37. EL SILENCIO DE LOS MUERTOS
A pesar de ello, intentaré hacer lo que proponéis. Sin embargo, parecéis más asustado del recipiente. Os advierto de que tal actitud es un fallo en vuestra comprensión.
Semanas después de destruir la vinculacaña, Echo seguía sin hacer avances en descubrir la naturaleza del spren que había contactado con ellos. Su triangulación de la vinculacaña los había dirigido a un lugar extraño y oscuro de la tercera planta de la torre, cerca de un monasterio. Las medidas no habían sido lo bastante precisas para proporcionarles la posición exacta, y sus búsquedas no habían revelado nada. De todos modos, Echo tenía muchas otras cosas con las que ocupar su tiempo. Dirigir un reino, aunque ese reino consistiera en una sola ciudad enorme, era una tarea agotadora. No era nada frecuente que pudiera descansar de las exigencias de mercaderes, ojos claros, fervorosos y los miles de otras personas que requerían su atención. Siempre que tenía un respiro, escapaba al sótano de la torre para echar un vistazo al trabajo de sus eruditos. Ese día solo podía permitirse una hora, pero quería aprovecharla bien. En el momento en que entró, Tomor, el joven pariente de Falilar, corrió hacia ella para interceptarla llevando un extraño aparato en la mano.
—¡Brillante! —exclamó, e hizo una rápida inclinación—. ¡Aquí estás! ¡Mira, por fin está terminado!
Tomor levantó un artefacto que se parecía a un guante de cuero.
«Tomor estaba trabajando en ese fabrial elevador —recordó Echo—. Le dije que lo conectara a los pesos del pozo profundo.» Todavía estaba emocionada por aquella perspectiva, por la idea de usar la energía de las tormentas para elevar pesos y luego liberarlos con un fabrial que hiciera ascender un elevador.
El pequeño fabrial elevador que traía Tomor era solo una ínfima parte de aquel aparato más grande e importante. Echo lo tomó de sus manos, titubeante.
—¿Lo has… convertido en un guante?
—¡Sí, como me pediste! —dijo Tomor.
—Yo no pedí un guante —dijo Echo—. Quería que el aparato fuese más elegante y portátil.
—¿Como… un guante? —preguntó él.
—Se supone que debe instalarse en un ascensor, fervoroso Tomor —dijo Echo—. No entiendo en qué mejora su funcionamiento darle esta forma.
—¡Pero con esto, ya no hace falta ningún elevador! —explicó él con entusiasmo—. ¡Ten, mira, póntelo!
Asintió entusiasmado mientras Echo se colocaba el aparato por encima de la mano y la muñeca y luego extendía el brazo hacia Tomor para que le fijara las correas hasta el codo. Estaba hecho de cuero endurecido y parecía más un guantelete que un guante. Las gemas estaban ocultas en un compartimento a un lado, en una jaula de metal que podía cubrirse con otra capa de cuero.
—¡Mira, mira! —exclamó Tomor—. Pueden conjuntarse distintos fabriales accionando ese disco que hay al lado del dedo índice. ¡Se gira con el pulgar, y así no hacen falta las dos manos para controlarlo! ¡Al ir cerrando el puño, se ralentiza el desenrolle del peso! Si se abre la mano, funciona a velocidad máxima. ¡Puño cerrado y se detiene!
—Velocidad máxima…
Echo comprendió entonces a qué se refería Tomor. Esperaba que la gente se elevara por el hueco central de la torre tirados por su propia mano. Era una aplicación tremendamente imaginativa de lo que había pedido Echo… y también una idea de diseño pésima.
—Tomor —empezó a decir Echo, y buscó una forma de explicárselo sin aguarle el entusiasmo—. ¿No crees que podría ser un poco peligroso? Estábamos diseñando elevadores.
—¡Pero para eso ya tenemos fabriales! —replicó él—. Piensa en la flexibilidad que daría esto al brillante señor Bellamy. ¡Llevando este guantelete, llegaría en un zas a la punta de la torre sin tener que esperar un elevador! ¿Que está fuera de la torre y no quiere caminar hasta el hueco central para subir a un elevador? No hay problema. ¡Zas! Ya está arriba del todo.
Echo intentó imaginar a Bellamy colgando del cielo después de hacer «zas» porque había activado aquel aparato demencial y no pudo evitar una sonrisa. Si su marido quisiera, podría hacer que un Corredor del Viento lo hiciera volar hasta arriba, pero nunca quería. Por efectivo que sonara, en realidad nunca merecía la pena tanto jaleo y tanta molestia, cuando podía ir en el elevador como todos los demás.
