69. TONOS PUROS DE ROSHAR
Te dejo ahora en tu propia compañía.
De El Ritmo de la Guerra, página 27
Echo golpeó el diapasón y tocó con él un diamante refulgente. Cuando lo separó de la gema, una fina línea de luz tormentosa lo siguió y, al poner en contacto la herramienta con un diamante vacío, la luz tormentosa fluyó a su interior. La transferencia se mantendría mientras el diapasón hiciera seguir vibrando al segundo diamante.
«A veces la considero un gas —pensó mientras anotaba la velocidad del flujo—. Y a veces un líquido. No dejo de oscilar entre ambas ideas, intentando definirla, pero no puede ser ninguna de esas cosas. La luz tormentosa es algo distinto, que comparte algunas propiedades tanto con los líquidos como con los gases.»
Después de completar aquel experimento de control, midiendo la rapidez de transmisión de la luz tormentosa, dispuso el verdadero experimento. Ese iba a llevarlo a cabo dentro de una gran caja de acero creada mediante moldeado de almas por sus eruditos para los experimentos peligrosos, con una gruesa cara de cristal. Echo había obligado al enemigo a meterla a rastras desde el pasillo y colocarla encima de su mesa. No estaba segura de que la caja fuera a salvarla de una posible explosión, pero, dado que no tenía parte de arriba, la fuerza de la destrucción debería llevar dirección ascendente. Así que, mientras Echo se mantuviera baja y mirara por la cara de cristal, debería estar escudada.
Era lo mejor que podía hacer en aquellas circunstancias difíciles.
Echo había dicho a los cantores que estaba tomando las precauciones normales, procurando no darles a entender que esperaba una explosión. Y de hecho no la esperaba, porque la esfera que había matado a sus eruditas no era de luz del vacío, sino de otra cosa. Otra cosa que Echo aún no comprendía. Estaba convencida de que mezclar luz del vacío con luz tormentosa no generaría una explosión, sino una nueva clase de luz. Como la luz de torre. Empezó su siguiente experimento del mismo modo que el anterior, extrayendo luz tormentosa y enviándola a otro diamante. Luego metió la mano en la caja con unas pinzas y situó un diamante de luz del vacío en el centro del flujo, entre el diamante de luz tormentosa y el diapasón. La luz tormentosa no reaccionó en absoluto al diamante con luz del vacío. Se limitó a fluir alrededor de la gema oscura y continuar hacia el diamante que la recibía. A medida que remitía el tono del diapasón, el flujo fue reduciéndose. Cuando el diapasón quedó en silencio, la luz tormentosa que seguía flotando en el aire entre ambos diamantes se dispersó hasta desaparecer. Bueno, Echo tampoco había esperado que sucediera otra cosa. La siguiente era una comprobación mejor. Había dedicado varios días a trabajar dando por buena una hipótesis concreta: que si la luz tormentosa reaccionaba a un cierto tono, la luz del vacío y la luz de torre también lo harían. Había necesitado impartirse a sí misma un cursillo acelerado sobre teoría musical para ser capaz de poner a prueba esa idea como era debido. La tradición alezi empleaba una escala de diez notas, aunque hablando con más propiedad eran dos quintavas de cinco notas cada una. Aquello era lo correcto y lo ordenado, y las composiciones más grandiosas y conocidas estaban todas en esa escala. Sin embargo, no era la única que se utilizaba a lo largo y ancho del mundo. Existían muchísimas. Por ejemplo, los thayleños tenían preferencia por una escala de doce notas. Un número extraño, por mucho que los doce pasos fuesen matemáticamente agradables. Al investigar el tono que emitía el diapasón, Echo había descubierto algo increíble. En la antigüedad, la gente había utilizado una escala de tres notas, y aun sobrevivían unas pocas composiciones en ella. El tono que servía para atraer la luz tormentosa era la primera de las tres notas de aquella escala antigua. Con cierto esfuerzo, que había incluido enviar a Fusionados hasta Kholinar por la Puerta Jurada para que saquearan el conservatorio real, Echo había obtenido diapasones de las otras dos notas de esa escala. Descubrió con gran deleite que la luz del vacío respondía a la tercera de las tres notas. No había encontrado en sus lecturas ninguna indicación de que la gente hubiera sabido que esas tres notas se correspondían con los tres dioses antiguos. Ningún erudito alezi parecía haber descubierto que uno de esos tres tonos podía provocar una reacción en la luz tormentosa, aunque al preguntar a Rabeniel, la Fusionada le había revelado que ella sí lo sabía. De hecho, se había sorprendido al enterarse de que Echo había descubierto hacía muy poco los «tonos puros de Roshar», como ella los llamaba.
