39. INVASIÓN
Sin embargo, a pesar de que no pensáis como un mortal, sois pariente de ellos. El poder de la Esquirla de Odium es más peligroso que la mente que hay tras ella. Sobre todo teniendo en cuenta que toda Investidura parece obtener una voluntad propia cuando no se la controla.
Marcus cayó inerte, como si de pronto hubiera perdido las funciones motrices. Su cabeza dio contra la mesa y su brazo cayó laxo a un lado, empujando la jarra vacía fuera de la mesa para que se estrellara contra el suelo. Raven notó un momento de intensa desorientación. Una sensación opresiva en la mente, como una fuerza oscura intentando asfixiarla. Inhaló con fuerza y apretó los dientes. Ahora no. ¡No iba a permitir que su mente traicionera la abrumara en ese momento! Su amigo estaba en apuros.
Raven se sobrepuso a la melancolía y estaba con Marcus al cabo de un segundo, aflojándole la ropa alrededor del cuello para apretarle los dedos contra la arteria carótida. «Tiene buen pulso —pensó Raven—. Ninguna arritmia perceptible y ningún signo de abrasión en el cuerpo. —Le levantó un párpado con el pulgar—. Ojos dilatados. Tiemblan y se sacuden, sin ver.»
—¡Tormentas! —exclamó Rlain, apresurándose a levantarse del banco.
La gente de las mesas cercanas se puso en pie de un salto, sorprendida, y empezó a acercarse a ver qué pasaba mientras aparecían a su alrededor sorpresaspren con forma de triángulos que se quebraban.
—¿Raven? —dijo Rlain—. ¿Qué le pasa?
Raven sintió de nuevo aquella opresiva sensación de pesadumbre y oscuridad. La notó más externa que de costumbre, pero en los últimos meses había aprendido que su conmoción de batalla podía adoptar muchas formas. Estaba llegando a un punto desde el que podía afrontarla. Pero luego. No ahora.
—Que la gente se aparte —dijo Raven a Rlain con voz calmada. No porque estuviera calmada, sino gracias al entrenamiento de su padre. Una cirujana tranquila inspiraba confianza—. Que nos dejen aire. Está respirando y tiene buen pulso.
—¿Se pondrá bien?
Rlain extendió el brazo para que la gente se retirara. Su voz había revertido a un marcado acento parshendi, que en ese caso le confería una intensa cualidad rítmica, como si estuviese cantando. Raven tomó la mano de Marcus, buscando señales de movimiento epiléptico.
—Creo que podría ser una convulsión —dijo Raven, metiendo los dedos en la boca de Marcus—. Algunos adictos al musgoardiente las tienen durante la privación.
—Hace meses que no lo prueba.
«O eso dice», pensó Raven. Marcus había mentido en otras ocasiones. Pero tenía señales delatoras y en general solía sincerarse con Raven. «No tiene la mandíbula atenazada. No hay peligro para su lengua.» Aun así, mejor colocarlo de lado, por si vomitaba. Y sí que estaba temblando, con leves espasmos en los músculos de los brazos.
—Podría ser algún tipo de secuela —dijo Raven—. Hay adictos que las sufren durante años. —Pero no las convulsiones—. Si no, podría ser…
—¿Qué? —preguntó Rlain mientras el dueño de la cantina apartaba a la multitud para ver qué estaba pasando.
—Apoplejía —dijo Raven, decidiéndose. Se metió debajo de Marcus, hizo rodar su cuerpo flácido por encima de los hombros y se levantó con un gruñido—. Aquí no hay mucho que pueda hacer, pero tenemos anticoagulantes en la clínica. Si es apoplejía, a veces ayudan.
Rlain se acercó para sostener un brazo de Marcus.
—¿Y los Danzantes del Filo? Tienen esa clínica suya en el mercado, aquí cerca.
Raven se sintió estúpida. Pues claro. Era una opción mucho mejor. Asintió.
—Te ayudo a llevarlo —dijo Rlain.
—Puedo enlazarlo —repuso Raven, absorbiendo luz tormentosa.
La luz se resistió durante un extraño momento antes de fluir a su interior desde las esferas que llevaba en el bolsillo. Raven se encendió de poder. Bulló en sus venas, urgiéndola a utilizarlo. A actuar. A correr.
—Abriré hueco, pues —dijo Rlain, y empezó a apartar a la gente y despejar un camino para Raven.
Raven envió la luz al interior de Marcus, para enlazarlo hacia arriba y volverlo más ligero.
Y no funcionó.
—Sí, reconozco a este hombre —dijo Rojo.
