46. EL PESO DE LA TORRE
Afronto este proyecto con una mezcla a partes iguales de turbación y esperanza. Y no sé cuál de las dos debería imponerse.
De El Ritmo de la Guerra, página 1
Rabeniel había negado sus sirvientes a Echo. Al parecer, la Fusionada creía que para Echo sería una adversidad vivir sin ellos. Así que Echo se permitió un pequeño momento de orgullo cuando salió de sus habitaciones en el primer día completo de ocupación de Urithiru. Llevaba el pelo lavado y trenzado, su sencilla havah planchada y pulcra, el maquillaje bien hecho. Lavarse con agua fría no había sido placentero, pero los fabriales no funcionaban, así que tampoco podría haber esperado agua tibia aunque tuviera sirvientes. Llevaron a Echo a las salas de biblioteca en el sótano de Urithiru. Rabeniel estaba sentada al escritorio de la propia Echo, leyendo sus notas. Cuando llegó, Echo hizo una inclinación muy precisa, lo bastante baja para indicar obediencia, pero no tanto como implicar sumisión. La Fusionada apartó la silla y apoyó un codo en la mesa antes de hacer un gesto de ahuyentar y un canturreo para hacer salir a los guardias.
—¿Cuál es tu decisión? —preguntó la Fusionada.
—Organizaré a mis eruditos, antigua —dijo Echo—, para que sigan con sus investigaciones bajo tu supervisión.
—La opción más sabia, y también la más peligrosa, Echo Griffin. —Rabeniel canturreó con un tono distinto—. No encuentro los esquemas de tu máquina voladora en estos apuntes.
Echo fingió debatirse, pero ya había pensado en el asunto. Los secretos de la plataforma voladora serían imposibles de mantener ocultos, ya que los conocían demasiados eruditos de Echo. Además, ya estaban usándose en la torres muchos del nuevo estilo de fabriales parejos, que permitían el movimiento lateral manteniendo la elevación. Aunque los fabriales no funcionaran, sin duda la gente de Rabeniel podría descubrir sus entresijos. Tras un largo debate consigo misma, Echo había llegado a la conclusión de que debía revelar ese secreto. Su mejor táctica para salir del actual apuro era aparentar que estaba dispuesta a colaborar con Rabeniel y al mismo tiempo retrasar a la Fusionada.
—Es intencionado que los diseños más importantes no estén en ningún otro sitio aparte de mi propia cabeza —mintió Echo—. Lo que hago es explicar a mis eruditos cada pieza que voy necesitando que me construyan. Con el tiempo suficiente, puedo dibujar para vos el mecanismo que hace funcionar la máquina.
Rabeniel canturreó siguiendo un ritmo, pero Echo no sabría decir qué significaba. En todo caso, Rabeniel parecía escéptica cuando se levantó e hizo un gesto a Echo para que se sentara. La Fusionada puso una pluma en la mano de Echo y se cruzó de brazos para esperar.
Pues muy bien. Echo empezó a dibujar con líneas rápidas y efectivas. Hizo un diagrama de un fabrial parejo, con una explicación rápida de su funcionamiento, y luego bosquejó la versión expandida con centenares de ellos incrustados en la máquina voladora.
—Sí —dijo Rabeniel mientras Echo dibujaba las últimas partes—, pero ¿cómo haces que se desplace horizontalmente? Es evidente que con esta construcción puedes levantar una máquina por los aires, pero se quedaría allí, sin moverse. No esperarás que crea que tienes una máquina en el suelo moviéndose en coordinación exacta con la del cielo.
—Entendéis más sobre fabriales de lo que había supuesto, Dama de los Deseos.
Rabeniel canturreó un ritmo.
—Aprendo deprisa. —Señaló las notas del escritorio de Echo—. A los míos siempre nos ha resultado difícil convencer a los spren para que se manifiesten en el Reino Físico como aparatos. Parece que los vacíospren no tienen una naturaleza tan… sacrificada como los spren de Honor o Cultivación.
Echo parpadeó mientras calaban en ella las implicaciones de aquello. De pronto, una docena de cabos sueltos en su mente se unieron y formaron un tapiz. Una explicación. Era por eso por lo que los fabriales de la torre —las bombas, los mecanismos de ascenso— no tenían gemas con spren cautivos. Tormentas, ahí tenía la respuesta a los dispositivos moldeadores de almas. Estallaron asombrospren a su alrededor en un anillo de humo azul. Los moldeadores de almas no contenían spren porque eran spren. Manifestándose en el Reino Físico como las hojas esquirladas. Los spren adoptaban forma física como metal. ¿Habían convencido de algún modo a antiguos spren para manifestarse como moldeadores de almas en vez de hojas esquirladas?
