I-4. VYRE
Vyre estaba desencadenado.
Miller, el hombre que fuera una vez, había pasado la vida entera encadenado sin saberlo nunca. Sí, había identificado las ataduras que le imponían los ojos claros. Había experimentado su tiranía tanto directa como indirectamente, la forma más dolorosa en la muerte de sus seres queridos, abandonados sin poder salir, encerrados en las mazmorras de sus captores. Pero no había sabido ver las cadenas más verdaderas. Las que ataban su alma, constriñéndolo a la mera mortalidad, cuando siempre había podido ser mucho más. Vyre arrojó su hoja esquirlada con un amplio movimiento del brazo por encima de la cabeza. La luz del sol destelló en la hoja que rodaba volando sobre la cantera, y entonces rebotó con estruendo contra una roca grande antes de rasgar un surco en el suelo y descansar por fin clavada con ángulo en la piedra.
—Aún… sigo sin entender lo que estás haciendo, Vyre —dijo Khen a Confusión. La forma de guerra sentaba bien a la mujeren. Siempre lo había hecho—. Esa arma no está pensada para lanzarla.
Trabajaban juntos en la cantera a las afueras de Kholinar, creada perforando a través del crem a gran profundidad hasta llegar al mármol. Como de costumbre, su pequeña banda de cantores había ido donde él y había empezado a trabajar en silencio como él. Unos momentos antes, Vyre había estado extrayendo bloques de piedra cortados con su hoja esquirlada. Pero su atención se había vuelto hacia su interior. Hacia las cadenas, y las ataduras, y las prisiones inadvertidas. Hizo un gesto y, a lo lejos, la hoja esquirlada se deshizo en una neblina. Pero solo le costó diez latidos del corazón volver a invocarla.
—Vi a la princesa Clarke lanzar su hoja esquirlada —dijo Vyre—. Hace tres meses, en el campo de batalla del norte de Jah Keved. No es Radiante, y aun así su hoja esquirlada responde a ella como si lo fuese…
—A lo mejor tuvo suerte con el lanzamiento y ya está.
Vyre arrojó su arma de nuevo. Rebotó inofensiva en su blanco. Vyre entornó los ojos y renunció a ella, haciendo que se convirtiera en niebla.
—No —dijo Vyre—. Tuvo que ser capaz de cambiarle el equilibrio, para permitir esa maniobra. Y luego la hoja volvió a ella antes de los diez latidos, hasta teniendo en cuenta el pulso acelerado por la batalla.
Vyre esperó hasta que la hoja esquirlada apareció de nuevo en su puño. Era un arma antigua, una de las poderosas hojas de Honor. Y sin embargo, era inferior. No podía cambiar de forma, costaba mucha más luz tormentosa utilizarla y a menudo le cubría la ropa de escarcha cuando la blandía demasiado rápido. No sentía rabia por la inferioridad de su hoja esquirlada. Ni tampoco humillación. La ausencia de esas emociones le permitía considerar la situación con la mente clara, avivaba su curiosidad, su determinación. Aquello era lo que se sentía al estar desencadenado.
Al liberarse del cautiverio.
Al no sentir culpabilidad nunca más.
Cruzó la cantera a zancadas. Un millar de tintineos de metal contra piedra lo rodeaban, como patas danzantes de cremlinos. Un cielo encapotado y un viento leve le refrescaban la piel mientras elegía una nueva zona de la cantera en la que trabajar. Empezó a cortar la pared para liberar otro gran bloque del valioso mármol.
—Vyre —dijo Khen. A Determinación. Curioso. ¿Qué querría que tanto miedo le daba?—. Yo… me marcho.
—Muy bien —respondió Vyre, sin dejar de trabajar.
—¿No estás… enfadado?
—No puedo enfadarme —respondió él con total sinceridad—. Ni tampoco siento decepción.
Después de tantos meses juntos, Khen aún no lo entendía, porque se apresuró a darle explicaciones, preocupada por si él se molestaba a pesar de lo que acababa de decirle.
—No quiero seguir haciendo esas incursiones y luchando, Vyre. Me da la sensación de que desperté a la vida y al momento empecé a matar. Quiero saber lo que es vivir. Vivir de verdad. Con mi propia mente, mis propias Pasiones.
—Muy bien —dijo Vyre.
