I-7. OCTAVIA
Octavia-hija-Honor intentó holgazanear.
Bellamy decía que holgazanear un poco la ayudaría a imitar a un soldado normal en un aburrido puesto de guardia. Bellamy decía que Octavia merodeaba al andar y que era demasiado intensa cuando vigilaba. Como un fuego ardiendo vivo cuando debería ser apenas unos rescoldos encendidos.
¿Cómo dejaba una de ser intensa? Octavia trató de comprenderlo mientras se obligaba a apoyarse en un árbol y cruzaba los brazos como le había sugerido Bellamy. Delante de ella, el Espina Negra jugaba con su sobrino nieto, el hijo de Finn. Octavia comprobó con atención el perímetro del pequeño claro. Buscando sombras. O gente que merodeara sospechosa en el cercano campamento, visible entre los árboles. No vio nada, cosa que lo inquietó. Pero intentó relajarse de todos modos. El cielo nublado y el tiempo húmedo que hacía le recordaban a la costa de Shinovar, donde el padre de Octavia había sido pastor en su juventud. Con aquella hierba tan abundante, Octavia casi podía imaginar que estaba en casa. Cerca de los hermosos acantilados blancos, escuchando balar a los corderos mientras llevaba agua. Oyó las amables palabras de su padre. «El deber más digno y más cierto de una persona es añadir al mundo. Crear, y no destruir.»
Pero no. Octavia no estaba en casa. Estaba de pie sobre piedra profana en un claro de bosque fuera de un pueblecito de Emul. Bellamy se arrodillo para enseñar a Gavinor, un niño de menos de cinco años, cómo empuñar su espada de práctica. Habían pasado unos minutos, así que Octavia dejó el árbol e hizo un recorrido alrededor del claro, durante el que inspeccionó unos matojos de enredaderas sospechosas.
—¿Ves algo peligroso, espada-nimi? —preguntó en voz baja.
Qué va, dijo la espada. Creo que deberías desenfundarme. Veo mejor estando fuera de la vaina.
—Cuando estás desenvainada, espada-nimi, intentas absorberme la vida.
Chorradas. Me caes bien. No intentaría matarte.
El arma proyectaba su agradable voz en la mente de Octavia. A Bellamy no le gustaba la sensación, así que la espada ya solo hablaba con Octavia.
—Yo no veo nada peligroso —dijo Octavia, volviendo a su sitio junto al árbol.
Trató de por lo menos aparentar que estaba relajada. Era difícil, y requería vigilancia y dedicación, pero no quería que Bellamy volviera a reprenderla.
Eso es bueno, ¿verdad? ¿Que no haya nada peligroso?
—No, espada-nimi —dijo Octavia—. No es bueno. Es preocupante. Bellamy tiene muchos enemigos, que estarán enviando asesinos, espías. Si no los veo, quizá esté siendo demasiado descuidada o sea demasiado incompetente.
O quizá no estén aquí para verlos, respondió la espada. Vasher siempre estaba paranoico también. Y eso que él podía sentir si había gente cerca. Le dije que dejara de preocuparse tanto. Como tú. Preocupar, preocupar, preocupar.
—Se me ha encomendado un deber —dijo Octavia—. Lo cumpliré bien.
Bellamy rio cuando el chico alzó su espada de juguete y proclamó que era un Corredor del Viento. El niño había pasado por una experiencia horripilante allá en Kholinar, y pasaba la mayoría del tiempo en silencio. Afligido. Lo habían torturado los vacíospren, lo habían manipulado los Deshechos, lo había desatendido su madre. Aunque los sufrimientos de Octavia habían sido otros, no podía evitar una cierta afinidad con ese niño. Era evidente que Bellamy disfrutaba viendo cómo el chico se volvía más expresivo y entusiasta mientras jugaban. Octavia recordó de nuevo su propia infancia, que había pasado jugando con las ovejas. Una época sencilla, antes de que su familia recibiera las hojas de Honor. Antes de que a su amable padre le enseñaran a matar. A sustraer. El padre de Octavia seguía vivo, en Shinovar. Era el portador de una espada diferente, de una carga diferente. La familia entera de Octavia estaba allí. Su hermana, su madre. Octavia llevaba mucho tiempo sin pensar en ellas. Estaba permitiéndose hacerlo porque había decidido que no era Sinverdad. Antes no había querido mancillar las imágenes de su familia con su mente. Había llegado el momento de hacer otra ronda por el claro. La risa del niño ganó volumen, pero a Octavia le resultó doloroso oírla. Hizo una mueca cuando el niño subió a una roca y saltó para que su tío abuelo lo atrapara. Y Octavia… Si Octavia se movía demasiado deprisa, podía atisbar su propia y frágil alma, mal sujeta a su cuerpo, siguiendo sus movimientos como una brillante imagen residual.
