49. EL ALMA DEL DESCUBRIMIENTO
En mi estado febril, me preocupa ser incapaz de concentrarme en lo que es importante.
De El Ritmo de la Guerra, página 3
Echo empezó a organizar a sus eruditos bajo la atenta supervisión de un gran número de guardias cantores. La situación planteaba a Echo un problema delicado. No quería revelar nada más de lo que fuese estrictamente necesario. Pero si no hacía progresos, Rabeniel terminaría dándose cuenta y actuaría en consecuencia. De momento, Echo puso a los eruditos a hacer trabajo rutinario. Los cantores mantenían a su gente retenida en una de las dos bibliotecas, así que Echo hizo que los pupilos y los fervorosos más jóvenes empezaran a limpiar la sala. Reunieron viejos proyectos y cajas de notas y las sacaron fuera para amontonarlas en el pasillo. Necesitaban hacer espacio. Encargó a los eruditos más expertos que se pusieran a hacer revisión: recuperar antiguos proyectos y, o bien comprobar sus cálculos, o bien bosquejar nuevas ilustraciones para ellos. Los fervorosos sacaron libros de cuentas en blanco para rehacer las cifras mientras Rushu desenrollaba enormes diagramas y ponía a varias mujeres jóvenes a medir hasta la última línea de ellos. Completar el proceso requeriría varios días, tal vez más, y también era bastante natural que lo hicieran. Echo acostumbraba a ordenar que se rehicieran cálculos después de una interrupción. Devolvía a los eruditos a un estado mental adecuado, y a veces encontraban errores legítimos. Al poco tiempo, Echo tenía una sala ordenada llena de sonidos relajantes. Papeles que se movían, plumas que escribían, gente que hablaba en voz baja. No estaban los creacionspren ni los logispren que solían acompañar los trabajos emocionantes. Con un poco de suerte, los cantores de la sala no se darían cuenta de que era raro. Aquellos cantores siempre estaban encima de ellos, lo bastante cerca para escuchar lo que Echo decía a los suyos. Ella se había acostumbrado a tener un espacio de trabajo pulcro, que concedía a su gente la libertad suficiente para innovar pero también los tuviera cuidadosamente acorralados para que innovaran en la dirección adecuada. Todos aquellos guardias socavaban tal esfuerzo, y Echo veía con mucha frecuencia que sus eruditos levantaban la mirada y la fijaban en algún bruto armado que estaba cerca. Por lo menos, la mayoría eran soldados normales. A los eruditos solo se había acercado otra Fusionada aparte de Rabeniel, y no era de aquellos tan perturbadores que podían fundirse con la roca. No, aquella era una Fusionada del mismo tipo que Rabeniel, alta, con coleta en la coronilla y una cara larga jaspeada en blanco y rojo. La mujeren estaba sentada en el suelo, observándolos con ojos vidriosos. Echo estuvo observando a aquella Fusionada con disimulo durante el trabajo matutino. Le habían dicho que muchos Fusionados eran inestables, y aquella parecía encajar con la descripción. Muchas veces se quedaba mirando a la nada y luego se reía para sus adentros. O dejaba caer la cabeza a un lado y al otro. ¿Por qué la habría puesto allí Rabeniel a vigilarlos? ¿Era posible que hubiera tan pocos Fusionados cuerdos que no le quedara otra opción?
Echo se apoyó en la pared, con las palmas de las manos contra la piedra —donde había una veta de granate casi imperceptible a lo largo de una línea de los estratos— y fingió observar mientras varias mujeres jóvenes sacaban cajas de papeles al pasillo.
No hablaste conmigo anoche, dijo el Hermano.
—Me vigilaban —respondió Echo entre dientes—. No me dejaron quedarme en mis habitaciones y me llevaron a una más pequeña. Tendremos que hablar aquí. ¿Me oyes si hablo tan bajito como esto?
Sí.
—¿Puedes ver lo que está haciendo Rabeniel?
Ha hecho que unos trabajadores le pongan un escritorio cerca del escudo, donde está haciendo pruebas para ver si puede atravesarlo.
—¿Y puede?
No lo sé. Es la primera vez que se despliega. Pero no parece saber que eres tú quien lo ha activado. Ha explicado a varios otros que debió de disparar sin querer alguna protección desconocida que dejaron los antiguos Radiantes. Cree que yo debo de haber muerto después de tanto tiempo, ya que la torre no funciona.
—Qué curioso —dijo Echo—. ¿Por qué iba a creer eso?
Se lo dijo la Madre Medianoche, la Deshecha que me infectó durante tantos años, la que tus Radiantes ahuyentaron. Me oculté de ella durante todo ese tiempo, sin resistirme en ningún momento, así que cree que morí.
—¿Todo ese tiempo? —preguntó Echo—. ¿De cuánto tiempo hablamos?
Siglos.
—¿Y no fue difícil?
No. ¿Por qué? Los siglos no significan nada para mí. Yo no envejezco.
—Para otros spren el tiempo parece tener significado.
