TERCERA PARTE
CANCIONES DE HOGAR
44. YESCA ESPERANDO LA CHISPA
Este es el formato que más cómodo me resulta, ya que es como he colaborado otras veces en el pasado. Nunca lo había hecho de este modo, ni con esta clase de compañía.
De El Ritmo de la Guerra, página 1
Raven corría al trote por los túneles oscuros de Urithiru, cargando a Marcus sobre los hombros, sintiendo que podía oír su vida desmoronarse bajo sus pies con cada paso. Un crujido fantasmal, como el del cristal haciéndose añicos. Cada dolorosa zancada la alejaba más de su familia, de la paz. La internaba más en la oscuridad. Había tomado su decisión. No iba a dejar a su amigo sometido a los caprichos del cautiverio en manos enemigas. Pero aunque por fin se le había ocurrido quitarse los zapatos ensangrentados, que llevaba colgando de los cordones alrededor del cuello, aún tenía la impresión de que estaba dejando manchurrones a su paso.
Tormentas. ¿Qué pensaba que iba a conseguir ella sola? A todos los efectos, estaba desobedeciendo la orden de rendición que había dado la reina.
Hizo lo que pudo para sofocar esos pensamientos y seguir moviéndose. Ya tendría tiempo más tarde para reflexionar sobre lo que había hecho. De momento, necesitaba encontrar un escondite seguro. La torre ya no era su hogar, sino una fortaleza enemiga. Syl volaba por delante de ella, comprobando cada intersección antes de que Raven llegara. La luz tormentosa la mantenía en marcha, pero le preocupaba lo que pasaría cuando se agotara. ¿Le fallarían las fuerzas? ¿Se derrumbaría en el centro del pasillo? ¿Por qué no había recogido más esferas de sus padres o de Emory antes de irse? Ni siquiera se le había ocurrido llevarse el hacha del regio en forma tormenta. Estaba desarmada, a excepción de un bisturí. Se había acostumbrado demasiado a tener a Syl como su lanza esquirlada, pero si ella no podía transformarse…
«No —se dijo—. Nada de pensar. Los pensamientos son peligrosos. Tú avanza.»
Siguió adelante, confiando en Syl, que estaba acelerando hacia una escalera. La manera más fácil de perderse sería buscar un escondrijo en las plantas deshabitadas, quizá en la décima o la undécima. Subió los peldaños de dos en dos, impulsado por la luz tormentosa que latía en sus venas. Su propio brillo era suficiente para ver dónde pisaba. Marcus empezó a murmurar en voz muy baja, quizá reaccionando a las sacudidas. Llegaron a la sexta planta y siguieron ascendiendo hacia la séptima. Al llegar a ella, Syl la guio más al interior de la torre. Por mucho que intentaba no hacerles caso, Raven seguía oyendo los ecos de su fracaso. Los gritos de su padre. Sus propias lágrimas…
Qué cerca había estado. Qué cerca.
Perdió la orientación en los túneles inacabables. Allí el suelo no estaba pintado para indicar las direcciones, así que Raven confiaba en Syl, que se adelantó hasta una intersección, dio unas vueltas en círculo y salió disparada hacia la derecha. Raven le mantuvo el ritmo, aunque cada vez notaba más y más el peso de Marcus.
—Solo un momento —susurró a Syl en la siguiente intersección.
Se apoyó contra la pared, todavía con Marcus a hombros, y sacó un chip del bolsillo. El pequeño topacio apenas era suficiente para iluminar, pero empezó a hacerle falta cuando se agotó la luz tormentosa que llevaba en su interior. Y ya no le quedaban muchas esferas. Gruñó bajo el peso de su amigo, se obligó a enderezarse y se aferró con fuerza a Marcus con las dos manos mientras sostenía la esfera entre dos dedos. Hizo un asentimiento a Syl y siguió avanzando tras ella, complacida de que su fuerza resistiera. Podía llevar a Marcus sin luz tormentosa. Aunque Raven había pasado las últimas semanas trabajando como cirujano, su cuerpo seguía siendo el de un soldado.