—Es un diseño maravillosamente creativo, Tomor —dijo—. A veces añoro la versatilidad de una mente joven. En verdad nos lleva a explorar caminos que a los mayores, en nuestra envejecida sabiduría, jamás se nos ocurrirían. Lo has hecho bien.
Tomor sonrió. Y ahora, si Echo pudiera conseguir que hiciera lo que de verdad le había pedido…
—¡Pruébalo! —exclamó él.
Probarlo. «Ay, madre.» Echo miró su sonrisa animada y no se le escapó que Kristir, la erudita que estaba al mando ese día, pasaba por detrás ocultando su propia sonrisa con un fajo de papeles. Los demás eruditos de la sala fingían estar ocupados entre sus logispren, pero Echo notaba sus miradas.
—Supongo que ya lo has probado tú mismo —dijo a Tomor.
—¡Sí! —respondió él—. ¡Llevo días haciéndolo aquí dentro!
Bueno, por lo menos cabía suponer que era seguro. Echo le dedicó una sonrisa educada y luego inspeccionó los controles. Sí…
Al parecer el fabrial tenía varios rubíes distintos, cada cual conectado a un peso lejano. Se apuntaba el guante en la dirección en la que se quería ir —en general arriba, pero también podía desplazarse en horizontal— y entonces se conjuntaba uno de los rubíes. Luego se desenganchaba el peso con un control distinto y el guante tiraba de una utilizando la fuerza del peso al caer.
Echo respiró hondo y levantó la mano hacia arriba.
—¡Acuérdate de cerrar el puño primero! —advirtió Tomor.
Ella lo hizo y luego emparejó el dispositivo. El guante quedó fijado. Liberó uno de los pesos lejanos y, muy poco a poco, relajo el puño para que ese peso empezara a descender despacio. Echo se elevó. Tirada con cierta incomodidad del brazo, se alzó algo más de un metro en el aire. Tomor soltó un hurra y varias de las escribas que miraban aplaudieron. Echo apretó fuerte el puño para detener su ascenso. Se quedó flotando allí, colgando del brazo a un metro largo del suelo, con el puño casi tocando el techo.
—¿Lo ves? —dijo Tomor—. ¿Lo ves?
—Y… ¿exactamente cómo se desciende, Tomor? —preguntó ella.
—Pues… —Corrió a un lado de la sala y cogió un gran taburete que había contra la pared—. Yo estoy usando esto…
Lo situó debajo de ella y Echo, agradecida, por fin pudo desactivar el dispositivo. Cayó unos centímetros hasta el taburete, provocando más aplausos. Seguro que estaban tomándole el pelo. Pero Tomor era sincero. Y quizá aquel aparato sí que tuviera algún uso. Si alguien quería llegar a una nave voladora que ya hubiera despegado, por ejemplo.
—Me gusta —dijo Echo a Tomor—. Pero fuerza un poco el hombro. Me pregunto si sería mejor hacerlo como algún tipo de cinturón en vez de un guante.
—Un cinturón… —repitió él, y puso los ojos como platos—. ¡Un cinturón volador!
—Bueno, un cinturón levitador —lo corrigió Echo mientras se soltaba las correas del aparato—. Nuestros fabriales siguen teniendo el problema de que solo pueden moverse en una dirección a la vez.
—Sí, pero llevando dos cinturones —dijo él—, ¡podrías volar hasta lo alto y luego salir disparado hacia lo lejos!
—Solo hasta que el peso llegara al fondo del hueco y dejaras de moverte —repuso Echo—. A menos que quisiéramos usar todo un tiro de chulls con docenas de asistentes para mantenerte en vuelo, como hacemos con el Cuarto Puente.
—Hum —dijo Tomor—. Cuántos nudos que deshacer…
—También sugiero —añadió Echo antes de que Tomor se ensimismara del todo con la idea del cinturón— que cambies el método para acelerar y ralentizarte. Es más natural abrir el puño cuando te sorprendes, me parece a mí, así que eso debería ser lo que detuviera el aparato. Haz que haya una barra cruzando la mano, como el regulador para abrir una válvula de presión. Y que al apretarla se gane velocidad.