Los spren Radiantes, sí. A los spren Radiantes les gusta aparentar, fingirse hombres o mujeres, hómbrenes o mujérenes, cuando no son ninguna de las dos cosas. Piensan como los humanos porque quieren ser como los humanos. Yo no finjo. No pertenezco a la humanidad. No necesito preocuparme del tiempo. No necesito tener vuestra apariencia. No necesito suplicar vuestra atención.
Echo enarcó una ceja al oírlo, pensando que el Hermano sí que había tenido que suplicarle a ella su ayuda. Pero no dijo nada.
¿Cómo podía usar aquella ventaja? ¿Cuál era el camino a la libertad? A él le gustaba creer que podía ver patrones, que podía crear orden a partir del caos. Existía una forma de salir de aquel embrollo. Tenía que creer eso.
«Trátalo como cualquier otro problema —se dijo—. Afróntalo de manera sistemática, partiéndolo en pedazos manejables.»
La noche anterior se había decidido por algunas medidas generales. En primer lugar, debía conservar el terreno que ya había ganado. Eso significaba asegurarse de que el escudo del Hermano permaneciera alzado. En segundo lugar, debía comunicarse con Bellamy y los demás de fuera, avisarlos de lo que había ocurrido. En tercero, Echo tenía que descubrir qué había hecho el enemigo para anular los poderes Radiantes. Según el hermano, tenía que ver con corromper antiguas protecciones de la torre.
Echo tenía que desactivar aquello.
Y por último, tenía que volver ese poder contra los invasores. En caso de no lograrlo, debería valerse de los Radiantes despertados para organizar un contraataque. Allí de pie, atrapada en el sótano bajo vigilancia constante, se le antojaban unas tareas imposibles. Pero sus eruditos habían hecho volar un barco. Echo sería capaz de hacer aquellas cosas, con su ayuda. Echo contó a los guardias cantores que se paseaban por la sala, mirando por encima de los hombros de los eruditos que trabajaban. Uno paró a las chicas que sacaban notas al pasillo y revisó las cajas. Aquella Fusionada, la que no dejaba de mover la cabeza de un lado al otro mientras canturreaba a un ruidoso ritmo, estaba observando a Echo en esos momentos. Echo intentó no ponerse nerviosa por ello, giró la cabeza para ocultarle los labios y siguió hablando en voz muy baja.
—Supongamos que Rabeniel es lo bastante lista para descubrir cómo crearon ese escudo para ti los antiguos Radiantes —dijo—. ¿Cuál sería su mejor método para superarlo?
El Hermano no respondió y Echo empezó a preocuparse.
—¿Ha pasado algo? ¿Estás bien?
Estoy bien, dijo el Hermano. Pero tú no eres mi amiga, humana. Eres una esclavista. No confío en ti.
—Has confiado en mí hasta ahora.
Por necesidad. Ahora estoy a salvo.
—¿Y cuánto tiempo seguirás a salvo? ¿Estás diciendo que no hay forma de que Rabeniel supere el escudo?
El Hermano no respondió.
—Muy bien —dijo Echo—. Pero no puedo planear cómo ayudarte si no conozco tus debilidades. Estarás por tu cuenta, a merced de lo que Rabeniel decida hacer.
Odio a los humanos, terminó diciendo el Hermano al cabo de un tiempo. Los humanos retorcéis lo que se dice para acabar teniendo siempre la razón. ¿Cuánto tardaréis en exigirme que me vincule a un humano, que renuncie a mi libertad y arriesgue la vida? Seguro que tendréis unas explicaciones maravillosas de por qué es absolutamente vital que lo haga.
Esa vez fue Echo quien se quedó en silencio. El Hermano podía crear a otro Forjador de Vínculos y, teniendo en cuenta lo útiles que resultaban los poderes de Bellamy en la guerra, sería estúpido por parte de Echo no abalanzarse sobre esa oportunidad. Por tanto, era cierto que tendría que buscar la forma de hacer que el Hermano se vinculase de nuevo con un humano. Necesitaría encontrar a alguien que no fuese amenazador en absoluto. Alguien que no trabajara con fabriales, alguien que no fuera un político. Alguien que pudiera gustar al Hermano. De momento, Echo no presionó. Era evidente que el Hermano tenía sus extrañezas, pero la relación que habían mantenido hasta el momento era bastante humana, afirmara lo que afirmase. Y Echo esperaría de un humano que…
El escudo que creamos es algo de lo que Rabeniel podría haber oído hablar, dijo el Hermano por fin. En consecuencia, podría deducir cómo eludirlo.
—Dime más —pidió Echo.
El escudo es una extrapolación de la Potencia del Moldeado de Almas. Solidifica el aire en una región del espacio convenciéndolo de que es cristal. Para mantener el escudo, es necesario alimentar el sistema mediante fuentes externas de luz tormentosa. Rabeniel podría darse cuenta de ello, sobre todo si investiga los restos del nodo que empleaste para activar el escudo. Hay otros nodos como ese, con cristales conectados directamente a mi corazón. Existían cuatro. Tú destruiste uno. Si ella encuentra los otros tres, podría usarlos para corromperme desde el exterior.
