41. EL MAYOR PELIGRO
Por supuesto, reconozco que esto no es más que una nimiedad. Una cuestión semántica, más que otra cosa.
Venli no estaba obligada a luchar a menos que la atacaran. Una parte de ella quería subir y buscar a Leshwi, que habría llegado ya con los demás Celestiales. Pero no, sería una estupidez. Incluso sabiendo que estar cerca de Leshwi la ayudaría a encontrar sentido a todo aquello. Leshwi parecía ver con mucha más claridad que otros Fusionados. En todo caso, mientras sus tropas marchaban escalera arriba para asaltar las primeras plantas de la torre, Venli se quedó con Rabeniel en el sótano. La Dama de los Deseos no parecía demasiado nerviosa por la invasión. Estaba paseando por el largo pasillo, contemplando sus murales. Venli se mantuvo a su lado, cumpliendo sus órdenes, y comprendió el motivo por el que la habían llevado hasta allí. Rabeniel quería tener a una sirviente a mano.
—¿No te resulta una forma particularmente humana de decoración, Última Oyente? —le preguntó Rabeniel, hablando a Ansia con las manos por delante, tocando con las yemas de los dedos el enorme mural, que en esa zona representaba a Cultivación con forma de árbol.
—Yo… no conozco a los humanos lo suficiente para saberlo, antigua.
Resonaron ruidos desde la escalera, en el lado opuesto de aquel pasillo respecto a la sala de la columna. Chillidos. Gritos horrorizados. Armas entrechocando. A aquellas alturas, los shanayim ya habrían llegado por el aire, desplegando a algunos de los Fusionados más terribles y capaces en la quinta planta.
—A mí me resulta evidente —dijo Rabeniel—. Los humanos nunca utilizan lo que tienen alrededor en toda su extensión. Siempre imponen su voluntad con demasiada fuerza. Aunque los caparazones de las bestias y los colores de la piedra les ofrecerían una impresionante variedad para crear murales complejos, los humanos decidieron prescindir de los materiales naturales. En vez de eso, pintaron cada cuadrado y los fijaron todos a esta pared.
»Un antiguo cantor, para crear una obra de arte similar, habría dividido los trozos de caparazón en un espectro de colores. Se habría preguntado qué clase de mural sugerirían de forma natural las piezas obtenidas. Su mural no habría requerido pintura, y habría durado milenios más que este de aquí. Mira cómo destiñen los colores en esta zona.
Una silueta descomunal oscureció el otro extremo del pasillo, cerca de la escalera. El Perseguidor parecía una cicatriz oscura de rojo y negro sobre la piedra de colores claros. Cuando avanzó hacia ellas, Venli se sorprendió temblando. Sin duda, aquel Fusionado era el mayor peligro de todo el ejército.
—¿Tengo tu venia para encontrar a esa Corredora del Viento y matarla? —preguntó el Perseguidor a Rabeniel.
—Solo a ella —dijo Rabeniel—. Si es que está aquí. Es bastante probable que alguien de su destreza se marchara con los demás a Azir.
—Si no está aquí, volverá para intentar liberar la torre —respondió el Perseguidor—. Está en su naturaleza. —Se volvió y miró hacia arriba a través de la piedra—. Los Radiantes que estamos capturando son peligrosos. Tienen mayor habilidad de la que habíamos anticipado, teniendo en cuenta lo reciente de sus vínculos. Deberíamos decapitarlos, a todos y cada uno de ellos.
—No —dijo Rabeniel—. Los necesitaré. Tus órdenes son las mismas que tienen los demás: matar solo a quienes resistan. Reunid a los Radiantes caídos para mí. A mi orden, deberás mostrar… templanza.
El Perseguidor canturreó, en voz alta y enérgica, a Ansia.
—¿Tú, que una vez fuiste desterrada por tu temeridad al poner en peligro a los nuestros intentando exterminar a la humanidad? ¿Tú, Dama de los Deseos, pides templanza?
Rabeniel sonrió y canturreó con suavidad a otro ritmo que Venli no había oído jamás. Algo nuevo por completo. Oscuro, peligroso, depredador y hermoso. Implicaba destrucción, pero una destrucción queda y mortífera.
Odium había concedido a aquella mujeren sus propios ritmos.
«No —pensó Venli—, el Perseguidor no es el mayor peligro entre ellos.»
