42. ARMADURA Y DIENTES

En verdad, es la combinación del talento de un recipiente y la Intención del poder lo que más deberíamos temer.

Echo y sus cohibidos asistentes abandonaron el amplio vestíbulo salpicado de cadáveres y recorrieron una sucesión de pasillos con lámparas oscurecidas en las paredes. Los cerrojos rotos revelaban que habían pasado por allí ladrones con palancas para hacerse con las esferas de su interior. Había gente para la que ninguna pesadilla era tan terrible, ninguna guerra tan sangrienta, que los desanimara de un poco de enriquecimiento personal creativo. El resonar de los chillidos y los ecos de los truenos fueron remitiendo. Echo se sintió como si estuvieran entrando en el mítico cadencentro, el corazón de una alta tormenta del que hablaban algunos pobres vagabundos atrapados en sus vientos. Un momento en el que, por motivos inexplicables, el viento cesaba y todo se detenía. Terminaron llegando al lugar donde el Hermano le había dicho que fuese, a una intersección concreta entre aquellos pasillos retorcidos. Aunque no había ninguna zona de la planta baja sin utilizar en absoluto, aquella era de las que menos tráfico tenían. Los pasillos componían un laberinto frustrante, de modo que usaban sus pequeñas salas como trasteros.

—Y ahora, ¿qué? —preguntó Elthebar.

Echo no se alegraba demasiado de llevar consigo al alto predicetormentas. Tenía una apariencia ridícula con su barba puntiaguda y su túnica misteriosa. Pero había estado con ellos en la sala de mapas y Echo no había considerado adecuado prohibirle que los acompañara cuando necesitaba todas las mentes que pudiera conseguir.

—Registrad la zona —ordenó Echo a los demás—. A ver si encontráis una veta de granate en las paredes. Podría ser pequeña y estar escondida entre los cambios de color de los estratos.

Se pusieron a hacerlo. Macallan, el hombre del puente mudo, empezó a buscar por el suelo en vez de en las paredes, moviéndose con la esfera cubierta por completo en su mano cerrada para que apenas diera luz.

—Tapad las esferas y las lámparas —dijo Echo al resto.

La orden provocó expresiones que oscilaban entre la confusión y el horror, pero Echo dio ejemplo y cerró la pantalla de su lámpara. Los demás la obedecieron de uno en uno, sumiendo la sala en la penumbra. Llegó una luz roja destellante desde un pasillo lejano, pero sin trueno. Las manos de algunas personas emitían un tenue brillo por las esferas de su interior, que hacían visibles sus venas y sus huesos.

—Ahí —dijo Echo cuando distinguió un leve centelleo en el suelo, cerca de una pared.

Se amontonaron todos a su alrededor y estudiaron el centelleo de una luz granate en una veta oculta de cristal.

—¿Qué es? —preguntó Isabi—. ¿Qué clase de spren?

La luz empezó a moverse por la veta, cruzó el suelo y se internó por un pasillo. Echo hizo caso omiso a las preguntas y siguió aquella chispa hasta que ascendió por una pared. Allí la luz recorrió los estratos curvos hasta llegar a una habitación, donde rodeó la esquina de piedra y se coló por el hueco entre la puerta y la pared. Por suerte, Venan tenía llaves. Una vez dentro, tuvieron que pisar entre alfombras enrolladas para encontrar la chispa de luz al fondo. Echo la rozó con los dedos y encontró un pequeño abultamiento en la pared.

«Es una gema —comprendió—. Conectada a la línea de cristal. Está tan hundida que cuesta verla.» Parecía ser un topacio. ¿No había una gema parecida incrustada en la pared de la sala donde habían encontrado la maqueta de la torre?

Infunde el topacio, dijo la voz del Hermano en su mente. ¿Puedes hacerlo sin Radiantes? Te he visto realizar tales maravillas.

—Necesito varios topacios pequeños —dijo Echo a sus eruditos—. No más grandes que tres kivs cada uno.

Su equipo se puso a buscar. Llevaban siempre a mano gemas de todos los tamaños para sus experimentos, y al poco tiempo una de ellos le tendió una cajita llena de topacios infusos. Echo ordenó que ella y varios otros sostuvieran las gemas con pinzas y tocaran con ellas el topacio engarzado en la pared. Podía hacerse que una gema infusa en contacto con una sin infundir le transmitiera parte de su luz tormentosa, suponiendo que fuesen de la misma variedad que la gema sin infundir tuviera un tamaño mucho mayor que las infusas. Funcionaba de forma un poco parecida a un diferencial de presión. Un recipiente grande y vacío tomaba luz tormentosa de otros más pequeños y llenos. Era un proceso lento, sobre todo si la gema que se quería infundir era relativamente pequeña, lo que limitaba el diferencial de tamaño potencial. Echo fue junto a Ulvlk y Vrandl, las dos eruditas thayleñas. Ambas eran artifabrianas, pertenecientes a un gremio muy hermético.

—Que el Todopoderoso quiera que podamos hacer esto a tiempo —dijo Echo mientras el trueno resonaba detrás de ellas.

—Así que para eso nos has traído —replicó Vrandl. Era una mujer de corta estatura que prefería las havahs a los vestidos tradicionales thayleños. Llevaba las cejas muy rizadas—. La torre está invadida, tus hombres mueren, ¿y tú ves la oportunidad de arrancarnos secretos del oficio de entre los dedos?

—El mundo se acaba —contraatacó Echo—, y nuestra mayor ventaja, esta torre, con su capacidad de desplazar tropas al instante de un extremo de Roshar al otro, está amenazada. ¿De verdad te parece buen momento para reservarte secretos del oficio, brillante?

Ninguna de las dos mujeres respondió.