—Muy bien, muy bien… —Tomor se sentó y empezó a bosquejar—. De momento lo dejaré como guantelete y haré otro prototipo. Y puede que el disco del dedo sea demasiado fácil de mover sin pretenderlo. Quizá debamos renunciar a manejarlo con una sola mano a cambio de obtener más control…
Echo lo dejó allí y fue a hablar con Kristir. Era una mujer corta de estatura, pero no de personalidad, y tenía una sonrisa en sus mejillas sonrojadas. Echo se acercó a ella para susurrarle:
—Te lo has pasado bien, ¿verdad?
—Habíamos apostado a si al final lo probarías o no, brillante —respondió Kristir en voz baja—. He ganado siete marcoclaros. —Ensanchó la sonrisa—. ¿Quieres que lo ponga otra vez a trabajar en el elevador, como se suponía que debía hacer?
—No —dijo Echo—. Anímalo a que siga en esta dirección. Quiero ver qué se le ocurre.
—Entendido, aunque nos ayudaría muchísimo si pudieras resolver el problema de la exclusividad de movimiento en altitud o lateral.
—Hace falta una mente mejor que la mía para eso, Kristir —respondió Echo—. Pon a trabajar en eso a nuestros mejores matemáticos, pero no a Rushu. A ella la tengo pensando en cómo proteger la torre de…
Llegó un grito desde fuera de la sala. Echo se volvió y echó a andar deprisa hacia la puerta, pero la detuvo un joven soldado con la mano extendida hacia ella. Hizo una seña a los guardias de la sala para que salieran primero a ver qué ocurría.
—Lo siento, brillante —dijo—. El Espina Negra me arrancará las esferas como deje que te pase algo.
—Estoy bastante segura de saber lo que es esto, teniente —repuso ella, pero se cruzó de brazos y esperó.
Los eruditos que había en la sala empezaron a murmurar en tono preocupado a su espalda. Echo asomó la cabeza al pasillo, donde un par de soldados, hombres que ella misma había asignado a la investigación de Kalami, retenían a un hombre que forcejeaba rodeado de miedospren. Con un poco de suerte, no sería una falsa alarma.
—¿Qué pasa? —preguntó el teniente mientras uno de sus guardias llegaba correteando.
—No estoy seguro —dijo el guardia—. Esos hombres dicen que están obedeciendo órdenes de la brillante Echo.
—Mis disculpas, brillante —dijo el teniente, y se apartó.
La dejó pasar, aunque sus soldados no se alejaron de ella cuando salió al pasillo. El hombre al que habían capturado era bastante nervudo, alezi, aunque con la piel tirando a pálida. Miraba alrededor con los ojos desorbitados y forcejeaba, pero sin decir nada. El cebo había sido el puesto de trabajo de la propia Echo, que había dejado desocupado al otro lado del pasillo, en la sala que usaban sobre todo para almacenar libros y como lugar tranquilo de lectura. El banco de trabajo que tenía allí era bastante tentador, con acceso fácil desde la puerta y más o menos olvidado durante la última semana. Chananar, uno de los soldados que Echo había apostado en secreto para vigilar el puesto de trabajo, fue hasta ella y le tendió la mitad de un rubí pequeño, del que emanaba la suave luz del spren atrapado dentro. Un rubí de vinculacaña. El misterioso spren que residía en la torre había mordido el anzuelo. Se había enterado de que Echo había perdido la anterior vinculacaña y había decidido enviarle un reemplazo. Echo cogió el rubí de la mano del soldado y se acercó al cautivo. Seguía mirando en todas las direcciones con ojos frenéticos, pero había dejado de revolverse.
—¿Quién te ha dado esto? —preguntó Echo, sosteniendo el rubí delante de él—. ¿Quién te ha dicho que lo escondas entre mis cosas?
El hombre se limitó a mirarla y no respondió.
—¿Escondiste tú también el otro? —insistió Echo—. ¿El de mi esfera de viaje? ¡Habla! Estás metido en un buen lío, pero seré indulgente si cooperas.
El hombre temblaba, pero siguió sin decir nada. El rubí empezó a iluminarse en los dedos de Echo, indicando que el desconocido spren deseaba hablar con ella. Quizá fuese un intento de distraerla, pero, en todo caso, Echo quería que hubiera un Tejedor de Luz presente cuando respondiera en esa ocasión, ya que tenían la capacidad de ver a los spren en Shadesmar incluso cuando se hacían invisibles para los demás.
—Traedlo —ordenó a los soldados—. Iremos a mi cámara de audiencias para interrogarlo como es debido. Isabi, escribe a Kalami y pídele que acuda allí, por favor.
