50. REINA
En tal estado, el desapego es envidiable. He descubierto que mis mayores descubrimientos se producen cuando abandono toda conexión inferior.
De El Ritmo de la Guerra, subtexto de la página 3
Dos días después de derrotar a las traidoras tropas de Gustus, Bellamy estaba en la tienda de guerra ayudando a preparar la ofensiva general contra los cantores en Emul. A su espalda estaba Octavia disfrazada. Nadie la miraba dos veces y Bellamy solía apostar a miembros de la Guardia de Cobalto con él. Bellamy estudiaba la mesa de guerra con sus mapas y sus listas de cifras de tropas. Muchísimas piezas distintas que representaban el estado de sus combates en muchos frentes de batalla distintos. Cuando Bellamy era joven, aquellas abstracciones lo habían frustrado. Había querido estar presente en el campo de batalla, hoja esquirlada en mano, destrozando las líneas enemigas y volviendo obsoletos esos mapas. Luego había empezado a ver los ejércitos que había detrás de los cuadraditos en los papeles. Había empezado a comprender de verdad cómo los movimientos de tropas, los suministros, la logística, la táctica a gran escala, eran más importantes que ganar una batalla dada en persona. Y eso lo había emocionado. De algún modo, también había superado eso. La guerra y todas sus facetas ya no lo emocionaban. Era importante, y era algo que estaba dispuesto a hacer. Pero había descubierto un deber mayor.
«¿Cómo ganamos? Ganar de verdad, no solo obtener ventaja durante un tiempo.»
Bellamy daba vueltas a aquello mientras sus generales y escribas de alto rango presentaban sus conclusiones finales sobre la traición veden.
—Nuestras tropas en el sur de Alezkar recibieron con éxito el apoyo de la armada thayleña, como aconsejaste —dijo Teshav—. Los generales a lo largo de la costa pudieron replegarse a través de una serie de fortalezas, como indicaste. Se han reagrupado en Karanak, ciudad que controlamos. Dado que ninguno de nuestros batallones estaba rodeado por completo de tropas veden, apenas hemos sufrido pérdidas.
—Nuestra flota ha bloqueado a los barcos veden en sus puertos —dijo Kmakl, el anciano príncipe consorte thayleño—. No podrán escapar de nuestro bloqueo a menos que los Fusionados y los Rompedores del Cielo les proporcionen un apoyo aéreo considerable.
—Hemos destruido a casi todos los veden que nos traicionaron aquí —dijo Omal, un general azishiano de corta estatura que llevaba una banda de vivos colores cruzando la casaca de su uniforme—. Tu liderazgo en el campo de batalla ha sido excelente, Espina Negra, por no mencionar lo oportuno de tus avisos antes del combate. En vez de quemar nuestros depósitos de suministros y rescatar a su rey, han quedado casi eliminados.
Bellamy miró por encima de la mesa hacia el Visón, que sonreía con un mellado aire satisfecho.
—Lo has llevado todo muy bien, tío —le dijo Anya, analizando el mapa en la mesa de guerra—. Has evitado una catástrofe.
Noura terminó de conferenciar con el emperador azishiano, sentado en un trono cerca del lateral de la tienda de batalla, y se acercó a la mesa.
—Lamentamos la pérdida de un aliado tan importante como Gustus —afirmó—. Su traición se condenará y se perseguirá por parte de los azishianos durante generaciones. Dicho eso, nosotros también aprobamos cómo has manejado la situación. Hiciste bien en seguir sospechando de él todos estos meses, y nosotros fuimos unos imprudentes al pensar que sus tretas habían quedado en el pasado.
Bellamy se inclinó sobre la mesa iluminada con esferas. Aunque echaba de menos el enorme mapa ilusorio que podía crear junto con Lexa, había algo en lo tangible del mapa que tenía delante, en el papel marcado con los pensamientos de sus mejores generales, que le hablaba al alma. Mientras lo contemplaba, todo lo que contenía el mapa pareció desvanecerse de su vista. Algo seguía estando mal. Gustus había pasado muchos meses actuando con gran sutileza. ¿Y luego se dejaba capturar sin más?
«Sus ejércitos de Jah Keved no parecen muy preocupados por él —pensó Bellamy, leyendo los informes de batalla y las cifras que tenía a la vista como si fuesen explicaciones bisbiseadas a sus oídos—. Los altos príncipes veden se alegrarán de poder poner al mando a sus propios hombres. Y parece que son rápidos en alinearse con los cantores, igual que lo fueron los iriali.»
Kharbranth, gobernada por Savrahalidem, la hija de Gustus, había renegado de su antiguo líder y se había proclamado neutral en el conflicto, declarando que sus cirujanos estaban dispuestos a seguir atendiendo a cualquier bando que solicitara su ayuda. Bellamy haría que sus barcos bloquearan la ciudad de todos modos, pero no iba a desplegar infantería allí y librar una costosa batalla por un objetivo relativamente poco importante. Y era probable que lo supieran. El auténtico premio era el propio Gustus. Alguien a quien Bellamy ya tenía prisionero. Después de que el anciano rey maniobrara con tanto cuidado a lo largo de los años, ¿cómo había permitido que su imperio se derrumbara casi de un día para otro? ¿Por qué? ¿Por qué arriesgarse en ese momento?
—¿Qué noticias hay de Urithiru? —preguntó Bellamy.