—¿La veríais arder? —dijo Echo, sintiéndose agotada… e irritable—. ¿De verdad dejaríais caer Urithiru antes de compartir lo que sabéis? Si perdemos las Puertas Juradas para siempre, se acabó la guerra. Se acabó vuestro país.

Siguieron en silencio.

—Pues muy bien —dijo Echo—. Espero que cuando muráis, sabiendo que vuestra patria está condenada, vuestras familias esclavizadas, vuestra reina ejecutada, os quedéis satisfechas sabiendo que al menos conservasteis una pequeña ventaja comercial.

Echo regresó al frente del grupo, donde sus eruditas estaban introduciendo luz tormentosa en la gema de la pared poquito a poco. Muchas veces había que rellenar un fabrial hasta un cierto porcentaje para que se activara, pero cuanta más luz tormentosa absorbiera aquel, más lenta se haría la transferencia. Unas pisadas rasparon la piedra a su espalda, y Echo se volvió para ver a Ulvlk, la erudita thayleña más joven, detrás de ella.

—Usamos el sonido —le susurró la mujer—. Si haces que la gema vibre a una cierta frecuencia, absorbe luz tormentosa sin importar el tamaño de las gemas que sitúes junto a ella.

—Frecuencia… —dijo Echo—. ¿Cómo lo descubristeis?

—Tradiciones —susurró la joven—. Transmitidas a lo largo de los siglos.

—Provocar una vibración… —meditó Echo—. ¿Usáis agujeros taladrados? No, eso requeriría que ya estuviera infusa de luz tormentosa. ¿Diapasones?

—Sí —confirmó Ulvlk—. Tocamos la gema llena con el diapasón, haciendo que vibre, y eso nos permite guiar una línea de luz tormentosa a la vacía. Después de eso, se drena por sifón, como un líquido.

—¿Tienes el material aquí? —preguntó Echo.

—Eh…

—Pues claro que lo tienes —dijo Echo—. Cuando he enviado soldados a buscaros, habéis pensado que quería evacuaros de la torre. Habréis cogido todos los objetos de valor que guardabais en vuestras habitaciones.

La joven thayleña buscó en el bolsillo y sacó un diapasón metálico.

—¡Te expulsarán del gremio! —le espetó Vrandl desde atrás, mientras se acumulaban furiaspren bajo sus pies—. ¡Esto es una treta!

—No es ninguna treta —aseguró Echo a la nerviosa joven—. Si te soy sincera, estábamos cerca de hacer avances con las armas que tienen los Fusionados, que pueden extraer la luz tormentosa de una persona. Lo único que has hecho aquí es quizá salvar la torre de los invasores.

Echo probó el método. Dio un golpe con el diapasón y luego tocó una de las gemas infusas. Y en efecto, al separar la herramienta y acercarla a la gema de la pared, arrastró tras de sí un pequeño flujo de luz tormentosa. Se parecía a la forma en que se comportaba la luz cuando un Radiante estaba absorbiéndola. El truco funcionó y la gema de la pared quedó infusa en cuestión de segundos. El Hermano le había explicado lo que pasaría, pero aun así Echo se sobresaltó cuando, al infundirse, el fabrial hizo que toda la pared se sacudiera. Se abrió por el centro. Había sido una puerta oculta desde el principio, cerrada mediante un fabrial que en tiempos antiguos lo más probable era que solo hubiera podido activar un Radiante. Se apresuraron a destapar sus lámparas y esferas para revelar una pequeña cámara circular que tenía un pedestal en el centro. Engarzado en el pedestal había un gran zafiro, sin infundir.

—Deprisa —dijo Echo a los demás—. A trabajar.

Raven se echó el morral al hombro y salió de la habitación de otra familia asustada. Esa, como las anteriores, le había pedido noticias, información, promesas. ¿Iba a solucionarse? ¿Los otros Radiantes se alzarían como lo había hecho ella? ¿Cuándo iba a regresar el Forjador de Vínculos?

Raven deseó tener respuestas. Se sentía ciega. Se había acostumbrado a participar en todo lo importante que pasaba, conociendo no solo los planes de la gente poderosa, sino también sus preocupaciones y sus miedos. Siguió a Syl, que voló deprisa por el pasillo. Era tarde y Raven tuvo que reprimir una oleada de somnolencia, a pesar de las sacudidas y los golpes en la piedra. Explosiones lejanas muy abajo, tan poderosas que tenían que haberlas provocado regios o Fusionados. En algún lugar de la torre, las tropas combatían. Pero allí arriba, en el quinto piso, todo el mundo estaba acobardado. El lugar rezumaba el silencio de mil personas temerosas. Llegó a una intersección, luchando contra su fatiga. Se suponía que había quedado en la clínica con su padre, pero Syl revoloteaba hacia otro sitio y era evidente que quería su atención. Habían decidido que se mantuviera lejos por si algún vacíospren reparaba en su presencia. La siguió hacia la izquierda y cruzó el umbral hacia la gran terraza que actuaba de patio cerca de su dormitorio. Aunque muchas de aquellas terrazas se utilizaban como espacios de reunión comunitarios, esa noche la encontró vacía salvo por una figura cerca de la barandilla. El caparazón que asomaba por los huecos del uniforme hacía que incluso la silueta de Rlain fuese distintiva.

—Hola —dijo Raven, llegando hasta él.

Syl se sentó en el parapeto, brillando con suavidad. Raven encontró escalofriante mirar la oscuridad de la noche, sobre un inacabable paisaje de montañas y nubes que resplandecían con la luz verde de la última luna.

—Más tropas —dijo Rlain, e hizo un gesto con la cabeza hacia la meseta de abajo, donde otra formación de cantores avanzaba hacia las puertas frontales de la torre—. Marchan como ejércitos humanos, no en parejas de guerra oyentes.