—No me preocupa una sola batalla —dijo Rabeniel—. Nosotros pondremos fin a esta guerra, Perseguidor. Para siempre. Llevamos mucho, demasiado tiempo atrapados en un ciclo interminable. Pretendo romperlo y, cuando haya acabado en esta torre, ya no habrá vuelta atrás, nunca. Tú me ayudarás a hacerlo, y empezarás por reunir a los Radiantes caídos y entregármelos a mí.
—¿Podré matar a esa, cuando la encuentre? —repitió él—. ¿Levantas la prohibición que me impusieron los Nueve?
—Sí —dijo Rabeniel—. Puedes reclamar tu premio y mantener tu costumbre, Perseguidor. Yo me hago responsable de esta orden.
Él canturreó a Destrucción y se marchó con paso brusco.
—¡Si Bendita por la Tormenta está en la torre, la encontraréis indefensa, Perseguidor! —exclamó Venli a su espalda—. ¿Asesinaríais a un enemigo que no puede plantaros cara?
—La tradición es más importante que el honor, necia —replicó el Perseguidor a Mofa—. Debo matar a aquellos que me han matado. Siempre he matado a quienes me matan.
Se transformó en una cinta de luz roja, dejando atrás un cascarón sin vida, y salió disparado por la escalera para poder volar hacia los niveles superiores. Timbre latió insegura en el pecho de Venli. Sí, tenía razón. Había una cierta locura en el Perseguidor. No era tan evidente como en otros Fusionados, los que sonreían, se negaban a hablar y cuyos ojos parecían mirar sin ver. Pero de todos modos estaba presente. Quizá aquel Perseguidor hubiera vivido tanto tiempo que sus tradiciones se hubieran apoderado de su raciocinio. Era como un spren, existiendo más que viviendo. Timbre palpitó en respuesta. Ella no creía estar existiendo sin vivir, y Venli se vio obligada a disculparse. Aun así, le preocupaba que todos los Fusionados estuviesen como él. Quizá no locos, quizá la palabra no solo fuese inadecuada, sino también irrespetuosa con quienes sí estaban locos. Pero los Fusionados sí se parecían a la gente que había vivido tanto tiempo pensando de una única manera que pasaban a aceptar sus opiniones como el estado natural de las cosas.
Venli había sido así en otro tiempo.
—Qué revelador —dijo Rabeniel a Razonamiento, contemplando de nuevo los murales—. Los humanos toman como suyo todo lo que ven. Y sin embargo no comprenden que, al aferrarse con tanto ahínco, provocan que ese mismo objeto de su deseo se desmorone. Ciertamente son hijos de Honor.
Rabeniel dejó el mural y siguió paseando pasillo abajo, hacia una intersección con puertas a ambos lados. Las puertas daban a unas cámaras con mesas, estanterías y papeles apilados. Venli siguió a Rabeniel al interior de una de ellas y, al ver un movimiento en los dedos de la Fusionada que interpretaron sus poderes de traducción, se apresuró a dirigirse a un aparador que había a un lado para servirle una copa de vino. Pasó junto a eruditos y monjes amontonados, sentados en el suelo contra la pared bajo los ojos vigilantes de unos pocos regios en forma tormenta. Los pobres humanos estaban rodeados de miedospren, aunque Venli tuvo que recordarse a sí misma que ningún humano era de fiar por completo. No tenían formas. Un humano podía vestir la túnica de su sacerdocio, pero haber entrenado en secreto como guerrero. Eso formaba parte de lo que hacía a los humanos tan engañosos. No tenían ritmos a los que canturrear, solo expresiones faciales muy sencillas de falsificar. No tenían formas que indicaran su cometido, solo ropa que podía cambiarse con la facilidad que requiriese una mentira.
Timbre latió.
«Pues claro que yo soy distinta», pensó Venli. Aunque fuese cierto que mentía al canturrear ritmos erróneos a veces. Y aunque llevara una forma que no expresaba a la spren a quien de verdad seguía.
Timbre latió, satisfecha.
«No pongas esto más difícil de lo que ya es —pensó Venli, apresurándose a volver con Rabeniel—. No estoy aquí para ayudar a los humanos. Apenas soy capaz de ayudar a los míos.»
Llevó el vino a Rabeniel mientras la alta Fusionada inspeccionaba un artilugio hecho de metal y gemas. Un fabrial humano que le había entregado uno de los Profundos.
—¿Qué debemos pensar de esto? —preguntó el Profundo a Ansia—. Jamás había visto nada parecido. ¿Cómo es posible que los humanos hayan descubierto cosas que nos son desconocidas?
