65. HIPÓTESIS

Al adentrarnos más en este proyecto, debo cuestionarme la misma naturaleza de Dios. ¿Cómo puede un Dios existir en todas las cosas y aun así tener una sustancia que puede destruirse?

De El Ritmo de la Guerra, página 21

La luz era mucho más interesante de lo que Echo había creído.

Los rodeaba todo el tiempo, inundando el espacio a través de ventanas e irradiando de gemas. Un segundo océano, blanco y puro, tan omnipresente que se hacía invisible. Echo pudo encargar que le trajeran textos de Kholinar, un material que daba por perdido con la conquista. Pudo obtener otros de distintos lugares de la torre, e incluso tenía unos pocos capítulos relevantes allí mismo, en la sala biblioteca. Los cantores los reunieron todos por orden de Rabeniel y se los entregaron sin hacer preguntas a Echo para su estudio. Devoró las palabras. Encerrada como estaba, no podía hacer mucho más. Cada día escribía instrucciones rutinarias para sus eruditos y ocultaba mensajes cifrados en ellas que no tenían el menor sentido. Rushu sabría lo que estaba haciendo por el contexto, pero ¿y los Fusionados? Bueno, que perdieran el tiempo intentando buscar algún motivo para los figgldygrak que escribía. La confusión podría ayudarla a colar mensajes importantes más adelante.

Eso no le quitaba mucho tiempo, de modo que pasaba el resto del día estudiando la luz. No podía hacer daño que aprendiera, como quería Rabeniel. Y el tema era fascinante.

¿Qué era la luz? No solo la luz tormentosa, sino toda la luz.

Algunos eruditos antiguos afirmaban que era posible medirla. Decían que tenía un peso. Otros no estaban de acuerdo y defendían que era la fuerza por la que se movía la luz lo que podía medirse. Las dos ideas la cautivaban. Nunca había pensado en la luz como en un objeto. Sencillamente… estaba ahí.

Emocionada, probó un antiguo experimento que sugerían sus libros: partir la luz en un arcoíris de colores. Lo único que hacía falta era meter una vela en una caja, enfocar la luz a través de un agujero y dirigirla a través de un prisma. Luego, curiosa, Echo extrapoló y después de varios intentos logró usar un segundo prisma para recombinar los colores componentes en un rayo de luz blanca pura. A continuación usó un diamante infuso con luz tormentosa en vez de una vela. Funcionó igual, dividiendo la luz en sus componentes, aunque con una banda azul más amplia. La luz del vacío hacía lo mismo, solo que la franja de violeta era enorme y los demás colores meras líneas. Eso era raro, porque las investigaciones que consultó Echo indicaban que la luz de distintos colores solo debería hacer las bandas más intensas o más débiles, no incrementar su tamaño. El resultado más interesante se produjo cuando probó el experimento con la luz de torre que Rabeniel había recolectado. No era luz tormentosa ni luz de vida, sino una combinación de ambas. Cuando probó a pasar esa luz por el prisma, se partió en dos arcoíris distintos de colores, separados entre ellos. Pero esos no logró recomponerlos. Cuando trató de enviar los colores a través de otro prisma, acabó con un rayo de luz blanquiazul y otro rayo separado de luz blanquiverde, superpuestos pero no combinados como en la luz de torre. Se quedó sentada ante la mesa, mirando los dos puntos de luz sobre el papel blanco. ¿El verde podía ser luz de vida? Lo más probable era que no hubiera notado la diferencia entre ella y la luz tormentosa si no hubiera tenido ambas para compararlas: solo era si se ponían una junto a la otra cuando la luz tormentosa parecía tener un matiz de azul y la luz de vida uno de verde. Se levantó y buscó entre el arcón de artículos personales que había hecho que le llevara la gente de Rabeniel, buscando sus diarios. El día de la muerte de Gavilar aún era doloroso de recordar, cargado con una docena de emociones distintas y conflictivas. Había registrado sus impresiones sobre los acontecimientos de ese día en seis ocasiones distintas, hallándose en diferentes estados emocionales. A veces lo echaba de menos. O por lo menos, al hombre que había sido una vez, cuando habían conspirado juntos de jóvenes, planeando conquistar el mundo. Ese era el rostro que Gavilar había seguido mostrando a casi todos los demás después de empezar a cambiar. Así que, por el bien del reino, Echo le había seguido la corriente. Había creado una gran farsa después de su muerte, escribiendo sobre Gavilar el rey, el unificador, el hombre poderoso pero justo. El monarca ideal. Le había dado exactamente lo que él había querido, exactamente lo que Echo había amenazado con negarle. Le había concedido un legado. Echo cerró el diario con el dedo dentro para marcar el punto de lectura y respiró hondo varias veces. No podía permitirse que la distrajera aquella maraña de emociones. Volvió a abrir el diario y pasó hasta el relato que había hecho de su encuentro con Gavilar en su estudio el día de su muerte. Había escrito: Tenía esferas en la mesa. Unas veinte o treinta. Había estado enseñándoselas a sus visitantes particulares, muchos de los cuales han desaparecido y no se los ha vuelto a ver. Había algo raro en esas esferas. Mis ojos se vieron atraídos por varias de ellas muy características, esferas que brillaban con una luz claramente ajena, casi negativa. Tanto violeta como negra, resplandeciendo de algún modo y, sin embargo, dando la impresión de que deberían extinguir toda iluminación en vez de fomentarla.

