70. POZO
Opuestos. Opuestos de sonidos. El sonido no tiene opuesto. Son solo vibraciones superpuestas, el mismo sonido, pero el sonido tiene significado. Este sonido lo tiene, al menos. Estos sonidos. Las voces de los dioses.
De El Ritmo de la Guerra, última página
Raven despertó bajo el ataque de algo oscuro.
Chilló y forcejeó contra las sombras que la aferraban. Llevaban una eternidad asaltándola, envolviéndola, constriñéndola. Voces que nunca cesaban, dedos sombríos que le taladraban el cerebro. Estaba en un lugar oscuro lleno de luz roja, y las sombras reían y bailaban a su alrededor. La atormentaban, la flagelaban, la apuñalaban una vez tras otra y no dejaban que muriera. Raven se zafó de las manos que la asían, reptó por el suelo, se resguardó contra la pared y dio bocanadas de aire rápidas y escasas. El rugido de su propia sangre en los oídos ahogó la risa. Una sombra seguía observándola. Una sombra terrible. La miraba, y entonces se volvió y cogió algo de al lado de la pared antes de desaparecer. Desaparecer… por la puerta.
Raven parpadeó y las sombras cayeron derretidas de su mente.
La terrible risa, el dolor residual, los susurros. Su mente siempre los interpretaba como la voz de Miller.
Una pesadilla. Otra pesadilla.
—¿Raven? —dijo Syl.
Estaba sentada en el suelo delante de ella. Raven parpadeó y miró con brusquedad a un lado y luego al otro. La sala pareció aposentarse. Marcus dormía en el banco de piedra. Unos cuantos chips para dar luz. Miedospren, como pegotes pringosos, ondulando en las esquinas.
—Eh… —Tragó con la boca seca—. Tenía una pesadilla.
—Lo sé.
Se concentró en relajar su postura, avergonzada del aspecto que debía de tener acurrucada contra la pared. Como una niña asustada de la oscuridad. No podía permitirse ser una niña. Había demasiado dependiendo de ella. Se levantó con la ropa sudada.
—¿Qué hora es?
—Mediodía —dijo ella.
—Tengo el horario cambiado del todo.
Intentó recobrar la compostura mientras iba a beber un poco de agua, pero tropezó y se dio contra el saliente de piedra. Tuvo que agarrarse con fuerza mientras la pesadilla intentaba emerger de nuevo. Padre Tormenta. Aquella había sido la más opresiva hasta el momento.
—Raven… —dijo Syl.
Bebió un largo rato y entonces se quedó petrificada.
Su lanza había desaparecido de al lado de la puerta.
—¿Qué ha pasado? —preguntó casi gritando, mientras dejaba el vaso de estaño con más fuerza de la que pretendía—. ¿Dónde está mi lanza?
—El Hermano ha contactado con nosotros —dijo Syl, todavía sentada en el suelo—. Macallan ha intentado despertarte. Han encontrado otro nodo, dentro del pozo del mercado. El enemigo ya está allí.
—¡Tormentas! —exclamó Raven—. Tenemos que ir.
Fue a recoger el fabrial de Echo y su bolsa de gemas. Encontró la segunda, pero el fabrial había desaparecido.
—¿Y Macallan? —exigió saber.
—Estabas ahí hecha un ovillo y murmurando —dijo Syl, elevándose por fin al aire—. Y no parecías poder verme. El Hermano tiene un miedo atroz. He oído lo que decía desde el hombro de Macallan. Así que…
Raven cogió la bolsa de gemas y salió a toda prisa de la sala, seguido por Syl en forma de cinta de luz. Alcanzó a Macallan en la primera escalera, a solo dos pasillos de distancia. El hombre del puente más bajo llevaba la lanza y el fabrial abrazados contra el pecho y miraba hacia el suelo con expresión de pánico. Saltó al ver a Raven y entonces soltó un sonoro suspiro de alivio.
Raven le cogió el fabrial.
—Ibas a intentar detener a los Fusionados —dijo Raven—. Porque yo no me levantaba.
Macallan asintió.
—Macallan, apenas sabes manejar la lanza.
Raven se puso el fabrial en el brazo a toda prisa. Solo había podido practicar cuatro días con el aparato. Tendrían que bastar. Macallan no respondió, por supuesto. Ayudó a Raven a ceñirse las correas del fabrial y luego le tendió la lanza. Raven la aceptó y le hizo el saludo del Puente Cuatro. Macallan se lo devolvió. Luego, para gran sorpresa de Raven, habló en voz baja y ronca.
—Vida. Antes que. Muerte.
Tormentas. Eran las primeras palabras que Raven le oía decir jamás. Sonrió y dio un apretón a Macallan en el hombro.
—Vida antes que muerte, Macallan.
El hombre asintió. No había tiempo para más. Raven dejó atrás la escalera y echó a correr de nuevo. Los gritos de la pesadilla aún resonaban en su cabeza, pero no tenía tiempo para debilidades. Debía impedir la corrupción de aquella gema o, si no podía, destruir el nodo. Era la única forma de conseguirle a Echo el tiempo que necesitaba. Tenía que llegar rápida, lo que significaba que no podía usar las escaleras. Tendría que descender directo por el atrio.
