40. TODO O NADA

El instinto me dice que el poder de Odium no está controlándose bien. El recipiente quedará adaptado a la voluntad del poder. Y después de tanto tiempo, si Odium aún pretende destruir, eso es obra del poder.

Cuando Echo se aproximó a la sala de mapas, la zona ya era un hervidero de actividad. Los mensajeros habían cumplido sus tareas y Echo encontró puestos de control en los pasillos, con guardias y expectaspren ondeando por encima. Los soldados de cada puesto le abrieron el paso con visible alivio. La sala de mapas estaba iluminada por una gran cantidad de esferas de diamante. Había unos pocos oficiales uniformados de azul Griffin junto a varios funcionarios. Jordan, el alto príncipe más joven de todos y el único que quedaba en la torre, los había dispuesto en torno a las mesas. Habían desplegado planos de los niveles inferiores con pesos en las esquinas.

«Son sobre todo capitanes —pensó Echo, mirando los galones en los hombros del personal de mando—. Un señor de batallón.»

Hombres que se habían quedado en la torre de permiso. Había mensajeros, hombres y mujeres, rondando por el perímetro de la sala.

—¿Sabemos algo del comandante Lyon? —preguntó Echo mientras entraba con paso firme—. Será mejor tener aquí al líder de la Guardia de la Torre.

—Se ha desmayado, brillante —respondió un hombre—. Un spren lo eligió el mes pasado.

—Tormentas —dijo Echo, llegando a la mesa entre varios hombres que le hicieron hueco—. ¿Es verdad, entonces? ¿Afecta a todos los Radiantes de la torre?

—Que sepamos hasta ahora, sí, brillante —dijo otro hombre.

—Hay tropas enemigas en todos los pisos, brillante —informó otro más mayor, el señor de batallón—. Regios en forma tormenta, sobre todo. Llegan en tromba a través del sótano. Pero también tenemos Celestiales entrando por las terrazas a lo largo y ancho de los niveles inferiores.

—Condenación —murmuró ella. El enemigo había tomado las bibliotecas, entonces. Y la columna. ¿Sería allí donde residía el Hermano?

Miró de nuevo al señor de batallón. Era un hombre delgado y con poco pelo, que llevaba muy corto, su cuello grueso a pesar de la edad y su mirada poderosa e intensa. Tenía…

Echo volvió a mirarlo. ¿Ojos oscuros? Bellamy estaba cumpliendo su decisión de empezar a ascender a los soldados basándose en sus méritos, no en su color de ojos, pero seguía sin haber muchos oficiales ojos oscuros. Lo más raro del asunto era que algunos ojos oscuros parecían encontrar el cambio tan antinatural como algunos de los ojos claros más moralistas.

—¿Tu nombre, señor de batallón? —preguntó.

—Teofil —dijo él—. Novena División Griffin, infantería. Acabábamos de llegar desde el frente en el sur de Alezkar. He situado a mis hombres en la escalinata, aquí. —Señaló en el plano—. Pero… brillante, han atacado por sorpresa y no tenemos muchas tropas en la torre. La planta baja ya estaba casi dominada por el enemigo cuando hemos conseguido movilizarnos.

—No podemos combatir a Fusionados —dijo otro hombre, joven y nervioso, y le tembló la mano al señalar el plano de la quinta planta—. Nos están atrapando desde arriba y desde abajo. No hay manera de contenerlos. Sanan cuando los cortamos y pueden atacar desde arriba. Sin Radiantes, estamos condenados. No hay…

—Tranquilízate —lo interrumpió Echo—. El brillante señor Teofil ha hecho bien en… —Echo calló. Era ojos oscuros, no un brillante señor. ¿Cómo se dirigía una a un señor de batallón que no era ojos claros?—. Esto… el señor de batallón Teofil ha hecho bien. Tenemos que bloquear las escaleras. La capacidad de vuelo de los shanay-im no será relevante en espacios tan reducidos. Con unas buenas barricadas, ni siquiera importará que puedan sanar. Podemos intentar defender las cuatro primeras plantas.

