71. JINETE DE LA TORMENTA

Voz de luces. Voz para luces. Si hablo en nombre de las luces, entonces debo expresar sus deseos. Si la luz es Investidura y toda Investidura es deidad, y si la deidad tiene Intención, entonces la luz debe tener Intención.

De El Ritmo de la Guerra, última página

Bellamy ya no temía las altas tormentas.

Había pasado ya bastante tiempo desde que temía haber enloquecido. Y sin embargo, como un caballo maltratado que aprendía a encogerse ante el mero sonido de un látigo, algo había persistido en el interior de Bellamy. Una respuesta aprendida de que una tormenta significaba perder el control. Por eso fue con una profunda y satisfactoria sensación de alivio que ese día Bellamy se dio cuenta de que no temía la tormenta. Y en efecto, cuando Elthebar le dijo la hora de la tormenta de ese día, Bellamy sintió una pequeña oleada de entusiasmo, nada menos. Reparó en que se sentía más despierto los días de alta tormenta.

Más capaz.

¿Es por ti?, preguntó al Padre Tormenta.

Es por nosotros, respondió el spren. Por ti y por mí. Yo disfruto pasando sobre el continente, ya que me da mucho que ver, pero también me cansa mientras a ti te revitaliza.

Bellamy se apartó de la mesa e hizo salir a sus ayudantes y escribas, que habían terminado de informarlo sobre las últimas novedades acerca de Urithiru. Le costaba controlar su creciente preocupación por Echo y por la torre. Pasaba algo malo. Lo sentía en sus huesos. Así que había empezado a buscar opciones. El plan actual consistía en que él encabezara una expedición a Shadesmar, navegaran hasta la torre y entonces Bellamy abriera una perpendicularidad para infiltrar espías. Por desgracia, no sabían si funcionaría. ¿Sería capaz siquiera de abrir una perpendicularidad en la zona?

Tenía que intentar algo. Las últimas cartas de Echo, aunque incluían sus códigos de identificación, no parecían escritas por ella. Demasiadas largas, demasiadas garantías de que estaba bien. Bellamy había ordenado a un equipo de trabajadores que empezaran a despejar los escombros que impedían a sus exploradores entrar por los cimientos. Habían informado de que costaría semanas, y en la región era imposible invocar hojas esquirladas, que estaban suprimidas igual que los fabriales y los poderes Radiantes. Puso la palma de la mano contra la mesa y apretó los dientes. Hizo caso omiso a la pila de informes llegados desde el frente. Anya y los demás estaban encargándose de la guerra, y Bellamy veía aproximarse la victoria. No estaba garantizada, pero sí era muy probable. Debería estar concentrándose en su entrenamiento como Forjador de Vínculos. Pero ¿cómo podía hacerlo? Lo que quería era hacerse con una armadura esquirlada, pedir prestada una hoja esquirlada, marchar al frente y buscar a alguien a quien atacar. La idea lo tentaba tanto que tuvo que reconocer lo mucho que había llegado a depender del apoyo psicológico de la Emoción de la batalla. Tormentas, a veces anhelaba casi con toda su alma lo vivo que se había sentido cuando mataba. Esas emociones guardaban un parecido notable con cuando había renunciado a la bebida. Un deseo quedo, ansioso, que lo golpeaba en los momentos más inesperados y lo urgía a buscar el placer, la recompensa.

No podía culpar de todo lo que había hecho a la Emoción. Había sido Bellamy quien llevaba esas botas, quien empuñaba esa arma y quien se regodeaba en la destrucción. Había sido Bellamy quien ansiaba matar. Si se permitía a sí mismo salir y luchar de nuevo, sabía que caería en la cuenta de que una parte de él aún lo adoraba. Por tanto, debía permanecer allí. Buscar otras formas de resolver sus problemas. Salió de su morada personal, una pequeña casucha de piedra más en Laqqi, el pueblo que habían convertido en su cuartel general. Respiró hondo, esperando que el aire fresco le aclarase la mente. El pueblo ya estaba fortificado por completo contra las tormentas y los ataques, con puestos de vigilancia suspendidos en las alturas observando el terreno a todo su alrededor y Corredores del Viento que llegaban volando para entregar informes.

