I-5. MADI

Mientras Madi colgaba del techo, meciéndose precaria con una mano aferrada a una cuerda y extendiendo la otra hacia la cesta, se vio obligada a reconocer que robar comida ya no la emocionaba tanto como antes. Seguía fingiendo porque no quería que su vida cambiara. Odiaba el cambio. Robar comida a la gente venía a ser a lo que se dedicaba. Llevaba años haciéndolo y ver sus famélicas caras sí que la emocionaba. Se volvían un momento y, cuando miraban de nuevo, su rollo de chouta ya no estaba. O levantaban la cubierta de su comida y encontraban la bandeja vacía. Justo después de eso llegaba el más sublime instante de pánico bizco y confuso. Pero luego sonreían y miraban a ver si la encontraban. No la veían, claro. Era demasiado buena escondiéndose. Pero miraban, y parecían hacerlo con afecto.

Nadie debería tener afecto cuando alguien le estaba robando.

Echaba a perder toda la experiencia.

Y luego estaba aquello. Se estiró un poco más, sus dedos rozaron la cesta y…

Hecho. Cogió el asa.

Se metió el asa entre los dientes, se escabulló cuerda arriba y desapareció en el laberinto oculto de pequeños túneles que se extendía por los techos y las paredes de Urithiru. Allí arriba la esperaba Wyndle, enroscado sobre sí mismo y componiendo una cara a partir de enredaderas y cristal.

—¡Oh! —exclamó—. ¡Una cesta entera! ¡A ver qué te ha dejado esta vez!

—A mí nadie me deja nada —replicó Madi—. La he robado con toda la injusticia del mundo. Y además, chitón. Podría oírnos alguien.

—A mí no pueden oírme, ama. Soy…

—Yo puedo oírte. Así que chitón, quejispren.

Reptó por el túnel. Había tormenta eterna en esos momentos y Madi quería resguardarse en su refugio. Las cosas se habían puesto siniestras de formas que los otros Radiantes no parecían advertir. Y aunque todo parecía normal en la torre, Madi no podía evitar la extraña sensación de que algo andaba mal. Pero sentía lo mismo cada vez. Así que ese día siguió empujando la cesta por delante de ella mientras se arrastraba por el pequeño túnel. La siguiente intersección era muy estrecha, pero podía hacerse resbaladiza con luz tormentosa, así que la superó. Dos recodos y un tramo recto más tarde, llegaron a una pequeña intersección donde Madi había dejado una esfera para que diera luz. El techo del túnel estaba un poco más alto allí, así que pudo sentarse con la espalda apoyada en la pared de piedra e inspeccionar su botín. Wyndle entró por el techo, con la forma de una enredadera que crecía y se extendía por la piedra. Volvió a formar una cara por encima de la de Madi mientras ella hurgaba en la cesta. Pan ácimo… un poco de curry… pasta de alubias azucarada… un tarrito de mermelada con una cara mona dibujada encima del símbolo comecuernos que significaba «amor».

Madi alzó la mirada hacia el techo y la cara hecha de enredaderas que parpadeaba colgando de él.

—Vale —reconoció—. Es posible que lo haya dejado para mí.

—¿Posible?

—Famélico chico estúpido comecuernos —refunfuñó Madi, untando mermelada en el pan ácimo—. Su padre sí que sabía hacer que pareciera casualidad eso de dejarme cosas para que me las llevara.

Tormentas, así podía seguir fingiendo.

Se metió el pan en la boca. Condenación. Qué bueno estaba.

Solo volvía la experiencia más humillante.

—No entiendo qué problema hay, ama —dijo Wyndle.

—Eso es porque eres un bobospren —respondió ella, y entonces se embutió el resto del pan ácimo en la boca y siguió hablando—. O de uta azadlo ien omo abí.

—¡Sí que me gusta divertirme! —exclamó él—. El mes pasado, con la ayuda de unos niños humanos, creé una instalación artística de sillas que era una preciosidad. A los demás cultivacispren les pareció esplendorosa. Halagaron sobre todo los posaderos.

Madi suspiró, se reclinó, se repantigó. Estaba demasiado molesta incluso para hacer un buen chiste sobre posaderas. No estaba enfadada del todo. No estaba triste del todo. Estaba… achopof. Muy, pero que muy achopof.

Tormentas. La tela prieta que llevaba bajo la camisa picaba mucho ese día.

