48. AROMA DE LA MUERTE, AROMA DE LA VIDA
NUEVE AÑOS ANTES
Había más de una manera de explorar. Resultaba que era posible hacerlo desde el centro de la propia tienda de una, si un grupo de reliquias vivientes salía del bosque e iba de visita. Los humanos entusiasmaban a Eshonai. Al final, no los habían destruido. Y tenían unas costumbres extrañísimas. Hablaban sin ritmo y no podían oír las canciones de Roshar. Creaban caparazón a partir de metal y se lo ataban al cuerpo. Aunque al principio Eshonai pensaba que habían perdido sus formas, tardó poco en darse cuenta de que solo tenía una forma y no podían cambiarla nunca. Tenían que soportar las pasiones de la forma carnal a todas horas. Y lo más intrigante era que llevaban con ellos a una tribu de criaturas en forma gris que tampoco tenían canciones. Las pautas de su piel eran como las de los oyentes, pero no hablaban, ni mucho menos cantaban. Eshonai los encontraba a la vez fascinantes y perturbadores. ¿Dónde habían encontrado los humanos a unos individuos tan extraños?
Los humanos acamparon al otro lado del río, en el bosque, y al principio los Cinco solo permitieron que unos pocos oyentes fuesen a reunirse con ellos. Temían que los humanos se espantaran si la familia entera iba a incordiarlos. A Eshonai le parecía una bobada. Los humanos no iban a asustarse. Tenían conocimientos antiguos. Métodos para fraguar el metal y escribir sonidos en papel. Cosas que los oyentes habían olvidado durante el largo sueño, el tiempo que habían pasado en forma gris, memorizando canciones a base de pura fuerza de voluntad. Eshonai, Klade y unos pocos más se unieron a unos cuantos eruditos humanos para intentar descifrar sus respectivos idiomas. Por suerte, preservadas en las canciones había algunas frases humanas. Quizá el pasado de Eshonai con las canciones fuese lo que le permitió aprender más deprisa que los demás. O quizá fuera su tozudez. Pasó tardes enteras sentada con los humanos, haciendo que repitieran sonidos una y otra vez hasta bien entrada la noche, a la luz de sus brillantes gemas. Ahí había otra cosa interesante. Las gemas humanas daban mucha más luz que las de los oyentes. Tenía algo que ver con la manera en que se cortaba y se daba forma a las gemas. Cada día con los humanos enseñaba a Eshonai algo nuevo. Cuando la barrera del lenguaje empezó a caer, los humanos preguntaron si podían llevarlos a las Llanuras Quebradas. Y así fue como Eshonai encabezó la marcha, aunque los mantuvo apartados de las diez antiguas ciudades y de las otras familias de oyentes, por el momento. Usando un mapa de Eshonai, llegaron desde el norte y caminaron bordeando los abismos hasta llegar a un antiguo puente de los oyentes. La brecha en la piedra olía a plantas húmedas pudriéndose. Era un olor intenso, pero no desagradable. Allá donde las plantas se pudrían, al poco tiempo crecían otras, y el aroma de la muerte era el mismo que el aroma de la vida. Los humanos la siguieron con cautela por el puente de madera y cuerda, enviando primero a sus guardias con sus petos y sus cascos de caparazón metálico abrillantado. Parecían esperar que el puente se viniera abajo en cualquier momento. Cuando hubieron cruzado, Eshonai trepó a un peñasco y respiró hondo, sintiendo los vientos. Por encima, unos pocos vientospren revoloteaban por el cielo. Después de que cruzaran los guardias, otros empezaron a imitarlos. Todos habían querido ir a ver las llanuras donde vivían los monstruos de los abismos. En el grupo de humanos había una curiosa mujer que trabajaba como ayudante del cirujano. Subió a la roca y llegó al lado de Eshonai, aunque su ropa, que la cubría del cuello a los tobillos y por algún motivo le tapaba la mano izquierda, no era demasiado buena para explorar. Estaba bien comprobar que había algunas cosas que los oyentes habían descubierto y los humanos no.