—Así que tenemos que encontrarlos nosotros antes —dijo Echo—, y destruirlos.
No. ¡NO! Eso iría debilitando el escudo hasta destruirlo. Necesitamos defenderlos. Romper uno ya fue bastante malo. No creas que porque te diera permiso una vez, puedes seguir haciéndolo. Los humanos siempre rompéis cosas.
Echo respiró hondo. Tenía que ser muy cuidadosa con sus palabras.
—No romperé ninguno a menos que sea absolutamente necesario. Hablemos de otra cosa. ¿Cómo te ponías en contacto conmigo antes? ¿Puedes manejar una vinculacaña?
Las odio. Pero era necesario utilizar una.
—Sí, pero ¿cómo? ¿Tienes manos en alguna parte?
Solo ayudantes. Hay una mujer demente, encerrada en un monasterio, con la que establecí contacto. Quienes están aislados, quienes poseen almas permeables, a veces responden mejor a los spren. Esta, sin embargo, se limitaba a escribir todo lo que yo decía, sin responderme nunca. Hice que Macallan le llevara una vinculacaña y me comuniqué por medio de ella.
Vaya. No parecía demasiado útil, por lo menos mientras las vinculacañas no funcionaran.
—¿Cómo es que el enemigo dejó inconscientes a los Radiantes? —preguntó Echo.
Es un aspecto de Ur, la Torre, respondió el Hermano. Una defensa establecida para impedir que los Fusionados, y los Deshechos, dependiendo de las circunstancias, entren en ella.
—Encontré un fabrial diseñado para hacer eso mismo, y creo que debieron de inspirarse en una parte de la columna de cristal. No te lo tomes a mal, pero ¿no se te ocurrió activar esa defensa cuando atacaron?
El Hermano guardó silencio un tiempo, y Echo se preguntó si había ido demasiado lejos. Por suerte volvió a hablar, con suavidad.
Me… hirieron. Hace miles de años sucedió algo que cambió a los cantores. También me hizo daño a mí.
Echo disimuló su conmoción.
—¿Te refieres al vínculo de aquella Deshecha, a lo que hizo que los cantores perdieran sus formas?
Sí. Aquel acto terrible tocó las almas de todos quienes pertenecían a Roshar. También de los spren.
—¿Cómo es que ningún spren lo ha mencionado?
No lo sé. Pero ese día perdí el ritmo de mi luz. La torre dejó de funcionar. Mi padre, Honor, debería haber podido ayudarme, pero estaba perdiendo la mente. Y pronto murió…
Echo captó tanta tristeza en la voz del Hermano que no intentó sonsacarle más respuestas. Aquello lo cambiaba todo.
Cuando esa Fusionada me tocó, siguió diciendo el Hermano, corrompió una parte de mí al tono de Odium. En otros tiempos no habría sido posible, pero ahora lo es. Llena mi organismo con la luz de Odium, dañándome. Corrompiéndome.
—Entonces… —dijo Echo—, si encontráramos la forma de destruir la luz del vacío que tienes en tu interior, o de recuperar de algún modo el ritmo que perdiste, ¿podrías reactivar la torre para defendernos?
Supongo que sí. Pero no parece posible. Siento… que estamos condenados.
Aquel cambio de humor también parecía familiar, humano. De hecho, Echo sentía un poco lo mismo. Apoyó la cabeza contra la pared y cerró los ojos.
«Divídelo en partes pequeñas —se recordó—. Protege al Hermano el tiempo suficiente para resolver los otros problemas. Esa es tu primera tarea.»
No se rellenaba un mapa todo de golpe. Se hacía una línea tras otra. Esa era el alma del descubrimiento.
Pero…, dijo el Hermano.
—¿Pero? —Echo abrió los ojos—. ¿Pero qué?
Pero tal vez no sea necesario reanimar a ningún Radiante. Hay dos en la torre que siguen despiertos.
Echo volvió a estar a punto de quebrar su fachada de calma.
¿Por qué no había mencionado aquello el Hermano de inmediato?
—¿Cómo puede ser?
Una tiene sentido para mí, dijo el Hermano. Está despierta porque fue creada de una forma extraña, para usar la luz de manera distinta a los demás. Mi madre la creó con ese propósito. Pero le he perdido la pista y no sé dónde está. Una joven. Danzante del Filo.
—Madi —dijo Echo. Era cierto que esa chica siempre había sido extraña—. ¿Ya no puedes verla?
No. Creo que una razón de que pueda ver partes de la torre tiene que ver con los Radiantes, que están Conectados conmigo. Capté atisbos de esa chica Danzante del Filo durante un tiempo, pero ayer desapareció. Estaba en una jaula, y sospecho que la rodearon de ralkalest. Pero hay otra. Una mujer. Debe de ser del Cuarto Ideal, pero no tiene armadura. Así que… ¿quizá del Tercero, pero cerca del Cuarto? Puede que sea algo relacionado con su cercanía a mi padre, y su cercanía a la Potencia de la Adhesión, lo que la mantiene consciente. Su poder es el de los vínculos. Esa mujer es Corredora del Viento, pero ya no lleva uniforme.