—Siempre han sido listos —dijo Rabeniel a Mofa—. Lo que ocurre es que esta vez los hemos dejado a sus anchas demasiado tiempo. Ve a interrogar a los eruditos. Quiero averiguar quién dirige sus estudios aquí.
El Fusionado miró hacia arriba.
—La conquista se llevará a cabo sin problemas —dijo Rabeniel a Arrogancia—. A estas alturas, los shanay-im ya habrán utilizado a Vyre para activar la Puerta Jurada y traer nuestras tropas. Mantengámonos concentrados mientras ellos trabajan.
—Sí, Dama de los Deseos —respondió el Profundo, y se marchó deslizándose.
Rabeniel cogió la copa de manos de Venli, distraída. Dio la vuelta al fabrial en su otra mano y canturreó con suavidad a… ¿a Sumisión?
«Está impresionada —comprendió Venli—. Y está manteniendo con vida a la mayoría de los eruditos, además de a los Radiantes. Quiere algo de esta torre.»
—No os importa la conquista —aventuró Venli, hablando a Ansia—. No estáis aquí para ganar la guerra ni para dominar a los humanos. Estáis aquí por estas cosas, por los fabriales que están creando los humanos.
Rabeniel canturreó a Mando.
—Sí, desde luego Leshwi escoge a los mejores, ¿verdad? —Sostuvo en alto el fabrial para que le diera la luz—. ¿Sabes lo que obtienen los humanos al ser tan enérgicos? ¿Al estirar el brazo y asir antes de estar preparados? Sí, sus obras se desmoronan. Sí, sus naciones se colapsan desde dentro. Sí, terminan riñendo, y luchando, y matándose entre ellos.
»Pero en el momento, son el velocista que supera al corredor constante. En el momento, crean maravillas. No se les puede reprochar su audacia. Su imaginación. Sin duda habrás reparado en que los Fusionados tenemos un problema. Pensamos siguiendo los mismos viejos y acostumbrados surcos. No creamos, porque asumimos que ya hemos creado cuanto necesitamos. Somos inmortales, por lo que suponemos que nada podrá sorprendernos jamás, y eso nos vuelve autocomplacientes.
Venli canturreó a Vergüenza al darse cuenta de que había estado pensando eso mismo.
—Por eso esta guerra es eterna —prosiguió Rabeniel—. Ellos no pueden retener ni explotar aquello que crean, pero nosotros no somos lo bastante flexibles para que se nos ocurra nada nuevo. Si en verdad anhelamos un final, requerirá una colaboración.
—No creo que los alezi quieran asociarse con vosotros —repuso Venli—, como han hecho los iriali.
—Se los puede guiar —dijo Rabeniel. Miró a Venli y sonrió de nuevo, canturreando a su nuevo ritmo. A su ritmo individual y peligroso—. Si una cosa puedo garantizarte sobre la humanidad, Última Oyente, es esta: proporciónales una espada y siempre encontrarán la manera de empalarse con ella.
El hedor a carne quemada asaltó a Echo cuando llegó a la planta baja de Urithiru. Confió en que la mayoría de los civiles hubiera podido huir a los pisos superiores, pues lo que vio en esos momentos no parecía tener nada que envidiar a la mismísima Condenación. El enorme vestíbulo que se extendía ante la gran escalinata estaba desierto salvo por unos pocos cadáveres.
Calcinados. Humanos.
El olor denso y acre le dio arcadas.
Vio fogonazos de luz roja en los pasillos cercanos y oyó truenos que resonaban en la piedra. Estruendosos, nítidos y antinaturales. No se deberían oír truenos en aquellos pasillos, enterrados bajo un millón de toneladas de piedra y a diez minutos caminando del perímetro. Entre las ráfagas de truenos, Echo estaba segura de oír gemidos y gritos lejanos. Su reino se había convertido en una zona de guerra. Los pocos informes que recibía de los exploradores hablaban de pelotones fragmentados de tropas resistiendo a la desesperada ante pesadillas que se movían en grupos pequeños, rápidos y ambulantes. Suponían que los cantores estaban asegurando puntos de valor estratégico, pero la información de que disponían era demasiado inconexa para hacerse una idea completa de los planes del enemigo.