«Debo mejorar con mis poderes —pensó Bellamy—. Si tuviera acceso al mapa que podía crear con Lexa, quizá podríamos ver qué está pasando exactamente en Urithiru.»

No serviría de nada, dijo el Padre Tormenta en su mente con un sonido como el del trueno lejano. No puedo ver la torre. Lo que sea que debilita a los Corredores del Viento cuando se acercan me debilita a mí también, por lo que el mapa no revelaría esa posición. Aun así, podría enseñártela. Tal vez tú puedas ver mejor que yo.

—¿Enseñármela? —preguntó Bellamy, provocando que Octavia, su sombra perenne, lo mirara—. ¿Cómo?

Puedes cabalgar la tormenta conmigo, dijo el Padre Tormenta. He concedido a otros ese privilegio en alguna ocasión.

—¿Cabalgar la tormenta contigo? —dijo Bellamy.

Es como las visiones que Honor me ordenó otorgar, solo que en el presente. Ven. Mira.

—Martra —llamó Bellamy, mirando a la escriba que tenía asignada ese día—. Es posible que actúe raro durante un rato. No pasa nada malo, pero si no soy yo mismo a la hora de mi siguiente cita, por favor haz que espere.

—Hum… Sí, brillante señor —dijo ella, abrazada a su libro de cuentas, con los ojos como platos—. ¿Quieres que… hum, te saque una silla?

—Sería buena idea —respondió Bellamy.

No le apetecía quedarse encerrado dentro. Le gustaba el olor del aire, aunque allí fuese demasiado húmedo, y ver el cielo abierto. Martra regresó con una silla y Bellamy se acomodó, encarado al este. Hacia el Origen, hacia las tormentas, aunque le tapara la vista el enorme rompetormentas de piedra.

—Padre Tormenta —dijo—, voy a…

Se convirtió en la tormenta.

Bellamy volaba al frente de la muralla de tormenta, como un escombro. No… como una ráfaga de viento que soplaba anunciando la tempestad. Podía ver, comprender, mucho más que cuando había volado gracias al poder de los Corredores del Viento. Era muchísimo que asimilar. Cruzó onduladas colinas con plantas creciendo en los valles entre ellas. Desde allí arriba parecían una red de islas marrones rodeadas de verdor, hasta la última porción de terreno bajo llena hasta los bordes de una maraña de malezas. Bellamy nunca había visto nada parecido, y las plantas le eran desconocidas, aunque su densidad le recordó vagamente el valle donde había conocido a Cultivación. No tenía cuerpo, pero se volvió y contempló la larga sombra de la que estaba tirando. La propia tormenta.

Cuando la Corredora del Viento voló en mis ráfagas, se movía sin cesar de un lado a otro, dijo el Padre Tormenta, y Bellamy sintió el sonido por todo su alrededor. Tú solo piensas. Te quejas de las reuniones, pero estás bien adaptado a ellas.

—Yo crezco —respondió Bellamy—. Yo cambio. Es lo que distingue a la humanidad, Padre Tormenta: el cambio. Una doctrina primordial de nuestra religión. Cuando tenía la edad de Raven, sospecho que me habría comportado como ella.

Nos acercamos a las montañas, dijo el Padre Tormenta. Urithiru tardará poco en llegar. Prepárate para observar.

A la derecha de Bellamy empezó a emerger una cordillera, y comprendió donde debían de estar. Cruzando Triax o Tu Fallia, países de los que no sabía gran cosa. No eran las montañas donde encontraría Urithiru, todavía no. Así que se dedicó a experimentar con el movimiento, volando más cerca de los valles cubiertos de vegetación. Sí, aquel paisaje le resultaba ajeno, con lo verdes y enmarañados que eran sus arbustos. Lleno de hierba, hojas anchas y otros tallos, todos entrelazados con enredaderas y repletos de vidaspren que oscilaban arriba y abajo. Las enredaderas eran una malla que lo unía todo, que lo fortalecía contra las tormentas. Vio a curiosos animales con largos tentáculos en vez de patas y una piel correosa en vez de quitina. Maleables, se escurrían con facilidad por agujeros en la maleza y encontraban huecos firmes en los que resguardarse cuando llegó la muralla de tormenta. Era extraño que todo fuese tan distinto cuando no estaban muy lejos de Alezkar. Solo a una breve travesía por el mar de Tarat. Trató de retrasarse para estudiar a un animal.