—Deberíamos subir más —dijo Syl, flotando junto a su cabeza como cinta de luz—. ¿Podrás?
—Llévanos como mínimo al noveno piso —respondió Raven.
—Tendré que ir cogiendo escaleras según las vea. No me conozco muy bien esta parte de la torre.
Raven se permitió revertir a un estado mental antiguo y conocido mientras seguían adelante. El peso de Marcus cruzado en los hombros no era tan distinto a cargar con un puente. Lo llevó de vuelta a aquellos días. Hacer carreras de puente. Comer estofado. Ver morir a sus amigos… sentir un terror renovado cada día…
Eso recuerdos no le ofrecían ningún consuelo. Pero el ritmo de los pasos, la carga en sus hombros, esforzar el cuerpo con una marcha prolongada… por lo menos era algo familiar. Siguió a Syl subiendo un tramo de escalera y luego otro. Después recorrieron otro largo túnel, cuyos estratos serpenteaban vigorosos como las ondulaciones en un estanque revuelto. Raven siguió moviéndose.
Hasta que de pronto se puso en alerta.
No habría sabido señalar qué la había alarmado, pero por instinto cubrió de inmediato su esfera y se internó en un pasillo lateral. Se metió en un recoveco y se arrodilló para bajar a Marcus de sus hombros. Apretó la mano contra la boca del hombre inconsciente para silenciar sus murmullos. Syl llegó volando un momento después. Raven podía verla en la oscuridad, pero la spren no iluminaba su entorno. Metió la otra mano en el bolsillo y aferró la esfera con fuerza para que no emitiera ninguna luz reveladora.
—¿Qué pasa? —preguntó Syl.
Raven negó con la cabeza. No lo sabía, pero no quería hablar. Se quedó allí encogida, confiando en que Marcus no murmurara ni hiciera mucho ruido al moverse mientras su propio corazón le atronaba en los oídos. Entonces una suave luz roja inundó poco a poco el pasillo que acababa de abandonar. Al instante, Syl voló para ocultar su luz tras la forma oscura de Raven. La luz se aproximó, revelando un solo rubí que acompañaba a un par de brillantes ojos rojos. Esos ojos iluminaban una cara terrorífica. De negro puro, con leves franjas rojizas bajo los ojos. Pelo largo y oscuro, que parecía entretejerse con su ropa sencilla. Era la criatura contra la que Raven había luchado en Piedralar, la que había matado en la sala en llamas de la mansión. Aunque el Fusionado había renacido en un nuevo cuerpo, Raven sabía por las pautas de la piel que era el mismo individuo. Buscaba venganza. El Fusionado no pareció distinguir a Raven escondida en la oscuridad, aunque se detuvo en la intersección durante un buen rato. Por suerte, siguió adelante, recorriendo el mismo camino que había estado siguiendo Raven.
«Esos cantores de la clínica… uno ha mencionado que había un Fusionado buscándome. Lo han llamado el Perseguidor.» Aquel ser… había llegado a la torre con el objetivo concreto de encontrar a Raven.
—Síguelo —vocalizó al volverse hacia Syl, confiando en que ella la entendiera—. Yo buscaré un sitio más apartado para escondernos.
Syl curvó su línea de luz para formar una efímera representación luminiscente del glifo kejeh, que significaba «afirmativo», antes de salir volando tras el Perseguidor. Ya no podía alejarse mucho de Raven, pero debería ser capaz de seguirlo un tiempo. Raven confió en que pudiera hacerlo con disimulo, ya que algunos Fusionados podían ver a los spren. Raven volvió a cargarse a Marcus en los hombros y salió a la oscuridad, sin apenas permitirse ninguna luz. Siempre había algo opresivo en internarse tanto en la torre, en estar tan lejos del cielo y el viento, pero la oscuridad no empeoraba. Le resultaba demasiado fácil imaginarse atrapado allí dentro sin esferas, condenado a vagar eternamente por un sepulcro de piedra. Dobló unas cuantas esquinas más, confiando en encontrar una escalera que le permitió subir otro piso. Por desgracia, Marcus empezó a murmurar de nuevo. Apretando los dientes, Raven se metió en la primera habitación que encontró, a través de un acceso muy estrecho. Allí dejó a Marcus en el suelo e intentó silenciar el ruido que hacía. Syl llegó a la habitación un momento después, sobresaltando a Raven.