Echo se lo agradeció con un asentimiento y animó al Tejedor de Luz a continuar. Rojo era un hombre alto que llevaba ropa de trabajador ojos oscuros: pantalones marrones, una camisa abotonada arremangada hasta los codos y tirantes de vivos colores. La moda marinera thayleña estaba imponiéndose en Urithiru. Echo estaba llevando a cabo su interrogatorio en la cuarta planta, cerca del laboratorio que había quedado destruido. Había ordenado que metieran al prisionero acompañado por varios guardias en una pequeña sala contigua a la que ocupaba ella. Rojo había sido el primero en responder de entre los Radiantes a los que había enviado a buscar.
—Se llama Macallan —prosiguió Rojo, echando otro vistazo al interior de la sala donde estaba el prisionero—. No habla. Creo que no está bien de la cabeza. Bueno, lo siento, pero casi ningún Corredor del Viento está bien de la cabeza. Se comportan como una especie de secta consagrada a Bendita por la Tormenta, brillante, lo siento pero es así. Ahora bien, este es más raro que los demás. Creo que era de los antiguos, de los del Puente Cuatro. Monty podría decírtelo. Tiene su historia con ellos.
—¿Ves algún spren? —preguntó Echo.
Los ojos de Rojo se desenfocaron y parecieron mirar a la lejanía. Eran de un color violeta claro, aunque Rojo había sido ojos oscuros antes de unirse a los Tejedores de Luz. Al igual que otros de su orden, podía mirar en Shadesmar.
—Creo que no —dijo.
—No es una respuesta muy alentadora, Radiante.
—La torre complica las cosas —respondió él—. En Shadesmar, este sitio brilla como el mismísimo trasero de Nomon. Eso interfiere. Pero estoy bastante seguro de que podría ver a un honorspren. O a cualquier otro spren Radiante.
Echo miró la sala de interrogatorio. El Corredor del Viento, o lo que quiera que fuese, estaba sentado ante una mesa pequeña, con las piernas encadenadas, vigilado por dos soldados de Echo. Cuando alzó la mirada hacia ella, tenía los ojos tan idos como antes. Sus manos no estaban atadas, así que las alzó hacia ella. Uno de los dos soldados se adelantó para impedírselo, pero no fue lo bastante rápido para evitar que el preso golpeara sus muñecas entre ellas. El saludo de los Corredores del Viento. El hombre hizo el gesto una y otra vez mientras los soldados intentaban que se detuviera.
—Dejadlo —dijo Echo, entrando en la sala.
Los soldados retrocedieron y el joven siguió juntando y separando las muñecas, frenético. Luego señaló hacia la pared. ¿Cómo? ¿De verdad sería mudo?
Señaló con más vehemencia. Echo se volvió. No, no estaba señalando la pared, sino la esfera de la lámpara que colgaba de ella, iluminando la estancia. Luego hizo un movimiento de escritura, con mucho ahínco.
«Creo que quiere que contacte con el spren», pensó ella.
El hombre estaba entregando un nuevo rubí cuando lo habían apresado. Echo lo sacó de su guante y el prisionero se animó y se puso a señalarlo.
—¿Kalami? —llamó Echo hacia la sala de al lado.
La escriba asomó la cabeza y Echo le entregó el rubí. La mujer se lo llevó para montar el equipo de la vinculacaña.
—Rojo dice que no hablas —dijo Echo al hombre.
Él bajó la mirada. Luego negó con la cabeza.
—Quizá deberías pensártelo —dijo Echo—. ¿Eres consciente del problema en el que estás metido? Es un spren quien ha estado hablando contigo, ¿verdad?
El hombre agachó más la cabeza. Entonces asintió.
—Serás consciente de que podría ser uno de los Deshechos —dijo Echo—. Un vacíospren. El enemigo.
El hombre alzó la mirada de sopetón. Luego negó con la cabeza.
—¡Brillante! —gritó Kalami desde la otra sala—. ¡Brillante, tienes que ver esto!
Frunciendo el ceño, Echo salió de la sala de interrogatorio a la cámara más grande, donde Kalami y varias pupilas suyas habían montado la vinculacaña. Estaba escribiendo por sí misma. Echo leyó el texto.
«Estúpida humana. Estamos bajo ataque. El enemigo ya está dentro de la torre. ¡Deprisa! Debes hacer exactamente lo que te diga o estamos todos condenados.»
Dejó de escribir y Echo cogió la pluma, dio la vuelta al rubí y respondió.
«¿Quién eres?», exigió saber.
«Soy el Hermano —escribió deprisa la pluma—. Soy el spren de esta torre El enemigo Están Está haciéndome algo Esto es malo Tienes que infundir…»
Rojo el Tejedor de Luz, que estaba de pie cerca de la puerta, de repente se derrumbó al suelo.