No, dijo el Padre Tormenta. Adelante. Siempre adelante.

Bellamy se dejó animar hacia el frente y voló sobre las colinas hasta llegar a un lugar donde la maleza estaba vaciada para construir hogares. Esos valles no eran tan estrechos ni profundos como para correr el peligro de inundarse, y las casas estaban construidas sobre soportes de varios palmos de altura, de todos modos. Allí crecía la misma malla de enredaderas, y los bordes de los edificios se fundían con la vegetación para tomar prestada su fuerza. Hubo un tiempo en que ese pueblo debía de haber sido un lugar envidiable, protegido por las plantas que lo rodeaban. Por desgracia, al pasar con el viento por encima, Bellamy se fijó en que había muchos edificios calcinados y el resto del pueblo estaba hecho un desastre. La tormenta eterna. La gente de Bellamy se había adaptado a ella: las ciudades grandes ya tenían muralla por ambos lados y los pueblos pequeños habían podido recurrir a las reservas del gobierno para sobrevivir a aquel cambio en el clima. Pero las aldeas pequeñas y aisladas como aquella habían sufrido el embate de la nueva tormenta sin nadie que los ayudara. ¿Cuántos lugares como aquel existían en Roshar, vacilando al borde de la extinción?

Bellamy dejó atrás el pueblo en unos pocos latidos, pero el recuerdo permaneció. En los últimos dos años, las ciudades y pueblos que no se habían venido abajo por la repentina partida de los parshmenios habían recibido el ataque incesante de la tormenta o la batalla. Si ganaban… Cuando ganaran la guerra, tendrían mucho trabajo por delante para reconstruir el mundo. Al proseguir su vuelo, vio otra cosa desalentadora: un par de recolectores atrapados mientras regresaban a su hogar. Los hombres harapientos se habían apiñado en una quebrada demasiado poco profunda. Llevaban ropa hecha de gruesas fibras tejidas que se parecía al material para alfombras procedente de Marat, y sus lanzas ni siquiera eran metálicas.

—Ten piedad de ellos —pidió Bellamy—. Atempera tu furia, Padre Tormenta.

No es furia. Soy yo.

—Pues protégelos —dijo Bellamy mientras caía la muralla de tormenta, sumiendo a los malhadados hombres en la oscuridad.

¿Debo proteger a todos quienes se aventuran a mi interior?

—Sí.

Entonces, ¿dejo de ser una tormenta? ¿Dejo de ser yo?

—Puedes ser una tormenta con piedad.

Eso desafía la definición y el alma de una tormenta, objetó el Padre Tormenta. Debo soplar. Yo hago que esta tierra exista. Transporto semillas, hago nacer plantas, vuelvo el terreno permanente con crem. Proporciono luz tormentosa. Sin mí, Roshar se marchita.

—No estoy pidiéndote que abandones Roshar, sino que protejas a esos hombres. Aquí. Ahora.

Yo…, retumbó el Padre Tormenta. Es demasiado tarde. No han sobrevivido a la muralla de tormenta. Un enorme peñasco los ha aplastado poco después de que empezáramos a hablar.

Bellamy maldijo, acto que se tradujo en un crepitante relámpago que llenó el aire cercano.

—¿Cómo puede un ser tan próximo a la divinidad carecer tan por completo de honor?

Soy una tormenta. No puedo…

¡No eres solo una tormenta!, bramó Bellamy mientras su voz se volvía trueno. ¡Tienes capacidad de elección! ¡Te escondes de ella, y al hacerlo eres un COBARDE!