—Brillante —dijo otro hombre—, podemos intentarlo, pero hay docenas de escaleras y no tenemos mucho material para levantar barricadas.

—Pues mejor que vayamos poco a poco —replicó ella—. Que todas nuestras tropas se replieguen a este nivel. Trataremos de defender la primera y la segunda planta.

—¿Y si descienden volando por el exterior y entran por las ventanas de este piso? —preguntó el joven nervioso.

—Nos haremos fuertes aquí dentro —dijo Echo—. Tormentas. Los moldeadores de almas…

—No funcionan, como ningún otro fabrial.

Condenación.

—¿Tenemos provisiones en las guarniciones? —preguntó, esperanzada.

—He enviado a hombres a recuperarlas —dijo Teofil, señalando en un plano del segundo piso—. Los almacenes están aquí y aquí.

—Con eso podremos resistir durante semanas —dijo Echo—. Tiempo de sobra para que mi marido regrese con nuestras fuerzas.

Los oficiales se miraron entre ellos. Las escribas de Echo, apiñadas cerca de la puerta, estaban muy calladas. Después de la prisa frenética con la que habían llegado allí, abriéndose paso entre muchedumbres confusas, era inquietante que hubiera tanto silencio. Echo casi sentía como si la torre entera estuviera apoyada en sus hombros.

—Brillante —dijo Teofil—, han avanzado directos hacia la meseta de fuera. Controlan las Puertas Juradas y están activándolas de algún modo, aunque los demás fabriales no funcionan. Esta torre va a llenarse de cantores muy pronto. Pero incluso sin tener eso en cuenta, no creo que las barricadas sean una táctica prudente.

»Sí, he bloqueado las escaleras para retrasarlos, pero tienen cantores en forma tormenta y me han informado de Fusionados que pueden atravesar la piedra. Destrozarán y quemarán lo que les pongamos por delante. Si ordenas que resistamos, resistiremos todo el tiempo que podamos, pero quiero asegurarme de que comprendes la situación del todo. Por si quieres plantearte un plan distinto.

Por los salones de las alturas. Echo apretó las manos contra la mesa, obligando a sus pensamientos a ponerse en orden. «No tengas la sensación de que debes decidirlo tú todo —se dijo—. No eres una general.»

—¿Consejos?

—Rendirse es de mal gusto —dijo Teofil—, pero podría ser nuestra mejor opción. Mis soldados son valientes y respondo por cada uno de ellos, pero no pueden resistir mucho tiempo contra regios y Fusionados. ¿Se te ocurre alguna manera de recuperar a los Radiantes?

Echo miró los planos.

—Sospecho que lo que sea que ha hecho el enemigo a los Radiantes tiene que ver con una distribución concreta de granates en la columna de cristal. Si podemos reconquistar esa sala, quizá podría invertir todo esto. No garantizo nada, pero es lo mejor que se me ocurre y posiblemente nuestra mejor esperanza.

—Eso implicaría tomar una parte de la planta baja —dijo Teofil—. Tendríamos que avanzar escalera abajo hacia el sótano.

Los demás oficiales cercanos se removieron inquietos y murmuraron al oír la idea. Teofil miró a los ojos a Echo y asintió. El hombre no era partidario de resistir en una lucha desesperada contra un enemigo superior. Pero si Echo podía ofrecerle una posibilidad de éxito, aunque fuese una apuesta difícil, eso ya era otra cosa.

—Habrá sangre —dijo un soldado—. Tendremos que avanzar sobre una posición de enemigos potenciadores.

—Y si fracasamos, habremos renunciado a casi todo nuestro terreno —dijo otro hombre—. Esto viene a ser una maniobra de todo o nada. O bien conquistamos el sótano, o bien… se acabó.

Echo volvió a mirar los planos, decidida a pensarlo todo bien, aunque cada minuto que dedicara a debatirse dificultaría muchísimo la tarea.

«Teofil tiene razón —decidió—. Esta torre es demasiado porosa para defenderla mucho tiempo de un enemigo con poderes.»