El fallo de sus poderes fue tan inesperado que Raven trastabilló. Había empezado a dar un paso, esperando que el cuerpo flácido de Marcus se volviera más ligero. Cuando no lo hizo, perdió el equilibrio.
Lo intentó otra vez, concentrándose. Nada otra vez.
«Tormentas», pensó Raven. Había algo que estaba muy mal en su interior. La última vez que había ocurrido algo como aquello, había estado peligrosamente cerca de incumplir sus juramentos y matar a Syl.
—¿Syl? —preguntó, buscando por la cantina. La había visto volando cerca de la barra, ¿verdad?—. ¡Syl!
No hubo respuesta.
—¿Phendorana? —llamó Raven a la honorspren de Marcus—. ¡Este sería muy buen momento para revelarte a mí!
Nada. La cantina se había quedado en silencio y la mayoría de los clientes miraban a Raven, del que emanaba luz tormentosa.
—¿Rav? —llamó Rlain desde la puerta.
Raven cargó el peso de Marcus sobre sus hombros y avivó el paso hacia Rlain. La luz tormentosa no parecía conceder mucha fuerza bruta adicional, pero sí que afianzaba las extremidades y reparaba los músculos si empezaban a rasgarse por la tensión. Así que Raven podía llevar a Marcus a un trote rápido, incluso sin enlazarlo. Transportó el cuerpo en un agarre seguro de médico, una habilidad que había aprendido en el campo de batalla.
—Pasa algo malo —dijo Raven a Rlain cuando salieron al exterior—. Aparte de lo que sea que tiene Marcus.
—Lo sé —convino Rlain—. Al principio no me he dado cuenta, pero los ritmos están volviéndose locos. Empiezo a oír unos nuevos muy tenues en la distancia. No me gustan mucho, la verdad. Suenan como los que oigo durante una tormenta eterna.
—¿Aún sopla fuera esa que teníamos?
—Acaba de terminar —dijo Rlain.
Tomaron la ruta más directa hacia la clínica de los Danzantes del Filo en el centro del mercado. Por desgracia, había bastante gente apelotonada allí, lo que retrasó a Raven y Rlain. Decidieron abrirse paso hacia delante mientras los gritos de «Brillante señora Bendita por la Tormenta» hacían que la gente se volviera hacia ellos. Pero en el centro de la multitud encontraron algo horripilante: dos Danzantes del Filo tendidos en el suelo. Una enfermera normal, no Radiante, estaba pidiendo a gritos a la gente que dejara espacio.
Raven dejó a Marcus con Rlain y se acercó para arrodillarse junto a una de los Radiantes inconscientes, una mujer Danzante del Filo a la que recordaba vagamente, bajita, con el pelo teñido.
—¿Qué ha pasado? —preguntó a la enfermera, que pareció reconocer a Raven de inmediato.
—¡Han caído los dos de repente, brillante señora! Temo que Lorain se haya dado en la cabeza, porque hay sangre. He evacuado la clínica enseguida, por si la inconsciencia se debía a una fuga de aturdeagua.
—Bien pensado —dijo Raven.
Los Danzantes del Filo parecían sufrir un letargo más profundo que Marcus. No se les movían los ojos. No tenían espasmos musculares.
—¿Habías visto algo así alguna vez? —preguntó la enfermera.
—Acaba de pasarle algo parecido a mi amigo. Otro Radiante.
—¿Y a ti no?
«Yo siempre sobrevivo —pensó Raven, una idea amarga resonando desde un pasado lejano—. Para poder seguir sufriendo.»
Lo apartó de su mente.
—Lo mejor que se me ocurre es ir con mi padre. Es el cirujano más experto que conozco. Trata la conmoción a estos dos y venda la herida de la cabeza. Mandaré a alguien a avisarte si descubro alguna cosa.
La enfermera asintió y Raven la dejó para ayudar a Rlain a levantar a Marcus y abrirse paso de nuevo entre la multitud.
—¿Por qué no lo enlazas? —preguntó Rlain.
—No puedo. Mis enlaces no parecen funcionar.
—Pero ¿solo con Marcus? —preguntó Rlain—. ¿O en absoluto?
Tormentas, qué idiota era por no haberlo comprobado. Raven bajó las piernas de Marcus, se sacó la bolsa de esferas del bolsillo y se arrodilló para intentar infundir el suelo. No funcionó. Raven frunció el ceño e intentó un enlace distinto, del tipo que hacía que unos objetos se adhirieran a otros. No un enlace gravitacional, sino uno completo. El que a Nyko le encantaba usar para dejar a la gente pegada a las paredes. El enlace completo funcionó. Cuando Raven tocó con su bota esa parte de la piedra, se quedó pegada a ella. Pudo reclamar la luz sin ningún problema. Así que… ¿la Adhesión funcionaba pero la Gravitación no?