Ella canturreó a Reconciliación.
—Estás encadenada, Khen —explicó Vyre—. No le has entregado tus emociones negativas a él. Tus inseguridades. Tus miedos. Tu dolor. Yo fui como tú durante muchos años. —Entornó los ojos y se volvió para mirar al oeste. Hacia él—. Entonces me liberé de las cadenas y vi en lo que podía convertirme de verdad.
Khen canturreó a… ¿era Curiosidad? Sí, a Vyre le parecía que sí.
—¿Qué pasa? —preguntó Vyre.
—Dices que te has liberado, Vyre —respondió ella—. Que ya no te importa nada. Pero sigues persiguiéndola a ella. A la Corredora del Viento.
La mera mención de Raven provocó a Miller una leve punzada de viejas y dolorosas emociones… que Odium absorbió enseguida.
—Raven es una amiga —dijo Miller—. Es importante para mí que halle también su libertad. Sigue tu camino, Khen. Si te desencadenas en el futuro, búscame. Eres una guerrera capaz y estaré encantado de volver a luchar a tu lado.
Vyre se echó una roca al hombro derecho y empezó a llevarla fuera de la cantera. Los demás se quedaron donde estaban, trabajando. A Vyre le gustaba cargar rocas. El trabajo sencillo era el mejor para pasar el rato. Le recordaba a los días en los que había caminado con las caravanas. Solo que aquello era mejor, porque le cansaba el cuerpo pero lo dejaba capaz de pensar en su curioso estado. Su nuevo estado. Con la gran piedra acomodada en el hombro, recorrió con paso constante el camino hacia Kholinar. El mármol pesaba, pero no tanto como para necesitar luz tormentosa o ayuda sobrenatural. Eso anularía el propósito del ejercicio. Durante un tiempo caminó, feliz con el estado en que se hallaba. Y pensó en Raven. Pobre Raven. De verdad existía una libertad que podía alcanzar su vieja amiga. Dos libertades, de hecho. Pero dudaba mucho que Raven fuese a aceptar jamás la misma libertad que Vyre, de modo que le ofrecía la otra. La dulce paz de la inexistencia. Khen tenía razón al cuestionar a Vyre. Con la de cosas que una vez habían sido importantes y ya no lo inquietaban lo más mínimo, ¿por qué Raven seguía provocándolo, llamando su atención? ¿Por qué Raven siempre hacía que las antiguas emociones volvieran a removerse, aunque fuese por un instante?
Seguía habiendo una cadena que lo retenía, admitió Vyre. La de su amiga. «Debo tener razón —pensó Vyre—. Y ella debe estar equivocada.» Raven tenía que reconocer que Vyre estaba en lo cierto. Y hasta que lo hiciera…
Hasta que lo hiciera, esa última cadena permanecería.
Vyre terminó llegando a Kholinar y cruzó sus puertas. La ciudad se había acomodado bien y del todo a su nueva existencia. Los pueblos convivían mezclados, aunque se otorgaba la deferencia debida a los cantores. Eran el modelo de comportamiento que los humanos debían aprender a seguir. Cuando surgían disputas, los cantores obligaban a los hombres a ser justos entre ellos. Al fin y al cabo, cuando los padres volvían a casa, era su deber retirar privilegios si encontraban un desastre. A la humanidad se le habían concedido milenios enteros para demostrar que podían gobernarse a sí mismos como era debido, y habían fracasado. La gente lo miraba. No llevaba su uniforme, y el tatuaje del Puente Cuatro en su hombro estaba cubierto por mangas hasta los codos. No resaltaba. Y aun así, lo hacía. Porque lo conocían y hablaban de él en susurros. Vyre. Aquel que Acalla.
Aquel que carga rocas.
Vyre tardó poco en llegar a un solar de construcción cerca del distrito de los Colores. Allí había trabajadores construyendo alojamientos especiales para algunos Profundos. Cada marca de Fusionados tenía sus peculiaridades. A esos les gustaba que sus casas no tuvieran suelo, para poder tocar el suelo natural de piedra con los pies descalzos. También podían atravesar otros materiales, siempre que fuesen sólidos, pero los complacía el tacto de la piedra sin tallar bajo los pies, extendiéndose hasta el corazón de Roshar. El mármol de Vyre se utilizaría para las paredes. Nadie había pedido a Vyre que ayudara con ese trabajo. Si las emociones negativas pudieran gobernarlo, sospechaba que se molestaría por ese descuido. ¿Trabajo duro en la ciudad? No decírselo era como ocultar dulces a un niño. Por suerte, se había enterado por su cuenta unos días antes y se había puesto a cortar rocas y cargarlas.
