47. UNA JAULA FORJADA DE ESPÍRITUS

Afronto este proyecto con inspiración renovada: las respuestas son todo lo que debería importar.

De El Ritmo de la Guerra, subtexto de la página 1

La madera se sacudió bajo los pies de Bellamy, que tuvo que agarrarse a una baranda para no perder el equilibrio.

—¡Rompedores del cielo! —gritó—. ¡Intentan llegar a los armazones de los fabriales!

Dos figuras de azul saltaron de la plataforma cerca de él, con sendos estallidos de luz tormentosa mientras el suelo seguía temblando. No bastarían con dos para ocuparse de aquello.

Tormentas, ¿dónde estaban…?

Wallace y su fuerza de diez Corredores del Viento regresaron volando hacia la parte inferior de la plataforma. No era una verdadera máquina voladora como el Cuarto Puente, pero aquellas plataformas seguían siendo un excelente punto de observación para estudiar un campo de batalla. Suponiendo que nadie las atacara. Bellamy se mantuvo agarrado con fuerza a la baranda y miró hacia el Visón, que estaba atado a Bellamy con una cuerda. El hombre más bajito sonreía como loco, aferrado también al parapeto. Por suerte, al poco tiempo la plataforma dejó de sacudirse y los Rompedores del Cielo se dispersaron, perseguidos por figuras de azul con lanzas.

«Hay menos Celestiales de lo que esperaba», pensó Bellamy mientras el viento le revolvía el pelo. Distinguió solo a cuatro Fusionados voladores que observaban el campo de batalla desde arriba y daban instrucciones esporádicas a las tropas de infantería. No entraban en combate. «Están confiando en los Rompedores del Cielo para esta batalla.» Quizá el grueso de los Celestiales estuviera con la fuerza principal enemiga, acampada a varios días de marcha.

El Visón se asomó por el lado de la plataforma para mirar justo debajo de ellos, donde los Radiantes se enfrentaban. No parecía inquieto en absoluto por la caída de casi trescientos metros hasta el suelo. Para tratarse de un hombre que siempre parecía tan paranoico, desde luego podía ser muy displicente con el peligro. Por debajo de ellos, las líneas mantenían la formación. Las tropas de Bellamy, reforzadas por filas azishianas, combatían a las fuerzas traicioneras de Gustus, que habían intentado avanzar hacia el interior para rescatar a su rey. Los veden contaban también con unos pocos Fusionados y algunas tropas cantoras, una unidad lo bastante pequeña para haberse acercado inadvertida antes de la traición. Sobre la plataforma de Bellamy, unos cincuenta arqueros recompusieron sus filas después de la confusión que había provocado el repentino ataque de los Rompedores del Cielo. Al cabo de unos momentos ya estaban haciendo llover flechas sobre los veden.

—Cederán pronto —dijo el Visón en voz baja, contemplando el campo de batalla—. Su frente ya se comba. Esos azishianos luchan bien. Mejor de lo que había pensado.

—Tienen una disciplina excelente —convino Bellamy—. Solo necesitan que se los dirija bien.

Un soldado azishiano cualquiera no era rival para uno alezi, pero después de haber presenciado su disciplina durante el último año, Bellamy agradecía no haber tenido que enfrentarse nunca a su infantería en batalla. Los enormes cuadrados de picas azishianas eran menos móviles que su equivalente alezi, pero tenían una coordinación impecable. Eran una adición estupenda al sistema alezi, que tenía mucha más flexibilidad y toda una variedad de tropas especializadas. Utilizando los bloques alezi como cuñas y valiéndose de tácticas alezi, habían podido resistir contra el enemigo a pesar de sus ventajas naturales, como la armadura de caparazón o su complexión más fuerte.

¿Y los traidores veden? Bueno, el Visón estaba en lo cierto. La línea enemiga empezaba a combarse y partirse. No tenían caballería, y el Visón dio una orden en voz baja a una de las escribas para que la enviara. Bellamy supuso, con razón, que había ordenado a su propia caballería ligera hostigar el flanco izquierdo.

Los jinetes acribillaron de flechas la retaguardia veden, distrayéndola para tensar aún más las líneas que flaqueaban.