Echo volvió a leer los pasajes y luego observó la luz de color verde pálido que había extraído de la luz de torre. Luz de vida, la luz de Cultivación. ¿Era posible que Gavilar también hubiera tenido aquella luz? ¿Echo podría haber confundido diamantes de luz de vida con esmeraldas? ¿O quizá la luz de vida en una gema parecería idéntica a la luz tormentosa si una no se fijaba?

—¿Por qué no quisiste hablar conmigo, Gavilar? —susurró—. ¿Por qué no merecía tu confianza?

Hizo acopio de valor y siguió leyendo su narración, hasta el momento en que Gavilar le daba la cuchillada más profunda de todas.

No eres digna. Por eso. Afirmas ser una erudita, pero ¿dónde están tus descubrimientos? Estudias la luz, pero eres su opuesto. Eres algo que destruye la luz. Te pasas el día revolcándote en la mugre de la cocina y obsesionándote por si un ojos claros sabe o no interpretar bien las líneas de un mapa.

Tormentas. Eso dolía mucho.

Echo se obligó a meditar sobre las palabras de Gavilar. «Eres su opuesto. Eres algo que destruye la luz.»

Gavilar había mencionado el mismo concepto que Rabeniel, el de la luz y su opuesto. ¿Sería casualidad? ¿Tendría algo que ver con aquella esfera que distorsionaba el aire?

El guardia de la puerta empezó a canturrear y luego se hizo a un lado. Echo podía adivinar lo que significaba. Y en efecto, Rabeniel entró al momento, seguida por aquella otra Fusionada que siempre andaba por allí cerca. La mujeren con una coleta y una pauta en la piel similares, pero con la mirada perdida. A Rabeniel parecía gustarle tenerla consigo, aunque Echo no estaba segura de si era para protegerla o por algún otro motivo. La segunda Fusionada era de las más… trastornadas que Echo había visto nunca. Quizá los más cuerdos se preocuparan de tener un ojo echado a algunos de los desquiciados, para impedir que se hicieran daño a sí mismos o a otros. La Fusionada demente caminó hasta la pared y se la quedó mirando. Rabeniel fue hacia la mesa, de modo que Echo se levantó y le hizo una inclinación.

—Antigua, ¿sucede algo?

—Solo venía a ver tus progresos —respondió Rabeniel.

