55. AFINIDAD CON EL CIELO ABIERTO

No debemos permitir que nuestro deseo por un resultado específico nuble nuestra percepción.

De El Ritmo de la Guerra, subtexto de la página 6

Con luz tormentosa, Raven había podido explorar su pequeño escondrijo y lo había encontrado un poco más grande de lo que había creído al principio. Había colocado a Marcus en un estante de piedra que se extendía a lo largo de una pared. Lo había lavado, le había puesto el camisón suelto y había colocado la bacinilla en su sitio. Uno de los sacos que Raven se había llevado del monasterio, relleno de ropa, se había convertido en una almohada improvisada. Tendría que buscar mantas, pero de momento su amigo parecía tan cómodo como Raven podía ponerlo. Marcus seguía dispuesto a tomar agua, sorbiéndola de la gran jeringa metálica que Raven había llevado. De hecho, daba lengüetazos ansiosos. Parecía tan a punto de despertar que Raven esperaba que se pusiera a maldecir en cualquier momento, exigiendo saber dónde había ido a parar su uniforme. Syl lo observaba, con un aire solemne muy poco propio de ella.

—¿Qué haremos si muere? —preguntó en voz baja.

—No pienses en eso —dijo Raven.

—¿Y si no puedo evitar pensarlo?

—Busca algo que te distraiga.

Syl se sentó en el estante de piedra, con las manos en el regazo.

—¿Así es como soportas tú saber que todo el mundo morirá? ¿Te limitas a… no pensar en ello?

—A grandes rasgos —respondió Raven, rellenando la jeringa con agua de la jarra de madera. Metió la punta en la boca de Marcus y la vació despacio—. Todo el mundo muere en algún momento.

—Yo no —dijo ella—. Los spren somos inmortales, aunque se nos mate. Algún día tendré que verte morir.

—¿A qué viene esto? —preguntó Raven—. Tú no eres así.

—Ya. Sí. Claro. No soy así. —Syl se colocó una sonrisa en la cara—. Perdona.

—No me refería a eso, Syl —dijo Raven—. No tienes que fingir.

—No finjo.

—He puesto bastantes sonrisas falsas como para que ya no me engañen. También lo hiciste otra vez, antes de que empezaran los problemas en la torre. ¿Qué te pasa?

Ella bajó la mirada.

—He estado… recordando cómo fue cuando murió Relador, mi antiguo caballero. Cómo me hizo dormir tantos años, durante toda la Traición. No dejo de preguntarme si volverá a pasarme.

—¿Sientes una oscuridad? —preguntó Raven—. ¿Un susurro de que todo irá siempre a peor? ¿Y al mismo tiempo un impulso que te incapacita, te desconcierta y te empuja a rendirte y no hacer nada para cambiarlo?

—No —dijo ella, meneando la cabeza a los lados—. Nada parecido a eso. Solo una inquietud al fondo de mi mente a la que no paro de regresar. Es como… como si tuviera un regalo que quiero abrir y me emociono un momentito, pero luego recuerdo que ya lo abrí y no había nada dentro.

—Suena a lo que sentía yo al recordar que Tien estaba muerto —dijo Raven—. Podía acostumbrarme a llevar mi vida como siempre, a encontrarme bien… y entonces me lo recordaba una roca en la lluvia, o una talla de madera como las que solía hacer él, y el día entero se me caía encima.

—¡Exacto! Pero a mí no se me cae el día encima. Solo hace que quiera acomodarme y pensar y desear que pudiera verlo otra vez. Aún me duele. ¿Me pasa algo malo?

—A mí me parece normal. Sano. Estás lidiando con la pérdida, cuando en realidad nunca lo habías hecho antes. Ahora que estás volviendo a ser del todo tú misma, por fin estás afrontando las cosas que dejabas a un lado.

—Pero acabas de decirme que no piense en ello —objetó Syl—. ¿Eso me ayudaría en algo?

Raven hizo una mueca. No, no la ayudaría. Ella ya lo había intentado.

—Las distracciones pueden ser útiles. Hacer cosas, recordarte a ti misma que hay muchas cosas maravillosas ahí fuera. Pero… sí que tendrás que pensar en esas cosas en algún momento, supongo. —Llenó la jeringa de nuevo—. No deberías preguntarme a mí por este tipo de problemas. No es que… se me dé muy bien afrontarlos yo.

—Es que tengo la sensación de que no debería tener que afrontarlos —dijo Syl—. Soy spren, no humana. ¿Que piense así no significa que estoy estropeada?