Tormentas, se habían vuelto muy dependientes de las vinculacañas. A Echo le resultaba de lo más primitivo carecer de datos sobre los movimientos del enemigo. Cruzó el vestíbulo, indicando a su grupo de eruditos, fervorosos e ingenieros que la siguieran deprisa. Se resistieron, quedándose amontonados en los amplios peldaños. Echo miró atrás y vio a muchos de ellos mirando con horror en los ojos los cadáveres quemados del suelo. Claro. Pocos de los ayudantes que tenía en esos momentos habían presenciado en su vida un campo de batalla real. Habían trabajado en los campamentos de guerra, habían diseñado puentes y plataformas voladoras, pero no eran de los que veían cadáveres en ningún otro sitio que no fuese un pulcro funeral. Echo recordó cuando ella misma había sido así. Antes de Gavilar. Él siempre había prometido que una Alezkar unificada sería una maravillosa bendición para todos sus habitantes. Cuando él estaba cerca, había sido más fácil racionalizar el precio en sangre. Pero se sintieran como se sintieran, tenían que seguir avanzando. Habían dado una hora al señor de batallón Teofil para reunir su fuerza de asalto y enviar unas incursiones iniciales para despejar el punto de despliegue. Durante ese tiempo, Echo había reunido toda la luz tormentosa que había podido. Sus asistentes cargaban con las esferas y las gemas en grandes sacos. La espera había permitido a Echo enviar a buscar a dos mujeres concretas. Estaban casi en el centro del grupo de ayudantes, dos eruditas thayleñas de la corte de la reina Fen que estaban de visita en la torre para acudir a las charlas de Echo. Habían ido a su puesto de mando por voluntad propia, seguramente creyendo que Echo las había hecho buscar porque quería protegerlas durante la invasión. Sus miradas llenas de pánico mostraban que ya empezaban a cuestionar esa suposición. Había un soldado protegiendo el acceso a un pasillo concreto. Echo apretó el paso en esa dirección, dejando atrás a sus ayudantes por el momento. Entró en un gran salón abierto que en el pasado habían utilizado como lugar de reunión. Unos quinientos soldados atestaban el espacio hasta las esquinas y también un par de corredores laterales. No estaban del todo fuera de vista, pero sí lo bastante ocultos para sus propósitos. Aparte de los numerosos ballesteros que había entre ellos, lo más interesante que vio Echo fueron dos enormes columnas de metal sobre ruedas. Teofil la vio y fue hacia ella.
—Brillante —dijo—. Me quedaría más tranquilo si esperaras más cerca de la escalera.
—Tomo nota de la objeción —respondió Echo—. ¿Cómo lo ves?
—He reunido a nuestros mejores veteranos —informó él—. Habrá mucha sangre, pero creo que tenemos una oportunidad. El enemigo ha confiado la defensa de la planta baja a los regios. No dejo de recordar a los hombres que, por mucho que los poderes enemigos puedan asustarlos, quienes los usan solo han entrenado con ellos durante un año.
La ventaja humana hasta el momento había consistido en la experiencia. Los parshmenios recién despertados de sus vidas de esclavitud no eran rivales para unas tropas curtidas en batalla. Esa ventaja iba desgastándose poco a poco a medida que las tropas enemigas obtenían cada vez más experiencia práctica en combate. Una mensajera exhausta llegó corriendo al salón por el pasillo que Echo tenía enfrente, el que llevaba a la escalera hacia el sótano. La mensajera asintió con la cabeza mirando a Teofil antes de apartarse a un lado, apoyar las manos en las rodillas y quedarse resollando. Teofil hizo una señal a Echo para que se retirara y ella se desplazó a la boca del pasillo. No retrocedió más que eso, de modo que un estoico Teofil anduvo hasta ella, le dio unos pegotes de cera y se señaló las orejas. Luego desenvainó su espada y se situó en posición con un grupo de soldados. Una retirada controlada ya era bastante difícil, pero lo que estaban intentando allí, una huida falsa que acabaría en emboscada, era incluso más complicado. Había que convencer al enemigo de que estaban escapando en desbandada, y eso implicaba darle la espalda. Al poco tiempo empezaron a llegar al salón soldados humanos corriendo, presas de un pánico que a Echo le pareció real. Probablemente lo fuera. La línea que separaba una finta de un verdadero derrumbe era fina como el papel. El goteo de soldados se hizo inundación. Hombres que huían, perseguidos por estallidos de luz y trueno que hicieron a Echo apresurarse a llenarse las orejas de cera. Se permitió un momento de duelo por los más lentos de los soldados que huían, que pagaron aquella treta con sus vidas al morir en un cegador fogonazo de relámpago. Los regios que los perseguían llegaron al salón a la carga. Eran unos cantores de aspecto peligroso, con caparazón puntiagudo y brillantes ojos rojos. Teofil esperó a dar la orden de disparar más de lo que lo habría hecho Echo, porque quería tener a tantos regios en el salón como pudiera. La pausa fue tan larga que los primeros enemigos tuvieron tiempo de detener su carrera y alzar los brazos, que crepitaban de energía eléctrica. Echo se cubrió mientras los regios liberaban descargas de luz hacia los soldados que esperaban. Esos rayos, sin embargo, dieron en las columnas de metal que con tanto cuidado habían dispuesto, y que atraían el relámpago como lo harían unos árboles altos en campo abierto. Teofil dio la orden levantando una tela de color rojo, aunque Echo apenas la distinguió porque estaba parpadeando para recuperar la visión. Las ballestas dispararon sus saetas en una andanada mortífera tras otra, derribando a los regios, que no tenían el mismo poder para sanarse que los Fusionados.