—¡Tengo que hablar con la Dama de los Deseos de inmediato! —anunció Echo al guardia—. ¡He hecho un descubrimiento de valor incalculable! ¡No puede esperar a…!
El guardia, un regio en forma tormenta, se limitó a empezar a andar y hacerle un gesto para que lo siguiera. Ni siquiera había sido necesario terminar de explicárselo.
—Excelente —dijo Echo, saliendo con él al pasillo—. Me alegro de que comprendas la urgencia.
El guardia la llevó a la gran escalinata que ascendía hasta la planta baja. Allí había una Profunda con los dedos entrelazados por delante.
—¿Qué ocurre? —preguntó en alezi con mucho acento—. ¿Una enfermedad repentina?
—No —dijo Echo, sorprendida—. Un descubrimiento. Creo que he encontrado lo que estaba buscando la Dama de los Deseos.
—Y por supuesto, no puedes revelárselo a nadie salvo a la propia Rabeniel —dijo la Fusionada, con un ritmo que sonaba como divertido en la voz.
—Bueno, es que… —Echo dejó la frase en el aire.
—Veré si la localizo por vinculacaña —propuso la Fusionada—. Le diré que es de lo más urgente.
Tormentas. Ya se esperaban que Echo intentase crear una distracción. Esa idea cobró fuerza cuando la Fusionada se deslizó hasta un armario que habían colocado contra la pared. Meticulosa pero muy lenta, seleccionó una vinculacaña de las varias que tenían guardadas allí. Era una distracción a la inversa. Sabían de antemano que Echo iba a intentar algo como aquello. Pero ¿cómo habían sabido que ella sabría que…?
Dio un paso atrás y puso los ojos como platos cuando cayó en la cuenta de lo que implicaba aquello. Raven corría un grave peligro.
Descalza y armada con una lanza, Raven salió corriendo a la pasarela que rodeaba el atrio y se arrojó al espacio abierto desde diez plantas de altura. Llena de luz tormentosa, y confiando en que la salvara si aquello no funcionaba, apuntó con la mano justo hacia abajo y activó el fabrial de Echo. Al instante, se detuvo de golpe en el aire, flotando con los músculos en tensión, ya que estaba sosteniendo todo su peso en el aire con una mano. Pero mientras el contrapeso de aquel hueco lejano se mantuviera estático, Raven también lo estaría. Cerró los dedos de la mano izquierda en torno a la barra y empezó a descender, casi como si se hubiera enlazado. De hecho, contaba con dar la impresión de que sus poderes funcionaban a la perfección, de que era una Corredora del Viento en plena posesión de sus facultades y lista para la batalla. No podría mantener el engaño mucho tiempo, pero quizá le proporcionase alguna ventaja. Su descenso, a una velocidad que bordeaba la locura, le permitió contemplar el enorme ventanal del atrio, que ascendía por toda la pared a su derecha. Fuera estaba oscuro, aunque Syl le había dicho que era mediodía. No tuvo que pedir explicaciones, porque un relámpago le reveló lo que ocurría. Una alta tormenta. Aún le resultaba increíble que pudiera estar tan dentro de una torre que hubiera tormenta sin que ella se enterara. Incluso en los mejores refugios para tormentas, lo normal era sentir el rugido del trueno y la ira del viento. Su caída desde luego llamó la atención. Los Celestiales, vestidos con sus largas túnicas, abandonaron sus meditaciones aéreas. Llegaron gritos de regios y cantores comunes desde distintos niveles. Raven no estaba segura de si Leshwi estaba entre los Celestiales, porque pasó demasiado deprisa. Utilizando el fabrial, ralentizó el descenso antes de llegar al suelo y luego desactivó el aparato por completo y cayó el último metro y medio aproximado. La luz tormentosa absorbió el impacto y Raven sobresaltó a decenas de personas, muchas de ellas humanas, que no se habían enterado del alboroto más arriba. El comercio estaba permitido y aplaudido por los Fusionados, y el atrio se había convertido en un mercado secundario, aunque más transitorio que el Apartado, que quedaba a poca distancia. Allí era donde encontraría el pozo. La luminiscencia de Raven sería más que visible contra la ventana oscura, iluminada a fogonazos desde fuera. Los gritos de alarma que llegaban desde arriba se perdieron en el inmenso atrio mientras Raven se orientaba y echaba a correr hacia unos cajones apilados. Ascendió dando unas zancadas sobre ellos, se lanzó al aire a unos tres metros de altura, señaló hacia su izquierda y activó el dispositivo de Echo. Voló como un Corredor del Viento, con el cuerpo erguido y el brazo izquierdo a la altura del pecho, su codo doblado. Podría dar la impresión de que estaba usando enlaces. Aunque los Corredores del Viento a veces se arrojaban al aire y volaban con la cabeza por delante como si nadaran, era igual de frecuente que volaran «de pie» como ella estaba haciendo.
Levantó las piernas al pasar sobre las cabezas de la multitud, que se agachó. Syl volaba a su lado, imitando una nube de tormenta. La gente gritaba sorprendida, pero también emocionada, y Raven se preocupó por lo que estaba mostrándoles. No quería inspirar una revuelta que acabara con centenares de muertos. Lo más que podía esperar era llegar, destruir el fabrial y salir de allí con vida. Ese objetivo le susurraba que tenían un problema mucho más grave. Echo había dicho que existían cuatro nodos. Ese día Raven intentaría destruir el tercero. A ese ritmo, el último caería al cabo de unos pocos días, y entonces, ¿qué?