—Vamos —dijo, cogiendo la cesta y la esfera, y siguió adelante por las entrañas de la torre.

—¿De verdad es tan malo? —preguntó Wyndle, siguiéndola—. A Don le gustas. Por eso te deja cosas para que te las lleves.

—No se supone que deba gustarle a nadie —replicó Madi—. Soy una sombra. Una sombra peligrosa y desconocida, que se mueve misteriosa de un lugar a otro, nunca vista. Siempre temida.

—Una… sombra.

—Sí, una famélica sombra, ¿vale? —Tuvo que estrujarse para cruzar el siguiente túnel también. Tonta, tonta, tonta—. Esta torre es como un viejo cadáver. Y yo soy como la sangre, que va a hurtadillas por sus venas.

—¿Por qué iba a tener un cadáver sangre en las venas?

—Bien. No está muerta. Está durmiendo y nosotros somos su tormentosa sangre, ¿vale?

—Yo diría que estos conductos de aire se parecen más a intestinos —dijo Wyndle—. Así que, según esa alegoría, eres algo más parecido a… hum… bueno, a las heces, supongo.

—¿Wyndle? —dijo ella, superando la estrechez.

—¿Sí, ama?

—Podrías dejar de intentar ayudar con mis guajudas metáforas.

—Sí, muy bien.

—Tormentoso cutrespren —murmuró ella, llegando por fin a una zona de conductos de aire más grandes.

La verdad era que le gustaba aquella torre. Había muchos sitios en los que esconderse y que explorar. Allí arriba, en aquella red de huecos de ventilación, encontraba a veces algún visón u otro carroñero, pero a grandes rasgos eran sus dominios. Los adultos eran demasiado grandes y los otros niños demasiado asustadizos. Además, podía brillar siempre que comiera bien y su maravilla le permitía pasar por los recovecos estrechos. Un año antes no había ni por casualidad tantos de esos como estaba encontrando últimamente.

«Tonta, tonta, tonta.»

Terminaron llegando a su refugio, un espacio amplio donde convergían cuatro altos conductos de aire. Allí Madi había amontonado mantas, provisiones y algunos tesoros. Un cuchillo de Bellamy que sabía sin la menor duda que no había querido que Madi le robara. Algunos caparazones interesantes. Una vieja flauta que Wyndle decía que parecía extraña. Estaban cerca de un pozo del que podía sacar toda el agua que quisiera, pero lo bastante lejos de la gente para poder hablar con libertad. Sus anteriores refugios le habían permitido escuchar las conversaciones cercanas, pero la gente también podía oírla a ella. Los había oído hablar de los ecos. El espíritu de la torre, la habían llamado. Eso al principio había estado genial, pero luego habían empezado a dejar cosas para ella, como si fuese la tormentosa Vigilante Nocturna. Y Madi había empezado a tener remordimientos. No se podía coger cosas a la gente que no tenía mucho. Era la primera regla de no ser un total-y-absoluto-pedazo-de-boñiga-dechull.

Masticó un poco más de la comida «robada» de la cesta y luego suspiró y se levantó. Fue a una pared lateral y apretó la espalda contra la piedra.

—Venga —dijo—. Hazlo.

Wyndle subió por la pared. Como siempre, dejó un rastro de enredaderas por detrás. Se descompondrían y se desharían en polvo al poco tiempo, pero podían utilizarse para marcar algo durante un breve intervalo. Wyndle pasó en horizontal por la pared justo encima de la cabeza de Madi, que entonces dio media vuelta y marcó la línea con otra más permanente de tiza.

—Centímetro y medio más que la última vez —dijo.

—Lo siento, ama.

Madi se dejó caer en su nido de mantas, con ganas de acurrucarse y llorar.

—Voy a dejar de comer —dijo—. Eso me atrofiará el crecimiento.

—¿Tú? —repuso Wyndle—. ¿Dejar de comer?

Tormentoso spren. Madi se quitó la camisa, se ciñó más la tela aunque le pellizcara la piel y volvió a ponerse la camisa. Después se tumbó y contempló las marcas en la pared, que mostraban el progreso de su altura a lo largo del último año.

—Ama —dijo Wyndle, enrollándose como una anguila y levantando una cabeza de enredaderas a su lado. Estaba mejorando en hacer caras, y aquella era una de las favoritas de Madi porque tenía unos zarcillos que parecían un bigotito—. ¿No crees que ya es hora de contarme qué fue exactamente lo que pediste a la Vigilante Nocturna?