—Creía que ibas a quedarte escondido en la clínica.

—Esto va a ser una ocupación, Rav —dijo Rlain, con un deje de ritmo apenado—. No recuperaremos Urithiru esta misma noche, ni tampoco pronto. ¿En qué situación me deja eso?

—No eres uno de ellos.

—¿Y soy uno de vosotros?

—Siempre serás miembro del Puente Cuatro.

—No me refería a eso. —Rlain se volvió hacia ella y la luz verde de la luna se reflejó en su caparazón y su piel—. Si intento ocultarme en los humanos, estaré llamando al desastre. Aun suponiendo que pudiera ingeniármelas para que no me vieran, alguien terminaría denunciándome a los Fusionados. Alguien pensará que estoy espiando para el enemigo, y entonces… bueno, será muy difícil explicarles por qué no salí desde el principio a dar la bienvenida a su ocupación.

Raven quería objetar. Pero tormentas, estaba preocupada por si le pasaba algo parecido a ella. Una sola mención de que había sido Radiante, de que la hija del cirujano era Raven Bendita por la Tormenta, Corredora del Viento, y… bueno, ¿quién sabía lo que podría pasar?

—¿Y qué puedes hacer? —preguntó Syl desde la barandilla.

—Ir con ellos —dijo Rlain—. Fingir que no soy un oyente, sino un parshmenio normal que no pudo escapar, y que no sabía qué hacer. Podría funcionar. O eso o quizá esconderme entre ellos, fingir que iba con ellos desde el principio. Una cara más entre sus fuerzas.

—¿Y si te sacan a la tormenta eterna? —preguntó Raven—. ¿Y si te exigen que adoptes una forma regia o, peor aún, que te entregues al alma de un Fusionado?

—Pues tendré que apañármelas para escapar, ¿no crees? —dijo Rlain—. Esto iba a ocurrir tarde o temprano, Rav. Creo que siempre he sabido que debería enfrentarme a ellos. Podría hacer de esto mi hogar si quisiera. Eso lo sé, y siempre os estaré agradecido a ti y a los demás por hacerme un hueco.

»Pero al mismo tiempo, no puedo pasar por alto lo que los imperios humanos hicieron a mi pueblo. Aquí nunca estaré cómodo del todo. No mientras siga preguntándome si hay otros oyentes ahí fuera que sobrevivieron a la tormenta eterna. No mientras me pregunte si podría estar haciendo algo más para detener la hecatombe.

Raven respiró hondo, aunque una parte de ella estaba desgarrándose por dentro.

—Otra despedida, entonces.

—Temporal, espero —dijo Rlain.

Luego, con un ademán algo incómodo, separó las manos y dio un abrazo a Raven. A Rlain nunca había parecido gustarle mucho aquella costumbre humana, pero Raven agradeció el gesto.

—Gracias —dijo Rlain, separándose—. Por confiar en mí para que tome esta decisión.

—Es lo que dijiste que querías, hace tantos meses —respondió Raven—. Cuando te prometí que te escucharía.

—Que se confiaría en mí y se me aceptaría —dijo Rlain.

—Cumplo mis juramentos, Rlain. Sobre todo los que hago a amigos.

—No voy a unirme a ellos, Rav. Soy un espía. Tengo entrenamiento para ello, el mejor que podían ofrecer los míos. Buscaré la forma de ayudar desde dentro. Recuerda que el primer pueblo al que Odium destruyó al regresar no fue humano, sino oyente.

—Puente Cuatro —dijo Raven.

—Vida antes que muerte —respondió Rlain, y volvió hacia el interior de la torre.

Syl se quedó sentada en el parapeto. Raven se apoyó en la piedra, esperando una frase alegre de Syl. Cuando los demás intentaban consolarla con risas, a menudo las notaba falsas, innecesarias. Pero viniendo de ella… bueno, ella tiraba de ella para sacarla de las aguas profundas.

—Van a marcharse todos, ¿verdad? —susurró Syl en vez de eso—. Miller, Roca, ahora Rlain… todos. Van a marcharse. O… o algo peor… —Miró a Raven con una solemnidad muy poco característica—. Se irán todos y solo quedará la nada.

—Syl —respondió Raven—, tú no deberías decir cosas como esas.

—Pero es cierto, ¿no?

—Yo no te dejaré.

—¿Como estuviste a punto de hacer? —replicó ella con voz suave—. Mi antiguo caballero… no quería marcharse. No es culpa suya. Pero era mortal. Todo el mundo muere. Excepto yo.

—¿Syl? —dijo Raven—. ¿Qué te pasa? ¿Está afectándote eso que han hecho a la torre?

Ella se quedó callada un rato, mirando por encima de las verdes nubes.

—Sí, por supuesto —dijo—. Lo siento. Eso no es lo que necesitabas, ¿verdad? Puedo animarme. Puedo ser feliz. ¿Lo ves?

Se elevó por los aires, convertida en una línea de luz que revoloteó en torno a la cabeza de Raven.

—No me refería a… —dijo Raven.

—Venga, no te preocupes tanto —lo interrumpió ella—. ¿Ya no se te puede hacer una broma, Raven? Vamos. Tenemos que volver a la clínica.

Salió volando y, confundida, preocupada pero sobre todo exhausta, ella la siguió.

Echo vio trabajar a su gente, infundiendo la gema del centro de la pequeña cámara. Habían tomado prestado un segundo diapasón de las eruditas thayleñas, con lo que su velocidad se había duplicado. Qué herramienta tan sencilla. Rushu y ella habían pasado horas elucubrando sobre el proceso que estarían empleando los artifabrianos thayleños, y sus hipótesis habían ido desde que tenían Radiantes ocultos hasta complejas máquinas que imitaban los métodos de la ósmosis del agua, que se regía por unos principios científicos similares a los de la infusión de luz tormentosa. Al final, resultaba que el método real era mucho mucho más humilde.