Apartó el pensamiento de su mente mientras volaba cerca del techo de un pasillo, a escasos centímetros de la piedra con relieves. No tenía tiempo para dudar de sus actos, ni para obsesionarse con la incapacitante penumbra y la ansiedad que seguían arañándole la mente. Tenía que desterrarlas y ocuparse después de sus efectos. Justo lo que llevaba ya demasiado tiempo haciendo.
—Vigila por si hay una emboscada —dijo a Syl mientras salían del pasillo al mercado del Apartado.
Aquella enorme estancia, cavernosa de verdad, tenía cuatro pisos de altura y estaba atestada de tiendas por todo el suelo. Muchas flanqueaban unas calles que Echo, adaptándose a regañadientes a la voluntad del pueblo, había trazado como los comerciantes querían. Otras partes eran marañas de tiendas de lona y estructuras semipermanentes de madera. En el centro de todo ello estaba el enorme pozo. Raven no volaba lo bastante alto para ver por encima de las construcciones y distinguirlo, pero conocía su ubicación. La clínica de los Danzantes del Filo estaba cerca, aunque desde la ocupación trabajaban en ella cirujanos normales. Esperó que sus padres y su hermanito hubieran llegado a salvo hasta allí, donde los demás cirujanos los ocultarían. Habían ido a mirar en la clínica de su padre unos días antes y la habían encontrado vacía.
Tormentas. Si perdía a su familia…
—¡El Perseguidor! —exclamó Syl—. Estaba esperando en la otra entrada.
Raven reaccionó justo a tiempo, desactivando el fabrial y cayendo al suelo, donde se plegó y rodó. El implacable Fusionado apareció a partir de su cinta de luz y cayó también al suelo, pero Raven completó la voltereta y se levantó fuera de su alcance.
—Tu muerte se hace tediosa, Corredora del Viento —gruñó la criatura, agazapada entre los aterrorizados clientes del mercado—. ¿Cómo has recuperado todos tus enlaces?
Raven se lanzó de nuevo al aire, activando el aparato y saliendo despedida hacia arriba. Le dolió el tirón en el brazo, pero se había acostumbrado a él y la luz tormentosa le iba curando los músculos. También había practicado sus viejas técnicas de lanza a una mano. Con un poco de suerte, ese entrenamiento le serviría en el combate. No tenía ni de lejos la misma maniobrabilidad con aquel aparato que con sus enlaces. Por eso, cuando el Perseguidor le dio caza como cinta de luz, la única opción real de Raven fue desactivar el fabrial y dejarse caer para que no la alcanzara. Cerca del suelo, Raven apuntó la mano hacia el lado, volvió a activar el dispositivo y salió despedido entre la multitud en la dirección general del pozo.
Con un poco de suerte…
Se detuvo en seco cuando el primer peso del aparato llegó al fondo. Un latido después el Perseguidor se estampó contra ella, la aferró con un brazo alrededor del cuello y la retuvo.
—¡Raven! —gritó Syl—. ¡Celestiales! ¡Más de una docena! Llegan volando por los túneles.
—Bien —dijo Raven con un gruñido, soltando la lanza y poniéndose a forcejar contra el Perseguidor con la mano que podía mover.
—¿Bien? —preguntó ella.
Raven no podía luchar y al mismo tiempo girar el disco de su fabrial que la conectaría al segundo peso. Pero sí que podía desactivar el aparato con una sola mano, así que lo hizo y los dos cayeron tres metros hasta el suelo. El Perseguidor se estrelló primero con un gruñido, pero no liberó su presa e hizo rodar a Raven para intentar inmovilizarla.
—Gira… el dial —dijo Raven a Syl, usando las dos manos para intentar librarse del Perseguidor.
—Cuando mueras —le susurró la criatura al oído—, buscaré al próximo Radiante que vincule tu spren y lo mataré también. En pago por los problemas que me has dado.
Syl descendió hasta la muñeca izquierda de Raven y adoptó la forma de una anguila para empujar la parte que sobresalía en el centro del dial. Podía pasar páginas y levantar hojas del suelo.
¿Sería lo bastante fuerte para…?
Clic.
Raven se retorció en brazos del Perseguidor y a duras penas logró apretar su mano izquierda contra el caparazón del pecho de la criatura. Activar el aparato los envió a los dos hacia arriba… pero despacio. Tormentas, Raven no lo había pensado bien. Solo podría levantar tanta masa como tuviera el contrapeso. Al parecer, el Perseguidor y ella juntos pesaban más o menos lo mismo. Por suerte, en vez de aprovecharse de la lentitud, el Perseguidor se detuvo a mirar la mano de Raven, intentando averiguar qué estaba pasando. Así, mientras ascendían centímetro a centímetro, Raven puso arrancar su mano derecha de la presa del Fusionado. Sacó el bisturí que llevaba en una vaina improvisada al cinto, lo levantó y lo clavó en la muñeca del Perseguidor para cercenarle los tendones. La criatura la soltó al instante y desapareció, dejando atrás un cascarón. Cuando Raven se libró de su peso, se elevó rauda por los aires, con un tirón de la mano en mala postura que estuvo a punto de dislocarle el brazo.