—Veo que no lo sabías —dijo Rabeniel, acercando una silla para sentarse ella también. Incluso después de hacerlo, seguía siendo treinta centímetros más alta que Echo. Era una visión rarísima: una figura con armadura de caparazón, como preparada para la guerra, repasando notas—. Es curioso que hayáis hecho unos avances con los que jamás soñamos en épocas pasadas y, aun así, hayáis olvidado el método mucho más simple que empleaban vuestros antepasados.
—No… no teníamos acceso a spren dispuestos a hablar con nosotros —explicó Echo—. Por las llaves doradas de Vev… yo… no puedo creer que no lo viéramos. Las implicaciones…
—¿Movimiento horizontal? —preguntó Rabeniel.
Casi aturdida del todo, Echo esbozó la respuesta.
—Hemos aprendido a aislar planos para los fabriales parejos —explicó—. Hay que emplear una construcción de alambres de aluminio, dispuestos de manera que toquen la gema. Eso mantiene la posición vertical, pero permite que la gema se desplace en horizontal.
—Fascinante —dijo Rabeniel—. El ralkalest, lo que llamáis aluminio en vuestro idioma, interfiere con la Conexión. Es bastante ingenioso. Dar con la configuración correcta debió de requerir muchas pruebas.
—Más de un año —reconoció Echo—, después de que se teorizara la posibilidad inicial. Tenemos el problema de que no podemos mover nada en vertical y en lateral al mismo tiempo. Los fabriales que nos mueven arriba y abajo son quisquillosos, y solo hemos podido poner el aluminio en contacto con ellos después de fijar su posición.
—Qué inconveniente.
—Sí —dijo Echo—, pero hemos encontrado un sistema mediante el que paramos y entonces hacemos los movimientos verticales. Puede ser un incordio, porque es muy difícil hacer que las vinculacañas funcionen en vehículos móviles.
—Parece que debería haber alguna forma de aplicar ese conocimiento a crear vinculacañas que puedan usarse en movimiento —sugirió Rabeniel, estudiando el boceto de Echo.
—Eso pensé yo también —convino Echo—. Puse un equipo pequeño a trabajar en ello, pero hemos estado ocupados con otros asuntos. Vuestras armas contra los Radiantes todavía me desconciertan.
Rabeniel canturreó a un ritmo rápido y despectivo.
—Tecnología antigua, apenas funcional —dijo—. Podemos absorber la luz tormentosa de un Radiante, sí, siempre que se queden ahí quietos empalados por nuestras armas. Pero ese método no impide que el spren se vincule a un nuevo Radiante. Me gustaría que vuestros spren fuesen más fáciles de apresar en gemas.
—Transmitiré la petición —dijo Echo.
Rabeniel tarareó a un ritmo distinto y entonces sonrió. Era difícil no interpretar su expresión como depredadora en aquella cara jaspeada, en su esbelto peligro. Y sin embargo, también había algo tentador en la eficacia de la interacción que estaban teniendo. Tras solo unos minutos de conversación, Echo ya conocía secretos que llevaban décadas intentando descubrir.
—Así es como terminaremos la guerra, Echo —dijo Rabeniel levantándose—. Con información. Compartida.
—¿Cómo terminará esto con la guerra?
—Mostrando a todo el mundo que nuestras vidas mejorarían trabajando juntos.
—Bajo el mando de los cantores.
—Por supuesto —dijo Rabeniel—. Salta a la vista que eres una erudita entusiasta, Echo Griffin. Si pudieras multiplicar la calidad de vida de los tuyos, ¿no merecería la pena renunciar al autogobierno? Mira lo que hemos logrado con tan solo unos pocos minutos compartiendo nuestro conocimiento.
«Lo compartimos solo por tus amenazas —pensó Echo, preocupándose de que no se le notara en la cara. Aquella no era ninguna conversación casual—. No importa lo que me digas, Rabeniel. Puedes revelarme todos los secretos que quieras, porque estoy en tu poder. Puedes matarme sin más cuando tengas todo lo que quieres.»
