66. PORTADOR DE AGONÍAS
No estoy convencida de que sea posible destruir a ninguno de los dioses, de modo que quizá me haya expresado mal. En todo caso, pueden cambiar de estado, como un spren… o como las distintas luces. Esto es lo que buscamos.
De El Ritmo de la Guerra, subtexto de la página 21
Bellamy tocó con el dedo la frente del joven soldado, cerró los ojos y se concentró. Podía ver algo que se extendía desde el soldado, irradiando en la oscuridad. Líneas de un blanco puro, finas como pelos. Algunas se movían, aunque un extremo se mantenía fijo en el punto central: el lugar donde el dedo de Bellamy tocaba la piel del soldado.
—Las veo —susurró—. Por fin.
El Padre Tormenta atronó al fondo de su mente.
No estaba seguro de que pudiera hacerse, dijo. El poder de los Forjadores de Vínculos estaba atemperado por Honor, por el bien de todos. Desde la destrucción de Ashyn.
—¿Cómo sabías de esta capacidad? —preguntó Bellamy, aún con los ojos cerrados.
La oí describir antes de estar vivo por completo. Melishi veía estas líneas.
—El último Forjador de Vínculos —dijo Bellamy—. Antes de la Traición.
El mismo. Honor estaba moribundo, posiblemente loco.
—¿Qué puedo hacer con ellas? —preguntó Bellamy.
No lo sé. Ves las Conexiones que tiene toda la gente: con otros, con spren, con el tiempo y la realidad misma. Todo está Conectado, Bellamy, por una inmensa red de interacciones, pasiones, pensamientos, destinos.
Cuanto más miraba Bellamy las temblorosas líneas blancas, más detalles alcanzaba a distinguir. Algunas brillaban más que otras, por ejemplo. Extendió la otra mano e intentó tocar una, pero sus dedos la atravesaron.
Los spren también las tienen, dijo el Padre Tormenta. Y el vínculo que crea a los Radiantes es similar, aunque mucho más fuerte. No creo que estas líneas pequeñas sean demasiado útiles.
—Algo tienen que significar —dijo Bellamy.
Sí, respondió el Padre Tormenta. Pero eso no significa que puedan aprovecharse. Una vez oí a Melishi decir una cosa. Imagina que tienes dos trozos de tela, uno rojo y uno amarillo. Antes de separarte de tu hermano, los dos metéis la mano en una bolsa y sacáis una, pero la ocultáis, la guardáis en una caja sin verla. Os separáis y viajáis a regiones lejanas. Luego, de mutuo acuerdo, supongamos que el mismo día a la misma hora los dos abrís la caja y sacáis la tela. Al encontrar la roja, sabrías al instante que tu hermano ha sacado la amarilla. Habéis compartido algo, un vínculo de conocimiento. La Conexión existe, pero no es algo que necesariamente pueda aprovecharse. O al menos, no por parte de la mayoría. Un Forjador de Vínculos, en cambio…
Bellamy separó el dedo y abrió los ojos. Dio las gracias al joven soldado, que parecía nervioso al regresar a su puesto cerca de la parte delantera del edificio, uniéndose a la todavía disfrazada Octavia. Bellamy miró el fabrial de su brazo. Anya y los demás regresarían pronto del frente. Batalla ganada, celebraciones completadas. Todo sin Bellamy.
Era una sensación muy rara. Allí estaba, preocupado por Echo y por la torre, pero incapaz de hacer nada hasta disponer de más información. Preocupado por Clarke allá en Shadesmar, separado de ella, como los hermanos de la historia del Padre Tormenta. Destinos compartidos, suertes compartidas, y sin embargo Bellamy se sentía incapaz de ayudar tanto a su esposa como a su hija.
«Pero sí que te corresponde un papel en esto —se dijo con firmeza—. Un deber. Dominar estos poderes. Derrotar a Odium. Pensar a una escala mayor que una batalla, o incluso que una guerra.» Era difícil, dado lo despacio que parecían progresar sus habilidades. Cuánto tiempo perdido. ¿Sería eso lo que había experimentado Anya todos esos años, persiguiendo secretos cuando nadie más la creía?