—Significa que estás viva —respondió Raven—. Me preocuparía más que no sintieras la pérdida.

—A lo mejor es porque nos creasteis vosotros, los humanos.

—O porque eres un pedacito de divinidad, como siempre dices. —Raven se encogió de hombros—. Si existe un dios, creo que podríamos encontrarlo en la forma en que cuidamos unos de otros. Puede que los humanos pensando en el viento, y en el honor, te dieran forma a partir de un poder amorfo, pero ahora eres tu propia persona. Igual que yo soy mi propia persona aunque mi forma me la dieran mis padres.

Syl sonrió al oír eso, y caminó por el estante con la forma de una mujer con havah.

—Una persona —dijo—. Me gusta pensar así. Ser así. Muchos de los demás honorspren hablan de lo que se nos creó para ser, lo que debemos hacer. Yo antes también hablaba así. Me equivocaba.

—Muchos humanos son iguales —dijo ella, agachándose para quedar al nivel de sus ojos—. Supongo que los dos tenemos que recordar que, pase lo que pase en nuestras cabezas, fuera lo que fuese que nos creó, podemos elegir. Eso es lo que nos hace personas, Syl.

Ella sonrió y entonces su havah ganó color del claro azul blanquecino a un azul más profundo, llamativo y diferenciado, como si estuviera hecha de tela real.

—Se te va dando mejor —dijo ella—. Los colores son más vivos esta vez.

Ella levantó los brazos.

—Creo que cuanto más me acerco a tu mundo, más puedo ser, más puedo cambiar.

Pareció gustarle esa idea y se sentó para hacer que su vestido pasara de un tono de azul a otro, y luego al verde. Raven terminó de dar a Marcus la jeringa de agua y la sostuvo en alto. Los lados del metal tenían huellas de dedos hundidas en la superficie. El aparato se había convertido en metal por moldeado de almas después de crearlo a partir de cera, como revelaban las huellas.

—Puedes transformarte en más cosas —dijo—. ¿En una jeringa, tal vez? Ya estuvimos hablando de que te convirtieras en otras herramientas.

—Creo que podría hacerlo —respondió ella—. Si pudiera manifestarme como hoja esquirlada ahora mismo, podría cambiar de forma para ser como eso. Creo que… contigo imaginándolo y conmigo creyéndolo, podríamos hacer más cosas incluso. Es…

Se interrumpió al oír un tenue raspar que llegaba desde fuera, cerca de la puerta. Raven cogió de inmediato su bisturí. Syl se puso en alerta y voló por el aire a su alrededor como una cinta de luz. Raven avanzó despacio hacia la puerta. Había tapado la gema en su lado de la pared con un trozo de tela. No sabía si su luz podría verse desde fuera o no, pero no quería arriesgarse. Aun así, podía oír. Había alguien allí fuera, delatado por sus botas contra la piedra. ¿Estaría inspeccionando la puerta?

Tomó una decisión rápida, metió la mano bajo la tela y la apretó contra la piedra, ordenándole que se abriera. La pared empezó a separarse. Raven se preparó para saltar hacia fuera y atacar al cantor que hubiera al otro lado.

Pero no era un cantor.

Era Macallan.

El modesto hombre del puente, vestido de paisano, dio un paso atrás cuando la puerta se abrió. Vio a Raven y asintió con la cabeza, como si todo aquello fuera exactamente tal y como esperaba.

—¿Macallan? —dijo Raven.

Aparte de Rlain, Macallan era el otro único hombre del puente original que no había manifestado poderes de Corredor del Viento. Por tanto, tenía sentido que estuviera despierto. Pero ¿cómo había sabido llegar hasta allí?

Macallan sostuvo en alto una cazuela con algo líquido dentro.

Raven lo olisqueó.

—¿Caldo? —preguntó—. ¿Cómo lo sabías?

Macallan señaló la línea de cristal en la pared, donde la luz del spren de la torre empezó a titilar. Era sorprendente porque, además de ser mudo, Macallan rara vez ofrecía información por voluntad propia. Sosteniendo la cazuela incómodo con un solo brazo, Macallan hizo entrechocar las muñecas. «Puente Cuatro.»

—Cómo me alegro de verte —dijo Raven, haciéndolo pasar a la sala—. ¿De dónde has sacado el caldo? Da lo mismo. Ven, siéntate al lado de Marcus.