Echo había probado a cantar esos tonos, pero no había logrado que la luz respondiera. Tal vez se debiera a que no afinaba lo suficiente, porque Rabeniel sí que había podido hacerlo: había cantado mientras tocaba una gema y luego había movido el dedo a otra manteniendo la nota, y la luz tormentosa había seguido su dedo igual que lo hacía con un diapasón. Ese día Rabeniel estaba atendiendo a otros quehaceres, pero Echo podía usar los diapasones para imitar su destreza en el canto. Tres tonos: una nota para Honor, una nota para Odium y una nota para Cultivación. Pero el vorinismo solo veneraba al Todopoderoso. A Honor. La teología tendría que esperar a más adelante. Echo preparó su siguiente experimento. Creó hilos de luz tormentosa y luz del vacío, extrayendo cada una de ellas de un diamante en sendas esquinas de su caja, y entrecruzó los flujos por el centro. Las dos luces se empujaron entre ellas y se arremolinaron al juntarse, pero luego se separaron y fluyeron a sus respectivos diapasones.
—Muy bien —dijo Echo, tomando notas en su cuaderno—. ¿Y qué tal así?
Recogió el diamante de luz del vacío a medio agotar y sacó un diamante nuevo de luz tormentosa, infuso por completo. En la ciencia fabrial, se capturaba a un spren creando una gema con una especie de vacío en ella. Se le extraía la luz tormentosa y el resultado era una esfera con un hueco o capacidad de succión en su interior. Esa gema absorbería a un spren cercano, ya que estaban hechos de luz. Era como cualquier diferencial de presión. Echo esperaba poder rellenar la esfera de luz del vacío con luz tormentosa, ya que había retirado parte de esa luz del vacío. Golpeó el diapasón, hizo fluir la luz tormentosa fuera de su diamante e intentó que entrara en el diamante de luz del vacío haciéndolo vibrar al tono del diapasón. Por desgracia, cuando puso en contacto el diapasón con el diamante de luz del vacío, al instante este dejó de vibrar y el tono murió. Extinguido como una vela bajo un chorro de agua. Echo logró que la luz tormentosa se acumulara contra el diamante de luz del vacío poniendo el diapasón a su lado, pero cuando hizo fluir la luz del vacío hacia un extremo de la mesa, creando en teoría un diferencial de presión activo en ese diamante, no pudo hacer que absorbiera luz tormentosa. Solo cuando el diamante estuvo completamente desprovisto de luz del vacío pudo infundirle luz tormentosa.
—Como agua y aceite, ya lo creo que sí —dijo, tomando más notas.
Pero el hecho de que los flujos no se repelieran al tocarse parecía demostrar que no eran opuestos. Terminó de apuntar los resultados del experimento, se levantó y fue a hablar con el Hermano. Era fácil hacer creer a los guardias que solo estaba paseándose entre las estanterías para leer un par de pasajes, ya que solía hacerlo a menudo. Echo fingió estar eligiendo libros de la estantería del fondo y apoyó la mano en la veta del Hermano en la pared.
—¿Nos observa alguien? —preguntó.