—Da lo mismo —dijo ella—. Eran todo mentiras. El don. Las promesas. Mentiras, mentiras, mentiras.

—He conocido a la Vigilante Nocturna —dijo Wyndle—. Ella no… no piensa de la misma forma que el resto de nosotros. Cultivación la creó para estar apartada, separada de la humanidad, no Conectada. La percepción que tienen los mortales de la Vigilante Nocturna no influye en ella como en otros spren. Madre quería una hija cuya forma y cuya personalidad crecieran de manera orgánica.

»Eso hace a la Vigilante Nocturna menos… bueno, menos humana que un spren como yo. Aun así, no creo que sea capaz de mentir. No es algo que ella pudiera concebir, me parece.

—La mentirosa no es ella —respondió Madi, cerrando los ojos. Tormentas. Se había apretado demasiado la tela. Apenas podía respirar—. Es la otra. La del vestido como hojas, que se fundía con la maleza. Pelo como ramitas. Piel del color de la piedra marrón oscura.

—Así que viste a Cultivación en persona. Tú, y también Bellamy… Madre ha estado interviniendo mucho más de lo que suponíamos, pero tras una nube de subterfugio. Utiliza los relatos de la Antigua Magia para distraer, y para hacer menos evidente a qué seres concretos atrae hacia ella…

Madi se encogió de hombros.

—Ya lo había sospechado. Tu… situación es única. ¡Vaya, es que ver en el Reino Cognitivo, aunque sea solo un poco, es muy infrecuente en los humanos! Y convertir comida en luz. Caramba… si madre está involucrada… a lo mejor lo que usas no es luz tormentosa en absoluto. Hum… ¿Te das cuenta de lo especial que eres, Madi?

—Yo no quería ser especial.

—Dijo la chica que hace un momento se comparaba de forma tan teatral con una sombra.

—Solo quería lo que pedí.

—¿Que era…? —preguntó Wyndle.

—Ahora no es importante.

—Yo diría más bien que sí.

—Pedí no cambiar —susurró Madi, abriendo los ojos—. Dije que, cuando todo lo demás vaya mal, quiero ser la misma. Quiero seguir siendo yo. No convertirme en otra persona.

—¿Fueron tus palabras exactas? —preguntó Wyndle.

—Que yo recuerde.

—Hum… —dijo Wyndle, acurrucándose en sus enredaderas—. Creo que eso es demasiado impreciso.

—¡Qué va! Se lo dije. Haz que no crezca.

—Eso no es lo que le dijiste, ama. Y si me permites el atrevimiento, después de haber pasado muchísimo tiempo contigo, te diré que no eres una persona fácil de comprender.

—¡Pedí no cambiar! Así que ¿por qué estoy cambiando?

—Sigues siendo tú. Solo que una versión más grande.

Madi volvió a cerrar los ojos con fuerza.

—Ama —dijo Wyndle—. Madi. ¿Querrás decirme por qué te molesta tanto? Todo el mundo crece. Todo el mundo cambia.

—Pero yo soy… soy su niñita.

—¿La niñita de quién? —preguntó él con voz suave—. ¿De tu madre?

Madi asintió. Tonta. Sonaba tonto y ella era tonta. Su madre estaba muerta. Y punto.

¿Por qué no había dicho las palabras correctas? ¿Por qué Cultivación no la había comprendido sin más? Se suponía que Cultivación era una especie de famélica diosa. Era culpa suya si una niña pequeña llegaba suplicando una promesa y la diosa la malinterpretaba a propósito y…

Y a Madi le gustaba la persona que era. La persona que había sido.

No sería la misma cuando se hiciera mayor.

¿Reptar por túneles oscuros? Claro. ¿Luchar contra Fusionados?

Eh, por qué no.

Pero ¿sentir que su propio cuerpo la convertía en alguien distinto y no ser capaz de impedirlo?

Todo ser humano vivía con un horrible terror, y ninguno se daba cuenta. Sus propios cuerpos mutaban, y se elongaban, y empezaban a sangrar, y se estropeaban por todas partes. ¿Y nadie hablaba de ello? ¿A nadie le daba miedo? Pero ¿qué les pasaba?

«La última vez que las cosas fueron bien —pensó Madi—, estaba con ella. Antes de que enfermara. Y era su niñita. Si me viera ahora, no me reconocería.»

