52. UN CAMINO PARA SALVAR

OCHO AÑOS Y MEDIO ANTES

—Un toque delicado… —dijo Jaxlim—. Para… para…»

Venli se quedó muy quieta. Alzó la mirada desde su asiento contra la pared, donde estaba usando papel, un regalo de los humanos, para juguetear con letras y cadencias. Representaciones de sonidos en un posible idioma escrito, como el que tenían los humanos. Su madre estaba de pie ante la ventana, haciendo su recitado diario. Las mismas canciones tranquilizadoras, interpretadas por la misma voz hermosa que había sido la guía de Venli desde que naciera. Los cimientos sobre los que había construido su vida.

—«Un toque delicado…» —empezó Jaxlim de nuevo. Pero de nuevo titubeó.

—«Forma diestra de toque delicado —apuntó Venli—. Los dioses esta forma a muchos han dado…»

Pero su madre no siguió cantando. Se quedó mirando por la ventana, callada, sin ni siquiera canturrear. Era la segunda vez esa semana que olvidaba por completo una estrofa. Venli se levantó, dejó su trabajo a un lado y fue a coger a su madre de la mano. Armonizó a Alabanza, pero no sabía qué decir.

—Es solo que estoy cansada —dijo Jaxlim—. Por la tensión de estos días extraños y sus visitantes aún más extraños.

Los humanos habían prometido regresar y, desde su partida unos meses antes, la familia había sido un hervidero de distintas ideas sobre qué hacer respecto a aquellas extrañas criaturas.

—Vete —dijo Jaxlim—. Busca a tu hermana. Prometió que vendría a oír un recitado y que al menos aprendería la Canción de las clasificaciones. Yo dormiré un poco. Es lo que necesito.

Venli llevó a su madre a la cama. Jaxlim siempre había parecido muy fuerte y, de hecho, su cuerpo era esbelto y poderoso. Pero aun así, se tambaleó al acostarse, perturbada. No por fuera, sino en lo más profundo de su ser.

Hasta hacía poco, Jaxlim jamás había olvidado una canción.

Hasta sugerir que pudiera hacerlo habría sido impensable.

Cuando su madre estuvo acomodada, Venli armonizó a Determinación y salió de su hogar, no a un claro del bosque, sino a una ciudad. Una de las diez ciudades antiguas, rodeada por una muralla quebrada y compuesta de los restos de edificios. Encontrar a los humanos había envalentonado a la familia de Venli. Blandiendo sus armas recién recibidas, habían marchado a las Llanuras Quebradas y reclamado un lugar entre las diez, derrotando a la familia que la había ostentado antes que ellos. En otro tiempo, Venli habría caminado erguida, orgullosa de esa victoria. Ese día estaba demasiado agitada. Fue a buscar, sin hacer caso de los saludos gritados a Alegría. ¿Dónde se había metido Eshonai?

No habría sido capaz de marcharse otra vez, no sin decírselo a su hermana y a su madre, ¿verdad?

Por suerte, Venli la encontró en una torre de vigilancia, construida sobre la muralla rota cerca de las puertas frontales de la ciudad. Eshonai estaba en la misma cima de la torre, mirando hacia el noroeste, la dirección desde la que habían llegado los humanos.

—¡Venli! —exclamó Eshonai cogiéndola del brazo. La llevó al borde de la endeble torre de madera—. ¡Mira! Eso parece humo en la lejanía. ¿De las hogueras de sus campamentos, tal vez?

Venli bajó la mirada a la tambaleante torre de vigilancia. ¿Era segura de verdad?

—He estado pensando en lo que podemos aprender de ellos —dijo Eshonai a Emoción—. ¡Oh, qué ganas tengo de enseñárselos a las demás familias! Eso hará que todos dejen de dudar de nuestra palabra, ¿verdad? ¡Que vean a los humanos con sus propios ojos!

—Sí que estará bien —reconoció Venli.