Ese día Bellamy tenía otro deber, además de practicar. Había estado posponiéndolo, pero sabía que no debería retrasarlo más. Así que recogió a Octavia y recorrió el campamento, encaminando sus pasos hacia la prisión.
Necesitaba hablar con Gustus en persona.
El edificio que alojaba al rey derrocado no era una verdadera cárcel. No habían hecho planes de tenerla en aquel campamento de guerra temporal de Emul. Un calabozo sí, pero la disciplina militar era rápida por necesidad. Cualquier cosa que implicara más de una semana o dos de reclusión solía resultar en baja del servicio o, para las infracciones más graves, en ejecución. Gustus requería algo más permanente y más delicado. De modo que habían tapiado las ventanas de una casa recia, habían reforzado la puerta y habían apostado guardias de entre los mejores soldados de Bellamy. Mientras se acercaba, comprobó que las ventanas del piso superior estaban rellenas de crudos ladrillos de crem, fijados con argamasa. A Bellamy no le había parecido bien conceder a Gustus un hogar en vez de una celda, pero, al ver aquellas ventanas, tampoco le pareció bien dejarlo sin luz solar. Bellamy asintió en respuesta a los saludos marciales en la puerta y esperó a que los guardias abrieran las cerraduras y le franquearan el paso. Nadie expresó ninguna preocupación por su seguridad ni hizo ningún comentario sobre que solo llevara un guardia. Todos pensaban que las precauciones eran para impedir que rescataran a Gustus y ni se les ocurriría preguntarse si el Espina Negra podría defenderse contra un anciano hombre de estado. No tenían ni la menor idea, ni siquiera entonces, de lo peligroso que era Gustus. Estaba sentado en un taburete cerca de la pared del fondo de la sala principal. Había dejado un rubí en una esquina y estaba mirándolo. Se volvió al oír entrar a Bellamy y hasta sonrió, el muy tormentoso. Bellamy hizo una seña a Octavia para que esperase justo en el interior de la puerta mientras los guardias la cerraban y le pasaban el cerrojo después de que entraran. Entonces Bellamy fue hacia la esquina, precavido. Había cargado hacia muchas batallas con menos inquietud que la que sentía en esos momentos.
—Me había preguntado si vendrías —dijo Gustus—. Ya han pasado casi dos semanas desde mi traición.
—Quería asegurarme de no estar siendo manipulado de algún modo —respondió Bellamy, con sinceridad—. Así que esperé a que ciertas tareas estuvieran completadas antes de venir a verte y arriesgarme a permitir que influyeras en mí.
Aunque en el fondo, Bellamy reconoció que aquello era sobre todo una excusa. Ver a aquel hombre era doloroso. Quizá debería haber dejado que Anya interrogara a Gustus, como había sugerido ella misma. Pero eso le había parecido la opción cobarde.
—Ah, ¿y esas ciertas tareas están completadas, entonces? —preguntó el anciano—. A estas alturas, sin duda ya te habrás recuperado de la traición de los ejércitos veden. ¿Has batallado contra las fuerzas de Odium en Emul? Advertí a Odium que deberíamos haber actuado antes, pero se mostró inflexible, ¿sabes? Esto era lo que él quería que ocurriese.
Aquella franqueza fue como un puntapié en toda la tripa de Bellamy. Hizo acopio de fuerzas.
—Ese taburete es demasiado incómodo para un hombre de tu edad. Deberían traerte una butaca. Pensaba que habían dejado amueblado el edificio. ¿Tienes cama? Y espero que te dieran más de una sola esfera para iluminarte.
—Bellamy, Bellamy —susurró Gustus—. Si quieres que esté cómodo, no preguntes por el asiento ni por la luz. Responde a mis preguntas y háblame. Necesito eso más que…
—¿Por qué? —lo interrumpió Bellamy. Sostuvo la mirada de Gustus y se sorprendió por lo mucho que dolía hacer la pregunta. Había sabido que la traición llegaría. Había sabido lo que era ese hombre. Y aun así, las palabras fueron una tortura cuando volvieron a salir de sus labios—. ¿Por qué? ¿Por qué lo hiciste?