Vyre soltó su bloque de mármol junto al puesto de los mamposteros, que se dedicaban a pulirlos. Luego ayudó que descargar un carro que acababa de llegar desde la otra cantera, lleno hasta los topes. Una piedra detrás de otra. Levantar, cargar, soltar. Era un trabajo excelente. Difícil, riguroso. Estaba tan ensimismado en el esfuerzo que, cuando estuvieron vacíos todos los carros tirados por chulls, se sacudió el polvo de las manos… y se sorprendió al encontrarse casi solo. ¿Cuándo se habían marchado los mamposteros y el resto de los trabajadores? Aún no era ni mediodía.
—¿Dónde se ha metido todo el mundo? —preguntó al cuidador de los chulls, que estaba reuniendo sus bestias a toda prisa para llevárselas a su redil.
—Esta noche hay tormenta eterna, brillante señor. Nos han dado medio día libre para celebrarlo.
—No soy un brillante señor —dijo Vyre, comprobando el cielo, aunque, como recordó justo entonces, la tormenta aún tardaría varias horas en llegar. Pero con toda seguridad estaría aproximándose a Urithiru en esos momentos. Los ejércitos estarían preparándose para atacar. En fin, le habían ordenado no unirse a esa lucha, de modo que miró al cuidador de chulls—. ¿Cuánta piedra más hace falta?
—Bueno, hum, brill… esto… ¿lord Acallador? ¿Señor? Hum. Sí, necesitamos como el doble de la que tenemos ahora. Hay una pila en la segunda cantera, pero ya tenemos chulls y carros para…
—No podemos permitir que los chulls se lleven toda la diversión —respondió Vyre, y se volvió hacia el camino que llevaba a las puertas de la ciudad.
Antes de llegar a las puertas, sin embargo, se lo llevaron a una visión. Se materializó en un extenso campo de luz dorada. Odium estaba allí, con treinta metros de altura, sentado en un trono. Con la apariencia de un poderoso Fusionado, majestuoso como debería serlo un rey.
Vyre se aproximó a él y se arrodilló.
—¿Ahora podéis traerme sin que haya tormenta, mi señor?
NUESTRA CONEXIÓN GANA FUERZA, dijo Odium. YA HACE MESES QUE NO NECESITO NINGUNA TORMENTA PARA TRAERTE A UNA VISIÓN, VYRE. SI LO HAGO, ES POR TRADICIÓN.
Tenía sentido. Vyre esperó más instrucciones.
TE HE VISTO CAMINANDO LIBRE ENTRE LAS TORMENTAS EN DÍAS ANTERIORES, Vyre, dijo Odium, su voz como el trueno. ME HAS ENTREGADO TUS PEORES EMOCIONES, PERO DEBERÍAS MANTENER UN SENTIDO DE AUTOCONSERVACIÓN. UN TEMOR A MI MAJESTAD. ¿POR QUÉ NO ERES CAUTO CON EL RELÁMPAGO?
—No me fulminaréis —respondió Vyre.
¿CÓMO LO SABES?
—No he terminado lo que se supone que debo hacer —afirmó Vyre—. Aún tengo una verdad que demostrar.
INTERESANTE, dijo Odium. REACCIONAS A MI DON DE UNA MANERA MUY EXTRAÑA. ESTÁS CONVIRTIÉNDOTE EN ALGO QUE NUNCA ANTES HABÍA CREADO, VYRE.
—Hay quienes dicen que me he convertido en vuestro avatar —dijo Vyre—. Que actuáis a través de mí, que me controláis.
Odium se echó a reír.
COMO SI FUESE A CONCEDER TAL PODER A UN MORTAL. NO, VYRE, TÚ ERES TÚ MISMO Y NADIE MÁS. QUÉ INTERESANTE.
—Estoy desencadenado.
Y SIN EMBARGO, PIENSAS MUY A MENUDO EN RAVEN.
—Estoy… desencadenado casi del todo.