—La verdad es que no tengo ni idea de lo que está pasando —dijo Raven a Rlain.
—Esto no puede ser casualidad —afirmó Rlain—. ¿Que tú pierdas parte de tus poderes y tres Radiantes se desmayen? La gente no tiene apoplejías en grupo, ¿verdad?
—No —respondió Raven mientras ambos se ponían al trote, cargando a Marcus entre los dos—. Y hay más, Rlain. Siento algo apretando contra mi mente. Creía que era mi enfermedad. Pero si dices que oyes algo extraño…
¿Qué significaría? ¿Podía ser… como el fabrial que habían usado contra ella los Fusionados en Piedralar? Tenía un siniestro parecido con aquello, en muchos aspectos.
Fueron hacia la gran escalinata. Era ancha y alta, y subía hasta la décima planta. Sería más rápido usarla que intentarlo con los elevadores. Sin embargo, mientras se acercaban a la escalera, resonó un chillido desde un túnel cercano. Raven y Rlain se detuvieron en la intersección. Allí había lámparas de esferas a lo largo de los corredores y los estratos trazaban unas espirales que daban la impresión, cuando se miraba túnel abajo, de estar viendo una tuerca con rosca para el tornillo. Al otro lado estaba reuniéndose un grupo agitado.
—Voy a mirar —dijo Rlain—. ¿Sigues tú adelante con Marcus?
Raven asintió para no hablar y desperdiciar luz tormentosa. Llevó a Marcus hacia la escalinata mientras Rlain se marchaba corriendo. La gente con la que se cruzaba Raven no parecía sentir que pasara nada raro; se limitaban a mirar curiosos a Raven y su carga. Algunos hacían el saludo militar y otros se inclinaban, pero los Radiantes se habían vuelto ya lo bastante habituales en aquellos salones para que la mayoría se limitara a apartarse. Estaba a mitad del primer tramo de la enorme escalinata cuando Rlain llegó corriendo a marchas forzadas. La gente lo dejaba pasar y hasta hacía gestos supersticiosos al verlo.
—Gracias a las tormentas que ahora puedo llevar la forma de guerra entre vosotros —dijo cuando alcanzó a Raven. Jadeaba por la carrera, pero no parecía agotado—. Sería horrible intentar correr así en forma gris. Alguien ha encontrado a una Custodia de la Piedra inconsciente en el pasillo. Sí que hay algo que está atacando específicamente a los Radiantes. ¿Será un Deshecho?
—Me da la misma sensación que aquel fabrial que encontré en Piedralar —dijo Raven—. Pero es evidente que a mucha mayor escala, y también con más fuerza, si está tumbando a Radiantes. El que vi yo debía de ser una especie de prototipo.
—¿Y qué hacemos?
—Mi madre tiene mi vinculacaña conectada con las escribas de Bellamy, así que supongo que la clínica sigue siendo nuestra mejor opción por ahora.
Los otros tramos de escalera pasaron casi sin darse cuenta, aunque Rlain ya había atraído a tres agotaspren distintos, con forma de chorros de polvo, para cuando llegaron a la quinta planta. Indicó a Raven que se adelantara; se reunirían en la clínica. Raven absorbió otra bocanada de luz tormentosa y redobló sus esfuerzos para correr a toda velocidad por el pasillo con Marcus echado sobre los hombros. Pasó entre la gente que esperaba fuera de la clínica —otra rareza, pues a esas horas ya debería estar cerrada— y entró por la puerta.
La sala de espera estaba iluminada con esferas y atestada de gente inquieta. Cuando la madre de Raven la vio, se apresuró a despejar un camino para que pasara.
—¡Lirin! —gritó—. ¡Otro más!
Raven fue al trote hasta la primera sala de examen, donde había una Radiante con el uniforme de Roan tendida en la mesa. La reconoció. Era otra Custodia de la Piedra. Lirin, que estaba examinándole las pupilas, alzó la mirada.
—¿Inconsciencia repentina? —preguntó.
—Al principio he pensado que podría ser apoplejía —dijo Raven, soltándose con cuidado a Marcus y acomodándolo en el suelo. Con una comprobación rápida, Raven confirmó que su amigo aún respiraba y tenía el pulso estable, aunque vio espasmos en su cara. Como si soñara—. Hemos encontrado a algunos más. Órdenes distintas. Todos desmayados.