—¿Qué ves? —preguntó la mujer a Eshonai en el idioma humano—. ¿Cuando miras a los spren?
Eshonai canturreó a Consideración. ¿A qué se refería?
—Veo spren —dijo Eshonai, hablando despacio y con cuidado, ya que a veces tenía demasiado acento.
—Sí, pero ¿qué aspecto tienen?
—Líneas blancas largas —respondió Eshonai, señalando los vientospren—. Agujeros. ¿Agujeros pequeños? ¿Hay una palabra?
—Puntitos, quizá.
—Puntitos en el cielo —dijo Eshonai—. Y colas, largas, muy largas.
—Qué curioso —dijo la mujer. Llevaba muchos anillos en la mano derecha, aunque Eshonai no les encontrara sentido. Parecía que se le engancharían con las cosas—. Sí que es distinto.
—¿Distinto? —preguntó Eshonai—. ¿Vemos distinto?
—Sí —dijo la mujer—. Vosotros parecéis ver la realidad de los spren, o algo más parecido a ella. Los humanos tenemos historias de vientospren que actúan como personas. Adoptan distintas formas y pueden engañarte. Dime, ¿alguna vez has visto uno de esos?
Eshonai repasó las palabras en su mente. Le parecía comprender parte de lo que había oído.
—¿Spren como personas? ¿Actúan como personas?
—Sí.
—Lo he visto —dijo.
—Excelente. ¿Y vientospren que hablan? ¿Que te llaman por tu nombre? ¿Has conocido a alguno de esos?
—¿Qué? —respondió Eshonai, armonizando a Diversión—. ¿Spren que hablan? No. Parece… ¿no real? ¿Falso, pero una historia?
—«Fantasioso» podría ser la palabra que buscas.
—Fantasioso —repitió Eshonai, examinando los sonidos en su mente. Sí, había más de una manera de explorar.
El rey y su hermano por fin cruzaron a la meseta. La palabra «rey» no era nueva para ella, dado que se mencionaba en las canciones. Se había producido un cierto debate entre los oyentes acerca de si deberían tener un monarca. A Eshonai le parecía que, hasta que lograran dejar de pelearse y se convirtieran en un solo pueblo unificado, la discusión era absurda. El hermano del rey era un hombre tosco que parecía de una variedad un poco distinta a la de todos los demás. Era el primero al que Eshonai había conocido, junto a un grupo de exploradores humanos, allá en el bosque. Aquel humano no solo era más corpulento que todos los demás, sino que también andaba diferente. Su rostro era más duro. Si se podía decir de algún humano que tenía forma, aquel hombre estaba en forma de guerra. El propio rey, en cambio… era la prueba viviente de que los humanos no tenían formas. Era muy errático. A veces gritaba enfurecido, otras veces callaba desdeñoso. Los oyentes también tenían emociones distintas, claro. Era solo que ese hombre parecía inexplicable. Quizá el hecho de que los humanos hablaran sin ritmos hacía que Eshonai se sorprendiera más cuando actuaban con tanta pasión. También era el único varón del grupo que llevaba barba.
¿Por qué sería?
—Guía —dijo el rey, acercándose a ella—. ¿Aquí es donde tienen lugar las cacerías?
—A veces —respondió ella—. Depende. Es temporada, así que tal vez vengan. Tal vez no.
El rey asintió distraído. Se había interesado muy poco por ella o por cualquier otro oyente. Sus exploradores y eruditas, en cambio, parecían igual de fascinados por Eshonai que ella por ellos. Así que tendía a pasar el tiempo con ese grupo.
—¿Qué tipos de grancaparazones pueden vivir aquí? —preguntó el hermano—. No parece haber espacio para ellos, con tanta grieta en el terreno. ¿Son como los espinablancas, que saltan de un lado a otro?
—¿Espinablanca? —dijo ella, que no conocía la palabra.
La mujer de los anillos sacó un libro que tenía un dibujo para que Eshonai lo viera. Ella negó con la cabeza.