—Viene hacia aquí —susurró—. Ha recorrido solo un poco de distancia por el pasillo equivocado antes de detenerse, inspeccionar el suelo y dar media vuelta. No creo que me haya visto. Lo he seguido el tiempo suficiente para ver que volvía a pararse en el sitio donde te has escondido hace un momento. Ha encontrado una manchita de sangre en la pared. Vengo a toda prisa por delante de él, pero sabe que estás cerca.
Tormentas. Raven miró su ropa sanguinolenta y luego a Marcus, que seguía murmurando a pesar de los intentos de Raven por acallarlo.
—Tenemos que alejar de aquí al Perseguidor —dijo Raven—. Prepárate para distraerlo.
Syl hizo otra señal afirmativa. Raven dejó a su amigo como un inquieto bulto en la oscuridad y retrocedió un poco por donde había venido. Se quedó cerca de una intersección, con el bisturí en la mano. No se permitió ninguna otra luz que la de Syl, con las pocas esferas infusas que le quedaban bien guardadas en su saquito negro. Respiró hondo unas pocas veces y luego vocalizó su plan a Syl. Ella se adelantó más por el pasillo negro, dejando a Raven en la total oscuridad. Raven nunca había sido capaz de hallar ese vacío puro en la mente que algunos soldados afirmaban adoptar en batalla. Tampoco estaba segura de que pudiera querer jamás algo así. Sin embargo, sí que se tranquilizó, se obligó a respirar más flojo y se puso en alerta, escuchando. Suelta, relajada, pero preparada para la ignición. Como yesca esperando la chispa. Estaba lista para absorber sus últimas esferas de luz tormentosa, pero no lo haría hasta el último momento. Unas pisadas frotaron el pasillo a la derecha de Raven, y poco a poco las paredes empezaron a sangrar luz roja. Raven contuvo el aliento, preparado, con la espalda contra la pared. El Perseguidor se detuvo de golpe justo antes de llegar a la intersección, y Raven supo que la criatura había visto a Syl, que habría pasado volando en la lejanía. Un latido más tarde, unos ruidos rasposos anunciaron que el Perseguidor había dejado caer su cuerpo como cascarón y una cinta de luz roja voló rápida hacia Syl. La distracción había funcionado. Syl se lo llevaría lejos de allí. Que ellos supieran, los Fusionados no podían dañar a los spren de forma natural; la única forma de hacerlo era con una hoja esquirlada. Y hasta eso era temporal: si se cortaba a un spren con una hoja esquirlada, incluso si se lo hacía pedazos con ella, terminaría volviendo a formarse en el Reino Cognitivo. Los experimentos habían demostrado que el único modo de mantener a un spren dividido era encerrar las mitades separadas en gemas. Raven esperó diez latidos y entonces sacó una pequeña esfera para iluminarse y salió al pasillo, permitiéndose solo una breve mirada al cuerpo descartado del Perseguidor antes de correr hacia la habitación donde había dejado a Marcus. Era increíble la energía que proporcionaba haber estado tan a punto de pelear. Se echó a Marcus a los hombros sin problemas y al momento ya estaba corriendo al trote, casi como si volviera a estar infusa de luz tormentosa. Alumbrándose con la esfera que llevaba en la mano, tardó poco en encontrar una escalera. Estuvo a punto de correr hacia arriba, pero vio una tenue luz en la cima que la hizo detenerse en seco. Resonaron unas voces hablando con ritmos desde el piso superior. Y se dio cuenta de que también desde abajo. Dejó esa escalera, pero a dos pasillos de distancia vio luces lejanas y sombras. Se metió en un pasillo estrecho, sudando a chorros mientras los miedospren con forma de pegotes viscosos emergían del suelo por debajo de ella. Conocía esa sensación. Huir en la oscuridad. Gente con luces buscando metódicamente, dándole caza. Jadeando, cargó con Marcus por otro pasillo lateral, pero al poco tiempo vio luces también en aquella dirección. El enemigo estaba creando un nudo corredizo que se constreñía poco a poco en torno a su posición. Saber eso hizo que visualizara destellos de la noche en la que había fallado a Nalma y los demás. Una noche en la que, como tantas otras veces, ella había sobrevivido y todo el resto había muerto. Raven ya no era una esclava fugada, pero la sensación era la misma.