La joven pupila, que estaba entre el creciente grupo de eruditos boquiabiertos, salió corriendo. Echo hizo un gesto a los soldados para que se llevaran al prisionero a rastras e hizo ademán de seguirlos, pero otro soldado se dirigió a ella.
—Brillante —susurró—, creo que reconozco a ese tipo. Está con los Radiantes.
—¿Es un escudero?
—Más bien un sirviente, brillante. Estaba allí ayudando con la comida cuando hice la prueba para los Corredores del Viento el mes pasado.
Bueno, eso explicaría que hubiera podido entrar en la esfera de viaje de Echo para dejar la primera gema: los Corredores del Viento solían entrenar con ella, practicando a mantenerla en el aire.
¿Se equivocaría Echo sobre su misterioso corresponsal spren? ¿Era posible que fuese un honorspren? Muchos de ellos tenían una relación algo antagónica con los actuales Caballeros Radiantes. Se guardó la gema con su luz intermitente en el bolsillo de la muñeca del guante. «Tú puedes esperar —pensó, dirigiéndose al spren—. Ahora esta conversación la controlo yo.»
Por desgracia, mientras se marchaba, Echo vio que Isabi estaba recibiendo un mensaje de una vinculacaña y parecía muy tensa. Echo se acercó a la mesa de la chica, preparándose para sus adentros. ¿Qué sería esa vez? ¿Más protestas de los thayleños por los aranceles?
Se agachó para leer por encima del hombro de Isabi y llegó a las palabras «explosión» y «muertos» antes de ponerse en alerta de sopetón y comprender que aquello no era lo que había esperado. La tormenta eterna no llegaba como una alta tormenta.
La tormenta de Honor se presentaba como una tempestad violenta, con una muralla de tormenta que se precipitaba rebosante de viento y furia. Era un chillido brusco, un grito de batalla, un intenso momento de éxtasis. La tormenta de Odium llegaba como una lenta e inevitable progresión creciente. Las nubes bullían emergiendo unas a partir de otras, siempre en expansión, avanzando lentas hasta asfixiar la luz del sol. Como una sola chispa que crecía hasta consumir un bosque entero. La tormenta eterna era un trance de pasión extendida, una experiencia, no un acontecimiento.
Venli no sabría decir cuál de las dos prefería. La alta tormenta era violenta, pero aun así, de algún modo, fiable. Había puesto a prueba a los oyentes durante generaciones, concediéndoles formas seguras, cumpliendo la antigua promesa del Jinete a su pueblo. Quizá las lealtades hubieran cambiado, pero eso no podía separar las almas de su pueblo de la tormenta que las antiguas canciones afirmaban que lo había originado. Y sin embargo, Venli no pudo evitar sentirse emocionada cuando llegó la tormenta eterna, con su vívido relámpago rojo y su energía persistente. Venli odiaba a Odium por lo que había hecho a su pueblo y por la continua tentación que, incluso en esos momentos, podía introducir en su mente. La luz del vacío, las emociones que avivaba, la belleza de cruzar el paisaje a la luz del crepitante fuego rojo en el cielo…
Bajo aquellos ojos irregulares de una deidad iracunda, Venli se unió a los demás en un trote rápido. Su viaje de varias semanas llegaba a su fin, sus reservas de comida agotadas. Habían pasado el último día ocultos en un bosque, esperando a la tormenta eterna.
Con su llegada, el terreno montañoso adquirió un matiz de pesadilla.
La compañía de quinientos empezó a remontar la última pendiente.
Fogonazo.
Un atisbo de árboles retorcidos proyectando largas y terribles sombras.
Fogonazo.
Escombros y piedra rota por delante en la cuesta. Rocas bañadas en luz roja como el fuego.
Fogonazo.
Piel con vibrantes pautas y peligroso caparazón, dando zancadas junto a ella.
Cada relámpago parecía atrapar un momento congelado en el tiempo. Venli corría cerca de la avanzada y, a pesar de que su forma no era tan atlética como otras, mantuvo el paso mientras la fuerza de asalto terminaba de remontar la pendiente. Allí encontraron la pared de un acantilado, más vertical de lo que debería ser posible en una montaña. Estaban muy muy por debajo de la torre. Desde ese ángulo, Venli no alcanzaba a ver la ciudad. Quizá estuviera por encima de las nubes negras. Si era así… tormentas. Hasta ese momento no había sido capaz de asimilar del todo que una estructura habitable se hubiera construido tan en las alturas.