Se arrodilló y se sujetó al suelo de madera mientras Eshonai se ponía de puntillas. ¡Tormentas! Parecía a punto de subirse a la barandilla.

—¿Cómo deben de ser sus ciudades? —preguntó Eshonai—. Creo que esta vez me marcharé con ellos. Viajaré por el mundo. ¡Lo veré todo!

—¡Eshonai, no! —gritó Venli.

El verdadero pánico de su ritmo hizo que por fin Eshonai parara.

—¿Hermana? —preguntó.

Venli buscó las palabras adecuadas. Para hablar a Eshonai de su madre. De lo que… parecía estar ocurriendo. Pero no podía afrontarlo. Era como si, al dar voz a sus miedos, fuese a hacerlos reales. Quería fingir que no pasaba nada. Mientras pudiera.

—Se suponía que hoy ibas a venir a escuchar una canción —dijo Venli—. Quizá a volver a aprenderla.

—Para eso ya estáis madre y tú —respondió Eshonai, mirando hacia el horizonte—. Yo no tengo buena mente para esas cosas.

«Pero te necesito conmigo —pensó Venli—. Con nosotras. Todas juntas. Necesito a mi hermana.»

—Voy a encabezar un grupo de exploración para investigar ese humo —dijo Eshonai, yendo hacia la escalera—. Díselo a madre de mi parte, ¿quieres?

Desapareció antes de que Venli pudiera decir nada. Un día más tarde, Eshonai regresó triunfal. Era cierto que los humanos habían vuelto.

Venli no tardó en aburrirse de los humanos.

Aunque apenas le habían prestado atención en su primera visita, en esa ocasión no la dejaban en paz. Querían oír las canciones una y otra vez. ¡Qué frustrante era! No podían cantar bien las canciones ni aunque las memorizaran, porque no oían los ritmos. Y lo peor era que, cuando Venli las interpretaba, los humanos no dejaban de interrumpirla y pedirle más información, más explicaciones, traducciones más precisas. «Qué desesperante», pensó armonizada a Irritación. Había empezado a aprender su idioma porque Jaxlim había insistido, pero no le parecía un buen uso de su tiempo ni de sus talentos. Eran los humanos quienes deberían aprender el idioma de Venli.

Cuando por fin la dejaron en paz aquel día, salió del edificio agradeciendo la luz del sol. Fuera estaban sentados tres de aquellos torpones y estúpidos «parshmenios» que no tenían canciones. Verlos siempre incomodaba a Venli.

¿Eso creían los humanos que era ella? ¿Una cazurra? Otros miembros de su familia intentaban hablar con los parshmenios, pero Venli se mantenía apartada de ellos. No le gustaba cómo la hacían sentirse. No eran su gente, igual que no lo eran los humanos.

Observó la bulliciosa ciudad, reparando los grupos de oyentes que había cerca. Los humanos atraían a muchos mirones. Habían llegado oyentes de muchas familias, incluso de las de baja estofa que no tenían una ciudad, para echarles un vistazo. Las calles estaban abarrotadas de gente con todo tipo de pautas en la piel, por lo que Venli se vio obligada a abrirse paso casi a codazos entre ellos.

—Seguramente aún tardarán un buen rato en salir —dijo a Reprimenda a un grupo de oyentes a los que no conocía.

—Eres la aprendiza de guardiana de las canciones —respondió uno de ellos—, de la familia que descubrió a los humanos.

Lo había dicho a Asombro, y eso hizo que Venli se detuviera. Conque había oído hablar de ella, ¿eh?

—No soy ninguna aprendiz —dijo—. Solo estoy esperando, como marca el respeto, a que mi madre me dé permiso para ocupar el lugar que me corresponde.

Echó una mirada atrás hacia el edificio del que había salido. Como muchos de la ciudad, se componía de paredes antiguas cubiertas de crem y un tejado de caparazón. Habían permitido que los humanos acamparan allí, dentro de las murallas, con sus tiendas y sus extraños vehículos de madera que podían resistir una tormenta. Parecía muy injusto que sus estructuras móviles durasen más que los edificios que construían los oyentes.