—Porque ibas a perder, Bellamy. Lo siento, amigo mío. Es inevitable.
—Eso no puedes saberlo.
—Pero lo sé. —Se hundió en su asiento, volviéndose hacia la esquina y la esfera brillante—. Qué imitación más pobre de nuestra cómoda sala de estar en Urithiru. Y hasta eso era una pobre imitación de un auténtico hogar, crepitando con llamas reales, vivas y hermosas. Una imitación de una imitación.
»Eso es lo que somos, Bellamy. Un cuadro hecho a partir de otro cuadro de algo grandioso. Tal vez los antiguos Radiantes pudieran haber salido victoriosos de esta lucha, cuando Honor vivía. Pero no lo hicieron. Apenas lograron sobrevivir. Y ahora nos enfrentamos a un dios. Solos. No nos espera ninguna victoria.
Bellamy se sintió… frío. No impactado. No sorprendido. Supuso que podría haber deducido por su cuenta el razonamiento de Gustus, pues habían hablado a menudo de lo que significaba ser rey. Las conversaciones se habían hecho más intensas, más significativas, después de que Bellamy comprendiera lo que había hecho Gustus para alzarse con el trono de Jah Keved. Una vez supo eso, en vez de charlar con un anciano amable de extraños ideales, había estado hablando con otro asesino. Con un hombre como el mismo Bellamy. Y en ese momento estaba decepcionado. Por que al final, Gustus había permitido que esa parte de él lo dominara. Había abandonado el límite. Su amigo —porque sí, eran amigos— había saltado al precipicio.
—Sí que podemos derrotarlo, Gustus —dijo Bellamy—. No eres ni por asomo tan listo como crees.
—Estoy de acuerdo. Una vez lo fui, sin embargo —aclaró, quizá percibiendo la confusión de Bellamy—. Visité la Antigua Magia, Bellamy. La vi a ella. No solo a la Vigilante Nocturna, sospecho, sino a la otra. La misma a quien viste tú.
—Cultivación —dijo Bellamy—. Sí que existe alguien que puede enfrentarse a Odium. Había tres dioses.
—Ella no lo combatirá —respondió Gustus—. Lo sabe. ¿Cómo crees que descubrí que perderíamos?
—¿Te dijo eso? —Bellamy avanzó y se agachó al lado de Gustus, al nivel de los ojos del anciano—. ¿Te dijo que Odium ganaría?
—Le pedí la capacidad de detener lo que se avecinaba —dijo Gustus—. Y me volvió inteligente, Bellamy. De una inteligencia trascendental, pero solo una vez. Durante un día. Voy variando, ¿sabes? Algunos días soy listo, pero mis emociones parecen atrofiarse y no siento más que irritación. Otros días soy estúpido, pero hasta la menor pizca de sentimentalidad me hace saltar las lágrimas. La mayoría de los días estoy como hoy. En algún nivel intermedio.
»Solo un día de genialidad. Un único día. Muchas veces he deseado que se me concediera otro, pero imagino que eso era todo lo que Cultivación quería que tuviera. Quería que lo viera por mí mismo. No había manera de salvar Roshar.
—¿No viste ninguna posible salida? —preguntó Bellamy—. Dime la verdad. ¿De verdad no había absolutamente ninguna manera de ganar?
Gustus se quedó callado.
—Nadie puede ver el futuro a la perfección —dijo Bellamy—. Ni siquiera Odium. Encuentro imposible creer que tú, por muy listo que fueras, pudieras estar convencido por completo de que no había ningún camino hacia la victoria.
—Pongamos que estuvieras tú en mi lugar —repuso Gustus—. Viste una sombra del futuro, la mejor que cualquiera ha captado jamás. Mejor, de hecho, que la que pudiera lograr cualquier mortal. Y viste un camino hacia la salvación de Alezkar, de todos tus seres queridos, de todo lo que conoces. Viste una oportunidad muy plausible, muy razonable, de lograr ese objetivo.