Raven.
—¿Puedes contactar con ella?
El primer objetivo de Raven era la luz tormentosa. Por suerte, sabía exactamente dónde encontrar esferas infusas. Los trabajadores solían instalar lámparas de gemas en los pasillos más concurridos, apartando la oscuridad y volviendo el interior más acogedor y cómodo. Había uno de esos proyectos en marcha en la quinta planta, lo bastante lejos de la clínica de su familia como para que Raven no considerara demasiado peligroso probar a acercarse. Empezó acostumbrándose a moverse por los pasillos oscurecidos cerca de su escondrijo en el décimo piso. Junto con Syl, trazó un mapa mental de la zona y luego empezó a avanzar despacio hacia el perímetro. Raven se sintió como si estuviera saliendo de la jaula de un esclavista cuando vio aquel primer destello de luz solar en la lejanía, y tuvo que contenerse para no salir corriendo sin más hacia él. Lenta, constante, cautelosa. Dejó que Syl explorase por delante. La spren llegó a hurtadillas a la terraza y miró hacia fuera. Raven se quedó agachada en la oscuridad, esperando, observando, escuchando. Al cabo de un rato Syl regresó e hizo una pirueta en el aire, la señal de que no había visto nada sospechoso. Raven salió a la luz. Trató de memorizar los estratos de aquel pasillo, el más exterior, y luego echó una mirada atrás hacia las entrañas del décimo piso. El pasillo era en esencia una ruta recta hasta su escondrijo. Su estúpido cerebro imaginó que olvidaba el camino y dejaba morir a Marcus allí, consumiéndose, quizá despertando al final. Sola, atrapada, aterrorizada…
Raven sacudió la cabeza y avanzó con cautela hasta la terraza, desde la que podía observar el exterior de la torre. No habían visto ni un solo guardia en su camino hasta allí. Al echar un vistazo fuera, tampoco vio a ningún Celestial volando. ¿Qué estaba pasando? ¿Se habían retirado por algún motivo?
No. Raven aún sentía el opresivo embotamiento, que indicaba que lo que fuese que habían hecho para suprimir a los Radiantes sería activo. Raven se asomó un poco más. En las plataformas vio figuras con uniformes azules vigilando las Puertas Juradas en sus puestos habituales. Noto una punzada de alivio, incluso de incredulidad. ¿Habría sido todo aquello alguna terrible pesadilla?
—¡Raven! —susurró Syl—. Viene alguien.
Las dos apretaron las espaldas contra una pared cercana mientras pasaba un grupo por el pasillo. Hablaban con ritmos, en azishiano. Guardias cantores: Raven entrevió que llevaban lanzas. Estuvo a punto de saltar sobre ellos, pero se contuvo. Habría una forma más fácil y menos escandalosa de conseguir un arma adecuada. Era evidente que el enemigo seguía al mando. Al pensar en ello, cayó en la cuenta de lo que estaba pasando.
—Intentan que desde fuera de la torre parezca que no ocurre nada —susurró a Syl después de que pasara la patrulla—. Saben que Bellamy enviará a Corredores del Viento a observar la torre cuando fallen las comunicaciones, así que el enemigo pretende fingir que la fortaleza no está conquistada. Esos de ahí son o bien ilusiones de los Fusionados, o bien simpatizantes humanos, quizá los restos del ejército de Amaram con uniformes robados.
—Y los Corredores del Viento no podrán acercarse lo suficiente para descubrir la verdad sin que fallen sus poderes —dijo Syl.
Avanzaron los dos hasta una escalera cercana. No parecía estar vigilada, pero Raven envió a Syl por delante para comprobarlo de todas formas. Luego empezaron a descender y encontraron el noveno, el octavo y el séptimo piso relativamente desprotegidos. Allí arriba había demasiado espacio para vigilarlo todo. Aunque encontraron otra patrulla en el perímetro de la torre, pudieron llegar a la sexta planta sin incidentes. Pero allí, al intentar descender al quinto piso, más poblado, encontraron guardias al pie de las cinco primeras escaleras que intentaron. Tuvieron que ir hacia el interior y buscar una escalera pequeña y apartada que Syl recordaba. Llegar a ella significaba internarse de nuevo en la oscuridad. Para Raven la luz del sol era tan vital como la comida o el agua. Abandonarla era una agonía, pero lo hizo. Y como había esperado, esa escalera más pequeña estaba desprotegida. Llegaron a la quinta planta en una silenciosa oscuridad. Al parecer, la mayoría de la población humana de la torre seguía recluida en sus aposentos. El enemigo aún intentaba determinar cómo iba a gobernar la torre, lo que debería conceder a Raven una oportunidad. Con eso en mente, envió a Syl a cumplir una tarea. Syl salió volando hacia las terrazas, dejándolo a ella agachada en la escalera, armada con su bisturí. Raven se estremeció y deseó tener un abrigo o una casaca. Hacía más frío que nunca en la torre. Lo que el enemigo hubiera hecho para detener a los Radiantes había interferido también con las demás funciones de la torre. Eso hizo que Raven se preocupara por la gente.