—He pasado ya muchas horas con ellos —dijo Venli a Consideración—. ¿Qué queréis saber de ellos? Puedo contároslo.

—¿Es verdad que carecen de almas? —preguntó una mujer en forma carnal. Qué estúpidos eran. Venli no pretendía adoptar jamás esa forma.

—Es una teoría —dijo Venli—. No pueden oír los ritmos y parecen grises de habla y mente. Hacen que me pregunte por qué a nuestros antepasados les costó tanto combatirlos.

—Trabajan el metal como si fuese cera —dijo otro—. Mira esa armadura.

—Mucho menos práctica de lo que sería el caparazón —replicó Venli.

—Nosotros ya no tenemos armadura de caparazón —dijo otra.

Era cierto, claro: sus formas actuales no tenían mucho caparazón. La mayoría de lo que sabían sobre las formas más grandiosas, como la forma de guerra, procedía de las canciones. Y Venli seguía molesta por no haber hecho progresos en descubrir esa forma. De todos modos, ¿que te creciera tu propia armadura no sería mucho mejor que lo que hacían los humanos? Venli respondió a unas cuantas preguntas más, aunque habría deseado que los oyentes se dieran cuenta de lo cansada que la había dejado recitar canciones todo el día. ¿No podrían al menos haberle llevado algo para beber?

Al cabo de un rato siguió adelante e intentó sobreponerse a su mal humor. Debería disfrutar recitando canciones para los humanos, ya que le gustaba la música. Pero no se le escapaba que Jaxlim siempre los enviaba con Venli. Su madre no quería que nadie la viera cometiendo un error, y mucho menos aquellos humanos. Lo más probable era que, en el fondo, aquello fuese lo que de verdad irritaba a Venli. Aquel pegote de preocupación que supuraba en sus entrañas, haciéndola sentirse impotente. Y sola.

Cerca, en la calle, los oyentes cambiaron sus ritmos. Venli sospechó a qué se debía antes de volverse y ver a Eshonai caminando a zancadas. Todos la conocían, por supuesto. La oyente que había descubierto a los humanos. Venli estuvo a punto de ir hacia ella. Pero ¿para qué? Nunca hallaba ningún consuelo en su presencia. Solo más parloteo sobre el mundo humano y sus ciudades y su misterio. Y ni una sola palabra sobre los verdaderos problemas en casa que Eshonai seguía ignorando.

Así que Venli se coló entre dos pequeños edificios y salió a una calle en el otro lado. Quizá pudiera ir a los campos y ver a Demid. Empezó a caminar hacia allí… y paró. No, habían decidido no enseñar a los humanos cómo utilizaban la luz tormentosa para cultivar plantas. Las canciones advertían de que ese secreto no debía compartirse. Así que no estaban trabajando en los campos y Demid no estaría allí. Venli descendió hasta las mesetas, donde podría estar sola. Solo ella y los vidaspren. Armonizó a Paz para medir el tiempo, se sentó y contempló las mesetas rotas, intentando aplacar su preocupación por su madre. Su preocupación por tener que ocupar el puesto de guardiana de las canciones, lo que había dicho que era a aquellos oyentes, una jactancia que en esos momentos le pareció demasiado inflada. Venli no quería reemplazar a Jaxlim. Quería volver a como eran las cosas antes de que llegaran los humanos. En el momento en que lo pensó, vio a una humana salir de la ciudad por encima de ella y echar a andar en su dirección. Venli suspiró. ¿Es que no podían dejarla tranquila ni un momento? Bueno, todos creían que Venli no sabía hablar su idioma, así que podría hacerse la tonta. Y… tampoco sería necesario fingir mucho. Aquella lengua muerta y sin ritmos era difícil de comprender.