—Los Corredores del Viento deberían regresar pronto con su último informe visual sobre la torre —dijo Teshav desde el poco iluminado perímetro de la mesa—. Pero la última carta que hemos recibido por vinculacaña de la brillante Echo indica que los nuestros se las van apañando allí.
Echo seguía enviando soldados a recorrer las laderas de las montañas para enviar mensajes. Cada uno que recibían les revelaba un poco más de información. Un grupo de eruditos de Gustus había activado un aparato como el que había encontrado la alta mariscal Raven. Al mismo tiempo, un derrumbamiento en los túneles de debajo de la torre, con toda probabilidad un sabotaje, imposibilitaba entrar y salir por esa vía. El aparato estaba escondido y Echo no había podido encontrarlo y desactivarlo. Temía que la búsqueda llevara semanas. Por desgracia, los exploradores de Bellamy habían confirmado la efectividad del dispositivo. Si se acercaban demasiado, no solo perdían sus poderes, sino que además caían inconscientes. Pero al menos de momento, parecía que todos estaban a salvo, aunque fuese una inconveniencia. Si Bellamy no hubiera anticipado la traición, las cosas podrían haber sido muy distintas. Podía imaginar una versión de los acontecimientos en la que la traición de Gustus llevaba la coalición al caos, permitiendo a los ejércitos cantores avanzar en masa y empujar a las tropas de Bellamy de vuelta hasta Azimir. Allí, sin los suministros ni el apoyo adecuados, podrían haberlas aplastado.
«Puede que sea eso —pensó—. Tal vez eso pretendiera Gustus y por eso arriesgó tanto.» Hasta el momento, el rey se había mantenido en silencio durante los interrogatorios. Quizá Bellamy pudiera hablar con él cara a cara y obtener más información.
Pero temía que todo aquello formara parte todavía de los planes de Gustus, de modo que se cuestionaba sus propias decisiones a cada paso.
—Monarcas —dijo Bellamy al grupo—, sugiero que prosigamos con la batalla por Emul hasta que dispongamos de más información sobre Urithiru.
—Estoy de acuerdo —respondió el emperador azishiano al instante.
—Solicitaré la aprobación de los gremios de Thaylenah y de la reina —dijo el príncipe Kmakl, revisando informes navales—. Pero de momento, no me incomoda permitir que los generales alezi sigan al mando. No obstante, brillante señor Bellamy, comprenderás que esta traición va a dificultar incluso más el objetivo de reconquistar tu tierra natal.
—Lo comprendo —dijo Bellamy—. Pero sigo pensando que lo mejor que podemos hacer para una futura recuperación de Alezkar es asegurar el oeste primero.
Cada una de esas palabras era como una puñalada al corazón. Significaban renunciar a Alezkar durante años. Quizá más. Con Jah Keved como base de despliegue, había podido albergar sueños de avanzar directos hacia Kholinar. Eso se había acabado.
«Tormentoso Gustus. La Condenación se te lleve.»
Tras los asentimientos de Kmakl y del azishiano, la única monarca que aún no había hablado era Anya. Estudiaba los mapas, con Sagaz detrás de su hombro como siempre.
—Supongo, tío —dijo ella—, que pondrás al Visón al frente de esta campaña, ¿verdad?
—Es una ofensiva demasiado grande para que pueda dirigirla un hombre solo —respondió Bellamy—, pero después de cómo llevó la batalla anteayer, creo que ha demostrado su valía. Uno de los motivos por los que me esforcé tanto en reclutarlo era tener su particular genio al timón de nuestra estrategia.
—Si esa es la voluntad de los monarcas —dijo el Visón—, así lo haré… pero recordad vuestras promesas. No dejaré que las rehuyáis. Cuando liberemos Alezkar, como terminaremos haciendo sin remedio, mi reino será el siguiente.
Anya asintió.
—Querría ver tus planes de batalla, general Dieno. Concedo mi aprobación inicial a nuestra ofensiva continuada hacia el interior de Emul, pero voy a querer detalles. Perder el acceso a las Puertas Juradas va a alterarlo todo.
Bellamy dio por concluida la reunión. La gente empezó a destapar esferas por todo el borde del pabellón de guerra, revelando lo inmenso que era en realidad. Debía ser lo bastante grande como para albergar a los séquitos de todos, de modo que la mesa de mapas pareció pequeña cuando los monarcas y representantes empezaron a regresar a sus secciones de la tienda. Kmakl fue con las escribas thayleñas, que estaban enviando el acta de la reunión a la reina Fen y los líderes gremiales por vinculacaña. Bellamy negó con la cabeza. Aprobaba la decisión de Fen de quedarse atrás y desearía que Anya también la hubiera tomado. Demasiados monarcas en un solo lugar lo ponían nervioso. También lo inquietaba que gran parte de los actos de la reina Fen estuvieran sujetos a los caprichos de un puñado de mercaderes y jefes de gremios. Si al final ganaban aquella guerra, buscaría la forma de ayudarla a arrebatar el control de su reino a aquellas anguilas. Las delegaciones azishiana y emuli empezaron a abandonar la tienda de guerra, dejando entrar un poco de aire fresco. Bellamy usó un pañuelo para quitarse el sudor de la nuca. Aquella región de Roshar no era tan húmeda como las que rodeaban a las islas Reshi, pero el clima veraniego de allí seguía siendo demasiado caluroso para su gusto. Casi tuvo ganas de ordenar a un Corredor del Viento que lo llevara volando a una altitud mayor para que le diera un poco de aire fresco que le aclarara las ideas. Se conformó con salir de la tienda y contemplar el campamento. Habían ocupado un pueblo pequeño llamado Laqqi, muy poco al interior de la frontera emuli, no muy lejos de Azimir. Eso lo situaba a unos tres días de marcha hacia el frente, donde sus tropas, a las que pronto reforzarían, resistían contra las fuerzas enemigas del sur. Laqqi, poco más que una aldea, estaba infestado de tropas que montaban puestos de suministro y tiendas de mando. Había trabajadores reforzando la cara este para resguardarse de las tormentas y Corredores del Viento surcando el aire. La posición del pueblo lo convertía en un centro de mando óptimo, lo bastante cerca del frente para llegar con una marcha corta pero lo bastante lejos para estar a salvo de un ataque por tierra. Bellamy se tomó un tiempo allí fuera después de ir a ver al pequeño Gav, que jugaba feliz con su niñera, para pensar en Evi.