—No, no es eso. Son… —¿Cómo explicar los monstruos de los abismos?—. Son grandiosos. Y enormes. Y poderosos. Ellos… Estas tierras son suyas.
—¿Y tu gente los adora? —preguntó una erudita.
—¿Adora?
—Venera. Respeta.
—Sí. —¿Quién no iba a respetar una bestia tan poderosa?
—Sus dioses, brillante señor —dijo la escriba al rey—. Como sospechaba, adoran a esos animales. Debemos tener cuidado en las futuras cacerías.
Eshonai canturreó a Ansiedad para indicar que estaba confundida, pero ellos no lo comprendieron. Tenían que decirlo todo con palabras.
—Vamos ahí —dijo el rey, señalando—. Esta meseta parece buen sitio para descansar.
Los ayudantes humanos empezaron a desempaquetar sus cosas: tiendas hechas de una maravillosa tela dura y una gran variedad de alimentos. Disfrutaban de sus comidas, aquellos humanos. Los lujos que se permitían al viajar eran tan opulentos que Eshonai se preguntó cómo serían sus casas. Cuando se marcharan, tenía intención de verlo. Si ellos habían llegado hasta allí sin tener una buena forma duradera como la forma de trabajo, no debían de proceder de tan lejos. Armonizó a Diversión. Después de tantos años sin ningún contacto, seguro que ella habría terminado encontrando el hogar de los humanos por su cuenta, en unos pocos meses más. Eshonai se mantuvo ocupada ayudando a levantar las tiendas. Quería comprender sus piezas. Estaba bastante convencida de que podría tallar postes como los que ellos usaban para sostener el techo. Pero la tela era más ligera y lisa que la que podían crear los oyentes. Un trabajador estaba teniendo problemas con un nudo, así que Eshonai sacó su cuchillo para cortarlo.
—¿Qué es eso? —dijo una voz a su espalda—. ¿Te importaría enseñarme ese cuchillo?
Era la mujer de los anillos. Eshonai había pensado que quizá fuese antaño-compañera del rey, por lo que a menudo hablaba con él. Pero al parecer no tenían relación. Eshonai bajó la mirada y cayó en la cuenta de que había sacado su cuchillo de caza bueno. Era una de las armas que sus antepasados habían rescatado de las ruinas en el centro de las Llanuras Quebradas, con un hermoso metal que tenía líneas y una empuñadura tallada con majestuoso detalle. Se encogió de hombros y se lo enseñó a la mujer. Aquella extraña mujer a su vez hizo señas urgentes al rey, que salió de la sombra y fue hacia ellas. Cogió el cuchillo y lo estudió con los ojos entornados.
—¿De dónde lo has sacado? —preguntó a Eshonai.
—Es viejo —dijo ella, sin querer revelar demasiado—. Herencia. Generaciones.
—¿Podría remontarse a la Falsa Desolación, tal vez? —preguntó la mujer al rey—. ¿Es posible que tengan armas con dos mil años de antigüedad?
Las hojas esquirladas de los oyentes eran mucho más maravillosas, pero Eshonai no habló de ellas. De todos modos, su familia no poseía ninguna.
El rey dijo:
—Me gustaría saber cómo…
Pero lo interrumpió un trompeteo a cierta distancia. Eshonai se volvió de golpe, armonizando a Tensión.
—Monstruo de abismos —dijo—. ¡Trae soldados! No creía que viniera uno cerca.
—Podemos ocuparnos de un… —empezó a decir el rey, pero no acabó la frase y sus ojos se ensancharon. Se acercó un asombrospren, una criatura con forma de bola azul flotante que se expandió con gran entusiasmo.
Eshonai vio que de un abismo emergía una sombra distante. Ágil pero fuerte, potente pero grácil. La bestia caminaba sobre numerosas patas, y no dedicó a los humanos ni una sola mirada. Eran para ella lo que ella para el sol, y de hecho, se echó hacia arriba para disfrutar de la luz. Bella y poderosa, como si el Ritmo del Asombro hubiera cobrado vida.