—Debo reconocer que esta es una muy buena manera de supervisar una batalla —dijo el Visón a Bellamy mientras miraban, entre el chasquido de las cuerdas de arco que llegaba de atrás.

—Y tú preocupándote de que no hubiera escapatoria.

—En realidad —repuso el Visón, mirando de nuevo hacia el suelo—, lo que me preocupaba era que todas las rutas de huida estuvieran interrumpidas por una desafortunada colisión contra el suelo. Aún no comprendo qué sentido tiene ponernos a los dos aquí arriba. Parece que deberíamos estar en plataformas distintas, para que, si uno cae, el otro pueda seguir comandando nuestras fuerzas.

—Confundes mi propósito aquí, Dieno —dijo Bellamy, tirando de la cuerda que los unía—. Mi función en esta batalla no es ponerme al mando si te matan. Es sacarte antes de que te maten.

Una de las barcas de huida de Anya los esperaba al otro lado, en Shadesmar. En caso de emergencia, Bellamy podía transportarse él mismo y al Visón a través de la perpendicularidad. Caerían desde una cierta altura, pero ni por asomo tanta como en aquel lado, a una barca acolchada con mandras ya enjaezados. Al Visón, como era de esperar, no le gustaba aquella ruta de escape. No podía controlarla. En realidad, Bellamy tampoco estaba del todo cómodo con ella, dado que aún no confiaba del todo en sus poderes. Su dominio sobre ellos era tenue. Abrió la perpendicularidad al ver que los Corredores del Viento se aproximaban en busca de más luz tormentosa. Consiguió abrir solo una rendija, para renovar a quienes estuvieran cerca pero que no pudieran aprovecharla los Rompedores del Cielo. Estos se retiraron: los Corredores del Viento no eran rivales para unos Corredores del Viento constantemente renovados, de modo que solían desplegarlos solo en campos de batalla donde Bellamy no estuviera presente. Mientras el Visón recibía los informes de bajas —que incluían a dos escuderos Corredores del Viento, por desgracia—, una joven escriba se acercó a Bellamy con un fajo de papeles y una vinculacaña cuya luz parpadeaba.

—Mensaje de Urithiru, brillante señor —dijo la mujer—. Querías saberlo en el momento en que nos llegara cualquier cosa, y acaba de llegar.

Bellamy sintió que un peso enorme se levantaba de sus hombros.

—¡Por fin! ¿Qué está pasando?

—Hay problemas con los fabriales de la torre —informó la escriba—. La brillante Echo dice que se ha activado una especie de extraña aura defensiva que impide a los Radiantes usar sus poderes. También interfiere con los fabriales, así que ha tenido que enviar a un equipo de exploradores por el risco al interior de las montañas para que pudieran transmitir su mensaje.

»Todo el mundo se encuentra bien y la brillante Echo está trabajando en el problema. Por eso han dejado de funcionar las Puertas Juradas también, por cierto. Te ruega paciencia y pregunta si aquí ha ocurrido algo raro.

—Cuéntale la traición de Gustus —dijo Bellamy—, pero informa de que estoy a salvo, como también nuestra familia. Estamos combatiendo a los traidores y deberíamos alzarnos pronto con la victoria.

La joven asintió y se fue a enviar el mensaje. El Visón se acercó a Bellamy. O bien había escuchado la conversación, o bien había recibido un informe similar.

—Intentan confundirnos y distraernos durante la traición —dijo—, acumulando ataques en varios frentes.

—Otra treta para anular las Puertas Juradas —asintió Bellamy—. Ese aparato que usaron contra la alta mariscal Raven debía de ser una especie de prueba. Han desactivado Urithiru por un tiempo para aislarnos.

El Visón se asomó de nuevo y escrutó los ejércitos desplegados abajo.

—Hay algo en esto que huele mal, Espina Negra. Si era solo una jugada para aislar el combate en Azir y Emul, han cometido un error estratégico. Sus fuerzas en esta parte del territorio están expuestas, y llevamos las de ganar. No invertirían tanto esfuerzo en bloquearnos de las Puertas Juradas a menos que de verdad estuvieran cortando nuestra ruta de huida. Cosa que no hacen porque no vamos a necesitarla.

—¿Crees que intentan distraernos de otra cosa?

El Visón asintió despacio. Por debajo, la caballería hizo otra pasada. El frente de los traidores se hundió más.

