I-9. LA ESPADA
Gustus despertó dolorido. Últimamente cada mañana era una amarga competición. ¿Hacía más daño moverse o quedarse en la cama? Moverse significaba más dolor. Quedarse en la cama significaba más angustia. Al final, optó por el dolor.
Después de vestirse con cierta dificultad, descansó al borde de la cama, agotado. Miró las notas rayadas en el lateral de un cajón abierto. ¿Debería esconderlas? Debería. Esa mañana las palabras le parecieron un galimatías. Tuvo que mirarlas mucho tiempo hasta que les encontró algún sentido.
Tonto. ¿Cómo de tonto era? Demasiado… demasiado tonto.
Reconocía la sensación de que sus pensamientos se movieran como a través de denso almíbar. Se levantó. ¿Aquello era luz? Sí, luz solar.
Pasó a la sala principal de su cárcel. Luz solar, a través de una ventana abierta. Qué raro. Él no había dejado ninguna ventana abierta.
«Las ventanas estaban todas tapiadas —recordó—. Se ha roto una. ¿Habrá sido una tormenta?»
No. Comprendió despacio que Bellamy debía de haber ordenado que abrieran una. Qué amable era Bellamy. Le caía bien.
Gustus llegó a la luz del sol. Guardias fuera. Sí, era normal que vigilaran. Sabían que era un asesino. Les sonrió de todas formas, y luego abrió el pequeño paquete que había en el alféizar. Un cuaderno, una pluma y un poco de tinta. ¿Había pedido él esas cosas? Intentó recordarlo.
Tormentas. Quería dormir. Pero no podía pasarse otro día en la cama. Ya lo había hecho demasiadas veces.
Regresó a su habitación, se sentó… y entonces cayó en la cuenta de que había olvidado lo que pretendía hacer. Deshizo sus pasos, volvió a mirar la pluma y el papel y solo entonces lo recordó. Volvió a la alcoba. Abrió el cajón con las instrucciones. Las leyó despacio.
Volvió a leerlas.
Las copió con gran esfuerzo en el cuaderno. Era una lista de las cosas que debía decir si conseguía hablar con Octavia a solas. Aparecían varias veces unas palabras subrayadas: «No hables con Bellamy». En su estado, Gustus no estaba muy convencido de aquello. ¿Por qué no hablar con él?
Su yo más listo estaba convencido de que tenían que hacer aquello por su propia cuenta. A Bellamy Griffin no se le podían confiar los planes de Gustus. Porque Bellamy Griffin haría lo correcto. No lo necesario.
Gustus se obligó a ir a por comida. Tenía un poco en la otra habitación, pan que se había puesto rancio. Debería haber pedido algo mejor. Solo después de masticar un rato se le ocurrió ir a mirar en la mesa contigua a la puerta, donde le dejaban el alimento. Era el día en que se suponía que se lo entregaban. Y allí estaba. Pan del día. Carne seca. Nada de mermelada. Se sintió idiota. ¿Por qué no había ido a ver si había comida fresca antes de llenarse la boca con la vieja? Era difícil vivir así.
Cometiendo errores tontos. Olvidando lo que estaba haciendo y por qué.
Por lo menos estaba solo. Antes de haberse rodeado de buenos ayudantes, la gente siempre se enfadaba con él cuando era tonto. Y como se ponía emotivo cuando era tonto, a menudo lloraba. ¿Acaso no lo entendían? Gustus hacía sus vidas complicadas, sí. Pero él vivía esa complicación. No intentaba darles problemas.
La gente daba sus mentes por sentadas. Se creían estupendos por cómo habían nacido.
—¡Traidor! —llamó una voz desde fuera—. ¡Tienes visita!
Gustus tuvo una punzada de alarma y le temblaron los dedos mientras cerraba y aferraba el cuaderno. ¿Una visita? ¿Sería Octavia? ¿La semilla que había plantado Gustus estaba dando fruto?
Se esforzó en respirar y ordenar sus pensamientos. Eran un batiburrillo, y el grito del guardia le hizo dar un salto y luego moverse con torpeza hacia el sonido. Se preparó para ver a Octavia. Aquella mirada atribulada. Aquellos ojos muertos. Pero en vez de eso, Gustus vio por la ventana a un joven de pelo negro con un poco de rubio. El hijo del Espina Negra, Aden.
Gustus titubeó, pero los guardias de fuera le hicieron señas para que se acercara a hablar con el joven. No se había preparado para aquello. Aden. La discreta salvación de todos. ¿Por qué había ido allí? Gustus no había apuntado en su cuaderno las respuestas para aquella reunión.
Llegó hasta la ventana y los guardias retrocedieron para dejarles intimidad. Gustus esperó a que Aden hablara primero. Pero el chico se quedó callado, manteniendo su distancia con la ventana, como si creyera que Gustus iba a sacar los brazos y aferrarlo. Las manos de Gustus estaban heladas. Su estómago revuelto.
—Ha cambiado algo —dijo Aden por fin, apartando la mirada mientras hablaba. Evitaba mirar a la gente a los ojos. ¿Por qué sería?—. Sobre ti. Hace poco. ¿Por qué?
—No lo sé, brillante señor —respondió Gustus, aunque notó que le sudaba la frente por la mentira.
—Has hecho daño a mi padre —dijo Aden—. Creo que hasta no hace mucho pensaba que podría cambiarte. No creo que lo haya visto nunca tan taciturno como cuando habla de ti.