¿Acaso no era lo que sucedía a menudo? La ciencia parecía fácil en retrospectiva. ¿Por qué no habían descubierto en la antigüedad que era posible atrapar a un spren deliberadamente en una gema? ¿Por qué no habían averiguado que una gema partida se emparejaba? Añadiendo un poco de aluminio en la jaula, podían lograrse cosas increíbles. Con ese conocimiento, la gente de hacía cuatro milenios podría haber tenido barcos voladores con tanta facilidad como la gente de Echo. Era cierto que los centenares de pequeños saltos que llevaban a los avances no eran tan intuitivos como parecían. Pero de todos modos, Echo no podía dejar de hacerse preguntas. ¿Qué nuevos logros podría crear si conociera los siguientes saltos que tan sencillos parecerían a sus descendientes? ¿Qué maravillosas creaciones rozaba a diario, dispersas en piezas que aguardaban a que se las combinara?

Sonaron más truenos. Echo deseó que el ruido prolongado fuese buena señal para Teofil y sus hombres. «Más deprisa», instó a la luz tormentosa. Pero por desgracia, aquella gema tenía algo raro.

Aunque el nuevo método thayleño de verdad transfería la luz tormentosa deprisa, aquel extraño fabrial parecía estar absorbiendo demasiada. Ya habían vaciado la mayoría de las esferas que llevaban, y aun así el zafiro apenas brillaba. Parecían estar inyectando luz tormentosa no solo en la gema, sino en toda la red de gemas y vetas de cristal.

¿De verdad era un fabrial? Echo no identificaba la jaula, aunque sí que tenía alambres de metal alrededor. ¿Y por qué tenía un globo de cristal del tamaño de su puño, engarzado a un lado en su propio hueco y conectado a la gema mediante alambres?

Mientras sus eruditos trabajaban, vaciando una gema tras otra, Echo rozó con el dorso de los dedos de su mano libre una veta de granate en la pared.

Debéis daros prisa, dijo el Hermano en su mente.

—Vamos tan rápido como podemos —susurró Echo—. ¿Mis soldados siguen vivos?

No puedo verlos, dijo el Hermano. Mi visión está limitada, de formas que me resultan confusas porque no siempre fue así. Pero creo que los soldados que enviaste están cerca. Oigo gritos cerca del corazón de cristal de la torre.

Echo cerró los ojos y esperó que el Todopoderoso aceptase una oración susurrada, porque no tenía glifoguardas que quemar.

Deprisa, dijo el Hermano. Deprisa.

Echo miró el montón de gemas. Por suerte, el método thayleño podía pasar la luz tormentosa entre distintos tipos de ellas.

—Eso intentamos. ¿Sabes por qué los spren prefieren distintas clases de gemas?

Porque son diferentes, respondió el Hermano. ¿Por qué los humanos preferís una comida a otra?

—Pero las comidas con un mismo sabor y tintadas de distintos colores suelen ser igual de aceptables para nosotros. —Echo señaló con el mentón un pequeño conjunto de esmeraldas—. Muchas gemas son idénticas, por lo menos en estructura. Creemos que hasta podrían tener la misma composición química básica.

El color es como el sabor para los spren, dijo el Hermano. Forma parte del alma de un objeto.

Qué curioso.

Debéis daros prisa, repitió el Hermano. La Dama de los Suplicios posee la Potencia de la Transformación y un conocimiento peligroso. Infundirá con su luz del vacío mi corazón entero, la columna, en el orden correcto. Cuando lo haga, me corromperá y me dejará… me dejará como a uno de los Deshechos…

—¿Y esto que hacemos aquí te defenderá? —susurró Echo.

Sí. Erigirá una barrera, impidiendo que nadie, ya sea humano, Deshecho o cantor, pueda alcanzarme.

—Eso también impedirá que Teofil destruya la construcción que está bloqueando a nuestros Radiantes —dijo Echo.

Teofil está condenado, respondió el Hermano. Debes apresurarte, Echo. Han vuelto a activar la Puerta Jurada. Llegan nuevas tropas enemigas.

—¿Cómo la ponen en marcha? Tienen a Rompedores del Cielo, pero deberían estar igual de limitados que nuestros Radiantes, ¿verdad?

Han traído a un humano con una de las hojas de Honor.

Miller. El asesino. Echo sintió crecer su ira. Por desgracia, había poco más que pudiera hacer al respecto.

Deprisa. Por favor. Deprisa… El Hermano pareció vacilar. Espera. Ha pasado algo. La Dama de los Suplicios ha parado.

Venli presenció la última carga de los soldados humanos. Estaba en la base de la escalera, que era una estructura bastante extraña. El hueco que ascendía hasta la planta baja era una gran columna de espacio abierto. Los peldaños giraban contra la pared exterior del cilindro. Asomaban estrechos y muy poco seguros, pendiendo como lo hacían con una cavidad vacía en el centro. Era una locura intentar luchar descendiendo por aquel terreno escarpado y precario, acosados por Fusionados y regios, pero los humanos hicieron un intento valiente. Trabaron sus escudos y se desplazaron juntos con una precisión que la hermana de Venli siempre había admirado. Mientras los oyentes luchaban en parejas de guerra, armonizados entre ellos y con los ritmos de Roshar, los humanos parecían tener su propia clase de simbiosis, fraguada a partir de horas y más horas de entrenamiento. Un toldo de escudos los protegía de los Celestiales, que flotaban sobre la formación intentando clavarles sus lanzas, pero en el interior no tenían el espacio suficiente para maniobrar. Antes de iniciar el asalto, los humanos habían vertido toneles de agua por el hueco de la escalera, que había caído sobre los regios en forma tormenta que había abajo. Sus poderes reaccionaban mal con el agua, algo que Venli siempre había encontrado un poco irónico. El descenso fue tan impresionante que Venli envió a llamar a Rabeniel, interrumpiendo el trabajo de la Fusionada en la columna. Rabeniel salió a la escalera y vio sorprendida lo cerca que estaban los humanos.