¿Por qué estás sufriendo?, preguntó la espada.
—Temo por el niño —susurró Octavia—. Empieza a reír de alegría. Eso terminarán robándoselo otra vez.
A mí me gusta intentar comprender la risa, dijo la espada. Creo que puedo sentirla. Feliz. ¡Ja! ¡JA! A Vivenna siempre le gustaban mis chistes. Hasta los malos.
—La risa del chico me asusta —insistió Octavia—. Porque estoy cerca. Y… no estoy bien.
No debería estar protegiendo a ese niño, pero no se hacía el ánimo de decírselo a Bellamy, por temor a que el Espina Negra la apartara de sí mismo. Octavia había encontrado allí su propósito al seguir un Ideal. Al confiar en Bellamy Griffin. No podía permitirse que ese Ideal se sacudiera. No podía. Solo que… a veces Bellamy hablaba con inseguridad. Preocupado por no estar haciendo lo correcto. Octavia desearía no escuchar las debilidades de Bellamy, sus temores. El Espina Negra debía ser una roca moral, imperturbable, siempre segura de sí misma. Bellamy era mejor que la mayoría. Y sí que tenía confianza. La mayoría del tiempo. Octavia solo había conocido a un hombre con más confianza que Bellamy en su propia moralidad. Gustus. El tirano. El destructor. El hombre que había seguido a Octavia hasta allí, hasta aquella parte remota del mundo. Octavia estaba convencida de que, cuando había visitado a Gustus acompañando a Bellamy el otro día, el anciano había descubierto su disfraz ilusorio. Ese hombre no iba a renunciar. Octavia podía sentirlo… sentirlo… tramando.
Cuando Octavia volvió a su árbol, el aire se partió, mostrando una negrura salpicada de tenues estrellas más allá. Octavia al instante apoyó su espada contra el tronco del árbol.
—Vigila —dijo—, y grita mi nombre si viene algún peligro.
¡Oh! ¡Muy bien!, exclamó la espada. Eso puedo hacerlo. Claro que puedo. Pero a lo mejor deberías dejarme fuera de la vaina. Ya sabes, para que si viene algo malo, pueda darle de verdad.
Octavia rodeó el árbol, siguiendo la brecha en el aire. Era como si alguien hubiera separado el tejido de la realidad, como abriendo la piel para mirar la carne de debajo.
Se arrodilló ante el altospren.
—Estás haciéndolo bien, discípula mía —dijo el spren con tono formal—. Eres vigilante y dedicada.
—Lo soy —respondió Octavia.
—Tenemos que hablar de tu cruzada. Llevas ya un año con tu actual juramento, y me satisface y me impresiona tu dedicación. Estás entre los hombres más vigilantes y dignos. Querría que obtuvieras tu armadura esquirlada. ¿Todavía deseas purgar tu tierra natal?
Octavia asintió. Detrás de ella, Bellamy reía. No parecía haberse dado cuenta de su ausencia momentánea.
—Háblame más de esa cruzada que propones —dijo el altospren.
No había bendecido a Octavia diciéndole su nombre, aunque Octavia era su Radiante vinculada.
—Hace mucho tiempo, mi pueblo rechazó mis advertencias —explicó Octavia—. No me creyeron cuando dije que el enemigo regresaría pronto. Me desterraron, juzgándome Sinverdad.