Macallan era de los primeros a los que Raven salvó cuando había empezado a prestar ayuda médica a los hombres del puente. Aunque las heridas físicas de Macallan habían sanado, su conmoción de batalla era la más intensa que Raven había visto en la vida. En todo caso, era estupendo tenerlo allí. Raven había estado preocupándose por dejar solo a Marcus. Si Raven moría en una misión, estaría condenando también a Marcus a muerte. A menos que alguien más supiera de su presencia. Hizo que Macallan se situara, le enseñó a usar la jeringa y lo puso a dar de comer a Marcus. Raven se sintió mal por hacer que el hombre del puente mudo se pusiera a trabajar al momento de haber llegado, pero, según el reloj interno de Syl, la noche tardaría poco en caer. Raven tenía que ir moviéndose.

—Te explicaré más cuando vuelva —le prometió Raven—. Macallan, ¿puedes hacer que esta puerta se abra? Por si tienes que ir a por más comida y agua.

Macallan se acercó y puso la mano en la gema de la puerta, que se abrió para él con la misma facilidad que para Raven. Eso era un poco preocupante. Raven tocó el granate de la pared.

—¿Spren de la torre? —llamó.

Sí.

—¿Es posible cerrar estas puertas para que no pueda abrirlas el primero que pase?

Antes era posible sintonizarlas a individuos concretos. En los últimos tiempos, solo puedo dejar una puerta dada para que cualquiera pueda abrirla o bien bloquearla para que no la abra nadie.

En fin, era bueno saber que, en un apuro, debería poder pedir al Hermano que bloqueara la puerta. De momento, le bastaba con que Macallan pudiera entrar y salir. Raven hizo un asentimiento a Syl, dejó una gema para que Macallan se iluminara y se marchó. Echo había pedido a Raven que observara las Puertas Juradas de cerca cuando las activaban. Para ver si averiguaba por qué funcionaban cuando otros fabriales no lo hacían. Por desgracia, Raven dudaba mucho que pudiera llegar hasta la meseta de las Puertas Juradas escurriéndose por los pasillos de la torre. Había logrado meterse en un monasterio apartado de la tercera planta, sí, pero eso era algo muy distinto a los dos primeros pisos, altamente poblados. Incluso aunque los humanos no estuviesen recluidos en sus hogares, no podría pasearse por ahí sin que la detuvieran. Raven Bendita por la Tormenta llamaba la atención. En vez de eso, quería probar a descender por el exterior de la torre. Antes de aprender a volar, había pegado rocas a la pared de un abismo y trepado por ellas, así que suponía que podría hacer algo parecido. Saltaba a la vista que el enemigo había ordenado a los Celestiales que se quedaran dentro, y salía poca gente a las terrazas. Así que llegó a una terraza de la novena planta justo al ocaso. Se había atado un saco al cinturón y llevaba en él los cuatro cepillos de fregar que había sacado del monasterio. Les había cortado las cerdas con su bisturí y había dejado una parte de delante plana pero un mango curvo con el que agarrarlos. Raven no podía pintar sus manos con un enlace completo para adherirlas a cosas. Nyko siempre estaba pegando su ropa o su pelo al suelo, pero la piel de un Radiante parecía inmune al poder. Quizá Raven pudiera habérselas apañado con unos guantes, pero las asas de los cepillos parecían más recias. Se asomó desde la terraza y comprobó si había alguien mirando. Ya estaba oscureciendo. Dudaba que nadie pudiera verla en la penumbra, siempre que no absorbiera demasiada luz tormentosa. Al mantenerla sobre todo en los cepillos adheridos a la pared, no brillaría tanto como arriesgarse a que la distinguieran allí. O al menos, el riesgo se le antojaba mucho menor que el de intentar colarse a través de los pisos ocupados. Era mejor probar antes la maniobra sin que hubiera peligro. Raven sacó un cepillo, lo infundió con luz tormentosa y apretó la cara plana contra una columna de la terraza. Cuando estuvo en su sitio, Raven pudo colgar todo su peso de él, con los pies balanceándose, sin que se soltara de la columna ni el asa se rompiera.

—Bastará —dijo, recuperando la luz tormentosa del enlace.

Se quitó los calcetines, pero volvió a ponerse las botas. Buscó a Celestiales en el aire una última vez y luego pasó al exterior del parapeto y se equilibró en la pequeña repisa que sobresalía. Miró hacia las piedras que había muy por abajo, pero se habían perdido en la oscuridad del anochecer. Era como si se alzara al borde de la eternidad. Siempre le había gustado estar en las alturas. Incluso antes de hacerse Radiante, había tenido una cierta afinidad con el cielo abierto. Allí de pie, una parte de ella quería saltar, sentir el fragor del viento. No eran tendencias suicidas, no en esa ocasión. Era la llamada de algo hermoso.