Intentar defender aquellas salas centrales no funcionaría. El enemigo podría electrocutar a grupos numerosos de hombres, destrozar sus formaciones, aterrorizar a sus tropas. Tenía que atacar antes de que todo el mundo en la torre empezara a sentirse como aquel capitán asustado. Antes de que el impulso del enemigo se volviera demasiado grande para superarlo. Solo tenían una esperanza. Actuar ya.

—Hacedlo —ordenó—. Dedicad todos nuestros efectivos a reconquistar esa columna del sótano.

La sala quedó de nuevo en silencio. Entonces Teofil ladró:

—¡Ya habéis oído a la reina! ¡Shuanor, Gavri, recoged a vuestros hombres de los pisos de arriba! Replegaos, dejando solo una fuerza de hostigamiento para cubrir la retirada. Radathavian, quedas al mando de eso. Retiraos despacio y haced sangrar a esos Celestiales cuando avancen contra vosotros. Los Fusionados podrán sanar, pero les duele de todas formas.

»Los demás, situad a vuestros hombres al pie de la gran escalinata. ¡Nos congregaremos ahí y avanzaremos! Abriremos hueco en la escalera al sótano, avanzaremos luchando y abriremos camino a la reina. ¡Por la sangre de nuestros ancestros!

Se pusieron todos en movimiento, los oficiales de menor graduación llamando a mensajeros para que transmitieran sus órdenes. A Echo no se le escapó que habían tardado en obedecer. Solo se habían puesto en acción después de oír las órdenes de Teofil. Aquellos soldados se desvivirían por cumplir la voluntad de Echo en lo referente a peticiones en tiempo de paz, pero durante un combate…

Echo lanzó una mirada a Teofil, que se inclinó junto a ella y le habló en voz baja.

—Discúlpalos, brillante —dijo—. Lo más seguro es que no les haga mucha gracia obedecer órdenes de una mujer. Las artes masculinas y todo eso.

—¿Y a ti? —preguntó ella.

—Yo supongo que el Espina Negra ha estudiado todos los textos militares conocidos por la humanidad —dijo él—. Y que podríamos tener generales mucho peores que la mujer que doy por sentado que se los leyó. Sobre todo si está dispuesta a escuchar algún consejo razonable. Es más de lo que puedo decir de algunos altos señores a los que he seguido.

—Gracias —respondió ella.

—Lo que más necesitábamos era que alguien tomara la decisión —afirmó él—. Antes de que llegaras, se oponían todos a hacer lo que yo proponía. Tormentosos necios. Casi todos los que valen su luz tormentosa están en alguno de los frentes, brillante. —Miró a los demás, que estaban enviando mensajeros con órdenes. Bajó la voz incluso más para dirigirse a Echo—. Tenemos algunas tropas decentes mezcladas entre las de aquí, pero la mayoría de estas son hombres de Jordan. Que yo sepa, había un solo portador de esquirlada no Radiante en la torre. Tshadr, un thayleño. Sus habitaciones estaban en la tercera planta. He enviado una mensajera, pero ya había vuelto justo antes de que llegaras tú. Esos Celestiales han ido directos a por él, brillante. Debían de saber exactamente dónde se alojaba. Ahora el enemigo tiene su armadura esquirlada. Que el Todopoderoso acepte su alma en el eterno campo de batalla.

Echo soltó aire. Gustus debía de haber revelado al enemigo dónde encontraría al portador de esquirlada.

—Quizá haya otra esquirla que podamos utilizar —dijo Teofil, señalando un punto en el plano de la segunda planta—. Una hoja esquirlada negra. Habla a la gente cuando se acerca y…

—La asesina de esa celda es un tejido de luz —susurró Echo—. A la verdadera la hemos enviado en secreto con mi marido, y lleva consigo la espada.

—Condenación —murmuró Teofil.

—¿Qué posibilidades tenemos, señor de batallón? —preguntó ella—. Nuestras posibilidades reales, a tu juicio.