—¡Rápido! —gritó a los formas tormenta que había cerca—. ¡Subid los escalones! ¡Enfrentaos a esos soldados!

Obedecieron, pero al tener los poderes aguados, no fueron rivales para las tropas. Los humanos los mataron a estocadas o los derribaron por el lado de los peldaños, sin dejar de avanzar hacia abajo, rodeando aquel muro circular, pasando ceñudos sobre los cuerpos de sus camaradas caídos y manteniendo un frente de tres hombres de anchura.

—Asombroso —susurró Rabeniel. Los humanos combatían como una bestia de gran caparazón, un serpenteante e implacable abismoide, todo armadura y dientes.

Rabeniel hizo una señal para que el resto de los Profundos se sumaran a la lucha, pero incluso ellos se demostraron inefectivos. Habían perturbado la formación unas cuantas veces al principio, sacando las manos de paredes para empujar a los hombres o asiendo tobillos desde el lado. Pero aquellos soldados se habían adaptado deprisa. Los hombres que descendían más cerca de la pared tenían las espadas desenvainadas, en guardia por si asomaban Profundos. Más de un brazo cercenado cayó al suelo cerca de Venli, entre los hombres derribados y los regios arrojados desde la escalera. Allí de pie, junto a una Rabeniel cada vez más furiosa, Venli pensó que quizá los humanos lo consiguieran. Comandados por un soldado más mayor y canoso, y reducidos de centenares a solo unos cincuenta soldados, embestían tozudos hacia delante. Venli se descubrió aclamándolos en silencio mientras Timbre se regocijaba al Ritmo de la Esperanza. Le importaban bien poco los humanos en conjunto, pero era imposible presenciar aquella exhibición de tenacidad sin quedarse impresionada. Justo aquello era por lo que su pueblo había menguado hasta casi desaparecer durante sus años de guerra contra los humanos. No era del todo porque los humanos contaran con esquirlas, ni por sus increíbles recursos. Era por la forma en que, siendo más débiles como individuos que cualquier oyente, trabajaban juntos. No tenían formas, pero lo compensaban con entrenamiento, sacrificando la individualidad hasta prácticamente convertirse en spren, habiéndose vuelto tan buenos en una sola cosa que no podían dedicarse jamás a ningún otro propósito. Completaron la siguiente vuelta, ya solo a seis metros del suelo, mientras Rabeniel empezaba a gritar para que intervinieran más Profundos. Entonces una línea de luz roja apareció volando desde arriba. El Perseguidor había llegado. Se materializó en el mismo centro de las filas humanas y atacó con unos brazos provistos de caparazón afilado. La formación se deshizo mientras los hombres intentaban frenéticos reorientarse hacia ese nuevo adversario, pero por supuesto el Perseguidor voló de nuevo por los aires. Dejó atrás un señuelo, una versión falsa en caparazón de sí mismo. Los humanos se pusieron a apuñalarlo una y otra vez mientras el auténtico Perseguidor aparecía estruendoso en otra parte de la formación.

Y solo con eso, se cambiaron las tornas.

Los Celestiales encontraron huecos en el muro de escudos para empezar a atacar a humanos individuales. Los Profundos aprovecharon la confusión para atrapar brazos de espadas o poner zancadillas a soldados. Un grupo pequeño de humanos, encabezado por el veterano mayor, intentó lanzarse a la carga y correr lo que les quedaba de camino, pero los regios que estaban cerca de Venli se habían secado con toallas y lograron liberar un relámpago colectivo que destruyó los peldaños, dejando un ancho hueco justo delante de los hombres. El líder humano y los soldados que lo acompañaban cayeron con los cascotes a su muerte. Los demás iniciaron un desesperado intento de retirada. Terminó rápido.

Rabeniel cambió de ritmo al del Alivio y regresó con paso firme al pasillo de los murales hacia la columna. Sin ánimo de contemplar la masacre final, Venli se volvió para acompañarla. Los sonidos de los cuerpos cayendo, el estrépito de la armadura contra la piedra, les pisaron los talones.

Se acabó, susurró el Hermano a Echo. Tus hombres han caído.

—¿Lo sabes seguro? —preguntó Echo—. ¿Qué ves?

Antes podía ver la torre entera. Ahora… solo veo partes. Una pequeña porción de la quinta planta. Una sala del tercer piso, que contiene una jaula. El lugar más cercano a la Dama de los Suplicios. Ya regresa. Ahora me matará.

La enorme gema en la que estaban trabajando los ayudantes de Echo, por fin repleta de luz tormentosa, empezó a refulgir. La luz de su interior empezó a oscilar y danzar, furiosa. Entonces pareció drenarse y desapareció. Echo sintió una punzada de alarma, hasta que el Hermano le habló en la mente.

Ha funcionado. Melishi… te he odiado… mas ahora te bendigo. Ha funcionado. Estoy a salvo, por ahora.

Echo dejó escapar un suspiro de alivio.

Si llegan a la gema que acabáis de infundir, dijo el Hermano, podrían corromperme a través de ella. Tendréis que destruirla.

—¿Eso romperá el escudo? —se obligó a preguntar Echo.

No. Debilitará el escudo, pero sigue siendo mejor que la alternativa. No podéis defender este lugar. Tus soldados de la escalera han fracasado.

