54. EL FUTURO CONVERTIDO EN POLVO

Qué fácil habría sido si la luz del vacío y la luz tormentosa se destruyeran una a la otra. Una respuesta sencilla.

De El Ritmo de la Guerra, página 6

—Yayo —dijo el pequeño Gavinor—, ¿mi papá fue valiente cuando murió?

Bellamy se sentó en el suelo de la pequeña estancia y dejó a un lado la espada de madera con la que habían estado jugando a cazar grancaparazones. ¿Alguna vez había sido Clarke tan pequeña?

Estaba decidido a no perderse tanto de la vida de Gav como había dejado escapar de la de sus hijos. Quería amar y valorar a aquel niño solemne de pelo oscuro y ojos de un amarillo puro.

—Fue muy valiente —respondió Bellamy, indicando al niño que se sentara en su regazo—. Pero que muy valiente. Fue casi él solo a nuestro hogar, para intentar salvarlo.

—Para salvarme a mí —dijo Gav con suavidad—. Murió por mi culpa.

—¡No! —exclamó Bellamy—. Murió por culpa de la gente mala.

—¿Gente mala… como mamá?

Tormentas. Pobre niño.

—Tu madre también fue valiente —dijo Bellamy—. No hizo todas aquellas cosas terribles. Fue el enemigo, que se había apoderado de su mente. ¿Lo comprendes? Tu madre te quería.

Gav asintió, demasiado serio para los años que tenía. Le gustaba jugar a cacerías de grancaparazones, aunque no se reía al hacerlo como los otros niños. Hasta el juego lo consideraba un momento lúgubre. Bellamy intentó retomar la cacería fingida, pero la mente del chico parecía eclipsada por aquellos pensamientos sombríos. Al cabo de unos minutos, Gav dijo que estaba cansado, así que Bellamy dejó que su niñera se lo llevara a dormir. Se quedó un rato en la puerta, viendo cómo la mujer lo metía en la cama.

¿Qué niño de cinco años quería irse a la cama? Aunque Bellamy no había sido el padre más dedicado del mundo, sí que recordaba las prolongadas quejas de Clarke y Aden en noches como aquellas, cuando se empeñaban en que eran lo bastante mayores para quedarse despiertos y afirmaban no estar nada cansados. En vez de eso, Gav se abrazó a su pequeña espada de madera, que llevaba consigo a todas partes, y se durmió.

Bellamy salió de la pequeña casa e hizo un asentimiento a los guardias de fuera. Los azishianos veían raro que los oficiales alezi llevaran sus familias a la guerra, pero ¿cómo si no iban los niños a aprender los protocolos militares como era debido?

Anochecía el día siguiente a la artimaña de Anya con Miles, y Bellamy había pasado casi todo el día, antes de ir a ver a Gav, hablando por vinculacaña con altos señores y señoras, tranquilizándolos acerca de la casi ejecución. Se había asegurado de que nadie fuera a cuestionar la legalidad de los actos de Anya. Y había hablado en persona con Relis, el hijo de Miles. El joven había perdido un duelo contra Clarke allá en los campamentos de guerra, y Bellamy se había preocupado por las motivaciones que pudiera tener en la actualidad. Pero parecía que Relis anhelaba demostrar que podía ser leal a la corona. Bellamy se había ocupado de que trasladaran a su padre a Azimir y le dieran una casa pequeña allí, donde poder tenerlo vigilado. Pese a lo que hubiera dicho Anya, Bellamy no estaba dispuesto a permitir que un ex alto príncipe mendigara por las calles. Por último, después de suavizar la relación con los azishianos, que reprobaban los juicios por espada alezi, Bellamy empezó a sentir que tenía la situación controlada. Se detuvo en el centro del campamento, pensativo. Casi se olvidaba de lo que le había dicho Aden la noche anterior sobre su episodio. Bellamy giró y cruzó con paso firme el campamento de guerra, un bullicioso ejemplo de caos organizado. Los mensajeros corrían de un lado para otro, en su mayoría vistiendo las libreas estampadas de las distintas órdenes de escribas azishianos. Los capitanes alezi tenían a sus soldados cargando suministros y pintando el suelo de piedra con líneas para indicar direcciones. Una hilera de carros serpenteaba llegando desde el noroeste, una línea salvavidas que unía el campamento con las tierras pobladas y las colinas fértiles intactas por la guerra. Temiendo que el campamento ya fuese un objetivo lo bastante jugoso, Bellamy había apostado muchos de sus moldeadores de almas en Azimir. El paisaje era distinto al que conocía. Más árboles, menos hierba y extraños campos de arbustos con ramas entrelazadas que creaban extensas marañas. Pero a pesar de eso, las señales que veía en aquel pueblo le resultaban demasiado familiares. Un trozo de tela atrapado en el crem endurecido junto al camino. Edificios quemados, o bien por sádica diversión o para negar sus camas y sus postigos para tormentas al siguiente ejército que se instalara allí. Aquellos fuegos los habían alimentado hogares con demasiadas posesiones dejadas atrás. Los ingenieros habían seguido apuntalando la muralla de tormenta al este, donde un cortavientos natural creaba una hendidura. Normalmente el proceso habría costado semanas. Ese día los portadores de esquirlada cortaban bloques de piedra que los Corredores del Viento volvían lo bastante ligeros para colocarlos en posición con facilidad. Los sempiternos funcionarios azishianos supervisaban la operación. Bellamy se encaminó hacia el campamento de los Corredores del Viento, preocupado. La treta de Anya había eclipsado su conversación sobre monarcas y monarquías, pero, teniendo tiempo para pensar en ella, Bellamy la encontraba igual de perturbadora que el duelo. Tal y como había hablado Anya… parecía orgullosa de la idea de poder ser la última reina de Alezkar. Pretendía dejar Alezkar con alguna versión de una monarquía neutralizada, como las de Thaylenah o Azir.