—¡Raven! —exclamó Syl, que llegaba volando—. Estaba guiándolo hacia el borde de este piso, pero hemos topado con unos soldados normales y se ha dado media vuelta. Creo que ha comprendido que estaba intentando distraerlo.
—Aquí arriba hay varios pelotones —dijo Raven, replegándose a la oscuridad—. Puede que una compañía completa. Tormentas. El Perseguidor debe de haber desplegado aquí todas las fuerzas que habían enviado a registrar casas en la quinta planta.
La impresionó la velocidad con la que habían tendido la trampa. Tenía que reconocer que, con toda probabilidad, era consecuencia de que hubiera dejado escapar a un soldado para que avisara a los demás. En fin, dudaba mucho que el enemigo hubiera tenido tiempo de confiscar los mapas que tenía Echo de ese nivel. Era imposible que hubieran situado tropas en todos los pasillos y escaleras. La red que se cerraba a su alrededor debía tener huecos. Empezó a buscar. Al fondo de un pasillo secundario distinguió a figuras sombrías que se aproximaban. También en la siguiente escalera. Eran implacables y estaban por todas partes. Además, Raven no se conocía esa zona mejor que ellos. Serpenteó por una serie de pasillos hasta llegar a uno sin salida. Una búsqueda rápida en las habitaciones cercanas no le reveló ninguna otra ruta de escape, y Raven miró a su espalda al oír unas voces llamándose entre ellas. Hablaban azishiano, le pareció, y con ritmos. Con un temor creciente, dejó a Marcus en el suelo, contó las pocas esferas que le quedaban y sacó su bisturí una vez más. Muy bien. Tendría que… tendría que recoger el arma del primer soldado que matara. Una lanza, con un poco de suerte. Algo con alcance, si quería sobrevivir a un combate en aquellos pasillos. Syl aterrizó en su hombro y tomó la forma de una mujer joven, sentada con las manos en el regazo.
—Vamos a tener que abrirnos hueco —susurró Raven—. Es muy posible que solo envíen a un par de soldados en esta dirección. Los mataremos, escaparemos del nudo y correremos.
Ella asintió.
Pero lo que se aproximaba no sonaba a «un par de soldados». Y Raven tuvo la razonable certeza de captar una voz más alta y áspera entre ellos. El Perseguidor seguía rastreándola, seguramente a partir de leves manchas de sangre en las paredes o el suelo. Raven metió a Marcus en una habitación y luego se situó en el umbral para esperar. No tranquila, sino preparada. Empuñó el bisturí con el filo hacia abajo del puño para hundirlo en el hueco entre el caparazón y el cuello. Allí de pie, sintió el peso de todo aplastándola. La oscuridad, tanto interna como externa. La fatiga. El temor. Aparecieron melancospren como jirones de tela, como banderines sujetos a las paredes.
—Raven —dijo Syl en voz baja—, ¿podríamos rendirnos?
—Ese Fusionado no ha venido a hacerme prisionero, Syl —respondió ella.
—Si mueres, volveré a estar sola.