Tormentas, qué orgulloso había estado cuando nació Clarke. ¿Cómo se había permitido perderse tanto de la infancia de su hija?
Dio vueltas a aquellos recuerdos en la cabeza. Al principio le había resultado novedoso ser capaz de recordar a Evi, pero cuanto más se asentaban esos recuerdos, más cómodos se le hacían, como su butaca de siempre junto al fuego. Mucho de cuanto recordaba sobre sí mismo lo avergonzaba, pero no volvería a perder esos recuerdos ni aunque tuviera la oportunidad. Los necesitaba. La necesitaba a ella. Disfrutó un rato del aire fresco, respirando hondo, antes de regresar a la tienda para beber algo. Octavia lo siguió con la mano en su enorme espada, cuya vaina plateada y cuyo puño negro estaban enmascarados por ilusiones. Octavia no decía nada, pero Bellamy sabía que consideraba bochornosa su derrota a manos de Nale. En opinión de Bellamy, lo que resaltaba dicha derrota más que nada era la pericia del Heraldo. ¿Por qué Nale participaría tan poco en las batallas? ¿Por qué solía limitarse a supervisar a sus Rompedores del Cielo desde lejos?
Anya se acercó a Bellamy mientras él se servía una copa de vino en la tienda, cerca de la barra. Anya sabía quién era Octavia en realidad, pero era demasiado buena política para dedicarle ni una sola mirada.
—Estás apartándote de la lucha, tío —señaló la reina en voz baja—. Esperaba que marcaras la estrategia en persona.
—He encontrado a alguien más capaz de hacer el trabajo.
—Perdona, tío, pero lo que deberías encontrar es una mentira mejor. Tú nunca sueltas algo que te interesa hacer a ti. Es uno de tus comportamientos más consistentes.
Bellamy se quedó quieto y echó un vistazo por la tienda. Anya no debería haberse encarado con él allí, donde podrían oírlos representantes de otros monarcas. Conociendo a Anya, aquello formaba parte de sus motivos para hacerlo. Con ella, toda charla era una pequeña competición, y siempre tenía en cuenta el terreno.
—He empezado a darme cuenta de una cosa —dijo en voz baja, mientras se la llevaba a un lado, más lejos de la barra. Octavia se quedó cerca de ellos, igual que Sagaz. Los demás les dejaron espacio—. Mis poderes como Forjador de Vínculos son más valiosos de lo que creíamos. Ya te he contado que durante la batalla toqué a Nalan y vi su pasado.
—Un logro que no has podido repetir ni con Luna ni con Wells.
—¡Exacto, porque no sé lo que estoy haciendo! —replicó Bellamy—. Soy un arma que no hemos terminado de investigar. Tengo que aprender a usar estos poderes, utilizarlos para algo más que renovar esferas y abrir la perpendicularidad.
—Siempre aprecio que alguien quiera aprender, tío —dijo Anya—, pero tú ya eres un arma poderosa. Eres una de nuestras mejores mentes militares.
—Debo convertirme en algo más —insistió Bellamy—. Me preocupa que esta guerra vaya a ser un tira y afloja interminable. Conquistamos Emul, pero perdemos Jah Keved. Avanzamos y retrocedemos, avanzamos y retrocedemos. ¿Cómo ganamos, Anya? ¿Cuál es nuestro objetivo final?
Ella asintió despacio.
—Tenemos que obligar a Odium a llegar a un acuerdo. ¿Crees que aprender sobre tus poderes puede ayudarte a conseguirlo?
Había pasado un año desde que Odium había aceptado un combate de campeones, pero desde entonces Bellamy no había vuelto a ver a la entidad. No había habido visitas, ni visiones. Ni siquiera un mensajero.
—Rayse, es decir, Odium, no es alguien a quien se pueda obligar a nada —intervino Sagaz por encima del hombro de Anya—. Puede que haya aceptado un desafío en teoría, Espina Negra, pero no llegó a establecer las condiciones. Y no lo hará mientras crea que está ganando esta guerra. Tenéis que asustarlo, convencerlo de que podría perder. Solo entonces seguirá adelante con un combate de campeones, y eso si las condiciones limitan sus pérdidas.
—Preferiría una victoria completa que algo que permita a Odium asegurar sus apuestas —dijo Bellamy.
—Ah, estupendo —replicó Sagaz, levantando la palma de la mano y haciendo el gesto de apuntar algo—. Permíteme tomar nota de que te gustaría ganar. Sí, qué necedad por mi parte no haberme dado cuenta, Espina Negra. Victoria total. Sobre un dios. Que en la actualidad domina tu tierra natal y acaba de obtener la lealtad de uno de los ejércitos más poderosos del planeta. ¿Quieres que también haga que Odium te cocine algo, como disculpa por todo este asunto del fin del mundo?