La hembra humana hizo un gesto para pedirle permiso y se sentó al lado de Venli. Era la que llevaba los anillos en la mano descubierta. Una especie de cirujana, tenía entendido Venli. No parecía una persona importante. Casi nadie le hacía ningún caso, como si fuera una sirviente.

—Es impresionante, ¿verdad? —dijo la humana, sorprendiendo a Venli al hacerlo en el idioma oyente, mientras contemplaba las Llanuras Quebradas—. Aquí debió de suceder algo terrible. No parece que esas mesetas puedan haberse formado por procesos naturales.

Venli armonizó a Ansiedad. La mujer decía las palabras sin ningún ritmo, de acuerdo, pero eran perfectamente comprensibles.

—¿Cómo…? —dijo Venli, y canturreó a Traición.

—Ah, siempre se me han dado bien los idiomas —dijo la hembra—. Me llamo Axindweth. Aunque pocos me conocen por ese nombre, a ti te lo concedo.

—¿Por qué?

—Porque creo que vamos a ser amigas, Venli —dijo ella—. Me enviaron a buscar a alguien como tú. Alguien que recuerde cómo era antes tu pueblo. Alguien que quiera restaurar la gloria que perdisteis.

—Ya somos gloriosos —replicó Venli, armonizando a Irritación y levantándose.

—¿Gloriosos? —dijo Axindweth—. ¿Viviendo en chozas de crem? ¿Haciendo herramientas de piedra porque habéis olvidado cómo forjar el metal? ¿Pasando vuestras vidas enteras en dos formas, cuando antes teníais docenas?

—¿Qué sabes tú de todo esto? —repuso Venli, volviéndose para marcharse. A su madre le interesaría mucho saber que una humana había estado ocultando su capacidad de hablar el idioma oyente.

—Sé mucho de muchas cosas —dijo la mujer—. ¿Querrías averiguar cómo obtener una forma de poder, Venli?

Venli giró la cabeza para mirarla.

—Abandonamos esas formas. Son peligrosas. Permitían que los antiguos dioses controlaran a nuestros antepasados.

—¿No es curioso que deis tanta credibilidad a lo que decían vuestros antepasados? —preguntó Axindweth—. ¿Un puñado de viejos chochos a los que nunca conocisteis? Si reunieras un grupo de oyentes de las otras familias, ¿permitirías que ellos decidieran vuestro futuro? Porque eso es todo lo que eran vuestros antiguos ancestros. Un grupo de personas cualesquiera.

—No cualesquiera —dijo Venli a Alabanza—. Tenían fuerza. Abandonaron a sus dioses para hallar la libertad.

—Sí —dijo Axindweth—. Supongo que eso hicieron.

Venli siguió su camino. Estúpida humana.

—Había formas de poder capaces de sanar a otros, ¿sabes? —dijo la humana como si no viniera a cuento.

Venli se quedó petrificada. Entonces se volvió, armonizando de nuevo a Traición. ¿Cómo podía saber nada sobre la madre de Venli?

—Sí —dijo Axindweth, jugueteando con un anillo, su mirada perdida lejos de Venli—. Hubo grandes cosas que en otro tiempo eran posibles para tu pueblo. Tus antepasados, esos a los que veneras, quizá fuesen valientes. Pero ¿nunca te has parado a pensar en las cosas que no os dejaron en las canciones? ¿No has reparado en las lagunas de sus historias? Soportáis el dolor de sus actos, viviendo sin formas una generación tras otra. Exiliados. ¿No deberías tener vosotros las opciones que se plantearon ellos, sopesar las formas de poder contra vuestra vida presente?

—¿Cómo sabes todas esas cosas? —exigió saber Venli, regresando—. ¿Cómo sabes que existen las formas de poder? ¿Quién eres?

La mujer se sacó algo del interior de su manga cubierta. Una gema brillante. De color rojo sangre.

—Llévatela a una tormenta —dijo la mujer—. Y rómpela. Dentro hallarás un camino para salvar a tus seres queridos.

La mujer se levantó y dejó la gema sobre la roca.