¿Cómo funcionaría el país sin un monarca como debía ser? Los alezi no eran como aquellos azishianos tan puntillosos. A los alezi les gustaban los verdaderos líderes, soldados que estuvieran acostumbrados a tomar decisiones. Un país era como un ejército.

Necesitaba a alguien fuerte al mando. Y si no podía ser, por lo menos a alguien decidido al mando. Esos pensamientos lo acompañaron hasta que se acercó al campamento de los Corredores del Viento y el aire le llevó un olor delicioso. Los Corredores del Viento mantenían la tradición iniciada en las cuadrillas de puentes de que hubiera un gran estofado comunal disponible para todo el mundo. Al principio, Bellamy había intentado regular la costumbre. Pero aunque en general encontraba a los Corredores del Viento dispuestos a ceñirse al decoro militar, se habían negado en redondo a respetar las normas de solicitudes a intendencia y los protocolos de comedor para sus estofados nocturnos. Con el tiempo, Bellamy había hecho lo que cualquier buen comandante al enfrentarse a una insubordinación en masa tan persistente: echarse atrás. Cuando unos buenos hombres desobedecían, era el momento de echar un buen vistazo a las órdenes. Ese día encontró a los Corredores del Viento acompañados de una cantidad inusual de thayleños. Los estofados tendían a atraer a los soldados que más fuera de lugar se sintieran, y Bellamy sospechaba que era el caso de los thayleños, al estar tan lejos de los océanos. El jefe de compañía Wallace estaba contando una historia. Aden estaba también allí, con su uniforme del Puente Cuatro, mirando a Wallace con embelesada atención. Hubiera guerra o tormenta, el chico encontraba la forma de sentarse a ese fuego todas las tardes. Bellamy fue hacia él y solo entonces se dio cuenta del revuelo que estaba provocando. Los soldados se daban codazos entre ellos y alguien corrió para llevarle un taburete. Wallace hizo un alto en su historia y le dedicó un vigoroso saludo militar.

«Creen que he venido para demostrar que acepto la tradición», comprendió Bellamy. Parecían haber estado esperándolo, a juzgar por el entusiasmo con el que un escudero de los Corredores del Viento le trajo un cuenco. Bellamy aceptó la comida, dio una cucharada y asintió aprobador. Eso inspiró un aplauso. Después de aquello, no podía hacer otra cosa que sentarse y seguir comiendo, indicando que los demás podían seguir con su ritual.

Cuando lanzó una mirada a su hijo, Aden estaba sonriendo. Una sonrisa reservada; era muy raro verle los dientes a Aden. Pero el chico no tenía su caja, la que usaba a menudo para tener las manos ocupadas. Estaba relajado entre esa gente.

—Me alegro de que hayas venido, padre —susurró Aden después de acercarse a él—. Estaban esperando a que te pasaras algún día.

—Es un buen estofado —comentó Bellamy.