Echo se apartó para que Rabeniel pudiera agacharse, y el pelo naranja rojizo de la coleta de la Fusionada rozó la mesa mientras inspeccionaba el experimento de Echo, la caja que dejaba salir la iluminación de una gema de luz de torre, el prisma que la dividía y luego el otro que la recombinaba en dos flujos de luz distintos.

—Increíble —dijo Rabeniel—. ¿Esto es lo que consigues cuando experimentas, en vez de luchar contra mí? Mira, luz tormentosa y luz de vida. Como te decía.

—Sí, antigua —dijo Echo—. He estado leyendo sobre la luz. La iluminación que procede del sol o de velas no puede almacenarse en gemas, pero la luz tormentosa sí. Por tanto, ¿qué es la luz tormentosa? No es solo iluminación, ya que genera iluminación.

»Es como si la luz tormentosa fuese un líquido a veces. Se comporta como tal cuando se extrae de una gema llena a una vacía, en un proceso que imita la ósmosis. Mientras está capturada, la iluminación que da la luz tormentosa se comporta como la del sol: puede partirse con un prisma y se difumina a medida que se aleja de su fuente. Pero la luz tormentosa debe ser distinta de la iluminación que irradia. De lo contrario, ¿cómo podríamos retenerla en una gema?

—¿Puedes combinarlas? —preguntó Rabeniel—. ¿Es posible mezclar luz tormentosa con luz del vacío?

—Para demostrar que humanos y cantores pueden unificarse —dijo Echo.

—Sí, por supuesto. Ese es el motivo.

«Miente», pensó Echo. No podía estar segura, ya que los cantores solían actuar de maneras extrañas, pero Echo sospechaba que allí había más.

La extraña Fusionada demente empezó a decir algo en su idioma. Alzó la mirada hacia la pared y lo dijo en voz más alta. Rabeniel le echó un vistazo, canturreó con suavidad y luego pasó la mirada a Echo.

—¿Has descubierto algo más?

—Eso viene a ser todo —dijo Echo—. No he podido recombinar la luz de vida y la luz tormentosa, pero tampoco sé si esto cuenta como separarlas de verdad, ya que solo he dividido su radiación, no la luz acumulada en sí misma.

—He pensado en tu mezcla de aceite y agua, y estoy intrigada. Necesitamos saberlo. ¿La luz tormentosa y la luz del vacío pueden mezclarse? ¿Qué pasaría si se combinaran?

—Parecéis muy centrada en esa idea, antigua —dijo Echo, reclinándose pensativa—. ¿Por qué?

—Es por lo que vine aquí —respondió Rabeniel.

—¿No para conquistar? Habláis de paz entre nosotros. ¿Cómo sería esa alianza, para vos, si lográsemos alcanzarla?

Rabeniel tarareó a un ritmo y abrió la caja de Echo para sacar la esfera de luz de torre.

—La guerra se ha extendido tanto que he visto esta clase de táctica desarrollarse docenas de veces. Nunca habíamos tomado la torre, cierto, pero en otras ocasiones sí que conquistamos Puertas Juradas, centros de mando, y hemos dominado la capital de Alezela un par de veces. Todo formando parte de una eterna e interminable guerra trabajosa. Quiero acabarla. Necesito encontrar las herramientas para concluirla de verdad, por el bien de nuestra… cordura.

—¿Concluirla cómo? —insistió Echo—. Si trabajamos juntos como deseáis, ¿qué le ocurrirá a mi pueblo?

Rabeniel giró la esfera de luz de torre en sus dedos y no hizo caso a la pregunta.

—Sabemos de esta nueva luz desde que se creó la torre, pero yo soy quien teorizó que se trataba de luz tormentosa y luz de vida combinadas. Tú lo has confirmado. Esto lo demuestra. Demuestra que lo que quiero hacer es posible.

—¿Habéis oído hablar alguna vez de esferas que retuercen el aire a su alrededor? —preguntó Echo—. ¿Como si estuvieran extremadamente calientes?

El ritmo de Rabeniel se interrumpió. La Fusionada se volvió hacia Echo.

—¿Dónde has oído hablar de algo así?