Echo dejó escapar el aire de los pulmones y se comprometió a quemar una plegaria por los caídos cuando pudiera. Pero si Teofil había muerto… entonces la torre estaba conquistada. La única opción de Echo era rendirse. Tendría que confiar en que la barrera aguantara lo suficiente para que Bellamy regresara o para que Echo encontrara una forma de liberar a los Radiantes. Eso suponiendo que no la mataran. Los Fusionados no solían masacrar de forma indiscriminada, pero sí que habían recibido informes que afirmaban que habían ejecutado a ojos claros de alto rango. Dependía del Fusionado que dirigiera cada fuerza y de cuánta resistencia opusiera la gente.

—Destrozad ese zafiro —dijo a sus eruditos—. Destruid el fabrial entero, jaula incluida, y también ese globo de cristal. Enviad a gente tanto a la sala de mapas como a la cámara de información para que quemen nuestros planos de la torre. Los demás, conmigo. Tenemos que pensar cómo presentar una rendición formal sin que nos maten antes de que podamos exponer nuestras intenciones.

Rabeniel se acercó de nuevo a la columna con cierto anhelo. Venli se quedó cerca mientras la Fusionada levantaba el brazo para tocar un grupo concreto de gemas incrustadas en la construcción y empezar a infundirles luz del vacío. Pero nada más empezar a hacerlo, titubeó.

—Está ocurriendo algo curioso. Hay luz tormentosa en el sistema. No debería ser posible, porque el Hermano es incapaz de crearla.

—Creía que la luz tormentosa era lo que usaban siempre los Radiantes y sus fabriales —dijo Venli.

—La torre es otra cosa. —Miró a Venli, captó su confusión y, al contrario que muchos otros Fusionados, decidió explicarse—. El Hermano, es decir, la torre, Urithiru, es la progenie de Honor y Cultivación, creada para combatir a Odium. Este lugar funciona con la luz del Hermano, una combinación de las esencias de sus padres. Solo la luz tormentosa no debería servir para activar los sistemas esenciales de la torre. Para el Hermano, la luz tormentosa es incompleta. Como una llave a la que le faltaran varios dientes.

—Y con la luz del vacío, vos estáis empleando una llave… ¿sin dientes? —preguntó Venli.

—No estoy usando ninguna llave. Estoy rompiendo la cerradura. —Rabeniel puso de nuevo las manos en la columna para infundir otra gema—. El Hermano es insensible, ignorante por completo de nuestra presencia aquí. Eso puedo determinarlo. Y puedo corromper su esencia, despertarla para que nos sirva a nosotros. Tal y como esperaba hacer. Pero en cambio, aquí hay luz tormentosa. La percibo, y en grandes cantidades. Quizá… sea solo la energía que están empleando para activar las bombas, o los elevadores. Quizá no sean verdaderas partes del Hermano, sino sistemas añadidos con posterioridad, fijados a la construcción. Esos podrían funcionar solo con luz tormentosa…

Rabeniel se detuvo y dio un paso atrás, canturreando a Ansia, un ritmo que indicaba confusión o una pregunta. Y entonces una oleada de luz azul empezó a emerger de la columna. Rabeniel retrocedió trastabillando y Venli la imitó. Salieron corriendo al pasillo, donde la luz azul cesó en su expansión y pareció solidificarse, impidiéndoles el paso. Rabeniel se adelantó y apoyó una mano en ella.

—Es una pared sólida —dijo—. Y está alimentada por luz tormentosa, a juzgar por el tono…

Venli esperaba ira por parte de la Fusionada. Aquel escudo, fuera lo que fuese, sin duda desbarataba lo que fuese que estaba haciendo la Dama de los Deseos. Pero Rabeniel parecía fascinada.

—Extraordinario, verdaderamente extraordinario —dijo Rabeniel, dando unos golpecitos en el escudo con su cuchillo. Tintineó como cristal al tocarlo—. Esto es increíble.

—¿Echa a perder vuestros planes? —preguntó Venli.

—Por completo.

—¿Y… no os importa?

—Por supuesto que no. Esto será interesante de resolver. Yo tenía razón. Las respuestas, el camino hacia el final de la guerra, debe estar aquí.

Un centelleo de relámpago rojo llegaba por el suelo del pasillo. Venli lo había visto antes: era un spren con forma de rayo moviéndose a lo largo de una superficie. Y en efecto, se materializó con la forma de un pequeño humano —no un cantor, sino un humano— de ojos raros y un pelo que se ondulaba como mecido por un viento invisible.

Ulim. El primer vacíospren al que había conocido Venli, hacía muchos años.

—Dama de los Deseos —dijo, realizando una florida reverencia—. Hemos localizado a la esposa del Espina Negra, reina de esta torre.

—¿Ah, sí? —preguntó Rabeniel—. ¿Dónde se escondía?

—Una Profunda, la Anunciadora de Arroyos, la ha encontrado cerca de un extraño fabrial que ahora está destruido, por desgracia. La Anunciadora ha reunido un pelotón y ha capturado a la reina Espina Negra, que se ha entregado sin violencia. Ahora pide hablar con quienquiera que esté al mando de nuestro asalto. ¿Hago que la maten?

—No seas derrochador, Ulim —respondió Rabeniel—. La esposa del Espina Negra será un peón muy útil. Tenía mejor opinión de ti.

—Normalmente no tendría más que entusiasmo por un juguete nuevo —dijo Ulim—, pero esa mujer es peligrosa y hábil. Según los informes, es quien creó la máquina voladora que atacó Alezkar el mes pasado.

—En ese caso, desde luego que no la mataremos —zanjó Rabeniel.

—Podría considerarse un símbolo para la gente de esta torre —dijo Ulim. Entonces el pequeño spren ladeó la cabeza, mirando el escudo que cubría el acceso a la columna—. ¿Qué es eso?

—¿Ahora te das cuenta? —preguntó Venli.