—Receta secreta comecuernos —respondió Aden—. Por lo visto, las instrucciones solo ocupan dos líneas: «Coger todo lo que haya por ahí y meter en cacerola. No dejar que ningún tarado por el aire toque los condimentos». —Aden lo dijo con afecto, pero no se había terminado su cuenco. Parecía tener algo en mente. Aunque… siempre parecía tenerlo—. Supongo que has venido a hablar de… ¿lo que te dije? ¿Del episodio?

Bellamy asintió.

Aden empezó a dar golpecitos con la cuchara contra el lado del cuenco, llevando un ritmo. Su mirada se perdió entre los llamaspren de la hoguera del estofado.

—¿No te parece un giro cruel del destino, padre? La enfermedad de mi sangre se cura para que al fin pueda ser soldado como siempre quise. Pero esa misma curación me provoca otro tipo de ataques. Muchísimo más peligrosos que los anteriores.

—¿Qué has visto esta vez?

—No estoy seguro de que deba decírtelo. Sé que te pedí que vinieras a hablar conmigo, pero ahora… tengo mis dudas. Las cosas que veo proceden de él, ¿de acuerdo? Creo que es él quien me muestra lo que quiere. Por eso te vi a ti convirtiéndote en su campeón. —Bajó la mirada a su cuenco—. Glys no está convencido de que las visiones sean malas. Dice que somos algo nuevo y no cree que las visiones vengan directas desde Odium… aunque quizá sus deseos mancillen lo que vemos.

—Toda información, aunque sospeches que te la proporciona tu enemigo a propósito, es útil, hijo mío. Se pierden más guerras por falta de información que por falta de coraje.

Aden dejó el cuenco al lado de su asiento. Era fácil caer en la mala costumbre de subestimar a Aden. Todos sus movimientos eran deliberados, cuidadosos. Hacían que pareciera frágil.

«No te olvides —pensó una parte de Bellamy—. Cuando tú estabas quebrado en el suelo, consumido por tu pasado, este chico te sostuvo. No olvides quién fue fuerte cuando tú, el Espina Negra, fuiste débil.»

El joven se levantó e hizo un gesto a Bellamy para que lo siguiera. Salieron del círculo de luz que daba el fuego, despidiéndose de los demás con el brazo. Nyko dio una voz a Aden para pedirle que mirara el futuro y le dijera si ganaría a Huio a las cartas al día siguiente. A Bellamy le pareció un poco grosero sacar a colación la extraña dolencia de su hijo, pero Aden se lo tomó con una risita. El cielo había perdido brillo, aunque el sol no se había puesto del todo aún. Aquellas tierras occidentales eran demasiado calurosas para el gusto de Bellamy, sobre todo de noche. No se enfriaban como correspondía. El campamento de los Corredores del Viento estaba cerca del límite del pueblo, así que salieron a campo abierto cerca de unos arbustos enmarañados y unos árboles altos de anchas copas que habían crecido en su centro, tal vez utilizando de algún modo los arbustos para proveerse de fuerza adicional. La zona era bastante tranquila y al poco tiempo estuvieron solos los dos.

—¿Aden? —dijo Bellamy—. ¿Vas a decirme lo que viste?

Su hijo aflojó el paso. Sus ojos reflejaron la luz del fuego del campamento, ya lejano.

—Sí —respondió—. Pero quiero ser exacto, padre. Así que tengo que invocarlo de nuevo.

—¿Puedes invocarlo? —se sorprendió Bellamy—. Creía que te vino sin previo aviso.

—Así es —dijo Aden—. Y volverán a venirme. Pero ahora mismo, simplemente es.

Se volvió de nuevo hacia delante y se internó en la oscuridad. Cuando Aden dio un paso adelante, el suelo bajo sus pies fue volviéndose cristal oscuro, una transformación que se extendió a partir del tacón de su bota. El cristal se agrietó en una red de líneas, un patrón intencionado, negro sobre negro. Glys, que prefería esconderse en el interior de Aden, se emocionó. Había capturado aquella visión cuando llegó, para que pudieran estudiarla. Aden no estaba ni por asomo tan entusiasmado. Todo sería mucho más fácil si fuera como los demás Radiantes. El cristal tintado se extendió a su alrededor, tragándose el paisaje, con el resplandor de una luz fantasmal que titilaba desde atrás en la penumbra. Mientras andaba, cada pisada suya hacía que el suelo palpitara en rojo, con una luz que resplandecía desde abajo por las grietas. Su padre no podría ver lo mismo que él. Pero Aden confiaba en poder describírselo adecuadamente.