Syl regresó al cabo de un tiempo.
—Tu familia está encerrada en casa, igual que todos los demás —dijo en voz baja—. Pero en su puerta hay guardias apostados. No me he atrevido a intentar hablar con tus padres, pero los he visto juntos al mirar por la ventana. Parecen ilesos, aunque asustados.
Raven asintió. Supuso que era lo más que podía haber esperado. Con un poco de suerte, su padre se habría librado de los problemas hablando, como había dicho que haría. Raven y Syl avanzaron hacia el interior con cautela, hasta el lugar donde estaban instalando las lámparas. Allí los trabajadores habían dejado lámparas amontonadas, además de herramientas para taladrar la roca y colocar sus monturas. No había gemas entre los montones de material, y las lámparas de aquel pasillo concreto estaban vacías. Pero en el siguiente, las lámparas tenían amatistas, gemas de tamaño medio para iluminar, un poco más grandes que un broam. Eso era mucha luz tormentosa, si Raven conseguía extraerlas.
—¿Qué opinas? —preguntó Raven a Syl—. ¿Cojo una palanca, las saco a lo bestia y deprisa y luego corremos?
—Creo que harías mucho ruido —dijo ella, posándose en una lámpara.
—Podría robar la luz tormentosa e infundir las esferas que llevo encima. Pero preferiría llevarme algunas gemas de estas. Necesito ampliar la reserva.
—Podríamos buscar a la lamparera y quitarle las llaves —dijo Syl.
—La que está asignada a esta planta es una ojos claros que vive en algún lugar del segundo piso, creo. Nyko intentó invitarla a cenar una vez.
—Claro, cómo no —dijo Syl—. Pero… pensándolo mejor, creo que intentar encontrarla sería difícil y peligroso.
—Estoy de acuerdo.
Syl se puso de pie encima de la brillante lámpara y luego revoloteó hacia el lado, se convirtió en una cinta de luz y se coló por el pequeño agujero de la cerradura. Aunque no podía atravesar objetos sólidos, escurrirse a través de una grieta o un agujero solía bastarle. Dio vueltas por el interior de la lámpara. Eran unos aparatos de hierro, robustos, construidos para resistir los intentos de robo. Las caras laterales eran de cristal, pero estaban reforzadas con una malla metálica. La llave abría una de las caras y permitía acceder al interior. Una vez hecho eso, desde dentro se podía quitar el pestillo de las otras caras de la lámpara y abrirlas también. Syl voló hasta uno de esos pestillos y recobró su forma de persona. En teoría, si no se tenía la llave, era posible romper el cristal y usar un alambre para mover uno de los pestillos internos y abrir esa cara. Pero las lámparas estaban diseñadas para dificultar tales intentos, con cristales gruesos y aquel entramado de hierro por detrás. Syl probó a empujar el pestillo, pero pesaba demasiado para ella. Puso los brazos en jarras y lo miró furibunda.
—Prueba un enlace —dijo Syl levantando la voz, que resonó contra el cristal y llegó más fuerte de lo que podría haber sugerido su diminuta forma.
—Los enlaces no funcionan —respondió Raven en voz baja, manteniendo un ojo echado pasillo abajo por si llegaba alguna patrulla.
—Los que no funcionan son los enlaces gravitacionales —dijo Syl—, pero los otros sí, ¿verdad?
Los Corredores del Viento disponían de tres variedades de enlaces. El que más utilizaba Raven era el enlace gravitacional, mediante el que se infundía un objeto o a una persona y se cambiaba la dirección desde la que la gravedad tiraba de ellos. Pero había otros dos. Raven ya había probado a hacer un enlace completo cuando estaba llevando a Marcus a la clínica durante la invasión. Ese enlace permitía infundir un objeto con luz tormentosa y ordenarle que se adhiriera a cualquier cosa que tocara. Durante sus primeros días como mujer del puente, Raven lo había empleado para pegar piedras a la pared de un abismo. El último enlace era el más extraño y arcano de los tres. El enlace inverso provocaba que algo atrajera otros objetos. Era como un híbrido de los otros dos enlaces. Se infundía una superficie y se le ordenaba que tirara de objetos específicos. Esos objetos se veían atraídos hacia ella. Era como… como si el objeto infundido se convirtiese en la fuente de la gravedad. En su época de mujer del puente, Raven había utilizado ese enlace sin darse cuenta para atraer las flechas que volaban por el aire hacia su puente, desviándolas para que no acertaran a sus amigos.
—Lo que llamáis «enlaces» —dijo Syl— son en realidad dos Potencias actuando juntas. Gravitación y Adhesión, combinadas de distintas formas. Sabemos que los enlaces de Gravitación no funcionan y los de Adhesión sí. ¿Qué pasa con el enlace inverso?
—No lo he intentado —reconoció Raven.
