mi oportunidad de hablar? ¿Dónde está vuestro honor?
Aquello al menos provocó una reacción. Los tres empezaron a mirarse entre ellos.
—Sois honorspren, ¿verdad? —insistió Clarke—. ¿Creéis en la justicia? ¿En la equidad? Pues veamos si sois capaces de mantener esos ideales mientras me culpáis a mí de lo que se hizo en el pasado. Permitidme hablar por mí misma. Y luego demostrad que yo, Clarke Griffin, merezco que se me haga dar media vuelta.
Por fin la líder irguió la espalda en su silla de montar.
—Muy bien. No podemos rechazar una exigencia de juicio. Acompáñanos. Pero debes saber que, si entras en Integridad Duradera, es muy poco probable que vuelvas a salir jamás.
—Eso lo veremos —respondió Clarke, y se giró para hacer a los demás la señal de que avanzaran.
—No —dijo la honorspren—. Solo tú.
—Mi grupo ha viajado mucho —objetó Clarke—, e incluye representantes de…
—Puedes traer a otros dos —dijo la honorspren—. Y a esa ojomuerta. Has vinculado su cadáver, ¿me equivoco, humana? ¿No eres uno de esos nuevos Radiantes? ¿O es que ya has matado a tu spren?
—No soy Radiante —dijo Clarke—. Pero sí, Maya es mi hoja esquirlada.
—En ese caso, debemos asegurarnos de que no estés maltratándola —dijo la honorspren—. Cuidamos de todos los ojomuertos. Tráela, a ella y a otros dos. Decide deprisa.
Clarke apretó los dientes.
—Permitidme deliberar.
Mientras Lexa y ella regresaban con los demás, Lexa le aferró el brazo.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó con intensidad—. No puedes someterte a juicio por lo que hizo un puñado de personas hace miles de años.
—Lo haré si nos lleva al otro lado de esos portones —dijo Clarke—. ¿Tenemos elección?
—Sí —respondió ella—. Podríamos dar media vuelta.
«¿Y enfrentarme a mi padre después de fallarle otra vez?»
Los demás se congregaron a su alrededor. Clarke les explicó a todos lo que ocurría y la spren de la Tocón tradujo para ella.
—Esto no me gusta —dijo Zu, negando con la cabeza, haciendo centellear su cabello dorado—. No me hace gracia que nos separemos.
—El primer paso para cumplir esta misión es conseguir que los honorspren hablen conmigo —dijo Clarke—. Si nos rechazan aquí mismo, se acabó. Si consigo cruzar esas puertas, tal vez pueda iniciar una conversación.
—No te escucharán, brillante señora —dijo Godeke—. Van a detenerte y a acusarte.
—Si con eso entro, me trae bastante sin cuidado. Enviaremos un grupo reducido de vuelta ahora mismo para contar a mi padre lo que he hecho. Los demás podéis acampar aquí unos días, cuidar de Notum y esperar a tener noticias mías. Tenemos unas semanas antes de que la falta de provisiones os obligue a regresar, así que entonces decidiremos qué hacer.
Los demás plantearon unas pocas objeciones simbólicas más. Lexa —en realidad, parecía Velo en esos momentos— se limitó a escuchar mientras Clarke convencía a los demás. Era evidente que sabía que Clarke la llevaría consigo al interior, además de a su spren. Parecía la opción más natural. Poco tiempo más tarde se dirigió de nuevo hacia los honorspren, llevando de la rienda a Galante con Maya a lomos, además de a Velo, Patrón y sus baúles de ropa en animales de carga. Los honorspren dieron media vuelta y encabezaron la marcha hacia la muralla de la fortaleza. Allí conferenciaron con otro grupo que estaba de guardia en el exterior. Y entonces las puertas se abrieron. Clarke entró con paso firme, acompañado de Velo, Patrón y Maya. Gruñó por el dolor en el costado cuando un grupo de brillantes figuras blanquiazules la apresó de inmediato y le puso grilletes en las muñecas. Los portones se cerraron detrás de ellos con un estruendoso golpe.
Que así fuese. Clarke no pensaba volver con su padre teniendo las manos vacías. No pensaba abandonar su misión.
Costara lo que costase.
