64. RECORDATORIO PERSONAL

La arena se originó fuera del mundo. No es más que otra de las asombrosas maravillas que proceden de territorios distintos. Hace poco obtuve una cadena de las tierras de los muertos, de la que se dice que puede anclar a una persona a través de anomalías Cognitivas. No alcanzo a verle una utilidad para mí, ya que no puedo abandonar el sistema roshariano, pero el objeto tiene un valor incalculable de todos modos.

De El Ritmo de la Guerra, subtexto de la página 13

Anya nunca había ido a la guerra. Sí, había estado cerca de la guerra. Se había quedado atrás en campamentos de guerra móviles. Había recorrido campos de batalla. Había luchado y matado, y había intervenido en la batalla de la Explanada Thayleña.

Pero nunca había ido a la guerra.

Los demás monarcas se habían quedado atónitos. Hasta los soldados parecían confusos cuando emprendieron la marcha, con ella avanzando entre ellos en su armadura esquirlada. Bellamy, en cambio, lo había comprendido. «Hasta que formes parte de esas hileras, empuñando tu espada y enfrentándote a la fuerza enemiga, nunca lo entenderás. Ningún libro podría prepararte, Anya. De modo que sí, creo que deberías ir.»

Miles de citas de renombradas eruditas acudieron a su mente.

Relatos de lo que era estar en la guerra. Anya había leído centenares de ellos, algunos tan detallados que había podido oler la sangre en el aire. Pero todos huyeron como sombras ante la luz del sol cuando Anya llegó al frente de los ejércitos de la coalición y contempló al enemigo. Sus cifras parecían inacabables. Un hongo en el terreno que se extendía por delante, negro y blanco y rojo, armas reluciendo al sol. Según los informes, allí había unos cuarenta mil cantores. Era un número que Anya podía comprender, analizar. Pero sus ojos no veían a cuarenta mil: veían unas filas interminables. Las cifras en una página perdieron todo sus significado. No había ido allí para combatir a cuarenta mil. Había ido para combatir una marea. Sobre el papel, ese lugar se llamaba la cuenca del Drunmu, en Emul. Era un inmenso océano de temblorosa hierba y altísimas pilavides. En las reuniones, el Visón había insistido en que guerrear allí favorecía al bando de la coalición. Si permitían que el enemigo se replegara a ciudades y fuertes, podrían tomar fuerza allí y serían cascarones duros de romper. En vez de eso, el Visón los había empujado a un lugar donde se sentirían confiados para librar una batalla plena, ya que contaban con las leves ventajas del terreno elevado y el sol a su espalda. Allí resistirían, y el Visón podría aprovechar la superioridad numérica y en habilidad de la coalición para llevarlos a la victoria. Por tanto, en términos lógicos, Anya comprendía que esa era la batalla que interesaba a sus fuerzas. En persona, se sintió abrumada por la distancia que los separaba del enemigo, una distancia que ella y los demás tendrían que cruzar bajo una lluvia de flechas y lanzas. Era difícil no considerarse pequeña, incluso en su armadura esquirlada. Las cornetas ordenaron el avance, y Anya se fijó en que había dos Danzantes del Filo que se mantenían cerca de ella, probablemente a petición de su tío. Aunque siempre había imaginado las batallas empezando con una carga masiva, sus soldados se movían con un aire mecánico. Escudos alzados, en formación, a una marcha constante que las tropas veteranas mantuvieron cuando empezaron a caer las flechas. Correr rompería las líneas, por no mencionar que los soldados estarían sin aliento cuando llegaran al combate. Anya hizo una mueca cuando golpearon las primeras flechas. Caían en una sucesión arrítmica de chasquidos, metal contra madera, como granizo. Una le rebotó en el hombro y otra le rozó el yelmo. Por suerte, las flechas se interrumpieron al cabo de poco tiempo, cuando la caballería ligera azishiana hostigó a los arqueros enemigos. Anya oyó los cascos y vio a los Corredores del Viento volando por encima, protegiendo a los jinetes desde el aire. El enemigo seguía infravalorando la caballería, que no había estado disponible en cifras significativas hacía miles de años. Mientras tanto, la infantería alezi seguía marchando hacia delante con los escudos alzados. Estaban tardando horrores, pero dado que el bando de Anya era el agresor, al enemigo no le corría prisa enfrentarse con ellos. Mantuvieron su posición en lo alto de la leve cuesta. Anya comprendía que el enemigo considerara acertado quedarse allí, ya que obligaba a sus fuerzas a atacar ladera arriba. Las borrosas fuerzas enemigas cobraron forma como un bloque de figuras con caparazones y armaduras de acero, que sostenían grandes escudos y estaban erizadas de picas a varias líneas de profundidad. Aquellos cantores no combatían como los parshendi en las Llanuras Quebradas: eran tropas que habían recibido entrenamiento, y los Fusionados se habían adaptado deprisa a las técnicas de guerra modernas. Seguían teniendo una cierta miopía en lo relativo a las tropas a caballo, sí, pero conocían bien las formas más efectivas de utilizar a sus potenciadores. Cuando la unidad de Anya se hubo situado en posición, ella estaba ya agotada por mantener un nivel de alerta elevado durante la marcha. Se detuvo junto con los demás mientras la hierba se retraía en oleada ante ella, como si fuese capaz de sentir el combate que se avecinaba igual que sentía las tormentas. Anya había ordenado a su armadura que disminuyera la luz que emitía, de forma que pareciera la de una portadora de esquirlada ordinaria. El enemigo la distinguiría de todos modos, pero no la identificaría como la reina. Así correría menos riesgo.