Fue a un lado y absorbió la luz tormentosa de otra lámpara. Sintió la energía, el poder en sus venas, algo que había estado anhelando. Sonrió y dio un paso atrás, iluminada de poder.
—Prueba a hacer que el cristal atraiga al pestillo —dijo Syl, señalando—. Si consigues que el pestillo se mueva hacia ti, saldrá y se abrirá.
Raven tocó el lado del armazón de la lámpara. Había practicado los enlaces durante el último año. Wallace había supervisado el entrenamiento, obligando a Raven a experimentar, como de costumbre. Habían descubierto que el enlace inverso requería una orden, o por lo menos una visualización de lo que se pretendía. Mientras infundía el cristal, Raven trató de imaginar la luz tormentosa atrayendo cosas.
No, cosas no. El pestillo en concreto.
La luz tormentosa se resistió. Al igual que con el enlace básico gravitacional, Raven sentía el poder, pero había algo que lo bloqueaba. Sin embargo, ese bloqueo era más débil. Se concentró, apretó más fuerte y, como si se abriera una compuerta, la luz tormentosa emergió de ella de repente. Un enlace inverso no brillaba tanto como debería por la luz tormentosa aplicada. Estaba como invertido, en cierto modo. Pero los actos de Raven provocaron un leve chasquido. El poder había atraído el pestillo, que el tirón de aquella fuerza invisible había sacado de sus abrazaderas. Ansioso, Raven sacó el frontal de la lámpara, cogió la gema y se la guardó en el bolsillo.
Syl salió volando.
—Tenemos que practicar más este enlace, Raven. No lo usas con tanta naturalidad como los otros dos.
Raven asintió, pensativa, y recuperó la luz tormentosa que había empujado al interior del armazón. Las dos siguieron avanzando furtivas pasillo abajo, sumiéndolo más y más en la penumbra con cada gema que robaban.
—Los enlaces inversos cuestan un esfuerzo —dijo Raven a Syl en voz baja—. Pero hacen que me pregunte si podría ingeniármelas para hacer funcionar los enlaces básicos gravitacionales.
Se había acostumbrado a depender de ellos en combate, de la capacidad de saltar al aire por enviar a su adversario volando. Incluso de la simple ventaja de volverse más ligera y fluir con más facilidad por la batalla. Acabó con la última lámpara, satisfecha de haberse llenado el bolsillo de luz tormentosa. Tenía lo que habría sido una fortuna en Piedralar, aunque ya estaba habituándose a llevar esas cantidades encima. Después de guardar aquellas gemas en un sentido oscuro para que no le brillara el bolsillo, las dos pasaron a su siguiente tarea: provisiones. En esa ocasión se mantuvieron en la parte interna de la torre, desde donde podrían verlo si llegaba una patrulla por la luz que llevarían. Raven guio a Syl hacia abajo por una escalera, ya que tenía una idea bastante aproximada de dónde podría conseguir comida y agua. Como había esperado, el monasterio que había en el centro de la tercera planta no era prioritario y no estaba vigilado. De camino encontró a un par de cantores en una garita de guardia, pero pudo escabullirse por un pasillo lateral y encontrar una puerta sin ninguna vigilancia. Raven y Syl entraron y avanzaron cautelosas por un pasillo con celdas a ambos lados. Aún pensaba en ellas como tales, aunque los fervorosos insistieran en que aquello no era una cárcel. Por supuesto, las habitaciones en las que se alojaban los propios fervorosos estaban bien iluminadas, bien amuebladas y eran de lo más acogedoras. Raven encontró una de aquellas por la luz que salía de debajo de la puerta, observó el glifo pintado en la madera y pasó al interior. Sobresaltó al fervoroso que había dentro, el mismo hombre al que había conocido en su anterior visita a aquel lugar. Kuno, había sabido Raven que se llamaba. El fervoroso había estado leyendo, pero intentó en vano ponerse los anteojos mientras Raven cruzaba la habitación a toda prisa, conminándolo al silencio con gestos.
—¿Hay más guardias? —susurró Raven—. He visto a dos en la entrada principal.
—Eh… no, brillante señora —dijo Kuno, los anteojos colgando sueltos de sus dedos—. Esto… ¿Cómo puede ser? ¿Cómo es que estás aquí?
—Por la gracia de dios o por pura suerte, aún no lo tengo decidido. Necesito víveres. Raciones, jarras de agua. Material médico si lo tenéis.
El hombre tartamudeó algo y luego se inclinó hacia ella, entornando los ojos hacia Raven sin hacer caso a los anteojos que tenía en la mano.
—Por el Todopoderoso, de verdad eres tú. Bendita por la Tormenta…
—¿Tienes las cosas que necesito?
—Sí, sí —dijo Kuno.
Se levantó, se pasó la mano por la cabeza afeitada y los llevó fuera de la alcoba.