—Bastará con eso, Sagaz —dijo Bellamy con un suspiro.
—Lo de la cocina es una tradición real —añadió Sagaz—. Una vez visité un lugar donde, si perdías una batalla, tu madre tenía que cocinar algo sabroso al otro tipo. Me cayó bien esa gente.
—Lástima que no te quedaras más tiempo con ellos —dijo Bellamy.
—¡Ja! Bueno, tampoco me pareció muy buena idea seguir allí. Al fin y al cabo, eran caníbales.
Bellamy negó con la cabeza y se concentró de nuevo en su problema.
—Según Sagaz, tenemos que convencer a Odium de que somos una amenaza. Pero yo creo que el enemigo está manipulándonos. Toda esta jugada con Gustus me pone nervioso. Estamos enfrentándonos a un dios, pero no usamos todas las herramientas de que disponemos. —Levantó la palma de la mano—. Con esto puedo tocar su mundo, el Reino Espiritual. Y cuando estaba luchando contra Nalan, sentí algo, vi algo. ¿Y si pudiera volver a forjar el Juramento? Si los Fusionados dejaran de renacer, ¿eso no nos daría al menos una ventaja sobre Odium? ¿No lo obligaría a negociar en nuestros términos?
Anya cruzó los brazos, pensativa. Pero Sagaz se adelantó para hablar.
—¿Sabéis? —susurró—. Creo que podría tener razón. Me da vergüenza reconocerlo, pero el Espina Negra ha visto más lejos que nosotros, Anya. Es más valioso como Forjador de Vínculos que como general, e incluso que como rey.
—Tu argumento es válido, tío —admitió Anya—. Es solo que me preocupo. Si tus poderes son tan increíbles, suena peligroso experimentar con ellos. Mis primeros escarceos con el moldeado de almas pudieron haber sido letales en ocasiones. ¿Qué accidentes podrían provocar tus capacidades superiores en una situación similar?
Era una inquietud razonable, que los dejó a todos callados, solemnes, cogiendo copas de vino y bebiendo en pensativo silencio. El príncipe Kmakl pasó por delante de ellos hacia la salida de la tienda, escuchando mientras una escriba le leía el borrador de una carta a los señores mercaderes de Ciudad Thaylen.
—Otro tema, tío —dijo Anya cuando se hubieron marchado—. Últimamente veo que entornas los ojos cuando miras al príncipe Kmakl. Creía que Fen y su marido te caían bien.
—Y así es —respondió él—. Lo que no me gusta es la cantidad de burocracia que tiene que superar Fen antes de poder hacer nada. Y los azishianos son peores todavía. ¿Por qué llamas «emperador» a tu gobernante si luego necesita la aprobación de una decena de funcionarios distintos para hacer su trabajo?
—Uno es una monarquía constitucional y el otro una república ilustrada —dijo Anya, en tono divertido—. ¿Qué esperabas?
—Que un rey sea rey —masculló él, y se terminó el vino de un trago.
—Ambos gobiernos se remontan a varios siglos —dijo Anya—. Han tenido generaciones enteras para refinar sus procesos. Haríamos bien en aprender de ellos. —Lo miró, pensativa—. Creo que los tiempos del poder absoluto en manos de una sola persona acabarán pronto. No me sorprendería ser la última verdadera monarca alezi.
—¿Qué diría tu padre si te oyera hablar así?
—Sospecho que podría hacérselo entender —dijo ella—. Le interesaba mucho su legado. Construir algo que durara generaciones. Sus objetivos eran loables, pero sus métodos… En fin, nuestro reino ha sido difícil de mantener. Es fácil que un rey que gobierna a guantelete y espada vea que ese gobierno se le escapa al debilitarse. Ahora compáralo con el sistema azishiano, en el que un supremo mediocre es incapaz de echar a perder todo el gobierno él solo.
—Y uno bueno es incapaz de conseguir gran cosa —objetó Bellamy, pero levantó la mano para impedir que la discusión prosiguiera por ahí—. Entiendo lo que dices. Pero veo nobleza en la forma tradicional de gobernar.
—Habiendo leído historia, creo que la nobleza que imaginas se crea en los relatos sobre los habitantes de la antigüedad, pero rara vez la poseían dichos habitantes. Esos reyes tendían a llevar vidas breves y brutales. No importa. Cuando ganemos esta guerra, espero tener décadas para convencerte.
Que Becca lo asistiera. Bellamy se sirvió más vino naranja.
—Pensaré en lo que has dicho sobre tus poderes —prometió Anya—, y veré si puedo aconsejarte sobre cómo proceder. De momento, tío, confío en tu juicio al respecto de este asunto, y ayudaré a apoyar al Visón si tú vas a adoptar un papel menor en la planificación bélica. Tienes razón y he hecho mal en cuestionarte.
—Nunca se hace mal en cuestionar —dijo Bellamy—. Eso me lo enseñaste tú.
Le dio una palmadita cariñosa en el brazo y se marchó para devolver su atención a los mapas sobre los que el Visón estaba haciendo marcas en la mesa de guerra.
Sagaz acompañó a Bellamy y le sonrió.
