I-8. CHIRI-CHIRI
Chiri-Chiri intentó esconderse en su hierba. Por desgracia, estaba haciéndose demasiado grande. No era como un cremlino normal, de los que correteaban por ahí, diminutos e insignificantes. Ella era algo más grandioso. Podía pensar. Podía crecer. Y podía volar. Nada de eso la ayudó cuando cayó de la hierba de la maceta a la mesa. Rodó para enderezarse y chasqueó molesta antes de mirar hacia Rysn, que estaba sentada haciendo ruidos con otro blando. Chiri-Chiri no siempre entendía los ruidos de las bocas de los blandos. No chasqueaban, y no tenían ritmo. Así que a veces los sonidos eran solo ruido. A veces no. Tenían un cierto patrón que Chiri-Chiri iba comprendiendo cada vez mejor. Y a veces sus tonos tenían una actitud que era casi como un ritmo. Se acercó más a ellos por la mesa, intentando escuchar. Era difícil. A Chiri-Chiri no le gustaba escuchar. Le gustaba hacer las cosas que daban buena sensación. Dormir daba buena sensación. Comer daba buena sensación. Decir que estaba contenta, o hambrienta, o triste daba buena sensación. La comunicación debería ser sobre humores, deseos, necesidades. No todo aquel ruido de aleteo y más aleteo flojo y húmedo. Como el que estaba haciendo Rysn en ese momento, hablando con el viejo blando que era como un progenitor. Chiri-Chiri cruzó la mesa y se metió en su caja. No olía tan viva como la hierba, pero era cómoda, rellena de cosas blandas y cubierta con unas enredaderas. Chasqueó para expresarlo. Satisfecha. Satisfecha era buena sensación.
—No entiendo ni la mitad de las cosas que explicas, Rysn —dijo el viejo blando, sentado con Rysn en sillas junto a la mesa. Chiri-Chiri entendía algunas palabras. Y su tono susurrante pero tenso. Confusión. Eso era confusión. Como cuando te muerde en la cola alguien que creías que estaba contento—. ¿Estás diciendo que esas cosas… esos Insomnes… están por todas partes? ¿Moviéndose entre nosotros? ¿Pero que no son… humanos?
—Son lo más alejado de los humanos que puede estar un ser, diría yo —respondió Rysn, y dio un sorbo a su infusión. Chiri-Chiri la entendía mejor a ella. Rysn no estaba confusa. Más bien pensativa. Había estado así desde… el acontecimiento en la tierra natal.
—Esto no es para lo que creía que estaba preparándote —dijo el viejo blando—, con tu entrenamiento en negociación.
—Bueno, siempre te gustó recorrer caminos que otros consideraban demasiado difíciles —dijo Rysn—. Y te encantaba negociar con gente de la que pasaba de largo tu competencia. Veías oportunidades en lo que otros descartaban. Esto viene a ser lo mismo.
—Disculpa, Rysn, querida niña, pero a mí esto me parece muy muy distinto.
Los dos se quedaron en silencio, pero no era el silencio satisfecho de después de comer. Chiri-Chiri se volvió para acurrucarse de nuevo en sus mantas, pero sintió una vibración que ascendía a través del suelo. Una especie de llamada, una especie de advertencia. Uno de los ritmos de Roshar. Le recordó al caparazón de los muertos que había visto en la tierra natal. Su cráneo hueco de quitina, su boquiabierto vacío, tan quieto y silencioso. Un silencio de habérselo comido todo, y luego haber sido consumido. Chiri-Chiri no podía esconderse. El ritmo le susurraba que no podía hacer solo cosas fáciles. Se avecinaban tiempos oscuros, advertían los cráneos huecos. Y las vibraciones de aquel lugar.
Alentadoras. Exigentes. Sé mejor. Debes ser mejor.
Así que Chiri-Chiri salió trepando de su caja y pasó al brazo de la silla de Rysn. Rysn la recogió, suponiendo que Chiri-Chiri quería que la rascara en aquella parte a lo largo de su cabeza donde el caparazón se unía a la piel. Y sí que era una sensación agradable. Tanto que Chiri-Chiri se olvidó de los cráneos huecos y los ritmos de advertencia.