Ya te lo dije, respondió el Hermano. Los vacíospren no pueden ser invisibles en la torre. Esa protección es distinta a la que reprime la potenciación enemiga y Rabeniel todavía no la ha corrompido.
—También me dijiste que podías sentir si había algún vacíospren cerca.
Sí.
—Y… ¿hay alguno cerca?
No, dijo el Hermano. ¿No confías en mi palabra?
—Llamémoslo una sana paranoia por mi parte —respondió Echo—. Háblame otra vez de…
Continúas experimentando con fabriales, la interrumpió el Hermano. Tenemos que hablar más de eso. No me gusta lo que has estado haciendo.
—No he capturado a ningún otro spren —susurró Echo—. He estado trabajando con luz tormentosa y luz del vacío.
Un trabajo peligroso. Aquel que forja armas puede afirmar que nunca ha matado, pero aun así prepara la carnicería.
—Si queremos restaurar tus capacidades, necesito comprender cómo funciona la luz. Así que, si no tienes una idea mejor de cómo hacerlo, tendré que seguir utilizando gemas y… sí, y fabriales.
El Hermano guardó silencio.
—Háblame otra vez de la luz de torre —pidió Echo.
Esto está haciéndose tedioso.
—¿Quieres que te salve o no?
Bien. La luz de torre es mi luz, la luz que antes podía crear.
—¿Necesitabas a un Forjador de Vínculos para crearla?
No. Podía generarla por mi cuenta. Y mi Forjador de Vínculos podía crearla también, mediante su vínculo conmigo.
—Y esa luz, a su vez, alimentaba las defensas de la torre.
No solo las defensas. Todo.
—¿Por qué ya no funciona?
¡Eso ya te lo expliqué!
—Es un método de investigación muy habitual —dijo Echo con calma, pasando páginas de un libro con la mano izquierda—. Mi objetivo es que vuelvas a afirmar los hechos de distintas maneras, obligándote a explicar las cosas de formas diferentes o a recordar detalles que se te hubieran olvidado.
No he olvidado nada. Las defensas ya no funcionan porque no tengo luz para ellas. Perdí la mayoría de mi fuerza cuando dejé de poder oír los dos tonos puros de Roshar. Solo puedo crear una cantidad minúscula de luz de torre, la suficiente para alimentar unos pocos fabriales básicos de Urithiru.
—¿Los dos tonos de Roshar? —preguntó Echo—. Hay tres.
No, son dos. Uno de mi madre y otro de mi padre. El tono de Odium es un intruso. Falso.
—¿Podría ser que parte del motivo de que perdieras tus capacidades esté relacionado con que esa nota pasara a ser un tono puro de Roshar? ¿Con que Odium se convirtiera de verdad en uno de los tres dioses?
Pues… no lo sé, reconoció el Hermano.
Echo apuntó esa hipótesis.
Tenemos que buscar la forma de restaurar mi luz de torre, dijo el Hermano, y de eliminar la luz del vacío de mi organismo.
—Es justo en lo que estoy trabajando —repuso Echo.
Encontrar la forma de combinar dos luces sería el primer paso hacia la creación de luz de torre. Saltaba a la vista que necesitaba un emulsionante, algo que facilitara la unión. Pero ¿qué clase de emulsionante podría «adherirse» a la luz tormentosa y hacer que se combinara con la luz del vacío? Echo negó con la cabeza y retiró la mano de la veta de la pared. Llevaba demasiado tiempo allí, así que cogió un libro y regresó hacia la puerta, sumida en suspensamientos. Pero cuando llegó a la mesa, encontró una cajita allí esperándola.
Miró al guardia de la puerta, que asintió. Se la había enviado Rabeniel. Echo abrió la cajita, sin aliento, y encontró un diamante que brillaba con gran intensidad. A primera vista parecía ser otra esfera de luz tormentosa. Pero cuando Echo la levantó y la situó junto a una de verdad, distinguió el matiz verdoso que tenía la que Rabeniel le había enviado.