En cambio, sonrió a la Fusionada.
—Querría ir a ver a mis eruditos, Dama de los Deseos, para ver cómo los están tratando y conocer el alcance de… nuestras pérdidas.
Echo confiaba en que aquello dejara una cosa bien clara. Habían asesinado a amigos suyos. No iba a olvidarlo de buenas a primeras. Rabeniel canturreó e hizo un gesto a Echo para que la acompañara. Aquella situación iba a imponer un equilibrio delicado, en el que las dos intentaban aprovecharse de la otra. Echo debía poner especial cuidado en no permitir que Rabeniel la camelara. Era una ventaja que tenía sobre sus eruditos. Quizá Echo nunca sería digna de unirse a ellos, pero tenía más experiencia en el mundo real de la política. Rabeniel y Echo entraron en la segunda biblioteca, la que tenía más asientos y mesas. Los mejores del equipo de Echo, tanto fervorosos como eruditas, estaban sentados en el suelo con las cabezas gachas. Era evidente que los habían obligado a dormir allí, a juzgar por las mantas extendidas. Unos pocos alzaron la mirada para verla, y Echo comprobó aliviada que Rushu y Falilar estaban ilesos. Hizo un conteo rápido mientras captaba al instante las ausencias notables. Se acercó a Falilar, se agachó y le preguntó:
—¿Neshan? ¿Inabar?
—Muertos, brillante —respondió él en voz baja—. Estaban en la sala de la columna de cristal, junto con las dos pupilas de Neshan, la fervorosa Vevanara y unos cuantos pobres soldados.
Echo hizo una mueca.
—Haz correr la voz —susurró—. De momento, vamos a cooperar con la ocupación. —A continuación fue con Rushu—. Me alegro de que estés bien.
La fervorosa, que saltaba a la vista que había estado llorando, asintió.
—Venía hacia aquí a recoger a unas escribas para que me ayudaran a catalogar la destrucción de la sala de arriba cuando… pasó esto. Brillante, ¿crees que está relacionado?
Con tanto caos, Echo casi había olvidado la extraña explosión.
—¿Por casualidad encontrasteis alguna esfera infusa entre los restos?
«¿En concreto, una muy rara con luz del vacío?»
—No, brillante —respondió Rushu—. Ya viste la sala. Estaba hecha un desastre. Pero sí que la oscurecí para ver si brillaba algo y no vi nada. Ni rastro de luz tormentosa, o ni siquiera de luz del vacío.
Era lo que había temido Echo. Lo que fuese que había provocado la explosión, tenía que guardar relación con aquella esfera extraña, y lo más probable era que esa esfera hubiese desaparecido.
Echo se levantó y regresó junto a Rabeniel.
—No teníais ninguna necesidad de matar a mis eruditos durante el ataque. No os suponían ninguna amenaza.
Rabeniel canturreó a un ritmo rápido.
—No volveré a avisarte, Echo. Utilizarás mi título cuando te dirijas a mí. No quiero que te hagan daño, pero existe un decoro que se remonta milenios en el tiempo y, créeme, vas a seguirlo.
—Lo… he entendido, Dama de los Deseos. Creo que poner a los supervivientes de entre los míos a trabajar ahora mismo sería bueno para la moral. ¿Qué querríais que hiciéramos?
—Para facilitar la transición —dijo Rabeniel—, que continúen con lo que estaban haciendo antes de mi llegada.
—Muchos trabajaban en fabriales, que ya no funcionarán.
—Ponlos a esbozar diseños, pues —ordenó Rabeniel—. Y a escribir sobre los experimentos que habían realizado antes de la ocupación. Puedo encargarme de que se experimente con sus nuevas teorías.
¿Significaba eso que había alguna manera de hacer que los fabriales funcionaran en la torre?
—Como deseéis.
Y la propia Echo se puso a trabajar en el verdadero problema: planificar cómo iba a sacarlos a todos de aquel apuro.
Raven despertó por la lluvia. Parpadeó, se notó la cara mojada y vio un cielo abrupto iluminado por relámpagos petrificados en su sitio, que se quedaban en el cielo sin desaparecer, enmarcados por nubes negras en constante ebullición. Contempló la extraña vista un momento y rodó para ponerse de lado, medio hundido en un charco de agua helada. ¿Estaba en Piedralar? ¿En los campamentos de guerra? ¿En… ninguno de los dos lugares?