—Tenías razón —dijo Syl desde el hombro de Raven mientras seguían al fervoroso—. Seguro que tienen tropas en todas las garitas de guardia, clínicas y barracones. Pero un manicomio apartado…
Kuno los llevó a un pequeño almacén. En su interior Raven pudo encontrar casi todo lo que necesitaba. Una camisa de hospital y una bacinilla para Marcus. Varias otras prendas. Esponja y jofaina, e incluso una jeringa grande para alimentar a una persona inconsciente. Raven guardó todo aquello en un saco y metió también vendas, corteza de profundo para el dolor y un poco de antiséptico. Añadió unas raciones secas, en su mayoría creadas por moldeado de almas, pero comestibles. Ató cuatro jarras llenas de agua a una cuerda que podía colgarse del cuello y entonces se fijó en un cubo con material de limpieza. Escogió cuatro cepillos con cerdas gruesas y recios palos de madera, usados para fregar suelos.
—¿Tienes que… lavar algún suelo, Radiante? —preguntó el fervoroso.
—No, pero ya no puedo volar, así que necesitaré estas cosas —dijo Raven, embutiéndolas en su saco—. No tendrás algo de caldo, ¿verdad?
—No a mano —respondió Kuno.
—Lástima. ¿Y armas?
—¿Armas? ¿Para qué las necesitas? Tienes tu hoja esquirlada.
—No funciona ahora mismo —repuso Raven.
—Pues aquí no tenemos armas, brillante señora —dijo Kuno, secándose la cara, que le chorreaba de sudor—. Tormentas. ¿Quieres decir… que vas a combatirlos?
—Resistir, por lo menos. —Raven se puso al cuello la cuerda con las jarras, se levantó con cierto esfuerzo y asentó el peso para que la cuerda no le raspara demasiado—. No digas a nadie que me has visto. No quiero que se te lleven para interrogarte. Necesitaré más provisiones.
—Pero… ¿vas a volver? ¿Harás esto… más veces? —El hombre se quitó los anteojos y se secó la cara otra vez.
Raven estiró el brazo y puso la mano en el hombro del fervoroso.
—Si perdemos la torre, perdemos la guerra. No estoy en condiciones de pelear, pero voy a hacerlo de todos modos. No necesito que tú empuñes una lanza, pero si pudieras conseguirme caldo y rellenar estas jarras cada par de días…
El hombre asintió.
—Muy bien. Eso puedo… puedo hacerlo.
—Así me gusta —dijo Raven—. E insisto en que no hables de esto. No queremos que a la gente se le meta en la cabeza que debería coger una lanza y ponerse a luchar contra Fusionados. Si hay alguna forma de salir de esto, tendrá que ver con que pueda avisar a Bellamy o despertar de algún modo a los demás Radiantes.
Absorbió un poco de luz tormentosa. La necesitaría para cargar con todo aquello, y ver el resplandor dio al fervoroso una evidente inyección de confianza.
—Vida antes que muerte —le dijo Raven.
—Vida antes que muerte, Radiante —repitió Kuno.
Raven recogió sus sacos del suelo y regresó hacia la oscuridad. Fue un trayecto lento, pero terminó llegando a la décima planta. Allí se orientó mientras Syl daba una vuelta para ver si recordaba el camino. Pero no tenían que haberse preocupado, porque apareció una pequeña chispa de luz en una veta de granate que había en el suelo. Siguieron la luz hasta la sala donde habían dejado a Marcus. La puerta se abrió sin necesidad de más luz tormentosa. Dentro, Raven dejó sus provisiones, comprobó el estado de su amigo y se puso a hacer inventario de las cosas que se había llevado. La luz del granate chispeó en el suelo a su lado y Raven rozó la veta de cristal con los dedos.
Al instante llegó una voz a su cabeza.
¿Alta mariscal? ¿Era verdad? ¿Estás despierta y en activo?
Raven dio un respingo. Era la voz de la reina.
¿Brillante Echo?, dijo la voz de Raven en la mente de Echo. Estoy despierta. Más o menos en activo. Mis poderes están… haciendo cosas raras. No sé por qué no estoy comatosa como los demás.
Echo dio una larga y profunda bocanada de aire. El Hermano había visto a Raven llegar a hurtadillas hasta la tercera planta y saquear un monasterio para obtener provisiones. Mientras regresaba, Echo había dado varias vueltas a la sala, hablando con sus eruditos y animándolos, para no despertar sospechas. Luego había vuelto a su puesto, apoyada en la pared, intentando parecer aburrida. Estaba todo menos eso. Tenía acceso a un Caballero Radiante, quizá a dos si el Hermano lograba localizar a Madi.
—Me alegro —susurró ella, y el Hermano transfirió sus palabras a Raven—. De momento, estoy colaborando a regañadientes con nuestros captores. Nos tienen a mí y a mis eruditos encerrados en la sala de estudio oriental del sótano, cerca de la columna de gemas.
¿Sabes lo que les pasa a los Radiantes?, preguntó Raven.
—Hasta cierto punto, sí —susurró Echo—. Los detalles son un poco técnicos, pero la torre tenía unas protecciones antiguas para defenderla de enemigos que usaran luz del vacío. Una erudita Fusionada las ha invertido, y ahora reprime a quienes usan la luz tormentosa. Pero no ha podido completar la corrupción de la torre. Ha sido por muy poco, pero le he impedido hacerlo erigiendo una barrera en torno a la columna. Por desgracia, esa misma barrera me impide deshacer lo que ha hecho ella allí.