—Estoy de acuerdo con ella —susurró—. Y en el tema de los monarcas, te diré que a mí me resultas un déspota adorable. Eres tan agradable que casi no encuentro horripilante estar viviendo entre una gente dispuesta a confiar a un hombre el poder casi absoluto sobre centenares de miles, sin pensar siquiera en establecer los controles y equilibrios adecuados sobre sus potenciales avaricia, envidia o ambición.
—¿De verdad hacía falta que vinieras con nosotros, Sagaz? —preguntó Bellamy—. Es…
Dejó de hablar y negó con la cabeza.
—¿Qué? —preguntó Sagaz.
—Da igual. Decir cualquier cosa te proporcionaría más piedras que arrojarme.
—Y se suponía que tú eras el tonto —dijo Sagaz, sonriendo—. Pero ¿cuándo me he burlado yo de ti?
—A todas horas, Sagaz. Te burlas de todo el mundo.
—¿Ah, sí? ¿De verdad lo hago? Mmmm… —Se dio unos golpecitos en la barbilla—. Tengo un empleo remunerado como Sagaz de la Reina, y ella espera que haga solo las mejores burlas en su nombre. Debo tener cuidado de no ir regalándolas por ahí. Quién va a comprar la vaca y todo eso.
Bellamy frunció el ceño.
—¿Qué es una vaca?
—Grande, jugosa, riquísima. Ojalá aún pudiera comerlas. No parecéis tenerlas por aquí, cosa que me sorprende, porque habría jurado que había alguna en el árbol genealógico de Sadeas. Su abuelo paterno, tal vez. Vigila a los altos príncipes. Es casi seguro que habrá espectáculo.
Se marchó a paso tranquilo para ocupar su puesto habitual cerca de Anya.
¿Vigilar a los altos príncipes? ¿Qué significaba eso? En su mayoría estaban volviéndose bastante útiles. Roan no dejaba de reforzar la confianza que Bellamy había puesto en él, y Bellamy lo había enviado a supervisar la retirada de Alezkar. Wick había pasado por el aro y Bellamy lo tenía protegiendo la cadena de suministros desde Azimir. Bethab estaba demostrando su utilidad como embajador en Ciudad Thaylen… o mejor dicho, su esposa era la útil, pero ambos estaban ayudando. Jordan había muerto con honores y habían escogido con cuidado a su heredero para que no complicara las cosas. Hasta Sebarial, nada menos, se había vuelto relevante en los últimos tiempos. Había un alto príncipe con Bellamy en Emul, Miles. Bellamy se fijó en el hombre corpulento y barbudo. Era el peor de los que quedaban, porque se las daba de soldado pero no había llevado un uniforme como era debido en la vida. Ese día estaba pululando por el extremo de la barra, donde los vinos fuertes. Por lo menos había aprendido a dejar de contradecir a Bellamy delante de los demás monarcas. Bellamy miró con ojos entornados a Anya, que estaba dejándose ver repasando los planes de batalla con el Visón. «Es puro espectáculo», pensó, fijándose en cómo se preocupaba de mencionar en voz alta detalles de los mapas y sugerir disposiciones de tropas. No hacía mal trabajo, pero no era ninguna general.
El Visón escuchaba sus sugerencias, pero lo más probable era que no pusiera en práctica muchas de ellas. Parecía encontrarla fascinante. Bueno, Anya era una gema excepcional, eso desde luego. ¿Su espectáculo era para el Visón? No… Aquello tenía que ver con Miles, ¿verdad?
Sus meditaciones se interrumpieron cuando entró en la tienda alguien con uniforme azul. Lyn, la Corredora del Viento, llevaba el pelo recogido en una trenza, aunque se le habían escapado mechones durante el vuelo. Había encabezado la última misión de exploración a Urithiru. Bellamy le hizo una seña para que se acercara y reparó en que, en la mesa del mapa, Anya callaba y se volvía para escuchar el informe de Lyn.
—Hemos encontrado al soldado que envió la reina —explicó la Corredora del Viento después de hacer el saludo militar—. Yo misma he intentado cruzar la barrera invisible y acercarme a la torre. He caído a la nieve como si me hubieran atizado un puñetazo en la mandíbula. El soldado ha tenido que arrastrarme de vuelta con los demás.
—¿Has visto a mi esposa?
—No, señor —respondió Lyn—. Pero ese recorrido a pie… parece atroz. Los Radiantes no pueden acercarse a menos de cien metros de la torre, así que ese soldado tiene que ir y volver por las montañas durante horas para llegar hasta donde puede enviar mensajes.
Bellamy se rascó la barbilla, pensativo. Los mensajes de Echo parecían legítimos, y aconsejaba paciencia. Pero los códigos de identificación no eran infalibles, y había algo en aquello que no encajaba.
—¿Qué habéis podido ver desde esa distancia? ¿Algo?
—Hemos tenido que usar catalejos —dijo Lyn—. No había tanta gente fuera como de costumbre, pero hemos visto a algunos Corredores del Viento encima de la torre, y me ha parecido distinguir a Marcus y a Isom el Tejedor de Luz. Sostenían en alto un gran letrero, con los glifos que creemos que significan «paciencia» y «progreso».
Bellamy asintió.
—Gracias, Radiante. Ve a hacer un informe completo y detallado a la brillante Teshav, y luego a comer algo.
—Gracias, señor —dijo ella, y echó a andar hacia la salida.
Pero algo seguía preocupando a Bellamy. El peso no se había levantado del todo.
—¿Lyn? —llamó.
—¿Señor?