»Pero también viste que para hacer más, para salvar el mundo en sí, tendrías que confiar en unas apuestas tan alocadas que rayan en lo absurdo. Y si fracasaras en esa apuesta tan tan tan improbable, lo perderías todo. Dime tú la verdad a mí, Bellamy. ¿No te plantearías hacer lo que hice yo, optar por la decisión racional de salvar a unos pocos? —Los ojos de Gustus brillaron—. ¿No es ese el camino del soldado? ¿Aceptar tus pérdidas y hacer lo que puedes?
—¿Así que nos vendiste? ¿Ayudaste a acelerar nuestra destrucción?
—Por un precio, Bellamy —respondió Gustus, mirando de nuevo el rubí que era el hogar de la sala—. Conseguí preservar Kharbranth. Te prometo que intenté proteger más. Pero es como decís los Radiantes. Vida antes que muerte. Salvé las vidas de tantos como…
—No uses esa frase —dijo Bellamy—. No la mancilles, Gustus, con tus burdas justificaciones.
—¿Aún sigues en tu alta torre, Bellamy? —preguntó Gustus—. ¿Orgulloso de lo lejos que ves, cuando no distingues nada más allá de tus propios pies? Sí, eres muy noble. Qué maravilloso eres, luchando hasta el final, arrastrando a todos los humanos a la muerte contigo. Podrán morir todos sabiendo que jamás cediste.
—Hice un juramento —dijo Bellamy— de proteger al pueblo de Alezkar. Fue mi juramento como alto príncipe. Y después de eso, un juramento más grandioso, el juramento de un Radiante.
—¿Y así fue como protegiste a los alezi hace años, Bellamy? ¿Cuando los quemabas vivos en sus ciudades?
Bellamy inspiró de sopetón, pero se negó a morder ese anzuelo.
—Ya no soy ese hombre. Cambié. Yo doy el siguiente paso, Gustus.
—Supongo que eso es cierto y mi afirmación una pulla inútil. Desearía que fueras ese hombre dispuesto a quemar una ciudad para preservar ese reino. Podría trabajar con ese hombre, Bellamy. Hacérselo ver.
—¿Ver que debería convertirme en un traidor?
—Sí. Tal y como vives ahora, proteger a la gente no es tu auténtico ideal. Si ese fuera el caso, te rendirías. No, tu verdadero ideal es nunca rendirte. Cueste lo que cueste. ¿Eres consciente del orgullo que hay en esa actitud?
—Me niego a aceptar que hemos perdido —dijo Bellamy—. Ese es el problema de tu forma de ver el mundo, Gustus. Te rendiste antes de que la batalla empezara. Te crees lo bastante listo para conocer el futuro, pero te lo repito: nadie sabe a ciencia cierta lo que va a pasar.
El anciano sorprendió a Bellamy al asentir.
—Sí, sí, tal vez. Podría equivocarme. Eso sería estupendo, ¿verdad, Bellamy? Moriría feliz sabiendo que estaba en un error.
—¿De verdad? —preguntó Bellamy.
Gustus se quedó pensativo. Entonces se giró de repente, y el movimiento provocó que Octavia saltara hacia delante, con la mano en la espada. Pero Gustus solo estaba señalando otro taburete que había cerca para que Bellamy se sentara. El antiguo rey lanzó una breve mirada a Octavia y vaciló. A Bellamy le pareció entrever que el hombre entornaba los ojos. Condenación.
Lo había averiguado.
El momento duró solo un segundo.
—Ese taburete —dijo Gustus, señalando de nuevo— lo he bajado desde el piso de arriba. Por si venías a verme. ¿Te sentarías conmigo como hacíamos antaño? ¿Por los viejos tiempos?
Bellamy frunció el ceño. Prefería no aceptar el asiento por principio, pero esa actitud sí que sería orgullosa. Decidió sentarse con aquel hombre una última vez. Gustus era de los pocos que de verdad comprendían lo que se sentía al tomar las decisiones que había tomado Bellamy. Acercó el taburete y se sentó.
—Sí que moriría feliz —dijo Gustus—, si pudiera ver que me equivocaba. Si ganaras.
—No creo que lo hicieras. No creo que pudieras soportar no haber sido tú quien nos salvara.