Luz de vida. La Fusionada había prometido conseguírsela a Echo.
—¿Te ha dicho de dónde la ha sacado? —preguntó Echo.
El guardia negó con la cabeza.
Echo tenía una posible respuesta. El Hermano había perdido la pista a Madi, pero había explicado a Echo que esa chica tenía algo raro. Algo que Echo confiaba en que pudiera sacarlos de aquel atolladero. Con manos firmes, aunque emergieron del suelo expectaspren a su alrededor, Echo usó el diapasón intermedio en aquel nuevo diamante. Y funcionó: pudo extraer la luz de vida y enviarla fluyendo al interior de otra gema. La luz de torre era luz de vida y luz tormentosa combinadas. Por tanto, quizá la luz de vida, la luz de Cultivación, tenía alguna propiedad que le permitía mezclarse con las otras luces. Conteniendo el aliento, Echo repitió sus anteriores experimentos, pero con luz de vida en lugar de luz del vacío.
Fracasaron todos.
No consiguió que se mezclaran la luz tormentosa y la luz de vida.
No funcionaron los diapasones, ni hacer que los flujos se tocaran, ni tampoco ninguna aplicación hábil de los diferenciales de gema. Probó a mezclar luz del vacío con luz de vida. Probó a mezclar las tres. Probó todos los experimentos de la lista que había hecho en sus sesiones puramente teóricas. Luego repitió todos los experimentos hasta que, dado que cada uno de ellos permitía que un poco de luz de vida se dispersara en el aire, hubo utilizado todas sus existencias. Ahuyentando agotaspren, se levantó, frustrada. Otro callejón sin salida. Le había ido tan mal como en los experimentos de aquella mañana, cuando había intentado todo lo que se le había ocurrido —incluso usar dos diapasones a la vez— para hacer que la luz de torre saliera de su gema. También había fracasado en eso.
Recogió todos los diamantes usados y los dejó junto a la puerta para que se los llevaran y volvieran a infundirlos, ya que ese día llegaba una alta tormenta. Hecho eso, paseó por la sala, irritada. Sabía que no debería permitir que la ausencia de resultados la molestara. Los verdaderos científicos comprendían que aquellos experimentos no debían considerarse fracasos, pues eran pasos necesarios en el camino hacia el descubrimiento. De hecho, lo extraordinario, lo inusual del todo, habría sido obtener un resultado positivo tan temprano en el proceso. El problema era que los científicos no tenían que trabajar sometidos a unos plazos y unas presiones tan terribles. Echo estaba aislada, y cada momento que pasaba los llevaba a todos al desastre. Su única pista consistía en intentar mezclar las luces, con la esperanza de poder crear en algún momento más luz de torre para ayudar al Hermano. Vagó por la estancia, fingiendo inspeccionar los lomos de los libros en los estantes. «Si hago mi descubrimiento, Rabeniel lo sabrá, porque siempre tiene a un guardia observándome. Me obligará a revelarle la respuesta, por lo que incluso con estos intentos de escapar estoy favoreciendo sus objetivos, sean cuales sean.»
Echo estaba en el umbral de algo importante. Las revelaciones que había obtenido sobre la luz tormentosa cambiaban fundamentalmente su comprensión de ella y del mundo en general. Tres tipos de poder. La posibilidad de combinarlos. Y… con toda probabilidad algo más, teniendo en cuenta aquella extraña esfera que distorsionaba el aire a su alrededor.
Su instinto le decía que aquel conocimiento terminaría saliendo a la luz. Y quienes lo controlasen, quienes lo explotasen, serían quienes ganaran la guerra.
«Necesito otro plan», decidió. Si al final descubría cómo crear luz de torre, y si el escudo caía, Echo necesitaba una forma de aislar la columna de cristal durante un breve período. Para defenderla, quizá para trabajar en ella.