—Esto… no es tan efectivo, ¿verdad? —preguntó Syl.
—No —dijo Raven, perdiendo velocidad al relajar la presión sobre la barra.
Pensó en absorber más luz tormentosa, pero se dio cuenta de que aún tenía mucha bullendo en sus venas. Era una ventaja que tenía el fabrial, que con él usaba la luz mucho menos deprisa. Los Celestiales la rodearon en el aire, pero mantuvieron la distancia. Raven buscó al Perseguidor. El Fusionado había usado dos cuerpos. Tenía un tercero que perder antes de que el combate se volviera peligroso para él, así que no se retiraría aún.
«Ahí», pensó Raven, fijándose en la cinta roja que serpenteaba entre los Celestiales. Sus movimientos parecían reticentes, indecisos, y Raven se permitió un momento para razonar por qué.
El Perseguidor intentaba retrasar a Raven. Todo minuto que perdiera era un minuto que los invasores ganaban para corromper al Hermano. Por debajo, las calles del mercado estaban vaciándose de gente a toda prisa. El temor de Raven de que se alzaran contra los invasores no estaba cumpliéndose, por suerte, pero no podía pasarse el día entero mirando al Perseguidor sin luchar. Así que desactivó el aparato y empezó a caer. Eso por fin hizo que el Perseguidor se lanzara hacia ella, y Raven se apresuró a reactivar el dispositivo y detener su descenso. Se retorció, aunque no podía mover el brazo izquierdo, y preparó su bisturí. Pero el movimiento repentino hizo retroceder al Perseguidor.
¿Era posible que el Fusionado… tuviese miedo? Parecía muy improbable.
Pero Raven no tenía tiempo de reflexionar, porque necesitaba enfrentarse al Perseguidor por tercera vez para que su plan funcionara. Se dio media vuelta, invitando al ataque… y lo recibió cuando el Perseguidor por fin se decidió, voló a toda velocidad y creó un cuerpo que intentó asir a Raven. Aunque intentó apartarse, Raven no pudo escapar de la presa de la criatura. Se vio obligada a permitir que el Perseguidor la aferrara de nuevo por el cuello mientras apuñalaba al Fusionado en el brazo entre dos placas de caparazón, intentando cortar los tendones. El monstruo gruñó, con el brazo en torno al cuello de Raven. Seguían elevados unos diez metros por encima del suelo. Raven no hizo caso a la presión en el cuello y maniobró con el bisturí. A lo mejor, si obligaba al Perseguidor a gastar luz del vacío sanando…
Sí. Con los suficientes cortes para preocuparlo, el Perseguidor soltó a Raven y se alejó volando como cinta de luz, buscando un lugar donde recuperarse. Jadeando, Raven usó el aparato para descender al suelo. Se posó en una calle vacía entre dos tiendas de lona. La gente se había amontonado en el interior de ambas, que estaban a rebosar. Raven se obligó a correr al trote hasta el lugar donde había soltado su lanza. Por arriba volaban los Celestiales en círculos, preparándose para atacar. Syl llegó a su lado, sin dejar de observarlos. Ya eran dos docenas. Raven buscó entre ellos, esperando que…
«Ahí.» Levantó su lanza hacia Leshwi, que flotaba apartada de los demás, con una ropa demasiado larga para ser practica en batalla, incluso en el aire. Todo aquello la había pillado desprevenida.
«Por favor —pensó—, acepta el duelo.»
Era su mejor esperanza. No podía luchar contra todos a la vez. Apenas había podido enfrentarse al Perseguidor. Si quería tener la menor ocasión de llegar al nodo, tendría que luchar contra un solo adversario, a ser posible no tan implacable como el Perseguidor.
Temía haber perdido ya demasiado tiempo. Pero si lograba que Leshwi aceptara un duelo…
La Fusionada alzó su lanza en dirección a Raven.
—Syl —dijo ella—, ve al pozo y busca el fabrial del nodo. Casi seguro que es un zafiro, y debería tener cerca una esfera de cristal como la de la otra vez.
—Bien —respondió ella—. Supongo que estará bajo el agua. Es lo que decía el Hermano. Cerca de los mecanismos de la bomba. ¿Sabes… sabes nadar?
—No me hace falta, teniendo luz tormentosa para sustentarme y el fabrial para moverme —dijo Raven, levantando la mano y elevándose por encima del mercado—. Pero el pozo estará bien protegido. Nuestra mejor posibilidad de destruir el fabrial será que me escabulla de esta pelea, vuele directo hacia abajo y destruya el aparato de un solo golpe antes de que nadie sepa lo que estoy haciendo. Necesitaré que me orientes.
—Suena bien. —Syl vaciló, mirándola.
—No me pasará nada —prometió ella.