—Sangre de mis ancestros —dijo el hermano del rey, acercándose—. ¿Cómo de grande es esa cosa?
—Más grande que cualquiera que tengamos en Alezkar —respondió el rey—. Tendrías que llegar a la costa herdaziana para ver un grancaparazón de ese tamaño. Pero los de allí viven en las aguas.
—Este vive en abismos —susurró Eshonai—. No parece enfadado, cosa que es suerte nuestra.
—Desde tan lejos, puede que no sepa que estamos aquí —dijo el hermano del rey.
—Lo sabe —dijo Eshonai—. Es solo que no le importa.
Se congregó más gente a su alrededor y el rey los hizo callar. Por fin, el abismoide se giró y los observó. Luego volvió a escabullirse abismo abajo, seguido de unos pocos y brillantes abismospren, como flechas en pleno vuelo.
—Tormentas —dijo el hermano del rey—. Entonces, en cualquier momento, estando en estas mesetas, ¿podría haber uno de esos justo debajo? ¿Merodeando por ahí?
—¿Cómo pueden vivir en esos abismos? —preguntó una mujer—. ¿Qué comen?
Era un grupo más solemne y rápido el que volvió a su comida. Tenían ganas de terminar y marcharse, pero ninguno lo dijo y ninguno canturreó a Ansiedad. De todos ellos, solo el rey parecía impasible. Mientras los demás se ajetreaban, él siguió estudiando el cuchillo de Eshonai, que no le había devuelto.
—¿De verdad tenéis guardadas estas cosas desde hace miles de años? —preguntó.
—No —reconoció ella—. Los encontramos. No mis padres. Los padres de sus padres. En las ruinas.
—¿Ruinas, dices? —El rey alzó la mirada de sopetón—. ¿Qué ruinas? ¿Esas ciudades que mencionó el otro guía?
Eshonai maldijo a Klade en voz baja por haber mencionado las diez ciudades. Decidió no aclarar que se refería a las ruinas del centro de las Llanuras Quebradas y armonizó a Ansiedad. La forma en que el rey estaba evaluándola hacía que se sintiera como un mapa mal dibujado.
—Mi pueblo construyó ciudades —dijo—. Viejos padres de mi gente.
—No me digas… —repuso él—. Muy curioso. ¿Recordáis esos días, entonces? ¿Tenéis registros de ellos?
—Tenemos canciones —dijo ella—. Muchas canciones. Canciones importantes. Hablan de las formas que teníamos. Las guerras que luchamos. Cómo abandonamos a… No conozco la palabra… a los de muy antes. Quienes nos gobernaban. Cuando los Neshua Kadal luchaban, con spren como compañeros, y tenían… tenían cosas… podían hacer…
—¿Radiantes? —dijo él, bajando la voz—. ¿Tu pueblo tiene historias sobre los Caballeros Radiantes?
—Sí, tal vez —respondió ella—. No puedo palabras, aún. De esto.
—Curioso, curioso.
Como Eshonai había esperado, los humanos decidieron regresar al bosque poco después de terminar de comer. Estaban asustados, todos menos el rey. Él se pasó el trayecto entero preguntando por las canciones. Era evidente que Eshonai se había equivocado al dar por hecho que no le importaban mucho los oyentes. A partir de ese momento, el rey pareció muy, pero que muy interesado. Hizo que sus eruditos los interrogaran sobre sus canciones y sus leyendas y que averiguaran si sabían algo acerca de otras ruinas. Cuando los humanos por fin partieron de vuelta a sus tierras varios días después, el rey Gavilar hizo un regalo a la gente de Eshonai: varios cajones de armas modernas, hechas de buen acero. No podían reemplazar a las armas antiguas, pero no toda su gente tenía de aquellas. Ninguna familia poseía las suficientes para equipar a todos sus guerreros. Lo único que Gavilar quería a cambio era una promesa: que cuando regresara en un futuro cercano, encontraría a la gente de Eshonai alojada en una de las ciudades al borde de las llanuras. Cuando llegara ese momento, dijo, esperaba poder hablar con los guardianes de las canciones en persona.