—¿Estás asustada? —preguntó Syl.

—No —dijo Raven—. Lo contrario. Me he acostumbrado tanto a saltar desde sitios altos que no estoy ni la mitad de preocupada por esto de lo que supongo que debería.

Infundió dos cepillos y fue hasta el límite izquierdo de la terraza. Allí en la pared de piedra había un «camino» directo hasta el suelo entre una terraza y otra. Raven respiró hondo, saltó de la terraza y estampó un cepillo contra la piedra y luego el otro. Encontró lugares donde apoyar los pies en la piedra, pero resbalaban. En tiempos antiguos la roca de allí fuera había estado muy adornada, pero los años y años de altas tormentas la habían alisado en parte. A lo mejor Madi podría haber trepado por allí sin ayuda, pero Raven se alegró de tener luz tormentosa. Infundió las puntas de las botas a través de los pies y las adhirió también a la pared. Empezó a descender hacia el suelo despegando una extremidad, moviéndola y volviendo a pegarla. Syl caminaba por el aire a su lado, como si bajara por unos peldaños invisibles. Raven encontró la maniobra más difícil de lo que había anticipado. Tenía que depender mucho de la fuerza del torso y los brazos, ya que era difícil que las botas se adhirieran bien solo por las puntas. Soltaba un cepillo de la pared para deslizarlo hasta su nueva posición mientras se sostenía solo con una mano, y luego movía los pies antes de repetir la operación con el otro cepillo. Incluso siendo Radiante, ya estaba sudando por el esfuerzo cuando llegó a la cuarta planta. Decidió tomarse un descanso y, después de que Syl comprobara que estaba vacía, fue hacia una terraza y subió a ella. Se sentó, respirando hondo mientras unos pinchudos friospren recorrían la barandilla hacia ella como amistosos cremlinos. Syl voló al pasillo para asegurarse de que no había nadie cerca. Por suerte, la torre cada vez más fría y la necesidad de disimular parecían haber convencido a la mayoría de los cantores asaltantes de alojarse muy hacia el interior. Mientras Raven se mantuviera alejada de las patrullas, debería estar a salvo. Se quedó sentada con la espalda contra el parapeto de la terraza, notando que le ardían los músculos. Como soldado y después como mujer del puente, se había acostumbrado a la sensación de tener los músculos fatigados. En tiempos más recientes casi le parecía que estaba haciendo trampa, porque la sanación por luz tormentosa volvía rara esa sensación. Y en efecto, después de estar sentada un minuto, casi había remitido del todo. Cuando Syl volvió, Raven retomó el descenso. Al hacerlo, se acercaron a ella un par de vientospren como pequeñas líneas de luz que trazaron bucles a su alrededor. Mientras bajaba hacia el tercer piso, de vez en cuando le mostraban caras, o contornos de figuras, antes de soltar risitas y alejarse volando. Syl los miraba con cariño. Raven quiso preguntarle qué estaba pensando, pero no se atrevía a hablar por si alguien oía voces llegando desde fuera de una ventana. Se preocupó de no hacer ruido al apretar sus asideros contra la pared. Raven tuvo un contratiempo cuando llegó al tercer piso. Syl fue la primera en darse cuenta, se convirtió en cinta y creó el glifo de «parar» en el aire junto a Raven. Ella se detuvo y entonces lo oyó. Voces.

Hizo una seña con la cabeza a Syl, que fue a investigar. Raven sintió su preocupación a través del vínculo. Cuando Syl era una hoja esquirlada, tenían una conexión mental directa, pero si no estaba en esa forma, la conexión era más débil. Habían practicado a enviarse palabras entre ellos, pero tendían a ser solo impresiones vagas. En esa ocasión, a Raven le pareció estar recibiendo algunas palabras claras.

… cantores… con catalejos… terraza del segundo piso… miran hacia arriba…

Raven se quedó aferrada a la pared, tan silenciosa como podía. Los oía por debajo y a la izquierda, en una terraza. ¿Tenían catalejos? ¿Por qué?

Para vigilar el cielo, pensó, intentando proyectar la idea a Syl. Por si llegan Corredores del Viento explorando. No querrán usar la Puerta Jurada hasta asegurarse de que nadie los ve.