Syl se marchó volando a cumplir sus instrucciones. Quizá ya fuese demasiado tarde. Raven podía sentir que algo cambiaba. Estaba cayendo sobre ella una opresión mayor, una pesadez. No se le ocurría otra explicación aparte de que los Fusionados estuvieran corrompiendo al Hermano. Pero no podía avanzar en esa dirección hasta que Syl le hubiera preparado el camino, así que tendría que ingeniárselas. Se niveló en el aire delante de Leshwi, con la mano aún extendida hacia arriba. La pose la hacía parecer demasiado teatral, pero procuró aparentar confianza de todos modos. Leshwi tenía el mismo cuerpo de la vez anterior, musculoso, alto, envuelto en ropa suelta blanca y negra. Su lanza era más corta que de costumbre, quizá pensada para luchar en el interior. Muy bien. Raven confiaba en dar un buen espectáculo con aquel combate, el tiempo suficiente para que Syl pudiera explorar. Así que desactivó el fabrial y se desplomó por el aire, rodando y concediéndose unos segundos de caída libre. Casi se sintió como una auténtica Corredora del Viento, lo cual era peligroso, porque estuvo a punto de esculpir su descenso usando las manos y el viento. Por suerte, recordó activar el dispositivo al acercarse a los techos. Se detuvo de golpe con un doloroso tirón, el brazo doblado, el codo muy cerca del costado. Así era como más estabilidad tenía, con sus músculos manteniéndola erguida y el brazo izquierdo replegado para mantener su centro de gravedad tan al interior como pudiera. Asió la barra del aparato y su mano izquierda tiró de ella hacia delante, haciéndola volar sobre los techos de las tiendas. Era una aproximación lamentable a la maniobra de una verdadera Corredora del Viento, pero Leshwi descendió tras ella de todos modos, como en sus anteriores combates. Con los ojos llorosos por el dolor en el brazo, Raven se dejó caer en un techo y se volvió para alzar la lanza hacia Leshwi, asiéndola firme con la mano derecha. Era una postura clásica de formación, con la lanza alzada al lado de su cabeza. «¡Cúrate!», intentó ordenar a su brazo mientras Leshwi perdía velocidad por encima, sosteniendo la lanza con una mano y deteniéndose hasta quedar flotando.
Estaba siendo cauta, así que Raven infundió una parte del techo con un enlace inverso, visualizando cómo atraía flecos de tela. La túnica de Leshwi ondeó y empezó a estirarse hacia Raven, pero la Fusionada sacó un cuchillo del cinturón y la cortó, dejando caer la cola y buena parte de su exceso de ropa, que aleteó hasta quedar adherida al techo. Raven se alzó de nuevo en el aire, torciendo el gesto por el dolor en el hombro.
—¿Qué te pasa, Corredora del Viento? —preguntó Leshwi en alezi con mucho acento, acercándose a ella—. Tus poderes te fallan.
—Lucha contra mí de todas formas —respondió Raven, y en ese momento entrevió la cinta roja como la sangre del Perseguidor saliendo de un edificio por debajo.
Leshwi siguió su mirada y pareció comprender, porque alzó su lanza hacia ella en postura de ataque. Raven respiró hondo y empuñó de nuevo su lanza en alto, el arma junto a la cabeza, el codo ladeado. Había entrenado ese agarre para el combate con lanza y escudo. Funcionaba mejor con un grupo de compañeros que también alzaran sus escudos, pero ¿qué técnica no lo hacía?
Esperó a que Leshwi se acercara y lanzó una estocada, obligándola a esquivar. La cinta del Perseguidor revoloteaba cerca, zigzagueando entre los Celestiales que miraban. Leshwi hizo algunos intentos más de enfrentarse a ella allí mismo, y por un momento la pelea pareció casi justa. Pero entonces la Fusionada se elevó en el aire y pasó sobre ella, y Raven tuvo que retorcerse, desactivar el aparato y caer unas decenas de centímetros antes de detenerse encarado hacia ella. Leshwi ladeó la cabeza un momento y luego voló hacia un lado y atacó desde esa dirección. Raven intentó desviar el ataque, pero estaba demasiado inmóvil. La lanza le hizo un corte en el brazo izquierdo, que le arrancó un gruñido de dolor. Manó sangre de la herida y, como antes, no sanó al instante. Hasta parecía que su luz tormentosa estaba respondiendo más despacio que al principio del combate.
Tormentas, aquello había sido un error. No podía enfrentarse a Leshwi así. Estaría mejor en el suelo. Se vería en desventaja contra adversarios en terreno elevado, pero al menos no estaría inmóvil. Si Echo pretendía que aquellos aparatos fuesen útiles alguna vez en combate aéreo, le quedaba mucho trabajo por delante. Así que huyó, activando el dispositivo para enviarse volando entre un par de Celestiales, que se apartaron como correspondía para permitir que Leshwi la siguiera. Incluso el Perseguidor parecía respetar el duelo, ya que su cinta dejó de ir tras ellas y desapareció por debajo. Por lo menos esa parte del plan de Raven había funcionado. Por desgracia, saltaba a la vista que Leshwi había comprendido que no podía virar a los lados, y que su aceleración estaba limitada a un solo enlace, el máximo que podía obtener de un peso cayendo. Por tanto, aunque Raven cruzó la inmensa cámara en cuestión de segundos, en el momento en que perdió velocidad para no chocar con la pared, Leshwi se estampó contra ella desde atrás. La fuerza del golpe hizo que agarrara la barra de control de velocidad sin querer y se estrelló contra la pared con su propio puño mientras Leshwi empujaba a su espalda.