Una Profunda se deslizó hacia Venli y Rabeniel, con los pies hundidos en la roca. Se movía con una elegancia antinatural, como si sus huesos no fuesen sólidos del todo. Era la exploradora que Rabeniel había enviado por delante esa mañana para buscar un punto de incursión adecuado.
—Venid —dijo la exploradora a Mando.
Venli la siguió y se unió a Rabeniel, Rothan, tres Profundos y un soldado al que no conocía. Rabeniel no prohibió a Venli que se acercara y a ninguno de los demás parecía importarle su presencia. Rodearon la ladera de la montaña, dejando atrás un montón de lo que parecía grano pudriéndose y varias cajas rotas de madera.
¿Los humanos pasaban por allí?
«No —comprendió—. Esto debe de haber caído desde arriba. Quizá sea una remesa de comida que llegó por medio de una Puerta Jurada a la ciudad.»
—Aquí —dijo la Profunda, acercando una esfera de luz tormentosa a un sector de roca en particular.
Hundió la mano en la piedra como si fuese líquida. No, eso no era correcto del todo. Cuando la profunda metió la mano en el suelo, no desplazó nada, sino que la piedra pareció fundirse con su piel.
—Las antiguas protecciones no se han mantenido —dijo la exploradora—. Puedo sentir que el ralkalest ha caído de las paredes del túnel que hay abajo. ¿Cómo han podido permitir esa negligencia?
—Estos nuevos Radiantes no saben nada —dijo otro Profundo a Ansia—. Rabeniel, Dama de los Deseos, hiciste bien en proponer que ataquemos ya. Posees una sabiduría que los Nueve no comparten. Han sido demasiado reticentes.
A Venli no se le escapó que el Fusionado hubiera empleado el título de Rabeniel. Todos ellos tenían nombres formales como ese, y que el Profundo usara el de Rabeniel, y al Ritmo del Ansia, indicaba respeto.
—Los Nueve están preocupándose de que no perdamos nuestro asidero en este mundo —respondió Rabeniel—. Hemos esperado miles de años para tener esta oportunidad y no desean tropezar por correr demasiado.
Sin embargo, lo dijo a Satisfacción. Sus palabras eran deferentes, pero el tono del ritmo era claro. Apreciaba el cumplido y estaba de acuerdo con él. Los otros Fusionados que los acompañaban canturrearon a Sumisión, un ritmo que Venli casi nunca oía entre ellos.
—El Hermano duerme —dijo la exploradora—, tal y como percibió la Madre Medianoche. Quizá de verdad el Hermano haya muerto. Quizá esté convertido para siempre en una criatura incapaz de raciocinio.
—No —replicó otro—. El Hermano vive.
Venli se sobresaltó. El que antes había confundido con un soldado, en la oscuridad, era algo más. Un hombren Fusionado con arremolinadas pautas que se movían y cambiaban en su piel. Era el rasgo distintivo de los mavset-im, Aquellos de las Máscaras. Los Enmascarados, ilusionistas, tenían el poder de alterar su propia apariencia.
—Mi forma se distorsiona —dijo el Enmascarado—. El ralkalest habrá caído de la pared, pero eso es una mera barrera física. Las protecciones espirituales de la torre siguen activas al menos en parte y, como determinamos hace meses, los mavset-im no podemos vestir nuestras múltiples imágenes estando cerca de Urithiru.
—Es como lo habíamos anticipado —respondió Rabeniel—, y no necesitamos vuestras máscaras para seguir adelante. Mientras los Profundos puedan recorrer los túneles, nuestra misión es viable. Adelante. Nos reuniremos en la abertura del sudoeste.
Los Profundos se quitaron las túnicas, revelando piel desnuda y partes íntimas cubiertas de caparazón. Entonces se deslizaron al interior de la roca, hundiéndose como en un océano oscuro hasta el cuello. Luego, con los ojos cerrados, desaparecieron bajo la piedra.
—Me siento ciego —explicó Lirin mientras Raven se sentaba con ella.
Ese día Hesina se había llevado a los pacientes de Raven, los que sufrían conmoción de batalla, a visitar las cuadras de la torre. La madre de Raven afirmaba que cuidar de los animales les vendría bien, aunque a Raven no le entraba en la cabeza que estar con aquellas bestias pudiera mejorar el humor de nadie. Aun así, varios pacientes se habían mostrado entusiasmados por la idea de ir a cabalgar.