Gimió y se levantó con esfuerzo. No parecía estar herida, pero le dolía la cabeza. Estaba desarmada. Se sentía desnuda sin una lanza. A su alrededor la lluvia caía a ráfagas, a cántaros, y Raven juraría que podía distinguir unas siluetas entre el agua. Como si la lluvia cobrara formas momentáneas al caer. El terreno era oscuro y evocaba unos riscos lejanos. Echó a andar entre el diluvio, sorprendida de no ver a ningún spren por los alrededores, ni siquiera lluviaspren. Le pareció ver luz en la cima de una colina, así que empezó a subir la ladera, con cuidado de no resbalar en la piedra mojada. Una parte de ella se preguntaba cómo era que podía ver. Los zigzagueantes relámpagos quietos en el cielo no iluminaban mucho. ¿No había estado antes en un lugar como aquel, con luz omnipresente pero un cielo negro?
Dejó de andar y miró hacia arriba con la lluvia surcándole la cara. Aquello estaba todo… todo mal. No era real… ¿verdad?
Movimiento.
Raven se volvió. Una figura bajita acercándose mucho a ella desde arriba de la colina, asomando de la oscuridad. Parecía compuesta solo de arremolinada neblina gris, sin rasgos, aunque empuñaba una lanza. Raven atrapó el arma con un giro rápido de la mano, la retorció y empujó en la clásica maniobra de desarme. Su atacante fantasmal no era muy hábil y Raven le arrebató el arma con facilidad. El instinto se apoderó de ella, giró la lanza y la clavó en el cuello de la figura. Mientras caía al suelo, aparecieron otras dos como de la nada, ambas armadas con lanzas también. Raven bloqueó un golpe y apartó al atacante con un empujón calculado antes de rodar y derribar al segundo con un barrido a los pies. Apuñaló a esa figura con una estocada rápida al cuello y luego clavó la lanza en el abdomen de la primera mientras se levantaba. La sangre corrió por el asta de la lanza y manchó los dedos de Raven.
Arrancó el arma mientras la nebulosa figura caía al suelo.
Sentaba bien llevar una lanza. Poder luchar sin preocupaciones. Sin nada que pesara en ella salvo el agua de lluvia en su uniforme.
Luchar solía ser simple. Antes de…
Antes de…
La turbulenta niebla se evaporó de las siluetas caídas y Raven encontró a tres jóvenes mensajeros con el uniforme de Amaram, muertos por su lanza. Tres cadáveres, entre ellos el de su hermano.
—¡No! —chilló Raven, destrozada y lleno de odio—. ¿Cómo te atreves a mostrarme esto? ¡No fue como sucedió! ¡Yo estaba allí! —Dio la espalda a los cadáveres y alzó la mirada al cielo—. ¡Yo no lo maté! Solo le fallé. Solo… yo…
Se apartó trastabillando de los chicos muertos, soltó la lanza y se llevó las manos a la cabeza. Palpó las cicatrices de su frente. Parecían más profundas, como abismos atravesándole el cráneo.
Shash. Peligroso.
El trueno retumbó en el cielo y Raven descendió a trompicones, incapaz de apartar de su mente la visión de Tien muerto, sangrando en la ladera. ¿Qué clase de terrible visión era aquella?
—Nos salvaste para que pudiéramos morir —dijo una voz desde la tiniebla.
Conocía esa voz. Raven dio la vuelta, chapoteando en el agua de lluvia, buscando su fuente. Ahora estaba en las Llanuras Quebradas. En la lluvia vio insinuaciones de personas. Siluetas compuestas por las gotas al caer, pero de algún modo vacías. Las figuras empezaron a atacarse entre ellas y Raven oyó el trueno de la guerra. Hombres gritando, armas entrechocando, botas sobre la piedra. El fragor la rodeó, la abrumó hasta que, de pronto, emergió a una enorme batalla y las formas insinuadas se hicieron reales. Hombres de azul combatiendo contra otros hombres de azul.
—¡Dejad de luchar! —les gritó Raven—. ¡Estáis matando a los vuestros!
No parecían oírla. Corrió sangre entre sus pies en vez de agua, salpicaduras y chorros que se fundían a medida que los lanceros trepaban ansiosos por encima de los cuerpos de los caídos y seguían matándose unos a otros. Raven asió a un combatiente y lo apartó de otro, luego agarró a un tercero y lo echó hacia atrás… solo para descubrir que era Nyko.