Odium se inclinó hacia delante y el relámpago crepitó a lo largo y ancho de su cuerpo cubierto de caparazón.
TE NECESITO EN URITHIRU. NO PODEMOS HACER QUE FUNCIONEN LAS PUERTAS JURADAS, ASÍ QUE NECESITO QUE TRANSPORTES TÚ LAS TROPAS DE INFANTERÍA. SOSPECHO QUE TU ESPADA AÚN FUNCIONARÁ.
—Iré de inmediato —respondió Vyre—. Pero pensaba que no me queríais allí.
ME PREOCUPA EL EFECTO QUE TIENE EN TI TU AMIGA. LA CORREDORA DEL VIENTO.
—No tenéis por qué preocuparos. Esas emociones ahora os pertenecen.
ASÍ ES. Odium se inclinó más hacia él. TU AMIGA ES UN PROBLEMA PARA MÍ, UN PROBLEMA MAYOR DE LO QUE HABÍA SUPUESTO. HE VATICINADO QUE CONTINUARÁ SIÉNDOLO.
No era nada sorprendente. Raven era un problema para muchos.
HA ABANDONADO LA BATALLA, COSA QUE NO LO CREÍA CAPAZ DE HACER, dijo Odium. POR EXTRAÑO QUE PAREZCA, ESO LA VOLVERÁ MUCHO MÁS PELIGROSA EN EL FUTURO. A MENOS QUE ACTUEMOS. PERO YO NO PUEDO ACABAR CON ELLA DIRECTAMENTE. NO A MENOS QUE ELLA MISMA SE PONGA EN MIS MANOS.
—Raven es imposible de matar —dijo Vyre. Lo sabía, con la misma certeza que sabía que el sol era caliente y que daba vueltas a Roshar por toda la eternidad.
¿NI SIQUIERA POR TI?
—Sobre todo, no por mí.
NO CREO QUE ESO SEA CIERTO, VYRE, AUNQUE ENTIENDO QUE PUEDAS PENSARLO. SIENTO TUS PASIONES, YA QUE ME PERTENECEN. TE COMPRENDO.
Vyre siguió arrodillado.
QUERRÍA RECLAMARLA A ELLA, IGUAL QUE TE RECLAMÉ A TI, dijo Odium.
Y Vyre querría verla muerta antes. Una piedad.
¿SE TE OCURRE ALGUNA FORMA DE HACERLE DAÑO?, preguntó Odium. ¿DE ATRAERLA HACIA MÍ?
—Aislarla. Quitarle a sus amigos.
PRONTO ESTARÁ SOLA.
—Entonces, asustarla. Hacer que tema. Derrumbarla.
¿CÓMO?
Vyre alzó la mirada hacia el interminable campo de piedra dorada.
—¿Cómo me traéis a mí aquí?
ESTO NO ES UN LUGAR, SINO UNA DISTORSIÓN DE LOS REINOS. UNA VISIÓN.
—¿Podríais mostrarme cualquier cosa?
SÍ.
—¿Podríais mostrarle a ella cualquier cosa?
NO TENGO LA CONEXIÓN CON ELLA. Odium meditó, canturreando en voz baja a un ritmo. VEO UNA MANERA. HAY AGUJEROS EN SU ALMA. ALGUIEN PODRÍA INTRODUCIRSE. ALGUIEN QUE LA CONOZCA, ALGUIEN CONECTADA CON ELLA. ALGUIEN QUE SIENTA LO QUE ELLA SIENTE.
—Lo haré yo.
QUIZÁ. TÚ PODRÍAS INFLUIR EN ELLA SOLO A PEQUEÑA ESCALA. QUIZÁ CADA NOCHE, CUANDO DORMITA… TODAVÍA PIENSA EN TI, Y HAY MÁS. UNA CONEXIÓN POR VUESTRO PASADO, POR VUESTROS SUEÑOS COMPARTIDOS. TODO VÍNCULO DE ESA NATURALEZA PUEDE MANIPULARSE. ¿SERÁ SUFICIENTE? SI LE MOSTRAMOS VISIONES, ¿ESO LA QUEBRANTARÁ?
—Será un principio. Puedo llevarla al borde del abismo. Hacer que pise el saliente.
¿Y ENTONCES?
—Entonces encontraremos la manera de hacer que salte —dijo Miller en voz baja.