—Pondré a los demás en alerta —dijo Bellamy—, y enviaré exploradores a investigar Urithiru. Opino igual que tú: hay algo que no encaja.

—Asegúrate de que los ejércitos contra los que combatiremos en Emul no han recibido refuerzos en secreto. Eso podría ser terrible para nosotros. El único verdadero desastre que puedo prever en todo esto es que asedien Azimir y no podamos suministrarla por medio de las Puertas Juradas. Habiendo visto esa ciudad, no me gustaría nada quedarme atrapado allí.

—De acuerdo —dijo Bellamy.

El Visón se inclinó más, en equilibrio precario, contemplando el campo de batalla que se extendía por debajo de ellos. El sonido apenas llegaba, solo tañidos amortiguados y gritos distantes. Los hombres se movían como vidaspren. Pero Bellamy podía oler el sudor. Podía oír el rugido. Podía sentirse a sí mismo entre los cuerpos que forcejeaban, chillaban, morían, dominando el combate hoja esquirlada en mano. Cuando se había degustado la casi invencibilidad de llevar armadura esquirlada y vadear entre mortales, era un… sabor difícil de olvidar.

—Lo echas de menos —dijo el Visón, mirándolo.

—Sí —reconoció Bellamy.

—Les vendrías bien sobre el terreno.

—Ahí abajo, sería solo otra espada. Puedo hacer más en otros puestos.

—Disculpa, Espina Negra, pero tú nunca fuiste solo otra espada. —El Visón se cruzó de brazos y se apoyó en el parapeto—. No paras de decir que eres más útil en otra parte, y supongo que creas una tormenta bastante buena para renovar esferas. Pero me da la impresión de que estás apartándote. ¿Qué planeas?

Esa era la cuestión. Bellamy sentía que había mucho más que podía hacer. Cosas más grandes. Cosas importantes. Las tareas de un Forjador de Vínculos. Pero llegar hasta ellas, descubrirlas…

—Se derrumban —dijo el Visón, enderezándose—. ¿Quieres dejar que se retiren o los atrapamos y los aplastamos?

—¿Tú qué opinas? —preguntó Bellamy.

—Odio luchar contra hombres que no tienen escapatoria —dijo el Visón.

—No podemos permitirnos que refuercen al enemigo en el sur —objetó Bellamy. Ese sería su verdadero campo de batalla, cuando aquella escaramuza hubiera terminado. La guerra por Emul—. Sigue apretando hasta que se rindan.

El Visón empezó a dar las órdenes. Abajo, el sonido de tambores inundó el campo de batalla con los frenéticos intentos de los comandantes enemigos por mantener la disciplina mientras las formaciones se desintegraban. Bellamy casi podía oír el matiz de pánico en sus gritos. Oler la desesperación en el aire.

«El Visón tiene razón —pensó Bellamy—. La acometida que han hecho aquí era real, pero algo no encaja. Nos falta una pieza del plan enemigo.»

Mientras miraba, un soldado anodino se situó junto a él. Ese día Bellamy solo había llevado consigo a un puñado de guardaespaldas: tres hombres de la Guardia de Cobalto y una sola portadora de esquirlada. Cuerda, la mujer comecuernos, que se había propuesto unirse a su guardia por motivos que Bellamy no acababa de comprender. Y también tenía un arma oculta, la mujer que acababa de ponerse a su lado, tan corriente en su uniforme alezi, con una espada envainada en la mano que, eso sí, era más larga que la reglamentaria. Octavia, la Asesina de Blanco, llevando un rostro falso. No habló, aunque el complejo tejido de luz que le habían aplicado también disfrazaría su voz. Se limitó a mirar con los ojos entornados. ¿Qué vería en aquel campo de batalla? ¿Qué le había llamado la atención?