—¡Levantad esos postes de relámpago! —gritó Teofil, con una voz que sonó amortiguada a oídos de Echo—. ¡Moveos! No piséis la sangre del suelo. ¡Avanzamos hacia el sótano!
Y así de deprisa, la «huida» se invirtió y las tropas humanas se amontonaron pasillo abajo para perseguir a los regios que seguían con vida. Teofil la dejó con un saludo marcial. Se marchó a emprender una tarea casi imposible: avanzar por una larga escalera hasta el sótano, acosado por regios y Fusionados. Si Echo no lograba unirse a él cuando llegara a la columna, tenía orden de destruir la composición de granates que suprimía los poderes Radiantes. El Hermano le había indicado que con ello lograrían recuperar sus mejores tropas. Mientras tanto, la misión de Echo era activar la protección del Hermano. Regresó corriendo para recoger a sus escribas, confiando en que no pondrían demasiados reparos a pasar por encima de los cadáveres.
Raven se metió en una habitación con los brazos cargados de mantas. No reconoció a la joven familia que había dentro, compuesta por padre, madre y dos niños pequeños, así que debían de ser refugiados que habían huido a Piedralar. La joven familia se había esforzado mucho en hacer suya aquella habitación pequeña y sin ventanas. Las dos paredes estaban cubiertas de cuadros de arena herdazianos, y en el suelo había pintado un enorme e intrincado glifo. A Raven no le gustó que se encogieran al verla entrar, ni que los niños gimotearan. «Si no quieres que la gente recule al verte —pensó—, actúa menos como una rufiana y más como una cirujana.»
Nunca había poseído la amable elegancia de su padre, aquella forma modesta de moverse que no era débil, pero tampoco solía resultar amenazadora.
—Lo siento —dijo Raven, y cerró la puerta después de entrar—. Sé que esperabais a mi padre. ¿Queríais mantas?
—Sí —respondió la mujer, levantándose para cogerlas—. Gracias. Es frío.
—Lo sé —dijo Raven—. Pasa algo con la torre, así que los fabriales calentadores no funcionan.
El hombre habló en herdaziano. Syl, que estaba sentada en el hombro de Raven, interpretó sus palabras susurrando, pero la mujer tradujo justo después de todos modos.
—Oscuros en pasillos —dijo ella—. ¿Ellos… quedan aquí?
—Aún no lo sabemos —respondió Raven—. De momento, es mejor que os quedéis en vuestras habitaciones. Tened, os he traído agua y unas raciones. Creadas por moldeado de almas, me temo. Enviaremos a alguien mañana para recoger los orinales, si es que llegamos a eso.
Se echó el morral al hombro después de sacar la comida y el agua y salió de nuevo al pasillo. Le quedaban otras tres habitaciones que visitar antes de reunirse con su padre.
—¿Qué hora es? —preguntó a Syl.
—Tarde —dijo ella—. Faltan unas horas para el amanecer.
Raven llevaba repartiendo mantas y agua una hora más o menos. Sabía que aún había combate mucho más abajo, que Echo estaba resistiendo. El enemigo, en cambio, había tomado aquella planta con rapidez, había dejado guardias y había seguido hacia abajo para enfrentarse a los defensores alezi. De modo que, aunque la torre aún no estaba perdida, el piso de Raven daba una sensación tranquila. Syl se volvió y se elevó en el aire, titilando y volviéndose informe como una nube.
—No dejo de ver cosas, Raven. Franjas de rojo. Vacíospren, creo, patrullando los pasillos.