—¿Ciego? —preguntó Raven.
—He hecho que me lean varios libros de texto sobre la cordura esta última semana —dijo Lirin—. No me había dado cuenta de lo poquísimo que dice la mayoría de ellos. Son sobre todo las mismas pocas citas repitiéndose y repitiéndose, referidas a cada vez menos fuentes originales. ¡No puedo creer que hayamos pasado tanto tiempo sabiendo tan poco, documentando nada!
—No es tan raro —repuso Raven, que estaba construyendo una torre de bloques para que su hermano pequeño la derribara—. Los cirujanos despiertan sospechas incluso en algunas de las ciudades más grandes. La mitad de la población cree que las enfermedades mentales están provocadas por quedarse fuera durante las tormentas, o por tentar a los muertespren, o por alguna idiotez similar.
Lirin apoyó una mano en las historias clínicas que tenía en el regazo. Oroden reía, andando entre los bloques y dándoles puntapiés.
—He pasado toda mi vida intentando ayudar —dijo Lirin en voz baja—. Y creía que la mejor manera de ayudar a los lunáticos era enviarlos con los fervorosos. Tormentas, hasta lo he hecho unas cuantas veces. ¿Te acuerdas del hijo de Lakin? Pensaba que eran especialistas en la materia.
—Nadie sabe nada —respondió Raven—. Porque no quieren saber nada. La gente como yo los asusta.
—No te incluyas en ese grupo, hija —dijo Lirin, ajustándose los anteojos mientras sostenía en alto una historia clínica escrita en glifos. El padre de Raven leía los glifos mucho mejor de lo que ella habría sospechado nunca. Lirin los manejaba como un predicetormentas.
—¿Por qué no debería incluirme? —preguntó Raven, amontonando bloques de nuevo.
—No eres una… —Lirin bajó el papel.
—¿Demente? —dijo Raven—. Ahí está el problema, ¿verdad? No los vemos como nuestros hermanos, nuestras hermanas, nuestros hijos. Nos hacen sentir impotentes. Tenemos miedo porque no podemos vendar una mente rota igual que vendamos un dedo roto.
—Así que fingimos que hacemos todo lo posible por ellos al apartarlos de nosotros —añadió Lirin—. O nos decimos a nosotros mismos que en realidad no están heridos, ya que no podemos ver sus lesiones. Tienes razón, hija. Gracias por desafiarme.
Levantó otra de sus páginas de notas, garabateada con glifos. Eran dibujos, no letras, por lo que no se consideraba verdadera escritura.
Tormentas. Aquello estaba mal. Los médicos no podían leer los diagnósticos por su cuenta. Los fervorosos se veían obligados a aceptar un paciente tras otro solo para que todos los demás pudieran respirar un poco más tranquilos. Mucha gente creía que acudir a un cirujano era antinatural, que si el Todopoderoso quería que sanaran, se ocuparía de ello. Lo más irónico era que los Danzantes del Filo reforzaban esa opinión.
—Necesitamos una revolución médica —afirmó Raven, empezando a construir otra torre. Oroden daba saltitos sin parar, apenas capaz de contenerse mientras la estructura crecía—. Tenemos que cambiarlo absolutamente todo.
—El cambio es difícil, hija —dijo Lirin—. Y a los hombres pequeños como nosotros casi nunca se nos escucha porque…
Dejó la frase en el aire, quizá dándose cuenta de que esa excusa ya no le servía. No cuando su hija era una de las mujeres vivas más poderosas que existían, a pesar de su retiro. Raven sí que podía cambiar las cosas. Podía hacer que a los médicos se les concediera algún tipo de cargo religioso y que de ese modo aprendieran a leer sin sentir que estaban contraviniendo las costumbres sociales. Todo el mundo decía que estaba bien que lo hiciera Bellamy porque era un Forjador de Vínculos, a fin de cuentas. Raven sí que podía cambiar la forma de pensar de la gente sobre los aquejados de conmoción de batalla o melancolía. Los libros de texto de Lirin no recomendaban más medicación que los sedantes. Pero no se había hecho ninguna investigación ni pruebas como era debido para ver si existían más opciones. Allí había mucho, muchísimo que hacer. Y mientras Raven pensaba en ello, apilando un bloque tras otro, se le ocurrió que estaba empezando a ver sus juramentos bajo una nueva luz. Recordó aquel monasterio con el manicomio y comprendió algo que le dio un escalofrío.