—He recordado una conversación al respecto —mintió Echo—, de hace mucho tiempo, con alguien que afirmaba haber visto una.

—Existen teorías —dijo Rabeniel—. La materia tiene su opuesto, ejes negativos que destruyen los ejes positivos cuando se combinan. Esto es un hecho conocido, y confirmado tanto por la Esquirla Odium como por Honor. Así que hay quien ha pensado… ¿existe un negativo para la luz? ¿Una antiluz? Había descartado esa idea. Al fin y al cabo, daba por sentado que si existía un opuesto a la luz tormentosa, sería la luz del vacío.

—Solo que no tenemos motivos para creer que la luz tormentosa y la luz de vida sean opuestas —afirmó Echo—. Decidme, ¿qué pasaría si esa teórica luz negativa se combinara con su positiva?

—Destrucción —dijo Rabeniel—. Aniquilación instantánea.

Echo se estremeció. Había pedido a sus eruditas, a las que había confiado la extraña esfera de Octavia, que experimentaran con la luz que distorsionaba el aire. Que la pasaran a distintas gemas, que probaran a utilizarla en fabriales. ¿Podría ser que… que de algún modo hubieran mezclado el contenido de la esfera con luz del vacío ordinaria?

—Continúa con tus experimentos —ordenó Rabeniel, dejando la esfera—. Todo lo que necesites para tu ciencia lo obtendrás. Si logras combinar luz del vacío con luz tormentosa sin destruirlas, demostrando en consecuencia que no son opuestas… bueno, me gustaría saberlo. Requerirá que descarte años y años de teorías.

—No sé ni por dónde empezar —protestó Echo—. Si me permitierais recuperar a mi equipo…

—Escríbeles instrucciones y ponlos a trabajar —dijo Rabeniel—. Los tienes sin hacer nada.

—Bien —aceptó Echo—, pero no tengo ni idea de lo que estoy haciendo. Si lo intentara con líquidos, usaría un emulsionante, pero ¿qué clase de emulsionante puede utilizarse con la luz? Desafía todo raciocinio.

—Prueba de todas formas —insistió Rabeniel—. Consíguelo y liberaré tu torre. Reuniré mis tropas y nos marcharemos. Ese conocimiento es más valioso que cualquier posición, por estratégica que sea.

«Seguro que sí», pensó Echo. No creía ni por un latido que Rabeniel fuese a cumplir su palabra… pero al mismo tiempo, era evidente que ese conocimiento daría una ventaja a Echo. ¿Por qué quería Rabeniel demostrar, o refutar, que las dos luces eran opuestas? ¿Qué objetivo tenía con ello?

«¿Quiere un arma, a lo mejor? ¿Como esa explosión que provoqué sin querer? ¿Es eso lo que persigue Rabeniel?»

La Fusionada que estaba contra la pared empezó a hablar de nuevo, más fuerte esa vez. Y de nuevo Rabeniel canturreó y miró hacia ella.

—¿Qué dice? —preguntó Echo.

—Está… preguntando si alguien ha visto a su madre. Está intentando hacer hablar a la pared.

—¿A su madre? —se sorprendió Echo, ladeando la cabeza. No había pensado que los Fusionados pudieran tener padres, pero claro que los tenían. Esas criaturas habían nacido mortales, hacía miles de años—. ¿Qué le ocurrió a su madre?

—La tienes delante —dijo Rabeniel en voz baja, señalándose a sí misma—. Esa fue otra hipótesis mía que se refutó. Hace mucho tiempo. La de que una madre y una hija sirviendo juntas podrían ayudarse entre ellas a conservar la cordura.

Rabeniel fue hasta su hija y le dio la vuelta para sacarla por la puerta. Y aunque los cantores no solían mostrar emoción en sus rostros, Echo estaba segura de que distinguió un dolor, una mueca en el semblante de Rabeniel cuando la hija siguió preguntando por su madre. Mirando todo el tiempo más allá de ella sin verla.