Echo sujetó su cuaderno con la mano segura, para fingir que estaba apuntando títulos de libros. En vez de eso, hizo una rápidas anotaciones sobre una idea. Le habían dicho que podía tener todo lo que necesitara, siempre que fuese relevante para sus experimentos. También le permitían almacenar equipo fuera, en el pasillo. Por tanto, ¿y si creaba algunos fabriales que sirvieran como armas y los almacenaba allí fuera? Fabriales de aspecto inocente que, una vez activados, pudieran utilizarse para inmovilizar a los guardias o los Fusionados que acudieran para impedirle trabajar en la columna. Esbozó algunas ideas, trampas que pudiera montar a partir de piezas de fabriales en apariencia inofensivas. Doloriales para provocar agonía y bloquear los músculos. Fabriales calentadores que quemaran y escaldaran.
Sí… Podría crear una serie de defensas haciéndolas pasar por experimentos fallidos y luego ir almacenándolas sin aparente orden ni concierto en cajas por todo el pasillo. Hasta podía armarlas usando gemas con vacíospren, ya que estaba en su derecho de pedirlas para sus experimentos. Esos planes la tranquilizaron. Eran algo significativo que podía hacer. Sin embargo, los experimentos y su potencial seguían reconcomiéndola. ¿Cuál era el verdadero objetivo de Rabeniel? ¿Era crear un arma, como la que había destruido aquella sala y a las dos científicas de Echo?
Habían pasado varias horas, por lo que no parecería raro que volviera al fondo de la sala. Cogió un libro y se sentó en una silla que había colocado cerca. Aunque no tenía una línea de visión directa con el guardia, fingió que leía mientras extendía el brazo hacia la pared y tocaba la veta.
—¿Algún spren cerca? —preguntó.
No detecto a ninguno, dijo el Hermano en tono de resignación.
—Bien. Dime, ¿sabes algo sobre la explosión que tuvo lugar el día de la invasión? Afectó a dos de mis eruditas en una sala de la cuarta planta.
La sentí. Pero no sé qué la provocó.
—¿Has oído hablar alguna vez de una esfera, o de una luz, que haga ondularse el aire a su alrededor? ¿Una que parezca ser de luz del vacío hasta que te fijas lo suficiente para distinguir la distorsión?
No, respondió el Hermano. Nunca he visto ni oído hablar de nada parecido, aunque suena peligroso.
Echo pensó un momento mientras daba golpecitos con el dedo contra la pared.
—No he conseguido hacer que se mezcle ninguna de las luces. ¿Conoces algún posible agente aglutinante que pudiera unirlas? ¿Sabes cómo se mezcla la luz de torre a partir de la tormentosa y la de vida?
No se mezcla, dijo el Hermano. Vienen juntas, como una sola luz. Al igual que yo soy producto de mi madre y de mi padre, la luz de torre es un producto de mí. Y deja de hacerme las mismas preguntas. Me trae sin cuidado tu «método de investigación». Deja de hacer que me repita.
Echo respiró hondo y se esforzó en calmarse.
—Bien. ¿Has podido escuchar a escondidas lo que dice Rabeniel?
No mucho. Solo puedo escuchar las cosas que ocurren cerca de ciertas personas relevantes. Puedo ver a la Corredora del Viento. Creo que la Danzante del Filo está rodeada de ralkalest, que es por lo que me resulta invisible. Además, puedo ver a una regia en particular.
—¿Alguna idea de por qué?
No. En el pasado no solía haber regios en la torre, y nunca de esa variedad. Puede hablar en todos los idiomas; tal vez por eso yo pueda ver cerca de ella. Aunque desaparece de vez en cuando, así que no veo todo lo que hace. También puedo ver cerca de la columna de cristal, pero, con el campo levantado, solo me llegan ecos de lo que sucede en el exterior.
—Háblame de eso, pues.
No es nada relevante. Rabeniel está haciendo sus propios experimentos con la luz, y no ha llegado tan lejos como tú. Eso parece frustrarla.