—Qué poco me conoces, a pesar de todo.
—No acudiste a mí, ni a ninguno de nosotros —dijo Bellamy—. ¿Dices que eras inteligentísimo? ¿Qué habías deducido lo que iba a ocurrir? ¿Y cuál fue tu reacción? No fue proponer una alianza, no fue volver a fundar los Caballeros Radiantes. Fue enviar a una asesina y hacerte con el trono de Jah Keved.
—Para situarme en posición de negociar con Odium.
—Ese argumento es crem, Gustus. No tenías por qué asesinar a nadie, ni convertirte en rey de Jah Keved, para lograr nada de esto. Querías ser emperador. Lo intentaste también con Alezkar. Enviaste a Octavia a matarme, en vez de hablar conmigo.
—Disculpa, Espina Negra, pero recuerda por favor el hombre que eras cuando empecé con esto. Ese hombre no me habría escuchado.
—¿Eres tan listo que puedes predecir quién ganará una guerra antes de que empiece pero no supiste ver que yo estaba cambiando? ¿No supiste ver que sería más valioso como aliado que como cadáver?
—Creía que caerías, Bellamy. Predije que te unirías a Odium, si seguías con vida. O eso o me combatirías a cada paso. Odium opinaba lo mismo.
—Y los dos os equivocabais —replicó Bellamy—. Así que tu grandioso plan, tu magistral «visión» del futuro estaba equivocada, y punto.
—Yo… eh… —Gustus se frotó la frente—. Ahora mismo no tengo la inteligencia para explicártelo. Odium dispondrá las cosas para que, decidas lo que decidas, gane él. Sabiendo eso, tomé la difícil decisión de salvar al menos una ciudad.
—Yo creo que viste la oportunidad de ser emperador y la aprovechaste —dijo Bellamy—. Querías poder, Gustus, para así renunciar a él. Querías ser el glorioso rey que se sacrifica para proteger a todos los demás. Siempre te has considerado un hombre que está obligado a soportar la carga del liderazgo.
—Porque es verdad.
—Porque te gusta.
—Si eso fuese cierto, ¿por qué lo dejé ir? ¿Por qué estoy capturado aquí?
—Porque querías ser conocido como el hombre que nos salvó.
—No —dijo Gustus—. Es porque sabía que mis amigos y mi familia podrían escapar si te permitía capturarme. Sabía que tu ira caería sobre mí, no sobre Kharbranth. Y como seguro que ya habrás descubierto, quienes sabían lo que estaba haciendo ya no forman parte del gobierno de la ciudad. Si atacaras Kharbranth, estarías atacando a inocentes.
—Nunca haría eso.
—Porque me tienes a mí. Reconócelo.
A la tormenta con él, tenía razón, y eso enfadó a Bellamy lo suficiente para atraer a un hirviente furiaspren a sus pies. No tenía ningún interés en vengarse de Kharbranth. Sus habitantes, como los veden, como el propio Bellamy, habían sido títeres en las maquinaciones de Gustus.
—Sé que es difícil de aceptar —dijo el anciano—, pero mi objetivo nunca ha sido el poder. Siempre ha sido solo salvar a todo aquel que pudiera.
—Eso no puedo discutirlo, ya que no conozco tu corazón, Gustus —respondió Bellamy—. Así que en vez de eso, te diré algo que sí sé a ciencia cierta. Esto podría haber sido de otra forma. Podrías haberte unido a nosotros de verdad. Tormentas… llego a imaginar un mundo en el que tú pronunciaras los juramentos. Te imagino como un líder mejor de lo que yo jamás podría haber sido. Tengo la impresión de que estabas muy cerca.
—No, amigo mío —dijo Gustus—. Un monarca no puede hacer tales juramentos y esperar que será capaz de mantenerlos. Debe darse cuenta de que en cualquier momento puede surgir una necesidad mayor.
—En ese caso, es imposible que un rey sea un hombre moral.
—O a lo mejor se puede ser moral y aun así romper juramentos.
—No —dijo Bellamy—. No, los juramentos son parte de lo que define la moralidad, Gustus. Un buen hombre debe aspirar a lograr aquello que se ha comprometido a hacer.