—Apareces en esta visión —dijo Aden a su padre—. Apareces en muchas de ellas. En esta te veo alzarte orgulloso, hecho como de cristal tintado, y llevas armadura esquirlada. Una armadura esquirlada de un blanco puro, aunque estás perforado por una flecha negra.

—¿Sabes lo que significa? —preguntó Bellamy, una sombra apenas visible detrás del panel de cristal que lo representaba.

—Creo que podría ser un símbolo de ti, de quien eras, de en quien te conviertes. La parte importante es la del enemigo. Domina casi toda esta imagen. Una ventana de luz amarilla blanquecina que se parte en piezas más y más pequeñas, hasta el infinito.

»Es como el sol, padre. Lo controla y lo domina todo… y aunque tu figura levanta su espada bien alta, está mal encarada. Luchas y luchas, pero no contra él. Creo que comprendo el significado: tú quieres un trato, quieres un duelo de campeones, pero vas a seguir combatiendo, y combatiendo, y combatiendo contra distracciones. Y es que ¿por qué iba el enemigo a aceptar un combate que quizá podría perder?

—Ya lo aceptó —dijo Bellamy.

—¿Establecisteis las condiciones? —preguntó Aden—. ¿Pusisteis una fecha? No sé si esta visión es lo que él quiere enseñarnos. Pero en todo caso… no creo que esté lo bastante preocupado para acordar unas condiciones. Puede esperar, mantenerte luchando, mantenernos a todos luchando. Para siempre. Puede hacer que esta guerra no termine nunca.

Bellamy dio un paso adelante, atravesando el cristal tintado que lo representaba, aunque no tenía forma de saber que lo estaba haciendo. Aden tenía la sensación de que su padre nunca envejecía. Incluso en sus recuerdos más tempranos, para él ya tenía ese mismo aspecto, tan poderoso, tan inalterable, tan fuerte. Parte de ello procedía de las cosas que había dicho su madre a Aden, construyendo una imagen en su mente del perfecto oficial alezi. Era una tragedia que no hubiera vivido para ver a Bellamy convertido en el hombre que ella había imaginado en él. Era una pena que Odium la hubiera hecho matar. Era de este modo como Aden debía explicárselo a sí mismo. Era mejor volver su dolor contra el enemigo que perder a su padre, además de a su madre.

—He mirado a Odium a los ojos —dijo Bellamy—. Me he enfrentado a él. Esperaba que me derrumbara. Al negarme, he trastocado sus planes. Eso significa que podemos derrotarlo y también, igual de importante, que no lo sabe todo ni lo ve todo.

—Sí —dijo Aden, caminando por cristal roto para alzar la mirada hacia la gigantesca representación de Odium—. No creo que sea omnipresente, padre. Bueno, una parte de él está en todas partes, pero no puede acceder a esa información, igual que el Padre Tormenta no conoce todo lo que toca el viento. Creo… que a lo mejor Odium ve igual que yo. No acontecimientos, ni el mundo en sí, sino posibilidades.

»Esta guerra es peligrosa para nosotros, padre. En el pasado, los Heraldos organizaban nuestras fuerzas y luchaban junto a nosotros por un tiempo, pero luego regresaban para encerrar las almas de los Fusionados en Condenación, impidiendo que renacieran. Así, cada Fusionado que matábamos era una baja real. Pero ahora el Juramento está roto y es imposible encerrar a los Fusionados.

—Sí —dijo Bellamy, moviéndose para situarse al lado de Aden—. Yo también he estado pensando en eso. Intento determinar si existe una manera de restaurar el Juramento, o de obligar al enemigo a temernos de algún modo. Esto es territorio inexplorado, tanto para nosotros como para Odium. Tiene que haber algo en esta nueva realidad que lo inquiete. ¿Ves alguna cosa más?

¿Ves la negrura que será, Aden?, dijo Glys.

—Fricción entre vosotros dos —respondió Aden, señalando hacia arriba en el cristal tintado—. Y una negrura que interfiere, manchando la belleza de la ventana. Como una enfermedad que os infecta a ambos, en los bordes.

—Qué curioso —dijo Bellamy, mirando hacia donde había señalado Aden, aunque él solo vería aire vacío—. Me pregunto si alguna vez sabremos lo que representa.

—Ah, eso es fácil, padre —respondió Aden—. Soy yo.