Las cornetas sonaron. Anya emprendió la última parte de la cuesta casi a la carrera. El promontorio era demasiado poco elevado para considerarlo una colina y, si Anya hubiera estado de paseo, apenas habría hecho ningún comentario sobre la inclinación. Pero en esos momentos la sentía con cada zancada. Su armadura esquirlada la urgía a moverse, igual que la luz tormentosa que respiraba, pero si se adelantaba demasiado a su unidad podrían rodearla. El enemigo tendría Fusionados y regios ocultos entre sus filas, esperando para atacarla por sorpresa. Aparte de los Celestiales, pocos Fusionados se prestaban a enfrentarse a portadores de esquirlada en combate directo. Anya invocó a Marfil como hoja esquirlada y el arma cayó en sus guanteletes.

¿Preparado?, preguntó.

Sí.

Embistió los pocos metros que le quedaban hasta la hilera de picas y descargó a Marfil. Su misión era romper las líneas enemigas. Una portadora de esquirlada completa podía hacer que unidades enteras se desmoronaran a su alrededor. Anya tuvo que reconocer a los cantores que su formación no se deshizo. Se combó hacia atrás y las picas rasparon su armadura mientras Anya intentaba acercarse y atacar, pero los cantores resistieron. La guardia de honor de Anya, acompañada de aquellos dos Danzantes del Filo, llegó tras ella para evitar que la rodearan. Cerca de allí, otro bloque de cinco mil soldados golpeó al enemigo. El aire se llenó de gruñidos y crujidos. Empuñando su hoja esquirlada a dos manos, Anya lanzó tajos a diestra y siniestra, cortando puntas de pica y tratando de internarse hacia el enemigo. Los cantores se movían con una flexibilidad inesperada, danzando para apartarse, manteniéndose fuera del alcance de su espada.

Esto es menos efectivo, le dijo Marfil. Nuestros otros poderes son. ¿Los usamos?

No. Quiero conocer la verdadera sensación de la guerra, pensó Anya. O lo más aproximado que pueda permitirme a mí misma, con armadura y hoja esquirladas.

Erudita hasta la muerte, dijo Marfil en tono sufrido mientras Anya embestía con el hombro para apartar unas picas, que eran prácticamente inútiles contra ella, y lograba clavar su hoja esquirlada en el pecho de una cantora. Los ojos de la soldado ardieron mientras caía, y Anya le arrancó la espada girando, provocando que otros maldijeran y retrocedieran de un salto.