Entonces… ¿qué hacemos?
—No lo sé —reconoció Echo. Seguro que Bellamy le habría dicho que aparentara fuerza, que fingiera que tenía un plan incluso no teniéndolo, pero Echo no era una general. Fingir nunca funcionaba con sus eruditos, que apreciaban la sinceridad—. Apenas he tenido tiempo de planificar y aún estoy agotada por lo de ayer.
Conozco esa sensación, dijo Raven.
—El enemigo ha hecho funcionar las Puertas Juradas, de algún modo —dijo Echo, mientras empezaba a formarse un plan en su mente—. Mi primer objetivo es seguir protegiendo al Hermano, el spren de la torre. El segundo es avisar a mi marido y los demás monarcas. Si supiéramos cómo hace funcionar las Puertas Juradas el enemigo, quizá podría activar mis vinculacañas y pedir ayuda.
Me parece un muy bien principio, brillante, dijo Raven. Me alegro de tener una dirección en la que avanzar. Entonces, ¿quieres que averigüe cómo están poniendo en marcha las Puertas Juradas?
—Exacto. Lo único que se me ocurre es que estén alimentándolas con luz del vacío, de alguna manera, pero ya intenté crear fabriales que utilicen luz del vacío y fracasé. Lo que sé a ciencia cierta, en cambio, es que el enemigo tiene vinculacañas operativas. No he podido verlas bien, pero si logras descubrir cómo están usando las Puertas Juradas, u otros fabriales, me daría algo con lo que empezar a trabajar.
Para hacerlo tendría que acercarme a las Puertas Juradas, dijo Raven. Y hacerlo sin que me vean.
—Sí. ¿Te ves capaz? Sé que has dicho que tus poderes no funcionan del todo.
Eh… Me las ingeniaré, brillante. Sospecho que el enemigo no activará ninguna Puerta Jurada hasta el anochecer. Creo que intentan aparentar que no pasa nada en la torre, por si Bellamy envía exploradores. Tienen a humanos con uniformes alezi patrullando fuera. De noche, hasta unos Corredores del Viento que solo intentaran mirar desde lejos serían visibles en la oscuridad. Sospecho que habrán deducido que es más seguro usar las Puertas Juradas entonces.
Curioso, muy curioso. ¿Cuánto tiempo supondría Rabeniel que era realista mantener ese subterfugio? Sin duda, Bellamy terminaría retirándose del campo de batalla de Azir y dedicando todos sus recursos a descubrir qué andaba mal en Urithiru. A menos que hubiera aspectos de la situación que Echo no estaba teniendo en cuenta.
Las implicaciones de eso la asustaron. Estaba ciega, encerrada en aquel sótano.
—Alta mariscal —dijo a Raven—, intentaré volver a ponerme en contacto contigo mañana a esta hora aproximada. Hasta entonces, ten presente esto: el enemigo intentará hallar la forma de anular el escudo que levanté. Hay tres nodos ocultos en la torre, gemas grandes infusas con luz tormentosa que están manteniendo la barrera, pero el Hermano no quiere decirme dónde están.
»Esos nodos son canales directos hacia el corazón de la torre y, por tanto, puntos de gran vulnerabilidad. Si encuentras alguno, infórmame. Te advierto que si el enemigo accede a ellos, podrá completar la corrupción de la torre.
Sí, señora. Esto… brillante.
—Tengo que dejarte. Madi está despierta también en algún lugar, así que merece la pena mantener un ojo abierto por si la ves. En todo caso, ve con cuidado, alta mariscal. Si la tarea se demuestra demasiado peligrosa, retírate. Ahora mismo somos demasiado pocos para correr riesgos insensatos.
Entendido.
Tras una breve pausa, Echo oyó la voz del Hermano.
Se ha puesto a seguir desempaquetando sus provisiones. Pero deberías tener cuidado al hablarle de fabriales. No olvides que considero lo que has hecho un delito muy grave.
—No lo he olvidado —dijo Echo—, pero supongo que no te opones a las Puertas Juradas.
No me opongo, respondió el Hermano, aunque sonaba reacio. Esos spren aceptaron sus transformaciones por voluntad propia.
—¿Sabes por qué funciona? ¿Cómo pueden alimentar las Puertas Juradas con luz del vacío?
No lo sé. Las Puertas Juradas no forman parte de mí. Ahora voy a dejarte. Que hablemos es sospechoso.
Echo no insistió. En vez de eso, hizo otro recorrido por sus eruditos. No estaba segura de confiar en lo que le había dicho el Hermano. ¿Los spren podían mentir? No recordaba habérselo preguntado nunca a ningún spren de los Radiantes. Un descuido estúpido.
En cualquier caso, por lo menos a través de Raven tenía una conexión con el resto de la torre. Una cuerda salvavidas. Era un paso adelante para encontrar la salida de aquel atolladero.