—Brillante —dijo él—, he intentado desplegar tropas normales contra regios. No sale bien, y aquí será peor. Normalmente estos espacios cerrados nos beneficiarían luchando a la defensiva. Pero en los pasillos estamos limitados a pequeños enfrentamientos de pelotones. Y si sus pelotones pueden arrojar relámpagos…

—Yo había llegado a la misma conclusión —convino ella—. ¿Crees que la orden que he dado es estúpida?

Él negó despacio con la cabeza.

—Brillante, si existe la menor probabilidad de dar la vuelta a la situación ahora mismo, creo que debemos intentarlo. Si perdemos la torre… bueno, sería un desastre para la guerra. Si hay una mínima posibilidad de que despiertes a los Radiantes, estoy dispuesto a arriesgar todo lo que tenemos en el intento.

—Ataquemos, pues —dijo ella—. Pero si esto no sale bien… necesito saber cómo está tratando el enemigo a los habitantes de los pisos superiores mientras replegamos las tropas. ¿Podrías enviar un explorador para averiguarlo?

El señor de pelotón asintió, y Echo leyó una comprensión en sus rasgos. Los Fusionados tendían más a ocupar que a destruir. La verdad era que trataban las ciudades que conquistaban mejor que podrían haberlo hecho sus compatriotas alezi durante una rencilla entre altos príncipes. Por muy poco que le gustara, era cierto que les quedaba la opción de rendirse. Siempre y cuando estuviera segura de que el enemigo no pretendía convertir aquella invasión en una carnicería. Habían intentado algo parecido en otra ocasión, pero había sido solo una pequeña incursión, con la que habían pretendido retrasar los refuerzos alezi y robar la hoja de Honor. El presente ataque le daba una impresión mucho peor. El enemigo parecía saber de la existencia del Hermano y conocía la forma de perturbar las defensas de la torre.

—Voy a intentar una cosa con los fabriales de la torre —dijo Echo—. Podría ayudarnos. Toma el mando y ocúpate de poner en práctica nuestro plan. Consulta conmigo cualquier cosa significativa antes de tomar una decisión, por favor. Suponiendo que sigas dispuesto a aceptar órdenes de una mujer.

—Brillante —dijo él—, antes de que me ascendieran pasé años aceptando órdenes de cualquier joven teniente lampiño que quería labrarse un nombre en las Llanuras Quebradas. Créeme si te digo que considero esto un honor.

Le hizo el saludo militar, dio media vuelta y se puso a ladrar más órdenes. Mientras lo hacía, Echo reparó en que el hombre del Puente Cuatro llamado Macallan estaba entrando en la sala con disimulo. La gente no le dedicó más que una mirada rápida. Su forma de andar, con los ojos hacia abajo y encogiéndose cuando alguien pasaba cerca, le recordó a un sirviente o… bueno, a la forma en que se comportaban antes los parshmenios. Invisible hasta cierto punto. Era bueno saber que Macallan había llegado por si lo que iba a intentar Echo no funcionaba. Fue hasta la veta de cristal en la pared. En aquella sala era más evidente, una línea de granate rojo que partía en dos la superficie, interrumpiendo el flujo natural de los estratos. Echo apoyó la mano en ella.

—Sé que me oyes, Hermano —dijo Echo en voz baja—. Macallan me ha contado que puedes hacerlo, pero ya lo sabía de todas formas. Sabías dónde esconder esos rubíes, y sabías que había perdido uno de ellos. Llevas todo este tiempo escuchándonos, ¿verdad? ¿Espiando? ¿Cómo si no podías saber que estoy yo al mando de los eruditos de fabriales en la torre?

Cuando terminó de hablar vio algo, un pequeño destello de luz, como un estrellaspren, que ascendía por la línea de cristal. Se obligó a dejar los dedos donde estaban mientras la luz tocaba su piel.

Puedo oírte, dijo una voz en su mente, queda, como un susurro. Echo no habría sabido afirmar si era de hombre o de mujer. Su tono parecía a medio camino entre ambas. Aunque no veo todo lo que estás suponiendo. En todo caso, Macallan no debería haber hablado de esto.