—El enemigo tiene Tejedores de Luz. O por lo menos, algo parecido.
—Sí, señor —dijo ella—. Pero el único informe confirmado que tenemos sobre ellos es de aquella incursión en la cámara acorazada de Ciudad Thaylen hace un año.
Bellamy se resistió a lanzar una mirada a Octavia, tan callada, tan fácil de olvidar siempre cerca de él, con la cara de una mujer alezi.
—Pide al jefe de compañía Wallace que envíe otro equipo de exploradores cuando caiga la noche —dijo Bellamy—. Yo infundiré las gemas para otro trayecto. Que ese equipo observe la torre desde lejos, escondido, y luego informe de cualquier cosa sospechosa que vea.
—Bien pensado, señor —dijo Lyn, e hizo una inclinación antes de marcharse.
Anya asintió con la cabeza a Bellamy y volvió a su exagerada conversación sobre los mapas. Sí, estaba interpretando un papel. Bellamy miró con disimulo a Miles, cuya cara estaba poniéndose cada vez más roja. Quizá había tomado unas copas de más mientras esperaba a que los monarcas terminaran de debatir, pero en todo caso era obvio que no le gustaba nada la forma descarada en que Anya estaba entrometiéndose en la estrategia bélica. Era un arte masculino y a Miles le habían prohibido participar en la planificación ese día. Viéndolo, era difícil no estar de acuerdo con lo que Anya había dicho sobre Alezkar. La grandiosa unificación del reino por parte de Gavilar no había sobrevivido al monarca ni diez años antes de, a grandes rasgos, desmoronarse en una guerra civil. Las rencillas entre los alezi habían terminado beneficiando a hombres como Miles. Aduladores, beligerantes, agresivos. Los últimos representantes de la vieja Alezkar. Anya estaba poniéndose a sí misma como cebo. Y Miles picó.
A lo grande.
—¿Acaso soy el único que lo ve? —preguntó Miles a sus asistentes, un poco demasiado alto—. No me opuse cuando la hicieron reina. Otras naciones tienen reinas. Pero ¿alguna de ellas está en este pabellón interrogando a un general?
Una de sus acompañantes intentó tranquilizarlo, pero él se la quitó de encima y gritó:
—¡Es una deshonra! ¿Bellamy escribiendo? Ya puestos, que se vista con una havah y empiece a pintar. Nos merecemos el juicio del Todopoderoso, después de dar el trono a una impía y una pu…
Se detuvo justo a tiempo, quizá al darse cuenta de que la tienda había quedado en silencio. Bellamy dio un paso adelante para reprender al hombre. Ya no quedaba más remedio que…
—Sagaz —dijo Anya con voz fría.
Sagaz se adelantó con las manos extendidas a los lados, como si saliera al escenario ante una multitud entregada.
—Veo que envidias a quienes son más diestros que tú en las artes masculinas, Miles —dijo Sagaz—. Coincido en que necesitas lecciones sobre cómo ser un hombre… pero los presentes en esta tienda te enseñarían conceptos demasiado avanzados. Deja que haga venir a un eunuco para instruirte y, cuando hayas alcanzado su nivel, volveremos a hablar.
—Más duro —dijo Anya.
—Hablas de honor, Miles, pero nunca lo has conocido —dijo Sagaz, levantando la voz—. Y nunca lo encontrarás. Verás, he escondido tu honor en un lugar donde jamás podrías hallarlo: en los brazos de alguien que te quiera de verdad.
—Sagaz —dijo Anya—. Más duro.
—He estado hablando con tus hijos, Miles —dijo Sagaz—. No, esta parte no es broma. Relis, Ivanar. Sí, los conozco. Conozco muchas cosas. ¿Querrías explicar a la reina cómo se rompió el brazo Ivanar de verdad el mes pasado? Dime, ¿pegas a tus hijos porque eres un sádico o porque eres un cobarde y son los únicos que no se atreven a defenderse? ¿O…? Ay, qué tonto eres, Sagaz. Son las dos cosas, ¿verdad?
—¡Cómo te atreves! —rugió Miles, apartando de un empujón a la asistente que intentaba controlarlo. Emergieron furiaspren alrededor de sus pies, como charcos de sangre hirviendo—. ¡Exijo un juicio por espadas! Tú contra mí, estúpido bufón. ¡O yo contra tu campeón, si eres demasiado cobarde para enfrentarte a mí!
—Juicio por combate aceptado —dijo Sagaz jovial, quitándose el cinturón y sacando su espada envainada—. Cuando quieras.
—¡Bien! —exclamó Miles, y desenvainó su espada, haciendo que muchas mujeres y asistentes se dispersaran hacia los extremos de la enorme tienda.
—Esto es una idiotez —dijo Bellamy, interponiéndose entre ellos dos—. Miles, estás cayendo en su trampa. Matar al Sagaz de la Reina es punible con el exilio y la pérdida del título. Y lo sabes.
Miles gruñó cuando calaron las palabras de Bellamy.
—Además —prosiguió Bellamy con una mirada hacia atrás—, este hombre no es un Sagaz cualquiera. No estoy seguro de que pudieras matarlo.
—Me dices que perdería el título —masculló Miles—. ¿Qué título? ¿Qué tierras poseo? ¿Y el exilio? Ya vivimos en el exilio, Espina Negra. Quizá debería desafiarte a ti. ¿Perdiste tu reino y ahora esperas que yo pierda el tiempo en tierras extranjeras? ¿Protegiendo a quienes deberíamos haber conquistado? Y lo habríamos hecho, si tu sobrino hubiera sido la mitad de hombre que su padre.