—Hay dos escuderos de esta en la sala de al lado —dijo Lirin, haciendo un gesto con el mentón hacia la Custodia de la Piedra tendida—. Sus amigos y parientes la han traído hasta aquí arriba a lo bestia. No sé qué va a hacer falta para convencer a la gente de que no mueva a los heridos. Por suerte, no parece que tenga lesiones en el cuello.
—Ataca solo a Radiantes —dijo Raven.
—¿Pero a ti no?
—A mí me está pasando algo —respondió Raven, sintiendo la fatiga a medida que se agotaba su luz tormentosa—. Mis poderes están inhibidos y…
Dejó la frase sin acabar al sentir que algo nuevo tiraba de ella. Algo nuevo, pero conocido al mismo tiempo.
«¿Syl?», pensó, levantándose de un salto y salpicando sudor en torno a ella.
—¡Syl! —gritó.
—Hija, una cirujana debe estar calmado mientras…
—¡A la tormenta con tus lecciones por una vez, padre! —gritó Raven—. ¡Syl!
… aquí…
Raven sintió su voz. Intentó concentrarse en esa sensación y notó que algo tiraba de su alma. Era como si… como si alguien estuviera utilizando su mente como un brazo tendido para ayudarla a salir de un pozo.
Syl se materializó de golpe delante de ella con la forma de una mujer pequeña, con un brillo muy tenue y los dientes apretados.
—¿Estás bien? —preguntó Raven.
—¡No lo sé! Estaba en la cantina y entonces… ¡Marcus! ¿Qué pasa?
—No lo sabemos —respondió Raven—. ¿Ves a Phendorana?
—No. No está por ninguna parte. Noto la mente embotada. ¿Esto es lo que se siente al tener sueño? Creo que tengo sueño. —Crispó la cara—. No me gusta nada.
Llegó Rlain resollando, seguido de la madre de Raven, que se asomaba por detrás de su espalda con cara de preocupación.
—Rav —dijo Rlain—, me he cruzado con gente ahí fuera que gritaba advertencias. Hay Fusionados en la torre. Es otro asalto.
—¿Por qué no se nos ha avisado por vinculacaña? —preguntó Raven.
—No funcionan —dijo su madre—. Hemos intentado escribir a la brillante Echo cuando han llegado estos Radiantes. Activas la caña y no pasa nada. Se cae sin más.
Raven tuvo un escalofrío. Pasó al lado de Rlain y cruzó el pasillo hasta la sala de estar del alojamiento de su familia. Tenía una ventana que daba al cielo vespertino. El sol ya se había puesto, aunque el cielo aún estaba teñido de la luz que remitía, así que Raven pudo ver a centenares de figuras voladoras que, dejando estelas de larga ropa e infusas de luz del vacío, descendían sobre la torre.
—Te equivocas, Rlain —dijo Raven—. Esto no es un asalto. Es una invasión.
Había varias mujeres reunidas alrededor de Rojo, que respiraba pero estaba inconsciente. Echo dejó que las demás se ocuparan del Tejedor de Luz. Volvió a leer las líneas que había escrito el misterioso spren.
El Hermano. El tercer spren Forjador de Vínculos. Que no había muerto en absoluto, y ni siquiera dormía. Pero ¿por qué había pasado más de un año sin decir nada? ¿Por qué había dejado creer a todo el mundo que había muerto?
Echo recogió la pluma, que había caído al papel. Girar la gema no tuvo ningún efecto. El fabrial estaba sin vida.
«El enemigo —había escrito el Hermano—. Está haciéndome algo…»
Echo corrió a su morral de vinculacañas, que solía vigilar alguna pupila de sus escribas. Tenía fundas de cuero para cada pluma, situadas en hilera de forma que el rubí fuese visible a través de una rendija en el cuero. Llevaba allí una docena de sus vinculacañas más importantes. Ninguna estaba iluminada. De hecho, las dos que sacó no reaccionaron cuando Echo giró los rubíes. Estaban igual de muertas que la de la mesa. Miró a Rojo, tumbado en el suelo. Kalami estaba comprobando sus ojos. Era hija de un oficial y había aprendido medicina de campo. Ya había enviado a una chica a buscar a un Danzante del Filo. Un ataque. ¿Sin vinculacañas para comunicarse? Tormentas, iba a ser un caos.
Echo se levantó. Si iba a ser un caos, alguien tendría que combatirlo.
—¡Soldados, os necesito aquí dentro! Las vinculacañas no funcionan. ¿Quién corre más rápido de vosotros?