No era solo el interés académico lo que la impulsaba. Si iba a ordenar a soldados que se lanzaran a la batalla, necesitaba algo más que descripciones sacadas de libros. Necesitaban sentir lo que ellos sentían. Y sí, podía utilizar sus poderes. El moldeado de almas le había resultado útil otras veces en combate, pero sin Bellamy presente, su luz tormentosa estaba limitada y Anya quería conservarla. Aunque sí que escaparía a Shadesmar si la cosa se torcía. No era idiota. Pero saber que podía hacerlo la irritaba mientras se abría paso en la formación enemiga, manteniendo ocupadas a sus tropas. Jamás podría sentir de verdad lo mismo que un desafortunado lancero en el frente. Oyó los gritos que daban esos lanceros cuando las dos fuerzas se estrellaron entre ellas. Las formaciones parecían muy deliberadas y, consideradas a gran escala, estaban pensadas con meticulosidad. Se las dotaba de una especie de espantoso impulso que obligaba a los hombres de las primeras líneas a luchar. Así, mientras el bloque se mantuviera firme, las hileras frontales raspaban una contra la otra, chillando como el acero al combarse. Era una sensación que Anya nunca tendría. El peso de los soldados a ambos lados aplastándola entre ellos, sin escapatoria posible. Pero aun así, quería experimentar cuanto pudiera. Blandió la espada a su alrededor, obligando a retroceder a más cantores, pero otros empezaron a acosarla con picas y lanzas, empujándola hacia un lado, amenazando con hacerla tropezar. Anya había subestimado la efectividad de aquellas picas. Eran incapaces de hendir su armadura, pero sí que podían obligarla a moverse como un chull manejado con pértigas. Trastabilló y sintió su primera auténtica oleada de miedo.

«Contrólalo.» En vez de intentar enderezarse, Anya colocó el hombro hacia el enemigo y convirtió su tropezón desequilibrado en una embestida que la sacó de las líneas enemigas hacia sus propios soldados. No había matado a muchos cantores, pero tampoco hacía falta. Las filas de los cantores ondeaban y flaqueaban gracias a sus esfuerzos, y los soldados de la alianza aprovecharon la ventaja. A ambos lados de Anya, contrarrestaron las picas y las lanzas enemigas con las propias, y la primera línea de soldados iba rotando a la retaguardia del bloque cada diez minutos, obedeciendo las cuidadosas órdenes del comandante de la unidad. Inundada por los sonidos de la guerra, Anya se volvió hacia el enemigo mientras su guardia de honor entraba en formación tras ella. Entonces, notando el sudor que le caía por la frente, cargó de nuevo. En esa ocasión el enemigo se apartó de Anya, revelando a una criatura enorme que había estado oculta entre sus filas. Un Fusionado cuyo caparazón crecía en unas grandes protuberancias con forma de hachas alrededor de las manos. Era uno de los Aumentados. Fusionados con la Potencia de la Progresión, que les permitía hacer crecer su caparazón con extremada precisión y velocidad. Los soldados normales de ambos bandos mantuvieron la distancia, dejando un espacio vacío en torno a ellos dos. Anya se resistió a usar sus poderes. Con sus esquirlas, debería estar en igualdad de condiciones contra aquella criatura, y sus poderes revelarían enseguida quién era, ya que no había ningún otro Potenciador en el ejército de la coalición con su propia armadura esquirlada.

Hay otro motivo por el que luchas, dijo Marfil, desafiándola.

Lo había. Pero en vez de afrontar ese hecho, Anya se arrojó al duelo, con la luz tormentosa bullendo en sus venas. Cercenó una de las manos-hacha del Fusionado, pero la otra la alcanzó y la derribó al suelo despatarrada. Sacudió la cabeza, volvió a invocar su hoja esquirlada y barrió con ella hacia arriba mientras el Fusionado descargaba de nuevo su mano. Anya cortó el hacha, pero el muñón del enorme brazo de la criatura se estampó contra su pecho. Creció caparazón sobre ella como las raíces de un árbol, reteniéndola contra el suelo. El Fusionado partió el caparazón a la altura de su codo y se apartó, dejándola inmovilizada. Entonces Anya vio que se volvía hacia su guardia de honor, que atacó para distraerlo.