—¡Nyko! —exclamó Raven—. ¡Escúchame! ¡Deja de luchar!
Nyko desnudó los dientes en una terrible sonrisa y derribó a Raven de lado antes de abalanzarse contra otra figura más, la de Roca, que había tropezado con un cadáver. Nyko lo mató hundiéndole su lanza en el vientre, pero entonces Marcus mató a Nyko desde atrás. Bisig apuñaló a Marcus, y Raven no vio quién lo mataba a él. Estaba demasiado horrorizada. Wallace empezó a derrumbarse cerca con un agujero en el costado, y Raven lo sostuvo.
—¿Por qué? —preguntó Wallace mientras le caía un chorro de sangre de entre los labios—. ¿Por qué no nos dejaste dormir?
—Esto no es real. No puede ser real.
—Debiste dejar que muriéramos en las Llanuras Quebradas.
—¡Quería protegeros! —gritó Raven—. ¡Tenía que protegeros!
—Nos maldijiste…
Raven dejó caer el cuerpo moribundo y se alejó a trompicones. Agachó la cabeza, con la mente nublada, y echó a correr. Una parte de ella sabía que aquel horror no era real, pero seguía oyendo los chillidos. Acusándola. «¿Por qué lo hiciste, Raven? ¿Por qué nos has matado?»
Se apretó las manos contra las orejas, tan desesperada por escapar de la carnicería que estuvo a punto de caer a un abismo. Se frenó y acabó equilibrado cerca del borde. Trastabilló y miró a su izquierda. Los campamentos de guerra estaban allí, al final de una corta cuesta. Había estado allí. Recordaba aquel lugar, aquella tormenta con su lluvia leve. Aquel abismo. En el que casi había muerto.
—Nos salvaste —dijo una voz— para que pudiéramos sufrir.
Miller. Estaba al borde del abismo, cerca de Raven. El hombre se volvió y Raven vio que sus ojos eran unos pozos negros.
—La gente cree que fuiste piadosa con nosotros. Pero tú y yo sabemos que no es así, ¿verdad? Lo hiciste por ti misma. No por nosotros. Si de veras fueses piadosa, no habrías concedido unas muertes fáciles.
—No —dijo Raven—. ¡No!
—El vacío aguarda, Rav —dijo Miller—. La nada. Te permite hacer cualquier cosa, hasta matar a un rey, sin remordimientos. Un solo paso. Y nunca tendrás que volver a sentir dolor.
Miller dio un paso y se precipitó al abismo. Raven cayó de rodillas en el borde, la lluvia fluyendo a su alrededor. Miró hacia abajo horrorizada. Entonces despertó de sopetón en algún lugar frío. Al instante, cien dolores distintos recorrieron todas sus articulaciones y músculos, cada uno exigiendo su atención como un niño chillando. Gimió y abrió los ojos, pero solo había oscuridad.
«Estoy en la torre —pensó, recordando los acontecimientos del día anterior—. Tormentas. El lugar está controlado por los Fusionados. Escapé por los pelos.»
Las pesadillas parecían estar empeorando. O tal vez siempre hubieran sido así de malas pero no las recordaba. Se quedó tumbada, respirando hondo, sudando como si estuviera agotada… y recordó la visión de sus amigos muriendo. Recordó a Miller dando un paso hacia esa oscuridad y desapareciendo. Se suponía que dormir debía refrescarla, pero Raven se notaba más cansada que al derrumbarse la noche anterior. Gimió de nuevo y apoyó la espalda en la pared, obligándose a incorporarse. Entonces buscó a tientas alrededor, presa de un repentino pánico. En su confusión, una parte de ella estaba segura de que encontraría a Marcus muerto en el suelo. Soltó un suspiro aliviado cuando localizó a su amigo tendido cerca de ella, todavía respirando. El hombre se había meado encima, por desgracia. Tardaría poco en deshidratarse si Raven no lo evitaba, y era muy posible que llegaran los putrispren si no lo limpiaba y lo colocaba en buena posición con una bacinilla.
Tormentas. El peso de lo que Raven había hecho pendía sobre ella, casi tan opresivo como el peso de la torre. Estaba sola, perdida en la oscuridad, sin luz tormentosa ni nada que beber, no digamos ya armas como era debido. Y tenía que cuidar no solo de sí misma, sino también de un hombre en coma.