Las escribas la miraron boquiabiertas mientras entraban sus tres soldados, los que habían estado vigilando al cautivo en la otra sala. Los hombres se miraron entre ellos y luego uno levantó la mano.
—Creo que yo soy el más rápido, brillante.
—Muy bien —dijo Echo. Corrió hasta la mesa y sacó un papel—. Necesito que bajes corriendo a la planta baja. Usa la escalera, no los elevadores, y llega a la oficina de exploración que hay cerca del segundo sector. ¿Sabes dónde digo? ¿Desde donde organizamos el cartografiado de las Llanuras Quebradas? Bien. Que movilicen a todos los mensajeros que tengan.
»Quiero que envíen a alguien a cada guarnición de las siete que hay en la torre con una copia de este mensaje. Todos los mensajeros que queden y todas las escribas de la oficina deberán reunirse conmigo en el primer piso, en la sala de mapas. Es el lugar seguro más grande que se me ocurre ahora mismo.
—Hum, sí, brillante.
—¡Que se den prisa! —añadió Echo—. Tengo motivos para creer que estamos a punto de sufrir un ataque peligroso.
Escribió unas instrucciones en el papel, ordenando a las siete guarniciones que desplegaran sus tropas siguiendo uno de los planes predefinidos, y añadió su actual frase de verificación. Arrancó el papel y se lo entregó al soldado, que salió corriendo. Entonces Echo volvió a escribir lo mismo y lo envió con su segundo hombre más rápido, al que pidió que tomara una ruta distinta. Cuando ese segundo se hubo marchado, ordenó al último soldado que buscara a los Corredores del Viento. Debían de quedar unos veinte en la torre, cuatro caballeros y sus escuderos.
—Pero brillante —dijo el guardia al coger la nota que le entregaba Echo—, te quedarás desprotegida.
—Me las apañaré —respondió ella—. ¡Vete!
El hombre titubeó, quizá tratando de decidir si Bellamy se enfadaría más con él por abandonar a Echo o por desobedecerla. Al final salió a la carrera.
«Tormentas —pensó ella, mirando a Rojo en el suelo—. ¿Y si pueden hacer a otros Radiantes lo mismo que han hecho a Rojo? ¿Cómo lo han elegido a él?» Sintió que se le removía el estómago, una premonición. ¿Y si lo que había ocurrido a ese hombre no iba orientado, sino que era un efecto secundario de lo que fuese que estaba pasando con las vinculacañas?
—Recoged nuestras cosas —dijo a las escribas—. Nos trasladamos a la sala de mapas.
—Pero Rojo… —empezó a objetar Kalami.
—Tendrá que quedarse. Deja una nota diciendo dónde hemos ido.
Fue a la sala más pequeña. El prisionero, Macallan, había bajado de su silla y estaba hecho un ovillo en el suelo. Los grilletes de sus piernas rechinaron cuando se movió.
—El spren de la torre habló contigo —le dijo Echo—. Te pidió que me dejaras la gema de vinculacaña. ¿Cómo supiste lo que debías hacer?
El hombre solo miró al suelo.
—Escúchame —insistió Echo, manteniendo la distancia por si acaso, pero también intentando que su voz sonara calmada, tranquilizadora—. No estoy enfadada contigo. Entiendo por qué hiciste lo que hiciste, pero está ocurriendo algo terrible y las vinculacañas no funcionan. Necesito saber cómo contactar con el spren.
El hombre la miró con los ojos muy abiertos. Tormentas, Echo no estaba segura de que fuese capaz de comprenderla. Saltaba a la vista que algo andaba mal en su interior. El hombre se movió, sus cadenas tintinearon y Echo dio un respingo sin poder evitarlo. Pero Macallan no avanzó hacia ella. Cambió de postura, se levantó y extendió el brazo para tocar la pared. Apoyó la mano contra la piedra, donde había líneas de estratos. Y… ¿también una veta de cristal?
Echo se acercó. Sí, entre los estratos corría una fina veta de granate. Ya había visto otras parecidas. En algunas salas eran casi invisibles, imitando por completo la ondulación de los estratos. En otras destacaban a simple vista, rectas y gruesas, subiendo desde el suelo hasta el techo.
—¿El spren de la torre te habló a través de estas vetas de granate? —preguntó Echo.
El prisionero asintió.
—Gracias —dijo Echo.
Él juntó las muñecas. «Puente Cuatro.»
Echo le tiró la llave de sus grilletes.
—Nos vamos a la sala de mapas de la primera planta. Debemos movernos deprisa. Ven si quieres.
Corrió de vuelta con los demás. En la sala de mapas había una veta de granate. Ya vería lo que podía hacer con ella cuando llegara.