Ah, cuánta maravillosa experiencia estamos obteniendo, dijo Marfil. Qué delicia.

Llegaron otros soldados hasta Anya y empezaron a clavarle finas picas a través de la visera. Una le perforó un ojo y la hizo chillar. Pero la luz tormentosa curó la herida y su yelmo selló todas las aberturas para impedir nuevos ataques. De todas formas, con luz tormentosa no necesitaba respirar. Pero aquello, igual que la rapidez con la que había invocado su hoja esquirlada, era una concesión. Estaba arriesgándose a revelar su identidad. Arrancó la mano del caparazón que la retenía y usó a Marfil como daga para liberarse. Rodó por el suelo, haciendo tropezar a cantores y dándoles patadas en las piernas que los enviaban por los aires. Pero cuando se levantó, aquel tormentoso Fusionado se abalanzó sobre ella y le dio sendos hachazos con las manos en la cabeza que le agrietaron la armadura esquirlada. El yelmo aulló de dolor e irritación y drenó luz tormentosa de Anya para repararse.

Cuánta diversión es, dijo Marfil. Pero, por supuesto, Anya no debe usar sus poderes. Quiere jugar a los soldados.

Anya gruñó, bajando sobre una rodilla y descargando un puñetazo hacia la rodilla del Fusionado, pero este generó una rodillera adicional de caparazón justo antes de que llegara el puño. Ni siquiera logró mover a la criatura. Marfil se convirtió en espada corta en su mano mientras Anya lanzaba un tajo al Fusionado, pero eso la dejó expuesta a otro golpe en el yelmo, que la derribó de espaldas. Gimió y puso una mano contra la roca.

«Es piedra firme —pensó una parte de su mente—. Contenta y satisfecha con su vida en las llanuras.» No, la roca se resistiría a sus peticiones de cambiar.

Marfil cobró forma de escudo en el brazo de Anya mientras su adversario empezaba a aporrearla. La sangre de su mejilla se mezcló con el sudor y, aunque su ojo había sanado, los soldados normales intentaban llegar otra vez hasta ella y su guardia de honor hacía todo lo que podía para retenerlos.

Muy bien, pues.

Extendió su mente hacia el aire, que ese día estaba estancado y taciturno. Absorbiendo una gran cantidad de luz tormentosa de las gemas que llevaba a la cintura, Anya dio al aire una sola orden.

«Cambia.» Nada de ruegos, como había intentado siendo más joven. Solo firmeza.

El aire aburrido aceptó y se transformó en aceite alrededor de todos ellos. Llovió del cielo a chorro y hasta apareció en las bocas de los soldados que luchaban. Su guardia de honor sabía que debía retroceder cuando ocurriera eso y lo hizo, tosiendo y trastabillando mientras despejaban un círculo de diez metros alrededor de Anya. Los soldados enemigos se quedaron donde estaban, maldiciendo y tosiendo también. Anya golpeó sus puños entre sí con todas sus fuerzas, uno equipado con acero, el otro con pedernal. Hubo una erupción de chispas delante de ella y todo aquel sector del campo de batalla se incendió. El Aumentado tropezó por la sorpresa y Anya se lanzó hacia él, haciendo que Marfil adoptara la forma de una hoja esquirlada fina como una aguja que le clavó directamente en el pecho. Acertó con la estocada y perforó la gema corazón de su adversario. El Fusionado trastabilló hacia atrás, sus ojos ardiendo como las llamas que los rodeaban. Anya acabó con tantos soldados como pudo encontrar en el fuego. Su yelmo, transparente como el cristal desde el interior, empezó a cubrirse de hollín y al poco tiempo la obligó a retirarse de entre las llamas. Aún tenía la visión lo bastante clara para distinguir las expresiones de horror en los cantores más próximos, que estaban viendo a una portadora de esquirlada ardiente emerger de entre el fuego, como si saliera del centro de la mismísima Condenación. Ese miedo los mantuvo aturdidos mientras Anya atacaba su línea como un peñasco, repartiendo muerte a lo largo y ancho la formación que se venía abajo. Sus cadáveres cayeron entre los jubilosos spren que se retorcían en el campo de batalla, exultantes entre tanta emoción poderosa. Miedospren, dolorspren, expectaspren. Anya luchó como una carnicera. Cortando. Pateando. Arrojando cuerpos a las líneas enemigas para hacerlas montar en pánico. Creando oleadas que sus soldados aprovechaban. Algo impactó contra ella desde atrás, y Anya supuso que debería enfrentarse a otro Fusionado, pero era un Corredor del Viento muerto, derribado del aire por un Celestial que pasó volando. Dejó al hombre muerto en el terreno sanguinolento y regresó a la batalla. No estaba pensando en estrategias. La estrategia era para aburridas tiendas de campaña y conversaciones tranquilas con una copa de vino. Anya solo mataba. Golpeó hasta que sus brazos le pesaron como el plomo, pese a su armadura esquirlada y su luz tormentosa. Aunque sus tropas hacían rotaciones, ella no se permitió ese lujo. ¿Cómo podría hacerlo? Sus soldados estaban esforzándose y sangrando en tierra extranjera, luchando por algo que ella les había prometido que era importante. Si descansaba, morirían más de ellos.