El Padre Tormenta no respondió. Bellamy lo sentía presente, sometido, como un niño malhumorado tras una regañina por su necedad. Bien. Tanto Bellamy como el Padre Tormenta eran diferentes de lo que habían sido antes. Tenían que ser mejores. El mundo les exigía que fuesen mejores. Bellamy voló más alto, ya sin ganas de ver más detalles por si acaso acababa presenciando más brutalidades irreflexivas del Padre Tormenta. Al cabo de un tiempo llegaron a montañas espolvoreadas de nieve, y Bellamy se elevó hasta la misma cima de la tormenta. Últimamente las tormentas habían ido haciéndose cada vez más altas en el cielo, algo en lo que la gente no reparaba en general pero que era bastante evidente en Urithiru.

Es natural, dijo el Padre Tormenta. Un ciclo. Seré cada vez más alto hasta que rebase la torre, y luego las siguientes tormentas decrecerán. La alta tormenta ya hacía esto antes de que la torre existiera.

Parecía haber una cierta timidez en las palabras muy poco propia del Padre Tormenta. Quizá Bellamy lo había turbado.

Pronto vio la torre acercarse.

¿Puedes verla?, preguntó el Padre Tormenta. ¿Los detalles?

—Sí —dijo Bellamy.

Observa deprisa. Tardaremos poco en pasar.

Bellamy viró como una ráfaga de viento, dirigiéndose hacia Urithiru. No vio nada evidente que estuviera mal. No había nadie fuera en el nivel del Paseo de las Nubes, pero, con las tormentas cada vez más elevadas, tampoco sería aconsejable que lo hubiera.

—¿Podemos entrar? —preguntó Bellamy mientras se aproximaban.

Tú tal vez sí, dijo el Padre Tormenta. Yo no puedo pasar dentro, igual que no puedo infundir esferas en interiores. Cuando una parte se separa, deja de ser yo. Tendrás que reincorporarte rápido o la visión terminará.

Bellamy eligió la terraza más accesible de los salientes orientales de la torre, en la tercera planta, y descendió hasta situarse frente a su objetivo. Cuando la tormenta pasó, entró volando por la terraza abierta al silencioso pasillo que había al otro lado. Tardó demasiado poco en terminar. Una carrera por un pasillo oscuro hasta encontrar el corredor diagonal del sur, desde donde intentó llegar a la planta baja, pero de pronto Bellamy salió despedido sin remedio por otra terraza sin haber visto ni la menor señal de vida. La muralla de tormenta siguió adelante para coronar las montañas y seguir su camino hacia Azir y el cuerpo de Bellamy.

—No —dijo—. Tenemos que mirar otra vez.

Debes seguir adelante. Impulso, Bellamy.

—El impulso me mantuvo haciendo cosas terribles, Padre Tormenta. El impulso por sí mismo no es una virtud.

No podemos hacer lo que pides.

—¡Deja de poner excusas e inténtalo por una vez! —gritó Bellamy, provocando relámpagos a su alrededor.

Resistió la presión para continuar al frente y, aunque hizo que el Padre Tormenta gimiera con redobles de truenos, Bellamy se movió hacia el interior de la tormenta. Hacia el caos negro que imperaba tras la muralla de tormenta. Era viento soplando contra el viento, un hombre nadando contra una marea, pero logró abrirse paso hasta el fondo, hasta Urithiru. El Padre Tormenta refunfuñó, pero Bellamy no sentía dolor en el spren. Solo… sorpresa. Como si el Padre Tormenta tuviera una curiosidad genuina por lo que había logrado hacer Bellamy. Resultaba difícil mantenerse fijo en un lugar, pero se quedó flotando fuera del primer anillo, buscando cualquier cosa alarmante. La furia del viento tiraba de él. El Padre Tormenta atronó y el relámpago destelló.

Ahí. Bellamy sintió algo. Una… tenue Conexión, como cuando aprendía el idioma de alguien. Su potenciación, su poder, lo llevó a través del viento en torno a la base de la torre… hasta que encontró algo excepcional. Una figura solitaria, casi invisible en la oscuridad, aferrada al exterior de la torre en el séptimo nivel.

Raven Bendita por la Tormenta.

Bellamy no alcanzaba a imaginar qué habría llevado a la Corredora del Viento a exponerse de aquella manera a una tormenta, pero allí estaba. Sujetándose con fuerza a una repisa. Tenía la ropa hecha harapos y estaba herida, sangrando de numerosos cortes.