Syl volvió y Raven empezó a sentir de nuevo que le ardían los músculos. Se secó la frente sudada con la manga y luego, con cuidado y apretando los dientes, recuperó la luz tormentosa para liberar uno de los cepillos a los que estaba asido. De su piel empezó a emanar un humo luminiscente, pero, antes de que la luz se hiciera demasiado evidente, volvió a enlazar el cepillo, se estiró y lo adhirió a la piedra tan a su derecha como pudo. Avanzó de lado, alejándose de la zona ocupada. Cruzaría la siguiente terraza y seguiría descendiendo por el otro lado. Mientras se movía, oyó a las tropas enemigas charlando en alezi. Le parecieron voces de mujeren, aunque algunas formas de los cantores hacían el género difícil de distinguir según la voz. A juzgar por la conversación, en efecto vigilaban por si llegaban Corredores del Viento. Hacían las transferencias por Puerta Jurada de noche a propósito, ya que unos Radiantes volando resaltarían como antorchas, brillando en el cielo oscuro. Raven cruzó dos terrazas hacia su derecha y siguió hacia abajo por otro pasillo de piedra lisa. Estaba en la parte septentrional de la torre y se había movido hacia el oeste para alejarse de los guardias. Syl siguió comprobando las terrazas cercanas mientras Raven proseguía a su metódico ritmo. Por desgracia, al poco de superar la segunda planta, destelló una luz oscura desde las Puertas Juradas. Estaba teñida de violeta como la luz del vacío, pero brillaba más que una esfera de esa luz. Raven se tomó un momento de descanso, colganda de la pared pero sin moverse.

—Syl —susurró—. Ve a ver qué hacen esas exploradoras de la terraza. Dime si aún están vigilando el cielo.

Syl salió volando y regresó al cabo de un momento.

—Están recogiendo sus cosas —susurró—. Parece que se marchan.

Era lo que Raven había temido. El enemigo usaría las Puertas Juradas con tan poca frecuencia como pudiera, ya que trasladar tropas cantoras dentro y fuera de la torre los expondría a miradas indiscretas. Si las exploradoras estaban recogiendo, era una indicación bastante fiable de que no volverían a usar las Puertas Juradas esa noche. Raven había sido demasiado lenta. Pero la puerta había dado un destello de luz del vacío. Así que sabía que habían hecho algo al fabrial. Tendría que intentarlo de nuevo al día siguiente. Esa noche había avanzado más lenta de lo que pretendía, pero se llevaba una buena impresión del proceso. Con un poco más de práctica, lo más seguro era que pudiera descender lo bastante rápida. Pero ¿acercarse a las Puertas Juradas le revelaría algo sobre lo que les habían hecho? No creía saber lo suficiente sobre fabriales.

De momento, empezó a trepar de vuelta hacia arriba para ver si era mucho más difícil. Avanzó más despacio, pero las botas apoyadas en la pared ayudaban más. Mientras ascendía, encontró un feroz orgullo en el esfuerzo. Los cambios hechos a la torre habían intentado confinarla al suelo, pero el cielo era suyo. Había encontrado una manera de regresar a él, aunque fuese menos impresionante. Si lograba…

Raven se detuvo, colgada de sus asideros, al caer en la cuenta de algo. Algo que la hizo sentir de lo más idiota por no haberlo visto de inmediato.

—Las exploradoras de la terraza —susurró a Syl cuando llegó para ver por qué había parado—. ¿Qué habrían hecho si detectaran a Corredores del Viento en el cielo?

—Habrían avisado a los otros para que detuvieran la transferencia —respondió Syl—, para que el color equivocado en el brillo de la Puerta Jurada no delatara la verdad.

—¿Cómo? —preguntó Raven—. ¿Cómo han podido contactar con los que manejan la Puerta Jurada? ¿Has visto banderas o algo?

—No —dijo Syl—. Estaban allí sentadas escribiendo en la penumbra. Debían de estar usando… una vinculacaña.

Una que funcionaba en la torre. Echo estaba intentando descubrir cómo activaba los fabriales el enemigo. ¿Y si Raven pudiera entregarle uno? Sin duda, eso le proporcionaría una información más valiosa que la que podría obtener observando las Puertas Juradas. Syl voló hasta la terraza donde habían estado las exploradoras.

—¡Las veo! —dijo—. Han recogido y se han marchado, pero están justo ahí delante.

Síguelas, envió Raven mentalmente, y empezó a moverse tan deprisa como podía en esa dirección. Quizá se hubiera perdido la transferencia de esa noche, pero aún tenía una manera de ayudar.

Robando aquella vinculacaña.