De pronto, Octavia agarró a Bellamy por el pecho del uniforme y tiró de él a un lado. Bellamy apenas tuvo tiempo de gritar sorprendido cuando una figura resplandeciente se elevó junto a la plataforma de arqueros, irradiando luz tormentosa y empuñando una hoja esquirlada plateada. Octavia se interpuso entre Bellamy y el Rompedor del Cielo, llevando la mano a su espada. Pero Bellamy le cogió el brazo y le impidió desenfundarla. Cuando esa arma se mostraba, sucedían cosas peligrosas. Querrían asegurarse del todo de que era necesaria antes de liberarla. La figura que flotaba era conocida para Bellamy. Piel marrón oscura, con una marca de nacimiento en la mejilla. Era Nalan, llamado Nale. Heraldo y líder de los Rompedores del Cielo. Se había afeitado la cabeza hacía poco, y sostuvo su hoja esquirlada hacia fuera en una postura orgullosa, quizá desafiante, para dirigirse a Bellamy.

—Forjador de Vínculos —dijo Nale—. Tu guerra es injusta. Debes someterte a las leyes de…

Una flecha se clavó en su cara, en pleno centro, interrumpiéndolo.

Bellamy miró atrás y detuvo a Cuerda, que estaba tensando de nuevo su arco esquirlado.

—Espera. Quiero oírlo.

Nale, con expresión sufrida, se arrancó la flecha y la dejó caer mientras su luz tormentosa lo sanaba. ¿Era posible matar a ese hombre? Luna decía que el enemigo se las había ingeniado para matar a Titus, pero antes de eso, cuando los Heraldos morían, sus almas regresaban a Condenación para esperar su tortura.

Nale no retomó su diatriba. Ascendió hasta la barandilla de la plataforma y se dejó caer a los tablones del suelo. Arrojó su hoja esquirlada hacia un lado y permitió que se desvaneciera como neblina en el aire.

—¿Cómo puedes ser un Forjador de Vínculos? —preguntó Nale a Bellamy—. No deberías existir, Espina Negra. Tu causa no es recta. Deberían serte negadas las verdaderas Potencias de Honor.

—Quizá eso indique que eres tú quien se equivoca, Nalan —replicó Bellamy—. Quizá nuestra causa sí que es recta.

—No —dijo Nale—. Otros Radiantes pueden mentirse a sí mismos y a sus spren. Los así llamados honorspren demuestran que la moralidad está moldeada por sus percepciones. Pero tú deberías ser distinto. Honor no debería permitir este vínculo.

—Honor está muerto —dijo Bellamy.

—Y aun así, Honor debería impedir esto —repuso Nale—. Impedirte a ti. —Miró a Bellamy de arriba abajo—. No portas hoja esquirlada. Eso está bien.

Se abalanzó hacia delante, intentando asir a Bellamy. Octavia cayó sobre él al instante, pero no desenfundó su extraña hoja esquirlada. Nale se movió con la elegancia de una anguila aérea, atrapó a Octavia y la estrelló contra la superficie de la plataforma de madera. El Heraldo apartó la espada envainada de Octavia de un manotazo y le dio un puñetazo en el interior del codo que le hizo soltar el arma. Nale atrapó en el aire como si nada la flecha que había disparado el arco esquirlado de Cuerda a escasos palmos de distancia, una proeza inhumana. Bellamy apretó las manos juntas y se extendió más allá de la realidad en busca de la perpendicularidad. Nale saltó por encima de Octavia hacia Bellamy mientras los demás ocupantes de la plataforma gritaban, intentando reaccionar al ataque.

No, dijo el Padre Tormenta a Bellamy. Tócalo.

Bellamy vaciló, con el poder de la perpendicularidad ya en las puntas de los dedos, pero entonces extendió el brazo y apretó la mano contra el pecho de Nale mientras el Heraldo intentaba asirlo a él.

Fogonazo.

Bellamy vio a Nale alejándose de una hoja esquirlada descartada, clavada en la piedra.

Fogonazo.

Nale acunando a un niño en un brazo, su hoja esquirlada en la otra mano mientras unas fuerzas oscuras reptaban sobre una cresta cercana.

Fogonazo.

Nale de pie con un grupo de eruditos, desenrollando un extenso documento lleno de escritura. «La ley no puede ser moral —les decía Nale—, pero vosotros sí podéis ser morales al crear leyes. Debéis proteger siempre a los más débiles, a aquellos de quien más fácil resulte aprovecharse. Instituid un derecho de circulación para que una familia que considere injusto a su señor pueda abandonar sus dominios. Luego restringid la autoridad de un señor a la gente que lo siga.»

Fogonazo.

Nale arrodillado ante un altospren.