—Sangre de mis ancestros —susurró Bellamy—. Padre Tormenta, ¿lo ves?

Lo… percibo, dijo el Padre Tormenta. A través de ti. Parece estar esperando al centro de la tormenta, donde sus esferas y su luz tormentosa se renovarán.

Bellamy se acercó a la joven, que había hundido la cabeza bajo el hombro para protegerse. Estaba empapada de la cabeza a los pies, y un jirón de su camisa abofeteaba la piedra una y otra vez.

—¿Raven? —gritó Bellamy—. Raven, ¿qué ha pasado?

La joven no se movió. Bellamy se tranquilizó, resistiendo los vientos furiosos, y extrajo poder del alma de la tormenta.

RAVEN, dijo.

Raven se removió y giró la cabeza. Su piel había palidecido, tenía el pelo enmarañado y sacudido en nudos bañados de lluvia.

Tormentas… parecía un cadáver.

¿QUÉ HA PASADO?, exigió saber Bellamy como la tormenta.

—Invasión cantora —susurró Raven al viento—. Echo capturada. La torre en aislamiento. Todos los demás Radiantes están inconscientes.

BUSCARÉ AYUDA.

—Los poderes Radiantes no funcionan. Excepto los míos. Puede que también los de un Forjador de Vínculos. Estoy luchando. Estoy… intentándolo.

VIDA ANTES QUE MUERTE.

—Vida… —susurró Raven—. Vida… antes…

Los ojos de la mujer aletearon y se cerraron. Flaqueó, laxo, y cayó desmayada de la pared.

NO.

Bellamy reunió los vientos y, con una oleada de fuerza, los usó para arrojar a Raven hacia arriba y por encima del parapeto de la terraza, al séptimo piso de la torre. Eso forzó al límite sus capacidades, y por fin la marea se apoderó de Bellamy y lo obligó a regresar al frente de la tormenta. Mientras ocurría, fue expulsado de la visión y se encontró de nuevo en Emul, sentado en su silla. Había llegado una guardia de honor para formar en círculo a su alrededor y que la gente no curioseara. Aunque ya hacía mucho tiempo desde que a Bellamy lo poseyera por última vez una visión contra su voluntad, agradeció el gesto. Se sacudió y se levantó de la silla. Cerca de él, Martra sostuvo en alto su cuaderno.

—¡He apuntado todo lo que has dicho y hecho! Como hacía la brillante Echo. ¿He hecho bien?

—Gracias —dijo Bellamy, echando un vistazo a lo que había escrito la mujer.

Al parecer Bellamy había hablado en voz alta, como en sus antiguas visiones. Solo que Martra no había oído las partes en las que había hablado como la tormenta. Un guardia carraspeó y Bellamy vio que otro lo estaba mirando boquiabierto. El joven se volvió de inmediato, sonrojándose.

«Porque estaba leyendo», pensó Bellamy mientras devolvía el cuaderno. Miró al cielo esperando ver nubes de tormenta, pero allí la tormenta aún tardaría horas en llegar a la región.

Padre Tormenta, pensó. La torre está invadida. Nuestros peores miedos se confirman. El enemigo controla Urithiru.

Tormentas, dolía reconocerlo. ¿Primero Alezkar y luego la torre? ¿Y Echo capturada?

Por fin sabía por qué el enemigo se había deshecho de Gustus. Tal vez también de todo su ejército allí, en Emul. Los había sacrificado para entretener a Bellamy.

—Busca a Teshav —dijo Bellamy a Martra—. Que reúna a los monarcas y a mis altos señores. Tengo que convocar una reunión de emergencia. Cancela todo lo demás que tenía previsto para hoy.

La joven dio un gritito, tal vez porque le asignaran una tarea tan importante. Corrió a cumplir las órdenes de inmediato. Los soldados se marcharon a petición de Bellamy y él se quedó mirando el cielo otra vez.

Padre Tormenta, ¿me has oído?

Me has herido, Bellamy. Es la segunda vez que lo haces. Aprietas contra nuestro vínculo, obligándome a hacer cosas que no son correctas.