Después de lo que le pareció una eternidad, se descubrió boqueando, limpiándose la sangre del yelmo para poder ver. El yelmo abrió huecos de ventilación a un lado que dejaron pasar aire fresco, y Anya flaqueó, de pie a solas en el campo de batalla. Preguntándose por qué había empezado a respirar de nuevo.

«Se me acaba la luz tormentosa», pensó, entumecida. Bajó la mirada a la palma de su guantelete, manchada de sangre naranja de cantor. ¿Cómo le había caído tanta encima? Tenía el vago recuerdo de combatir contra otra Fusionada, y contra varios regios, y…

Y su unidad de tropas estaba marchando hacia el centro de la batalla, obedeciendo la orden de una corneta que resonaba en su cabeza. Un toque que significaba… que significaba…

Anya, dijo Marfil. Hacia el lado, mira lo que es.

Uno de los Danzantes del Filo estaba moviéndose entre los soldados caídos, buscando a aquellos que pudiera sanar. El segundo llegó hasta Anya y le puso un gran topacio en la mano. Luego señaló hacia la retaguardia.

—Tengo que hacer más —dijo Anya.

—Si continuáis en este estado —replicó el Danzante del Filo—, haréis más mal que bien. Morirán más soldados para protegeros que los que costaréis al enemigo. ¿Es lo que queréis, majestad?

Esas palabras atravesaron el embotamiento y Anya se volvió hacia donde señalaba el hombre. Allí esperaban las reservas en formación, entre estandartes que anunciaban la presencia de los comandantes de batalla y los puestos médicos de combate.

—Necesitáis descansar —dijo el Danzante del Filo—. Id.

Anya asintió, aceptando el buen consejo, y se alejó con paso inestable del campo de batalla. Su guardia de honor, reducida a la mitad de su tamaño original, la siguió en exhausto grupo. Hombros hundidos. Caras cenicientas. ¿Cuánto tiempo había pasado? Miró hacia el sol.

«No puede ser», pensó. ¿Ni siquiera dos horas?

La batalla se había apartado de aquella zona, dejando cadáveres como ramas caídas tras una tormenta. Mientras Anya se acercaba, una figura vestida de negro salió de entre las reservas y corrió por aquel desastre para reunirse con ella. ¿Qué estaba haciendo allí Sagaz?

Lo seguía un pequeño grupo de sirvientes. Cuando llegaron a ella, Sagaz hizo chasquear los dedos y los sirvientes se apresuraron a limpiar la armadura de Anya con toallas. Anya hizo desaparecer el yelmo, exponiendo su cara al aire, que notó frío a pesar del calor que hacía en Emul. Se dejó puesto el resto de la armadura. No se atrevía a quitársela, por si llegaban enemigos a darle caza.