Fogonazo.

Nale luchando en un campo de batalla.

Fogonazo.

Otro combate.

Fogonazo.

Otro combate.

Las visiones llegaban cada vez más deprisa y Bellamy ya no podía distinguirlas entre ellas. Hasta que…

Fogonazo.

Nale estrechando la mano a un hombre alezi con barba, majestuoso y sabio. Bellamy supo que ese hombre era Titus, aunque no habría podido decir cómo lo sabía.

—Acepto esta carga —dijo Nale en voz baja—. Con honor.

—No la consideres un honor —respondió Titus—. Un deber, sí, pero no un honor.

—Comprendo. Aunque no esperaba que acudieras a un enemigo con esta oferta.

—Un enemigo, sí —dijo Titus—. Pero un enemigo que tenía razón desde el principio, lo que me convierte a mí y no a ti en el villano. Repararemos lo que hemos roto. Nia y yo estamos de acuerdo. No hay persona a quien daríamos una bienvenida más calurosa a este pacto que tú. Eres el hombre más honorable al que he tenido el privilegio de oponerme.

—Ojalá fuese cierto —repuso Nale—. Pero serviré lo mejor que pueda.

La visión remitió y Nale se apartó con brusquedad de Bellamy, jadeando, sus ojos como platos. Dejó una línea de luz extendiéndose entre él y Bellamy.

Forjador de Vínculos, dijo el Padre Tormenta en la mente de Bellamy, has fraguado una breve Conexión con él. ¿Qué has visto?

—Su pasado, creo —susurró Bellamy—. Y ahora…

Nale se rascó la cabeza y Bellamy vio una figura esquelética superpuesta a él. Era como el eco de luz que seguía a Octavia pero desgastado, tenue. Bellamy pasó entre sus sorprendidos guardaespaldas, reparando en las ocho líneas de luz que emanaban de Nale y se perdían en la distancia.

—Veo el Juramento, creo —dijo Bellamy—. Lo que los ató entre ellos y los volvió capaces de contener al enemigo en Condenación.

Una jaula, forjada de sus espíritus, dijo en su mente el Padre Tormenta. Fue destruida. Incluso antes de la muerte de Titus, la quebraron con lo que hicieron hace mucho tiempo.

—No. Solo una línea de él está rota del todo. Las demás están ahí, pero débiles, impotentes. —Bellamy señaló una línea que era brillante y poderosa—. Excepto una. Esa aún es vibrante.

Nale alzó la mirada hacia él, se arrancó la línea de luz que lo Conectaba a Bellamy y se arrojó al vacío. El Heraldo se encendió en luz y salió disparado mientras, demasiado tarde, unos pocos Corredores del Viento acudían en ayuda de Bellamy.

Blandes el poder de dioses, Bellamy, dijo el Padre Tormenta. Una vez creí conocer el alcance de tus capacidades. He abandonado esa suposición ignorante.

—¿Podría volver a forjarlo? —preguntó Bellamy—. ¿Podría rehacer el Juramento y expulsar a los Fusionados de nuevo?

No lo sé. Quizá sea posible, pero no tengo ni idea de cómo. O de si sería sabio. Los Heraldos sufrieron por sus actos.

—Eso lo he visto en él —dijo Bellamy, contemplando cómo Nale se desvanecía en la distancia—. Carga con un dolor atroz que distorsiona su visión sobre la realidad. Una demencia distinta a las que afligen a los hombres corrientes, una locura que tiene que ver con su alma desgastada…

Octavia recuperó su espada, en apariencia avergonzada por la facilidad con que la habían derrotado. Bellamy no se lo reprochaba, ni tampoco a los demás que insistieran en que el Visón y él se retirasen del campo de batalla, dado que las tropas de Gustus estaban en plena desbandada. Bellamy permitió que los Corredores del Viento se lo llevaran. Pasó todo el vuelo perdido en sus pensamientos. Necesitaba comprender sus poderes. Su deber ya no consistía en alzarse espada en alto, gritando órdenes en el campo de batalla. Lo que debía hacer era buscar la forma de utilizar sus poderes para resolver aquella guerra. Volver a forjar el Juramento o, si no podía, encontrar otra solución… una que incluyera encerrar a Odium de una vez por todas.