Qué curioso. La autoestima de Echo mejoró un poco sabiéndolo.
—De verdad quiere obtener esa luz híbrida. Me pregunto… si unos fabriales creados con un híbrido de luz tormentosa y del vacío funcionarían en la torre aunque las protecciones volvieran a ponerse contra ella. A lo mejor por eso le interesa tanto.
Eres una necia si crees saber qué interesa a uno de los Fusionados. Rabeniel tiene miles de años de edad. No puedes competir con ella en astucia.
—Pues más te vale que pueda. —Echo pasó unas páginas de su cuaderno—. He estado pensando en otras salidas de esta situación. ¿Y si te encontráramos a alguien con quien vincularte, para crear un Radiante? Podríamos…
No. Nunca más.
—Tú escúchame —dijo Echo—. Has dicho que jamás te vincularás de nuevo con un humano, por las cosas que hacemos a los spren. Pero ¿y con un cantor? En teoría, ¿podrías vincularte con uno de ellos?
Estamos hablando de resistirnos a ellos, ¿y ahora me sugieres que me vincule con uno? Me parece demencial.
—Puede que no —respondió Echo—. Hay un parshendi en el Puente Cuatro. Lo conozco, y Raven responde por él. Afirma que los suyos rechazaron a los Fusionados hace mucho tiempo. ¿Qué me dices de él? No es humano. Nunca ha creado ningún fabrial y conoce los ritmos de Roshar.
El Hermano se quedó en silencio y Echo se preguntó si la conversación habría terminado.
—¿Hermano? —dijo.
Esto no me lo había planteado, respondió por fin el spren. ¿Un cantor que no sirve a Odium? Tendré que pensar. Desde luego, sorprendería a Rabeniel, que cree que he muerto o estoy durmiendo. En todo caso, no puedo formar un vínculo con las protecciones en funcionamiento. Necesitaría que ese cantor tocara mi columna.
—¿Y si lo tuviera aquí? —preguntó Echo—. Podría estar preparado cuando falle el escudo. Y con unas cuantas distracciones a punto para darte tiempo y que hables con él.
No puedo formar un vínculo con cualquiera, dijo el Hermano. En el pasado, dedicaba años enteros a evaluar a escuderos de Forjador de Vínculos para seleccionar a alguien que encajara del todo conmigo. Incluso esas personas terminaron traicionándome, aunque no tanto como los demás humanos.
—¿De verdad podemos ponernos tan exigentes ahora mismo?
No es ponerme exigente. Es la naturaleza de los spren y el vínculo. La persona escogida debe estar dispuesta a hacer los juramentos correctos, a unir en vez de dividir. Debe ser sincera, y los juramentos deben aceptarse. No es una simple cuestión de que me eches encima a la primera persona que encuentres. Al margen de eso, dado que no soy capaz de crear luz de torre, esa persona tampoco podrá hacerlo. Un vínculo no servirá de nada a menos que resolvamos los problemas de mis poderes. Sería mejor que te concentraras en esa cuestión.
—Bien —dijo Echo, sintiendo que se abría una oportunidad—. Pero necesito tiempo para investigar todo eso. Es difícil trabajar con la sensación de que tengo una daga al cuello. Si supiera que los nodos están bien defendidos, eso me quitaría algo de presión. Dime dónde está uno de ellos. Tengo aquí una lista de planes para protegerlo. Puedo leértelos.
El Hermano no respondió, de modo que Echo siguió adelante.
—Podemos hacer que Raven se ponga a buscar, haciendo ruido y dejándose ver, en un nivel distinto, haciendo que el enemigo la persiga en la dirección equivocada. Mientras están distraídos, podríamos llegar al nodo y reforzar sus defensas.