Unos spren extraños, como caras burlándose de ella, aparecieron cerca. Wyndle, muy despacio, la envolvió con sus enredaderas. Amable, como un abrazo. Aunque otros apenas podían notar el contacto de sus spren, para ella Wyndle era sólido. No cálido, desde luego. Pero… sí que fue reconfortante que le apoyara su cabeza de enredaderas en el hombro. Por una vez, no estropeó la emoción del momento diciendo alguna idiotez.

Y entonces Wyndle se espabiló con un aire de suspicacia.

Madi se secó los ojos.

—¿Qué pasa? —preguntó imperiosa.

—No lo sé —dijo Wyndle—. Acaba de ocurrir algo. En la torre. Siento… una oscuridad cayendo sobre mí como una manta. Creo que he notado que la torre se revolvía.

—Dijiste que el spren de la torre había muerto.

—Los spren muertos pueden revolverse, Madi —dijo Wyndle—. Algo va mal. Algo va muy mal.

Madi cogió un trozo grande de pan ácimo y se lo metió en la boca. Luego se escabulló por los túneles, seguida de Wyndle. Intentó usar luz tormentosa para hacer su cuerpo resbaladizo y colarse por un paso muy estrecho, pero no funcionó. Frunció el ceño, volvió a intentarlo y al final tuvo que pasar apretándose y haciendo fuerza, sin la luz.

¿Qué estaba pasando?

Salió encima de una sala vacía en el perímetro de la torre. Se dejó caer desde la abertura del techo y trotó hasta la ventana. Ya era casi de noche y la tormenta eterna había pasado. Desde allí no parecía haber nada raro en la torre; era solo un día más allá arriba, en las montañas.

—Pasa algo con mis poderes —susurró mientras Wyndle descendía al alféizar—. No he podido hacerme maravillosa.

—Mira ahí abajo.

Había gente reunida en la plataforma de la Puerta Jurada que llevaba a las Llanuras Quebradas. Varias figuras que parecían haber caído al suelo. Uniformes azules.

—Corredores del Viento —dijo Madi, entornando los ojos—. Les pasa algo. ¿Habrán roto las Puertas Juradas?

—Tal vez.

Madi buscó por el paisaje nevado, intentando escuchar. Escucha. El Insomne le había dicho: «Escucha siempre».

Oyó gritos. Pero no eran gritos humanos.

—Ahí —dijo, señalando—. ¿Qué es eso?

Un algo de color rojo brillante volaba por los aires trazando un bucle desesperado, perseguido por otro algo que era verde. Más rápido, más peligroso. Los dos colisionaron en el aire y cuando el algo rojo se zafó del verde, dejó caer plumas en el cielo.

Pollos. Pollos voladores. Madi no necesitó que se lo explicara nadie para comprender por instinto que el verde era el depredador y el rojo la presa. El animal dio unos aleteos atribulados hacia la torre, al parecer apenas capaz de mantenerse en el aire.

—Vamos —dijo Madi, saliendo por la ventana—. Necesito asideros.

—¡Ay, ama! —exclamó Wyndle, pero pasó al exterior de la torre. Se movió en zigzag para crear una escala de enredaderas adheridas a la piedra, por las que Madi empezó a trepar—. ¡Estamos demasiado altos para hacer esto! ¿Y si me caigo?

—Eres un tormentoso spren. No te pasaría nada.

—¡Eso no lo sabemos! —protestó él—. ¡Podría caer decenas de metros!

—Cobardespren.

—¡Sabiospren, si acaso! —replicó él, pero siguió zigzagueando mientras Madi se izaba.

El pollo rojo esquivó por los pelos otro ataque en el cielo antes de lanzarse directo hacia una terraza más arriba y desaparecer de la vista de Madi. El pollo verde trazó un círculo y Madi pudo verlo bien. Garras perversas, un pico puntiagudo como un puñal. Siempre había pensado que los pollos parecían ridículos, pero aquel era distinto. Madi llegó a la terraza y encontró el pollo rojo en el suelo, sangrando por un ala, haciendo débiles intentos de enderezarse. Era más grande de lo que Madi había creído, con treinta centímetros de altura al menos, su cuerpo y su cabeza de un vivo color rojo. Tenía las alas de un brillante tono azul que se volvía rojo en las puntas, como fuego. Pio alicaído al verla. Madi se acuclilló sobre el parapeto de la terraza y se volvió para encontrar que el animal verde estaba acercándose.