«Yo misma podría haber terminado allí», pensó Raven. Los pacientes que recibían los fervorosos eran los que procedían de hogares y ciudades donde la gente se preocupaba lo suficiente para intentar algo, aunque ese algo fuese erróneo. Era posible que, si Raven no hubiera ido a la guerra, hubiera acabado en alguna de esas habitaciones oscuras y terribles.
Un grave retumbar los sacó de su ensimismamiento. ¿Era un trueno eso que se oía fuera? Se levantó y miró por la ventana. El horizonte estaba cubierto de nubes negras. La tormenta eterna.
Cierto, había oído que ese día llegaba una. Allí arriba era fácil perderles la pista.
Oroden echó a correr entre los bloques, derribándolos. Raven sonrió y entonces oyó que la puerta exterior de la clínica se abría y se cerraba. Marcus entró en la sala un momento después.
—Rav, no está en su habitación, y dicen que lleva días sin aparecer por allí.
—¿Cómo? —preguntó Raven—. ¿Cuándo fue la última vez que lo vio alguien?
—Hace tres días.
—¿Tres días?
—¿De quién habláis? —preguntó Lirin.
—De un amigo nuestro —dijo Marcus—, llamado Macallan.
—¿El que no habla? —preguntó Lirin—. ¿Conmoción de batalla severa?
—Pensé que a lo mejor le convendría reunirse con los hombres a los que estoy tratando —explicó Raven.
—Quizá no deberías haber dejado a alguien tan atribulado sin supervisión —dijo Lirin.
—Se defiende bien por su cuenta —respondió Raven—. No es un inválido. Es solo que no habla.
O… bueno, tal vez esa afirmación se quedaba corta.
—Vamos a preguntar a Rlain —propuso Marcus—. A veces Macallan sale a ayudar en los campos.
Raven se había alegrado mucho al enterarse de que Rlain había elegido quedarse en la torre en vez de marchar con el ejército. Rlain pensaba que su trabajo en los campos era más útil que llevar agua y hacer recados para los Corredores del Viento, y Raven no podía reprochárselo. Estar con sus amigos y verlos volar pero no poder hacerlo él mismo… tenía que ser incluso peor que lo que Raven había estado experimentando en los últimos tiempos.
«Tendría que haber ido a verlo más a menudo —pensó Raven—. Ser mejor amiga.» Se le ocurrió que por fin comprendía lo que debía de estar sintiendo Rlain.
Se levantó e hizo un asentimiento a Marcus, que estaba frotándose la frente de nuevo.
—¿Estás bien? —le preguntó Raven.
—Bien —dijo Marcus.
—¿Son las ansias? —aventuró Raven.
Marcus se encogió de hombros.
—Creía que había superado hace unos meses los dolores de cabeza. Supongo que han vuelto.
Venli aplastó el cráneo del soldado contra la pared de piedra y el hueso se resquebrajó con un sonido enfermizo, como el de un caparazón de madera al partirse. Hubo un destello de relámpago rojo procedente de un soldado en forma tormenta y Venli vio que los ojos del soldado bizqueaban, dilatándose. Pero el soldado se aferró a ella y su cuchillo le raspó el caparazón, así que, impulsada por el Ritmo del Pánico, Venli le estrelló la cabeza contra el suelo. Esa vez cayó y se quedó quieto. Venli se agachó su lado, jadeando, y de pronto notó que le faltaba el aliento. Dio una bocanada que le raspó la garganta y apartó las manos. Durante un momento, el único sonido que pudo oír fue su propio ritmo. El moribundo tuvo espasmos en el suelo. Venli apenas notaba el corte que el soldado le había hecho a un lado de la cabeza. En su interior, Timbre vibró al Ritmo de lo Perdido.
«No pretendía… —pensó Venli—. Yo…»
De pronto el sonido regresó a Venli. Dio un respingo y miró a su alrededor. En el fragor del momento, su propia lucha se había apoderado de toda su atención. Pero el intenso combate que se desarrollaba en la boca de la caverna la abrumó entonces. Se encogió, intentando buscar sentido a todo aquello.
—¡La vinculacaña! —gritó alguien al Ritmo del Mando—. ¡No dejéis que…!