Sagaz le ofreció un cuenco de fruta.

—¿Qué es esto? —preguntó Anya.

—Soy tu ayuda de cámara.

—¿En el campo de batalla?

—Un lugar no muy Sagaz, lo reconozco. O mejor dicho, un lugar que solo existe cuando lo Sagaz ha fracasado. Aun así, he pensado que debería ser bienvenido. Para ofrecer cierta perspectiva.

Anya suspiró, pero no puso más objeciones. La mayoría de los portadores de esquirlada tenían equipos que ayudaban a mantenerlos combatiendo. Y era cierto que necesitaba beber algo y un poco más de luz tormentosa. Sin embargo, Anya se descubrió con la mirada fija. En… bueno, en todo ello.

Sagaz se mantuvo en silencio. Era experto en saber cuándo debía hacerlo, aunque también era verdad que rara vez ponía en práctica el conocimiento.

—He leído sobre esto, ¿sabes? —terminó diciendo Anya—. La sensación que tienes ahí fuera. La concentración que debes adoptar para resistirlo, para seguir en movimiento. Solo estás haciendo tu trabajo. Pero yo no tengo su entrenamiento, Sagaz. No paro de distraerme, o de asustarme, o de confundirme.

Él le dio una palmadita en la mano. En el guantelete izquierdo cerrado, donde Anya tenía el topacio del Danzante del Filo. Se lo quedó mirando un momento y luego absorbió la luz tormentosa. Hizo que se sintiera mejor, pero no toda su fatiga era física.

—No soy la fuerza imparable que había imaginado que sería —dijo—. Saben cómo ocuparse de los portadores de esquirlada. No he podido derrotar a un Fusionado en una pelea justa.

—No existen las peleas justas, Anya —respondió Sagaz—. Nunca han existido. La idea es un embuste que se emplea para imponer un orden imaginario en algo caótico. Dos hombres con la misma altura, edad y armamento no entablarán un combate justo, porque siempre habrá uno que aventaje al otro en entrenamiento, talento o simple suerte.

Ella gruñó. Bellamy no estaría muy de acuerdo con esa afirmación.

—Sé que crees que debes mostrar a los soldados que puedes luchar —prosiguió Sagaz con voz suave—. Demostrarles a ellos, y quizá a ti misma, que eres tan capaz en un campo de batalla como Bellamy se está volviendo con un libro. Eso es bueno, porque rompe barreras, y porque habría quienes se obstinaran en el error de no querer seguirte de otro modo.

»Pero ve con cuidado, Anya. Por mucho talento que tengas, no puedes conjurar para ti misma toda una vida de experiencia como carnicera por pura fuerza de voluntad. No es ninguna deshonra que utilices los poderes que has desarrollado. No es injusto. O mejor dicho, no es más injusto que cuando el espadachín más diestro de todo el campo de batalla cae por una flecha perdida. Utiliza lo que tienes.

Tenía razón. Anya suspiró, cogió una fruta con delicadeza entre dos dedos del guantelete y le dio un mordisco. El dulce frescor la sorprendió. Pertenecía a otro mundo. Se llevó por delante el sabor a ceniza, renovándole la boca y despertando su hambre. ¿Tanto se había embotado después de solo dos horas de pelea? Su tío, estando de campaña, había luchado horas y más horas, día tras día.

Y llevaba las cicatrices correspondientes, supuso Anya.

—¿Cómo va la batalla? —preguntó.

—No estoy seguro —dijo Sagaz—. Pero los generales tenían razón en que el enemigo está decidido a resistir aquí. Deben de creer que pueden ganar, y así permitir que perpetuemos esta enconada batalla en vez de forzarnos a escaramuzas temperamentales.

—¿Y por qué sonríes burlón?

—No es una sonrisa burlona —respondió Sagaz—, sino solo mi carisma natural aflorando.

Señaló con la cabeza hacia un lado, a una colina lejana, pequeña pero escarpada, donde destellaba una luz. El trueno partía el aire a pesar de que el cielo estaba despejado. Los hombres intentaban tomar la posición y morían por decenas.