—Wyndle, te necesito —dijo, extendiendo el brazo a un lado para convertirlo en arma. No en espada. Odiaba aquellos trastos. Quería una vara con la que pudiera atizar a aquel pollo de pesadilla. No pasó nada.

—¡No puedo transformarme en arma, ama! —gritó Wyndle—. ¡No sé por qué! ¡Tiene algo que ver con lo que le pasa a la torre!

Pues muy bien. Tampoco era que le hiciera falta un arma. El pollo verde se abalanzó sobre ella con las garras extendidas. Parecía esperar que Madi se encogiera. Así que no lo hizo. Encajó el golpe directo en la cara y agarró el pollo mientras este intentaba arañarla con las garras.

Entonces Madi le dio un mordisco. En toda el ala.

El grito sorprendido que dio el animal pareció más de confusión que de dolor, pero aun así el pollo se zafó de la presa de Madi y se alejó aleteando, graznando como si pensara que Madi no había jugado limpio. Madi escupió una pluma mientras la luz tormentosa le curaba los cortes de la cara. Bueno, al menos esa parte de sus capacidades seguía funcionando. Saltó de la barandilla y recogió el pollo herido de plumas rojas. El bicho le dio un tímido picotazo en el brazo y Madi lo fulminó con la mirada.

—No estás en posición de quejarte —dijo, y entonces intentó sanarlo.

Impulsó su luz hacia el cuerpo del pollo y notó que se resistía.

Tampoco podía sanar. Condenación.

El pollo se tranquilizó mientras Madi entraba corriendo en la sala contigua a la terraza, que estaba cruzando un joven ojos claros para ver a qué venía tanto escándalo.

—Lo siento —dijo Madi—. Asunto importante de los Radiantes.

Mientras el joven saltaba hacia atrás, sobresaltado, Madi afanó una limafruta de su mesa y salió corriendo al pasillo del otro lado.

«Veamos… cuarta planta…»

Encontró un hueco de ventilación y Wyndle hizo una escala para que pudiera subir, mientras el pollo rojo se quejaba en voz baja del trato que estaba recibiendo bajo su brazo. Dentro, después de doblar unos cuantos recodos por seguridad, dejó el pollo en el suelo y volvió a apretar su mano contra él. Empujó más fuerte. Cuando había intentado hacerse maravillosa antes, no había pasado nada. Pero cuando había intentado curar, había sentido algo distinto, una resistencia. Así que en esa ocasión empujó con afán, gruñendo un poco, hasta que… funcionó. La luz tormentosa salió de su cuerpo y el ala del pollo sanó. Sus poderes no regeneraron las plumas perdidas, pero al momento el animal se había enderezado y estaba probando a hurgarse en la piel desnuda del costado con el pico. Por último, la miró y soltó un graznido perplejo.

—Es más o menos a lo que me dedico —dijo ella, encogiéndose de hombros—. Se supone que también debo escuchar. Que la Condenación se me lleve si alcanzo a entender cómo se aplica eso a los pollos, de todas formas.

El pollo graznó. Madi trató de invocar su maravilla, pero ese poder no solo se resistía. Parecía no existir. Mientras lo intentaba de nuevo, oyó algo raro. ¿Gente gritando?

—¿Wyndle? —dijo.

El spren se alejó de ella como enredadera. A veces la gente distinguía los restos de esas enredaderas cuando se desintegraban, pero Wyndle en sí era invisible. El pollo empezó a marcharse caminando túnel abajo. Tenía unos andares curiosos, como si lo indignara verse obligado a usar las patas. Madi se apresuró a bloquearle el paso.

—¿Dónde crees que vas?

El pollo graznó insistente y se coló por un hueco.

—Al menos espera a Wyndle —dijo ella, volviendo a ponerse en medio.

El pollo soltó un graznido más amenazador, pero entonces regresó Wyndle.

—¡Los Radiantes están cayendo inconscientes! —exclamó—. Ay, ama. ¡Esto parece muy grave!

El pollo, indiferente, volvió a superar a Madi y siguió túnel abajo. Madi y Wyndle lo siguieron, el spren cada vez más preocupado, sobre todo después de que el pollo descendiera aleteando a un pasillo, fijara la vista en el suelo y piara como molesto.

Se volvió hacia ella, lastimero.

—Tienes que bajar más —dijo Madi—. ¿Pero no sabes cómo? ¿Qué estás siguiendo?

El animal graznó.