—Miles —dijo Sagaz—, no tienes que luchar contra él. Ni contra mí. Acepto tu desafío, pero ejerzo mi derecho a escoger un campeón. No te arriesgarás a perder tus tierras por matar a un Sagaz.
—Excelente —respondió Miles—. Acepto. Deja de entrometerte, Espina Negra.
Bellamy se apartó a un lado de mala gana. Sentía un temor creciente, pero allí no estaba cometiéndose ninguna ilegalidad. Y dudaba que ningún acto suyo pudiera impedir que saltara aquella trampa.
—En fin —dijo Miles, haciendo una floritura con la espada—. Sagaz, ¿me llamas cobarde y luego te escabulles de un desafío? ¡Pues que así sea! ¿A quién quieres que mate, entonces?
—¿Majestad? —dijo Sagaz—. ¿Os importaría?
Inclinó su espada envainada a un lado, con la empuñadura por delante, y Anya pasó junto a él y desenfundó el arma, una hoja fina y plateada que Bellamy no creía haber visto jamás fuera de su vaina. El temor de Bellamy se intensificó cuando Anya entró en el alcance de Miles y apartó su espada con la que empuñaba ella. Miles se recuperó de la sorpresa y detuvo el siguiente ataque de Anya. La reina luchaba mejor de lo que Bellamy había esperado, pero su pose era inestable y extendía demasiado los ataques. Como mucho, era equivalente a una discípula prometedora. Contaba con dos ventajas claras, sin embargo. Era Radiante. Y Miles era idiota.
—Me niego —dijo Miles, tirando su espada a un lado—. No me enfrentaré a una mujer en combate. Es humillante.
Así que Anya le asestó una estocada en el cuello. Esa acometida fue mejor que la anterior, pero no fue la destreza de Anya lo que ganó el combate, sino que Miles subestimara lo lejos que estaba dispuesta a llegar. En efecto, los ojos de Miles se desorbitaron mientras los sorpresaspren se resquebrajaban a su alrededor como cristal amarillo. Trastabilló hacia atrás, chorreando sangre por su precioso jubón.
—¡Aden! —llamó Anya.
El hijo más joven de Bellamy entró corriendo en la tienda e hizo manifiesto hasta qué nivel había preparado aquello Anya. El estómago atenazado de Bellamy empezó a soltarse. Ya estaba preparándose para confinar el pabellón, enviar guardias a buscar a los parientes de Miles e instaurar la ley marcial. Aden se adelantó corriendo y usó sus poderes de Vigilante de la Verdad para sanar a Miles, cerrándole la herida del cuello antes de que se desangrara. Aun así, Bellamy miró a los ojos a Fisk, el actual capitán de la Guardia de Cobalto. Era un hombre sólido, portador de la hoja esquirlada Creacervo. Fisk asintió para indicar que comprendía e hizo señales disimuladas a sus soldados para que establecieran un perímetro en torno a la tienda y no dejaran entrar ni salir a nadie hasta que Bellamy estuviera dispuesto a permitir que corriera la voz sobre aquel incidente. Anya tendió la espada de Sagaz hacia el lado y él la cogió, haciendo chasquear la lengua.
—¿No le limpiamos antes la sangre, brillante? Supongo que es la primera muerte de esta espada. Bien sabe Adonalsium que yo nunca se la concedí. Aun así… —Limpió el arma con un pañuelo blanco y miró a Miles—. Te pasaré el recibo de un pañuelo nuevo.
Tanto Sagaz como Anya hicieron evidente caso omiso a las expresiones horrorizadas de los presentes en el pabellón. La notoria excepción era el Visón, que sonreía de oreja a oreja ante el espectáculo. Bellamy casi esperó que prorrumpiera en aplausos. Bellamy no se alegraba tanto. Aunque Anya no hubiera llegado hasta el final, había hecho una afirmación que no gustaba a Bellamy. Los duelos de pasión eran, si no comunes, por lo menos sí una parte aceptada de la cultura alezi. Él mismo había matado a más de un hombre en banquetes u otras reuniones. Sin embargo, recordaba a los días de barbarie cuando Alezkar estaba partida en principados. Una época que los alezi trataban de fingir que nunca había tenido lugar. En tiempos más recientes, se suponía que aquellas cosas debían hacerse de manera más civilizada, con desafíos formales y duelos en la arena unos días más tarde.
—Miles —dijo Anya, de pie sobre él—. Esta noche me has insultado tres veces. La primera, al sugerir que una reina no debería preocuparse por el bienestar de sus propios ejércitos. La segunda, al amenazar con atacar a mi Sagaz, un hombre que es una extensión de la voluntad real. Y la tercera, la peor de todas, al juzgarme incapaz de defenderme, a pesar de mi vocación como Caballera Radiante.
»Dado que has muerto esta noche y te he derrotado con justicia en combate, te declaro despojado de tu título. Pasará a tu hijo mayor, que ha tenido unas conversaciones bastante sinceras con Sagaz hace poco. Parece que será un alto príncipe mucho mejor que tú.
—¡El muy bastardo! —graznó Miles—. ¡Ese bastardo traidor!
—Así que no es hijo tuyo, ¿eh? —dijo Sagaz—. Explicaría por qué me cae bien.