La Fusionada le puso un cuchillo al cuello.
—Esto es una farsa, Bendita por la Tormenta —le dijo al oído—. No es una competición.
Raven cerró los ojos con fuerza, luchando contra el dolor del impacto y el corte en el brazo, aunque eso por fin parecía que sanaba. Despacio, pero por lo menos sanaba.
—Podríamos bajar al suelo —respondió ella entre dientes apretados—. Librar el duelo sin Potencias.
—¿De verdad lo harías? —preguntó Leshwi—. No creo que puedas perder tanto tiempo. Has venido a interferir con lo que sea que está haciendo la Dama de los Deseos.
Raven gruñó en respuesta, para no desperdiciar luz tormentosa hablando. Pero Leshwi se apartó volando y dejó que Raven se diera la vuelta con la misma torpeza de antes, cayendo un poco. Ella descendió flotando para situarse a su nivel. Detrás de ella, Raven vio a Syl alzándose en el aire hacia ella. Creó un glifo rápido en el aire. «Preparado.»
Cuando Leshwi empezó a hablar, Raven fijó su atención en ella para que no sospechara.
—Ríndete —dijo la Fusionada—. Si me entregas tu arma ahora, tal vez pueda hacer que la Dama de los Deseos contenga al Perseguidor. Juntas podríamos empezar a trabajar hacia un verdadero gobierno y la paz en Roshar.
—¿Un verdadero gobierno y la paz? —preguntó Raven con brusquedad—. ¡Pero si tu gente está conquistando a la mía!
—¿Y vuestro líder no conquistó hasta alzarse con el trono? —replicó ella, sonando confusa de verdad—. Es la costumbre de tu pueblo, como lo es del mío. Además, debes admitir que los míos gobiernan mejor. No hemos tratado injustamente a los humanos que tenemos bajo nuestro control. Desde luego, viven mejor que los cantores cuando los dominabais.
—¿Y vuestro dios? —preguntó Raven—. ¿Puedes prometerme que, cuando la humanidad esté sometida, no hará que nos exterminen?
Leshwi no respondió, aunque canturreó a un ritmo que Raven no supo distinguir.
—Conozco a la clase de personas que siguen a Odium —dijo Raven en voz baja—. Las he conocido toda la vida. Llevo sus marcas en la frente, Leshwi. Casi podría confiar en ti por el honor que me has mostrado, si eso no implicara confiar también en él.
Ella asintió, al parecer aceptándolo como un argumento válido. Empezó a descender, tal vez para prestarse al combate que Raven había sugerido, sin poderes.
—Leshwi —la llamó ella después de que bajara un trecho—. Necesito señalar que no he acordado combatir contra ti en el suelo. Solo he mencionado que era una opción.
—¿Qué diferencia hay? —preguntó ella desde abajo.
—Que preferiría que no vieras esto como una promesa rota —dijo Raven, y entonces desactivó el fabrial y lo apuntó hacia Syl para arrojarse en esa dirección, pasando por encima de la cabeza de Leshwi.
No esperó a ver si la Fusionada la perseguía. Syl volaba por delante de ella, guiándola en línea recta por la cámara hacia el estanque azul de agua de su centro. Allí había guardias empujando a gente al interior de los edificios, pero el trayecto estaba despejado. Los otros Celestiales no se acercaron a ella, suponiendo que aún proseguía su duelo contra Leshwi. Desconectó el fabrial justo cuando pasaba por encima del estanque, apuntó la mano hacia abajo y lo activó. Había apuntado bien y absorbió más luz tormentosa mientras caía al agua. El golpe dolió horrores, mucho más de lo que habría esperado de algo blando como el agua. Pero su brazo siguió tirando de ella hacia abajo a pesar de la resistencia. Enseguida se hizo oscuro, y una parte de Raven montó en pánico por no haber estado nunca tan bajo el agua. Sus oídos tuvieron una reacción extraña, dolorosa. Por suerte, su luz tormentosa la sustentó en la gélida profundidad. También le proporcionó luz para poder ver a una figura por debajo, que buceaba junto a un grupo de gemas brillantes en la pared, fijadas muy por debajo de la superficie. La figura se volvió hacia ella y la coleta que salía de su coronilla se arremolinó en el agua, iluminada desde el lado por una gran variedad de colores de gemas. Era ella, la Fusionada que tan fascinada se había quedado con ella la última vez. En esa ocasión pareció sorprendida. Desenfundó una daga de su cinturón y atacó con ella. Pero Raven descubrió que el fabrial de Echo funcionaba mucho mejor en aquel entorno. Podía desactivarlo y cambiar de dirección sin caer o sacudirse, y el impulso añadido le permitía maniobrar mucho mejor que la Fusionada. Rodó en torno a ella y descendió en el agua. El pozo tendría solo unos tres metros de anchura, por lo que la Fusionada podía llegar hasta ella impulsándose contra la pared, pero detrás de ella Syl estaba señalando a Raven la gema correcta. Raven activó su fabrial y rebasó a la Fusionada, permitiéndole que le hiciera un corte limpio y horizontal con la daga en el pecho. La sangre nubló el agua, pero Raven acertó con el puño contra el zafiro, sacándolo de su engarce. Hizo rodar su lanza en el agua y cortó los alambres de la jaula del fabrial antes de sacar el orbe de cristal haciendo palanca. Con eso debería bastar. Solo le quedaba salir de allí. Miró hacia arriba a través del agua roja y empezó a notarse mareada. La sanación era lentísima. Syl voló por delante de ella mientras Raven usaba el fabrial para ascender, dejando atrás a la enfurecida Fusionada. La luz de Syl le daba ánimos, ya que allí cada vez estaba más oscuro.