»Tenemos crem sin endurecer, que mantienen húmedo en los almacenes de la torre. Podríamos sellar por completo la posición del nodo. Quizá hasta añadir al crem algunas fundas de entrenamiento para hojas esquirladas, de forma que sea mucho más difícil de cortar. Eso podría ganarnos horas durante las cuales enviar tropas a defenderlo, si el enemigo lo descubre.
»O bien, si supiera dónde hay un nodo, quizá podría hacer que Raven empezara a infundirle más luz tormentosa. Eso tal vez contrarrestase la luz del vacío que Rabeniel te aplicó. Si ella puede corromperte por medio de un nodo, ¿no podríamos nosotros purgarte también a través de uno de ellos? Creo que merece la pena intentarlo, porque mis intentos de crear luz de torre avanzan muy despacio.
Guardó silencio, aferrando su cuaderno con fuerza, esperando. Sus otras ideas estaban menos detalladas que aquella. No las utilizaría a menos que esos argumentos fracasaran.
Qué bien se te dan las palabras. Los humanos sois como los persuasispren. No puedo hablar con ninguno de vosotros sin que me hagáis cambiar.
Echo siguió esperando. En esos momentos el silencio era lo más indicado.
Bien, dijo el Hermano. Uno de los dos nodos restantes está en el pozo, en el centro del lugar que llamáis el mercado del Apartado. Está allí cerca de otros fabriales. Uno oculto entre muchos.
—¿En la planta baja? —se sorprendió Echo—. ¡Pero si es una zona muy poblada!
Todos los nodos están a baja altura. Se habló de instalar otros más lejos, pero mi Forjador de Vínculos no tenía los recursos necesarios, porque mi ruptura con los humanos estaba ahuyentándolos. El proyecto no se completó. Solo se terminaron los cuatro de las plantas más bajas.
Echo frunció el ceño, aunque en realidad el pozo era un lugar inteligente donde esconder un fabrial. Muchos de los procesos de la torre seguían siendo un misterio para los eruditos modernos, de modo que una agrupación de gemas que funcionaran como bombas podría en efecto camuflar otro fabrial. De hecho, la propia Echo había estudiado ilustraciones de aquellas bombas. ¿Habría estado ese mecanismo allí, desapercibido, desde el principio?
Es un buen nodo para que lo visite tu agente, añadió el Hermano. Porque puede llegarse a él desde atrás. Que tu Corredora del Viento lo visite cruzando los acuíferos, y veremos si al infundirlo con luz tormentosa puede contrarrestar mi corrupción. Tal vez no funcione, ya que no soy solo de Honor ni de Cultivación. Pero… podría ayudar.
—¿Y el último nodo? —preguntó Echo.
Es mío solo, respondió el Hermano. Muéstrame que tu trabajo con ese tercero es útil, humana, y podremos seguir hablando.
—Me parece justo —dijo Echo—. De verdad que estoy dispuesta a escuchar, Hermano.
Se separó de la pared y sacó algunos libros para leerlos y encubrir lo que había estado haciendo. Y era cierto que necesitaba estudiar más, al fin y al cabo. Le habría encantado tener más libros sobre teoría de la música, pero aquella biblioteca no contenía nada más concreto sobre el tema. Lo que sí tenía Echo eran las notas de Kalami sobre las gemas que habían descubierto, que utilizaban ciertas vibraciones como sustitutas de las letras. Quizá le sirvieran de algo. Estaba hojeando esas notas, paseando distraída entre los estantes, cuando vio parpadear la luz del Hermano. Se movió deprisa hacia ella, nerviosa por lo mucho que brillaba. Echó un vistazo al guardia, confiando en que no la hubiera visto, y puso la mano en la pared.
—Tienes que…
Han encontrado el nodo del pozo. Llegamos tarde.
—¿Cómo? ¿Ya?
Puedes considerar que he muerto.
—Contacta con Raven.
Ya tienen el nodo, y ella está demasiado lejos. Tenemos…
—Contacta con Raven —repitió Echo—. Ahora mismo. Yo me las ingeniaré para distraer a Rabeniel.