—Veo inconsistencias en las historias que cuentas de esos días, Octavia —dijo el altospren—. Temo que tu memoria, como la de muchos mortales, sea incompleta o esté corrompida por el paso del tiempo. Yo te acompañaré en tu cruzada para evaluar la verdad.
—Gracias —dijo Octavia en voz baja.
—Quizá debas combatir y destruir a aquellos que hayan incumplido sus propias leyes. ¿Podrás hacerlo?
—Eh… Tendría que preguntárselo a Bellamy. Él es mi Ideal.
—Si progresas como Rompedora del Cielo —dijo el altospren—, deberás convertirte en la ley. Para alcanzar tu potencial definitivo, tendrás que conocer la verdad tú misma, en vez de apoyarte en la muleta ofrecida por el Tercer Ideal. Sé consciente de ello.
—Lo seré.
—Prosigue con tu deber por ahora. Pero recuerda, pronto llegará el momento en que lo abandones a cambio de algo mayor.
Octavia se levantó mientras el spren volvía a hacerse invisible. Siembre estaba cerca, observando y juzgando la valía de Octavia. Regresó al claro y encontró a Bellamy charlando en voz baja con una mujer que llevaba uniforme de mensajera. Octavia se puso en alerta de inmediato, recogió la espada y caminó a zancadas para ponerse detrás de Bellamy, presta a protegerlo.
¡Espero que no pase nada por no haberte llamado!, dijo la espada. Podía sentir a la mujer, aunque no la viera, y no parecía ser malvada. Aunque no haya venido a recogerme a mí. Menuda grosería, ¿eh? Pero la gente grosera puede no ser malvada, ¿verdad?
Octavia observó a la mujer con atención. Si alguien quería matar a Bellamy, sin duda enviaría a un asesino de apariencia inocente.
—No estoy muy segura de algunas cosas de esta lista —estaba diciendo la mensajera—. ¿Pluma y papel? ¿Para un hombre?
—Gustus abandonó hace mucho tiempo la pretensión de no saber leer —respondió Bellamy.
—En ese caso, el papel le permitirá planificar contra nosotros.
—Tal vez —dijo Bellamy—. Y también podría ser el simple acto piadoso de concederle la compañía de las palabras. Cumplid esa petición. ¿Qué más?
—Desea que se le dé comida fresca más a menudo —dijo ella—, y más luz.
—La luz ya la había pedido yo —repuso Bellamy—. ¿Por qué no se cumplió esa orden?
Octavia observó con interés. ¿Gustus estaba haciendo exigencias? No deberían darle nada. Era peligroso. Era…
Octavia se quedó petrificada cuando el niño, Gavinor, llegó hasta ella. Levantó una espada de madera con el puño por delante hacia Octavia. El chico debería temerla, y en cambio estaba sonriendo y meneando la espada.
Octavia la cogió, vacilante.
—La petición más extraña es la de la piedra —prosiguió la mensajera—. ¿Para qué quiere una piedra perfectamente redonda y lisa? ¿Y por qué especifica que debe tener una veta de cuarzo?
El corazón de Octavia estuvo a punto de detenerse. Una piedra redonda. ¿Con incrustaciones de cuarzo?
—Sí que es una petición rara, sí —dijo Bellamy, pensativo—. Preguntadle para qué la quiere antes de concedérsela.
Una piedra redonda.
Con incrustaciones de cuarzo.
Una piedra jurada.
Durante años, Octavia había obedecido la ley de la piedra jurada.
La tradición centenaria de su pueblo dictaba la manera de tratar a quien fuese Sinverdad. Un objeto, ya no una mujer. Una posesión.
Gustus quería una piedra jurada. ¿Por qué?
¿POR QUÉ?
Mientras la mensajera se alejaba al trote, Bellamy preguntó a Octavia si querría unirse al entrenamiento con la espada, pero ella apenas logró farfullar una excusa. Octavia regresó a su puesto junto al árbol, con la pequeña espada de madera aferrada en la mano.
Tenía que saber lo que planeaba Gustus.
Tenía que detener a ese hombre. Antes de que matara a Bellamy.