Raven miró sus cuchillos de cirugía.
Syl no podía formar una hoja esquirlada. Algo andaba mal con los poderes de Raven, que ni siquiera estaba segura de que la luz tormentosa aún pudiera sanarla. De todas formas, no era eso lo que había hecho que se parara a mirar los cuchillos. Seis pequeñas herramientas de acero, una junto a la otra. El bisturí de un cirujano era muy distinto a la daga de un soldado. El cuchillo de un cirujano podía ser algo muy sutil, pensado para hacer el mínimo daño posible. Una delicada contradicción. Como la propia Raven. Tocó uno de ellos y la mano no le tembló como había temido. El cuchillo, resplandeciente a la luz de esfera como si estuviese en llamas, estaba frío al tacto. Una parte de ella había esperado encontrarlo ardiente, furioso, pero a aquella herramienta no le importaba cómo la utilizaran. Estaba diseñada para curar, pero podía matar con la misma efectividad. Como la propia Raven. Fuera del quirófano, la gente chillaba entre miedospren que se retorcían. Los Fusionados estaban posándose en las terrazas de ese nivel y los gritos de la multitud aterrorizada resonaban por los salones de Urithiru. Raven había enviado a Rlain a esconderse en los alojamientos de la clínica, porque no sabía cómo podrían reaccionar los Fusionados si encontraban allí a un oyente vestido con uniforme alezi. Raven vaciló. Debería ir también a esconderse. Esperar a ver qué pasaba. Era lo que quería su padre. Pero en vez de eso, sus dedos se cerraron en torno al cuchillo y Raven se volvió hacia los gritos. Allí lo necesitaban. Vida antes que muerte. Era a lo que se dedicaba.
Sin embargo, mientras caminaba hacia la puerta, se descubrió lastrada por un peso terrible. Notaba los pies como encadenados, la ropa como hecha de plomo. Llegó al umbral jadeando entre sudores fríos.
Con lo bien que le había ido hasta entonces.
De pronto se notó cansadísima. ¿Por qué no podía quedarse a descansar un poco?
No. Tenía que salir ahí fuera y luchar. Era Raven Bendita por la Tormenta. La gente dependía de ella. La necesitaban. Se había tomado un breve permiso. Pero tenía que… tenía que…
«¿Y si alguno muere porque esperaba tu ayuda pero tú vuelves a bloquearte?» ¿Y si morían como Tien? ¿Y si Raven se quedaba paralizada como cuando había muerto Finn? ¿Y si…? ¿Y si…?
—¿Raven?
La voz de Syl la despertó de golpe. Raven se vio sentada al lado de la puerta del quirófano, la espalda contra la pared, aferrando el cuchillo delante de ella y temblando.
—¿Raven? —repitió Syl. Caminaba hacia ella por el suelo—. He ido a avisar a la reina Echo como me has pedido. Pero por algún motivo, no he podido alejarme mucho de ti. Sí que he encontrado a unos mensajeros, y decían que tenían órdenes de la reina, así que creo que ya está al tanto de la invasión.
Ella asintió.
—Raven, están por todas partes —dijo Syl—. El mensajero estaba diciendo que ha llegado una gran fuerza subiendo desde las cavernas y ha tomado la sala de la columna corazón. El enemigo tiene las Puertas Juradas en marcha. Están trayendo tropas y… Raven, ¿qué te pasa?
—Sudores fríos —musitó ella—. Distanciamiento emocional. Insensibilidad, acompañada de recuerdos hiperrealistas de momentos traumáticos. —Alguien gritó en la terraza y Raven saltó, empuñando el cuchillo—. Fuerte ansiedad…
Unas pisadas en el pasillo hicieron que Raven asiera el cuchillo con más fuerza en la mano sudorosa. Pero no apareció ningún Fusionado. Era solo su padre llevando una esfera roja como la sangre para iluminarse. Se detuvo al ver a Raven y entonces se movió con una calma exagerada, componiendo una sonrisa amistosa. Tormentas. Si su padre ponía aquella cara, era que la cosa estaba muy mal.
—Deja ese cuchillo, hija —dijo Lirin con suavidad—. No pasa nada. No te necesitan.
—Estoy bien, padre —respondió Raven—. Es solo que… no estaba preparada del todo para volver a luchar tan pronto. Nada más.
—Deja el cuchillo y haremos planes.
—Tengo que resistir.
—¿Resistir qué? —dijo Lirin—. Entre Emory, tu madre y yo hemos llevado a nuestra gente a sus habitaciones. Los parshmenios invasores no han venido a matar. El único herido es ese necio de Jam, que ha encontrado una lanza en alguna parte.