—Hemos salido de peores apuros que…
Dejó la frase sin terminar cuando la miró, sentada en su hombro, a ojos de Raven mucho más pequeña que de costumbre. No pudo pronunciar el resto de las palabras. No pudo mentirle. La luz empezó a aclarar el pasillo, avanzando hacia ella. Raven aferró el bisturí con más fuerza. Una parte de ella parecía haber sabido desde siempre que terminaría así. Sola en la oscuridad, con la espalda contra la pared, enfrentándose a un enemigo abrumador. Una forma gloriosa de morir, pero Raven no buscaba la gloria. Había renunciado a ese sueño estúpido ya de niña.
—¡Raven! —exclamó Syl—. ¿Qué es eso del suelo?
Había aparecido una luz violeta casi imperceptible en la esquina de la derecha. Apenas se veía, incluso en la oscuridad. Frunciendo el ceño, Raven abandonó su puesto junto a la puerta y fue a estudiar la luz. Allí había una veta de granate en la piedra, y una pequeña parte de ella era la que brillaba. Mientras intentaba explicarse por qué, la luz se movió, recorriendo la veta de cristal. Raven la siguió hasta el umbral y la vio cruzar el pasillo hacia la sala del otro lado. Vaciló solo un momento antes de guardar el arma y echarse a Marcus sobre los hombros una vez más. Pasó tambaleándose al otro lado del pasillo y oyó a una de las personas que se acercaban decir algo en azishiano. Sonaba un poco inseguro, como si solo hubiera vislumbrado a Raven a medias un instante.
Tormentas, ¿qué estaba haciendo? ¿Perseguir luces fantasmales, como estrellaspren en el cielo? En aquella cámara pequeña, la luz recorrió el suelo y subió por la pared del fondo, revelando lo que parecía ser una gema incrustada a gran profundidad en la piedra.
—¿Es un fabrial? —preguntó Syl—. ¡Infúndelo!
Raven absorbió parte de la luz tormentosa que le quedaba y miró a su espalda. Voces fuera, y sombras. Pero en vez de conservar la luz tormentosa para esa pelea, hizo lo que le decía Syl y empujó la luz al interior de la gema. Después de eso, le debía de quedar como mucho el equivalente a dos o tres chips. Estaba casi indefensa. La pared se partió por el centro. Raven se quedó boquiabierta mientras las piedras se movían, pero con un silencio que desafiaba toda explicación. Se abrieron lo justo para que pudiera pasar una persona. Cargado con Marcus, Raven entró a un pasillo oculto. Detrás de ella la puerta se cerró con suavidad y la luz de la gema se apagó. Raven contuvo el aliento al oír voces en la sala que acababa de abandonar. Apretó la oreja contra la pared y escuchó. No pudo entender gran cosa, pero parecía ser una discusión acerca del Perseguidor. Raven temió que hubieran visto cerrarse la puerta, pero no oyó arañazos ni golpes. Pero sí que habrían visto al spren que había atraído y sabrían que andaba cerca. Tenía que seguir avanzando. La pequeña luz violeta del suelo titiló y se movió, así que Raven cargó con Marcus tras ella por una nueva sucesión de pasillos. Terminó llegando a una escalera oculta que, por suerte, no estaba vigilada. Subió por ella, aunque cada paso era más lento que el anterior y los agotaspren la hostigaban. De algún modo siguió moviéndose mientras la luz la guiaba hasta la décima planta y a otra sala oscura. El opresivo silencio le dijo que había llegado una parte de la torre que el enemigo no estaba registrando. Quería dejarse caer al suelo, pero la luz palpitaba insistente en la pared y Syl la animó a mirar. Había otra gema engarzada, apenas visible. Raven usó su última luz tormentosa para infundirla y se coló por el espacio que se abrió. En la oscuridad absoluta, Raven bajó a Marcus al suelo mientras notaba que la puerta se cerraba su espalda. No le quedaban fuerzas para inspeccionar su entorno. Se dejó resbalar por la pared hasta el frío suelo de piedra, temblando. Allí, por fin permitió que se la llevara el sueño.