Ulim le lanzó una mirada y luego se volvió, fingiendo no hacerle caso. ¿Qué pensaría de Venli, tantos años después? Cuántas promesas le había hecho aquel spren. ¿Estaría avergonzado de que Venli siguiera con vida, sabiendo lo embustero que era?

—Es un rompecabezas —dijo Rabeniel—. Venid. Quiero conocer a esa reina de la torre.

Echo intentó tranquilizarse, de pie con las manos entrelazadas por delante, rodeada de soldados cantores. Aunque los efectos de la fatiga le daban ganas de encorvarse, mantuvo alta la cabeza. Deseó haberse puesto una havah formal ese día, en vez del sencillo vestido de trabajo con la mano enguantada que llevaba, pero ya no tenía remedio. Una reina era una reina, vistiera como vistiera. Mantuvo la expresión calmada, aunque no estaba segura de si le esperaba el encarcelamiento o la muerte. La habían separado de los demás enseguida, por supuesto, y le habían quitado el brazal con sus fabriales. Deseó poder quemar una oración al Todopoderoso para que mantuviera a salvo a sus eruditos. El único motivo que tenía rendirse era protegerlos a ellos y a los demás habitantes de la torre. En eso, los Fusionados habían sido sabios. Habían dejado bien claro una y otra vez que no masacraban a las poblaciones que capitulaban. La gente sabía que tenía una salida. Lo único que tenía que hacer era someterse. Era la misma lección que Gavilar y la propia Echo habían enseñado muchos muchos años antes. Las ciudades que se incorporaban a la Alezkar unificada prosperaban. Por supuesto, estando implicados Gavilar y Bellamy, siempre había un añadido implícito a esa lección: quien no se sometiera recibiría una visita del Espina Negra. Con esos recuerdos embargándola, le resultó difícil evocar ninguna indignación mientras los soldados enemigos la llevaban escalera abajo. ¿Cómo podía indignarse Echo porque le hicieran lo que ella había hecho a otros por voluntad propia? Esa era la enorme tara en el razonamiento de Gavilar. Si su fuerza justificaba su dominio sobre Alezkar, ¿qué pasaría cuando llegara alguien más fuerte? Era un sistema que garantizaba que siempre hubiera guerra, un enfrentamiento constante por el mando.

Echo pudo distraerse con aquellas ideas filosóficas idealistas hasta que vio los primeros cadáveres. Yacían despatarrados contra la pared, en los recodos de los peldaños, hombres con uniformes de Jordan. Hombres con caras demasiado jóvenes, masacrados mientras intentaban avanzar hasta la columna de cristal. Hombres que ella había enviado a la muerte. Echo se armó de valor, pero tenía que caminar sobre su sangre para seguir adelante. Las enseñanzas vorin aborrecían las apuestas, y Echo se había enorgullecido muchas veces de evitar los juegos de azar. Y sin embargo, apostaba con vidas, ¿verdad?

La sangre estaba por todas partes, goteando por los escalones, amenazando con hacerla resbalar. Uno de sus captores le puso una mano fuerte bajo el brazo y la obligaron a descender dando vueltas y más vueltas, dejando atrás interrupciones en la barandilla de madera allí donde el combate se había intensificado. Al fondo encontró una pila de cadáveres, entre ellos algunos con uniformes Griffin. El pobre Teofil y sus hombres. Parecía que habían estado a punto de lograrlo, a juzgar por el hecho de que un Celestial tuvo que llevar volando a Echo por encima de un hueco en los escalones bajo el que se amontonaban los últimos cadáveres, revelando cómo habían sido sus momentos finales.

«Gracias, Teofil —pensó—, y a todos vosotros.» Si la torre tenía una oportunidad, era porque esos hombres habían ganado tiempo para Echo. Aunque no hubieran llegado a la columna, habían hecho algo admirable. Echo recordaría su sacrificio.

Al llegar a la base de los peldaños, la llevaron por el pasillo con murales en las paredes. Mientras caminaba, Echo se enorgulleció de lo mucho que habían resistido. No solo Teofil y los soldados, sino la torre entera. Sí, a los Fusionados les había costado menos de medio día conquistar toda Urithiru, pero teniendo en cuenta que Echo carecía de Radiantes y esquirlas, era impresionante que hubieran aguantado tanto. Sintió una satisfacción particular por los esfuerzos de sus tropas cuando vio la brillante luz azul al final del pasillo, que bloqueaba el acceso a la sala de la columna. Era raro que se sintiera más reina que nunca justo en los últimos momentos antes de que le arrebataran esa posición. Los soldados la llevaron a la mayor de las dos bibliotecas, donde una alta mujeren Fusionada esperaba con armadura ligera, echando un vistazo a los papeles de una de las muchas pilas que había en la sala. Los secretos más valiosos de ingeniería y diseño que poseía Echo. La Fusionada tenía un peinado muy extraño, con caparazón que le cubría casi la cabeza entera, salvo por un manojo parecido a una coleta alta de grueso cabello anaranjado de cantora. La forma en que los guardias llevaron a Echo hasta ella dejaba claro que era su líder. La Fusionada siguió leyendo, sin apenas reaccionar a la presencia de Echo.

—Estoy preparada para plantear las condiciones de nuestra rendición —dijo por fin Echo.

Una ágil regia se situó junto a la mujeren.

—Rabeniel, Dama de los Deseos, no debe ser apelada directamente por…

La interrumpió la Fusionada al decir algo. Fuera lo que fuese, la regia no parecía habérselo esperado, porque cuando habló de nuevo la cadencia de su voz había experimentado un profundo cambio.

—La dama dice: «Viene a mí como reina, aunque se marchará sin su título. Por ahora, puede hablar de la manera que le plazca, tal y como corresponde a su categoría».