—Aden, no creo que debas verte a ti mismo como…

—No tienes que proteger mi ego, padre. Cuando Glys y yo nos vinculamos, pasamos a ser… algo nuevo. Vemos el futuro. Al principio no estaba seguro de qué lugar ocupaba, pero he llegado a entenderlo. Lo que yo veo interfiere con la capacidad de Odium. Dado que percibo posibilidades en el futuro, mi conocimiento cambia lo que haré. Por tanto, su capacidad de ver mi futuro está emborronada. Cualquiera a quien tenga cerca será difícil de interpretar para él.

—Eso me reconforta —dijo Bellamy, rodeando los hombros de Aden con el brazo—. Seas lo que seas, hijo, es una bendición. Puede que seas un tipo distinto de Radiante, pero eres Radiante de todos modos. No deberías sentir que necesitas ocultar eso, ni a tu spren.

Aden agachó la cabeza, avergonzado. Su padre sabía que no debía tocarlo demasiado rápido, ni demasiado por sorpresa, por lo que no era el brazo alrededor de sus hombros. Era solo que… bueno, que Bellamy estaba muy acostumbrado a hacer lo que le daba la gana. ¡Si hasta había escrito un tormentoso libro!

Aden no se hacía ilusiones de que a él lo aceptaran del mismo modo. Su padre y él ostentarían una categoría similar, procedentes de la misma familia, pero Aden nunca había podido navegar en sociedad como lo hacía Bellamy. Cierto, su padre a veces «navegaba» en sociedad como un chull embistiendo en plena multitud, pero la gente le dejaba sitio de todos modos. No se lo dejaría a Aden. Los pueblos de Alezkar y Azir tenían miles de años de tradición temiendo y condenando a cualquiera que afirmara ser capaz de ver el futuro. No iban a renunciar a eso de un día para otro, y mucho menos por Aden.

Tendremos cuidado, pensó Glys. Estaremos a salvo.

Lo intentaremos, respondió Aden.

En voz alta, se limitó a decir:

—Gracias. Significa mucho para mí que creas eso, padre.

¿Se lo preguntarás?, dijo Glys. ¿Para que mis hermanos puedan ser?

—Glys quiere que te mencione que hay otros como él —dijo Aden—. Otros spren a los que Sja-anat ha tocado, cambiado, transformado en… lo que sea que somos nosotros.

—Lo que hace no está bien. ¿Corromper a spren?

—Si yo soy una bendición, padre, ¿cómo podemos rechazar a los demás? ¿Cómo podemos condenar a quien los creó? Sja-anat no es humana y no piensa como tal, pero creo que de verdad intenta hallar un camino hacia la paz entre cantores y humanos. A su propia manera.

—Aun así… he sentido el toque de uno de los Deshechos, Aden.

«¿Y por uno juzgas a los demás?» Pero Aden no lo dijo. La gente tendía demasiado a decir las cosas en el momento en que le venían a la cabeza. Aden esperó.

—¿De cuántos spren corrompidos estamos hablando? —preguntó Bellamy por fin.

—Solo unos pocos —dijo Aden—. Ella no cambia a los spren inteligentes sin su consentimiento.

—Bueno, eso es una información valiosa. Me lo pensaré. ¿Estás… en contacto con ella?

—No desde hace meses. Glys está preocupado por lo callada que se ha vuelto, aunque cree que está en algún lugar cercano ahora mismo.

Ella crea en nosotros una facción a la que no aprecian ni los hombres ni Odium, convino Glys. Sin hogar. Sin aliados. Cualquiera de los dos bandos podría destruirla. Necesitaremos más. Como tú y como yo. Juntos.

Alrededor de Aden, las ventanas de cristal tintado empezaron a desmoronarse. Volver a crearlas requería luz tormentosa y un esfuerzo por parte de Glys, que a todas luces estaba cansándose. Poco a poco, el mundo de Aden se hizo normal.

—Házmelo saber si se pone en contacto contigo —pidió Bellamy—. Y si te asalta otro de estos episodios, acude a mí con él. Sé un poco de cómo son, hijo. No estás tan solo como quizá puedas pensar.

Te conoce, dijo Glys, entusiasmado por la idea. Lo hace y lo hará.

Aden supuso que tal vez sí. Qué poco frecuente, y qué reconfortante. Aden, tenso al principio, se apoyó en su padre y aceptó la fuerza que le ofrecía mientras veía el futuro convertido en polvo a su alrededor.

Necesitamos más, dijo Glys. Necesitamos más como nosotros, que serán. ¿Quiénes?

Se me ocurre alguien, respondió Aden, que sería una elección perfecta…