—Creo que estamos llegando al final de las formaciones tradicionales de batalla —dijo Sagaz.

—Hoy nos han servido bien.

—Y tal vez seguirán haciéndolo aún durante un tiempo —repuso él—. Pero no para siempre. Hubo una época en que la táctica militar podía basarse en romper las posiciones enemigas con el suficiente esfuerzo. Con las suficientes vidas. Pero ¿qué haces cuando no hay acometida, no hay las suficientes cargas valerosas, que te ganen la posición que necesitas?

—No lo sé —dijo Anya—. Pero el bloque de infantería lleva milenios formando parte estable de todo conflicto armado, Sagaz. Se ha adaptado con cada avance de la tecnología. No lo visualizo quedando obsoleto en un futuro cercano.

—Ya veremos. ¿Crees que tus poderes son injustos porque matas a soldados por docenas y no pueden resistirse? ¿Qué pasará cuando un solo individuo pueda acabar con decenas de miles en cuestión de instantes, suponiendo que el enemigo tenga la amabilidad de amontonarse en pulcros bloques de piqueros? Las cosas cambiarán deprisa cuando tales poderes se vuelvan comunes.

—No son nada comunes.

—No he dicho que lo sean —replicó él—. Todavía.

Anya aceptó una bebida y por fin se le ocurrió ordenar a su guardia de honor que descansara. El capitán enviaría tropas frescas. Sagaz se ofreció a masajearle la mano de la espada, pero ella negó con la cabeza. Comió otra fruta y luego unas barritas de ración que le dio Sagaz para equilibrar la alimentación. Aceptó también unos saquitos de esferas. Pero en el momento en que llegó su nueva guardia de honor, se marchó en busca de un comandante de campo que supiera cuál era el mejor lugar donde desplegarla.

Siete horas más tarde, Anya caminaba con paso pesado por un campo de batalla silencioso, buscando a Sagaz. Había ido a verla varias veces durante el combate, pero ya habían pasado varias

horas desde su último encuentro. Recorrió los restos de la batalla, sintiendo una extraña soledad. A medida que la oscuridad apagaba el terreno, casi podía engañarse a sí misma fingiendo que los bultos desperdigados eran rocabrotes, no cadáveres. Los olores, por desgracia, no desaparecían con la luz. Permanecían como señal, tan desafiante como cualquier estandarte, de lo que había sucedido allí. Sangre. El hedor de los cuerpos ardiendo.

Al final, la derrota y la victoria tenían el mismo olor.

Pero sonaban distinto. El viento traía vítores. Voces humanas, que transmitían un matiz. Lo que llegaba no eran gritos de júbilo, sino más bien de alivio. Anya se encaminó hacia una baliza de luz concreta, la tienda con el conjunto iluminado de banderas de la coalición ondeando a la misma altura, una por cada reino. Dentro la recibirían como a una heroína. Pero cuando llegó, no le apeteció entrar. Así que se sentó fuera en una piedra a la vista de los guardias, que fueron lo bastante sabios como para no avisar a nadie de dentro. Se quedó un rato allí contemplando el campo de batalla, suponiendo que Sagaz la encontraría en algún momento.

—Sobrecogedor, ¿verdad? —preguntó una voz desde la oscuridad.

Anya entornó los ojos y buscó hasta localizar su fuente, un hombre menudo que estaba sentado cerca, haciendo saltar centellas de su chispero herdaziano a la noche. Cada estallido de luz iluminaba los dedos y la cara del Visón.

—Sí —dijo Anya—. «Sobrecogedor» es la palabra exacta. Más de lo que había anticipado.

—Hiciste una elección sabia al salir ahí fuera —afirmó el Visón—. Digan lo que digan los demás. Es demasiado fácil olvidar el coste. No solo para los chicos que mueren, sino también para los que viven. A todo comandante se le debería recordar cada cierto tiempo.

—¿Cómo nos ha ido?

—Hemos roto el núcleo de su fuerza —dijo él—. Que era lo que queríamos, aunque no ha sido una victoria decisiva. Necesitaremos una batalla más o dos a casi esta escala antes de que pueda decir si de verdad hemos ganado o no. Pero lo de hoy ha sido un paso adelante. Si se dan lo bastante a menudo, al final se acaba llegando a la meta.