—Puedes verlos aunque sean invisibles para los humanos, ¿verdad?
Syl asintió.
—Pero ellos también me ven a mí. Mi aspecto cognitivo.
Una parte de ella quiso hacerle más preguntas. Por ejemplo, ¿por qué Roca siempre podía verla? ¿El comecuernos era spren en parte, de algún modo? Madi también parecía capaz de hacerlo, aunque la joven nunca hablaba de ello. ¿Era ella en parte comecuernos? Los demás Danzantes del Filo no tenían esa capacidad.
Pero las preguntas no cobraban forma en sus labios. Estaba desconcentrada y, si tenía que ser sincera, también agotada. Dejó que los pensamientos se escurrieran mientras pasaba a la siguiente habitación de su lista. Seguro que sus ocupantes estarían incluso más asustados, ya que no habían sabido nada desde…
—Raven —susurró Syl.
Se detuvo de inmediato, alzó la mirada y vio a un regio en forma tormenta caminando por el pasillo con una lámpara de esferas en una mano y una espada al cinto.
—Eh, tú —dijo el regio, hablando con un ritmo pero sin acento por lo demás—. ¿Qué haces fuera de tu habitación?
—Soy cirujana —respondió Raven—. Un Fusionado me ha dicho que puedo visitar a nuestra gente. Estoy repartiendo comida y agua.
El cantor la miró de arriba abajo antes de indicarle que abriera el morral y le enseñara su contenido. Raven obedeció sin mirar hacia Syl, que estaba haciendo su imitación de un vientospren, revoloteando por ahí y fingiendo que no iba con una Radiante, por si acaso. El regio inspeccionó las raciones y luego evaluó a Raven.
«Me mira los brazos, el pecho —pensó Raven—. Se pregunta por qué una cirujana tiene complexión de soldado.» Por lo menos, el pelo largo le tapaba las marcas de la frente.
—Vuelve a tus habitaciones —ordenó el hombre.
—Los demás estarán asustados —dijo Raven—. Podríais tener a gente histérica entre manos, una confusión que daría trabajo a vuestras tropas.
—¿Y con qué frecuencia visitabas a los parshmenios de tu pueblo, cuando estaban ellos asustados? —preguntó el cantor—. ¿Cuando los obligaban a meterse en habitaciones oscuras, encerrados e ignorados? ¿Entonces te molestabas en preocuparte por ellos, cirujana?
Raven se mordió la lengua para no replicar. Aquella no era la clase de pulla en la que el hablanteesperaba respuesta. Se limitó a bajar la mirada. El cantor, a su vez, dio un paso adelante y descargó el brazo hacia Raven para golpearla. Raven se movió sin pensar y alzó la mano para atrapar la muñeca del cantor antes de que el golpe impactara. Notó una pequeña descarga de algo al tocar el dorso de la mano cubierto por caparazón.
El cantor sonrió.
—¿Cirujana, decías?
—¿No has oído hablar de los médicos de batalla? —preguntó Raven—. Entrené con los soldados, así que puedo defenderme. Pero pregunta a cualquiera del pueblo si soy la hija del cirujano y te lo confirmarán.
El cantor empujó la mano de Raven, intentando desequilibrararla, pero la postura de Raven era sólida. Miró aquellos ojos rojos y percibió la sonrisa en ellos. El ansia. Aquella criatura buscaba pelea. Seguro que no le hacía ninguna gracia estar destinado a algo tan aburrido como patrullar pasillos durante lo que debería haber sido una misión intrépida y peligrosa. Nada le gustaría más que una excusa para tener un poco de emoción. Raven reforzó la presa sobre la mano del hombre. Su corazón se aceleró y se descubrió alcanzando la luz tormentosa que llevaba en el cinturón. Inhalar, absorberla, acabar con esa farsa. ¿Había enemigos invadiendo la torre y ella estaba repartiendo mantas?
Sostuvo la mirada a aquellos ojos rojos. Oyó atronar su corazón. Entonces se obligó a girar la cabeza y dejar que el cantor la empujara contra la pared y le barriera las piernas del suelo. La criatura se cernió sobre ella y Raven mantuvo la mirada baja. Se aprendía a hacerlo, siendo esclava. La criatura dio un bufido y se marchó dando zancadas sin decir más, dejando atrás a Raven. Se sentía tensa, alerta, como solía ocurrirle antes de una batalla. Su fatiga había desaparecido. Quería actuar. En vez de hacerlo, siguió su camino para repartir consuelo a la gente de Piedralar.