—Lo que hagas de ahora en adelante es decisión tuya —continuó Anya—. Por desgracia para ti, cuando salgas de esta tienda, comprobarás que tu principado ha pasado página muy a conciencia. Se te prohibirá la entrada a tu propio campamento, si intentas regresar a él. Te recomiendo que te alistes en el ejército como recluta. O también puedes aceptar la caridad de la reina en los banquetes para mendigos y los hospicios.
Lo dejó boquiabierto en el suelo, tocándose el cuello sanado que aún tenía empapado de sangre. Aden correteó con torpeza detrás de Anya hacia la mesa de mapas. Sagaz dejó caer su pañuelo sanguinolento al lado de Miles.
—Qué curioso —dijo—. Si te pasas la vida arrollando a la gente, resulta que al final nadie se alza en tu defensa. Hay cierta poesía en ellos, ¿no te parece, tormentosa personificación de una cancerosa descarga anal?
Bellamy fue a zancadas junto a la mesa, con Anya. Octavia se quedó cerca detrás de él, sin perder de vista a Miles, silenciosa pero asegurándose de que Bellamy tuviera la espalda protegida. Aden se había metido las manos en los bolsillos y no cruzaba la mirada con Bellamy. Seguro que el chico tenía remordimientos por no haberle contado el plan, pero Bellamy no estaba enfadado con él. Desobedecer a Anya era casi imposible en situaciones como aquella.
—No me mires así, tío —dijo Anya en voz baja—. Era una lección que tenía que dar. Miles era el portavoz de muchos otros gruñidos insatisfechos.
—Había supuesto —repuso él— que precisamente tú querrías dar tus lecciones sin empuñar una espada.
—Lo preferiría con mucho —dijo ella—. Pero es imposible domesticar un sabueso-hacha salvaje con buenas palabras. Se utiliza carne cruda.
La reina contempló a los presentes en la tienda, todavía estupefactos. Estaban todos preocupándose de no acercarse a Miles. Bellamy miró a Fisk a los ojos y asintió. El encierro podía levantarse. Los aliados más próximos a Miles eran volubles y considerarían su caída como una enfermedad que evitar. Anya ya se había asegurado la lealtad de los que habrían podido ser peligrosos: su familia y sus consejeros militares.
—Debes saber —dijo Bellamy— que he encontrado todo este asunto de muy mal gusto. Y no solo porque no me advirtieras de lo que iba a suceder.
—Por eso no te lo advertí —replicó Anya—. Mira, quizá esto te tranquilice.
Dio un golpecito a un papel que había dejado en la mesa de los mapas, que el Visón cogió y empezó a leer con gran interés. Parecía que no se había divertido tanto en años.
—El borrador de una nueva ley —dijo el hombre bajito—, prohibiendo el juicio por espada. Qué poco emocionante.
Anya le quitó el papel de entre los dedos.
—Utilizaré mi propia y desafortunada experiencia de hoy como ejemplo de por qué esta tradición es un espanto. La sangre de Miles será la última que se derrame de este modo. Y mientras abandonamos esta era de barbarie, todos y cada uno de los cortesanos sabrán que la primera reina de Alezkar es una mujer que no teme hacer lo que debe hacerse. En persona.
Anya se mantuvo firme, así que Bellamy apartó su enfado y se volvió para marcharse. Una parte de él comprendía la jugada que había hecho, que con toda probabilidad sería efectiva. Pero al mismo tiempo, ponía en evidencia que Anya Griffin, brillante, decidida, no era perfecta. Había cosas en ella que inquietaban incluso al soldado encallecido que vivía al fondo de su interior. Mientras iba hacia la salida, Aden corrió hacia él.
—Perdóname —susurró el chico—. No sabía que no te lo había dicho.
—No pasa nada, hijo —dijo Bellamy—. Sospecho que Anya habría seguido adelante con su plan incluso sin ti, que lo habría dejado desangrarse en el suelo.
Aden agachó la cabeza.
—Padre, he tenido… un episodio.
Bellamy se detuvo.
—¿Algo urgente?
—No.
—¿Podemos hablar más tarde, o quizá mañana? —pidió Bellamy—. Quiero ayudar a contener los efectos de esta artimaña.
Aden se apresuró a asentir y salió de la tienda. Miles se había levantado a trompicones, sujetándose el cuello, su vistoso atavío amarillo echado a perder. Miró alrededor por la estancia como buscando socorro, pero sus antiguos amigos y sirvientes estaban esfumándose con disimulo, dejando solo en el pabellón a soldados y a la reina, que estaba dándole la espalda. Como si Miles ya no fuese digno de atención. Sagaz seguía junto a ella con su traje negro como la tinta, con una mano apoyada en la mesa de mapas, inclinado en un ángulo casi imposible. Bellamy solía encontrar a Sagaz con una sonrisa en la cara, pero no en esos momentos. El hombre parecía frío, insensible. Sus ojos eran profundos vacíos, su color invisible a la tenue luz.
«Han maniobrado contra Miles con mucha habilidad —pensó Bellamy—. Lo han obligado a hacer todas las jugadas erróneas. ¿Podría yo… hacer algo parecido cuando me enfrente a Odium?»
¿Sería posible enfurecer al dios de algún modo, obligarlo a aceptar un acuerdo imprudente? ¿Cómo se intimidaba a una criatura tan poderosa como Odium? ¿Qué había en Roshar que un dios pudiera temer u odiar tanto?
Tendría que consultarlo con Anya y Sagaz. Solo que… otro día.
Ese día ya estaba harto de sus maquinaciones.