¿Cómo se le había ocurrido hacer algo así? No creía que la pesadilla fuera real, pero tampoco podía desterrar del todo sus ecos. ¿Por qué? ¿Por qué no había podido dejarlo estar? ¿Por qué seguía luchando? ¿De verdad era por ellos? ¿O era porque Raven era egoísta? ¿Porque ella no podía renunciar y reconocer la derrota?
—¿Syl? —llamó en la penumbra. Cuando no obtuvo respuesta, insistió con voz temblorosa—. Syl, ¿dónde estás?
Silencio. Palpó el recinto en el que se hallaba y cayó en la cuenta de que no tenía ni idea de cómo salir. Se había sepultado con Marcus en aquella oscuridad demasiado densa. Para morir despacio y solos…
Entonces apareció un puntito de luz. Syl, bendita fuese, entró en la sala. No podía atravesar paredes, porque los spren Radiantes tenían la suficiente sustancia en el Reino Físico para que los retuvieran la mayoría de los obstáculos. Parecía haber entrado por algún tipo de conducto en lo alto de la pared. Su presencia devolvió a Raven cierta medida de cordura. Dejó escapar un aliento entrecortado mientras ella descendía revoloteando y se posaba en su palma extendida.
—He encontrado una salida —dijo, cobrando la forma de una soldado con uniforme de exploradora—. Pero no creo que tú quepas por ella. Hasta a un niño le costaría.
»He mirado los alrededores, aunque no podía alejarme mucho. Hay guardias apostados en muchas escaleras, pero no parecen estar buscándote. Estos pisos son tan extensos que creo que han comprendido que encontrar a una mujer aquí viene a ser imposible.
—Son buenas noticias, supongo —dijo Raven—. ¿Tienes alguna idea de qué podría ser esa luz que me ha traído aquí?
—Yo… tengo una teoría —respondió Syl—. Hace mucho tiempo, antes de que las cosas se torcieran entre spren y humanos, había tres Forjadores de Vínculos. Uno para el Padre Tormenta. Uno para la Vigilante Nocturna. Y un tercero. Para un spren llamado el Hermano. Un spren que permanecía en esta torre, oculto, y no se aparecía a los humanos. Se supone que murió hace mucho.
—Vaya —dijo Raven, palpando la puerta que se había abierto para dejarlo entrar—. ¿Y cómo era?
—No lo sé —respondió Syl, pasando a su hombro—. Hemos hablado de esto con la brillante Echo, respondiendo sus preguntas, y los demás spren Radiantes no saben más de lo que acabo de decirte. Recuerda que muchos spren que sabían sobre los tiempos antiguos murieron… y al Hermano siempre le gustó mantenerse en secreto. No sé qué tipo de spren era, ni por qué podía crear a un Forjador de Vínculos. Pero si sigue con vida, no sé por qué hay tanto de la torre que no funciona.
—Bueno, esta puerta funcionó —dijo Raven, que acababa de encontrar la gema de la pared.
La gema estaba oscura, pero destacaba mucho más en ese lado. Desde el otro, habría sido muy fácil pasarla por alto. ¿Cuántas otras salas tenían gemas como aquella incrustadas en las paredes, ocultando puertas secretas?
Tocó la gema. Aunque a Raven ya no le quedaba luz tormentosa, apareció una luz muy al fondo de la gema. Una luz blanca que titilaba como una estrella. Se expandió en un pequeño estallido de luz tormentosa y la puerta se abrió de nuevo por el centro en silencio. Raven soltó un largo suspiro y notó que se evaporaba parte de su pánico. No moriría en la oscuridad. Cuando la gema estaba cargada, se comportaba como cualquier otro fabrial, funcionando mientras aún tuviera luz tormentosa.
Miró a Syl.
—¿Crees que podrás orientarte para volver aquí si dejamos a Marcus y exploramos un poco?
—Debería ser capaz de memorizar el camino.
—Estupendo —dijo Raven—. Porque necesitamos provisiones.
No podía permitirse pensar a largo plazo todavía. Aquellas cuestiones tan intimidantes —qué iba a hacer respecto a la torre, las docenas de Radiantes en poder del enemigo, su familia— tendrían que esperar. Antes necesitaba agua, comida, luz tormentosa y, sobre todo, un arma mejor.