—¿Por qué tengo la sensación de que no deberías haberme contado nada de esto? —preguntó el viejo blanco—. Cuanta más gente sepa lo que has hecho, Rysn, más peligroso será para ti.
—Me doy cuenta —dijo ella—. Pero… babsk… tenía que decírselo a alguien. Ahora necesito tu sabiduría, más que nunca.
—Mi sabiduría no alcanza los asuntos de los dioses, Rysn —replicó él—. Yo solo soy un viejo que se creía muy listo… hasta que su autocomplacencia estuvo a punto de destruir la vida y la carrera de su discípula más prometedora.
Rysn se irguió de repente, haciendo que Chiri-Chiri se sobresaltara y le mordisqueara los dedos. ¿Por qué había dejado de rascar?
Ah. Emociones. Chiri-Chiri casi podía sentirlas vibrando a través de Rysn, como ritmos. ¿Estaba triste? ¿Por qué triste? Tenían suficiente para comer. Estaban calentitas y a salvo.
¿Era por la oquedad? ¿Por el peligro?
—Babsk —dijo Rysn—, ¿todavía te culpas a ti mismo de mi necedad? Mis insensateces fueron solo mías.
—Ah, pero yo sabía de tu audacia —respondió él—. Y era mi deber marcarle límites.
El viejo blando cogió las manos de Rysn, así que Chiri-Chiri se las mordisqueó un poquito hasta que Rysn le lanzó una mirada de enfado. De todas formas, no tenían buen sabor. Los dos blandos compartían algo. Era casi como si pudieran proyectar emociones con una vibración o un zumbido, en vez de hacer aletear los labios y estrujar aquellas caras demasiado fundidas. Esas cosas sí que eran raras. ¿Por qué no se les caía toda la piel, sin caparazón que la contuviera? ¿Por qué no se hacían daño cada vez que se daban contra algo?
Pero sí, compartían pensamientos. Y por fin el viejo asintió y se levantó.
—Te ayudaré a soportar esto, Rysn. Sí, no debería quejarme de mis propias deficiencias. Tú has acudido a mí y me has hecho un gran honor con ello.
—Pero no debes contárselo a nadie —le dijo ella—. Ni siquiera a la reina. Lo siento.
—Comprendo —dijo él—. Meditaré sobre lo que me has dicho y veré qué consejos puedo darte, si es que hay alguno, para esta situación tan particular. —Cogió su sombrero y empezó a marcharse, pero vaciló y dijo tres palabras—. Esquirlas del Amanecer. —Logró imbuirlas de significado. Incredulidad y maravilla.
Cuando se hubo marchado, unos pocos mordisquitos hicieron que Rysn empezara a rascarla otra vez. Pero parecía estar distraída, y al poco tiempo Chiri-Chiri ya no pudo disfrutar del rascado. No con los ojos huecos hablándole. Avisándola. Para gozar de días fáciles, a veces antes había que hacer cosas difíciles. Rysn activó su silla, que se elevó unos centímetros del suelo, aunque no tenía alas. Chiri-Chiri saltó de ella a la mesa.
—Necesito comer algo —dijo Rysn. Y Chiri-Chiri se concentró en los sonidos, no en la cansada cadencia.
Comer. Comida.
—Oomeeer. —Chiri-Chiri intentó que sus mandíbulas chasquearan los sonidos, soplando por la garganta y haciendo vibrar su caparazón.
Rysn sonrió.
—Estoy demasiado agotada. Eso casi ha sonado a…
—Rrrrrizzznn —dijo Chiri-Chiri—. Ooomeeer. Omiiiida.
Sí, daba buena sensación. Le habían salido unos ruidos de boca acertados. O por lo menos, Rysn soltó la taza de infusión e hizo una vibración estupefacta. Quizá sí que sería mejor hacerlo así. No solo por los cráneos huecos, sino porque, si lograba que los blandos la entendieran, sería mucho más fácil que la rascaran cuando se requiriera de ellos.