Te aprieto para estirarte, replicó Bellamy. Eso siempre es doloroso. ¿Has oído lo que me ha dicho Bendita por la Tormenta?

Sí, dijo él. Pero se equivoca. Tus poderes no funcionarán en Urithiru. Parece… que han vuelto las protecciones de la torre en nuestra contra. Si es así, deberías ser varios órdenes de magnitud más fuerte que ahora, más experto que ahora, para abrir una perpendicularidad allí. Tendrías que ser lo bastante poderoso para sobrepasar al Hermano.

Debo pronunciar más juramentos, afirmó Bellamy. Debo comprender mejor lo que soy capaz de hacer. Mi entrenamiento progresa demasiado despacio. Tenemos que encontrar la manera de acelerarlo.

No puedo ayudarte. Honor está muerto. Era el único que sabía lo que podrías hacer, por completo. Era el único que podría haberte entrenado.

Bellamy rugió de frustración. Empezó a dar vueltas por la piedra sin tallar enfrente de su casa en el campamento de guerra.

Raven, Lexa, Anya, Madi… Todos ellos aprendieron sus poderes de forma natural, dijo Bellamy. Pero aquí estoy yo, muchos meses después de nuestro vínculo, sin haber progresado apenas.

Tú eres algo distinto a ellos, respondió el Padre Tormenta. Algo más grande, más peligroso. Pero también más complicado. Nunca ha habido otro como tú.

Trueno lejano. Acercándose.

Excepto…, añadió el Padre Tormenta.

Bellamy miró hacia arriba mientras se le ocurría una idea. Con toda probabilidad, la misma que se le había ocurrido al Padre Tormenta.

Había otro Forjador de Vínculos.

Poco tiempo después, un Bellamy casi sin aliento llegó a un pequeño edificio en el extremo norte del campamento. La gente corría de un lado para el otro, preparándose para la inminente tormenta, pero Bellamy no les hizo caso. Irrumpió en la pequeña construcción y sorprendió a una mujer que cuidaba de un hombre muy corpulento sentado en el suelo, inclinado hacia delante, musitando para sí mismo. La mujer se levantó de un salto y echó mano a la espada que llevaba a un lado. Su raza era difícil de identificar: quizá azishiana, por el tono oscuro de piel. Pero sus ojos estaban mal, eran como los de una shin. Aquellos dos eran seres atrapados fuera del tiempo.

Unas criaturas casi tan antiguas como Roshar. Los Heraldos Luna y Wells.

Bellamy no se amilanó por la pose amenazadora de la mujer y avanzó a zancadas hasta asirla por los hombros.

—Había diez de vosotros. Diez Heraldos. Todos ellos pertenecían a una orden de Caballeros Radiantes.

—No —dijo Luna—. Nosotros estábamos antes que los Radiantes. Se modelaron a nuestra imagen, pero no nos contábamos entre sus filas. Excepto Nale.

—Pero había uno de vosotros que era Forjador de Vínculos —repuso Bellamy—. Ishi, Heraldo de la Suerte, Heraldo de los Misterios, Vinculador de Dioses.

—Creador del Juramento —dijo Luna, zafándose de las manos de Bellamy—. Sí, sí. Todos tenemos nombres como esos. Nombres inútiles. Deberíais dejar de hablar de nosotros. Dejar de adorarnos. Dejar de pintarnos.

—Aún está vivo —insistió Bellamy—. No estaba encadenado por los juramentos. Él sabrá las cosas que puedo aprender a hacer.

—Seguro que sí —respondió Luna—. Si alguno de nosotros sigue cuerdo aparte de mí, será él.

—Está cerca de aquí —dijo Bellamy, maravillado—. En Tukar. A un vuelo corto hacia el sudeste desde este mismo pueblo.

—¿No hay un ejército en medio? —preguntó Luna—. ¿No es hacer retroceder al enemigo y aplastarlo contra el ejército de Nia nuestro objetivo principal ahora mismo?

—Eso es lo que están haciendo Anya y nuestras tropas —dijo Bellamy—. Pero yo tengo otra misión. Yo debo encontrar la manera de hablar con el dios-sacerdote y luego de convencerlo para que me ayude a rescatar Urithiru.