—¿Bajas?

—Nunca aceptes informes de bajas la noche de la batalla, brillante —respondió él—. Concédete un poco de tiempo para disfrutar de la comida antes de pedir la cuenta.

—Tú no pareces estar disfrutando.

—Ah, pero lo estoy —dijo él—. Estoy mirando el cielo abierto y no llevo cadenas. —Se levantó, una sombra contra la oscuridad—. Contaré a los demás que te he visto y que estás bien, si prefieres retirarte a tu tienda. Tu Sagaz está allí, y o lo he interpretado mal o hay algo que lo tiene perturbado.

Anya dio las gracias al Visón y se levantó. ¿Sagaz estaba perturbado? Las implicaciones de eso la acosaron mientras marchaba cruzando el campamento en el frente hasta su tienda.

Dentro estaba Sagaz sentado a la mesa de viaje de Anya, escribiendo con frenesí. Hasta el momento, Anya lo había sorprendido escribiendo en lo que pensaba que eran cinco escrituras distintas desconocidas para ella, aunque no solía responder a las preguntas sobre sus orígenes. Esa noche, cerró su cuaderno de golpe y se colocó una sonrisa en la cara. Anya confiaba en él, a grandes rasgos. Y él en ella, a grandes rasgos. Los demás aspectos de su relación eran más complicados.

—¿Qué ocurre, Sagaz? —preguntó.

—Querida, deberías descansar antes de…

—Sagaz.

Él suspiró y se reclinó en el asiento. Iba inmaculado, como siempre, con el pelo peinado a la perfección y un elegante traje negro. Por mucho que criticara las frivolidades, sabía exactamente cómo debía presentarse. Era algo a partir de lo que habían establecido un vínculo.

—Te he fallado —dijo Sagaz—. Creía que había todas las precauciones necesarias, pero he encontrado una pluma en mi estuche de escribir que no funcionaba.

—¿Y… qué? ¿Esto es algún truco, Sagaz?

—Uno que me han hecho a mí, me temo —dijo él—. La pluma no era una pluma, sino una criatura diseñada para hacerse pasar por una. Un cremlino, lo llamaríais, criado con astucia para adoptar la forma de algo inocente.

Anya tuvo un escalofrío y fue hacia él, con su armadura esquirlada tintineando.

—¿Uno de los Insomnes?

Sagaz asintió.

—¿Cuánto crees que ha oído?

—No estoy seguro. No sé cuándo reemplazó a mi verdadera pluma, y no me entra en la cabeza cómo pudo evitar mis protecciones, que en teoría me advierten sobre entidades como esta.

—Entonces, debemos suponer que lo saben todo —dijo Anya—. Todos nuestros secretos.

—Por desgracia, sí —convino Sagaz. Suspiró y empujó su cuaderno hacia ella—. Estoy escribiendo a todos aquellos con quienes me he comunicado. La parte positiva es que no creo que ningún Insomne esté trabajando para Odium.

Hacía poco que Anya había descubierto que los Insomnes eran algo más que un mito. Había sido necesario conocer a uno amistoso, y ver con sus propios ojos que podía existir una entidad compuesta de algún modo por miles de cremlinos actuando en conjunto, para que aceptara su existencia.

—Si no trabaja para el enemigo, ¿para quién? —preguntó.

—Bueno, he escrito a los contactos que tengo entre ellos, preguntando si hay alguno de los suyos echando un ojo amistoso a sus buenos aliados. Pero… Anya, sé que al menos uno de ellos se ha alineado con los Sangre Espectral.

—Condenación.

—Creo que ha llegado el momento —dijo Sagaz— de hablarte de Thaidakar.

—Sé quién es —repuso Anya.

—Ah, crees saberlo —dijo él—. Pero yo he estado con él, y varias veces. En otros planetas, Anya. Los Sangre Espectral no son una organización roshariana, y no creo que seas consciente del peligro que representan…