—Ama —dijo Wyndle—, los pollos no son inteligentes. Que estés hablando con uno me haría cuestionarme si tú eres inteligente, de no haberte visto a veces hablando con cremlinos.

—Nunca se sabe si alguno de esos estará informando a alguien o no —masculló ella.

Bajó al pasillo y recogió el pollo. Parecía tener problemas para volar sin todas sus plumas, así que Madi lo llevó por la escalera para descender varios niveles, guiándose por el lenguaje corporal del pollo. Extendía la cabeza y la ladeaba para mirar al suelo con un ojo. Cuando llegaron a la primera planta, enderezó la cabeza, clavó la mirada en un pasillo concreto y dio una especie de ululato. Algo lejano retumbó desde un pasillo que tenían detrás. Madi dio media vuelta y Wyndle gimoteó.

—Eso era un trueno —dijo ella—. Hay cantores con forma tormenta en la torre.

—¡Ay, ama! —gritó Wyndle—. ¡Tenemos que hacer algo! ¡Como escondernos! ¡O huir y entonces escondernos!

Pero Madi echó a andar por el pasillo hacia el que miraba el pollo. Se suponía que debía escuchar. Era uno de sus tormentosos juramentos, o algo. Tomó un corredor lateral mientras el pollo empezaba a graznar más fuerte.

—¿Ama? —dijo Wyndle—. ¿Por qué estamos…?

Dejó la frase sin acabar cuando toparon con el cadáver.

Era un hombre viejo alezi con túnica. Lo habían matado con algún tipo de cuchillada en el pecho, y yacía en el suelo con los ojos abiertos. Con sangre en los labios. Madi apartó la mirada. Nunca se había acostumbrado a aquella clase de cosas. El pollo soltó un chillido furioso y cayó revoloteando de sus manos hasta el hombre. Entonces, en lo que quizá fuese el acto más conmovedor que Madi había visto nunca, empezó a frotarse con el cadáver y a piar bajito. Se metió en el hueco del brazo muerto y empujó el costado con la cabeza, piando de nuevo, más preocupado.

—Lo siento —dijo Madi, acuclillándose—. ¿Cómo has sabido que estaría aquí?

El pollo pio.

—Podías sentirlo, ¿verdad? —le preguntó—. O… podías sentir dónde había estado. No eres un pollo normal y corriente. ¿Eres un pollo Portador del Vacío?

—¿Por qué te empeñas en usar esas palabras? Son espantosamente inexactas.

—Cierra la boca, Portador del Vacío —murmuró Madi a Wyndle.

Extendió el brazo y cogió con cuidado el pollo, que había empezado a soltar unos trinos de dolor que casi parecían palabras.

Se parecían tanto que daban escalofríos, de hecho.

—¿Quién era el hombre? —preguntó—. Wyndle, ¿tú lo reconoces?

—Creo que lo había visto antes. Un funcionario alezi de bajo nivel, aunque ahora tiene los ojos distintos. Qué curioso. Mírale los dedos.

Piel morena, pero con franjas más claras. Había llevado joyas.

Sí… Pensándolo bien, Madi creía que sí que lo reconocía. Era uno de los viejos que vagaban por la torre. Retirado, pero antes había tenido un cargo importante en palacio. Madi había ido a hablar con él porque nadie prestaba atención a la gente mayor. Olían.

—Le han robado —dijo. Aún seguía habiendo asesinatos en callejones apartados de la torre, aunque los Griffin intentaran convertirla en un lugar seguro—. Te recordaré. Lo prometo. Yo…

Algo se movió cerca, en la oscuridad. Una especie de sonido rasposo, como de… plumas. Madi se puso en alerta y se levantó, sosteniendo una esfera para iluminarse. El ruido había venido desde más al fondo del pasillo, donde la luz no llegaba. Algo fluyó de esa oscuridad. Un hombre, alto y con cicatrices en la cara. Llevaba un uniforme alezi, pero Madi juraría que no lo había visto nunca antes. Habría reconocido a un hombre tan peligroso. Aquellos ojos parecían formar parte de la oscuridad, sumidos en las sombras mientras él salía a la luz. En su hombro reposaba el pollo verde de antes, aferrando con sus crueles garras un parche de cuero fijado al uniforme.

—Pequeña Radiante —dijo el hombre—, admito que siempre he querido tener una excusa para darte caza.

Madi aferró con más fuerza su pollo rojo y echó a correr.

El hombre rio a su espalda. Como si le hubieran hecho el mejor de los regalos.