—Alégrate de que lo haya hecho —susurró Echo—. Quiero ayudar.

Eres una esclavista, dijo el Hermano.

—¿Soy mejor que un Fusionado?

El Hermano no respondió al principio.

No lo tengo claro, dijo. He estado evitando a los tuyos. Se suponía que debíais creer que había muerto. Todo el mundo debía creer que yo había muerto.

—Yo agradezco que no lo estés. Dijiste que eres el alma de la torre. ¿Puedes recuperar sus funciones?

No, respondió la voz. De verdad dormía. Hasta que… hubo un Forjador de Vínculos. Sentí a un Forjador de Vínculos. Pero la torre no está activa y no tengo la suficiente luz para ponerla en marcha.

—Si eso es cierto, ¿cómo pueden haber hecho lo que han hecho a los Radiantes?

Eh… Me han corrompido. A una pequeña parte de mí. Han usado su luz para activar unas defensas que yo no podía.

—¿Lo que han hecho está relacionado con esa disposición de granates en tu columna de cristal?

Sabes demasiado, dijo el Hermano. Eso me incomoda. Sabes y haces cosas que no eran posibles antes.

—Sí que eran posibles, solo que no se conocían —repuso Echo—. Tal es la naturaleza de la ciencia.

Lo que haces es peligroso y malvado, afirmó el Hermano. Aquellos antiguos Radiantes renunciaron a sus juramentos porque les preocupaba tener demasiado poder… y tú has ido mucho más allá que ellos.

—Estoy dispuesta a escucharte —dijo Echo—. Estoy dispuesta a cambiar. Pero si los Fusionados conquistan la torre, si la corrompen…

La… Dama de los Suplicios está aquí, dijo el Hermano, con voz más débil. ¿Más asustada? Sonaba a voz infantil, decidió Echo.

—No sé quién es —respondió.

Es mala. Terrible. Pocos Fusionados me… asustan tanto como ella. Está intentando cambiarme. Hasta ahora, ha cambiado solo la parte de mí que reprime la potenciación, invirtiéndola para que afecte a los Radiantes en vez de a los Fusionados. Pero pretende ir más allá. Mucho más allá.

—¿Hay alguna forma de rescatar a nuestros Radiantes aparte de recuperar la columna?

No, respondió el Hermano. Si llegáis a la columna, podríamos invertir los efectos. Pero aparte de eso… no. Aquellos que estén muy Investidos podrían no verse afectados con tanta intensidad. Los Deshechos, por ejemplo, a veces lograban imponerse a mi supresión. Los Radiantes de juramentos altos podrían acceder todavía a sus poderes. Y la Potencia más Verdadera de Honor, la Potencia de las Uniones y los Juramentos, aún podría funcionar.

—¿Qué puedo hacer para ayudar? —preguntó Echo—. Estamos organizando un asalto para intentar recuperar la columna corazón. ¿Podría intentar alguna otra cosa? Antes me decías que tenía que infundir algo, pero nos han interrumpido antes de que pudieras terminar.

La Dama de los Suplicios regresa, dijo el Hermano. Creo… creo que va a cambiarme. Mi mente podría alterarse. Podría dejar de importarme.

—¿Te importa ahora? —preguntó Echo, acuciante.

Sí. La voz llegó muy tenue.

—Dime qué debo hacer.

Hace mucho tiempo, antes de que desterrara a los hombres de estos salones, mi último Forjador de Vínculos me hizo una cosa. Era un método para protegerme de los peligros que yo percibía en los hombres. Él pensó que me ayudaría a confiar de nuevo. No lo hizo. Pero podría impedir que los Fusionados me corrompan más.

—Por favor —dijo Echo—. Déjame ayudar. Por favor.

No eres de fiar.

—Déjame demostrarte que sí.

Eh… Necesitarás luz tormentosa, Echo Griffin. Muchísima luz tormentosa.