—Ojalá… —Gustus intentó pensar. Palabras. ¿Qué palabras?—. Ojalá me hubiera cambiado, brillante señor. Ojalá me hubiera sido posible cambiar.
—Creo que eso es verdad —dijo Aden—. Veo tu futuro, Gustus. Es oscuro. No se parece a nada que haya visto nunca. Solo que hay un puntito de luz destellando en la oscuridad. Me preocupa lo que pueda significar que se apague.
—Yo también me preocuparía.
—Puedo equivocarme —dijo Aden. Titubeó y cerró los ojos, como pensando con mucho cuidado sus siguientes palabras—. Estás en la oscuridad, Gustus, y mi padre cree que estás perdido. Yo presencié su regreso, y me enseñó que nadie está nunca tan perdido como para no poder encontrar el camino de vuelta. No estás solo.
El joven abrió los ojos, dio un paso adelante, levantó la mano y la tendió hacia Gustus. El gesto daba una sensación incómoda. Como si Aden no estuviera muy seguro de lo que hacía.
«Quiere que le dé la mano.»
Gustus no lo hizo. Verlo hizo que quisiera estallar en lágrimas, pero se contuvo.
Aden retiró la mano y asintió.
—Te avisaré si veo algo que pueda ayudarte a decidir.
Y con eso, el chico se marchó acompañado por uno de los guardias, el que había gritado antes a Gustus. Se quedó la otra guardia, una mujer alezi bajita y anodina que se acercó a la ventana y clavó la mirada en Gustus. Él observó a Aden mientras se marchaba, deseando tener el valor de llamar al chico para que regresara. Tontas emociones. Gustus no estaba perdido en la oscuridad. Había elegido ese camino, y sabía el lugar exacto al que se dirigía. ¿Verdad?
—Se equivoca —dijo la guardia—. No todos podemos volver de la oscuridad. Existen actos que, una vez se cometen, siempre mancharán a un hombre.
Gustus frunció el ceño. Esa guardia tenía un acento raro. Debía de haber vivido en Shinovar.
—¿Por qué has pedido una piedra jurada? —preguntó imperiosa la guardia—. ¿Qué te propones? ¿Pretendes tentarme o engañarme?
—Ni siquiera te conozco.
La mujer la miró sin parpadear. Ojos como de muerta… y Gustus por fin comprendió lo que cualquier otro día habría sido evidente desde el principio. El guardia llevaba una ilusión distinta ese día.
—Octavia —susurró Gustus.
—¿Por qué? ¿Para qué quieres una piedra jurada? No volveré a obedecer tus órdenes. Estoy haciéndome dueña de mí misma.
—¿Tienes la espada? —preguntó Gustus. Sacó un brazo, por necio que fuese, e intentó agarrar a Octavia. La mujer se apartó con un movimiento fluido, dejando a Gustus intentando asir el aire—. La espada. ¿La has traído?
—No voy a servirte —dijo Octavia.
—Escúchame —insistió Gustus—. Tienes que… La espada… Espera un momento. —Frenético, pasó páginas del cuaderno buscando las palabras que había copiado del cajón de la mesa. Empezó a leer—. «La espada es algo que no habíamos anticipado. No aparecía en el Diagrama. Pero Odium la teme. ¿Lo entiendes? La teme. Creo que podríamos hacerle daño. Debemos atacarlo con ella.»
—No te serviré —repitió Octavia—. No permitiré que vuelvas a manipularme. Mi piedra… siempre fue solo una piedra. Mi padre decía…
—Tu padre está muerto, Octavia —dijo Gustus—. Escúchame. Escucha. —Leyó del cuaderno—. «Por suerte, creo que su capacidad para vernos aquí está limitada. Por tanto, podemos hablar con libertad. Dudo que puedas dañar directamente a Odium a menos que estés en una visión suya. Debes entrar en una de esas visiones. ¿Podrás hacerlo?»
Había más anotaciones en el libro sobre cómo manipular a Octavia. Gustus las leyó para sí mismo, y las palabras le hicieron daño.
¿Esa mujer no había sufrido ya bastante?
Rechazó esas manipulaciones y alzó la mirada hacia Octavia.
—Por favor —susurró Gustus—. Por favor, ayúdame.
Octavia no pareció oír sus palabras. Se volvió para marcharse.
«¡No!»
—Escúchame —dijo Gustus, saliéndose de las instrucciones, desobedeciendo las órdenes de su yo más listo—. Dale la espada a Bellamy. Odium se lleva a Bellamy a sus visiones a veces. La espada debería viajar con él. ¿Lo entiendes? Odium cree que la espada está en Urithiru. No sabe que tú estás aquí. No puede verlo por Aden.
El Gustus más listo afirmaba que no quería colaborar con Bellamy porque era demasiado peligroso, o porque Bellamy no lo creería. Esas mentiras daban ganas al Gustus tonto de aporrearse la cara con sus propios puños, avergonzado. Pero la verdad era más vergonzosa. A Octavia le daba igual con qué Gustus estuviera hablando.
—No comprendo tus manipulaciones —dijo la mujer mientras echaba a andar—. Debería haber sabido que no podría entender cómo funciona tu mente. Lo único que puedo hacer es negarme.
Se marchó y envió al otro guardia de vuelta para vigilar a Gustus… que se había quedado de pie aferrado a su pequeño cuaderno, llorando.