—¿La reina se ha rendido? —preguntó Raven.
Lirin no respondió, pero sus ojos seguían fijos en el bisturí.
—No —dijo Syl—. O por lo menos, estaba enviando órdenes.
Pero Raven, no podrán luchar mucho tiempo. Hay Fusionados entre las tropas enemigas, y regios, y… y casi todos los portadores de esquirlada están desplegados fuera de Urithiru. Todos los potenciadores de la torre han caído inconscientes.
Raven cogió a su padre por el brazo.
—Aún queda uno —dijo, y se puso de pie.
—¡Rav! —exclamó Lirin, y la ira asomó a través de su calmada máscara de cirujano—. No seas idiota. No tiene sentido que te hagas el héroe.
—No estoy haciéndome nada —replicó Raven—. Esto es lo que soy.
—¿Así que irás a luchar, estando así? —preguntó Lirin con brusquedad—. ¿En plena diaforesis, con temblores en las manos, apenas capaz de mantenerte en pie?
Raven apretó los dientes y empezó a recorrer el pasillo hacia la puerta principal de la clínica. Syl se posó en su hombro, pero no le pidió que se detuviera.
—Has dicho que Jam tenía una lanza —dijo Raven—. ¿Sabes lo que ha pasado con ella?
—Tormentas, hija, escúchame —insistió Lirin, asiéndolo desde atrás—. ¡Aquí no hay ninguna batalla para ti! La torre ha caído. Si sales ahí fuera, desperdiciarás cualquier ventaja que tuvieras. Tormentas, no solo harás que te maten a ti: harás que nos maten a todos.
Raven se detuvo de sopetón.
—Así es —dijo su padre—. ¿Qué crees que harán a la familia de la Radiante que los ha atacado? Puede que mates a unos cuantos antes de morir. El Padre Tormenta sabe que se te da bien romper cosas. Y entonces vendrán y me ahorcarán a mí. ¿Quieres que me pase eso? ¿O a tu madre? ¿O a tu hermano pequeño?
—A la tormenta contigo —susurró Raven.
Lirin no estaba preocupado por salvarse a sí mismo. No era un hombre egoísta. Pero sí que era cirujano y conocía los puntos vitales donde clavar un cuchillo. Llegaron gritos desde el interior de Urithiru, voces de cantores, con ritmos. Habían aterrizado Fusionados en la quinta planta, pero había otros ascendiendo desde abajo. Por el aliento de Becca. Bellamy se había llevado las reservas para la batalla en Emul. Quedaban siete guarniciones en la torre, pero todas estaban escasas de personal, atendidas sobre todo por tropas fuera de su turno de servicio, disfrutando de un permiso. Cinco mil hombres, siendo optimistas. Todo el mundo había supuesto que la gran cantidad de Radiantes bastaría para impedir otro asalto a la torre.
Raven flaqueó contra la pared.
—Tenemos… que encontrar la forma de contactar con Bellamy y Anya. ¿Las vinculacañas no funcionan?
—Ninguna —dijo Lirin—. No funciona ningún fabrial.
—¿Cómo están usando las Puertas Juradas? —preguntó Raven, sentándose en el suelo del pasillo.
—Puede que sean los Rompedores del Cielo —respondió Syl—. Pero… no lo sé, Raven. Algo está fallando mucho en nuestro vínculo. Cuando he volado solo un piso más abajo, he empezado a notarme distante. Olvidadiza. Lo normal es que pueda alejarme kilómetros antes de que empiece a pasar.
—Podemos planificar —dijo Lirin—. Pensar en algún modo de informar al Espina Negra. Hay otras maneras de luchar, hija.
—Tal vez —dijo Raven. Miró a su padre a los ojos—. Pero dirías cualquier cosa para impedirme que salga ahí fuera, ¿verdad?
Lirin le sostuvo la mirada sin responder.
«Es verdad que no estoy en condiciones de ir a la batalla —pensó Raven—. Y… y si controlan las Puertas Juradas…»
Lirin, con movimientos lentos y tranquilos, cogió el cuchillo de la mano de Raven. Ella lo soltó. Su padre la ayudó a levantarse y la llevó a las habitaciones de atrás, donde una chica del pueblo estaba entreteniendo a Oroden con juguetes para que no hiciera ruido. La madre de Raven entró al poco tiempo, con pelos sueltos del moño y sangre en la falda. No era de ella. Raven supuso que sería de Jam. Hesina fue a abrazar a Lirin mientras Raven se quedaba sentada mirando al suelo. Tal vez Urithiru siguiera luchando, pero ella sabía que había perdido la batalla hacía mucho tiempo.
Como la propia Raven.