—En ese caso, permitidme ofreceros la rendición —dijo Echo—. Mis soldados tienen orden de entregar sus armas si los vuestros les hacen la señal correcta, en prueba de que hemos llegado a un acuerdo.

—Necesitaré a vuestros Radiantes —respondió la Fusionada, Rabeniel, por medio de su intérprete—. Haréis pública una proclama según la cual todo aquel que dé cobijo a un Radiante será sometido a un severo castigo. Registraremos la torre para que todos queden bajo nuestro cuidado. Vuestros soldados y oficiales serán desarmados, pero conservarán la vida.

»Vuestra gente podrá seguir viviendo en la torre bajo nuestras leyes. Todos los ojos claros, incluida vos, tendrán la misma categoría que los ojos oscuros. Sois humanos, nada más, nada menos. La voluntad de un cantor se obedecerá de inmediato, y los humanos no podrán portar armas. Por lo demás, estoy conforme con que retomen sus ocupaciones y hasta con que comercien, un privilegio que no se extiende a la mayoría de los humanos en Alezkar.

—No puedo entregar a los Caballeros Radiantes para su ejecución —dijo Echo.

—En ese caso, los mataremos a todos estando inconscientes —replicó la Fusionada—. Y cuando hayamos terminado, os ofreceremos unas condiciones menos indulgentes para la rendición. La alternativa es que lleguemos a un acuerdo ahora, y así quizá vuestros Radiantes sobrevivan. No puedo prometer que no vaya a cambiar de opinión, pero no pretendo ejecutarlos. Solo necesitamos asegurarnos de que estén correctamente retenidos.

—Están inconscientes. ¿Qué más restricciones necesitáis?

Rabeniel no respondió. Pasó unas páginas.

—Acepto esas condiciones —dijo Echo—. La torre es vuestra. Si vuestra gente se acerca a mis hombres enarbolando una bandera blanca con un círculo negro pintado, se rendirán.

Varios regios salieron corriendo a difundir la noticia, y Echo les deseó la velocidad del mismo viento.

—¿Qué habéis hecho con mis eruditos? ¿Y con los soldados que estaban aquí abajo?

—Algunos están muertos —dijo Rabeniel por medio de la intérprete—, pero no muchos.

Echo cerró los ojos. ¿Algunos? ¿Cuáles de sus amigos habían muerto en la incursión? ¿Había sido una insensata por haber resistido tanto como lo había hecho?

«No. No si eso nos permitió ganar tiempo para levantar el escudo.» Sabía muy poco sobre el Hermano y aquella torre, pero al menos así tenía una oportunidad. Solo trabajando con el enemigo, fingiéndose dócil y controlada, encontraría una ocasión de restaurar a los Radiantes.

—¿Esto lo dibujaste tú? —preguntó Rabeniel a través de su intérprete, mientras seguía pasando páginas.

En efecto, eran algunos bocetos de Echo: más naves aéreas, de diseño más práctico, dado que comprendían mejor las mecánicas del vuelo. Estaban firmados con su sello.

—Sí —respondió Echo.

La Fusionada siguió examinándolos. Luego, sorprendiendo a Echo, habló en alezi, con mucho acento pero comprensible.

—¿Es habitual que las reinas humanas de esta era sean ingenieras?

La pregunta sorprendió a su sierva regia, que no parecía saber que la tal Dama de los Deseos hablara alezi. O quizá no se esperaba que alguien de su elevada posición se dirigiera a una humana.

—Tengo aficiones poco comunes —dijo Echo.

Rabeniel dobló el papel y por fin miró a Echo a los ojos.

—Son impresionantes. Querría emplearte.

—¿Emplearme? —preguntó Echo, desprevenida.

—Ya no eres reina, pero salta a la vista que eres una ingeniera con talento. Tengo entendido que los eruditos de esta torre te respetan. Así que querría que trabajaras para mí en proyectos de fabriales. Te aseguro que ser mi empleada será un trabajo mucho más gratificante que cargar agua o lavar ropa.

«¿Qué clase de juego es este?», pensó Echo. Seguro que aquella Fusionada no esperaba de verdad que Echo diseñara fabriales para el enemigo.

—Cargar agua o lavar ropa son buenos trabajos —dijo Echo—. He hecho ambas cosas en épocas anteriores de mi vida. Y ninguno de ellos supondrá revelar secretos a un enemigo que mucho me temo que los utilizará para matar y conquistar a mi pueblo.

—Cierto —respondió Rabeniel—. No eres orgullosa. Eso lo respeto. Pero considera mi oferta antes de rechazarla. Si estás cerca de mí, te será mucho más fácil seguir la pista a lo que hago, espiar mis proyectos. También tendrás muchas más oportunidades de enviar información a hurtadillas a tu marido, con la esperanza de un posible rescate. Sé muchas cosas sobre la luz tormentosa y la luz del vacío que tú no. Si prestas atención, sospecho que aprenderías mucho más de mí que lo que revelarías.

Echo notó que se le secaba la boca y escrutó en los ojos rojos de la Fusionada, que emitían un tenue brillo desde su alma corrompida. Tormentas. Rabeniel lo había dicho todo con una tranquilidad apabullante. Cuántos secretos debía de contener su mente…

«Cuidado —se previno Echo—. Si lleva viviendo miles de años, ha tenido miles de años para practicar manipulando a la gente.»

—Consideraré la oferta —dijo.

—Refiérete a mí como «antigua» o «Dama de los Deseos» —replicó Rabeniel—, dado que ya no ostentas ninguna categoría que te sitúe a la altura de la mía. Te reuniré con tus eruditos. Habladlo entre vosotros y luego infórmame de tu decisión.

Los soldados se llevaron a Echo. Y con esa facilidad, había perdido un trono más.