—Hablas como un verdadero hijo de Tanavast —repuso Gustus, dando una palmada—. Y te creo, Bellamy. Creo que piensas justo lo que dices. De verdad eres un hombre de Honor, criado así a lo largo de toda una vida en su religión, que quizá estés poniendo patas arriba, pero mantiene su presa sobre tu mente.
»Ojalá pudiera elogiar eso. Quizá sí que hubiese otra forma de salir de esto. Quizá sí que hubiese otra solución. Pero no la encontraríamos en tus juramentos, amigos míos. Y no pasaría por una coalición de nobles líderes. Implicaría la clase de asuntos con los que tanta familiaridad tuviste en otros tiempos.
—No —dijo Bellamy—. Existe un camino justo hacia la victoria. Los métodos deben ajustarse al ideal que pretenden obtener.
Gustus asintió, como si aquella hubiera sido la respuesta inevitable. Bellamy se echó un poco hacia atrás en su asiento y se quedaron allí sentados un rato, contemplando el diminuto rubí. A Bellamy no le gustaba nada cómo había ido aquello, cómo la discusión lo había forzado a adoptar la versión más dogmática de sus creencias. Sabía que existían matices en cada posición, y aun así…
Alinear sus métodos y sus objetivos estaba en el mismo núcleo de todo lo que había aprendido. De aquello en lo que intentaba convertirse. Tenía que creer que había un modo de liderar sin perder la moralidad. Miró aquel rubí, aquel resplandor de luz roja que recordaba al relámpago de una tormenta eterna. Bellamy había llegado allí esperando una pelea, pero se sorprendió al reparar en que sentía más pena que ira. Simpatizaba con el dolor de Gustus, con sus remordimientos por lo que había ocurrido. Por lo que ambos habían perdido.
Bellamy por fin se levantó.
—Siempre dijiste que ser rey significaba aceptar el dolor.
—Aceptar que debes hacer lo que otros no pueden —convino Gustus—. Portar las agonías de las decisiones que debes tomar, para que otros puedan llevar vidas puras. Debes saber que ya hice mis despedidas y he anulado por voluntad propia todo el valor que pudiera tener para Odium y para mis antiguos compatriotas. No podrás utilizar mi vida para negociar con nadie.
—¿Por qué decirme eso? —preguntó Bellamy—. Con eso haces que no tenga valor mantenerte prisionero. ¿Es que quieres ser ejecutado?
—Solo quiero ser claro contigo —dijo Gustus—. Ya no tengo motivos para intentar manipularte, Bellamy. He logrado lo que pretendía. Puedes matarme.
—No, Gustus —respondió Bellamy—. Has vivido según tus convicciones, por desencaminadas que puedan estar. Ahora yo viviré según las mías. Al final de todo, cuando me enfrente a Odium y lo derrote, tú estarás allí. Te haré ese regalo.
—¿El dolor de saber que me equivocaba?
—Antes me has dicho que desearías estar equivocado. Si eres sincero, si de verdad esto nunca fue por tener razón ni por obtener poder, entonces ese día podremos abrazarnos sabiendo que todo ha terminado. Viejo amigo. Gustus lo miró, y tenía lágrimas en los ojos.
—Por ese día, pues —susurró—. Y por ese abrazo.
Bellamy asintió y se marchó después de recoger a Octavia en la puerta. Se detuvo un momento para decir a los guardias que llevaran a Gustus más luz y una silla cómoda. Mientras caminaba, Octavia habló desde detrás de Bellamy.
—No te creas sus mentiras. Finge haber terminado de urdir planes, pero hay más en él. Siempre hay más en ese.
Bellamy lanzó una mirada a la estoica guardaespaldas. Era muy poco frecuente que Octavia ofreciera su opinión.
—No confío en él —dijo Bellamy—. No puedo terminar de hablar con ese hombre, por inocente que sea el tema, sin dar vueltas y más vueltas a las cosas que ha dicho. En parte, por eso estaba tan reacio a entrar ahí.
—Eres sabio —dijo Octavia, y pareció dar la conversación por terminada.