De pronto Rabeniel pasó como una exhalación por el centro de la frenética pelea. Los demás eran solo extremidades y sombras, pero ella de algún modo estaba envuelta en un halo de luz carmesí por la tormenta eterna a su espalda. Rabeniel avanzó directa a un ataque de lanza y, cuando la ensartó, al instante el arma se transformó en polvo. Rabeniel pasó junto al soldado y fue hacia una mujer humana que estaba a un lado de la caverna. La mujer estaba manipulando un rubí brillante. La fina arma de Rabeniel, más corta que una espada pero estrecha y puntiaguda como una espina, se clavó hacia arriba por debajo del mentón de la mujer. Rabeniel tiró de su hoja para liberarla y se volvió de nuevo hacia el soldado, que había desenvainado un cuchillo que llevaba al cinto. La Fusionada sopló hacia él y algo negro emanó de sus labios, algo que hizo retroceder trastabillando al hombre mientras se arañaba la cara. Rabeniel cogió la vinculacaña de las manos de la mujer muerta y, con gesto distraído, limpió su hoja con un pañuelo. Vio a Venli arrodillada cerca.
—¿Es tu primera muerte, niña? —preguntó la Fusionada a Escarnio.
—Eh… Sí, antigua.
—Creía que los tuyos habían combatido durante años contra los humanos en las Llanuras Quebradas.
—Yo era una erudita, antigua. No fui a la batalla.
—No permitas que te derriben al suelo —dijo Rabeniel—. Como regia, incluso en forma emisaria, eres más fuerte que la mayoría de los humanos, así que aprovéchalo. Y por Ado, haz el favor de llevar un cuchillo.
—Hum… Sí, antigua. No lo he visto venir. O sea… había pensando…
Que podría mantenerse apartada y distante, como había hecho siempre con los oyentes. Incluso en la batalla de Narak, en la que habían perdido a tantos, Venli no se había involucrado directamente en el combate. No había rendido su mente al spren que la habitaba, y se había dicho a sí misma que lo había evitado por lo fuerte que era. Pero en realidad se debía a que por aquel entonces ya era egoísta y ambiciosa. Timbre latió para reconfortarla, pero Venli no podía aceptar ese sentimiento. No guardaba ningún amor a los humanos, que habían asesinado a miles de miembros de su pueblo. Pero la propia Venli había condenado también a muchos oyentes. No quería matar a nadie. Ya no. Se levantó, perturbada. Cerca de ella, los pocos soldados humanos que aún quedaban estaban cayendo reducidos y muertos mientras la tormenta eterna atronaba fuera, vertiendo luz roja por la boca de la caverna. Venli dio la espalda a las muertes y entonces se sintió avergonzada. ¿Qué había esperado al unirse a aquella misión? ¿Qué esperaba conseguir allí? ¿Establecer contacto con los Radiantes, mientras actuaba para invadir su base? ¿Buscar aliados en plena masacre?
No. Ninguna de las dos cosas. Solo pretendía mantenerse seca durante la tormenta. Rabeniel sacó una esfera de luz tormentosa mientras un grupo de sus Profundos por fin emergía de la roca, elevándose poco a poco a través del suelo como espíritus.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Rabeniel—. Creía que os habíais ocupado de los guardias de esta entrada.
—Y así es —respondió una exploradora a Agonía—. Esto era una patrulla que ha venido a ver qué pasaba con ellos, por lo que parece. No los hemos oído en las piedras hasta que ya era demasiado tarde.
—Suponíamos que estaban todos más arriba —dijo otro—. Lo lamentamos.
—Los lamentos carecen de significado —replicó Rabeniel—. Y las suposiciones erróneas son el último fracaso de muchos muertos. No tendremos otra oportunidad como esta. Jamás. Quiero que os aseguréis bien de que el resto del camino está despejado.
Los Profundos volvieron a canturrear a Agonía y se fundieron con el suelo de piedra de la caverna. Los soldados formaron y Rabeniel echó a andar a zancadas hacia el interior, sin esperar a ver si la seguían. El grupo dejó atrás el estruendoso ruido de la tormenta y empezó a ascender. Aunque habían iniciado el trayecto por las cavernas a media altura, en una entrada situada en un valle elevado, les costaría horas llegar a la torre en sí. Unas horas tensas, en las que deberían confiar en que no hubiera más errores ni patrullas humanas inadvertidas. Confiar en que nadie reparase en el silencio de los muertos. Venli caminó, inquieta, dudando sobre qué había sido peor: la sensación de terror primordial que la había atenazado al oír a aquel humano tras ella o la perturbadora sensación al ver cómo se apagaba la luz en sus ojos.