«Mi luz tormentosa se está agotando.» Tormentas. ¿Cómo iba a escapar? Arriba la esperaban docenas de Fusionados. Quizá… quizá tendría que rendirse, como le había propuesto Leshwi. ¿Se lo permitirían, después de aquello? ¿Qué era ese estruendo? Vio la luz brillar por encima, pero estaba encogiéndose. Syl logró salir, pero no parecía haberse dado cuenta de que Raven se había retrasado. Y la luz se desvanecía.
«Una tapa —comprendió con una oleada de temor—. Están cubriendo la boca del pozo.» Mientras se acercaba, con la última rendija de luz vio la corpulenta forma del Perseguidor. Sonriendo.
La enorme plancha de madera encajó en su sitio con un golpetazo justo antes de que Raven llegara. Emergió a la estrecha franja de aire entre el nivel del agua del pozo y la tapa y respiró a bocanadas. Pero estaba atrapada. Embistió contra la madera, intentando usar la potencia del aparato de Echo para levantarla, pero oyó más golpes cuando le pusieron pesos encima, seguramente rocas.
Rocas y más rocas.
El Perseguidor había anticipado aquello. Sabía que, incluso si funcionaran los enlaces gravitacionales de Raven, añadir el peso suficiente mantendría la tapa en su sitio. De hecho, daba la sensación de que los pesos estaban vivos. Personas, a docenas, subiendo encima de la tapa. Por supuesto. ¿Para qué usar piedra cuando los humanos pesaban lo suficiente y eran mucho más fáciles de mover?
Raven aporreó la madera mientras sentía que Syl montaba en pánico, incapaz de llegar hasta ella. Su luz tormentosa se acababa, y parecía que las paredes y la tapa se cernían sobre ella. Moriría allí dentro, y no tardaría mucho. Lo único que tenía que hacer el Perseguidor era esperar. Podrían sellar la tapa desde arriba y negarle el aire fresco…
En ese momento de puro terror, Raven se vio de nuevo en una de sus pesadillas.
Negrura.
Rodeada de sombras llenas de odio.
Atrapada.
La ansiedad creció en su interior y Raven empezó a revolverse en el agua, chillando, dejando escapar el resto de su luz tormentosa. En ese momento de aterrorizado frenesí, le dio igual. Pero cuando se hubo desgañitado, la sorprendió oír la voz de Hav. El viejo sargento de Raven, de sus tiempos como recluta.
«En el campo de batalla, el pánico mata a más hombres que las lanzas enemigas. Nunca huyas. Retírate.»
Esa agua tenía que proceder de algún sitio. Habría otra salida.
Raven respiró hondo y se hundió en el agua negra, notando cómo la rodeaba. Regresó el pánico. No sabía hacia dónde era arriba y hacia dónde abajo. ¿Cómo podía olvidar en qué dirección estaba el cielo? Pero era todo negrura. Buscó en su bolsillo, logrando por fin pensar con claridad. Sacó una gema brillante, pero se le escurrió de entre los dedos.
Y se hundió.
«Es por ahí.»
Apuntó el puño hacia la luz descendente y activó el aparato de Echo. No estaba para andarse con delicadezas, así que apretó con todas sus fuerzas y se precipitó hacia abajo, arrastrado por el brazo más al fondo de la oscuridad. Rebasó los fabriales y a la Fusionada, que estaba buceando hacia arriba y no parecía preocupada por ella. Sus oídos chillaron con un extraño dolor a medida que ganaba profundidad. Empezó a respirar más luz tormentosa, pero se detuvo a tiempo. Bajo el agua, se le llenarían los pulmones de líquido. Pero… no tenía ni idea de cómo obtener luz tormentosa estando sumergida. ¿Por qué no lo habían pensado nunca?
Menos mal que tenía el aparato para seguir tirando de ella, porque quizá no habría tenido la presencia de ánimo para seguir moviéndose por su cuenta. Esa posibilidad se confirmó cuando Raven llegó a la gema que se le había caído, un granate, y la encontró reposando al fondo del pozo. Allí resplandecía también un brillante zafiro, el que había soltado de su engarce. Lo recogió y desactivó el guantelete, pero perdió unos segundos preciosos en pensar y buscar a su alrededor. El túnel se nivelaba allí. Se situó en esa dirección, activó el fabrial y dejó que tirara de ella. Sus pulmones empezaron a arder. Seguía sobreviviendo solo con la bocanada de aire que había cogido en la superficie, y no tenía manera de conseguir más luz tormentosa. Para colmo, estaba dejando una estela de sangre también.
¿Aquello de delante era luz o que su visión estaba deteriorándose tanto que empezaba a ver estrellitas?
Eligió creer que era una luz. Cuando llegó a ella y descubrió que era otra bomba fabrial, desconectó el aparato de su brazo, apuntó la mano hacia arriba y volvió a conectarlo. La persiguieron las pesadillas, manifestaciones de su ansiedad, y fue como si el mundo estuviera aplastándola. Todo se convirtió en negrura una vez más. Lo único que sentía era a Syl, ya a una distancia enorme, aterrorizada. Creyó que esa iba a ser su última sensación. Entonces quebró la superficie del agua y salió al aire. Dio una sonora bocanada, un acto crudo y primario. Una reacción fisiológica, no una elección consciente. Debió de desmayarse de todas formas, porque cuando parpadeó y regresaron sus sentidos, se descubrió colgando por su brazo dolorido del techo de una cisterna de agua por debajo de la torre. Sacudió la cabeza y se miró la mano. Había soltado el zafiro y, cuando intentó inhalar luz tormentosa, no llegó nada. Tenía el saquito vacío de ella. Debía de haber estado absorbiéndola mientras oscilaba al borde de la consciencia. Tuvo la tentación de permitirse dormir de nuevo…
«¡No! ¡Vendrán a por ti!»
Se obligó a abrir los ojos. Si el enemigo había explorado la torre lo suficiente para saber de aquel aljibe, irían a buscarla para confirmar que había muerto. Desactivó el fabrial y cayó al agua. El frío la despertó de sopetón, y pudo usar el aparato para moverse hasta el lado del depósito. Salió arrastrándose a la piedra seca. Le pareció gracioso estar pensando lo suficiente como una cirujana para preocuparse de haber contaminado esa fuente de agua potable. Con la de cosas que podría estar pensando en esos momentos. Quería dormir, pero vio la sangre goteando de su pecho y su brazo, de unas heridas que no habían sanado del todo. Así que trastabilló hasta un lado de la cámara y absorbió la luz tormentosa de las dos lámparas que había allí. Sí, el enemigo conocía aquel lugar. Si no hubiera estado tan desconcertada, se habría dado cuenta antes de que la luz significaba que alguien estaba cambiando las gemas. Se tambaleó, empapada y exhausta, pasillo abajo. Debía haber una salida. Raven tenía un vago recuerdo de oír que unos exploradores de Echo habían encontrado aquel aljibe. Solo lo habían descubierto después de enviar a expertos buceadores thayleños a inspeccionar los fabriales del pozo.
«Sigue pensando. Sigue caminando. No te duermas.»
¿Dónde estaba Syl? ¿A qué distancia de ella se encontraba ya?
Raven había recorrido mucho espacio en la oscuridad de aquella agua. Llegó a unos peldaños, pero no pudo obligarse a subirlos. Se quedó allí plantada, entumecida, mirándolos. Así que usó el fabrial. Pasos lentos y tranquilos con el aparato tirando de él en un ángulo y luego en otro. De lado a lado. Una y otra vez.
Supo que estaba cerca cuando oyó un estruendo. La alta tormenta. Aún rugía, por lo que Raven no había pasado una eternidad en aquella negrura. Dejó que la tempestad la llamara mientras seguía medio volando, medio arrastrándose hacia arriba. Por fin salió con paso tambaleante a una sala en la planta baja de la torre. Salió justo en medio de un grupo de soldados cantores que estaban gritando a la gente que regresara a sus habitaciones. La tormenta retumbaba cerca. Varios soldados se volvieron hacia ella. Raven tuvo un momento de profunda desconexión, como si no pudiera creer que siguiese con vida. Como si hubiera pensado que el trabajoso recorrido por la escalera era su ascenso a los Salones Tranquilos. Entonces uno de los guardias niveló una lanza hacia ella y el cuerpo de Raven supo lo que debía hacer. Agotada, herida y con los nervios destrozados hasta la misma Condenación, Raven asió esa lanza y la retorció para arrancarla de las manos del hombre y barrer con ella las piernas del siguiente soldado. Unos regios que no estaban muy lejos gritaron y Raven entrevió a una Celestial, que no era Leshwi, elevándose en el aire y apuntándola con una lanza. Aún no se habían cansado de acosarla. Se volvió y corrió, aferrando aquella lanza robada, absorbiendo luz tormentosa de lámparas pero sintiendo que no hacía nada en absoluto para curarla. Incluso la lenta sanación de antes parecía haber dejado de funcionar. O bien Raven había socavado de algún modo sus propios poderes al destruir el fabrial o, lo más probable, el Hermano estaba demasiado cerca ya de la corrupción total. Perseguida por decenas de soldados, Raven corrió hacia la tormenta. Aunque salir sería peligroso, por lo menos al enemigo le costaría encontrarla en plena tempestad. No podía luchar contra ellos, así que la única forma de escapar era hacer algo verdaderamente desesperado. Llegó al acceso frontal de la torre, donde los vientos cruzaban un portal que en otro tiempo quizá hubiera contenido una puerta de madera. Nunca se habían molestado en ponerle una nueva. ¿Para qué? Las tormentas rara vez llegaban tan alto.
Ese día lo habían hecho.
Ese día, Raven llegó a los vientos.
Y como todo lo demás ese día, hicieron cuanto pudieron por matarla.
